jueves 26 de noviembre de 2009

Ahora la culpa es suya, mujeres


Dedicado con afecto a Lupita Jones, acepto mi derrota.


“La vieja de hoy es un monstruo alimentado por la televisión vespertina, y me temo que es poco lo que podemos hacer para salvar a nuestros hijos de su cercanía.”
- Hernán Casciari (La frente alta, la frente tersa)



Hubo un tiempo cuando los hombres lapidábamos a nuestras madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas por practicar el adulterio, es decir, con justicia y buen tino machacábamos a pedradas y/o estampábamos una letra escarlata con un hierro al rojo vivo en el seno de esas brujas casquivanas que nos seducían (inocentes de nosotros) hasta caer en el pecado de la carne.

Hubo un tiempo cuando los hombres achicharrábamos en la hoguera a nuestras madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas por practicar supuestas artes diabólicas, es decir, por andar mostrando la pantorrilla o el antebrazo en la vía pública a nuestros respetables congéneres del clero, política y otros oficios desinteresados y celestiales.

More...Hubo un tiempo cuando los hombres no le permitíamos a nuestras madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas ir a las urnas a elegir a los futuros mandatarios del país porque las considerábamos unas retrasadas mentales.

Hubo un tiempo, perdón, en estos tiempos, existen hombres en África y el Medio Oriente (donde la ley lo permite) que le amputan el clítoris a sus madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas pues creen son seres inferiores (por debajo incluso que las perras de la calle) que no tienen derecho a sentir placer.

Salvo por los casos de mutilación genital (y otras muchas atrocidades), podemos afirmar que hoy día vivimos en una sociedad civilizada y de igualdad, esto gracias a valientes, aguerridas e inteligentes mujeres que a través de la historia de la humanidad dejaron la piel en el camino para abrirnos los ojos (tanto a mujeres como a hombres) al hecho de que ellas debían tener los mismos derechos que los hombres, es decir, a ser tratadas como seres humanos, lo que les otorgaba (entre otras muchas cosas) la libertad de ir a votar, trabajar fuera de casa, coquetear, vestirse a placer y acostarse con los hombres y/o mujeres que mejor les salieran de los ovarios sin miedo a que sus vidas corrieran peligro por hacerlo.

Todo esto fue lo que en realidad quise decirle a mi hermana en una carta que publiqué hace 15 días en mi blog personal y en otros medios de comunicación. Una carta que, tonto de mí, creí sería interpretada como la muestra más grande de amor hacia la mujer que más quiero en el mundo. Una declaración rendida e incondicional de afecto que pudiera hacerle notar que una mujer bajo ningún concepto, y menos de manera voluntaria, debe renunciar a su calidad ser humano pensante para retroceder a los tiempos de tinieblas donde se les veía como simples objetos cuyo único valor eran sus curvas y no su cerebro. Naturalmente, como es de esperarse en un perdedor desempleado como yo, fracasé en mi intento al seleccionar las palabras adecuadas.

-Acaba de hablar furioso tu hermano –me dice mamá por celular-. Me dijo que un amigo suyo acaba de ver publicado en Internet una cosa horrible que escribiste de tu hermanita –mamá guarda silencio, me parece que solloza-, ¿qué escribiste ahora, hijito?

-Nada –miento.

-Gracias a Dios no sé usar la computadora, pero tu hermano me dijo que está furioso, que tiene ganas de golpearte –dice mamá, ahora sí entrecortando la voz con lágrimas-. Me dijo que hiciste del dominio público que tu hermanita era bulímica y que se operó la panza hace unos años.

-Sí, eso escribí –digo bastante sorprendido-, pero no era mi intención que…

-¡Dios mío! ¡No te das cuenta de que le pueden quitar su corona! –mamá estalla en llanto y no entiendo ni una sola palabra de las que balbucea.

Cuelgo. Voy a la computadora y veo en mi bandeja de entrada una retahíla de mails de gente conocida, familiares y desconocidos. Sospecho lo peor. Uno a uno los voy leyendo, salvo honrosas excepciones, la mayoría de los mails me conminan a rectificar, a escribir una carta donde pida disculpas públicas, y de ser posible, que diga que no soy más el hermano de la soberana de la belleza de México.

Cinco primas (por fortuna las aborrezco a todas, salvo a una) me han escrito que soy un sinvergüenza, un poco hombre y (esto es lo que más ha herido a mi ego) un escritor sin talento.

Catorce tías y doce amigas de mamá me han escrito que soy una deshonra para la familia por andar ventilando secretos familiares, que la ropa sucia debe lavarse en casa.

Dieciocho amigas mías y cuarenta y cuatro amigas de mi hermana me han escrito que soy un envidioso, que las cirugías plásticas son una bendición, lo mejor que le ha pasado a la humanidad en los últimos tiempos.

Treinta y seis mujeres que no conozco me han escrito inflamados insultos irreproducibles, haciendo énfasis en que no tengo perdón de Dios por haber afirmado que mi hermana no tiene alma tan sólo por querer pegarse las orejas y ponerse tetas de plástico, y que si las mujeres están traumadas por su aspecto físico es culpa de gente como yo, hombres de vientres voluminosos como Buda que exigimos esos estándares de belleza en ellas, féminas que desde luego nunca tendremos entre nuestros brazos.

Dos amigas que aseguran ser mis novias, una de Campeche y otra de Mérida, coincidieron finalmente en algo al escribir lo siguiente: “Ro, no quiero volver a saber de ti”.

Y para no ir más lejos, mi propia chica, faltaba más, me ha escrito lo siguiente: “Eres una fanático, radical y moralista. Te advierto que apenas junte el dinero que me falta me voy a operar las nalgas como Ninel Conde”.

Asustado, releí la carta publicada. Incluso P, mi corrector de estilo, la releyó diez veces seguidas para encontrar el porqué de tan encarnizadas injurias a raíz de un escrito que sólo buscaba hacer entrar en razón a mi hermana; de que revalorara su situación y se diera cuenta de que es la mujer más hermosa del mundo sin tener que ser tasajeada como una res en la plancha metálica de un hospital, y ambos, luego de afanosas y repetitivas lecturas, llegamos a la siguiente conclusión, con el perdón de las mujeres que tienen más de dos neuronas en la cabeza: la culpa es de ustedes, mujeres.

Sospechamos que David Beckham no amenaza con lapidar o quemar en la chimenea de su mansión a Victoria si no luce como un cadáver ambulante cada que van a salir a la calle. También sospechamos que tampoco somos los hombres barrigones los que le exigimos a las mujeres cada que hay alguna boda o evento especial desangrarse los pies por usar zapatos que no le entrarían en una pata a un perro Chihuahua, como tampoco somos los hombres orgullosos de los genitales que nos campanean entre las piernas quienes dictamos la rocambolesca moda que deben vestir las modelos (mujeres que parecen recién rescatadas de un campo de concentración nazi) que aparecen en las pasarelas europeas y revistas de moda. Tampoco somos nosotros quienes nos sentamos a ver las telenovelas donde incluso las abuelitas de las cándidas protagonistas son señoras con cabellos fosforescentes, los rostros de plastilina y las tetas como sandías de goma. Y mucho menos somos los hombres quienes orquestamos campañas publicitarias que le dicen a las mujeres que deben “elegir estar bien consigo mismas”, cuyas voceras curiosamente resultan ser mujeres de pechos operados, cocainómanas, anoréxicas, etcétera.

Hoy jueves, en unas pocas horas, a las 10 a.m. en punto, mi hermana entrará al quirófano porque una mujer musculosa e insatisfecha consigo misma (al igual que todas esas amigas, primas, tías y mujeres anónimas que ven con muy buenos ojos ser un plasticote) la convenció de que todo el esfuerzo hecho por mujeres valientes, aguerridas e inteligentes por darle al sexo femenino el lugar que se merece en la sociedad de nada vale, pues en este mundo tan moderno y tan fashion sólo hay que ampararse en el más vil, vulgar y corriente de todos los dichos populares: jalan más un par de tetas que cien carretas.

Por lo anterior, disculparán mi aventurada sospecha, presiento que detrás de la mano masculina que en tiempos oscuros prendió fuego a la hoguera usada para imprimir hierros incandescentes sobre la carne humana, que arrojó piedras filosas y letales, que cerró bajo llave las rejas de cárceles y conventos, estaban ustedes, conspiradores, envidiosos e insatisfechos seres de cabellos largos e ideas cortas, deleitándose en señalar con el dedo acusador a sus propias madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas que decidieron ir en contracorriente a ustedes, mujeres.

martes 10 de noviembre de 2009

Defiende tu nariz


Muy campante, como que si de ir al supermercado se tratara, me has informado en la sobremesa que a finales de este mes te vas al DF para que te operen.

-Sólo le van a pegar sus orejotas, reafirmar el busto y corregir la nariz, que tiene chueca -ha dicho mamá al ver mi cara de espanto.

Naturalmente me han pedido discreción en el asunto. Me dijiste:

More...-Por favor, no vayas a contar nada en ninguno de tus escritos.

Y mamá ha dicho lo siguiente, con ojos adustos, amenazantes, sabedora de sobra que cada que alguien me hace prometer que no escribiré sobre tal o cual asunto delicado u oscuro secreto familiar, lo que hago es tratar de publicarlo a la brevedad posible.

-Es en serio, Rodrigo, si escribes algo de esto puede tener problemas tu hermanita.

¿Acaso estoy traicionando tu confianza al redactar este escrito? Aquí otra interrogante: ¿Quién soy yo para contradecirte y romper mi palabra de silencio? Respuesta: Tu hermano, el mismo personaje vergonzoso y deleznable que escapó de casa hace algunos años y a quien en alguna ocasión recurriste bañada en lágrimas porque no querías morir por culpa de provocarte el vómito cada que comías.

-No quiero morirme –dijiste, sollozando, tiritando de miedo. Tres palabras que hasta la fecha no he olvidado.

Meses atrás de esa confesión, ocurrió algo. Un evento que, como era de esperarse, toda la familia me ocultó. Te metieron a un quirófano para sacarte grasa. Grasa incómoda, horrenda, asquerosa, acumulada año tras año por comer deliciosas golosinas que robabas furtivamente de la alacena, frituras crujientes que llenaban de felicidad tus días de niña, pero que sin embargo al comerlas mamá se encargaba de hacerte sentir culpable, como si de un delito imperdonable se tratara, del mismo modo en que su papá la hacía sentir una vaca rolliza frente a sus amigas, avergonzándola, humillándola cada que osaba comer de más.

En esta ocasión, cosa que agradezco profundamente, has tenido la delicadeza de informarme que entrarás de nuevo al quirófano. Cosa de nada, te han dicho. Gajes del oficio. Reafirmaciones, reacomodos estéticos. ¿Y luego qué? Te pregunto. ¿Acaso serás tan tonta para tropezar con la misma piedra? ¿No te has detenido a pensar que luego de corregir esas “imperfecciones” surgirán otras, y luego otras, y muchas más hasta que te mires en el espejo y de ti no encuentres más nada que un nebuloso recuerdo de la hermosa niña de carne y hueso que un día fuiste detrás de ese Frankenstein de silicona superestrella de revista de cotilleo?

Podrás pensar que exagero. Pero piensa en tu cara como en una bolsa llena de Sabritas. Una vez que le metas mano no podrás parar. Primero será la nariz, luego las orejas, luego los labios, luego los pómulos, y así hasta que tu rostro sea como el de esa señora famosa y tía tuya que no voy a decir su nombre pero que parece la mascara de retazos de carne de Masacre en Texas.

Dudo que te hayas percatado de ello, pero estás ante una posibilidad única. De ir contracorriente. Ser la primera Reina de Belleza (o de las primeras) en mostrarse en un evento internacional, ante los ojos del mundo, tal como es. Con la nariz desviada, herencia de tu papá, ese extinto señor al que le diste las gracias sobre el escenario en un gesto bellísimo elevando las manos al Cielo cuando te pusieron la corona en la cabeza. Operarte no sólo significa renunciar a esa herencia, a ese regalo torcido que te hace única, hermosa, bella, sino darle la razón a todos tus detractores, es decir, a esos plumíferos amantes de los foros de belleza que no tienen vida propia y que tanto criticaron tu triunfo argumentando que el concurso fue un fraude. Ingresar al quirófano es decirle a los jueces que te creyeron merecedora de la corona que equivocaron su voto, que en realidad eres una mujer con el autoestima tan baja que necesita enderezar su nariz, pegarse las orejas de Dumbo y pararse las tetas, porque su personalidad y carisma son tan minúsculos que bien sabe que el cuerpo vale más que la sabiduría que irradia el alma y el aprendizaje de los golpes de la vida.

De negarte a amputar tu belleza natural, te aseguro, no cambiará el mundo, pero al menos dos o tres mujeres con un par de neuronas en la cabeza te lo agradecerán. Y con esto no quiere decir que bajes el listón de la belleza, todo lo contrario. Sé como Susan Sarandon que defiende a muerte sus arrugas en los afiches de cine cuando los descerebrados mercadólogos intentan borrárselas con Photoshop para que luzca como una quinceañera. Atrinchérate, pon el cuchillo entre los dientes y defiende tu nariz de esa señora musculosa que se cree tu dueña y que año con año mete al cirujano a las chicas más lindas de México porque la ingenua cree que la belleza es algo inalcanzable, una quimera. Saca el pecho, orgullosa y defiende a tu género, tu integridad, tu inteligencia, la educación que se te ha dado, a todos esos escritores de libros que has leído. Dales la cachetada con guante blanco a todos esos idiotas que proyectan sus inseguridades en ti. ¿Cuál es la nariz perfecta? ¿Cuáles son las orejas perfectas? ¿Cuáles son los pechos perfectos? Pregúntate eso. Y abre los ojos. Si eres supuestamente la embajadora de la belleza, al operarte serás la embajadora de la inconformidad. De la hipocresía.

Ahora bien, si después de leer todo esto, querida hermana, te miras al espejo y crees que tu nariz es fea, te tengo noticias frescas, no heredaste los 4.5 de miopía que padezco, sino una ceguera peor: la del alma.

lunes 19 de octubre de 2009

La desaparición de Pinky


Tengo muchas amigas por Facebook a las que por desgracia (o quizás fortuna) no conozco en carne y hueso. La mayoría de ellas son hermosas, mujeres esculturales. O tal vez no. Sospecho que la triste y cruda realidad es que mis amigas cibernautas son mujeres feas y gordas que suben a la red fotos falsas o trucadas, es decir, imágenes donde aparecen féminas despampanantes que no son ellas, o fotos de ellas retocadas con Photoshop para hacerse pasar por beldades a los ojos de personas superficiales y fisgonas como yo.

More...Lo cierto al caso es que soy un hombre curioso, o mejor dicho, un hombre incrédulo. Le he pedido a una de mis amigas del Facebook que me deje comprobar que las curvas que tanto presume en sus fotografías son las mismas delante de su cámara web. Lejos de ofenderse, mi amiga accede. En pantalla aparecen unas torneadas piernas abiertas que dejan ver un diminuto calzoncito blanco. No puedo evitar estremecerme. En seguida, mi amiga pide disculpas, asegura que su lascivo movimiento fue un accidente, sólo quería acomodarse en la cama para poder chatear más a gusto conmigo.

-Sorry, no fue intencional –escribe ella.

Intencional o no, poco me importa. En la pantalla del monitor compruebo que mi amiga es la mujer de rasgos masculinos, toscos, a lo Penélope Cruz, justo la chica que me erizó la piel desde el primer día que vi sus fotografías gracias a que ella aceptó mi solicitud de amistad por ser yo amigo (o enemigo) de un amigo de su cuñada, a quien en realidad no conozco en carne y hueso ni en fotografía ni a través de ningún otro medio audiovisual, salvo por sus inflamados correos electrónicos donde asegura que soy un patético escritor sin ningún talento o futuro.

Chateamos durante largas horas. O mejor dicho, mi amiga es la que chatea, la que me cuenta su vida, sus fobias, sus manías, sus desvaríos, las fantásticas historias de su mamá, como la del día en que entró a su cuarto de madrugada, mientras dormía y la roció con agua bendita blandiendo en todo lo alto la imagen de la Virgen del Sagrado Corazón de Jesús al tiempo que espolvoreaba en el piso sales exorcizantes, pues está convencida de que su hija tiene metido al diablo adentro; también me cuenta su pasión por las letras, de su guión de teatro recién terminado, de la escritora que un día la abordó para pedirle permiso para escribir su biografía y llevarla al teatro; de su debilidad por la gente fea, horrible, y la frustración que sintió con su último amante que no pudo tener una erección justo cuando la tenía a ella, mujer de cuerpo suculento y ardiente, desnudita, sólo para él.

-¿Te ha ocurrido eso a ti? –escribe ella.

Miento. Le digo que jamás. Y con la seguridad que sólo puede brindar saberme a cientos de kilómetros de distancia, me aventuro a decirle que puede contar conmigo cuando quiera, que nunca fallo a la hora de la verdad.

-Eso me gustaría verlo –escribe ella.

Observo un esbozo de sonrisa diabólica, pícara, sus dientes resplandecen en el monitor de la computadora. Le pregunto si tiene novio. Ella contesta que no. Dice que no cree en las relaciones. Que sólo ha tenido tres novios y con todos ellos terminó a los dos o tres meses de iniciado el romance.

-Me gusta estar sola –escribe ella.

-Me estresa estar con alguien –escribe ella.

-Me roban mi tiempo y espacio –escribe ella.

-¿Tú tienes novia? –escribe ella.

Respondo que no. Que coincidentemente también sólo he tenido tres novias, con las cuales, igual que ella, he durado un tiempo brevísimo, salvo con la primera, pero esto lo atribuyo al hecho de que vivíamos en ciudad lejanas y nada más nos veíamos una o dos veces al año.

-Uy, que cute –escribe ella.

-Mi ex novio también vivía lejos –escribe ella.

-Me celaba mucho –escribe ella.

Le pregunto por qué la celaba.

-No sé –escribe ella.

-Me llamaba cada 5 minutos –escribe ella.

-Incluso entre canción y canción –escribe ella.

Pronto descubro que el ex novio de mi amiga es un famoso cantante de rock. Esto lo compruebo al indagar en uno de sus álbumes de fotografías del Facebook. Mi amiga aparece con una rosa de tallo espinado ensartada en la comisura de sus enromes, voluminosos pechos, sentada en las piernas del famoso rockero.

Le confieso que nunca imaginé que una estrella del rock pudiera llegar a sentir celos de su novia. Menos su ex novio, roquero enloquecido y mujeriego.

-Uy, era celosísimo –escribe ella.

Entonces entro a otros álbumes y descubro a mi amiga abrazada con otras estrellas de rock (más famosas), sonriente, el escote y la falda diminutos.

-Ahora entiendo –escribo.

-¿Qué entiendes? –escribe ella.

-¿Eres celoso? –escribe ella.

Miento. Respondo que no. Que soy un hombre liberal que defiende y apoya la promiscuidad, la bigamia, los tríos, las orgías. Mi amiga levanta una ceja. Escruta la cámara web como si pudiera mirar através de ella directamente a mis ojos. Luego, sale de la cama. Abre y cierra algunos cajones de su buró. Se rasca la cabeza.

-¿Qué se te perdió? –escribo.

Mi amiga se acerca a la computadora.

-El único amigo en el que confío –escribe ella.

-El que nunca me abandona –escribe ella.

-Probablemente el único amor de mi vida –escribe ella.

Mi amiga se dirige a su closet. Mueve varios vestidos. Se agacha. Recoge una caja del suelo. Se acerca a la cámara, la mirada traviesa.

-Nos vemos mañana –escribe ella.

-Tengo una cita –escribe ella.

Mi amiga abre la caja. Mete la mano y sus ojos se ponen redondos, empañados por el pánico. Dice algo que no logro descifrar en sus labios. Luego escribe:

-Pinky, no está.

Mi amiga vuelve a salir de la cama. Desaparece y aparece del ojo de la cámara web. Agita los brazos, se revuelve el pelo. Se agacha. Brinca. Abre y cierra cajones. Descuelga la ropa de su clóset.

