lunes, 29 de septiembre de 2008

Nos seguimos haciendo tontos


No son las drogas sino las prohibiciones que pesan sobre ellas las causas de su uso desinformado, irresponsable, autoindulgente y personal y socialmente autodestructivo.”
- Thomas Szasz


Puede que, gracias a mi abuelo, genéticamente sea un fuerte candidato al Alzheimer (y otras enfermedades mortales, como el derrame cerebral que asesinó por sorpresa a papá en mitad de un partido de softball a sus mozas cincuenta primaveras), pero según recuerdo, si la sesera no me falla, nuestro querido presidente, Felipe Calderón, en su campaña presidencial de hace dos años y fracción rumbo a Los Pinos, se proclamó como “el presidente del empleo”.

Si les soy sincero, siempre sospeché que esa estrategia o eslogan de campaña era un terrible error para alguien que pretendía ganar una elección de popularidad. ¿Presidente del empleo? Que yo sepa, a ningún mexicano cuerdo le gusta trabajar; sin embargo, los otros candidatos eran tan descaradamente bandidos o tan descaradamente chiflados que Felipe terminó ganando.

Repito: puede que los albores del Alzheimer me estén jugando una mala pasada, pero yo no veo a la gente trabajando, o mejor dicho, no veo a nuestro presidente fomentando el empleo. Lo que sí veo, y sáquenme de mi error si estoy equivocado, lo cual es probable por los 4.5 de miopía y astigmatismo que heredé de mamá, es a Felipe (asumo que no le molestará que lo tutee, no después de verlo en una actitud juvenil, desenfrenada y respondiendo una que otra procacidad en la entrevista que le dio a MTV cuando estaba en campaña) fomentando una guerra contra el narcotráfico.

En teoría suena lindo eso de un país con habitantes sanos y lucidos. Claro que, en la realidad, eso es imposible. Desde que el hombre es hombre siempre ha fantaseado con los placeres prohibidos. Ahí tenemos a Adán. Imagino que en su momento, remontándonos al principio de la humanidad bíblica, donde los leones y las cebras tomaban el té juntos, se tenía la creencia que las manzanas contenían un alto porcentaje de glúcidos y lípidos psicotrópicos, y por ende estaba prohibidísimo su consumo. Luego, adelantándonos varias centurias en el tiempo, algún genio descubrió que el alcohol también era algo perverso, pues ponía alegre y caliente, tanto a hombres como a mujeres, así que lo prohibieron. Después (a Dios gracias), Al Capone y su pandilla decidieron ponerle remedio a una ley estúpida y fundamentalista.

En lo que a mi respecta, que le tengo pavor hasta a las aspirinas, me podría dar igual el asunto de la persecución de las tachas, la marihuana, cocaína y demás drogas que al parecer hacen tan feliz a un sector de la sociedad, pero que sin embargo Felipe quiere cortar de tajo. Por desgracia soy un metiche insidioso proclive a meterse donde nadie le llama, así que aquí les va un tip: legalícenlas (todas ellas). Véndanlas en las farmacias del Doctor Simi o en los Oxxos. No estoy seguro del resultado que podría acarrear esta libertina medida, pero de lo que sí tengo una certeza absoluta, es que no vendrá el Apocalipsis (con un quinto jinete dispuesto a juzgar y guillotinar a los fumetas) como auguran con temeridad asombrosa los eruditos y estadistas (profetas graduados de Hogwarts), quienes afirman que de legalizar algo tan malévolo los jóvenes se convertirán sin remedio alguno en adictos de por vida y viviremos en una sociedad horrenda.

Pero, ¿acaso no hay algo más horrendo que vivir con la angustia latente de que un buen día (soleado y con los pajarillos canturreando en las copas de los árboles) un loco tire una granada en el centro comercial o arroje varias cabezas humanas mientras bailas reggaetón en la pista de baile del antro?

Pienso (con humildad, palabra) que deberíamos dejarnos de hacer tontos en esta lucha que Felipe nos exige (palabra textual del presidente) pelear contra el narco. Si la quiere pelear, que pelee él, pero solo (o con su corte). En su campaña nunca dijo nada de perseguir al narcotráfico aunque nos cueste la vida a todos; al menos, esa nunca fue su prioridad. Dirán que soy un facineroso, pero esta encarnizada persecución moral para salvaguardar nuestra salud se me hace muy sospechosa. Y mi sospecha, ojo, es solo una sospecha, es que alguien debe estar enriqueciéndose a costa de la tenebrosa cadena de asesinatos a policías, narcos y civiles. Si de verdad quisieran acabar con la droga (dato cultural: el alcohol también es una droga que causa miles de muertes al año, y ni hablar del tabaco), lo que el gobierno tiene que hacer es simplemente (y perdonen mi plan simplista) ir por ella.

Incluso yo, que sólo me he fumado a lo mucho diez churros en mi vida, podría decirles dónde venden tachas, cocaína y marihuana. Por lo cual, mi atolondrado sentido común me sugiere que quienes estén leyendo esto también sabrán de ciertos establecimiento donde venden droga. Para no ir más lejos, si ciertas honorables madres y padres de familia abrieran un poquitín los ojos, descubrirían que de los diez números frecuentes Telcel de sus retoños, nueve de ellos son números de dealers.

En resumidas cuentas, Felipe no nos tiene que exigir nada. La tiene fácil: legalizar las drogas o ir por ellas.

Pero que vaya por ellas de verdad. Implacablemente. Que tumbe las puertas de esas casas honorables y recoja los cargamentos. Luego, que interrogue a los vendedores para que confiesen que sus jefes son Fulanito de Tal y Sotanito de Tal. Después, que pida una cita con Fulanito y Sotanito y se vayan juntos a tomar un café al Sanborns para que estos dos buenos señores (o los que sean) le digan de una buena vez a Felipe quiénes son sus socios, para que nuestro querido presidente abra los ojos, o mejor dicho, deje de hacerse al tonto. 

viernes, 26 de septiembre de 2008

El día que volvió la gloria


“Utiliza en la vida los talentos que poseas: el bosque estaría muy silencioso si sólo cantasen los pájaros que mejor cantan.”
- Henry Van Dyke


Hubo un tiempo en que el público no podía resistir el impulso de aplaudirme cuando me veía sobre un escenario. Tenía seis años de edad: desgarbado, cabellera repleta de caireles dorados, vista de halcón y nervios de acero como los del cobrador oficial de penaltis de la Selección alemana de fútbol. Ese era yo, el niño prodigio que hacía correr el rimel de los ojos de centenares de madres ricachonas y sentimentales que me escuchaban desde el filo de sus butacas en uno de tantos eventos que organizaba el Instituto de los Millonarios de Cristo.

More...Mamá era la mamá más orgullosa del planeta: tenía por hijo a un campeón de la declamación. Día de las Madres, Día de la Raza, Día del Nacimiento del Niño Jesús, Día de los Muertos, Día de los Niños Héroes, Día de la Virgencita de Guadalupe, Día de los Pitufos, o cualquier otro día que se te venga a la mente, yo era el indicado para enchinar la piel hasta al ser de más duro corazón.

En el instituto, las misses no me bajaban de premio Nobel en un futuro no muy lejano. Mi carrera meteórica a la fama sería la siguiente: licenciatura en la Anahuác, maestría en Cambridge y, de regreso al país, la Presidencia de la República, o al menos, funcionario de algún partido político. Sin embargo, la vida me tenía reservado otros planes: una crisis económica familiar, la adolescencia plagada de barros y espinillas, y mi expulsión del Instituto de los Millonarios de Cristo me resumieron a un patético y silencioso hombrecillo.

-Solís, tu turno -dijo la maestra de español.

Oh, sí. De un sopetón mi vida había cambiado. En la escuela católica mixta donde me matriculó mamá, a las maestras no se les llamaba por ese calificativo tan elegante de “misses”. No señor, a las maestras se les llamaba maestras, y ni por asomo se les cruzaba por la cabeza que yo podría ganar un premio Nobel, o tan siquiera llegar a ser alguien en la vida. “Puedes tomarte todo tu tiempo, señor Solís”, decía la impaciente mirada de la maestra al observar con sus redondos ojos de sapo cómo me levantaba lentamente del asiento después de cerrar un libro que fingía leer. La maestra de español era una mujer de carnes infladas y duras como las de un berraco; una mujer que en otros tiempos estuvo encerrada en un convento de monjas o algo por el estilo, según nos confesó un día el maestro de artísticas para luego hacernos jurar por nuestras santas madres que nunca revelaríamos lo que acababa de confiarnos. “Que tonta, allí encerrada no iba faltarle cura (o monja) desesperado que le hiciera el favor”, agregó el maestro mientras le calificaba a Miguel un dibujo francamente espantoso de algo que parecía ser una maceta llena de flores al tiempo que se le escapaba una mirada furtiva a la entrepierna de su alumno. “Hermoso Miguel, hermoso”, dijo el profesor.

-Puedes tomarte todo tu tiempo, señor Solís –dijo la maestra de español, esta vez asegurándose de que sus pensamientos se escucharan hasta el fondo del salón, lugar desde donde intentaba paralizar el tiempo con la mente, para no tener que pasar al frente a recitar una estúpida poesía que nos había marcado de tarea.

Con pasos perezosos, como si tuviese grilletes amarrados a ambos tobillos, me deslicé lo más lento que pude entre dos filas de pupitres ocupados por alumnos que no se tomaban ni siquiera la molestia de mirarme. En ese entonces era un joven intrascendente, de los que ni siquiera llegan al grado de ser calificados como perdedores. Era de esos personajes silenciosos e invisibles que intentaban mimetizarse con las paredes para pasar inadvertidos. De esos alumnos por quienes al profesor no le tiembla la mano a la hora de asentar un siete u ocho, es decir, una nota ni buena ni mala, porque sabe de antemano que el alumno no irá a lloriquearle a su cubículo para que le suba la calificación y sus padres puedan sentirse orgullosos del pobre infeliz. En todo eso pensaba de camino al frente del salón, sobre todo en el dolor que debía sentir mamá (sus ojos eran demasiado transparentes) al mirarme cada mañana de soslayo en el asiento de copiloto de su automóvil cuando me llevaba al colegio y se preguntaba secretamente qué le había ocurrido a su pequeño retoño en el proceso de la adolescencia que esfumó todo su talento y sus blondos rizos para dejar al final del camino a un larguirucho cuatro ojos adicto al Clearasil.

