miércoles, 17 de septiembre de 2008

Brokeback Campeche (Secreto en Campeche)


“No hay secreto mejor guardado que el que todos conocen”
- George Bernard Shaw



Sábado en la noche. Oprimes el vientre. Ganas escasos centímetros en la fila. Compruebas en la lista de precios pegada en la ventanilla de acrílico de la taquilla, que ha llegado el punto en el que ir al cine en cualquier noche que no sea un miércoles de dos por uno es tan costoso y desagradable como pagar la cuenta en un restaurante que no sea el puesto de tacos de perro de la esquina.

More...Vivir en una apacible y pequeña ciudad como lo es la ciudad y puerto de Campeche en definitiva tiene sus ventajas, pero también incontables inconvenientes: el cine, por citar un ejemplo.

Si hablamos de cines comerciales, sólo hay uno. Tiene seis salas, pero el problema radica en que basta ampararse en el sentido común para notar con angustia que las butacas no darán abasto a la inmensa fila de gente que se aglutina en la taquilla, en la búsqueda de un boleto para la película que con seguridad ha elegido ver esta noche la burguesa de tu novia.

El siguiente paso es poner en marcha el plan B: mirar el cartel luminoso plagado de faltas de ortografía, donde si tienes un poco de suerte, evitarás toparte con Rambo 28, Virgen a los 40 Recargado, Gigoló en Marte o Legalmente Estúpida (con la actriz ganadora del Oscar Reese Whiterspoon). No hay suerte. Hoy definitivamente no será tu noche de suerte. Hollywood te tiene agarrado de los huevos; creer que no te toparás con al menos un par de secuelas y un refrito es como creer que los candidatos a la presidencia municipal no pegarán a la hora de sus campañas carteles con sus horrendos rostros en cada uno de los espectaculares y postes de luz existentes en la ciudad.

Tras abrirte paso en una odisea de media hora entre empellones, codazos y pisotones, finalmente llegas a la taquilla. El dependiente saquea tus bolsillos y te hace formal entrega de un par de boletos. A tu novia, que ni reclusa en un campo de concentración nazi se formaría en una fila, le regalas una risa nerviosa al aproximarte a la pared donde se encuentra aparragada, y de inmediato te convierte en el protagonista de menudo escándalo al enterarse que has comprado boletos para la única función que quedaba disponible, pues los boletos para la película que ella moría por ver se agotaron en un suspiro. Su mirada virulenta y cargada de reproches te deja como el único culpable de haber tenido que aguardar cuarenta y cinco minutos en la sala de su casa, flanqueado de interminables silencios y escrutadoras miradas por parte de tus suegros, mientras “alguien”, absorta frente al espejo, se pistoleaba la cabellera y cambiaba cuatrocientas cincuenta y cinco mil veces de ropa como si la salida de esta noche fuese para ir a visitar a la Reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Tu amorosa novia, para apaciguar los malos humores, decide que es una buena idea romper con la dieta, así que se hace de palomitas, nachos y un refresco “light” (extra grande). A pesar de que es millonaria y profesa feminista, no muestra señales de sacar la cartera de su bolso para pagar el pequeño aperitivo, así que la cuenta corre por tu cuenta una vez más.

En bancarrota y estoico, antes de ingresar a la sala, soportas eternos veinte minutos de una nueva fila y nuevos reproches por no conseguir las entradas para ver “Soltero en Casa”, gracias a un enorme cartel donde aparece Sarah Jessica Parker (risa histérica y nalgas computarizadas, imposible tenerlas tan redondas para una mujer de cuarenta años) que empuja a un Matthew McConaughey vestido con elegante traje sastre color arena que parece regalarte (sólo a ti, hombre también soltero) una mueca despreocupada, aderezada con el levantamiento pícaro de la ceja izquierda en una clara seña de: “mírame, vivo con mis padres y no me importa, ¡Hurra! ¡Que ganador soy, aún así me ligo a cuarentonas ardientes!”.