Le deseo suerte en la búsqueda de su amigo Pinky, quien quiera que sea ese elfo o enano que tanta paz y tranquilidad le brinda. Le digo que es una chica encantadora. Que ha sido un placer conocerla en vivo y que me gustaría seguir platicando con ella cuando tenga tiempo libre. Todo eso le digo dejándole mensajes, pues ella ha desaparecido del cuarto. Sólo se ve su cama, las sabanas arrugadas, deshechas y las puertas de su clóset abiertas.

Retomo la escritura de mi novela. He decidido que a finales de este mes debo ponerle punto final. Finiquitar ese mamotreto de capítulos autobiográficos que no tiene pies ni cabeza y que con seguridad mi amigo, el escritor famoso y laureado, seguramente odiará cuando se la envíe tal y como prometí hace varios meses.

Han pasado dos horas. Los ojos me arden. Voy a la cocina por una taza de café. Pretendo pasar lo que resta de la madrugada en vela, afinando (si es que cabe ese calificativo) mi horrible novela. Al regresar a la computadora descubro que todas mis ideas son trilladas, aburridas. Entonces llama mi atención una pequeña ventana junto a la ventana de Word. Olvidé cerrarla. Le doy un clic y aparece el cuarto de mi amiga del Facebook. Allí esta ella. Dormida. Con la tenue luz de una lámpara sobre la mesita de noche. Iluminando parcamente la habitación. Su sueño es profundo, sobrecogedor. Me pregunto si habrá dejado apropósito prendida su computadora para que la observe con encendido voyeurismo o acaso fue un descuido. Pienso que debo cerrar la ventana y no entrometerme en este delicioso accidente. Pero justo cuando voy a hacerlo, aparece una silueta humana que se desliza junto al clóset de mi amiga, no descifro si la silueta es masculina o femenina, lo único que logro ver con asombrosa claridad es un largo, nudoso, brilloso y rosado consolador que lleva en una mano y que coloca con delicadeza dentro de un cajón del clóset.

lunes 28 de septiembre de 2009

El hermano incómodo


1

Ocurrió lo inevitable, lo que todos sabíamos, lo que presagiábamos desde que Bicho se graduó de la espigada, tímida y superdesarrollada niñez para transformarse en una adolescente de belleza griega, clásica, radiante como mil soles.

Ernesto Laguardia, galán de moda en mi infancia, reducido en la actualidad a comadrear en programas vespertinos rodeado de mujeres voluptuosas y escandalosas como urracas, muy emocionado y parado sobre un taburete de madera para camuflar su diminuta estampa, dijo el nombre y los dos apellidos de Bicho. No mentiré, la escena fue surrealista. Todo se puso en cámara lenta: el corazón me dio un vuelco y puse más empeño en contener las lágrimas que traicioneras intentaban cabalgar fuera de mis lagrimales que en sumarme a los aplausos, vítores y gritos de los más de dos mil quinientos enardecidos fanáticos de la belleza que colmaron el Centro de Convenciones Siglo XXI para presenciar el concurso de Nuestra Belleza México 2009.

More...Fue un impulso, un reflejo, el código genético que todo hombre que se de a respetar trae debajo de la piel. Mi hermano y todos mis primos (hombres confesos heterosexuales) aplaudimos sembrados en nuestros asientos, los traseros enraizados a la silla, impávidos, decididos a no mezclarnos a participar en aquél carnaval de alegría, hasta que Bicho caminó hacia el ala este del escenario con la corona en la cabeza y nos regaló una sonrisa llena de dientes, desarmándonos, obligándonos a dejar de ser hombres muy dignos, machos y solidarios con mi cuñado, que abatido se cubría el rostro con ambas manos presagiando el vuelo alto, lejano y sin retorno del amor de su vida, la niña de los brazos de basquetbolista que amó en secreto desde que él era un niño.

Eso fue lo que ocurrió, tal cual, y me ha costado varios días (una semana redonda, completa) escribir aunque sea una coma sobre el asunto. Quizás no es la narración o descripción que esperaba plasmar en una hoja, pero es lo que hay. Ni más, ni menos. El momento justo en que la mujer más bella de la casa pasó a ser la más bella del país (con el perdón de Jimena, que me hace babear como un mongol cuando la tengo delante).


2


En una pequeña sala de juntas del hotel más lujoso de la ciudad, Lupita Jones nos dice a mamá y a mí que de ahora en adelante también somos famosos. Celebridades. Blanco de la prensa amarillista e insidiosa.

-Mucho cuidado con las declaraciones que hagan sobre Anabel –dice, la espalda erguida, llena de músculos, músculos que envidio luego de matarme por más de una década en diversos gimnasios sin resultado alguno.

Mamá asiente, confiada, sabe que es una dama incapaz de declarar algo en prejuicio de su hija, luego, como si despertara de un hermoso sueño, repara en mi presencia, se le nubla la mirada, se muerde el labio inferior, intenta decir, advertir algo, pero calla.

-¿Alguna duda o pregunta? –dice Lupita.

Nadie dice nada. Bicho ladea la cabeza, me mira con ternura. Tiene una sonrisa indeleble en los labios. Sonrisa confortable, sanadora, regalo de los dioses para iluminar los días.

Los papás de Jimena se animan a preguntar algo. Lupita Jones y su asistente Ivonne responden con profesionalismo. Palabras tranquilizadoras. Los señores se sienten más seguros y felices de saber que su hija vivirá en una bonita casa en un bonito barrio del DF con una bonita compañera y amiga, es decir, Bicho. Observo a Jimena. Quedo idiotizado ante su belleza, pero igualmente sorprendido de su fragilidad de niña cuando sus papás le acarician un brazo. Nuestra Belleza México no es más una Reina presa de miradas tanto lascivas como de admiración, portento de mujer que bamboleaba las caderas hace unas pocas horas en traje de baño con seguridad de amazona, sino una chica frágil tratando de hacerse a la idea de que su vida ha girado 180 grados. Por eso se sonroja al percatarse de que la observo de un modo intenso y cariñoso.

Bicho me manda un beso volado. Descubro que yo mismo sigo sin asimilar del todo la situación. Me siento un intruso en la sala. ¿Qué hago allí, rodeado de tanta belleza? En un principio me resistí a entrar al salón, pero Bicho insistió en que debía estar presente en la firma del contrato que la acreditaba oficialmente como Nuestra Belleza Mundo México.

-¿Segura que puede entrar tu hermano? –dijo mamá, insegura, pero con muchas ganas de que Lupita Jones me cerrara las puertas en las narices.

-Faltaba más –dijo Bicho, tirando de mi brazo para meterme a la sala-, es como mi papá.

Sus palabras fueron un gancho al hígado, me doblaron las piernas. Mi único consejo desde siempre ha sido el que mi hermana desistiera de ser una Reina de Belleza, convencerla de que la belleza es efímera y lo único seguro, lo que en verdad prevalece, es la inteligencia, que los concursos de belleza no son muy distintos de las ferias ganaderas donde se expone y califica a las reses. Valiente hermano. Menudo guía espiritual. No en balde días antes del concurso, mamá no dudó en declarar en una entrevista exclusiva al periódico del que me corrieron hace unos meses de su sección editorial por falta de talento y/o porque nadie me leía, que yo no apoyaba a mi hermana. Incluso mamá prefirió salir retratada con el perro de la casa que conmigo.

-Te quiero mucho –me dice Bicho y firma el contrato.

Entonces recuerdo años no muy lejanos. Bicho parada todos los fines de semana delante de coches último modelo y/o cualquier producto recién salido al mercado, sonriente, los pies llenos de callos, ampollas, hinchados, amoratados, sangrantes. Bicho parada entre semana en conferencias, ferias ganaderas, expos, convenciones, centros comerciales, con la misma ancha sonrisa, estoica, soportando miradas ardorosas y proposiciones indecorosas tanto de viejos rabo verde como de jovencitos calenturientos. Bicho quemándose las pestañas delante de libros de biología, venciendo el sueño luego de extenuantes horas de trabajo, de ser un maniquí humano tras los aparadores de tiendas modernas, decidida a ser el mejor promedio del salón de clase. Bicho sudando sangre en el gimnasio, comiendo vegetales. Bicho capoteando con elegancia de torero a cierto proxeneta dueño de una agencia de modelos que se atrevió a sugerirle que acompañara a cenar a un hombre de dinero en un hotel lujoso de la ciudad. Bicho con los ojos hinchados, enrojecidos, hablando noches enteras sin obtener respuesta de ese señor que le decía “mi princesita” y un día cayó fulminado por un derrame cerebral. Bicho sonriendo e hipnotizando al director de la universidad semestre tras semestre para que la mantuvieran becada en esa escuela impagable donde mantenía las notas más altas. Bicho aferrada, constante e infatigable en sus clases de teatro. Bicho yendo de pasarela en pasarela sin cobrar un quinto. Bicho perfeccionando su inglés en la madrugada. Bicho durmiendo sobre las tapas de los libros de mis autores favoritos, rendida, exhausta.

-Sólo tengo una cosa que decir –digo, rompiendo el silencio.

De inmediato reparo en mi error. Todas las miradas se dirigen a mi humanidad. Incluso el mesero, diligente y servicial caballero que no para de servirnos panecillos y jugos de frutas, para oreja. Pienso en un discurso inteligente, sagaz. Algo que pueda redimirme del error que cometí durante tanto tiempo. Explicar en palabras breves y concisas que la explotación e idolatración de la belleza no es tan mala, o no tan diferente del fanatismo de masas que generan 22 hombres en short y calcetas cuando entran a una cancha de fútbol.

-¿Tienes alguna duda del trabajo que va a desempeñar Anabel? –pregunta Lupita Jones al ver el titánico esfuerzo que me cuesta abrir la boca de nuevo.

-Ninguna –digo-. Sólo quiero decir que este trabajo es como cualquier otro.

Lupita Jones arquea la ceja. Bicho sonríe. Mamá espera lo peor.

-Digo, bueno, no como cualquier trabajo –empiezo a hundirme en un mar de ideas confusas, vagas-. Lo que quiero decir es que tanto Bicho como Jimena son privilegiadas. Sólo en un partido de fútbol había visto tanta excitación en el público.

-Definitivo –dice Lupita Jones-. Para serles honesta nunca antes en la historia de Nuestra Belleza México la anfitriona había sido coronada.

-Sí, sí, se me puso chinita la piel –interviene Ivonne, la asistente.

Mamá sonríe. Me frota el antebrazo. Al parecer mi analogía del fútbol y los certámenes de belleza no fue tan catastrófico y descabellado como podía pensarse. Incluso Lupita Jones se emociona y relata con sus propias palabras el momento exacto en que el público brincó de sus asientos al escuchar el nombre de Bicho como si Cuauhtémoc Blanco hubiera metido un gol en el Estadio Azteca.

-Los yucatecos son gente muy apasionada; maravillosos anfitriones –confiesa-. Jamás había visto tanta emoción en la gente.

-Yo tampoco –me animo a decir, contagiado de la emoción de Lupita, y para mi desgracia, rectifico y agrego lo siguiente-: bueno, en realidad sí, recuerdo que cuando ganaste Miss Universo grité y brinqué sobre mi cama como un loco.

-¿En verdad? –dice Lupita, verdaderamente emocionada.

-¡Sí, en verdad! –digo, poniéndome de pie, en el punto más álgido de mi excitación- bueno, claro que hace casi veinte años, era solo niño.

Mamá se cubre el rostro con la mano. Bicho sonríe nerviosa. Jimena y sus papás quedan pasmados. Ivonne abre la boca, estupefacta. El diligente mesero derrama la jarra de jugo.

Lupita Jones se levanta de su asiento y da por terminada la reunión.

-Nos vemos en el aeropuerto a las seis –dice antes de abandonar la sala.

Es oficial, no volveré a ver a mi hermana en una buena temporada.

miércoles 9 de septiembre de 2009

El cazador de la beca perdida


El escritor, hombre infatigable en materia de rechazos (literarios y no literarios), se ha presentado en las oficinas del Instituto de Cultura a inscribirse a la convocatoria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico 2009, tal cual lo ha hecho año con año, religiosamente por estas fechas.

Con pasmo y horror, el escritor se entera de que debe presentarse el día siguiente a las 9 a.m., nuevamente en las oficinas del Instituto de Cultura, a tomar un curso de capacitación para la correcta elaboración de su proyecto cultural si es que pretende conseguir la esquiva beca que le permita terminar su interminable novela, para así evitar la penosa obligación de ganarse la vida vendiendo productos químicos de limpieza de puerta en puerta en la empresa de uno de sus acaudalados familiares.

More...-Qué raro -dice el escritor, cuidando cada una de las palabras que salen de su boca-, no sabía que se tenía que tomar cursos propedéuticos para solicitar una beca.

-Pues ya lo sabes -dice ufano el coordinador del curso-. Es obligatorio, este año todos los que soliciten la beca tienen que venir mañana.

-Y ojo –agrega el asistente del coordinador abriendo los ojos enormes-, venir al curso no te garantiza que te demos la beca.

-¿Seguro que es obligatorio venir? -pregunta el escritor, resistiéndose a la terrorífica idea de tener que levantarse a tan imprudentes horas de la mañana.

-Totalmente seguro -responde seguro de si mismo el coordinador y, levantando una arrogante ceja al estilo María Félix, agrega-: El curso es de nueve de la mañana a dos de la tarde.

El escritor se escandaliza. No puede creer que un curso para solicitar una beca dure 5 horas.

-¿Pues qué tanto nos tienen que explicar? –dice.

-Mañana te enterarás de todos los detalles –responde el asistente del coordinador mientras finge que redacta algo en su computadora-. Por favor, sé puntual.

El escritor abandona las oficinas del Instituto de Cultura, cabizbajo, preocupado, con un folleto de la Convocatoria 2009 entre manos. Odia verse obligado a salir de casa, desplazarse, moverse, muy a pesar que la ciudad a donde se mudó a vivir es una ciudad pequeñita donde las distancias son bastante cortas, ciudad de la que no se cansa de escribir semana a semana, crónicas, artículos, ensayos y cuentos; escritos que rara vez aparecen publicados en periódicos y revistas de prestigio, pero que sin embargo, cuando aparecen, generan gran repudio, escándalo e indignación en los ciudadanos de la ciudad minúscula.


* * *


El escritor ha decidido no escribir esta noche, pues de hacerlo corre el riesgo de no poder detenerse hasta muy entrada la madrugada, lo cual (es un hecho irrefutable) hará más que imposible la misión de levantarse a tiempo para asistir al obligatorio curso de capacitación mañana por la mañana.

Programa su despertador, o eso intenta, porque hace años que el escritor no programa un despertador. Está acostumbrado a levantarse cuando su cuerpo así lo desea, a su sagrada voluntad. Apaga la luz del cuarto, cierra los ojos, entrelaza las manos, reza un Padrenuestro para que el despertador, por obra y gracia divina, se haya activado correctamente. Sin embargo, no tarda en descubrir que ha olvidado cómo rezar el Padrenuestro. Prueba con el Ave María. Fracasa de peor forma. Presa del miedo, se encomienda a San Pafnuncio, santo muy milagrero al que le reza su madre todas las noches.

-San Pafnuncio, San Pafnuncio -dice en un susurro ardoroso-, haz que me levante temprano.

Terminada la plegaria, el escritor se siente un perfecto imbécil, y no precisamente por ser un ateo confeso, sino porque recuerda (tal como le comentó su mamá) San Pafnuncio sólo tiene los poderes mágicos de encontrar cosas perdidas, tal cual lo hizo intercediendo en el regreso de Bucky, el bebé de la casa, que se fugó durante una semana completa en busca de amores vedados, callejeros, caninos; aunque (y esto lo piensa el escritor más que nada para levantarse el ánimo) su vida está tan perdida y descarriada desde que dejó de trabajar para convertirse en un escritor, que el bueno de San Pafnuncio igual y obra el milagro de encontrarlo y encaminarlo a una vida responsable, hecha y derecha como la de sus hermanos y sus primos.


* * *


Ha ocurrido el milagro. Ojeroso, de mal humor, el escritor llega puntual al curso obligatorio del Instituto Cultura.

-Buenos días –dice al entrar a una oficina infestada de secretarias que comen tamales y sandwichones con ferocidad.

Las hambrientas secretarias no interrumpen sus sagrados alimentos. Le ignoran.

-Buenos días –insiste el escritor, temeroso de que una de esas elefantiásicas criaturas de oficina le confunda con un refrigerio y le de un mordisco mortal-. Disculpen, de casualidad…

-No han llegado los coordinadores –dice una señora desparramada en su silla, apiadándose del alma en pena.

Una hora después, el coordinador y su asistente aparecen.

-Buenos días –dice el coordinador-. Veo que nada más tú has llegado.

-Sí, hace una hora –dice el escritor con amargura.

-¿Qué te parece si esperamos media horita a que lleguen todos los demás artistas?

El escritor refunfuña. Se le avinagra la sangre. Es enviado a un auditorio para que espere en silencio mientras los coordinadores van a darse un banquete mañanero con las secretarias.

Uno, dos, tres… cuarenta y cinco sillas son las que ha contado el escritor. Nunca imaginó que existieran tantos artistas muertos de hambre en la ciudad.

-Quihúuuuuubole, carnalito –dice un hombre pelón de edad indescifrable que aparece en el auditorio, caminando con las piernas en paréntesis como si recién lo hubiera violado un negro.

El escritor voltea a todos lados para ver si hay otra persona dentro de la sala. Evidentemente no la hay. Él es el carnalito. El blanco del quihúuuuuubule. No le queda más remedio que saludar al pelón que le extiende la mano de un modo extraño, mientras menea la cabeza de arriba hacia abajo como un iguano en celo de las islas Galápagos.

-Hola –dice el escritor.

-Qué chiiiiiiido, carnalito –dice el pelón mirando la sala llena de sillas vacías.

El escritor no sabe qué hacer o qué decir. Detesta a los extraños. Sobre todo los que parecen salidos de algún programa “cómico” de Eugenio Derbez.

-Chidísimo –se aventura a decir, sin saber muy bien el significado de lo que ha dicho.

El pelón dice:

-La pura buena oooooonda, carnalito.

Afloran los instintos asesinos en el escritor, le entran unas ganas locas de cegar la vida del pelón, y cuando cree que tendrá que mancharse de sangre las manos, una voz se deja escuchar dentro de la sala:

-Creo que somos todos –dice el coordinador, mientras su asistente, con toda la pereza del Universo, prepara en la computadora una presentación en diapositivas de Power Point que se proyecta en una pantalla blanca.

El escritor levanta la mano para pedir la palabra como si estuviera en la primaria y dice:

-¿Somos todos?

-Sí.

-¿No que era obligatorio el curso?

-Sí.

El escritor guarda silencio. Se relame los bigotes. Por primera vez sabe que ganará una beca. Ninguno de los otros 43 artistas inscritos llegó al curso, lo que sólo puede significar (si es que las matemáticas siguen siendo una ciencia exacta) que una de las 14 becas a disputarse, por fuerza, tendrá que ser suya.


* * *


El coordinador ha leído durante casi una hora, una a una las diapositivas que se proyectan en la pantalla. Todas ellas, calcas del folleto de la convocatoria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico 2009 que le entregaron al escritor y a todos los demás artistas el día de ayer.

Transcurre otra soporífera hora de lectura, y en ese tiempo, llegan uno a uno otros artistas. Tres en total, cuenta mentalmente el escritor, en una franca batalla para no dormirse en su silla.

-Vamos a tomarnos un break –dice el coordinador.

-En la mesa del fondo hay sandwichitos y coca-colas –anuncia emocionado el asistente del coordinador.

Los artistas, todos ellos de vientres protuberantes, con una agilidad insospechada, se arremolinan alrededor de la mesa para devorar los sandwichitos.

-Licenciado, llega justo a tiempo –dice el coordinador sin poder reprimir una sonrisa de admiración.

El director del Instituto de Cultura, hombre de un vientre de considerable y llamativo tamaño, se relame el bigotito cano y se abalanza sin el menor pudor sobre los sandwichitos.

-Uy, qué rico, hay de jamón y queso.