Fue entonces, justo en ese instante, delante de todos mis compañeros de clase, que decidí mandar al diablo la poesía que tenía prevista, El Seminarista de los ojos negros, para recurrir a uno de mis clásicos que tanto llenaron de gloria mis días pasados. Así que, respiré profundo en busca de algún residuo de gallardía muerta hacía muchos años y dije:

-“El borrico flautista”.

Un ataque de risa invadió a tres señoritas de la primera fila que se habían dignado a escuchar las peripecias de un simpático burrito que un día por accidente tocó una flauta. Por fortuna, el resto de la clase estuvo más preocupado en recuperar las horas de sueño perdidas la noche anterior. Incluso la maestra puso más interés a lo que leía en una revista de cotilleo, porque no sé percató siquiera cuando escapé a la seguridad de mi pupitre al fondo del salón sin haber declamado el desenlace de la historia del burrico. El último clavo al ataúd del hombre de la gran elocuencia había sido martillado.

Los años pasaron fugaces al igual que todos mis sueños. Las clases se convirtieron en el perfecto refugio para dejar mi mente en blanco. Al igual que la mayoría de mis compañeros, desarrollé una técnica infalible para convertirme en zombi. Traducción: dormir con los ojos abiertos. Mi vocabulario sólo dejaba lugar a monosílabos, excepto cuando los profesores pasaban lista y había que decir la palabra presente para que se dieran por enterados de que no eran los únicos seres vivos dentro del salón de clase. Y así, siguieron pasando los años hasta que llegó el segundo semestre del tercero grado de preparatoria, cuando conocí al hombre que cambiaría el rumbo de mi vida: el maestro de griego.

El maestro de griego era un joven alto, desgarbado, católico, idealista y presunto homosexual; sin duda, estos dos últimos, los dos peores enemigos de un ser humano, al menos si impartes clase en una escuela católica. Aquel maestro fue (nunca lo hubiera sospechado cuando lo vi cruzar por vez primera el umbral de la puerta de salón como un flamenco danzarín de ballet) el mejor maestro que he tenido; sin embargo, su problema (además de los dos antes mencionados) fue ser un apasionado amante de la oratoria, afición que por desgracia nada tenía que ver con la materia que impartía.

-Chicos, vayan preparando sus oratorias –dijo feliz el maestro dos semanas antes de concluir el curso-, es obligatorio, vale la mitad de su calificación final.

Desde luego, no se hicieron esperar las quejas, chiflidos e improperios por lo bajo que inundaron de murmullos ahogados las cuatro paredes del aula.

-Silencio –dijo el maestro llevándose el fino dedo índice de la mano a los labios-. Alguien que no puede pararse en público y expresar una idea, no debiera existir en este mundo –agregó tajante sin borrar la felicidad de su rostro-. Les doy libertad de escoger el tema que quieran. No hay nada más poderoso que la palabra; pregúntenle a los alemanes cuando escucharon a un señor llamado Adolfo… –el profesor al ver nuestros rostros inexpresivos puso los ojos en blanco- aunque claro, dudo que alguno de ustedes sepa que Hitler triunfó limpia y legalmente en unas elecciones democráticas.

El día de exponer las oratorias llegó y uno a uno fueron pasando (muy a su pesar) los alumnos. Por vez primera todos prestaron atención al exponente, pues no todos los días se tenía el privilegio de ver hacer el ridículo a un compañero. Y quizás, ahora que lo pienso, esa sea la principal razón de que a uno se le dificulte hablar en público. El mexicano tiene la maquiavélica habilidad natural de humillar con la mirada.

-Sé que voy a hacer el ridículo… –me susurró al oído uno de los tantos filósofos que abundaban en el salón, conteniendo la risa mientras escuchaba la oratoria de un pobre infeliz que hacía esfuerzos inhumanos por no desbaratarse en nervios mientras hablaba cual vendedor de bibliotecas a domicilio acerca de la importancia de los libros que documentaban los Records de Guiness en el mundo- pero, ¿sabes una cosa? No me voy sin el privilegio de humillar al idiota que vaya antes que yo.

Y todos fueron humillados, uno a uno, tanto por las miradas de los espectadores como por la del maestro que ponía los ojos en blanco después de escuchar por enésima vez a una jovencita (y uno que otro jovencito) que condenaba el uso de anticonceptivos, la practica del sexo prematrimonial y el aborto. Todo aquel tinglado resultaba tan patético que por un instante olvidé que pronto tocaría mi turno. Y sólo fue hasta que el maestro pronunció mi apellido con ese seseo tan peculiar en su pronunciación que me di por enterado de que el siguiente que pasaría al frente era yo. Finalmente el momento que tanto había temido había llegado, y en ese instante me percaté de algo: no tenía nada interesante que decirle al mundo. Nada. Absolutamente nada. Esa era la triste y horrible verdad. Había venido a este mundo para ser una cigarra.

Con un movimiento torpe me levanté de mi pupitre que estaba al fondo del salón y la vieja escena de la secundaria sacudió el archivero viejo de mis recuerdos. Sin embargo, había aprendido mi lección. Nada de heroísmos absurdos. De glorias podridas. Si la naturaleza me había dotado de hermosas y resplandecientes alas multicolores en mi inocencia para luego convertirlas en la madurez en un asqueroso y repugnante capullo, aceptado estaba mi cruel destino. Subí al estrado, observé a todos mis compañeros con sus ojos rebosantes de burla y filosa maldad y tomé la única salida que podía tomar una cigarra: reprobar la materia de griego.

-¿A dónde crees que vas? –dijo el maestro anticipándose a mis movimientos de furtiva huida-. ¿Acaso no tienes nada que decir, ni siquiera algo para salvar tu pellejo?

Tal vez fueran los cuarenta grados centígrados que había en el salón de clase, o quizá adivinar a mis compañeros afilando la lengua para proferir sus más mordaces comentarios de burla en mi contra, o a lo mejor fue observar tras una de las ventanas del salón como el Director-Sacerdote del colegio abordaba muy ufano su Cadillac del año equipado con aire acondicionado, pero una chispa se encendió en mí cual león Lamberto, aquel cobarde león al que un buen día le salió lo valiente y enfrentó a los lobos que intentaban devorar al rebaño de ovejas que lo habían adoptado desde pequeño. La llamarada fue tan intensa que quemó mis entrañas y surgió en mí el arma más letal del ser humano: la improvisación.

Sin darme cuenta comencé a hablar sin detenerme, como un perico deschavetado, como si el salón fuese un estudio de televisión y mi oratoria improvisada un monólogo más largo y aún más estúpido que los monólogos del descerebrado Adal Ramones. Despotriqué en contra de todo y de todos, en especial en contra del maestro de griego. Mi discurso arremetía sobre lo absurdo de que una materia como Etimologías Grecolatinas tuviese que ser evaluada con una oratoria y no en lo que estipulaba el temario de la materia, por ello bajo ningún motivo estaba dispuesto a ser calificado, al menos el 50% de mi calificación, en base a mi elocuencia. Encarrilada la mula, tuve la osadía también de decir que la materia de griego nada tenía que hacer en una escuela católica, por ende la chiflada asignatura debería desaparecer de la currícula de la escuela, de inmediato. Y, por si esto no fuera suficiente, mis palabras fueron decoradas con una serie de aspavientos, ademanes, muecas y un inesperado desfajamiento de camiseta fuera del pantalón (comportamiento que estaba prohibidísimo en el reglamento de la escuela); y como cereza del pastel uno de mis zapatos voló sobre las cabezas de mis compañeros hasta impactarse con sonoro estruendo sobre el periódico mural que estaba colgado al fondo del salón de clase, muestra innegable de mi indignación.

Los aplausos no se hicieron esperar. Un nuevo héroe había nacido.

-¡Solís para Presidente, Solís para Presidente…! -gritaban eufóricos unos, y otros más se unían a mi discurso de: “no a la oratoria, no a la oratoria…”

El pandemonio sólo pudo ser silenciado por el director de la escuela quien se hizo presente en el salón de clase acompañado del patronato de la escuela que no podían ocultar en sus rostros el horror que les causaba la desquiciada escena. El maestro, por su parte, no pudo más que ponerme diez de calificación, no sin antes decirme al oído la frase que cambiaría el rumbo de mi vida, dándole finalmente sentido a ésta: “querido, los mexicanos somos expertos en adorar a los imbéciles, nunca lo olvides”.

Y nunca lo olvidé.


miércoles, 24 de septiembre de 2008

Metrosexual


“Únicamente la gente vacía no juzga por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible.”
- Oscar Wilde.



No te sientas mal, niña. Que el niño haya perdido el interés en tu persona no es cosa tuya, pues me consta lo amorosa y buena chica que has sido durante todos estos años, fanatismo y adoración ahora convertidos en angustia al no saber por qué carajos el noviecín ya no te mete mano y mucho menos te dice esas cosas bonitas como que eras el motor de su vida.

More...“He evolucionado, nena”, te ha dicho ese hombre al que tanto sigues amando. Pues sí, cariño. Bien lo planteó Darwin en la Teoría de la Evolución. El ser humano, para adaptarse a su ambiente, simplemente evoluciona: de primate a hombre y de hombre a pájara, perdón, a metrosexual. Sí, así se hacen llamar, metrosexuales, mote cuya única explicación lógica que encuentro es que los tipos ahora son tan sexuales que el género masculino les quedó corto, o sea, no les cupo en el escroto, así que tuvieron que agarrarse de la moda femenina para extender su sexualidad, que por lo que voy viendo no tiene para dónde terminar de expandirse.