El calvario ha llegado a su fin, supones, cuando encuentras dos butacas libres en la segunda fila. Sin embargo, grave error es andar suponiendo cosas. Con ojos achicharrados, ves proyectado en la pantalla el corto de “Soltero en casa” que aviva los berrinches de tu novia. El corto de la película resultó ser tal como lo imaginaste minutos atrás gracias a los genios traductores: la historia trata de un tipo de más de treinta años que, por increíble que parezca, sigue viviendo en casa de sus padres. Payasos de Hollywood, piensas con profundo rencor cruzándote de brazos, se creen muy listos por seducir a la gente para que hagan interminables filas, y, además de eso, te granjean el odio de tu novia sólo porque tuvieron la brillante idea de presentar una comedia que es la triste realidad de la mayoría de los solteros de Campeche, exceptuando el cuerpo del señor McConaughey, claro está, porque en Campeche todos los solteros de más de treinta son unos panzones de escasa cabellera adictos a los mimos y manutención de mamá.

Las luces de la sala del cine se encienden. Dos horas que se te han ido como agua (no así para tu acompañante), han dado paso al develamiento de un montón de rostros masculinos nerviosos. Tu novia, en el punto más álgido de su indignación, te recuerda que su papá le había prohibido ver tan horrible e inmoral película. Tus planes de llevártela como cada sábado por la noche al motel Kalá se esfuman ante tus ojos. La noche aún es joven, pero ella te ha pedido que la lleves a casa. No está de humor para soportarte, dice, y tan no lo está, que decide dejar de soportarte un día más de su vida: te manda al diablo; quién hubiera pronosticado que “Secreto en la Montaña” sería el detonante de la ruptura de tu noviazgo.

Desconsolado, buscas desquitarte con alguien, y el único culpable que encuentras en tu cerebro son los idotas traductores de las películas. ¿Quiénes son ellos?, te preguntas. ¿Quiénes formarán ese comité maligno? ¿Quién podía imaginar que “Brokeback Mountain”, la película de dos vaqueros homosexuales que semanas atrás habías visto gracias a la tecnología del Internet, era la misma que “Secreto en la Montaña”? Decidido a avivar las llamas de tu ira, recuerdas la traducción de “The Lawnmower Man”, un bodrio de principio de los noventas que archivas en tu memoria sólo porque los tarados del comité de traducción decidieron que era una magnifica idea llamarla “El Jardinero: Asesino Inocente”, en vez de la simple traducción literal: “El Hombre de la Podadora”. Anhelas algún día toparte con esos tarados y decirles todo lo que piensas de ellos; mejor aún, preguntarles por qué rayos decidieron que Jerry Maguire se llamara “Amor y Desafío” en vez de “Gerardo Marcos”, por ejemplo. Estás tan molesto y te hierve tanto la sangre que incluso imaginas ser parte del comité de traducción: eres tan brillante que eres el encargado de traducir “Sixth Sense” como “El Psicólogo Fantasma”.

Decides dar una vuelta por las afueras de la ciudad para olvidar que eres nuevamente un soltero que pronto llegará a casa para engrosar la lista de panzones pelones de Campeche. Para tu desgracia, tu mente ha estado tan ocupada creando nuevas y ridículas traducciones para que algún día te den trabajo en el comité de traductores, que sin darte cuenta, con horror, descubres que estás completamente perdido. “Perdidos en Campeche”, piensas en un infructuoso intento por ahuyentar el miedo que empieza a erizarte la piel.