-¿De jamón y queso? –pregunta un fotógrafo que aparece en escena, barrigón y con la lengua de fuera.


* * *


Una hora después, al borde de los eructos, el coordinador del curso reanuda trabajosamente la lectura de las diapositivas, fotocopias de las hojas de la convocatoria que el escritor ha leído mil y un veces cada que solicita la beca que le niegan sistemáticamente año con año.

El escritor se siente timado, utilizado, humillado. Pero no se queja. Guarda silencio. Estoico. Una hora más de este calvario y la beca será mía, piensa.

-Eso es todo muchachos –dice el director de cultura, para sorpresa de todos, interrumpiendo la lectura del coordinador, también sorprendido-. Vamos a tomarnos la foto oficial.

¿Foto oficial?, se pregunta en silencio el escritor, pero no dice nada y, al igual que el resto de los artistas de vientres abultados, rápidamente se para alrededor del director de cultura que no duda en regalarle una ancha y enorme sonrisa al fotógrafo, que diligente, les toma varias fotografías desde diversos ángulos.


* * *


El escritor llega a casa emocionado. Tiene la certeza de que este año es el año en que finalmente le otorgaran una beca. Redacta, imprime por triplicado y engargola su proyecto. Se siente un escritor de verdad.

Días después regresa al Instituto de Cultura para entregar el proyecto justo en la fecha límite. En un semáforo en rojo el escritor se topa con un enorme cartelón pegado en la parte trasera de un camión donde el Gobierno del Estado informa a sus contribuyentes y al público en general, que en su sexenio han cumplido con hechos y no con palabras en materia de cultura y educación:

“Alfabetización a más de 10,000 personas de escasos recursos”.

El semáforo cambia a verde y se deja sentir una lluvia de cláxones, que indignados, exigen al auto de enfrente se mueva. Pero el escritor, absorto, impávido, no puede dejar de mirar el monumental cartelón pegado en el camión donde descubre su propio rostro sonriente (y el del pelón de edad indescifrable) repetido cientos de veces, que se pierde en una de las avenidas principales.

miércoles 2 de septiembre de 2009

La mala racha


Un día, me prometieron que ganaría el premio estatal de periodismo luego de que, en el certamen donde me ignoraron y humillaron, le entregaran el jugoso cheque a un periodista de verdad, de esos que escriben en los periódicos y aparecen en la televisión diciendo que nuestros políticos (dueños de todos los periódicos y canales de televisión) hacen muy bien su trabajo, pero que, sin embargo, por causas misteriosas seguimos hundidos y condenados a vivir en la pobreza.

-El próximo año tienes mi voto –me dijo uno de los tres jueces del jurado, alentándome a no desfallecer en mis intentos por ser un escritor respetado.


More...Un día, en un bar del malecón me topé con otro juez del jurado del premio estatal de periodismo, premio donde me humillan e ignoran sistemáticamente. Éste señor, cerveza en mano, me dijo, guiñándome un ojo (lo que interpreté como una clara e irrefutable señal de que contaría con su voto):

-Este año seguro ganas.

Pensé: si las matemáticas son una ciencia exacta, es imposible perder este año el jugoso cheque que me otorgará la tan anhelada, efímera y engañosa respetabilidad en el medio de los intelectuales.


Un día (fecha límite y faltando una hora para el cierre de inscripciones al premio estatal de periodismo), camino a la Notaría Pública No. 2, tuve un impredecible y sorpresivo ataque de diarrea que abordó mis intestinos en mitad de la calle 61 del centro histórico de la ciudad. Pegado a la pared de una casona, bañado en sudor frío y presa de escalofríos, sopesé las únicas dos posibilidades que tenía: correr en dirección a la notaría y registrar mi escrito y ser de ahora en adelante un escritor respetado que se caga en sus pantalones frente a las secretarias y a los notarios públicos, o, acción por la que me incliné, correr en dirección contraria a la notaría y seguir siendo el pobre diablo que soy pero que llega justo a tiempo al estacionamiento para cagarse en sus pantalones en la privacidad de su coche.


* * *


Un día, uno de mis mejores amigos no pudo asistir a un encuentro de escritores en Villahermosa debido a que en su trabajo no le dieron licencia para ausentarse tantos días, así que el gobierno del Estado no tuvo más remedio que enviar a tan magno evento a un forastero impresentable como yo a que dejara muy en alto el nombre de la ciudad amurallada.


Un día (el del magno evento), para mitigar mis nervios y evitar que se durmiera el teatro entero, atiborrado hasta la última butaca de intelectuales y gente respetable de la política villahermosina, hablé de casi todos los lupanares, adefesios arquitectónicos, personajes rocambolescos e imposibles que aparecen en la televisión y/o en las calles de la ciudad donde vivo, ciudad que, dicho sea de paso, es Patrimonio Cultural de la Humanidad, galardón internacional obtenido a pulso, tal vez, precisamente por esconderle en sus guías turísticas a la UNESCO dichos lupanares, adefesios arquitectónicos y personajes rocambolescos e imposibles.


Un día, en un bar del centro de Villahermosa, borracho hasta el tuétano gracias a los viáticos que generosamente me brindó el gobierno del Estado, el director de una revista de fama nacional (o mejor dicho, conocida sólo por cierto círculo de intelectuales) tuvo la disparatada idea de sacarme del anonimato al querer publicar un escrito mío en su famosa revista.

-Tengo el título perfecto para tú escrito –me dijo muy orgulloso de él mismo.


Un día, la revista de fama nacional apareció y circuló sin pena ni gloria como lo hace cada dos meses en algunas pocas librerías del país, salvo en la ciudad amurallada, donde el gobernador del Estado, al enterarse de la existencia de una revista (subsidiada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes) que tuvo la osadía de promocionar en su portada una guía turística para NUNCA (con mayúsculas y en negritas) visitar el Patrimonio Cultural de la Humanidad que él gobierna, montó en cólera y ordenó a sus esbirros de arte, cultura y turismo que retiraran inmediatamente la insidiosa, perversa y maligna revista de todos los anaqueles de las librerías (que en realidad sólo era un anaquel).


Un día, un misterioso señor, ferviente y ardoroso admirador de su ciudad, logró hacerse de la revista censurada y no dudó en mandarme a un mensajero para decirme lo siguiente:

-Tienes 48 horas para abandonar la ciudad o atente a las consecuencias.


* * *


Un día, en un bar que está frente al Teatro Juárez de Guanajuato, en un encuentro de escritores al que me invitaron por equivocación, la directora de una editorial donde publican a las máximas promesas jóvenes de la literatura mexicana me miró con cierto ardor en las pupilas y, acariciando mi pierna por debajo de la mesa, dijo:

-Dame el borrador de tu novela para que te la publique.

Para celebrar fuimos a La Dama de las Camelias, bar donde tuve la imprudencia o mal tino de hablar con una bella chica que se me acercó y me aseguró que además de tener afición por la actuación se dedicaba todos los días (sin excepción) a leer mi blog. No pude o no tuve más remedio que coquetearle y emborracharme toda la noche con ella, pues sólo las grandes actrices pueden mentirle y subirle la autoestima a la estratósfera a un pobre diablo con tan singular maestría.


Un día le entregué el borrador de mi novela a la directora de la editorial de jóvenes promesas de la literatura mexicana. La directora, con las pupilas aún ardorosas (pero desgraciadamente con un ardor muy distinto al del otro día) dijo que lo leería con calma llegando al DF.


Un día (el último día del encuentro de escritores), encontré en el basurero del lobby del hotel una carpeta con las hojas del borrador de una novela.


* * *


Un día, mis famosos, galardonados y cosmopolitas amigos escritores, ebrios y eufóricos, me llamaron al celular requiriendo mi presencia en un encuentro de escritores en Mérida, o mejor dicho, en un bar de la ciudad de Mérida. Obediente, manejé como un suicida por la carretera de la muerte rebasando camiones de doble remolque en un tiempo récord. Al calor de las copas la organizadora del encuentro de escritores se disculpó por no haberme invitado al evento.

-Te prometo que el próximo año serás mi invitado de honor en Xalapa –dijo y furtivamente acarició mi pierna por debajo la mesa.

Esta vez no pensaba desperdiciar mi oportunidad. Al precio que fuera llegaría a ser un escritor famoso, galardonado y cosmopolita como mis amigos escritores. Deslicé mi mano por debajo de la mesa: agarré una pierna firme, tersa, atlética, que contradecía por completo el rostro lacerado por las arrugas y el traqueteo de los años de la organizadora del encuentro de escritores; sólo entonces descubrí mi fatídico error: una jovencita aspirante a escritora, para mi sorpresa (supongo estaba borracha) en vez de ofenderse, entrelazó su mano con mi mano traviesa.


Un día entré al blog de uno de mis famosos, galardonados y cosmopolitas amigos escritores. Con horror descubrí las fotos de todos mis demás famosos, galardonados y cosmopolitas amigos emborrachándose en un bar de Xalapa.


* * *


Un día, una fantástica escritora me invitó a un bautizo. Al calor de las copas le insinué que una buena idea sería escabullirnos de la fiesta y pasar la tarde en un lugar más privado. Animada por los casquivanos efectos del alcohol aceptó, aunque eso sí, me aclaró que no le gustaba hacerlo con hombres.

-Pero bueno, siendo gay como eres –dijo- supongo será como acostarme con una mujer.

-¿Cómo sabes que soy gay? –le pregunté estupefacto.

-Por tu blog –dijo muy segura de sí misma-, es lo más gay que he visto.


Un día, en un bar lleno de hombres de dudosa heterosexualidad, una escritora alcoholizada me dijo que tenía curiosidad de hacerlo con un gay.

-Falta de confianza –me aventuré a decirle.

Metidos en mi volcho, sacó unas bocinas que conectó a su celular.

-Escucha esto –dijo-. ¿A poco no es lo máximo?

-Sí, es lo máximo –dije sin entender una sola palabra de lo que cantaba el grupo mexicano.

-Canta conmigo –dijo la escritora.

Estaba atrapado, mi mentira saldría a flote, sin embargo, la suerte del borracho apareció: balbuceé palabras inexistentes que bien podrían ser tomadas del esperanto, y la afiebrada escritora, excitada y equivocada al creer en mi fanatismo por el grupo que ella admiraba, me pidió que la llevara a un motel.


Un día, en una conocida disco de la ciudad, se me acercó un intelectual, hijo de un respetado político, y me metió la lengua en el oído. Por reflejo, lo empujé. El intelectual, indignado, humillado, herido su honor, me miró con rencor y me dijo que se vengaría de mí.


Un día, una escritora que admiro mucho, fanática de las mujeres, de buenas a primeras me retiró el habla. Dos horas después, otra escritora, fanática de cierto grupo mexicano que odio, me dijo que era un hijo de mil putas. Tres horas después todas mis furtivas amigas negaron conocerme. Al final del día el editor del periódico para el que trabajaba me dio la noticia de que debía prescindir de mis servicios por ciertas aficiones mías que iban en contracorriente de la moral y valores del periódico.

miércoles 26 de agosto de 2009

Despedida entre nubes


Llego a Mérida. Fatigado. Los nervios despedazados. La carretera Campeche-Mérida (si es que a esa pista de la muerte se le puede llamar carretera) estuvo infestada de camiones con doble remolque que le obligan a uno a jugarse la vida en cada rebase si pretende llegar a buen tiempo a su destino.

Para mi sorpresa la casa de mamá es un hervidero de desconocidos, un ir y venir de personas que cargan vestidos, zapatos, collares, maletines, accesorios y demás artículos de belleza. Un sujeto de pelos parados, erizados, bien pistoleados, se indigna al verme inmóvil al pie de la puerta.

-¿Qué haces ahí parado? –dice-. Sube esa maleta, rapidito.

More...Diligente, obedezco. Subo las escaleras, entro al cuarto de mamá. Un batallón de mujeres (y de hombres que confundo con mujeres) cuelgan y descuelgan elegantes vestidos de noche de varias perchas.

-Pon la maleta ahí –dice una mujer (o tal vez un hombre, no estoy seguro) señalando el único espacio libre que queda en el suelo.

Vuelvo a obedecer con diligencia. Coloco mi maleta de viaje en el suelo. Suena el timbre de la casa. Intento encontrar a mamá y a Bicho en mitad de todas esas cabezas de peinados estrafalarios. Fracaso. El timbre de la casa insiste con sus pitidos.

-¿Qué haces ahí parado? –me dice una voz aflauta (no descifro el género)-. Abre la puerta, qué no oyes.

Obedezco. Bajo las escaleras. Abro la puerta.

-Venimos a filmar –me dice un sujeto acompañado de otro tipo que carga una cámara de video.

No tengo que enseñarles el camino. Suben de prisa saltando de dos en dos los peldaños de las escaleras cual reporteros de guerra.

Escapo a la cocina. Estoy hambriento. Abro el refrigerador. Lechugas, zanahorias y otras verduras y legumbres me matan el apetito apenas verlas inertes y muy saludables en los estantes. El timbre de la casa vuelve a sonar, decido que es momento de escapar de este manicomio. Me encamino a mi antigua habitación pero enseguida recuerdo que la han convertido en un cuarto de gimnasio. Dirijo mis pasos al cuarto de visitas, habitación donde murieron mis dos abuelos, lugar que Nelia, la muchacha de la casa, asegura está habitado por ánimas que espantan por las noches. Un escalofrío me recorre la espalda, me paraliza. Suena el timbre por enésima vez. Abren la puerta. Me sobrepongo a mi cobardía al ver que unos fotógrafos entran en casa. Corro al cuarto de visitas.

Grave error.

-Hola.

-Hola.

-Hola.

Tres adolescentes (dos chicos y una chica, creo) vestidos de menonitas me saludan.

Aterrorizado, cierra la puerta de un portazo sin devolver el triple saludo. Debo haberme vuelto loco, pienso. Respiro profundo. Vuelvo a abrir la puerta lentamente.

-Hola.

-Hola.

-Hola.

Los tres menonitas levantan la mano muy sonrientes. Era cuestión de tiempo, lo sabía, estoy loco. Escapo corriendo de casa atropellando a toda la gente que se arremolina en la sala.

Llaman a mi celular. Detengo mi carrera enloquecida en mitad de la calle. Es mamá. Contesto. Pregunta si fui yo el que salió corriendo como un demente de la casa sin saludarla. Le explico que me he vuelto loco o quizás he viajado a una dimensión paralela donde su casa es un refugio de menonitas fantasmagóricos y de plumíferos perfumados que entran y salen de su habitación cargando maletas llenas de vestidos. Mamá me pregunta si estoy borracho o peor aún, si mi ex novia me dio alguna droga poderosa de las que tanto le gusta ingerir por la boca o la nariz. Le digo que no, que estoy sobrio y me confieso demasiado cobarde y aburrido para empezar a tomar drogas divertidas. Me ordena regresar a casa. Obedezco.

Mamá me explica que debido a la crisis económica mundial está rentando el cuarto de visitas a estudiantes extranjeros que vienen a aprender español al centro de idiomas que está a unas cuadras de casa.

-Ven, vas a quedarte aquí –me dice ocultándome en el cuarto de Bicho.

-¿Quiénes son todas esas personas? –pregunto intrigado.

-Van a hacerle un reportaje a tu hermanita antes de que se vaya al DF.

-¿De qué?

-De su familia.

Mamá cierra la puerta. Me parece escuchar cómo le pone llave a la puerta.

Caigo dormido. Tengo una horrible pesadilla: Bicho es coronada Nuestra Belleza México. El público grita eufórico. Mamá grita eufórica. Incluso yo grito eufórico. Cientos de fotógrafos (también eufóricos) la retratan mil y un veces desde todos los ángulos y posiciones imaginables. El auditorio entero corea su nombre. Endiosados. Todos corren hacia el escenario y empiezan a querer tocarla. A palpar su belleza. La acarician. La besan. Pero no es suficiente. El público necesita más. Un fanático hambriento se aventura a darle un mordisco en el brazo. Quiere probarla. Saber a qué sabe la belleza. Saborearla. Y otro, y luego otro. Todos se abalanzan sobre Bicho y la devoran hasta el último hueso como a Jean-Baptiste Grenouille al final de El perfume.

Abro los ojos sobresaltado.

-Que bueno que viniste –dice Bicho, sentada al filo de la cama, tecleando algo en su Mac. Me da un par de besos y me abraza.

Me fundo en su abrazo y en vez de darle un beso le muerdo una mejilla.

-Auch, bobo.

-Quería saber si estaba soñando.

Bicho sonríe. Su sonrisa se ilumina al acercarse la pantalla de su Mac al rostro.

-Tengo que hacer un ensayo –dice.

-¿Qué hora es? –digo frotándome los ojos.

-La una.

-¿A qué hora tenemos que estar en el aeropuerto?

-A las seis.

-Ve a dormir.

-No puedo. Tengo que terminar el ensayo.

Se abre la puerta del cuarto.

-Bicho, ven a dormir –dice mamá.

-Ahora que termine mi ensayo.

-Rodrigo, deberías hacerle el ensayo a tu hermanita.

-Mamá, déjalo dormir.

-Tú eres la que tiene que dormir, no quiero que llegues al DF con bolsas en los ojos.

-¿De qué es el ensayo? –pregunto.

-No tienes que hacer mi ensayo.

-Sí que lo tiene que hacer, a eso se dedica.

-¡Mamá!

-Es la verdad, hijita.

-¿De qué es el ensayo? –pregunto de nuevo.

-Del por qué elegí mi carrera.

-…

-¿Qué? –se indigna mamá- ¿No me digas que no sabes qué carrera está estudiando tu hermanita?

-Sí sé, lo que no sé es por qué eligió estudiar esa carrera.

-Pues porque le gusta, por qué más va a ser.

-Mamá, ve a dormir –dice Bicho-, al ratito te alcanzo.

A regañadientes mamá se va a dormir. O mejor dicho, a fingir que duerme. Bicho me dice que eligió su carrera después de leer un escrito mío. Su confesión me horroriza. Le digo que está loca. Que es un grave error creer algo de lo que escribo. Todo son mentiras. Es de locos dejarse influenciar por un perdedor de casi 30 años desempleado, incapaz de ganarse la vida por si mismo y de redactar un proyecto literario lo suficientemente verosímil o intelectual para que los jurados intelectuales de todas y cada una de las becas que he solicitado dejen de rechazarlo.

-Para mí siempre serás el mejor escritor del mundo.

-¿Cuántos libros has leído este año?

-Bobo.

Bicho bosteza. Se frota los ojos con la elegancia que sólo poseen las criaturas hermosas, etéreas como ella.

-Vete a dormir –le digo-, ahora te invento algo.

Bicho se va flotando al cuarto de mamá, confiada en mis capacidades poco confiables de escriba.

Grave error.

Son las cuatro de la mañana, soy incapaz de inventar algo que inspire a un jurado de belleza, o mejor dicho, a cualquier tipo de jurado. Decido cerrar los ojos un rato, y más tardo en cerrarlos cuando mamá me despierta.

-Ya es hora.

Llegamos al aeropuerto. Arrastro una maleta del tamaño del féretro de un basquetbolista. Mi figura maltrecha, funeraria, se refleja en las puertas de cristal corredizas. Tengo bolsas en lo ojos. Ojeras. El pelo enmarañado. Un niño se acerca a pedir un autógrafo.

-¿Me firmas mi camisa? –dice.

Por un instante pienso que me ha confundido con uno de los muchos mamarrachos de la mediana edad que conducen los programas de Telehit para aferrarse a la juventud esquiva.

-Claro –dice Bicho, rozagante, los ojos enormes, brillantes, el pelo frondoso, sedoso, peinado de una forma imposible. Firma con ternura la camisa del niño.

Dos viejos libidinosos se acercan, piden tomarse una foto. Bicho sonríe. La gente en la sala de espera murmura. Cuchichea. Aparece un alux, o para ser más precisos, el maestro Yoda en persona.

-Mucho gusto –dice.

-Mucho gusto –dice Bicho.

-¡Oh, por Dios! –exclama mamá emocionada-. Es Armando Manzanero.