Si te hace sentir mejor, no eres la única agraviada del asunto, los que nos seguimos considerando hombres, de esos que nos calzamos la primera muda de ropa que tenemos a nuestro alcance, estamos jodidos, fuera de lugar, fuera de la jugada, fuera de la movida, o sea, ya no tenemos oportunidad con las mujeres como tú. La moda, los diseñadores y los descerebrados que manejan las revistas de vanidad nos convirtieron en Australopitecus en pleno siglo XXI.

Ahora el hombre que se de a respetar, o lo que es lo mismo, que quiera conquistar a una mujer, tiene que vestir con blusas transparentes y arrugadas, es decir, salir a la calle envuelto como un repollo. Los pantalones son otra historia, los hay muy variados y de todos colores, que para eso son los colores, para usarlos, ya sean rojos, fucsias o blancos, mientras más llamativos, más éxito te augura la noche en los bares llamados lounge donde tocan música chillout. Porque hoy día portar unos blue jeans que te calcen cómodamente las piernas, de esos con dos bolsas delanteras y dos traseras, te convierte en automático en un tipo raro, un pandroso, casi casi un terrorista de la moda, porque los que hoy saben del buen gusto decidieron que es una buena idea enfundarse en unos jeans con cientos de bolsitas falsas y con tantas aberturas como le sea posible a unos pantalones resistir antes de que se te salgan los huevos por uno de esos agujeros tasajeados con total alevosía. Tus jeans tienen que ser desechables para que no caigan en el mal gusto de envejecer y romperse dignamente con el paso de los años, junto contigo, pasando por alto que unos jeans deben ser como un buen matrimonio católico: hasta las últimas consecuencias y hasta que la perra muerte los separe.

Mientras allí andan bien desatadas las pajarracas, pavoneándose, contorsionándose y sintiéndose unos machotes que ni Pedro Infante causaba tantos calores en las hembras, por eso te han abandonado, muñeca. Los metrosexuales tienen tantas mujeres que para qué conformarse con una sola. Además, así como lo ves, si no logran su objetivo de conquistar a la mujer que les apetece, igual tienen a sus amigos metrosexuales, que viéndolas así como van vestidas, dan el gatazo más que tú. ¿O me dirás que tus cejas están mejor depiladas que las de ellos, que tus pestañas están más largas o que las sombras de tus ojos son más enigmáticas, que inviertes más tiempo que él en embadurnándote cremas desde la nuca hasta el culo, o que tu pedicure y manicure son más bonitos, o que tu blusa es más fashion, o que tu minifalda es más provocativa que sus jeans raídos, o que tu bolso es más llamativo que sus cinturones de diamantina, que tus zapatos son más bonitos que sus mocasines blancos, que tu depilado de cuerpo entero es mejor que el suyo, o que tus luces en el cabello son más espectaculares, o que tu alaciado de cabello opaca a sus escrupulosas despeinadas de engominados salvajes? No mi niña, no puedes competir. Porque o son otras como tú que se mueren por estos David Beckhams o son otros David Beckhams quienes te comen el mandado.

Así de loco e imbécil anda el mundo que hasta al más macho le da por entrarle a la metrosexualidad, moda impuesta por manas que al comprender lo fácil y manipulable que es el ser humano, sembraron la semilla de que ser unas vestidas como ellas es lo de hoy. No confundir a las manas con los homosexuales que se dan a respetar como hombres en todo el sentido de la palabra, que igual se comportan y visten como todos unos caballeros o con unos blue jeans o como mejor les salga de los huevos pero que no andan con joterías de ponerse rayitos en el cabello y toda esa parafernalia tipo Ricky Martin, que no es que sea mal tipo el ex Menudo, es sólo que si no le conviene declararse gay, mejor decir “soy metrosexual” antes de perder a todas las mujeres a las que tanto excita tener amigas con pene.
Así que si me disculpas, me voy a una cantina con mis amigos Cromagnones a tomarme unas cervezas. Suerte con tu metrosexual.


lunes, 22 de septiembre de 2008

Esas locas y encantadoras amantes virtuales


“En asuntos de amor los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca.”
- Jacinto Benavente


Cuando inicié en esto de la escritura (que para mí no es un oficio ni un placer, sino una válvula de escape para cegar mis impulsos suicidas), mis primeros lectores fueron todos mujeres.

More...Hay algo en mis letras, ignoro qué sea, que atrae al sexo femenino de una forma muy extraña. Quizás sea porque crecí pegado a mamá. O quizás porque de muy pequeño, mamá, secretamente (y no tan secretamente, existe evidencia fotográfica) me disfrazaba de niña. En mis blondos rizos ponía lazos y moños gigantescos, festivos y coloridos como los que se usan para envolver regalos. “Soy una nenita, soy una nenita”, me decía mamá haciéndome muecas divertidas para que yo repitiese sus palabras. Por fortuna, era demasiado pequeño para hablar. Luego crecí, y gracias a la gracia divina de los Legionarios de Cristo y al fútbol (mi entrenador me gritaba en los partidos que no fuera marica, que metiera duro la pierna), terminé eligiendo el inocente fetiche de escribir historias ficticias que enviaba (y aún envío) por e-mail a personas que no conozco en vez de sacarle las tripas a las colegialas con moños en la cabeza que caminan solas por la calle.

Mi método, como creo haberlo mencionado ya en otros escritos, era el de tomar las cuentas de correos electrónicos que aparecían en las decenas de cadenas (láminas de Power Point con frases de Paulo Coelho y/o parábolas de la Biblia decoradas con fotografías de animalitos bebés, advertencias del Apocalipsis, mujeres desnudas en posiciones poco ortodoxas, etcétera) que llegaban diariamente a mi e-mail del trabajo. Así fue como logré hacerme de una base de datos inmensamente más grande que la base de datos de clientes que manejaba la empresa transnacional para la que laboraba.

Recuerdo vívidamente y con gran nostalgia el primer mail que recibí en respuesta a uno de mis escritos. No fue nada afortunado. Era de una mujer. Mi primera ex novia. Era un correo virulento y poco amigable donde me decía cosas horripilantes porque (según ella), tuve poco tacto al ventilar asuntos privados y vergonzosos de nuestra relación. El segundo y tercer e-mail (y los subsiguientes) eran también de mujeres. Mujeres que decían identificarse con las chicas chifladas que aparecían en mis relatos. De este modo y de a poco se fue llenando mi bandeja de entrada con e-mails de más mujeres de diferentes ciudades y nacionalidades que en mi vida había visto en persona. Y no fueron pocas las que dijeron sentirse retratadas y/o usurpadas sus identidades por las féminas desequilibradas que me inventaba en las historias que escribía cada semana.

Un día que me sentía miserablemente solo y poco afortunado en el amor (traducción: como cualquier día del año), decidí (grave error) hacer una inusual subasta entre mis lectoras. La subasta consistía en venderme como un producto exótico cual cachivache que se pone a la venta en mercado libre. Para mi sorpresa hubo ofertas de compra. La que recuerdo con más terror que nostalgia fue la de una lectora que me dijo: “Yo te compro”. De inmediato me entusiasmé. “P.D. Pero en pedacitos”, decía el final de su mensaje. Palidecí. Temí por mi vida y me refugié los fines de semana en mi habitación. En cada mujer que caminaba por la calle veía a una destripadora en potencia. Al mes, finalmente salí de mi confinamiento porque descubrí que era patética esa forma de comportarme. Poco probable era que algún día me topara cara a cara con alguna de mis lectoras. Y aun en el hipotético caso de que ocurriera este desafortunado encuentro, mi anónima identidad estaba a salvo, pues de la época prehistórica de que les hablo fue a principio de este siglo, cuando no existía el Facebook, paraíso de fisgones y asesinos seriales; sitio en el que por esas cosas misteriosas que tiene la vida virtual no dejan de aparecer cada cierto tiempo fotografías de mi poca agraciada persona, muy sonriente (acto que desmiente mi perpetua depresión) en escenarios que no recuerdo haber visitado nunca.

Pero no todos fueron encuentros desafortunados. Cuando mi paranoia había menguado, confiado y nuevamente seguro de mi mismo y de la larga vida que me esperaba por delante, un sábado por la noche, en la disco (lugar poco probable para toparme con una de mis lectoras, o eso creía) se me acercó una chica endiabladamente hermosa y me dijo al oído: “¿Rodri, das muestras gratis?”. Probablemente ese haya sido el piropo más lindo y sucio que me hayan dicho jamás, pero de inmediato recordé a la destripadora que me quería comprar en cachitos y enmudecí como un imbécil; miré a la bella chica que tenía delante durante algunos segundos que me parecieron eternos (supongo que para ella también lo fueron, aunque disimuló con una sonrisa indeleble en el rostro) y salí corriendo de la disco como un loco. Sin decirle nada. Escapé.

Naturalmente (con el transcurso de los años y los avances tecnológicos) esa no fue la única oportunidad desperdiciada para acostarme con una mujer hermosa, o al menos eso es lo que dejan ver mis queridas lectoras en sus temerarias fotografías del Facebook. “Soy la del bikini verde”, me dice una lectora en un mensaje, que de ser verdad sus palabras, es la hermana gemela de Gisele Bündchen. “Quiero conocerte en persona”, agrega. Pensarán que soy un hombre afortunado, pero por cada hermana gemela de los angelitos de Victoria´s Secret se esconde una legión de chicas que aseguran, el día menos pensado (al menos para mí), escabullirse por la ventana de mi habitación y, mientras duermo, clavarme un puñal en el corazón para luego cortarse las venas sobre mi pálido y ensangrentado cadáver como muestra de su admiración y amor por los escritos tan lindos que escribo cada semana.


viernes, 19 de septiembre de 2008

Más respeto a los valientes, por favor


“Hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios.”
- Abraham Lincoln

En Campeche, Estado donde actualmente vivo y donde “nunca pasa nada”, de vez en cuando el narco se carga al Infierno a algunos policías, y viceversa. Casi nadie habla de ello. Tal vez cuando empiecen a reventar granadas en cafés y restaurantes la gente se va a dar color de la guerra tan linda en la que estamos metidos. Pero esa es harina de otro costal, o casi.