Llevas veinte minutos dando vueltas sin lograr orientarte. Doblas una vez más a la derecha y, de nuevo, otra calle cerrada. Sin embargo, aguzas la mirada y visualizas una moderna camioneta del año aparcada al final de la calle. Desde pequeño te han enseñado a no hablar con desconocidos, pero necesitas con urgencia salir de tan inhóspita colonia antes de que te secuestren unos pandilleros. A bordo de la camioneta, con seguridad, gente decente te dirá cómo llegar a la civilización. Apagas el automóvil. Caminas unos cuantos pasos hasta llegar a la ventanilla polarizada de la camioneta. Tragas saliva y te decides a darle unos ligeros golpecitos con los dedos como quien toca a la puerta de una casa en horas inapropiadas. La ventanilla se desliza suavemente y descubres que has interrumpido el tórrido faje de una pareja. Te disculpas por la impertinencia cometida y decides emprender la graciosa huida. El sentimiento de saberte un tonto por no imaginarte que cortarías el romance de otro importantísimo señor de sociedad en pleno desfogue con una de sus culonas secretarias te embarga súbitamente. Intentas huir para no importunar más al par de enamorados, pero es demasiado tarde. La ventanilla eléctrica ha descendido en su totalidad. El daño está hecho. Avergonzado, balbuceas la pregunta de que si podrían decirte cómo encontrar la salida hacia el malecón. Un silencio denso impregna el ambiente. Te deja de importar cómo encontrar el camino a casa y lo único que te interesa es alejarte lo antes posible de la camioneta. Retrocedes discretamente. Mientras te alejas, escuchas murmullos dentro del vehículo. Te sorprendes al descubrir que el copiloto no es una apetecible secretaria como suponías, sino un hombre, y eso lo sabes por las agudas voces que se escuchan en la penumbra del interior de la camioneta. El miedo se apodera de ti y arrancas a correr a toda velocidad en dirección a tu coche, aparcado a unos cuantos metros. Las manos te tiemblan, experimentas en carne propia que las rubias tetonas de las películas de “Viernes 13” no eran tan tontas después de todo. Los faros de la camioneta se encienden. Desde el final de la calle, adviertes que unas potentes luces se aproximan peligrosamente hacia ti. El ruidoso motor del armatoste parece salido del mismísimo infierno. Es tarde, no te va a dar tiempo de abrir la puerta: eres otra tetona oxigenada que morirá. Ves pasar toda tu vida ante tus ojos en fracciones de segundo, así como te lo ponen en las películas. Sin tiempo para nada más, tu instinto de supervivencia te obliga a dar un descomunal salto sobre el capirote de tu automóvil, eludiendo la inmensa camioneta que sólo logra rayar la pintura de la portezuela de tu coche. Nunca imaginaste que todos los cómics del Hombre Araña leídos en tu infancia te salvarían el pellejo, al menos por el momento, porque descubres que estás tendido sobre la banqueta, indefenso, justo del lado opuesto de la portezuela desde donde, para tu sorpresa, diste el salto de tu vida. Aturdido, esperas que la camioneta regrese por el trabajo que no pudo finiquitar. Te imaginas brutalmente asesinado, pensamiento que se disipa a los pocos segundos al ver cómo la camioneta da vuelta en una esquina para no volver más. Has vivido para contarlo.

A la mañana siguiente te despierta una llamada telefónica. Es tu novia (en realidad, ex novia). Dice que es una tonta y que quiere regresar contigo, e incluso se disculpa en medio de un mar de llanto. Te ha invitado a disfrutar de otro horrendo e interminable domingo familiar en su casa.

Accedes a su invitación. Limas asperezas con ella y cierta tranquilidad recorre tu organismo: adiós a la terrorífica idea de ser otro “Soltero en Casa”. Le has comprado un ramo de flores porque eres un perfecto imbécil. Pulsas el timbre de su casa, respiras hondo y piensas que la vida no es tan mala después de todo, incluso has olvidado que la noche anterior pudiste haber muerto a manos de una pareja de locos. Nada como el consuelo de tu amada novia. Todo será mejor de ahora en adelante, piensas ingenuamente, hasta que descubres que la ostentosa camioneta de tu suegro tiene una ralladura en la portezuela del lado del copiloto. Reparas en que el rayón es del mismo color que la pintura de tu automóvil. La respiración se te escapa. Das dos tambaleantes pasos hacia atrás. La puerta de la casa se abre abruptamente en tus narices. Eres hombre muerto. La sonrisa de tu novia aparece delante tuyo, se abalanza sobre ti en un efusivo y nunca antes visto abrazo. Asegura estar enamorada de ti. Te sujeta de la mano y te lleva al comedor de la casa donde se encuentra toda la familia reunida. Te sabes hombre bajo diez metros de tierra al ver a tu suegro sentado a la cabecera de la larga mesa, clavando sus negros ojos en tu cada vez más temblorosa humanidad.