La esposa o novia o amiga de Armando Manzanero no parece compartir el gusto de su esposo, novio o amigo, le regala una gélida sonrisa a Bicho y se lleva al maestro a abordar el avión.

Bicho se despide de nosotros. Abraza y besa a mi hermano. Abraza y besa a mamá. Abraza y besa a su novio que tiene que contenerse cuando dos hombres pasan y clavan la mirada ardorosa en la retaguardia de Nuestra Belleza Yucatán. Bicho me abraza y me besa y tengo que confesarle que no pude escribir ni una sola palabra de su ensayo.

-No te preocupes, nada más no le digas a mamá –me dice en un susurro.

El avión despega, se pierde entre las nubes. Bicho finalmente está en donde merece.

lunes 17 de agosto de 2009

Prólogos



Prólogo No. 11


Quería inmortalizar su nombre después de muerto, tanto, que por ello se dedicó de tiempo completo, con todo su empeño y furia, a tratar de convertirse en un escritor. O mejor dicho, de que la gente al verlo en la calle o fotografiado en alguna revista o en algún periódico o pasquín lo reconociese como una persona que se ganaba la vida en el oficio de la escritura. Vertiendo sobre una hoja en blanco todas las calamidades, indignidades y vergüenzas de las cuales debía avergonzarse el ser humano.

More...No era un hombre creyente. De hecho, no creía en nada. Ni en Dios, ni en el Cielo, ni en el Infierno. En lo único que creía era en lo despreciable que podían ser los seres humanos. Incluso él mismo. O mejor dicho, sobre todo él mismo y sus allegados más cercanos.

De ese modo fingía ganarse la vida, contándole a sus lectores y a todo aquel que apeteciera leerlo por vez primera, los secretos más íntimos y sórdidos de su vida privada y la de sus familiares y amigos. Nunca se preocupó de llegar a herir a alguien con sus letras, todo estaba dentro del marco de la ley y de las buenas maneras de la decencia: si Jorge era homosexual, publicaba que José era homosexual; si Mariana se acostaba con medio mundo y luego se daba aires de mujer casta y pura, al día siguiente aparecía en el periódico la historia de Marina, la devota de la Virgen de Guadalupe, revolcándose como una fierecilla indomable con hombres de los cuales ni siquiera sabía el nombre.

Esa era su vida y así se la ganaba, o fingía ganársela. En resumidas cuentas se podía decir que era una persona afortunada. Y lo sabía. Pero no por ello le agradecía a Dios todas las noches antes de dormir.

-La Virgencita te va a ayudar siempre que la necesites -le decía mamá, y con la mano lo persignaba poniéndole los dedos índice y pulgar en forma de cruz sobre la boca para que los besase-. Buenas noches bebé, que sueñes con los angelitos.

De niño creía en la Virgen (en cualquiera de sus múltiples versiones y manifestaciones) fervorosa y ciegamente, cual monaguillo aventajado, porque la Virgen era una mujer, como mamá. Y mamá era una mujer buena. Lo cuidaba y lo quería más que a nada en el mundo.

-Te quiero más que a nada en el mundo -le decía antes de abandonar la habitación-. Si te pasara algo, me moriría.

Al cerrarse la puerta de la habitación y quedar todo en penumbras, se imaginaba muerto, luego, podía ver como mamá se moría al instante de verlo muerto. Por eso entrelazaba piadosamente los dedos de las manos y rezaba todas las noches sin falta para no morirse nunca, o mejor dicho, para que mamá no se muriera nunca.

Pero su día había llegado. Cerró los ojos y descubrió que había olvidado cómo rezar.


Prólogo No. 21

Su mente se difuminó como las luces del cine antes de dar inicio una función. Pensó en arrepentirse de muchas cosas, pero ni una de ellas valía la pena como para arrepentirse de verdad. Quizás de lo único que se sentía culpable era haber olvidado que moriría de aquella forma. También de que sus últimas palabras, tal vez, serían recordadas como palabras huecas y vanas.

Antes del aliento final, cruzó por su mente la posibilidad de que si en vez de haber pasado tantas horas frente al televisor hubiera dedicado más tiempo a leer (tal como mamá se lo sugirió cuando era niño), incluso hasta una frase célebre hubiese inventado, o al menos se hubiera ahorrado la vergüenza y el cinismo de asentir con la cabeza todo el tiempo cuando otros escritores le hablaban de autores y de libros que en su vida había escuchado (menos leído).

Claro que nada de esto importaba, el truco era tener cara de intelectual. Y él la tenía. Gafas y cabellera larga. Los pantalones raídos también ayudan. Igual decir:

-Genial.

-Maravilloso.

-Una gloria.

O:

-Insufrible.

-Un bodrio.

-Muy comercial.

Palabras igualmente efectivas en el caso de que estuvieran descuartizando una novela.

En su caso, ignoraba cómo habían calificado su última novela. Evitaba enterarse de la crítica, o mejor dicho, de la crítica negativa. Sólo cuando no tenía más remedio que escucharla se enteraba de ella. Y eso, porque hubiera sido muy poco ético (o creíble) fingir ceguera y/o sordera cuando el sujeto de la butaca de la décima fila que venía con el kit completo de intelectual, o sea, cabellera pulcramente despeinada, lentes de pasta ancha, camisa de manta, jeans deslavados y rotos de fábrica y chancletas (aunque no pudo verle los pies, estaba en un 99% seguro de que las traía) dijo que los personajes de su novela estaban hechos de paja, que sus emociones y sentimientos no eran reales sino más bien de personajes salidos de alguna telenovela o, en el mejor de los casos, de un sit-com de esas que tienen risas enlatadas de fondo. Todo eso lo dijo en su cara (y en la cara de todos los que llenaron el teatro) con aplomo y con una seguridad bárbara en si mismo que sólo poseen los intelectuales, sin omitir detalle alguno al aderezar, hacer énfasis y magnificar el sinfín de errores sintácticos, gramaticales y de contenido de la novela, los cuales, huelga decir, el propio autor ignoraba por completo hasta ese momento. Terminada la feroz crítica, no pudo evitar poner la cara roja como un tomate. Después maldijo mentalmente a su editor, y luego, también maldijo mentalmente al intelectual de las chancletas, a quien le dio por respuesta lo siguiente:

-Te prometo que a la salida te firmo la novela.

Nunca fallaba. Presentación tras presentación. Un chascarrillo en el momento oportuno además de salvarte el pellejo tenía la virtud de que el teatro repleto de gente rompiera en risas (risas reales, no enlatadas). Además, una de las ventajas más grandes que tiene un escritor que vende libros y llena teatros es que los listillos nunca tienen derecho a replica, lo único que pueden hacer es dibujar una mueca furibunda en el rostro cuando la linda edecán de falda corta les aparta el micrófono de enfrente para entregárselo a la mujer gorda de mediana edad que lleva la mano levantada en el aire (y entumida también) desde que la ronda de preguntas del público hacia el escritor da inicio, es decir, desde una hora atrás. Y eso era lo que precisamente agradecía de las mujeres gordas de mediana edad, que además de comprar sus libros a la par de los de Paulo Coehlo, casi nunca preguntaban algo específico. Más bien solían descoserse en halagos tal y como lo hizo la mujer gorda de mediana edad que dijo estar en total desacuerdo con el payaso disfrazado de intelectual, ya que ella sí que se había identificado por completo con la protagonista de su novela, tanto, que apostaba su vida a que existía en la vida real.

Al escuchar esta declaración, una sonrisa se dibujo en su rostro, que en realidad era el fino disfraz de una mueca de horror por la patética existencia de una lunática dispuesta a apostar su vida así como así. Así que decidió ensanchar más la sonrisa para no evidenciar su espanto, pero justo cuando sus muelas empezaban a verse a través de su boca de lo grande y falsa que era la sonrisa, descubrió que a dos lugares de donde se encontraba la gorda de mediana edad aferrada con ambas manos al micrófono como si en ellas cargara una malteada de chocolate, estaba sentada la mujer que pensó nunca más volvería a ver en su vida, dueña del mismo rostro endiabladamente angelical y la mirada de hielo que tenía el día que por culpa suya la internaron en una clínica de rehabilitación.


Prólogo No. 34

Antes de relatar el asesinato que para su desgracia le tocó interpretar en el papel protagónico de víctima es necesario agregar aspectos fundamentales en la historia. Los focos, por ejemplo. Los focos en el teatro (o de cualquier teatro) eran de cien mil voltios o alguna cifra similar con varios ceros, eso lo sabe todo aquel que ha estado alguna vez sobre el entarimado de un teatro.

Los flashes de las cámaras fotográficas también hicieron su parte. Eran tantas las lucecitas que se dispararon cuando el moderador de la mesa informó que se venía la última pregunta de la noche, que al observar por última vez la butaca donde estaba sentada aquella mujer de su pasado y encontrarla vacía pensó que su presencia había sido producto tanto de su imaginación como del calcinamiento de sus retinas.

Lo que ocurrió a continuación fue tal cual ocurre en las películas de acción de Hollywood cuando viene la escena final y todo se torna en cámara lenta para que el espectador, cómodamente sentado en su butaca con bote gigantesco de palomitas en una mano y el refresco jumbo en la otra, no pierda detalle alguno. Por desgracia, su vida lejos estaba de parecerse a las películas de Hollywood, al menos en las que el héroe de acción salva el día en un acto heroico.

Un pequeño pasillo alfombrado, cinco escalones de madera para subir al escenario y una larga mesa de dos metros de largo por treinta centímetros de diámetro cubierta con un mantel color verde aceituna donde tenía apoyados los codos, al igual que el moderador y su representante, era lo único que les separaba de las butacas ocupadas por el público.

En el remoto caso de que en vez de ser escritor hubiera decidido ser una estrella de pop rock a los que les programan sus videos musicales en MTV quizás hubiera tenido derecho al menos a un par de mastodontes de seguridad que custodiaran las escaleras del escenario para que ningún fanático tuvieran la brillante osadía de subir a abrazarle o a pedirle un autógrafo. Sin embargo, siendo escritor y tratándose por consiguiente de la presentación de un libro y no de un concierto para mozalbetes, no hubo guardias en el teatro custodiando su seguridad.

Ni siquiera porque su libro trataba sobre la vida de una adolescente flacucha como un fideo atrapada en el mundo de las drogas, cuyo novio (un ilustre escritor desconocido), en un ataque de celos al ser abandonado y cambiado por un junior repartidor de ácidos y estupefacientes, decide denunciar la adicción de la chica ante sus padres, teniendo por consecuencia que la madre de la protagonista la encerrara en una clínica de rehabilitación, de donde después de muchas vejaciones y peripecias (y capítulos) finalmente escapa para cobrar venganza apuñalando en repetidas ocasiones con un picahielo a su ex novio justo el día en que éste alcanza el éxito gracias a la publicación de una novela donde narra la vida de una drogadicta adolescente idéntica a ella; teniendo lugar el asesinato en un teatro abarrotado de espectadores que impávidos sólo alcanzan a horrorizarse ante la increíble escena, para después abalanzarse a las librerías a comprar la novela del fallecido autor hasta convertirlo en un best-seller.


Prólogo No. 40

Ocurrió tal y como lo viste decenas de veces en el YouTube desde la tranquilidad de tu hogar o en clandestinidad de tu lugar de trabajo. Los aplausos cesaron de repente y en su lugar entró un silencio ensordecedor seguido de un grito generalizado de “¡oooooooooh!”, propio de las corridas de toros cuando el torero es cogido por el pitón del toro.

Como habrás notado en la pantalla de tu computadora, puso cara de imbécil. Y no tienes por que ocultar que reíste al repetir una y cien veces el video. En efecto, puso la típica cara del imbécil sorprendido que sabe que va a morir, aunque en su defensa se puede decir que será la misma cara de imbécil que pondrás cuando un automóvil venga en sentido contrario y te atropelle al cruzar la calle o cuando resbales del tejado de tu casa al revisar el tinaco o cuando una ex novia te apuñale por la espalda con un picahielo.

No fue una muerte digna. Nadie en su sano juicio hubiera deseado ser grabado en video por las decenas de teléfonos celulares que cargaban consigo los presentes, y en vez de eso, que alguno de ellos se le hubiera ocurrido auxiliarle para que el número de puñaladas no llegara a los dos dígitos. Incluso hubo morbosos que se acercaron tanto al escenario a grabar la escena que fue precisamente gracias a estos aprendices de paparazzi que pudiste escuchar los huesos crujir cuando el punzón de acero entraba y salía dentro y fuera del cuerpo.

Crac, crac. Así sonaron los huesos.

Crac, crac. Otras dos puñaladas antes de que el representante literario chillara como una hiena asustadiza, primero levantándose y después apartándose lejos de la mesa para salvar su propio pellejo.

Crac, crac. Dos puñaladas más. Iban seis y nadie tuvo intenciones de detener las que vinieron después. Ni siquiera él, cuyos brazos los tenía engarrotados y sólo alcanzó a agitarlos torpemente cual pato herido de muerte que intenta emprender de nuevo el errante vuelo luego de un escopetazo.

Tras la segunda puñalada cayó de su silla al suelo. Tenía la espalda apoyada sobre el entarimado. A cada movimiento en su patética defensa sentía como la espalda patinaba sobre un líquido caliente y espeso. Sangre que manaba de dos agujeros que tenía en la espalda. La garganta se le cerró y le costaba respirar. Tampoco podía ver nada por las luces del techo que le cegaban. También por los flashes de las cámaras, ya que la gente empezó a tomar fotos como si estuvieran en un coliseo viendo la lucha libre.

Luego, una silueta apareció delante de él para montarlo a horcajadas. Unos cabellos largos, lacios y castaños flotaron en delgadas hebras luminosas sobre su cabeza al tiempo que dos manos empuñaban en todo lo alto un picahielo que terminó aterrizando primero en su hombro izquierdo y después en su clavícula izquierda.

Crac, crac (puñalada número tres y puñalada número cuatro).

Las puñaladas venían en oferta, al 2 x 1. De par en par. Una después de la otra, con la misma furia y con la misma saña. Así llegaron las puñaladas número cinco y número seis. Luego las puñaladas número siete y número ocho. Eran tan veloces que parecían una misma, desde luego sólo en el sentido metafórico, porque en realidad el dolor que sentía era por partida doble.

Crac, crac.

Cuando llegaron las últimas dos puñaladas (puñalada número nueve y puñalada número diez) tenía la vista completamente nublada y borrosa por las lágrimas que le empañaban los ojos.

El último crac en realidad no sonó crac, sino más bien fue un sonido seco producto del agujero que se hizo en la duela del escenario al ser atravesada con la punta del arma, no sin antes traspasarle primero el lóbulo de la oreja derecha.

Si le subes el volumen a tus bocinas (checa que sea el video que yo subí) podrás escuchar el grito de un valiente que desde las butacas traseras, cuando la victima dejó de ser agujereada como un muñeco de vudú, dijo:

-¡Alguien llame a los paramédicos!

Por desgracia en México los paramédicos pueden llegar al lugar del siniestro cuando la última gota de sangre ha abandonado el cuerpo del herido. Siendo esto del conocimiento de los presentes, no faltaron las manos voluntariosas que se dispusieron a sacar al paramédico que llevaban dentro. Enjundiosos, cargaron al moribundo para poder trasladarlo al hospital más cercano.

-¡Ahhhh! –aulló de dolor la victima.

Ante esta inesperada situación los buenos samaritanos se enfrascaron en una acalorada y nerviosa discusión.

-Arráncaselo.

-No, arráncaselo tú.

-No, no. Mejor tú.

Y así debatieron durante segundos vitales, hasta que alguien (seguramente un carnicero) decidió arrancar de un tirón el picahielo de la oreja del moribundo, no sin antes dejarse escuchar la advertencia de rigor que suele ocurrir en estos casos donde sobra el nerviosismo y la estupidez:

-Pero con cuidado, no vaya a desangrarse.

Finalmente lograron levantarlo del piso entre varias personas y lo condujeron por uno de los corredores del teatro rumbo a la salida. Al atravesar el pasillo, entre todos los rostros del público que seguían abarrotando las localidades, sentada en una de las butacas, pudo verla, muerta de la risa.

De no ser porque tenía los brazos y las manos bañadas en sangre, Valentina hubiera pasado inadvertida e inocente como el resto de la gente que no cesaban de tomar fotos desde sus celulares y cámaras fotográficas.


Prólogo No. 58

Al despertar en la mañana, frente al espejo, mientras se pasaba el rastrillo de rasurar sobre el mentón de una barba crecida, supo exactamente las palabras que tenía que decir antes de morir.

lunes 10 de agosto de 2009

Historia de un blog rosa


“El lector es completamente distinto al lector de hace 50 años; el lector de hoy está con un monitor enfrente tratando que no venga el jefe, y para minimizar lo que está leyendo sea información sea ficción o lo que fuere, pero está preocupadísimo porque está ocupando horas de trabajo en el entretenimiento, y entonces hay que atrapar (la información) con muchísima más rapidez.”
- Hernán Casciari



P y yo nos conocimos desde la cuna por nexos inquebrantables que une la sangre, al igual que un amargado abuelo en común. En una fotografía que podría servir como evidencia de que P y yo estábamos destinados para la grandeza, la imagen se ve arruinada por la horrenda cara de un anciano que hace un vano intento por sonreír y al mismo tiempo concentrarse en sujetarme con una mano y con la otra a P. Al final sólo salió la cara de Papá Abu con un rictus de dolor donde parece estar levantando a un par de cochinitos de sus cuartos traseros.

Pese a vivir en ciudades distintas, P y yo nos visitábamos con relativa frecuencia. Ya sea en temporadas vacacionales, puentes y/o fines de semana. En esencia nos reuníamos para desperdiciar gloriosamente nuestros días. Y fue justo en uno de esos gloriosos días desperdiciados de nuestra tierna infancia cuando apareció el primer destello de lo que ocurriría muchos años después.

More...-Deberíamos comercializar estas caricaturas -le dije a P enseñándole muy orgulloso un dibujo.

El dibujo era el de un pato pintado con trazos deformes en una libreta Scribe a cuadros. El pato tenía un disfraz sospechosamente parecido al de Superman (con capa y botas rojas incluidas) que se encargaba de sembrar el terror en Ciudad Muralla en compañía de sus secuaces, otros animales de granja enfundados en trajes también sospechosamente parecidos a los de Flash, Linterna Verde, El Hombre Araña, Batman, etcétera.

-Creo que tienes razón –sentenció P con justo tino observando la libreta-. Hay que comercializarlos.

Meditabundo, asomé la cabeza por la ventana para aspirar la fragancia del jardín de mi tía Nena en busca de un poco de más de inspiración.

-Ya lo tengo –dije frotando mi barbilla con el dedo índice y pulgar de la mano cual intelectual que era en esos días-. Hagamos cientos de copias del Súper Pato Asesino y luego las repartimos en todos los buzones de las casas del vecindario. De esta forma, si a los vecinos les gustan las aventuras del Súper Pato Asesino, en el próximo número les cobramos un peso a cada uno, así como hacen los repartidores del periódico –agregué sin tener muy claro el sistema de cobro de los repartidores de periódico.

-¡Asu, vamos a ser multimillonarios! –exclamó P arrojándose sobre una hoja en blanco para dibujar a un Súper Pato Asesino con una metralleta entre sus manos.

Minutos después nos encontrábamos frente al televisor jugando Nintendo. Súper Pato Asesino y La Liga de Secuaces Asesinos jamás vieron la luz pública; con calambres en las manos descubrimos que nuestra ambiciosa creación de proyecto literario-empresarial no era tan sencillo como creíamos: a la quinta copia el Súper Pato Asesino parecía un garabato.

Llegó la adolescencia y el sendero artístico que compartíamos P y yo se bifurcó. P se recluyó leyendo libros y viendo películas. Libros y películas extrañas y horribles. Yo en cambio utilicé hasta la última de mis neuronas para almacenar en mi cerebro los datos más inútiles, como por ejemplo, saber de memoria el nombre del líder de goleo en el Mundial de Uruguay 1930 o recordar a la perfección los nombres de los suplentes y cuerpo técnico del equipo campeón de los Pumas en la temporada 90-91.

