domingo, 26 de agosto de 2012

El oficio ingrato (o una posición imaginaria)



Un gran portero se hace comiéndose 400 goles, siempre que no sean en el mismo campeonato.”

- Amadeo Carrizo

 
Se piensa que el F.C. Barcelona lo que debería implementar en su brillante esquema futbolístico es habilitar otro defensa (brasileño, de preferencia) en vez del guardameta; total, si eres portero culé tendrás más acción con los pies que con las manos.  

¿Acaso es en extremo exagerado este pensamiento?

A ojo de buen cubero, sin temor a equivocarnos, podríamos afirmar que en el último lustro la posesión del esférico en el equipo blaugrana ronda arriba del 60%, casi peinando el 70%. Sabiendo esto, habría que plantearse las siguientes interrogantes: ¿cuántos disparos realizan los rivales del Barcelona si solo tienen la posesión del balón un treinta y pocos porciento? Viéndonos generosos, digamos que una decena. De esos 10 disparos, ¿cuántos van en dirección hacia la portería? Pongamos que un tercio. Ahora bien, de esos 3 tiros, ¿cuántos van angulados, es decir, con trayectoria de verdadero peligro?

Más claro ni el agua, dirán. Piqué, Puyol, Mascherano y compañía (Adriano en especial) lo que necesitan con urgencia es tener la certeza de que al retrasar el balón dentro de su área lo recibirán de vuelta en los pies. Traducción: los catalanes deberían ponerle los guantes al primer carioca que se encuentren perdido en Las Ramblas.

Esta diatriba naturalmente viene a cuento luego de lo acontecido el jueves pasado en el partido de ida de la Supercopa española. Barcelona aplasta al Madrid 3 a 1, y todavía Messi se da el lujo de no humillar más de la cuenta a sus acérrimos rivales con un lapidario cuarto gol que concrete la goleada y extinga en los aficionados el deseo de encender el televisor la próxima semana para ver el partido de vuelta; entonces, en fracciones de segundo los catalanes vuelven a tener la pelota (siempre la tienen) y el defensa Adriano retrasa el balón a su guardameta, Valdés se relame los bigotes, le viene un ataque de creatividad, decide hacerle una finta a lo René Higuita a uno de los mejores delanteros del mundo, ni más ni menos que a Ángel Di María.

El desenlace todos lo vimos. 3 a 2 el resultado final. Los encabezados de los periódicos masacran al pobre portero catalán. Se mofan de él. Cuestionan su calidad. Despiertan fantasmas del pasado. ¿Necesita el Barcelona un nuevo (o mejor dicho, un buen) portero? El eterno debate desde 1994 tras la salida de Andoni Zubizarreta, aquel largo guardameta con la agilidad y reflejos de un árbol muerto, discapacidad motriz que no fue impedimento para ser el elegido de resguardar el arco de la Selección española en 126 partidos internacionales (incluidas 4 Copas del Mundo y 2 Eurocopas). 

Antes de responder a esta pregunta, hagamos un ejercicio de empatía. Por unos segundos imaginemos jugar para el mejor equipo del mundo, probablemente de la historia. Imaginemos ser titulares indiscutibles y que nadie nos reconozca por la calle cuando vestimos de civiles. Imaginemos ganar 5 trofeos al portero menos goleado de la liga (4 de ellos consecutivos). Imaginemos entrenar como locos todos los días, atajando los disparos de los mejores futbolistas del mundo, para que luego llegue el fin de semana y nos convirtamos en un espectador más en el estadio.

Mi humilde opinión: Víctor Valdés es el mejor guardameta del mundo, incluso mejor que Iker Casillas; la única diferencia entre ambos es que Iker puede mostrar sus habilidades de portero todos los fines de semana, a él sí que le disparan de la cintura para arriba (en especial cuando juega contra el Barcelona).

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Te ha faltado comentar el partido de vuelta. Jajaja.

Rodrigo Solís dijo...

No hace falta, el partido de vuelta fue la prueba irrefutable de que tengo razón. Abrazo,

samuel espinosa dijo...

Todo bien, salvo esa aberración de decir que Di María es uno de los mejores delanteros del mundo. Ahí sí que hubo exceso de píldora, Rodrigo.

Karate Pig dijo...

seeee... coincido con espinosa... debería llamarse Di Mentira