Hoy les voy a platicar de una foto que tengo ahora resplandeciendo dentro de mi monitor, misma que terminado este artículo voy a borrar y luego borraré de la bandeja de reciclaje para que no quede rastro de ella y no me den unas malditas y endiabladas ganas de subirla a mi blog y rompa con una promesa y una amistad de años con un periodista de esos que sabe y conoce de pe a pa su ingrato oficio, o sea, alguien que sabe cuándo debe cerrar el hocico y no mostrar ciertas imágenes que de ver la luz comprometerían seriamente el pan que lleva todos los días a casa para alimentar a su familia. 

La historia tras la fotografía no la sé, y nadie la sabe con exactitud salvo quienes vivieron para contarla. Traducción: los malos, para variar. Dejemos volar la imaginación tal cual hicieron algunos reporteros que publicaron la nota en los periódicos locales y digamos que son las 12:45 de la tarde, más o menos, el sol cae a plomo, y las calles están ligeramente despejadas, salvo por tres elementos de la policía que patrullan a bordo de su camioneta como cualquier otro día del año. Un patrullaje de rutina y sin relevancia, hasta que por esas malditas coincidencias que tiene la vida (que todo lo traza y planifica con antelación) aparece una Suburban roja como la sangre y se les empareja sigilosamente sin hacer ruido. Entonces aparecen los cuernos de chivo tras las ventanas polarizadas, y el resto es historia.

Un día después, mi amigo reportero, cámara al hombro, va al funeral efectuado en las instalaciones de la policía. El periódico para el que trabaja lo envía porque se trata de un funeral con honores, es decir, va a ir el gobernador y toda su corte. Y por corte entiéndase, para el que no esté enterado en materia de política, secretarios, senadores, diputados y jovencitos perfumados de pelos parados y ropita de diseñador, aspirantes a un futuro escaño.

Mi amigo reportero, que es viejo lobo de mar, arrastra silenciosamente el colmillo por el patio donde se efectúan los funerales. Toma una foto por aquí y otra por allá. Las de rigor, esas que aparecerán al día siguiente en la prensa. Y otras que no, como la que ahora veo en mi monitor. El reportero se desliza y antes de que la cámara haga clic escucha historias. Policías de rostros inexpugnables que dejan entrever en los ojos el miedo de verse ellos mismos dentro de los féretros. Policías gallardos y más duros que un clavo que dejan escapar una lágrima porque ya no patrullarán más las calles codo a codo con sus compañeros acribillados. Diputadas maquilladas como payasos que resguardan los ojos del inclemente sol con sus lentes oscuros Dolce & Gabanna mientras cuchichean como periquillos australianos a dónde irán a almorzar. Jovencitos acicalados con celular en mano mandándole mensajes a la novia. Senadores y demás funcionarios con dientes pulcros y blancos que no dudan en lucirlos cuando detectan el lente de la cámara cerca, aún estén abrazando a las inconsolables viudas a dos pasos de donde yacen los cuerpos sin vida de los valientes que le juraron lealtad y seguridad a su patria, o sea, lealtad y seguridad a esos grandísimos hijos de puta que le dicen cheese a la cámara.



jueves, 18 de septiembre de 2008

Las colectas ya no son lo que eran antes


“La caridad crea una multitud de pecados
.”
- Oscar Wilde


Nunca he sido un hombre afortunado con el dinero, y con el cambio, menos, sobre todo ahora. Antes de que el mundo se virtualizara, pesaba unos cinco kilos más de los que peso actualmente. Era un imán para el cambio, a tal punto que las bolsas de mis pantalones se ensanchaban de monedas hasta quedar como los de MC Hammer o Vanilla Ice. Sin embargo, las cosas han cambiado gracias a las bondadosas empresas e instituciones que todos los días me piden que done uno, dos, cinco o diez pesos, so pena de quedar en vergüenza delante del resto de la fila de clientes en minisúpers, supermercados, cajeros automáticos, etcétera.

Habrán notado que prácticamente no existe empresa en el mercado que no esté afiliada a alguna causa altruista. “Dona para combatir el cáncer de mama en los koalas”, “Dona para reforestar los bosques de Madagascar” “Dona para…. Etcétera”. Desde luego, más de uno saltará indignado para decir que esas son causas muy nobles e importantes, o que tales causas no existen en la vida real. En cualquiera de los casos lo cierto es que todos los días millones de personas han sido condicionadas y aleccionadas para donar por costumbre, sin detenerse a pensar a quiénes están ayudando.

“Va, ¿qué es un peso?”, pensamos. “Sí señorita, acepto redondear mi cambio”, decimos orgullosos de nosotros mismos y seguros de que San Pedro está tomando nota en su laptop celestial mientras en algún recóndito resquicio del mundo los eufóricos koalas con cáncer de mama nos lo agradecen, aunque claro, no tanto como las empresas que gracias a nuestros donativos pueden evadir impuestos por la vía legal, ya que ante el gobierno ellos son los buenos samaritanos.       

Todo esto viene a cuento porque pensé que los más perjudicados con las nuevas donaciones eran nuestros bolsillos, sin embargo, recién descubrí el error en el que me encontraba. Ante esta avalancha de empresas caritativas hay una, la más caritativa de todas, que está pagando las consecuencias. Antes de que las empresas privadas descubrieran que las colectas son una magnifica fuente de riqueza, la iglesia católica era quien se encargaba de quitarnos nuestros pesos de encima, tanto morales como económicos. Ante esta situación, la Iglesia ha implementado medidas correctivas, aunque claro, no todas han tenido el éxito esperado.

Recuerdo, por ejemplo, lo que ocurrió en fechas recientes en la iglesia Maria Inmaculada, en mi ciudad natal, Mérida. El padre, cuyo nombre evitaré mencionar para que no amenace de nuevo a mamá, convertido en una especie de Chris Rock blanco con sotana (de alguna manera había que entretener a la clientela para que no se durmieran durante los evangelios) decidió organizar una rifa de pasteles. Todos los presentes se vieron en la obligación moral de comprar un boleto. Terminada la misa, el sacerdote pidió que un voluntario pasara al frente y con su mano santa sacara los boletos ganadores de la urna. La mano santa resultó ser la de una dama de considerables dimensiones, lo cual presentó al sacerdote la oportunidad dorada para decir el chiste del año:

-Uy, olviden la rifa, esta niña ya se comió todos los pasteles.

Los presentes no supieron si reír o indignarse; luego de unos segundos optaron por la primera opción, pues no podía ser pecado reírse de la humillación ajena, no si el culpable había sido un representante de Dios en la Tierra.

Desde luego, las rifas no fueron lo que la Iglesia esperaba, así que su más genial y último invento para recaudar fondos es el siguiente, y lo sé porque yo protagonicé esta historia, palabra.

Caminaba por el malecón de Campeche como cualquier noche de domingo cuando fui abordado por un nutrido grupo de jovencitos que llevaban pancartas con la leyenda: “Colabora con la Iglesia. Besos y abrazos, lo que tu consciencia quiera dar”.

Al leer esto me quedó claro que la Iglesia finalmente se había dado por enterada que las cosas no son como antes, así que se modernizaron, es decir, empezaron a darnos algo a cambio de nuestro dinero.

-¿Besos y abrazos? –pregunté interesado, y no lo niego (Dios me mande al Infierno, lo merezco) pues las chicas estaban muy bien formadas para ser unas adolescentes.

-Así es, besos y abrazos –dijo una señora, la única mayor de edad que orquestaba la amorosa comitiva.

-¿Qué tan cariñosos son los besos? –pregunté arriesgando que mi alma se achicharrara en el Infierno por toda la eternidad.

-Muy tiernos, todo depende de tu donación –dijo la señora con el rostro imperturbable y digno de quien ha escuchado la misma pregunta una y otra vez cuan largo es el malecón; sin embargo, no por ello quitó la sonrisa de sus labios.

-Caramba, ¿así la cosa? –dije.

-Así la cosa –dijo ella señalándome a las chicas que se ponían en hilera en poses de edecanes de cerveza.

-Oiga, ¿y los chicos vienen con usted también? –pregunté señalando a unos jovencitos que se alinearon junto a las chicas en poses igualmente sugerentes.

-Desde luego –respondió la señora arqueando una ceja.

Como la negociación empezó a tomar tintes incómodos, decidí ir un paso más allá y convertirla en insostenible para poder seguir con mi caminata sin desembolsar un solo peso por el servicio que me ofrecían. 

-Oiga, y si mis preferencias son… –dije intentando encontrar las palabra adecuadas- usted sabe, un poco más varoniles, es decir, si yo….

-Óigame usted –me interrumpió la señora-, ¿por qué cree que están los chicos aquí?

Acto seguido, muy indignada, la señora se dio media vuelta y se marchó junto con los adolescentes a donde estaba la verdadera acción, es decir, dentro de una camioneta tripulada por unos viejos con gafas oscuras y gorras que les cubrían el rostro de los poderosos rayos lunares de la negra noche.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Brokeback Campeche (Secreto en Campeche)


“No hay secreto mejor guardado que el que todos conocen”
- George Bernard Shaw



Sábado en la noche. Oprimes el vientre. Ganas escasos centímetros en la fila. Compruebas en la lista de precios pegada en la ventanilla de acrílico de la taquilla, que ha llegado el punto en el que ir al cine en cualquier noche que no sea un miércoles de dos por uno es tan costoso y desagradable como pagar la cuenta en un restaurante que no sea el puesto de tacos de perro de la esquina.

More...Vivir en una apacible y pequeña ciudad como lo es la ciudad y puerto de Campeche en definitiva tiene sus ventajas, pero también incontables inconvenientes: el cine, por citar un ejemplo.

Si hablamos de cines comerciales, sólo hay uno. Tiene seis salas, pero el problema radica en que basta ampararse en el sentido común para notar con angustia que las butacas no darán abasto a la inmensa fila de gente que se aglutina en la taquilla, en la búsqueda de un boleto para la película que con seguridad ha elegido ver esta noche la burguesa de tu novia.