De ahí que no fuera de extrañar que los dos primeros libros que leyera de cabo a rabo fueran Un grito desesperado de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (mamá me sonsacó a leerlo bajo la promesa de que sería un adolescente inteligentísimo) y El Alquimista de Paulo Coelho (regalo de mi primera novia).

Saco a relucir estas dos obras maestras de la literatura porque en aquella época, joven y enamorado como un becerro, me sentía el pináculo de la inteligencia humana. Y siendo yo o creyendo ser la parte más sublime de la intelectualidad de mi tiempo, decidí escribir una novela de mi puño y letra a la mujer que amaba.

Me tomó una semana entera terminar mi debut literario. Justo dos días antes de navidad. Casi 50 hojas de una libreta Scribe a rayas.

Sin embargo, como todos saben, un libro no es un libro si no es del mismo grosor que los libros motivacionales y/o de autoayuda y/o de Paulo Coelho. Así que para engordar mi novela me tomé la libertad de anexarle algunas canciones de Fernando Delgadillo (cantante favorito de mi amada y por ende mío también, porque era, como ya mencioné, un becerro enamorado).

Mandé la novela a la imprenta (una tienda de fotocopias frente a mi escuela) girando instrucciones precisas a los empleados de que imprimieran las hojas con letras tipo arial de 16 puntos para que mi ópera prima quedara de un grosor aceptable, es decir, digno de un autor que se de a respetar en los círculos más exquisitos; también, como todo gran novelista, le agregué en la solapa una fotografía mía donde salgo muy sonriente, justo arriba de una pequeña biografía donde le explicaba al público en general que era yo un genio nacido bajo el signo de Acuario, que amaba la vida y que invitaba a todos los hombres y mujeres del Universo a amar y disfrutar la vida como becerros enamorados.

Naturalmente, antes de todo este bello proceso de impresión, alguien tuvo que realizar el tortuoso trámite de transcribir las casi 50 páginas de la libreta Scribe a la computadora. Y justo ahí fue cuando el sendero bifurcado volvió a unirse en uno solo. P no durmió durante toda la noche mientras yo soñaba plácidamente con el rostro de mi amada dándome besos y rindiéndose a mis pies cuando le entregara una novela dedicada única y exclusivamente a su persona (o casi).

La novela me salió muy chula, según yo, así que decidí sacar varios ejemplares, mismos que repartí entre familiares y amigos, acto que desencadenó que de ahí en adelante nadie me volviera a mirar con los mismos ojos. Era yo un autor publicado. Publicado y costeado por sí mismo. Dato irrelevante para mamá cuando presumía con sus amistades la fortuna que era tener un hijo intelectual (pobre ingenua).

Pero como todo el mundo sabe (al menos 2 de cada 3 intelectuales lo sabe), la literatura no tarda en mostrar su peor rostro: mi amada y esotérica novia me mandó al diablo, teniendo el buen tino de cambiarme ni más ni menos que por su mejor amigo, un sujeto de barbita que decía tocar primorosamente el piano y que conocí en unas vacaciones de verano, dándome muy mala espina al descubrirlo en más de una ocasión mirándole a mi novia el culo enfundado en un diminuto bikini negro.

Amargado, triste y rabioso saqué al poeta que todos los intelectuales llevamos dentro, así que me regalé el gusto de torturarme escribiendo durante navidades consecutivas un par de libros de poemas, todos ellos cargados de odio y bilis. P una vez más se quemó las pestañas transcribiendo los iracundos poemas de la libreta Scribe a la computadora. Todos en una noche, porque a mí me gustaba dejarlo todo para el último momento.

Estos bonitos libros de poemas se los envié a mi antigua novia justo el día de navidad, pero como me parecieron que los poemas también me salieron bien chulos (qué podía hacer yo, era un autor prolífico), imprimí varios ejemplares que repartí entre amigos y familiares. Mamá no cabía de felicidad, su hijo era un intelectual probado con varios libros publicados (y sin novia).

Los años pasaron y me enrolé en un importante corporativo; mamá fue la mamá más feliz del mundo. Luego renuncié a ese importante corporativo porque decidí que había llegado el momento de ser un escritor profesional; mamá dejó de ser la mamá más feliz del mundo y nunca más volvió a mencionar en sus mutualistas y reuniones con señoras importantes e influyentes que tenía un hijo escritor.

P por su parte fue el único que me palmoteó la espalda y me dijo que él me ayudaría a mejorar mi estilo como escritor. Empecé a leer algunos de los libros horribles que leyó P en su adolescencia y descubrí que no era tan sencillo escribir una novela como yo pensaba, y esto tal vez se debía a que ya no era más un becerro enamorado.

Probé escribir cuentos cortos y artículos de opinión donde despotricaba contra el mundo horrible y tenebroso. Y como los cuentos y los artículos donde despotricaba contra el mundo horrible y tenebroso me salieron bastante chulos (ni manera, ese es el drama que padecemos los intelectuales), aproveché las bondades tecnológicas del mundo horrible y tenebroso del cual despotricaba y lanzaba insidias y me dediqué a robar las direcciones de todas las cadenas que llegaban a diario a mi correo electrónico con pornografía infantil, fotos de gatitos, frases de Paulo Coelho e imágenes de Jesucristo, etcétera, con el fin de iniciar mi propia cadena de correos.

Las cadenas-artículos empezaron a llegar hasta las computadoras de personas que vivían en latitudes insospechadas, y muchos de ellos se tomaron la molestia de reenviarlos de vuelta agregándole una serie de palabrotas que ofendían seriamente a mi progenitora (entre ellos mis ex novias y mis más queridos amigos que aparecían en mis cuentos disfrazados con otros nombres).

-Le veo bastante futuro a esto -dijo P leyendo los correos.

De inmediato P montó un blog en el ciberespacio con todos los escritos que habíamos hecho y que él había corregido de garrafales faltas ortográficas y sintácticas. Por azares del destino gente de diferentes puntos del país y de otras latitudes continentales empezaron a visitar el blog, y el comentario general de los lectores fue que el blog era muy aburrido porque solo había letras, que era necesario que en el blog hubiesen dibujitos, videos y de ser necesario escritos de calidad, porque los míos eran una bazofia.

En junta directiva, P y yo llegamos a la conclusión de que los comentarios de esos bondadosos extraños eran desinteresados y cargados de una verdad apabullante. Tomamos la decisión de mudamos a otro blog donde podíamos meter videos, dibujitos y otras funciones que fueran del agrado de la gente que no conocíamos. P se encargó de crear y embellecer el nuevo blog con tonos color rosa que desde su primer día en el ciberespacio generaron gran controversia y escándalo en los no pocos lectores viriles y seguros de su sexualidad que lo visitaron. Todo estaba listo para que el blog fuese un éxito, sin embargo faltaba lo más importante: los videos, los dibujitos y los escritos con contenido.

Se me ocurrió que si yo era un pésimo caricaturista y un pésimo escritor y un pésimo buscador de videos chistosos, debía encontrar a profesionales que supieran hacer caricaturas, escribir historias y buscar videos graciosos.

No tuve que buscar mucho. En las reuniones del café de los martes en la noche descubrí que mis mejores amigos se dedicaban básicamente a lo que estaba buscando. Uno dibujaba dibujitos bien bonitos, otro escribía escritos bien profundos y el otro era un experto en buscar videos muy divertidos en el YouTube.

A dos años de la fundación del blog rosa que titulamos Pildorita de la Felicidad (nombre que surgió en honor a un libro que nunca le entregué a una amiga de la cual estaba perdidamente enamorado en la universidad y que desde luego jamás me hizo caso), P y yo básicamente seguimos haciendo lo mismo que cuando teníamos seis años: ver televisión mientras buscamos el mejor medio de cómo comercializar ideas (propias y ajenas) que puedan ser del agrado o repulsión en la vida cotidiana de amigos y desconocidos que buscan matar las horas de aburrimiento en sus trabajos que secretamente aborrecen.

No sé por qué, pero luego de ver que podríamos llenar el Estadio Azteca con los más de 150 mil extraños que nos han visitado (y amenazado de muerte), tengo la ligera sospecha de que por primera vez estamos haciendo algo de provecho con nuestras desperdiciadas y vacías vidas.

martes 4 de agosto de 2009

Héroes no reconocidos


“El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo.”
- Gabriel García Márquez


1


Ayer en mitad de la madrugada tocaron insistentemente a la puerta de mi cuarto, a eso de las cuatro, cuatro y media, hora en la que sólo pueden sacarte de la hamaca para darte la peor de las noticias.

Aturdido y con los presagios más terribles espabilándome el sueño, abrí la puerta. En mitad de la penumbra del corredor apareció el rostro de P. Sus ojos estaban rojos y cristalinos; ojos parecidos (aunque ausentes de lágrimas) a los que me topé una idéntica madrugada del fatídico verano del ´96, cuando mamá me sacó de la hamaca para decirme como un zombi que el papá de uno de mis mejores amigos se había matado en un accidente automovilístico.

More...-Perdón por despertarte –dijo P-. Vinieron los fontaneros.

¿Quién hubiera imaginado que aquel hondo y profundo respiro de alivio que di al saber que ningún familiar había estirado la pata sería el último del día?

Cuatro hombres morenos, enchancletados, de vientres abultados y brazos de luchadores, que bien podrían pasar por albañiles, irrumpieron en casa.

-Jefe, voy a necesitar que esté pendiente de la cifa de su baño –me dijo uno de ellos.

Sin comprender bien qué ocurría, por instinto de supervivencia dije que sí, que estaría pendiente de la cifa del baño, mirando de reojo mi hamaca que se mecía de modo seductor.

-Vamos a bombear la fosa séptica –me explicó el hombre, y al intuir que yo no estaba tomando con la debida seriedad sus palabras, agregó-: Es importante que esté pendiente de la cifa, eche un grito si se rebosa.

No pasaron ni dos minutos cuando hice acto de presencia en el patio delantero de la casa gritando y agitando las manos como un loco para hacerme escuchar sobre una maquina que hacía un ruido infernal.

-¡Apaguen la maquina, apaguen la maquina!

Los fontaneros apagaron la maquina y dos de ellos me escoltaron hasta el baño de mi cuarto.

-¡Uy, papá, mira esta belleza! –exclamó uno de ellos entre extasiado y realmente sorprendido.

-¡Asúmecha! –exclama el otro.

Cubriéndome nariz y boca con mi camiseta escuché la conversación de los dos hombres sin atreverme a entrar al baño.

-Voy por la pala –dijo uno de los fontaneros, y al verme de pie junto a la puerta me miró con ojos redondos, cómplices; incluso me aventuraría en afirmar que su mirada era de una rendida admiración.

-No es lo que parece –mascullé entre dientes bajo mi camisa, pero era demasiado tarde e incluso bastante estúpida mi justificación (léase el punto número 5 de la historia Un castigo muy original).


2


Cuando era pequeño, en las vacaciones de verano, para matar el tiempo tenía por costumbre plantearme toda suerte de teorías económicas, sociales y laborales. A los ocho años de edad estaba convencido que los hombres mugrientos y apestosos que recogían la basura los sábados por la mañana en la colonia eran tipos inmensamente ricos.

-No bebé, tú vas a ser abogado, o ingeniero como tu papá –me decía mamá con el dedo índice recriminador-. Los hombres de la basura son señores muy pero muy pobres.

Al escuchar esto, no me lo podía creer. ¿Cómo podían ser pobres esos señores si hacían el trabajo más asqueroso que había visto en mi vida? En mi lógica de niño de 8 años los señores de la basura debían ser multimillonarios, pues cualquier persona en su sano juicio estaría dispuesta a pagar el dinero que fuese necesario con tal de librarse de sus propios desperdicios orgánicos e inorgánicos. El mismo caso con las sirvientas que le sacaban brillo a los inodoros de nuestros baños.

-Mi vida, ve a jugar Nintendo con tu hermano –me decía mamá para deshacerme de mí.


3


En la actualidad ya no soy tan ingenuo como en mi niñez, aunque no por ello dejo de plantearme interrogantes en materia social, económica y laboral; y con esto no me refiero al típico caso de creer que es una locura que Cristiano Ronaldo gane más dinero por pararse un segundo en una cancha de fútbol (o en un camerino) que una cuadrilla completa de albañiles que trabajan de sol a sol durante un mes. O que un dentista gane más en una consulta por blanquearle los dientes a un cliente que un barrendero por una semana entera de trabajo.

No señor, a lo que yo me refiero es al impacto social (o injusticia social) que tienen los oficios. Por ejemplo, en México decir que eres escritor en el acto te convierte en un valiente. Y como todos saben, ser un valiente tiene su encanto en toda sociedad civilizada. Para ponernos prácticos y realistas, querido lector, le reto a que vaya a un bar o a una disco y entable conversación con una perfecta desconocida (de preferencia tetona) y cuando llegue al tema del oficio que desempeña para ganarse la vida, suelte sin miedo y sin pudor la mentira de que usted es escritor.

-¡Wow, increíble! –exclamará la tetona en cuestión.

Si tiene suerte podrá sacarle su e-mail. Nada más. Tampoco hay que exagerar y decir que esa misma noche (o cualquier otra noche) se la va a llevar a la cama; incluso las tetonas (independientemente que sean analfabetas o no) saben de sobra que un escritor es un muerto de hambre sin futuro.

Sin embargo, ahí está el encanto injustificado de la profesión artística: ser actor de teatro o pintor o poeta o cantante, sin importar el género o corriente que se desempeñe, da lo mismo si se sale al escenario desnudo y pegando de gritos interpretando al dios Eolo en una obra experimental o pinta cuadros de caimitos y pitahayas o escribe poemas endecasílabos que hablen de la menopausia (ojo al dato, amigo artista), nunca faltará la mujer descerebrada que ponga los ojitos redondos de erudita y le tenga en suma estima. Incluso hasta puede que le llamen genio y se vuelva famoso. Nunca se sabe.

Todo lo contrario ocurre con ciertos oficios de verdad. Por poner otro ejemplo práctico, querido lector, imagínese un sábado por la noche abordando a una tetona con el siguiente discurso:

-Soy fontanero.

-¡Wow, increíble! –exclamará la tetona en cuestión, rascándose la cabeza-. ¿Y eso como qué es?

-Pues básicamente cuando vas al baño a cagar llega un buen día en que tu fosa séptica llega a un límite de mierda, ahí es cuando yo me encargo de chapotear entre tus cerotes y llevármelos en un pipa para que no te ahogues en ellos un sábado por la noche.

Como es de suponer, la tetona se vomitará en tus pies en vez de comerte la boca a besos y decirte que eres su héroe.


4


Luego de 8 horas de arduo y feroz trabajo, los fontaneros abandonan la casa, no sin antes estrechar mis delicadas manos que les extiendo a manera de agradecimiento.

-Son mis héroes –les digo y se me quedan viendo raro.

Al verlos partir en su pipa oxidada, me pregunto qué sería de todos nosotros sin esos valientes de heroica vocación hacia la mierda. Imagino un escenario terrorífico. El peor de todos. La Estatua de la Libertad, la Opera House, la Torre Eiffel, la Muralla China y otros típicos y famosos escenarios apocalípticos de Hollywood sumergidos entre toneladas de excremento humano. El fin de toda civilización.

Sí, querido lector, tal escenario es posible. Un meteorito gigante o una invasión extraterrestre, no. Y todo gracias a nosotros mismos, a nuestra arrogancia, superficialidad y propia mierda que no nos da cuartel. Día a día. Imaginemos por un momento una huelga mundial de fontaneros. Ya quisiera ver yo ese momento. Ojalá y llegue. Sólo así respetaríamos a estos héroes no reconocidos.

No cometamos el mismo error que los Estados Unidos. A ellos les tuvieron que tumbar las Torres Gemelas para entrar en razón y rendirle el justo homenaje que se merecía el heroico departamento de bomberos por tantos años de arduo trabajo bajando de los tejados a los gatos de las viejecitas chifladas.



Este escrito es parte de una saga de historias fétidas, la primera fue publicada el 15 de Enero del 2009, titulada Un castigo muy original.

miércoles 29 de julio de 2009

Secuelas de la crisis


1


Más que un alivio, es peligrosísimo tener buenos amigos en los tiempos difíciles. Sobre todo cuando cometes el error de hacer público que te acaban de echar de tu trabajo sin ninguna justificación aparente.

-¿Tienes experiencia en ventas? –me pregunta una chica menor que yo al leer mi currículum vitae.

Permanezco en silencio. Mi silencio me incrimina. Soy un mentiroso profesional, pienso, no debo tener problema para vender lo que sea.

More...-¿Qué sería exactamente lo que vendería? –pregunto (el dedo índice y pulgar de la mano derecha frotando el mentón) para hacerme el interesante.

La chica no se sorprende por mi pregunta. Sabe que el trabajo es mío si así lo deseo, pues fui enviado a la entrevista por su jefe, es decir, un buen amigo que en un intento por sacarme del desempleo me dijo que fuera a solicitar un puesto vacante en una de sus múltiples empresas.

Quince minutos después abandono las oficinas con la promesa de llamar en dos días a la chica de recursos humanos para confirmar si pienso ser de ahora en adelante empleado de mi amigo. La idea, naturalmente, me aterra, no porque mi amigo tenga que verse en la penosa necesidad de despedirme al cabo de un par de meses al descubrir que soy el vendedor más incompetente sobre la faz de la Tierra, sino por tener que tomar un curso de inducción de ventas durante quince días, vestir a diario un uniforme de la compañía y luego memorizar toda suerte de productos de limpieza, sus propiedades, bondades y beneficios, y finalmente salir a la calle a tocar de puerta en puerta y mentirle y/o rogarle a otros empresarios para que por favor compren unos productos químicos los cuales estoy casi seguro no necesitan.


2


Juanito, mi talentoso y aclamado amigo caricaturista, me conoce muy bien, por eso, en un restaurante de comida italiana donde celebramos su cumpleaños, me dice:

-Te tiene que haber dolido.

-No, para nada, estoy de maravilla –miento-. Ya surgirá algo –vuelvo a mentir.

-Te tiene que haber dolido.

-No, en serio, no es el fin del mundo –sigo mintiendo.

-Admiro tu aplomo –me palmotea la espalda-. Es un nuevo inicio en tu carrera.

-Sí, un nuevo inicio –digo una mentira más para evitar romper en llanto.


3


Una amiga me escribe un e-mail diciéndome que soy un hombre valiente al publicar la historia de mi despido injustificado, no como los intelectuales que cuentan este tipo de anécdotas cuando han pasado muchos años y son ya autores renombrados, esto con el fin (sospecha ella) de que los lectores nos enteremos de las penurias que pasaron los pobrecitos antes de convertirse en ricos y famosos.

Pienso (no lo digo, menos lo escribo) que sin dudarlo vendería mi alma al diablo por ser uno de esos pudorosos best-sellers que aparecen en la televisión dándose aires de semidioses, que en sus inicios en vez de andar lloriqueando lograron guardar silencio cuando fueron echados a patadas de los periódicos.


4


Una chica venezolana, un encanto de mujer y por añadidura mi nueva amiga, pide hacerme una entrevista. Accedo, no porque me haya confesado que es activista, periodista y escritora sino porque en sus ratos libres es modelo, pues así lo confirma una pasarela de sensuales fotografías que desfilan en la pantalla del Messenger a sugerencia mía.

A cada una de sus preguntas respondo un disparate. No veo el momento de que se dé color que ha sido un error y una pérdida de tiempo entrevistarme. Sin embargo ella, estoica, imagino que por lástima, continúa haciéndome preguntas sobre el uso y manejo de la lengua española, y yo, un pobre diablo de nacimiento que reprobó redacción en la preparatoria, continúo respondiendo absurdos a diestra y siniestra.

Finalizada la entrevista, en un arranque de egolatría, me aventuro a preguntarle cada cuándo entra a leer mi blog.

-Nunca, te leo en un periódico venezolano –responde para mi sorpresa.

Acto seguido me sumerjo en la red. Dos y no uno son los periódicos venezolanos que me publican. Ambos imagino han de ser antichavistas, de lo contrario tendrían plata suficiente para pagar por mis colaboraciones.