Todos en la casa están de buen humor. Te niegas a comer argumentando que ya has comido. Te obligan a comer a base de mimos, mimos nunca antes vistos por parte de tu suegro. Moriré envenenado, es lo único que te cruza por la mente al probar el chilpachole que te ha servido tu suegra. Masticas un millón de veces el camarón que te has metido a la boca antes de engullirlo en espera de un milagro que bien sabes no llegará.

El timbre de la casa suena, no puedes creerlo. Esperas el momento justo para escupir el bolo de comida sin que nadie se percate. Suegra y novia no apartan los ojos de ti; malditas cómplices desgraciadas, sobre su conciencia rondará tu muerte. Estalla una algarabía en la mesa al ver la llegada del nuevo invitado. De la sorpresa te has tragado el camarón. Es él. El bastardo al que le preguntaste la noche anterior cómo salir del agreste fraccionamiento donde estabas perdido. Sin embargo, el recién llegado te estrecha la mano como si fueras un camarada de toda la vida, el maldito cabrón hijo de puta. Tu suegro te revela que el misterioso hombre es un viejo amigo de la juventud y compañero de pesca.

De inmediato te asalta el recuerdo de que pronto morirás envenenado, pero ocurre todo lo contrario. Antes de llegar al postre, gracias a los incontables elogios por parte de tu suegro, el desconocido te ofrece un nuevo trabajo: un tremendo puesto en el gobierno. Tu asesino resultó ser uno de los peces gordos de la política. Antes de marcharte de casa de tu novia, tu suegro, con un patético guiño de ojo, te dice que ahora podrás invitar las veces que quieras a su hija al cine.

A bordo de tu modesto y rayado automóvil, recorres a vuelta de rueda el desierto malecón. La vida no es tan mala después de todo, piensas, mientras ves morir la tarde del domingo tras las aguas del Golfo y descubres el error en el que estuviste todos estos años: Hollywood sí que sabe apegarse a la realidad.


11 comentarios:

Rodrigo Solís dijo...

Este cuento que subo hoy me valió una mención honorífica. Traducción: un diploma de dos pesos y un cerro de libros que la Universidad Autónoma de una ciudad que no voy a mencionar (no es Campeche) al parecer tenía urgencia por deshacerse de ellos. En el paquete había un par de libros de cocina.

Anónimo dijo...

Muy buena la historia mi estimado Rodro, me parece que ya la habia leido.. le modificaste algo?
bueno del tema no opino porque es sensible para mi
pero la historia me gusto mucho
saludos y sigue asi

Rodrigo Solís dijo...

Gracias, querido Anónimo. Sí, en este nuevo blog la mayoría de los escritos tienen su manita de gato.

M dijo...

Pildorita, soy tu fansese.

Rodrigo Solís dijo...

M: un honor que una escritora tan divertida como tú me diga eso.

Bárbara dijo...

Uy Rodro, la de “secretos montañosos” que existen, uno nomás pela los ojotes cuando se entera, je,je,je...

Rodrigo Solís dijo...

Bárbara: en mi caso, no queda más remedio que pelar los cuatro ojotes.

Anónimo dijo...

me gustó y ya.

Hijo de la lágrima.

Rodrigo Solís dijo...

Hijo de la Lágrima: que bueno.

monica dijo...

Me encanto la historia...que miedo!no dudo que sea veridica
y como esta esto del lado b? es solo tuyo?
sabias que un disco de arjona se llamaba asi?

Rodrigo Solís dijo...

Mónica: imposible que sea solo mío, hay un grupo de escritores e ingenieros respaldando todos los días este blog.
P.D. no me sorprende, Arjona es tan patético como yo. Tal vez un poquito más que yo.