El siguiente paso es poner en marcha el plan B: mirar el cartel luminoso plagado de faltas de ortografía, donde si tienes un poco de suerte, evitarás toparte con Rambo 28, Virgen a los 40 Recargado, Gigoló en Marte o Legalmente Estúpida (con la actriz ganadora del Oscar Reese Whiterspoon). No hay suerte. Hoy definitivamente no será tu noche de suerte. Hollywood te tiene agarrado de los huevos; creer que no te toparás con al menos un par de secuelas y un refrito es como creer que los candidatos a la presidencia municipal no pegarán a la hora de sus campañas carteles con sus horrendos rostros en cada uno de los espectaculares y postes de luz existentes en la ciudad.

Tras abrirte paso en una odisea de media hora entre empellones, codazos y pisotones, finalmente llegas a la taquilla. El dependiente saquea tus bolsillos y te hace formal entrega de un par de boletos. A tu novia, que ni reclusa en un campo de concentración nazi se formaría en una fila, le regalas una risa nerviosa al aproximarte a la pared donde se encuentra aparragada, y de inmediato te convierte en el protagonista de menudo escándalo al enterarse que has comprado boletos para la única función que quedaba disponible, pues los boletos para la película que ella moría por ver se agotaron en un suspiro. Su mirada virulenta y cargada de reproches te deja como el único culpable de haber tenido que aguardar cuarenta y cinco minutos en la sala de su casa, flanqueado de interminables silencios y escrutadoras miradas por parte de tus suegros, mientras “alguien”, absorta frente al espejo, se pistoleaba la cabellera y cambiaba cuatrocientas cincuenta y cinco mil veces de ropa como si la salida de esta noche fuese para ir a visitar a la Reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Tu amorosa novia, para apaciguar los malos humores, decide que es una buena idea romper con la dieta, así que se hace de palomitas, nachos y un refresco “light” (extra grande). A pesar de que es millonaria y profesa feminista, no muestra señales de sacar la cartera de su bolso para pagar el pequeño aperitivo, así que la cuenta corre por tu cuenta una vez más.

En bancarrota y estoico, antes de ingresar a la sala, soportas eternos veinte minutos de una nueva fila y nuevos reproches por no conseguir las entradas para ver “Soltero en Casa”, gracias a un enorme cartel donde aparece Sarah Jessica Parker (risa histérica y nalgas computarizadas, imposible tenerlas tan redondas para una mujer de cuarenta años) que empuja a un Matthew McConaughey vestido con elegante traje sastre color arena que parece regalarte (sólo a ti, hombre también soltero) una mueca despreocupada, aderezada con el levantamiento pícaro de la ceja izquierda en una clara seña de: “mírame, vivo con mis padres y no me importa, ¡Hurra! ¡Que ganador soy, aún así me ligo a cuarentonas ardientes!”.

El calvario ha llegado a su fin, supones, cuando encuentras dos butacas libres en la segunda fila. Sin embargo, grave error es andar suponiendo cosas. Con ojos achicharrados, ves proyectado en la pantalla el corto de “Soltero en casa” que aviva los berrinches de tu novia. El corto de la película resultó ser tal como lo imaginaste minutos atrás gracias a los genios traductores: la historia trata de un tipo de más de treinta años que, por increíble que parezca, sigue viviendo en casa de sus padres. Payasos de Hollywood, piensas con profundo rencor cruzándote de brazos, se creen muy listos por seducir a la gente para que hagan interminables filas, y, además de eso, te granjean el odio de tu novia sólo porque tuvieron la brillante idea de presentar una comedia que es la triste realidad de la mayoría de los solteros de Campeche, exceptuando el cuerpo del señor McConaughey, claro está, porque en Campeche todos los solteros de más de treinta son unos panzones de escasa cabellera adictos a los mimos y manutención de mamá.

Las luces de la sala del cine se encienden. Dos horas que se te han ido como agua (no así para tu acompañante), han dado paso al develamiento de un montón de rostros masculinos nerviosos. Tu novia, en el punto más álgido de su indignación, te recuerda que su papá le había prohibido ver tan horrible e inmoral película. Tus planes de llevártela como cada sábado por la noche al motel Kalá se esfuman ante tus ojos. La noche aún es joven, pero ella te ha pedido que la lleves a casa. No está de humor para soportarte, dice, y tan no lo está, que decide dejar de soportarte un día más de su vida: te manda al diablo; quién hubiera pronosticado que “Secreto en la Montaña” sería el detonante de la ruptura de tu noviazgo.

Desconsolado, buscas desquitarte con alguien, y el único culpable que encuentras en tu cerebro son los idotas traductores de las películas. ¿Quiénes son ellos?, te preguntas. ¿Quiénes formarán ese comité maligno? ¿Quién podía imaginar que “Brokeback Mountain”, la película de dos vaqueros homosexuales que semanas atrás habías visto gracias a la tecnología del Internet, era la misma que “Secreto en la Montaña”? Decidido a avivar las llamas de tu ira, recuerdas la traducción de “The Lawnmower Man”, un bodrio de principio de los noventas que archivas en tu memoria sólo porque los tarados del comité de traducción decidieron que era una magnifica idea llamarla “El Jardinero: Asesino Inocente”, en vez de la simple traducción literal: “El Hombre de la Podadora”. Anhelas algún día toparte con esos tarados y decirles todo lo que piensas de ellos; mejor aún, preguntarles por qué rayos decidieron que Jerry Maguire se llamara “Amor y Desafío” en vez de “Gerardo Marcos”, por ejemplo. Estás tan molesto y te hierve tanto la sangre que incluso imaginas ser parte del comité de traducción: eres tan brillante que eres el encargado de traducir “Sixth Sense” como “El Psicólogo Fantasma”.

Decides dar una vuelta por las afueras de la ciudad para olvidar que eres nuevamente un soltero que pronto llegará a casa para engrosar la lista de panzones pelones de Campeche. Para tu desgracia, tu mente ha estado tan ocupada creando nuevas y ridículas traducciones para que algún día te den trabajo en el comité de traductores, que sin darte cuenta, con horror, descubres que estás completamente perdido. “Perdidos en Campeche”, piensas en un infructuoso intento por ahuyentar el miedo que empieza a erizarte la piel.

Llevas veinte minutos dando vueltas sin lograr orientarte. Doblas una vez más a la derecha y, de nuevo, otra calle cerrada. Sin embargo, aguzas la mirada y visualizas una moderna camioneta del año aparcada al final de la calle. Desde pequeño te han enseñado a no hablar con desconocidos, pero necesitas con urgencia salir de tan inhóspita colonia antes de que te secuestren unos pandilleros. A bordo de la camioneta, con seguridad, gente decente te dirá cómo llegar a la civilización. Apagas el automóvil. Caminas unos cuantos pasos hasta llegar a la ventanilla polarizada de la camioneta. Tragas saliva y te decides a darle unos ligeros golpecitos con los dedos como quien toca a la puerta de una casa en horas inapropiadas. La ventanilla se desliza suavemente y descubres que has interrumpido el tórrido faje de una pareja. Te disculpas por la impertinencia cometida y decides emprender la graciosa huida. El sentimiento de saberte un tonto por no imaginarte que cortarías el romance de otro importantísimo señor de sociedad en pleno desfogue con una de sus culonas secretarias te embarga súbitamente. Intentas huir para no importunar más al par de enamorados, pero es demasiado tarde. La ventanilla eléctrica ha descendido en su totalidad. El daño está hecho. Avergonzado, balbuceas la pregunta de que si podrían decirte cómo encontrar la salida hacia el malecón. Un silencio denso impregna el ambiente. Te deja de importar cómo encontrar el camino a casa y lo único que te interesa es alejarte lo antes posible de la camioneta. Retrocedes discretamente. Mientras te alejas, escuchas murmullos dentro del vehículo. Te sorprendes al descubrir que el copiloto no es una apetecible secretaria como suponías, sino un hombre, y eso lo sabes por las agudas voces que se escuchan en la penumbra del interior de la camioneta. El miedo se apodera de ti y arrancas a correr a toda velocidad en dirección a tu coche, aparcado a unos cuantos metros. Las manos te tiemblan, experimentas en carne propia que las rubias tetonas de las películas de “Viernes 13” no eran tan tontas después de todo. Los faros de la camioneta se encienden. Desde el final de la calle, adviertes que unas potentes luces se aproximan peligrosamente hacia ti. El ruidoso motor del armatoste parece salido del mismísimo infierno. Es tarde, no te va a dar tiempo de abrir la puerta: eres otra tetona oxigenada que morirá. Ves pasar toda tu vida ante tus ojos en fracciones de segundo, así como te lo ponen en las películas. Sin tiempo para nada más, tu instinto de supervivencia te obliga a dar un descomunal salto sobre el capirote de tu automóvil, eludiendo la inmensa camioneta que sólo logra rayar la pintura de la portezuela de tu coche. Nunca imaginaste que todos los cómics del Hombre Araña leídos en tu infancia te salvarían el pellejo, al menos por el momento, porque descubres que estás tendido sobre la banqueta, indefenso, justo del lado opuesto de la portezuela desde donde, para tu sorpresa, diste el salto de tu vida. Aturdido, esperas que la camioneta regrese por el trabajo que no pudo finiquitar. Te imaginas brutalmente asesinado, pensamiento que se disipa a los pocos segundos al ver cómo la camioneta da vuelta en una esquina para no volver más. Has vivido para contarlo.

A la mañana siguiente te despierta una llamada telefónica. Es tu novia (en realidad, ex novia). Dice que es una tonta y que quiere regresar contigo, e incluso se disculpa en medio de un mar de llanto. Te ha invitado a disfrutar de otro horrendo e interminable domingo familiar en su casa.