5


Un amigo de izquierda se congratula por mi despido pues gracias a ello, asegura, ahora me publican en La Jornada.

Incrédulo de verme publicado en un medio de fama nacional, entro a la página de Internet del periódico y tal como sospechaba no encuentro ni un solo escrito mío. Investigo un poco más en el ciberespacio y descubro dos cosas: la primera, en Nicaragua (como en el resto de Latinoamérica) no son muy creativos a la hora de bautizar sus periódicos; y la segunda, las historias de Campeche gustan más a los editores fuera que dentro de Campeche.


6


Mi amigo científico, maravilloso articulista y maestro, dice que no debo preocuparme, pues no tardaré en conseguir otro espacio igual o mejor donde publiquen mis desvaríos.

Inspirado por sus palabras, le escribo un brevísimo correo al famosísimo director del periódico donde publica mi amigo, preguntándole a quién tengo que chupársela para que me publiquen.

Al instante me arrepiento, pues mis palabras pueden malinterpretarse. Traducción: que todos los escritores que han logrado ser publicados en el prestigioso periódico no lo han hecho gracias a sus conocimientos y arduos años de labor académica y periodística sino a sus dotes en el arte del fellatio.

Pese a pronóstico, el carismático director del periódico, más que escandalizarse por mi impertinente y desesperado correo, ríe y me conmina a tener paciencia pues hay una larga lista de aspirantes a ser publicados. Su breve y concisa respuesta más que entristecerme me alegra el día, pues siento haber obtenido un triunfo personal al lograr hacerlo reír, tal como el me hace reír cuando aparece en la televisión sacando de quicio a encumbrados y estirados periodistas todos los miércoles en la noche.


7


Otro amigo escritor me dice que no claudique en mis intentos de buscar trabajo en otro periódico. Me sugiere ir a hablar personalmente con todos los editores de los periódicos campechanos.

Le digo que sí, que eso haré. Sin embargo, a mi mente vienen todas esas infructuosas entrevistas que tuve en el pasado con cada uno de los editores campechanos.

Uno me citó en un café y luego de alabar mis escritos (mismos que llevaba tiempo publicando en su periódico) al llegar al tema de lo monetario, es decir, la tarifa que cobro por cada escrito publicado, dijo:

-Lo siento, en el periódico tenemos la política de no pagarle a nuestros colaboradores.

Otro editor me citó en su oficina.

-Un momentito, el licenciado está en una junta –dijo la secretaria-. En un minuto le atiende.

Pasada una hora en la recepción del periódico la secretaria me informó que el licenciado estaba ocupado, que dejara mis datos y que luego se comunicaría conmigo.

El último editor que visité también me recibió en su oficina. Muy amable dijo conocer mi trabajo.

-Muy divertidos escritos, de todos modos mándame a mi mail todos los que tengas, quiero revisarlos detalladamente con el director.

Nunca más volví a saber del editor, ni de él ni de ningún otro, sobre todo cuando publiqué un pasaje del borrador de la novela que prometí enviar a un gran y laureado amigo escritor conectado con una editorial internacional (novela que sospecho nunca terminaré) donde describía a los directores editoriales de todos los periódicos campechanos como alimañas rastreras de dedos entintados que viven de leer y censurar a periodistas y/o columnistas que no alaben al partido político en el poder.


8


-Hola bebé.

-Hola mamá.

-Oye, acabo de comprar el periódico y no veo tu columna.

-¿En serio?

-Sí, en serio.

-¿Revisaste bien?

-Sí, no aparece tu columna.

-Qué raro.

-Sí, rarísimo, ahora mismo voy a marcarles por teléfono para pedirles una explicación.

-No mamá, no es necesario, lo que pasa es que ahora van a publicarme todos los días, excepto los domingos.

-¿En verdad, mi vida?

-Sí.

-¡Felicidades bebé!

-Gracias.

-Siempre supe que triunfarías como escritor.

-Bueno mamá, te dejo, que México le acaba de meter otro gol a los gringos.

martes 21 de julio de 2009

La crisis


Los economistas, gobernantes, empresarios y demás especialistas encargados de mover el dinero alrededor del mundo, hace unos meses vaticinaron que la crisis económica mundial mostraría su rostro más perverso en el mes de Julio.


Estimado Sr. Solís,
De acuerdo con nuestra plática por teléfono, le confirmo que a partir del próximo 1ro de julio damos por cancelado el servicio editorial que tan amablemente nos proporciona.
Me despido enviándole un cordial saludo y al mismo tiempo me reitero a sus distinguidas órdenes.
Atentamente,
Gerente General


More...Pese a lo que pueda creer o suponer el lector suspicaz, nunca antes en mi vida adulta me habían botado de un trabajo. Paradójicamente todos mis demás trabajos (sin excepción) los odiaba, y mientras más los odiaba, los encargados de pagarme, de rodillas (o casi) me pedían que permaneciera en mi puesto cuando les informaba de mi renuncia con carácter de irrevocable.

Imagino también que el lector suspicaz querrá saber o conocer a fondo los detalles y/o el significado de “de acuerdo con nuestra plática por teléfono”.

-Bueno –yo (celular en mano) siendo despertado de mi siesta de la tarde.

-Le comunico con el Gerente General –la secretaria del Gerente General.

-Okey –yo, pasmado de que el Gerente General quisiera hablar conmigo.

-Señor Solís, le hablo para comunicarle personalmente que a partir del próximo primero de Julio damos por cancelado el servicio editorial que tan amablemente nos proporciona –el Gerente General.

-Okey –yo, en estado de shock, viendo pasar delante de mis ojos en fracciones de segundo los momentos más memorables de mi vida como escritor, es decir, abriendo mi cartera y encontrando en ella dinero suficiente para pagar por las cervezas en el estanquillo de la esquina.

-¿Quiere que le envíe un e-mail notificándole la noticia? –el Gerente General.

-Okey –yo, aún en estado de shock, sin reflejos de pedir a tiempo una explicación de mi despido del periódico que por causas misteriosos me depositaba puntualmente la primera semana de cada mes un sueldo en el banco por publicarme todos los domingos del año, sin excepción, salvo en un par de ocasiones cuando osé tocar el tema de la impunidad en la que vive el hijo del jefe de la policía de Mérida, que en total estado de ebriedad y a exceso de velocidad descuartizó a dos jóvenes inocentes que cruzaban la calle un fatídico 30 de diciembre del año 2007.

La horripilante anécdota de mi despido ha comprobado dos cosas obvias: la primera, los economistas tenían razón; la segunda, mamá (señora recatada que vive advirtiéndome que es imposible para un ser humano vivir con dignidad -o sin ella- de las letras) también.

En un acto desesperado, decido camuflar la realidad: corro al estanquillo de la esquina y compro un sixpack de cerveza que bebo con ferocidad. Ebrio, respondo (lo más distinguidamente que puedo) al e-mail del Gerente General ordenándole (por no decir rogándole) que por favor siga publicando mis escritos, que de ahora en adelante escribiré gratis, y de ser negativa su respuesta, estoy dispuesto a pagar de mi propio bolsillo para que mi columna siga apareciendo todos los domingos en ese prestigioso periódico que tan magnánimo se ha portado conmigo por dos años.

Fiel a mi naturaleza de pobre diablo, apenas envío el e-mail, me arrepiento. Me invade una cruda moral.

¿A qué se deberá que sea infatigable en el arte de la autohumillación?

1. Que mamá siga creyendo que soy un faro de luz, un hombre productivo para la sociedad, o lo que es lo mismo, que bajo ningún motivo se entere que nuevamente soy un adulto desempleado, un paria, una carga social.

2. Evitar darles una tarde redonda de placer a las cacatúas amigas de mamá que con seguridad serán inmensamente felices de enterarse que soy (una vez más) un escritor no publicado.

3. Descubrir cuál ha sido la causa real de mi despido, la cual, sospecho, no es una, sino varias:

Primera causa: El Gerente General me ha corrido al percatarse que soy un escritor mediocre, sin el talento suficiente para convencer a la gente que compre el periódico y lea mi desangelada columna.

Segunda causa: La crisis económica mundial orilló a los patrocinadores del periódico a no invertir tanta plata en anuncios, acción que provocó que la primera medida que los directivos del periódico tomaran al ver mermadas sus arcas fuera la de suspender mi exiguo salario de articulista.

Tercera causa: El consejo editorial tiene la errónea creencia de que soy un buen escritor, aunque claro, no lo suficiente como para desembolsar un peso para publicar mis delirios de grandeza.

Cuarta causa: Alguna de las amigas cacatúas de mamá (seguramente esposa de algún poderoso político), indignada por mis escritos, tomó el teléfono y giró instrucciones para que me despidieran del periódico.

Quinta causa: Los sagaces encuestadores del periódico finalmente le pasaron el reporte de sus encuestas al Gerente General, que a groso modo fue el siguiente:

Encuestador: ¿Conoce usted el periódico?

Encuestado: Sí.

Encuestador: ¿Cada cuando lo compra?

Encuestado: Nunca, la cacatúa de mi esposa es quien lo lleva a casa todos los domingos.

Encuestador: ¿Lee usted el periódico?

Encuestado: A veces.

Encuestador: ¿Qué sección es su favorita?

Encuestado: Deportes.

Encuestador: De casualidad, ¿usted lee la sección de nuestros articulistas?

Encuestado: ¿Articulistas? ¿Tienen ustedes articulistas?

jueves 16 de julio de 2009

No es tan secreto


Las semanas subsiguientes a las elecciones en México (y sospecho ocurre lo mismo en el resto de Latinoamérica y países aledaños del tercer mundo) son terreno fértil para todo tipo de conjeturas, insultos y chismeríos. Los candidatos derrotados, en caso de no lograr el cargo público por culpa de un insignificante margen de votos, recurren indignadísimos a los medios de comunicación para exigir un recuento de votos casilla por casilla. Del mismo modo, si la derrota fue por una diferencia estratosférica, los candidatos, muy dignos, asegurarán por la vida de las santas madres que los parieron que hubo un complot de todos los demás partidos políticos en su contra.

Traducción: el político vencido tiene por vicio nunca echarle la culpa al ciudadano, que finalmente es el que vota y decide su suerte, del mismo modo que el futbolista mediocre siempre declarará que la derrota de su equipo fue gracias al ciego del árbitro y no a la falta de puntería de sus compañeros.

More...-Sí, un partido muy complicado, muy trabado, pero que perdimos porque fallé un penalti y porque durante la semana en vez de entrenar como los profesionales que somos, mis compañeros y yo nos fuimos de putas.

Declaración que por razones obvias (véase la tabla de posiciones rumbo a Sudáfrica 2010) nunca escucharemos de un flamante seleccionado tricolor.

-Perdí la presidencia municipal por que nací con cara de perro triste y porque el grueso de la población son unos indios analfabetos que quedaron fascinados de ver bailar reggaeton a mi adversario.

Naturalmente otra declaración que jamás oiremos salir de la boca de un político. Y claro, es duro aceptar la derrota, en especial en el terreno de la política. Por eso, los políticos derrotados, pobrecitos de ellos, una vez terminadas las elecciones se van de vacaciones a las Bahamas u otros puertos cosmopolitas de veraneo para olvidar que tienen caras de perros tristes.

Sin embargo, este escrito no trata de los políticos impresentables que a pesar de sacar un montón de votos perdieron, y ven conspiraciones, complots y traiciones dentro de su mismo partido. No señor. Este escrito va de otra cosa.

Así que por favor, amable lector, preste mucha atención. O mejor dicho, ponga mucha, mucha imaginación. Imagínese usted como candidato de un partido político. Lo sé, qué asco, pero imagínese por un instante que es un candidato. Digamos que usted será candidato a una diputación en un municipio pequeñito con unas 6000 personas con derecho a voto. Tampoco se ilusione, usted pertenece al partido menos popular del país. Apenas ha tenido dinero para invertir en su campaña, es decir, su presupuesto alcanzó tan solo para adornar con su cara de perro melancólico los postes de luz de tres o cuatro colonias aledañas al parque principal.

Sobra decir que su derrota es inminente. Segura. No existe margen para el milagro. Así que su campaña consistió básicamente en ir a casa de todos sus familiares y conocidos y exigirles por el lazo de sangre y amistad que los une que por favor voten por usted.

-Gordo, soy tu esposa; tus hijos y yo te apoyamos –le dice la gorda y fea de su esposa, rodeada de sus gordos y feos hijos.

-Yerno, tienes mi voto, a ver si sacas de una vez por todas de la pobreza a la pobre de mi hija –le dice la amargada, rolliza y bruja de su suegra.

-Compadre, faltaba más, salud por el futuro diputado –le dice su ebrio compadre en la cantina, flanqueado de todos sus alcoholizados amigotes.

-Hijito lindo, sabes que tu madre que te parió con tanto esfuerzo y dolor a este mundo, votará por ti, e igual tus hermanos –le dice su anciana madre.

-Compañero, el partido cada día está más fuerte y unido, mañana ganaremos –le dice el presidente de su partido rodeado de no pocos achichincles.

-Vecino, tiene mi voto, a ver si usted arregla las calles de la colonia, ya ve la vergüenza que son –le dice su acomedido vecino.

-Claro que voy a votar por ti, mi amorcito precioso –le dice su adolescente querida en la cama de un motel.

Llega el día de la elección. Como es de esperarse, mamá, papá, hermanos, esposa, hijos, amigos, compadres, queridas y vecinos le muestran el pulgar entintado que dan fe y legalidad de que votaron por usted.

Mientras se realiza el conteo, usted se va a la cama, tranquilo, en espera de lograr unas decenas de votos que lo acrediten como un político competente y le aseguren un sueldo dentro de un partido político por al menos unos años más.

Se realiza el conteo final, y se anuncia al ganador. No es usted, pero eso ya lo sabía, por eso no se entristece. Va a la computadora, lleno de curiosidad entra a la página del Prep para ver cuántos votos conquistó con el sudor de su frente.

El horror se materializa delante de sus ojos.

¿Será posible ser tan poco popular, tan poco convincente y tan poco fiable que ni sus propios hijos, hermanos, padres, esposa, amigos y demás familiares le dieron su voto?, se pregunta incrédulo, sin dar crédito a la imagen que resplandece en el monitor de la computadora.


VER IMAGEN


Durante largos años esperé este momento. Del mismo modo como “El hombre de vidrio” (Samuel L. Jackson) esperó paciente y provocando toda suerte de horrendas catástrofes en diferentes ciudades hasta descubrir a “El hombre irrompible” (Bruce Willis) en la magnifica película Unbreakable.

Sí, gracias a la política, finalmente quedó al descubierto el pobre diablo más grande de la Tierra. Y sí, tal como sospeché, es campechano.

sábado 11 de julio de 2009

Jóvenes Emprendedores

“Nunca es tarde para no hacer nada.”
- Jacques Prévert


Todo lo que sé, lo aprendí de mi alma máter, el Instituto Tecnológico de Mérida (ITM), un microcosmo de México: sindicatos, huelgas, acosos sexuales, vendedores ambulantes, perros sarnosos, planillas estudiantiles, sociedades de alumnos, corrupción y cualquier otro cáncer social que pueda existir en un país tercermundista que se dé a respetar.

El ITM era tan genial (bueno, es tan genial, pues dudo que haya cambiado desde mi graduación), que en un mismo salón de clase podías estar flanqueado, a un lado, por el sobrino de Carlos Slim, y al otro, del hijo del campesino más pobre del Estado; y por si esto no fuera suficiente, cuando una persona foránea te preguntaba dónde estudiabas, podías responder inflamando el pecho de orgullo que en el Tec, y de esta forma lo engañabas haciéndole creer que estabas matriculado en algún campus del Tecnológico de Monterrey, de esos que hay regados por todo el país cuan largo y ancho es.

More...Una de mis grandes enseñanzas de vida para triunfar en la vida fue en el programa de Jóvenes Emprendedores que cursé en la licenciatura de administración de empresas, en el penúltimo semestre. Tiempos en los que uno daba por sentado que ya era un “lic”, gracias a que los bien intencionados catedráticos te ponían por trabajo de final de semestre la gran responsabilidad de crear una empresa. Pero no cualquier empresa, sino una hecha y derecha, con todo lo que debe llevar una organización à la primer mundo: acciones, estudios de mercado, análisis de marketing, análisis financiero, puntos de venta y todas esas cosas que en el papel lo van a convertir a uno en alguien más emprendedor y rico que Bill Gates. Claro que todo eso es sólo en papel, porque del dicho al hecho, hay varios mexicanos en el trecho.

El profesor dijo que los equipos de trabajo (futuras corporaciones), debían estar conformados por doce personas (ni uno más, ni uno menos). En mi caso, yo pertenecía a una corporación integrada por tres personas, es decir, tres directores generales, contándome a mí como uno de ellos. Sentados en un oscuro aposento (el cual era uno de los rincones del fondo del aula, lugar que por indefinidas fuerzas cósmicas ocupábamos desde el primer semestre de la carrera), en un hermetismo equiparable al del cuerpo de inteligencia de la CIA, fraguábamos lo que teóricamente sería la corporación más rentable desde la invención de Microsoft.

Las tuercas de nuestra gran maquinaria se iban engrasando poco a poco, no así las del resto de nuestros compañeros, que para su mala fortuna y poca creatividad, invertían todo su tiempo creando empresas enfocadas en el consumo alimenticio: paletas, frituras, dulcecitos y todo tipo de comida chatarra que al parecer habría de convertirse en la competencia directa del hombre gordo del puesto de kibes que todas las mañanas se paraba frente la puerta principal de la universidad a deleitar a todo aquel miembro del cuerpo estudiantil y docente que quisiera elevar sus niveles de colesterol.

Sobra decir, que aquellos compañeros emprendedores eran unos pobres ingenuos, pues ninguna generación del ITM había podido robarle mercado al kibero, alias el gurú de la mercadotecnia, quien aplicaba un método infalible de venta: “el volado”. Traducción: apostar pagar el importe del kibe al doble o llevártelo gratis dependiendo si la moneda arrojada al aire al caer al suelo caía con la cara en águila o con la cara en sol; está de sobra aclarar que la inmensa mayoría de los clientes perdían la apuesta, y ahí es cuando venía la segunda ronda de apuestas que consistía en el infalible “doble o nada”, donde también sobra mencionar que el kibero tampoco perdía, sin embargo, al estudiantado le gustaba las emociones fuertes y terminaba apostando y pagando un dineral por no comer ni un solo kibe.

En el aula de los emprendedores el tiempo apremiaba, y nadie lograba ponerse de acuerdo. Gritos de protesta estallaban en todos los rincones del salón de clase, la Cámara de Diputados no era nada en comparación al bochornoso espectáculo de desorganización suscitado entre mis compañeros: integrantes cambiaban de un equipo a otro con la misma facilidad con la que los políticos cambian de partido, todo en pro de que su idea de comida chatarra fuese aprobada a como diese lugar. En vista del desastre inminente, el profesor optó por la sana medida (muy salomónica y mexicana) de decirnos que conformásemos los equipos de trabajo con el número de integrantes que nos diera la regalada gana.

Por fortuna la corporación a la que pertenecía estaba más que lista para salir al mercado, excepto por un pequeño detalle: financiamiento. Pequeño obstáculo que estábamos seguros de sortear, pues como era bien sabido toda gran idea siempre es respaldada por algún millonario capitalista interesado en incrementar sus utilidades.

Éramos el equipo ideal. El más inteligente de nosotros tres, era un joven apasionado y maniático de los números, él se encargaría del engorroso menester de llevar a buen puerto la contabilidad y el papeleo legal de la corporación, en pocas palabras, en sus manos estaba que no nos metieran en la cárcel, o lo que es lo mismo, dependíamos de su inteligencia para evitar que el profesor nos pusiera un espantoso NA (No Aprobatorio).

El otro socio o “director general” (así le gustaba que lo llamáramos), de números, aspectos legales o cualquier otra responsabilidad que se asemejara a manejar una compañía, sabía lo mismo que pudiese saber un niño de kinder acerca de física cuántica. De responsabilidades administrativas no sabía ni coma, pero eso sí, nuestro socio tenía a su favor que era guapísimo (al menos eso decía él mismo de su persona cuando veía su rostro reflejado en los cristales del salón de clase), belleza que le había granjeado ser Top Model de panfletos publicitarios que te regalan en las esquinas con semáforo.

Y finalmente, yo era el tercer socio, un tipo carente de todo talento numérico, legal, corporativo y pasareríl; lo que me dejaba con mucho tiempo libre para meditar y escribir banalidades acerca de mi mismo y del ser humano en general, talento que me convertía en el candidato perfecto para ocupar el puesto vacante de Director General de Creatividad.

Los tres flamantes directores irradiábamos tanta seguridad en nosotros mismos que pronto se corrió el rumor en la escuela que a nuestra corporación le auguraba un tremendo éxito, así fue que no se hicieron esperar las largas filas de compañeros que intentaban ingresar su currículo para laborar con nosotros, muy a pesar de que a ciencia cierta ninguno de ellos tuviera la más remota idea de qué producto o qué servicio vendería nuestra corporación.

Fue el discípulo adelantado de Versace (sin duda, el más extrovertido de los tres, y por tal motivo, vocero oficial y Director General de la corporación), quien se animó a decir a la multitud que se aglutinaba alrededor nuestro que lo que realmente requeríamos en esos momentos eran los servicios de alguien que tuviera los conocimientos y la valentía suficiente para hacerse cargo de la Dirección General de Recursos Humanos (RH). La función del Director de RH (que en realidad resultó ser directora, ya que fue una mujer a la que elegimos por cargar con dos bellas y poderosas razones por delante), era la de seleccionar al candidato idóneo para cada puesto de la corporación. Traducción: contratar muchos obreros.

La tetona directora de RH en cuestión de minutos contrató a un equipo de trabajo conformado por dieciséis personas (todos ellos sus mejores amigos). Conformado el equipo de trabajo, nosotros, los tres emprendedores directores de la corporación nos dimos a la tarea de ir en busca de empresarios que quisieran invertir en nuestro proyecto, mismo proyecto que fue rechazado por cada uno de los empresarios que visitamos (en realidad sólo visitamos a un empresario).

Con la moral baja y las manos vacías por no haber podido explicar con elocuencia de qué se trataba nuestro proyecto, regresamos con los obreros a informarles la mala noticia. Noticia que para nada fue de su agrado, provocando que en cuestión de minutos nos topáramos con un sindicato, y luego, rodaron las cabezas de los altos mandos (nuestras cabezas) y el líder sindical terminó convirtiendo nuestra corporación en una empresa dedicada a la venta de dulcecitos de amaranto.

Los tres directores fuimos degradados al puesto de obreros, o lo que es lo mismo a cocineros de dulcecitos de amaranto. Y nuestra promoción de ventas era la siguiente: si encuentras en tu dulcecito de amaranto un cabello humano (o de alguna otra especie viva), te regalamos otro dulcecito de amaranto.

La compañía quebró a la semana, sin embargo, todos nos graduamos con honores.

martes 7 de julio de 2009

El votante dubitativo


Enciendo la televisión y un periodista gordo (gordo como todos los periodistas campechanos que aparecen en la televisión y que no cesan de humillarme año tras año al vencerme en el premio estatal de periodismo) condena a todos los votantes que piensan votar en blanco.

-El voto es una obligación –dice otro periodista igualmente equivocado, mofletudo y dueño de un vientre de dimensiones escandalosas.

Entro a Internet y en el Facebook y en el Messenger cientos de cibernautas que creen ser mis amigos (nunca imaginé ser tan popular) me animan a votar mediante frases del tipo “¡VOTA azul, rojo, amarillo, verde, morado o cualquier color, pero vota!”

More...En la radio, consumados analistas políticos arengan a los radioescuchas a votar, sus palabras son tan profundas y sus voces tan graves que me hacen sentir culpable por el deseo que tengo de quedarme durmiendo en casa todo el domingo cuan largo es.

Llega el domingo. Pese a pronóstico, despierto temprano. Groseramente temprano gracias a un misterioso número que me envía un mensaje de texto al celular donde dice que hoy es día de elecciones y tengo que salir a votar. ¿Acaso para eso quería el Presidente de la República que registráramos todos nuestros números de celular ante gobernación, para recordarnos como niños de kinder que tenemos que salir a ejercer un derecho opcional que durante meses vienen diciéndonos por todos los medios de comunicación posibles que si no votamos somos unos ciudadanos desnaturalizados?

Andy Roddick y Roger Federer se van a un quinto y último set y llega otro mensaje de texto de otro número misterioso que me invita a votar, tal cual si intuyera que mi deseo es el de quedarme en casa toda la mañana viendo probablemente uno de los partidos más dramáticos y emocionantes de la historia de Wimbledon. Entonces imagino que soy Roger Federer, espigado, delgado, sobrio, un caballero, es decir, Roger Feder en toda la extensión de la palabra, no yo, porque ni en mis fantasías más osadas puedo imaginarme a la persona impresentable y mamarracha que soy sosteniendo un trofeo que me acredite como el número uno. Mi mente sabe la clase de buhardilla donde habita, un cuchitril oscuro, lleno de temores y de dudas. Un lugar poco fértil para la luz y la gloria.

Aparece una estadística en pantalla y descubro que Roger es un año menor que yo. Entonces, mi mente que es malvada, se pregunta qué hubiera pasado si desde pequeño me hubiera gustado el tenis tanto como ahora. ¿Acaso hubiera entrenado las horas que fueran necesarias hasta perfeccionar mi juego como el de Federer? Imposible, pienso, como Roger solo hay uno. Federer gana su decimoquinto título de Grand Slam y Woody Allen lo observa extasiado desde las butacas del graderío. Me imagino (con el cuerpo de Roger) dedicándole el triunfo a mi máximo ídolo, diciendo micrófono en mano:

-Señor Allen, este trofeo es para usted, gracias por regalarnos las películas más hermosas y divertidas del mundo. Por favor, no se muera nunca.

Otro mensaje de texto de otro número misterioso me saca de mis ensoñaciones. Vuelve a incitarme a votar. ¿Acaso debo votar?, me pregunto sin salir de mi hamaca. Y de hacerlo, ¿por quién debería votar? Lo ignoro, pero debo hacerlo por alguien, por quien sea, tal como me dijeron mis amigos cibernautas, los pantagruélicos periodistas de la televisión, los renombrados analistas políticos de la radio y los propios políticos aspirantes a algún escaño, de lo contario, sería yo una persona antidemocrática, funesta e inservible para mi patria.

Permanezco en posición horizontal y una interrogante asalta mi mente: ¿Debo votar por el partido perpetrado en el poder por casi una centuria, entregarles mi voto a esos señores que me han amenazado, censurado y negado sistemáticamente todo tipo de becas para dedicarme al desdichado oficio de las letras de tiempo completo; o quizás deba votar por el partido de ultraderecha cuyos acaudalados y empresarios seguidores un día (destilando alcohol en una fiesta) me ofrecieron una cuantiosa suma económica (y luego sabiamente olvidaron llamarme) para escribir los discursos de su candidato; o puede que deba votar por el partido ecológico (entiéndase el partido de las luminarias de Televisa) que aboga por la pena de muerte al animal más peligroso que habita en la Tierra (entiéndase el ser humano) y que entierra vivos a sus candidatos como semillas humanas en terrenos baldíos para que estos resuciten al tercer día cual Jesucristo convertidos en la mejor opción política; o por último, en los partidos de izquierda cuyos candidatos son empresarios o en su defecto unos indios analfabetos con machetes?

Pudo más el sentimiento de culpa. Un sentimiento de culpa del cual me arrepiento al verme flanqueado por gente sudorosa que ingenuamente creyó que nadie iría a las casillas de votación a la hora de más calor de la tarde.

Media hora después, entro goteando a la casilla. En un arrebato de irresponsabilidad ciudadana, anulo mi voto. Escribo en la boleta de gobernador, de diputado local y de diputado federal el nombre de mi candidato preferido, es decir, Don Perro. Simpático, sátiro y truhán canino de caricatura que inventó mi amigo escritor y caricaturista Juan Manuel García Magaña para satirizar y denunciar masivamente los usos y costumbres de la política campechana con una maestría propia de los genios.

En la última boleta, decido no ser del todo un ciudadano irresponsable. Para el puesto de presidente municipal voto por el papá de un buen amigo con el que me he emborrachado hasta el amanecer, intercambiado libros y compartido los mismos gustos en mujeres. Voto por ese señor de cabellera cana no porque haya ido a su casa a emborracharme y abusado de su hospitalidad, sino porque creo que es el candidato idóneo para gobernar una ciudad ingobernable. Además de que me prometí a mi mismo que votaría por el primer político que en sus cartelones que inundan los postes de las calles apareciera sin sonreír como un imbécil profesional. Sí, así de fácil puede ganarse mi voto un candidato.

Tacho con orgullo el nombre del papá de mi amigo y al salir de la casilla sospecho que lo he sentenciado a una derrota avasalladora porque es bien sabido que sobre mi cabeza pende una nube negra que suele ser contagiosa.

Regreso a casa. Para disipar mis malos presagios le pregunto a la muchacha si votó por el papá de mi amigo.

-El voto es secreto –dice.

-Anda, dime –suplico con ojos de cachorro-. No se lo voy a decir a nadie.

-Ay, Rodri, la verdad la verdad… -dice ella haciendo una pausa telenovelesca- no voté por el papá de ese su amigo.

-¿Por qué? –pregunto escandalizado.

-Pues la verdad la verdad, pues por pesado. Fue a mi colonia y fue el único que no quiso bailar reggaeton como los otros candidatos bien buenas gentes.

viernes 3 de julio de 2009

Llamadas de larga distancia

“Las madres perdonan siempre: han venido al mundo para eso.”
- Alejandro Dumas


Cuando mi teléfono celular suena y veo en la pantalla que es mamá quien llama, no puedo evitar ponerme tenso. Tengo pocos segundos para decidir si contesto o no antes de que se corte la llamada.

-¿Por qué nunca contestas cuando te llamo? -me reprocha mamá con voz entremezclada con tristeza y alegría cuando finalmente contesto a su tercera llamada del día.

More...Le explico que mi nuevo celular es una baratija, que cuando me llaman en vez de tocar un vertiginoso reggaetón como todos los teléfonos celulares del mundo que se dan a respetar, el mío vibra ligeramente y luego de medio minuto se digna a emitir una musiquilla (aun no logro descifrar el género al que pertenece) casi imperceptible para el oído humano.

Mamá de inmediato pregunta por el celular tan bonito que me regaló para mi cumpleaños.

Le respondo que lo perdí.

-¿Dónde? -pregunta ella.

Me arrepiento de haber contestado su llamada. Evado la pregunta preguntándole cómo va Bicho en la universidad, porque de confesarle cómo y dónde perdí el celular que me regaló hace cinco años (un milagro de la tecnología moderna que funcionase hasta antes de perderlo) conllevaría a un interrogatorio con un desenlace turbio y vergonzoso que prefiero evitarle.

-Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos -dice mamá orgullosa como si ella hubiese bajado los tres kilos.

Luego me reclama que por qué publiqué en el periódico ese escrito tan feo acerca de las modelos.

-¿Cuál, en el que le aconsejo a las adolescentes invertir su tiempo en los libros en vez de glorificar su cuerpo? -le pregunto.

-Sí -responde mamá y me confiesa que tuvo que esconder el periódico para que mi hermana no leyera esas cosas horripilantes que escribí.

Le digo a mamá que no debería tomarse esas molestias, que mi hermana, a diferencia de algunos de sus compañeros de escuela, es lo suficientemente inteligente para llenar las horas de su día en actividades más productivas que leer mi columna en el periódico y/o entrar a mi página de Internet a leer todos esos escritos indignos para los ojos de una estudiante de ciencias de la comunicación. También le agradecí su diligente esfuerzo por impedir a toda costa (en la medida de sus posibilidades) que su querido hermano la mal aconsejara con sus ideas disipadas, al punto de casi convencerla de que querer ser la futura Reina de Belleza de México es la meta más superficial y vacía a la que puede aspirar una mujer.

-Rodrigo, ahora sí me has metido en un buen lío -me dice mamá cambiando diametralmente de tema con una frialdad que logra helarme la sangre.

Su voz es tan seria que se le quiebra al hablar. Me contagia su seriedad y el corazón se me estruja y hago un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma, o al menos para aparentarla.

-¿Ahora qué hice? -pregunto con resignación, porque cada vez es más rutinaria esta pregunta.

Mamá me explica que sus amigas (muy consternadas) le han contado que en Internet anda circulando un escrito mío donde pongo cosas terribles de un sacerdote muy amigo suyo.

-No sé de qué escrito me hablas -le digo.

-Uno que dice cosas muy feas -dice mamá.

Le explico que todos mis escritos son muy feos, al menos para el recatado y católico paladar de sus amigas. Ella de inmediato se molesta porque no le gusta que hable mal de sus amigas, y me pide por favor que borre ese mail de Internet porque puedo meterla en muchos problemas.

Respiro profundo e intento explicarle que es imposible borrar algo que se haya subido a Internet.

-¿Qué es eso de subir? -pregunta mamá totalmente confundida.

Recuerdo que mamá en su vida ha tocado una computadora, así que la salida más coherente es decirle que la próxima vez que una de sus amigas o el obispo o el sacerdote que tanto la frecuenta le hable de uno de mis escritos, por favor les diga que su segundo hijo falleció hace algunos años. Que murió en la carretera el día que abandonó su casa para irse a vivir a otra ciudad, y que quien escribe esos pecaminosos y traviesos escritos es un escritor con el mismo nombre y apellido que el de su fallecido hijo. Coincidencias de la vida.

-No mi vida, no digas esas cosas horribles -me dice mamá con ternura.

Luego, como por arte de magia su voz se vuelve dulce y alegre y me pide que le cuente los detalles de la vida que llevo en esa ciudad tan bonita donde vivo y donde ella vivió en su infancia.

Le platico que mi vida es muy aburrida porque todo el día me la paso escribiendo. Ella me felicita y me dice que mis esfuerzos pronto rendirán sus frutos cuando los jueces me den alguno de los premios que cada año se ganan mis famosos amigos escritores. Le digo que tengo que colgar porque le va a salir en un ojo de la cara la llamada. Ella me dice que no me preocupe, que sus ojos se quedan en su sitio, pues gracias al maravilloso plan telefónico que contrató le salen gratis las llamadas a mi número.

Ambos nos quedamos en silencio.

Los segundos se vuelven interminables.

-Te quiero mucho, bebé -rompe el silencio mamá.

-Yo también -le digo.

-Adiós -dice ella.

-Adiós -digo yo y cuelgo.

lunes 29 de junio de 2009

Bicho es una Reina


Bicho es la mujer más hermosa del mundo. En mi familia, todos los saben. En especial mamá. Sin embargo, mamá necesita ver una corona de piedras preciosas de fantasía sobre la cabeza de su hija, símbolo inequívoco de la belleza máxima.

-¿Así vas a ir vestido? –pregunta incrédula al verme llegar a casa en jeans.

-Mamá, déjalo –dice Bicho, mi defensora.

Bicho se abalanza sobre mí.

-No te puedo besar –me dice-. Acaban de maquillarme.

-¡Nena, tu vestido! –dice mamá horrorizada.

Bicho se separa de mí y se alisa el vestido para dejarlo impoluto de arrugas.

More...Aparece P.

-¡Muñequita, estás preciosa!

Mamá inflama el pecho orgullosa.

P saca la cámara.

-Actitud pandilleril, preciosa –dice.

Bicho retuerce sus larguísimas extremidades superiores, encorva la espalda, flexiona las rodillas, tuerce la boca y frunce el ceño como un ruda negrata del Bronx.

Clic.

-¡Otra Bichito! ¡Otra! –exige P emocionado-. Ahora más pandilleril, como cuando eras niña.

-¡Anabel del Socorro! –dice mamá ofuscada-. Nada de fotos. Ahora eres Nuestra Belleza Yucatán. Compórtate.

Bicho sonríe. Una sonrisa enorme.

-Foto, foto –dice P apuntando con la cámara-. Foto de Miss.

Bicho endereza la columna vertebral, pone los brazos en jarras, las manos apoyadas en la cintura ligeramente ladeada, estira el cuello como un cisne inmaculado y sorpresivamente descubro que por primera vez en su vida es más alta que yo.

-Rodrigo, quítate –ordena mamá.

Clic.

Llegamos a una hacienda. En el enorme jardín hay desperdigados cojines blancos como en esos bares lounge minimalistas. A lo lejos, bajo unas carpas blancas, una decena de meseros vestidos de blanco sirven coca-colas y preparan cócteles multicolores.

El batallón de personas que es mi familia tomamos asiento.

-Una cuba –dice R.

-No hay cubas, señor, solo cócteles –dice el mesero.

Se escandaliza R. Me escandalizo yo. También mi hermano. Igual P y N y L y C.

-A mí tráigame un cóctel de maracuyá –dice la esposa de mi hermano.

Resignados, todos pedimos cócteles de diversas frutas mariconas.

Media hora después el mesero aparece.

-Esto no tiene alcohol –dice indignado R.

-Señor, todas las bebidas tienen alcohol –se defiende el mesero.

R sorbe de nuevo su cóctel de fruta maricona.

-¿Qué le echaste? –pregunta R- ¿Es Bacardí?

-Sí, señor –dice el mesero.

-¿No que no tenías cubas?

-En efecto, señor, no hay cubas.

-Tráeme una coca-cola –dice R-, pero eso sí, échale Bacardí.

-Nos prohibieron servir alcohol, señor –se excusa el mesero-, solo en los cócteles.

Mamá, que camina como leona enjaulada por todo lo largo y ancho del jardín, maldice al cielo con los puños levantados.

Se desata una lluvia.

Todos corremos a protegernos debajo de las carpas blancas donde sirven los cócteles y las coca-colas.

R llama a nuestro mesero, le susurra algo al oído y le extiende discretamente un billete.

Cesa la lluvia. Regresamos a nuestros asientos mojados. Inicia el evento.

-Agradecemos la presencia de la gobernadora del Estado –dice el conductor del evento.

Un achichincle de la gobernadora se levanta a saludar al público desde la primera fila, pues al parecer la señora de la cabeza descomunal y maquillada con toneladas de polvos tuvo cosas más importantes que hacer, como por ejemplo viajar a Campeche para apoyar al candidato de su partido rumbo a la gobernación.

Todos rompen en aplausos como si el achichincle fuese la gobernadora.

El conductor presenta una a una a las personalidades que nos acompañan. Las personalidades, una a una se levantan de sus asientos y saludan al público.

-¿Quién es ese travesti? –pregunta mi hermano.

-Sht, cállate –dice su esposa-. Es Lupita Jones, la que fue Miss Universo.

Se encienden las luces del escenario.

-Con ustedes, Nuestra Belleza infantil –dice el conductor.

Aparece una niña de nueve años, camina sobre el entarimado al ritmo de la canción Mundo de caramelo, esperpéntica telenovela infantil de Televisa.

-Ella es una niña muy buena –dice el conductor-. Muy aplicada, sus calificaciones son de nueve y diez.

La niña camina con desenvoltura. Sonriendo.

-Esta hermosa pequeñita será quien nos represente en Nuestra Belleza infantil en el concurso nacional –dice el conductor.

Quedo pasmado.

-No sabía que habían concursos infantiles –dice L leyéndome el pensamiento.

-Tampoco yo –dice N.

-Pues yo sí me la echo al plato –dice R.

-Eres un asco –dice la novia de R.

-Me pregunto quiénes serán los jueces de esos concursos infantiles –dice mi hermano.

-Me pregunto dónde estará el chingado mesero –dice R.

-A ella le gusta la picsa y los dulces –dice el conductor del evento.

Pum. Se va la luz.

-¡Aaahhh! –exclama compungido el público al unísono.

Todo queda en penumbra.

-Señor, aquí tiene la botella –susurra una voz-. Aproveche esconderla bajo la mesa ahora que desenchufé la luz.