Accedes a su invitación. Limas asperezas con ella y cierta tranquilidad recorre tu organismo: adiós a la terrorífica idea de ser otro “Soltero en Casa”. Le has comprado un ramo de flores porque eres un perfecto imbécil. Pulsas el timbre de su casa, respiras hondo y piensas que la vida no es tan mala después de todo, incluso has olvidado que la noche anterior pudiste haber muerto a manos de una pareja de locos. Nada como el consuelo de tu amada novia. Todo será mejor de ahora en adelante, piensas ingenuamente, hasta que descubres que la ostentosa camioneta de tu suegro tiene una ralladura en la portezuela del lado del copiloto. Reparas en que el rayón es del mismo color que la pintura de tu automóvil. La respiración se te escapa. Das dos tambaleantes pasos hacia atrás. La puerta de la casa se abre abruptamente en tus narices. Eres hombre muerto. La sonrisa de tu novia aparece delante tuyo, se abalanza sobre ti en un efusivo y nunca antes visto abrazo. Asegura estar enamorada de ti. Te sujeta de la mano y te lleva al comedor de la casa donde se encuentra toda la familia reunida. Te sabes hombre bajo diez metros de tierra al ver a tu suegro sentado a la cabecera de la larga mesa, clavando sus negros ojos en tu cada vez más temblorosa humanidad.

Todos en la casa están de buen humor. Te niegas a comer argumentando que ya has comido. Te obligan a comer a base de mimos, mimos nunca antes vistos por parte de tu suegro. Moriré envenenado, es lo único que te cruza por la mente al probar el chilpachole que te ha servido tu suegra. Masticas un millón de veces el camarón que te has metido a la boca antes de engullirlo en espera de un milagro que bien sabes no llegará.

El timbre de la casa suena, no puedes creerlo. Esperas el momento justo para escupir el bolo de comida sin que nadie se percate. Suegra y novia no apartan los ojos de ti; malditas cómplices desgraciadas, sobre su conciencia rondará tu muerte. Estalla una algarabía en la mesa al ver la llegada del nuevo invitado. De la sorpresa te has tragado el camarón. Es él. El bastardo al que le preguntaste la noche anterior cómo salir del agreste fraccionamiento donde estabas perdido. Sin embargo, el recién llegado te estrecha la mano como si fueras un camarada de toda la vida, el maldito cabrón hijo de puta. Tu suegro te revela que el misterioso hombre es un viejo amigo de la juventud y compañero de pesca.

De inmediato te asalta el recuerdo de que pronto morirás envenenado, pero ocurre todo lo contrario. Antes de llegar al postre, gracias a los incontables elogios por parte de tu suegro, el desconocido te ofrece un nuevo trabajo: un tremendo puesto en el gobierno. Tu asesino resultó ser uno de los peces gordos de la política. Antes de marcharte de casa de tu novia, tu suegro, con un patético guiño de ojo, te dice que ahora podrás invitar las veces que quieras a su hija al cine.

A bordo de tu modesto y rayado automóvil, recorres a vuelta de rueda el desierto malecón. La vida no es tan mala después de todo, piensas, mientras ves morir la tarde del domingo tras las aguas del Golfo y descubres el error en el que estuviste todos estos años: Hollywood sí que sabe apegarse a la realidad.


lunes, 15 de septiembre de 2008

Celulares perdidos


Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la honestidad más simple era calificada de coraje.”
             

Me encanta cuando nos ponemos tiernos. Solidarios en las causas nobles. Es lindo. Me siento parte de algo bueno. Algo que cambiará a este país de una buena vez. Por eso, cuando me llegan correos electrónicos de amigos y desconocidos conminándome este día de la Independencia a vestirme de blanco y colocar una bandera blanca en la puerta de casa en señal de protesta contra los criminales y políticos corruptos (perfectamente pude evitar escribir la palabra corruptos) de que estamos hartos de tanta impunidad, robos, secuestros, decapitados, mafias, narcotráfico, etcétera, con manos temblorosas reenvío los e-mails a todas mis amistades, aunque no vivan en México, e incluso hasta los que no son mexicanos, pues seguro todos ellos (al igual que yo) se vestirán de blanco y nos enviarán sus buenas vibras desde diferentes y lejanas latitudes del globo terráqueo para que recuperemos nuestra ciudad y nuestros niños puedan salir a jugar a la calle sin temor a que los zetas les corten el pescuezo como a los pollitos en las carnicerías.

Les digo, me enternecen estos gestos. De igual forma que me enterneció ver hace unos días en la capital del país a cientos de miles de personas marchando con sus veladoras y vestidos de blanco. Estoy seguro que los secuestradores, sicarios, ladrones y demás malandrines al ver esta muestra de unión ciudadana se les estrechó el corazón y se arrepintieron de todas las ruindades que han cometido, llegando al punto de prometerse a sí mismos abandonar el sendero del crimen.

Todo esto pensaba yo hasta hace unos minutos. Justo antes de perder mi celular en un café. Ese cacharro del que mis amistades se mofaban por anticuado y obsoleto.

Como soy un ingenuo y creo en la bondad y el civismo de la sociedad en general, le pedí el favor a mi amigo Luis (soportando estoicamente sus risotadas) que marcara al número de mi celular extraviado para que el anónimo samaritano que tuvo el recato de tomarlo (quiero creer que por descuido), me hiciera el favor de regresármelo.

A la tercera llamada sin obtener respuesta, Luis desistió en sus intentos.

-Si pretendes recuperarlo deberías ofrecer una recompensa –dijo.

-Comienza con doscientos pesos –intervino Lorena-. De lo contrario sonarás muy desesperado.

Luis envío un mensaje de texto pidiendo el rescate en 200 pesos. Naturalmente tampoco hubo respuesta.

-Si de verdad lo quieres recuperar, deberías subir el precio del rescate –dijo María con ojos llenos emoción.

-Qué va, tu celular no vale ni cien pesos –dijo Marco, el experto en celulares.

-Mejor resígnate, yo he perdido tres celulares y jamás me los han regresado –dijo Samanta con desolación.  

Tras esta confesión, de inmediato todos dijeron haber atravesado por la misma experiencia traumática de Samanta. Y así fue como mis amigos y yo descubrimos finalmente que teníamos algo en común.

Desde luego, las pérdidas habían sido en circunstancias diferentes. En mi caso, como ya mencioné, en la mesa de un café; en el caso de mis amigos, en la comparsa del Carnaval, en la disco, en el trabajo, en la escuela, en la iglesia, en el baño público, en el motel, en el prostíbulo, en las misiones apostólicas, en el supermercado, en el parque, en la casa de la ex novia, en la casa del mejor amigo y demás lugares decentes de la ciudad.

-No por nada este país es una miarda –dijo Luis frunciendo el entrecejo, muy indignado-. Ya no existe la decencia. 

Asentí de manera mecánica porque el padre de Luis es un diputado influyente y aspirante a la gobernatura, y por ende mi amigo de decencia sabe mucho más que yo.

Durante la siguiente media hora hablamos de la decencia y otros encomiables valores humanos, llegando a la conclusión de que el celular es el único artefacto capaz de redimir al ser humano como un individuo decente. Es decir, si uno se encuentra un billete tirado en mitad de la calle no hay forma de comprobar quién es el dueño del billete extraviado, por tal motivo sería una locura pararse en la banca de un parque y gritar a quién se le perdió un billete, y por ello nada de malo hay en conservarlo y gastarlo en lo que mejor nos plazca; en cambio ocurre todo lo contrario si lo que te encuentras tirado en mitad de la calle es un celular, pues a diferencia de un billete de alta o baja denominación, éste sí que te informará mediante el reggaetón de Daddy Yankee o alguna otra música vertiginosa que Juan Pérez es el dueño del aparato y que lo quiere de vuelta, por favor, y de ser posible sin que te tomes la libertad de consumirle hasta el último peso de su crédito y/o fisgonear en sus fotografías privadas.

Ahora que lo pienso, tengo la ligera sospecha de que todos los que me enviaron los e-mails en donde me invitan a ser un ciudadano solidario y vestirme de blanco para exigir un país sin corrupción y libre de violencia, alguna vez en su vida habrán extraviado o encontrado un celular tirado en la calle, como también estoy seguro que el 99% de ellos nunca regresó los celulares encontrados como tampoco volvieron a ver de vuelta sus celulares perdidos, y digamos que ninguno de esos celulares se extravió precisamente en la guarida de Bin Laden o en la mansión de algún político o en el departamento de algún mafioso narcotraficante.

Por eso, el día de la Independencia, en lo que a mi respecta, sus banderas y sus ropas blancas pueden metérselas por culo. 

viernes, 12 de septiembre de 2008

Gracias por cumplirnos

 
“¿No fue increíble?
Britney Spears, damas y caballeros. Wow. Tiene 25 años y ya ha logrado todo lo que va a lograr en la vida.”
- Sarah Silverman (Premios MTV 2007)


Satisfechos. Saciados. Contentos. Alegres. Incontables adjetivos parecidos pueden describir lo que experimentamos la semana pasada, incluso quienes no lo presenciamos en vivo pero que gracias a los medios de comunicación, a los amigos, a los conocidos, a los vecinos y todo ser humano vivo en la Tierra nos enteramos del asunto para dibujar (al igual que todos ellos) una grandota sonrisa en el rostro.

No era para menos. Se veía venir y la tragedia ocurrió, incluso más allá de lo que nuestra imaginación pudo concebir; de ahí el revuelo y el impacto de la nota hasta hoy día. ¿Por qué escribir sobre un evento tan frívolo habiendo tantas noticias reales, relevantes y terribles en el mundo? Porque somos malvados. Porque disfrutamos con endiablado placer la caída y el sufrimiento de las demás personas, y si es un conocido, más y mejor aún, porque a los famosos aunque no los conozcamos en persona y nunca hayamos cruzado un buenos días con ellos, es como si fueran nuestros parientes consanguíneos, pues ni a nuestros propios familiares les conocemos la biografía integra: novios, amantes, lunares en la espalda, excesos, borracheras, fotografías de su sexo depilado, pasta de dientes favorita, etcétera.

Afrontémoslo, no hubo alguien (excepto sus familiares de verdad, y aún tengo mis dudas respecto a ellos) que no se regocijara al ver que la hermosa y tierna chica que un día apareció de la nada disfrazada como colegiala para conquistar el mundo entero (incluido el medio oriente fundamentalista, donde los barbones de Al Qaeda al parecer son también unas comadres de clóset que no se pierden una nota de las revistas de cotilleo para poder amenazar de muerte a las “prostitutas” occidentales) ha terminado su metamorfosis en una señora divorciada, gorda y fodonga, madre de dos hijos, que baila con pañal y sostén negros sin el menor recato delante de millones de personas como sólo podía hacerlo una señora divorciada, gorda y fodonga madre de dos hijos y adicta a las drogas.

Es horrible pero es la cruel verdad. Y nosotros lo sabíamos. Y no sólo lo sabíamos sino que como leonas agazapadas tras la espesa hierba esperábamos el punto álgido de nuestra hambruna para brincar sobre el antílope cojo, tuerto y viejo de la manada que disfruta sus últimos sorbos de agua en el río. La presa era segura. Más cuando los rumores decían que la chica que un día erotizó por igual a mujeres y a hombres de todas las edades y estratos sociales por bailar como una amazona envuelta en una serpiente pitón había llegado a Las Vegas con cuatro días de antelación para tener un triunfal retorno ante las cámaras de televisión, pero que optó por utilizar esos días para ser ella misma, es decir, pastorearse ebria de fiesta en fiesta y dilapidar una fortuna despidiendo a su estilista particular, que trajo en un jet privado ex profeso para que hiciera milagros con su blonda cabellera, al igual que a los insolentes diseñadores de moda que le habían confeccionado un bonito vestido que ocultaba su renovado abdomen de albañil.

Las luces del escenario se encendieron y todos recibimos lo que esperábamos, incluso más, por eso estaremos en deuda con ella hasta la muerte (su muerte, desde luego). A nadie le importaban los ganadores de los premios de MTV, o las epidemias, o las guerras, o las injusticias que azotan al mudo. Britney era el centro del Universo. Un centro bastante gordo y torpe. Y nosotros, con la boca abierta, atónitos esperando a que rodara como un barril por las escaleras. No sucedió, claro, eso era pedir demasiado. Pero nos complació verla dar unos pasitos erráticos de porcino recién nacido, poniendo a prueba y al límite la fuerza de su cuerpo de bailarines que le ayudaban (al mismo tiempo que se herniaban) a subir los peligrosos peldaños de las escaleras del escenario de dos centímetros de altura.

Total, que la presentación en su conjunto fue un hermoso desastre y está de más ahondar en detalles como el playback, la uña postiza que se le cayó y todo lo que ya se comentó hasta el hartazgo en los medios y en nuestras interminables charlas diarias de oficina. Lo que cabe resaltar es lo que ocurrió desde que la madre de familia abandonó el escenario hasta los minutos en que escribo este artículo y los minutos, horas, días y años venideros.

Todos sabemos que la vergüenza ajena vende, y mucho, pero no sospechábamos cuánto y hasta qué punto. Y más cuando un batallón de fenómenos (sólo uno se hizo famoso, el más ridículo, por su puesto) ha salido en su defensa, y otro batallón de pobres diablos se toman la molestia de parodiar a los plumíferos defensores de lo indefendible. El resultado: La Britney más famosa de la historia, más aún que cuando era una profesional y se mataba en el gimnasio y en la pista de baile durante meses para que su público desquitara el estratosférico precio del boleto que pagó por verla.

Con el embarazoso espectáculo de la semana pasada queda comprobado que a nadie le interesan las historias de éxito, salvo las propias, y Britney lo tenía muy claro en su recóndito subconsciente de pueblerina analfabeta, pues cada decisión descabellada que tomaba paradójicamente la ponía un paso más cerca de la inmortalidad, pues en este mundo moderno donde el buen gusto lo posee (a Dios gracias) la minoría, su reinado seguirá perecedero hasta que otra vieja-joven-golfa-ridícula reclame el trono con un bochornosísimo y truculento acto masivo que nos deje a todos con las bocazas abiertas del asombro y aún más satisfechos que los marranos que se revuelcan en los charcos de lodo de las porquerizas.            

jueves, 11 de septiembre de 2008

Quién se lo hubiera imaginado


“¿Qué país puede preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos de que su pueblo conserva el espíritu de resistencia? Dejadles tener armas.”
- Thomas Jefferson


Una pistola Glock 15 y una Walther P22. La venganza no tiene rostro. No tiene ojos. Pestañas. Boca. Solo sangre, rictus de dolor y ojos centelleantes de sorpresa y miedo de sujetos que se colapsan en el suelo viéndoseles escurrir el alma por un agujero. Un dedo en el frío gatillo. Oprimiéndose una y otra vez. La mandíbula trabada. Pam. Pam. Se van a enterar, es el único pensamiento que cruza por la mente. Gritos. Llanto. Angustia. Dolor. Incredulidad. Pam. Pam. Se van a enterar. La policía. Luces. Sirenas. Escopetas y rifles listos para entrar en acción. Desconcierto total. Caos. Lágrimas, más lágrimas. Puertas abiertas. Ventanas rotas. Pánico. Sudor. Orines. Gritos. El cañón en la barbilla. La bala que traspasa la piel, la lengua, las amígdalas, las muelas. El acero relámpago de muerte que atraviesa los sesos y fractura el cráneo en cientos de fracciones microscópicas de hueso. Cuero cabelludo teñido de sangre sobre el suelo. Una pared pintada de rojo. Se han enterado. Ya se han enterado.

More...Un loco. Solo un loco pudo abrir fuego y matar a treinta y tantos estudiantes. Solo un loco es capaz de esa locura, dicen en la radio, en los periódicos, en las revistas y en los noticieros de noticias y también de cotilleo.

Que tontos, ciegos y equivocados están mis vecinos del norte por creérselo de esta manera. Si se dieran cuenta que no hay que ser un loco para un día despertar y decir con toda calma, hoy es el día en que el mundo se va a enterar de lo que soy capaz de hacer.

El día en que todos esos maestros de pacotilla permitieron con su apatía, con su desidia y con su incapacidad, que ciertos cabecillas hijos de la gran puta se mofaran, ultrajaran y mellaran la dignidad de niños introvertidos, débiles y desprotegidos.

El día en que mamá y papá dejaron la comida de microondas en el refrigerador a sus hijos porque estaban más ocupados en la oficina trabajando para pagar la hipoteca de la casa nueva, las letras del automóvil del año y las vacaciones en la playa.

El día en que MTV saturó su programación con luchas virtuales de famosos destripándose unos a otros y con concursillos donde te pagan por demostrar que tan golfo puedes llegar a ser.

El día en que hasta para vender goma de mascar se hizo necesario poner a una mujer con un buen par de tetas llenas de silicona en los espectaculares de las calles y avenidas principales.

El día en que los pecados capitales se transformaron en virtudes capitales.

El día en que pasquines como Quién se llevó mi queso, El monje que vendió su Ferrari y El vendedor más grande del mundo desplazaron a Homero a Cervantes a Dumas y a Shakespeare de los aparadores principales de las librerías.

El día en que la población se tragó la aberrante Segunda Enmienda de su Constitución que dice: “Una bien regulada milicia es necesaria para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a tener y poseer armas no debe de ser violado”.

El día en que la libertad de expresión se degeneró en libertinaje de expresión.

El día en que con un doble clic cualquiera tuvo acceso a orgías, a violaciones de niños y a todo tipo de perversiones innombrables.

El día en que una rubia anoréxica que fornicaba con un mozalbete de pene descomunal se volvió la heroína y el ejemplo a seguir de los jóvenes.

El día en el que ser un ganador al precio que sea se convirtió en lo único que vale en esta vida.

El día en el que las drogas comenzaron a consumirse como caramelos.

El día en el que a la dignidad se le puso precio de venta en el mercado.

El día en el que un señor llamado Thomas Jefferson dijo: “¿Qué país puede preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos de que su pueblo conserva el espíritu de resistencia? Dejadles tener armas”, y llegó el día en que se las dejaron tener y el 40% de su población se hizo de ellas.

El día en el que la prensa pudo decir que al año casi 30,000 personas mueren victimas de un arma de fuego, es decir, un muerto cada 18 minutos, sin contar los más de 69,000 heridos al año.

Y finalmente llegó el día en el que a la gente se le salió de las manos su jueguito y todos se fueron al carajo porque ya no saben diferenciar qué es el bien y qué es el mal.

Aún así, todavía así, hay gente que se sorprende. Que no se lo puede creer. Que pone los ojitos de cachorro indefenso e incrédulo y se pregunta cómo es posible que asesinatos y aberraciones de este tipo sucedan en sus propias narices cuando el mundo es tan, pero tan bonito que por eso tienen que pensar solo en ellos mismos y en su propia felicidad y darse de besos en las bocas y ser súperrecontrafelices las 24 horas del día. Por eso todavía existe gente como el bueno de Jorgito que se deja retratar desconsolado derramando un par de lágrimas de cocodrilo por las mejillas mientras no se puede creer su mala suerte y piensa: “lástima que no fue un maldito iraní el loco que acribilló a esos estudiantes de mierda para ahora sí, darme los motivos suficientes para cargarme al diablo al MahAhmacomoputasellame y a todo su asqueroso país de terroristas fundamentalistas de la gran mierda”.


miércoles, 10 de septiembre de 2008

Crónica de una aldea amurallada


Las murallas que en el pasado cercaron a la ciudad de Campeche para protegerla de invasores, rufianes y malandrines, hoy día permanecen de pie, emanando una imperceptible aura cósmica que la protege de la invasión del mundo moderno.

More...Ejemplos de este fenómeno los encontramos en todos los ámbitos del quehacer de sus habitantes. En cuanto al mundo empresarial, todavía no existe eso del marketing. Así, encontramos que la tienda “Bicipollo” no vende bicicletas ni pollos, y la pizzería “Xavier” distribuye su producto en cajas de una pizzería que quebró hace años en la ciudad vecina de Mérida, dejando al borde de la locura a una pobre señora meritense harta de levantar el auricular del teléfono todas las noches para responder a campechanos hambrientos. Quienes vivimos en la ciudad continuamos gozando del privilegio de joyas de la publicidad como la implementada por “Estética Isabella”, que busca seducir a amas de casa decentes y recatadas empleando la imagen (sin licencia) de Jenna Jameson, diva del séptimo arte protagonista de cintas como Up and Cummers 20 y Where the Boys Aren't 17, cuyo célebre rostro adorna los anuncios de la estética, invitando a las damas del público a sacar a su actriz porno interior. No obstante, Campeche es, ante todo, una tierra de contrastes: en el extremo opuesto del espectro (y hago énfasis en la palabra “espectro”) a pocas esquinas de distancia te puedes topar con “Studio Express Jacqueline Corral”, un anti-salón de belleza ("salón del terror", pudiera decirse) que obsequia a las mujeres la oportunidad de parecerse a la mamá de la Chimoltrufia o a la criatura nocturna de su elección (tendrían que ver el rostro que eligieron para representarles).