La luz vuelve. La figura de una aterrada niña se materializa sobre el escenario. El conductor vuelve a recitar toda su biografía desde el principio. La niña imposta su mejor sonrisa y vuelve a la carga en su pasarela mientras menea su imberbe culito. El mesero regresa a nuestra mesa con una bandeja llena de coca-colas.

-Miren, ahí está Bicho –dice emocionada mi cuñada.

-¿Dónde? –pregunta R.

- Ahí, justo ahí, borracho –dice su novia.

El público rompe en aplausos. Bicho hace su pasarela con un vestido de manta que le deja al descubierto un vientre liso, recompensa de cientos de horas en el gimnasio y una estricta dieta de aire y vegetales. Por un instante no reconozco a ese hembrón que se pavonea por el escenario al ritmo de Single ladies, de Beyoncé.

De reojo veo petrificado como una estatua a mi cuñado, sentado en una mesa con sus papás. Me cruza por la cabeza llevarle una cuba bien cargada. La va a necesitar.

-Es el momento que esperábamos todos los caballeros –dice el conductor.

Bicho aparece en traje de baño. Por fortuna estoy borracho, pero no tanto como para subirme al escenario y romperle el hocico al conductor que dice:

-¡Mírenla! Con el traje de baño se pueden apreciar mejor sus formas.

En casa de mi hermano hacemos una fiesta (o mejor dicho, continuamos la borrachera) para celebrar a Bicho sin importar que ella no esté presente. Mientras nos emborrachamos, en un restaurante de lujo, Bicho firma el contrato que la convierte en la máxima soberana de belleza del Estado.

A la mañana siguiente, con una resaca de los mil demonios, en el café de un centro comercial, Bicho, más guapa que nunca, con mirada melancólica me dice como quien no quiere la cosa que una de las reglas más importantes de su contrato es nunca aparecer en público mascando chicle o drogada o ebria, pero en especial, nunca jamás aparecer con personas de dudosa reputación.

El mesero trae la cuenta. Bicho abre su bolso. Le digo que yo invito. Ella me dice que me quiere mucho. Pago el café. Probablemente el último café que podré tomar con mi hermanita.

viernes 26 de junio de 2009

No sabes quién fue

“Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre.”
- Enrique Jardiel Poncela


Uno que es nostálgico de corazón, como era de esperarse, termina por sucumbir a la nostalgia. Ni manera. Es lo que hay. Incluso cayendo (mi memoria impidió que cayera) en la ridiculez de escribir de papá precisamente el Día del Padre, ese día que inventaron los fenicios modernos (al igual que el Día de la Sonrisa, el Día del Borrego Cimarrón, el Día del Fantasma Bubulín, etcétera) para que corramos a sus tiendas a comprar baratija y media para que no se nos ofendan los imbéciles que tienden a ofenderse si no les regalas algo en su día, pues no hay que olvidar que en este mundo tan moderno, el tamaño o costo del presente que uno entrega es sinónimo del cariño y/o afecto que se siente por el festejado.

More...El punto es que este escrito lo tenía reservado para publicarlo el Día del Padre, pero, ¡oh, sorpresa!, el domingo pasado cuando mi tío (que también es mi padrino, y ha fungido más de la cuenta con la definición de esa hermosa palabra) se me quedó observando raro cuando lo saludé sin el mayor aspaviento para seguir jugando con mi primo Pepe a ver quien era el primero en encontrarle parecido a la mayor cantidad de jugadores de la selección de Turquía de fútbol con amigos y/o conocidos de la infancia y la actualidad, descubrí con horror que el Día del Padre no se celebraba el último domingo del mes como yo pensaba:

-Doctor, le llama su sobrino Lalo de Mérida para felicitarlo por el Día del Padre -le informaron.

En otras circunstancias me hubiera avergonzado de mi falta de memoria y/o consideración. Sin embargo, en esta sociedad tan políticamente correcta, a uno le pasan por alto este tipo de deslices, al menos si eres huérfano de padre como yo. Uy, pobrecito, su papá se murió, el pobre infeliz, para no sufrir al tener que regalar pañuelos, calcetines y rastrillos para rasurar, se autobloquea olvidando que el Día del Padre se celebra el tercer domingo del mes de junio (como todo el mundo sabe) y no el último domingo del mes, siempre y cuando, ojo al dato, sea año bisiesto y una noche antes haya habido luna en cuarto menguante con la osa mayor apuntando con la cola al suroeste.

En lo personal, me cuadra perfecto que se compadezcan de mí, sobre todo la gente que apenas conozco, que pone cara de confusión cuando me preguntan a qué oficio se dedica mi papá y yo les respondo que a picar piedras en el Infierno porque mi papá se murió hace años, y luego disfruto como cerdo con mazorca verlos poner su mejor cara de tristeza al estilo Fernando Colunga en telenovela de Televisa cuando me dicen que lo sienten mucho, aunque en realidad no sea así porque nunca conocieron a mi papá ni tampoco qué tipo de persona fue en vida.

A decir verdad, ni siquiera yo sé quién fue mi papá.

-Tú no sabes quién fue papá -me dice mi hermano con un dejo de resentimiento en la voz.

-Tú no sabes quién fue tu papá -me dice mamá con los ojos tristes.

-Me hubiera gustado conocer más a papá -me dice con ternura mi hermana menor.

-Muchacho, no sabes que clase de persona fue tu papá -me dijo un hombre que en mi vida había visto, de aspecto rudo y manos callosas de mecánico, al estrechar mi mano a la salida del funeral de mi papá.

Supongo que papá fue muchos hombres en la vida, como todos. Alguien que le heredó una empresa en números rojos a su hijo mayor. Alguien que nunca se dio por enterado de que se sacó la lotería al casarse con una mujer con dentadura de caballo. Alguien que le rompió el corazón a una niña que estaba enamorada de él. Alguien quien le salvó el pellejo a un hombre que viajó sabrá Dios cuantos kilómetros para decirme en persona que no sé quien fue mi papá.

lunes 22 de junio de 2009

Fui yo... ¿y qué? (II)

“Cada país tiene el gobierno que merece.”
- Joseph Marie de Maistre


Quien crea, asuma o sueñe que somos un país en vías del primer mundo, vaya viendo a mis vecinos, esos lords campechanos practicantes de las buenas maneras y formas que engrandecen a nuestra patria.

Los cavernícolas de la casa de junto son la representación más fiel de lo que en México se conoce como un buen ciudadano.

-¡Hola, vecino! -me saluda con una ancha sonrisa en el rostro la vieja chancluda eternamente disfrazada de Doña Florinda (mandil y tubos de color rosa en la cabeza) cada que se me cruza por delante.

-Vecina, ¿sería tan amable de mover su coche? -le digo, intentando aparentar ser un hombre civilizado.

More...Previos quince minutos de espera, un cromagnon en camiseta sport y shorts del América sale para mover el automóvil que se le ocurrió como todos los días estacionar en la salida y/o entrada de mi cochera.

El siguiente obstáculo a vencer es que la casa está ubicada en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, y al parecer todos los conductores traen una prisa maldita por llegar a su destino, y a ninguno se le atraviesa por la mente ceder el paso de manera cívica para permitirme abandonar el garaje.

-Échales la lámina –me susurra una vocecilla y me aborda el recuerdo de un amigo defeño que todo lo solucionaba aventando el Tsuru a los conductores que osaban pasar por enfrente de él cuando se nos hacía tarde para llegar al destino que fuere.

Me persigno y encomiendo a todos los santos. Meto la revesa. Piso el acelerador a fondo. Ocurre el milagro. Abandono finalmente la cochera en medio de un mar cláxones.

Semáforo en rojo. Por fortuna tengo preferencia para doblar a la derecha, sin embargo, un camión de pasaje ha tenido la brillante idea de detenerse, bloqueando la circulación para recoger a unos jóvenes de cabellos alborotados. Antes de abordar, uno de ellos escupe en el pavimento su chicle con la gracia de un mono de zoológico. La larga fila de vehículos que se encuentra detrás del mí hace de mi conocimiento su inconformidad descargando otra lluvia de claxonazos que me crispa los nervios. La escandalera es tal que empiezo a sentirme culpable, como si yo fuera el chofer del camión que decidió romper 30 leyes de tránsito en un solo segundo.

-Duro el calor, verdad güero -me dice el amo y señor de la esquina, un gordo mugriento de lo más simpático que se gana la vida fingiendo locura, pues el gordinflón está más cuerdo que Freud, pero el desempleo y el hambre son tantas que tiene que bailar en la esquina, interpretando con maestría la cumbia que esté de moda en la radio al tiempo que agita unas botellas de plástico cargadas de aguas negras que vierte en los parabrisas de los incautos automovilistas que no pueden más que ahuyentarlo entregándole un par de monedas a cambio de que los deje permanecer con el vehículo limpio.

Con alivio y con el coche hecho un asco por no cargar con monedas compruebo que estoy a tiempo de llegar al cine. Decido bajar la velocidad y disfrutar un poco de la hermosa vista del malecón. Al instante soy secuestrado en todos los pasos peatonales por jóvenes y botargas que me inundan de panfletos, calcomanías y gritos de que vote por una serie interminable de diputados y senadores. Intento arrollarlos, pero los muy desgraciados, como si hubiesen sido adiestrados por Mahatma Gandhi, logran detener mi volcho formando una muralla humana.

-No gracias, no gracias -intento sin éxito decirles que no me interesa en lo más mínimo recibir propaganda partidista.

Ignorado, intento subir las ventanillas para no morir ahogado en una avalancha de papeles que arrojan al interior del vehículo. Los propagandistas anticipan mis movimientos, formando una montaña de basura de proporciones escandalosas a mi alrededor. Acelero. Metros más adelante se repite la operación: paso peatonal PRD, un kilo de basura; paso peatonal PRI, otro kilo de basura; paso peatonal PAN, otro kilo más de basura, y así hasta llegar al parque de Moch Cohuó, donde logro sacar la cabeza por la ventanilla para jalar un poco de aire hacia mis pulmones y ante mis ojos aparece una mano. Un candidato a diputado federal con una ancha sonrisa me extiende su mano diciéndome que cuenta con mi voto, y yo sólo puedo pensar en decirle que vaya contando los dientes que le voy a tirar cuando le rompa toda la boca si no mueve de enfrente su rolliza humanidad para que pueda llegar a tiempo al cine.

Llego al cine. Delante de mí sólo hay diez personas, a pesar de ser un estreno mundial. Al parecer a todos los cinéfilos se les ha hecho tarde gracias al vía crucis malecónpartidista, sin embargo, el problema radica en que también se le ha hecho tarde al sujeto encargado de abrir la puerta de la sala porque los once que llegamos a tiempo llevamos más de quince minutos esperando que nos dejen ingresar para tomar asiento.

Una multitud aparece sorpresivamente. El encargado de abrir la puerta de la sala no aparece y la cosa se vuelve un pandemonio. Alguien sugiere tímidamente que se respete la fila, pero de inmediato es mandado a callar en mitad de improperios. La masa humana empieza a empujarse unos contra otros. El cintillo que impide el ingreso a la sala es repentinamente removido y la gente corre como un hato de bestias desbocadas al interior de la sala. Quienes llegamos primero somos aplastados por una horda de salvajes pulcramente vestidos que nos empujan, patean y pisan.

-No es justo -dice una señora con el cabello revuelto que fue a parar al suelo.

Manejo a casa con un dolor infernal de cabeza. El único lugar del que pude hacerme fue una milagrosa butaca de la primera fila, misma que tuve que ganar literalmente con uñas y dientes pues los genios del cine decidieron vender más boletos de los permitidos por las butacas.

Atravieso el malecón en medio de un chiquero de papeles que tapizan las calles hasta llegar a casa para toparme con la buena nueva que los vecinos han dejado estacionado su coche nuevamente en la entrada de mi cochera. Vecinos que años atrás decidieron emprender un lucrativo negocio de pavos, criando a los plumíferos en su jardín trasero e importándoles muy poco dejar oliendo a mierda toda la cuadra. Mismos vecinos emprendedores que otro día montaron una taquería en su garaje sin preguntarnos si nos parecía buena idea oler a cebolla y a carne asada todas las noches. Vecinos que decidieron que era un buen momento para asesinar al árbol de mangos de más de veinte años que tenían en el jardín, teniendo el bello detalle de dejarlo caer del otro lado de su casa, o sea, sobre nuestra tubería de agua. Vecinos que salen cada noche con su afable sonrisita diciéndome:

-Hola vecino, fui yo... ¿y qué?

viernes 19 de junio de 2009

Una deliciosa mentira

“Toda mentira de importancia necesita un detalle circunstancial para ser creída.”
- Prosper Mérimée


Esta semana continuaremos con las mentiras deliciosas. Y no vaya usted a creer que esta columna se ha convertido en una glorificación de la mentira, no señor, es solo que hay días en los que vale la pena ir al baúl de los recuerdos, abrirlo y sacar una de ellas, desempolvarla y luego admirarla con cariño y orgullo como quien mira, luego de salvar el pellejo hace muchos años, una medalla ganada en la guerra, con coraje, justicia y honor.

Era el último día de clase en mi primer semestre en la universidad. Y cuando digo último me refiero literalmente a mi último día en la universidad porque tenía claro que me echarían de la escuela si no aprobaba el examen que tenía sobre mi pupitre. Faltaban tres cuartos de hora para que el maestro de matemáticas recogiera el examen y el mío estaba en blanco. Es decir, no había resuelto ni un sólo problema matemático. Cuando era niño y esto me ocurría, llenaba con los primeros números que me venían a la cabeza los resultados de las operaciones; con este método ingenuamente creía que la maestra se apiadaría de mí, pues al menos no había dejado en blanco la hoja.

More...Miré mi reloj y supe que tenía que actuar. Ignoraba la situación de mis demás compañeros, pero la mía era gravísima. Al estudiar en una universidad pública sólo tenía derecho a reprobar dos materias el primer semestre (cuota que ya tenía cubierta sin contar la materia de matemáticas). De reprobar más de la cantidad estipulada sería expulsado de la institución.

El maestro de matemáticas era un sujeto sin cuello, barrigón, moreno y feo como una cucaracha. Durante todo el semestre su mayor placer era contarnos historias de él y de su familia, en especial una en la que su hijo mayor anhelaba con todas sus fuerzas entrar al corporativo de una empresa transnacional. Pocas veces nos enseñaba algo de matemáticas, hecho que nos daba gran placer a la mayoría de los alumnos pues odiábamos las matemáticas. Otros maestros y alumnos de semestres avanzados decían que el maestro de matemáticas era un corrupto. Sin embargo, el maestro era tan feo e intimidaba tanto con su voz ronca que ni uno de nosotros se atrevió nunca si quiera a sugerirle una oferta monetaria para aprobar sus exámenes. Quizás por ello el maestro cada día parecía estar de peor humor y complicaba más y más sus exámenes. Un día el examen fue tan complicado que la mayoría hubiera reprobado de no ser porque un amigo de otro salón me dio las respuestas del examen, y yo que era un perfecto imbécil me apiadé de mis compañeros y les pasé un papelito con ellas.

Al día siguiente el maestro nos miró furioso (era evidente que todo el salón, sin excepción, habíamos sacado 10) y escribió en la pizarra los problemas del examen que habíamos presentado. Con mirada virulenta señaló al azar a un par de alumnos para que los resolvieran pero estos, temblando de miedo, ni siquiera se atrevieron a salir de sus asientos.

-Están fritos -dijo el maestro relamiéndose el labio superior e hizo una anotación en una carpeta donde guardaba la lista de asistencia con nuestros nombres.

Luego señaló con el dedo a Bibiana para que pasara al frente, y para mi sorpresa (y para la de todos, porque Bibiana no sabía sumar dos más dos) con mucho garbo y tiento pasó al frente, tomó la tiza y cuando estaba apunto de escribir sabrá Dios que barbaridad en la pizarra el profesor la detuvo.

-¡¿Cómo?! -exclamó Bibiana.

-Lo que oíste, tienes diez -dijo el maestro.

No pude reprimir una corrosiva envidia por mi amiga, aunque en su lugar, yo me hubiera quedado en mi asiento, muerto de miedo como los otros dos pobres diablos recién sentenciados.

-Tú -dijo el profesor señalando con su rechoncho y moreno dedo acusador.

Sin dar crédito me convertí en el protagonista de una terrible pesadilla al ver que el rechoncho y moreno dedo acusador del maestro me señalaba.

-¿Yo? -atiné a balbucear congelado del terror en mi asiento.

-Sí, tú -dijo el maestro disfrutando la escena y cuando vio que intentaba ponerme de pie para ir a la pizarra, con un gesto despótico de la mano me dijo que me quedara sentado.

El maestro señaló otro problema que estaba escrito en la pizarra y me pidió que le diera la respuesta desde mi asiento. Entorné los ojos como si mi cerebro estuviera trabajando en un complejo acertijo, pero la realidad era que mi mente estaba en blanco. Sólo un milagro podía salvarme luego de que aquel dictador tropical me dijera con voz burlona que la ecuación era tan simple que hasta un niño podría resolverla. Y el milagro ocurrió. Justo a mis espaldas.

-Treinta mil quinientos -susurró una voz milagrosa.

Y acto seguido, repetí en voz alta:

-Treinta mil quinientos.

El profesor estalló en risa meneando su enorme vientre de sapo de pantano y luego de decir que estaba frito (y que la respuesta era cinco) escribió algo en la hoja de su carpeta.

-Peor es nada -me susurró a las espaldas mi amigo Isidro, el estudiante más flojo de la clase e hijo de uno de los profesores más respetados de la universidad.

Al final del semestre la mayoría del salón había reprobado matemáticas. Así que cuando el maestro dijo que nos haría un examen final como muestra de su magnanimidad para que algunos pocos se salvaran, muchos nos ilusionamos aunque en el fondo sabíamos que sólo estábamos postergando lo inevitable: todos reprobaríamos pues nadie entendía nada de la materia.

-Maestro, tengo un problema -le dije al maestro que se sorprendió al verme de pie delante de su escritorio el día del examen final.

A lo largo de mi vida escolar crecí rodeado de buenas y malas compañías, y de estas últimas aprendí algo: mientras menos hables mejor. Mis palabras fueron firmes.

-Mi abuelo esta moribundo y yo he estado a su cuidado -mentí y en el fondo de mi ser le pedí disculpas a mi moribundo abuelo para que cuando muriese no me jalara los pies en las noches, ya que nunca cuidaba demasiado de él.

El maestro me observó con ojos imperturbables. Mi examen estaba en blanco y sólo un niño ingenuo podría creer que una excusa como la del abuelito moribundo podía salvarte el pellejo, así que se lo solté directo, justo frente a su cara de batracio de aguas puercas:

-Mi tío, el hijo de mi moribundo abuelo (al que yo cuido), es el director de recursos humanos del corporativo al que su hijo quiere entrar a trabajar, si me diera una tarjeta o su teléfono… yo podría ayudarle.

Esas fueron mis palabras textuales y no me avergüenzo de ellas. El mundo es un lugar sucio y a la suciedad la combates con suciedad, sobre todo cuando se da la combinación entre dos personas que saben que no tienen nada que perder (a esas alturas comprendí que no tenía nada que perder) y mucho por ganar. El maestro me pidió mi apellido y al buscarlo en la hoja de su carpeta se sorprendió al descubrir que a un costado de mi nombre aparecía un travieso asterisco.

-¿Qué será ese asterisco? -susurró rascándose la cabezota.

-Una tarea que le entregué tarde –inventé sin vacilar.

El maestro dudó un segundo y luego sacó una tarjeta de su cartera y me la entregó.

-Te agradecería mucho si me hicieras ese favor -dijo.

-Délo por hecho -dije yo estrechando su regordeta y sucia mano.

Esa misma tarde el maestro tenía que entregar calificaciones a la dirección, así fue que ante la mirada atónita de mis compañeros (ni Einstein hubiera terminado tan rápido el examen) abandoné el salón con la conciencia tranquila y con la certeza de que nadie, ni el más corrupto y vil de los maestros, me impediría graduarme de esa espantosa pero brutalmente educativa universidad donde me matriculé para intentar ser alguien en la vida.