Otro fenómeno curioso es la sorprendente adaptación que tienen las cadenas y franquicias tanto nacionales como internacionales a la ciudad. Un caso concreto es el de la cadena de cines “Hollywood”, únicos cines comerciales en la entidad donde aún existe el intermedio, y no en mitad de la película, sino en el clímax de ésta, además de que los estrenos llegan antes a los videoclubes (no piratas) que a sus salas.

Para quien visita la ciudad por primera vez, Campeche presenta una gama tan extensa y variada de portentos arquitectónicos que sería imposible de describir en un espacio tan reducido, así que para ustedes presento una breve selección: Campeche´s Opera House, Los Jardines Colgantes de Panchito Brown, Las Pirámides de la Sectur, La Sandwichera Más Grande del Mundo, El Coloso de Bellavista, El Partenón Campechano, El Atorado, La Hija de la Estatua de la Libertad, El Monumento a las Madres Mutantes de Seis Dedos y El Monumento a “Papá por Siempre”, cada uno de ellos dotado de una truculenta historia propia.

Igualmente no es necesario salir del hotel para divertirse en grande, ya que el orgullo del campechano le exigió no quedar detrás de metrópolis como Nueva York, Londres o el Distrito Federal en sus medios de comunicación, así que para hacer frente a la voracidad de entretenimiento de sus poco más de doscientos mil habitantes, la ciudad cuenta ni más ni menos que con cinco periódicos, cuatro televisoras y un número incalculable de revistas de todo tipo. Nada tan destacado como la televisión, cuya programación es tan bizarra que los mismísimos japoneses morirían de envidia.

“La hora del aficionado”, como su nombre lo indica, es el programa ideal para los amantes de la música, quienes participan interpretando sus canciones predilectas. Lo peculiar del asunto no es el hecho de que tomen el escenario amas de casa vestidas como si las hubieran capturado camino a la tiendita de la esquina, sino que el conductor del programa es un señor cincuentón, con unas cejas depiladas que le dan la apariencia de un muñeco de ventrílocuo, maquillado y peinado como una dama de sociedad, cuyo patiño es una botarga del burro de la película Shrek que cuan largo es el programa permanece erotizada y no tiene empacho en montar al conductor cada vez que éste “accidentalmente” deja caer sus notas al suelo (y cuando digo “accidentalmente” quiero decir “con toda la intención de ofrecerle sus posaderas al animal, diciendo incluso al hacerlo ‘mira, burrito, voy a dejar caer mis papeles’, porque Campeche no es un lugar políticamente correcto, al menos no del todo”). Si el show antes mencionado no fue lo suficientemente erótico, tenemos el programa “Desvelados”, conducido por la respuesta campechana a Don Francisco, sólo que un poco más libidinoso y panzón, quien no duda en ofrecer a su público y televidentes justo lo que merecen, como a las amas de casa que fueron lo bastante ingenuas para ir al programa del Día de las Madres, en el cual fueron agasajadas para su sorpresa con una tripleta de nudistas fortachones que como parte del show subieron por la fuerza al escenario a una señora inocente, a la que procedieron a victimar mediante el “remolinillo”, movimiento que consiste en frotar el tridente de genitales de los bailarines en las caderas de la dama, que aterrada intentó escapar tirando manotazos. El escape fue frustrado por sus captores, que lo impidieron aumentando las revoluciones del remolinillo y aderezándolo con unas poderosas y no solicitadas nalgadas. No obstante, la televisión campechana es algo más que sexo: existe un canal dedicado a transmitir durante horas los videos musicales (que ya los quisiera MTV) de un ex gobernador. En uno de ellos, se encuentra declarando su amor a Ciudad del Carmen cuando de buenas a primeras aparecen en escena tres jóvenes ninfas enfundadas en provocativos bikinis, a las que el caballeroso ex mandatario saluda con un casto apretón de manos, sin dejar de cantar y viendo al mar con mirada soñadora, mientras las chicas danzan alrededor suyo cual sirenas.

Las crónicas deportivas no podían quedar fuera de este sin igual recorrido. Si bien en sus orígenes, Campeche fue cercada por poderosas murallas para evitar que piratas, corsarios y bucaneros saquearan los negocios y las casas de sus habitantes, en la actualidad, para beneplácito y tranquilidad de la población, los rufianes ultramarinos han desaparecido excepto por los nombres de todos los equipos deportivos de la ciudad (o al menos de aquellos de las tres disciplinas atléticas más populares: fútbol, béisbol y básquetbol), cuyos aficionados han vivido apoyando masoquista y estoicamente pese a una nutrida dieta de sinsabores y derrotas, que por su naturaleza pintoresca han sido documentadas incluso por televisoras de cobertura internacional, (para ser más específicos, por “Los Protagonistas”, el muy visto programa deportivo de Televisión Azteca). Al parecer a estos buenos señores de la capital les quitaba el sueño descubrir cuál era el peor equipo profesional de fútbol del país, así que se embarcaron en una exhaustiva investigación para descubrirlo, que dio por resultado un emotivo reportaje que reveló la ubicación y el nombre del equipo más malo de México. Suponen bien: juega en el Estado de Campeche, y pese a no haber ganado un solo partido en un torneo se hace llamar Real Victoria.

La inmensa mayoría de los jóvenes que visitan la ciudad de Campeche coinciden en algo: que es aburridísima, y quizás tengan algo de razón, pues ir a un antro en Campeche es como ver una fotografía: siempre son las mismas personas, en las mismas mesas, en la misma pose, con las mismas parejas; lo único que cambia cada fin de semana es su guardarropa, y eso, a veces. Sin embargo, esto no es un condicionante para aburrirse. Existe un antro que se llama “Millenum”, que como su nombre lo indica (y esto es algo raro en Campeche) abre sus puertas cada milenio, única y exclusivamente para celebrar tres magnas fiestas: la Noche de Espuma (del cual seguramente saldrás intoxicado y/o con urticaria en toda la piel), el Baile Al Revés (no porque los campechanos bailen al revés, sino porque es el día en que las mujeres tienen la oportunidad de sacar a bailar a los hombres, como si no pudieran hacerlo los otros 364 días del año) y la Fiesta de Pijamas (a la cual tienes que ir en pijama, pero al llegar al antro descubres que la mayoría de los jóvenes campechanos duermen disfrazados con sus mejores galas de diseñador). Otra opción es el Malecón, donde está prohibido beber en la vía publica, no así en el interior de los automóviles en movimiento, o al menos así lo parece, pues la calle se convierte en la peregrinación de cantinas ambulantes más grande del mundo. El visitante notará las diferentes secciones que dividen al malecón, como la Zona VIP (fresas del subdesarrollo e hijos de políticos), o la Zona Rápido y Furioso (gente a bordo de Tsurus, Vochos y Jettas decorados con calcomanías, tubulares, luces de neón y demás accesorios que viste en los Lamborghinis, Aston Martins y Ferraris de la película), entre otras. Si aún así no parecen divertidas las noches en Campeche, queda un as bajo la manga: los burdeles y tumbaderos, donde con seguridad te toparás con tu papá, maestros y/o el párroco de la iglesia.

Si tienes suerte, visitarás la ciudad cuando se esté llevando a cabo alguno de sus eventos importantes: “El Carnaval”, donde nadie pierde la oportunidad para travestirse o protagonizar el escándalo del año; “Los Antifaces de Cristal”, ceremonia que emula a los Premios de la Academia, cerrando calles del centro y poniendo la alfombra roja sobre las banquetas, donde, a diferencia de los premios de Hollywood, se premia a las estrellas del Carnaval, es decir, desde la Reina hasta la vieja chancluda de tu vecina; o “Señorita Campeche”, certamen al cual Campeche es el único lugar que pudo mandar a concursar, en años consecutivos, a unas gemelas idénticas, dejando a los jueces del evento por demás confundidos: ¿estoy drogado o no fue esta a la que eliminamos en la primera ronda el año pasado?

La ciudad está inundada de personajes tan irreales que en verdad cuesta creer que no hayan sido producto de la imaginación chiflada de un genial escritor. Tenemos como ejemplo a Regina, señora con poderes sobrenaturales que predijo a mediados de los ochentas que un diluvio de proporciones bíblicas acabaría con la humanidad. Armada de valor, recolectó donativos entre sus vecinos para construir un Arca tan impresionante como la de Noé, con la diferencia de que los tripulantes, en vez de ser animales, serían campechanos. Sin embargo, los conocimientos de Regina en materia de construcción de arcas eran aún más limitados que en materia de predicciones apocalípticas: ¿cómo pensaba que flotaría aquella cosa teniendo cimientos de concreto similares a los de una casa, fijos al suelo? Tampoco podría pasarse por alto al “Exorcista de Bellavista”, un pastor que aseguraba haber sido curado de su homosexualidad por el Espíritu Santo, que al hacerlo lo había dotado de poderes sobrehumanos para liberar a los jóvenes de los sucios deseos de la carne. “¿Quién de ustedes se masturba?”, preguntaba a sus jóvenes feligreses, y cuando alguno confesaba hacerlo, el pastor lo tomaba con fuerza de la entrepierna y comenzaba a frotarla enérgicamente, exigiendo a los demonios que abandonaran el cuerpo del muchacho.

Todo esto y más es lo que podrás encontrar en Campeche si algún día la visitas; sitios y personajes que desde luego no aparecerán publicados en los directorios turísticos convencionales, tal vez por miedo (muy justificado) a que la UNESCO rectifique su decisión (muy acertada) de haber designado a la ciudad amurallada como Patrimonio Cultural de la Humanidad.