viernes, 26 de septiembre de 2008

El día que volvió la gloria


“Utiliza en la vida los talentos que poseas: el bosque estaría muy silencioso si sólo cantasen los pájaros que mejor cantan.”
- Henry Van Dyke


Hubo un tiempo en que el público no podía resistir el impulso de aplaudirme cuando me veía sobre un escenario. Tenía seis años de edad: desgarbado, cabellera repleta de caireles dorados, vista de halcón y nervios de acero como los del cobrador oficial de penaltis de la Selección alemana de fútbol. Ese era yo, el niño prodigio que hacía correr el rimel de los ojos de centenares de madres ricachonas y sentimentales que me escuchaban desde el filo de sus butacas en uno de tantos eventos que organizaba el Instituto de los Millonarios de Cristo.

More...Mamá era la mamá más orgullosa del planeta: tenía por hijo a un campeón de la declamación. Día de las Madres, Día de la Raza, Día del Nacimiento del Niño Jesús, Día de los Muertos, Día de los Niños Héroes, Día de la Virgencita de Guadalupe, Día de los Pitufos, o cualquier otro día que se te venga a la mente, yo era el indicado para enchinar la piel hasta al ser de más duro corazón.

En el instituto, las misses no me bajaban de premio Nobel en un futuro no muy lejano. Mi carrera meteórica a la fama sería la siguiente: licenciatura en la Anahuác, maestría en Cambridge y, de regreso al país, la Presidencia de la República, o al menos, funcionario de algún partido político. Sin embargo, la vida me tenía reservado otros planes: una crisis económica familiar, la adolescencia plagada de barros y espinillas, y mi expulsión del Instituto de los Millonarios de Cristo me resumieron a un patético y silencioso hombrecillo.

-Solís, tu turno -dijo la maestra de español.

Oh, sí. De un sopetón mi vida había cambiado. En la escuela católica mixta donde me matriculó mamá, a las maestras no se les llamaba por ese calificativo tan elegante de “misses”. No señor, a las maestras se les llamaba maestras, y ni por asomo se les cruzaba por la cabeza que yo podría ganar un premio Nobel, o tan siquiera llegar a ser alguien en la vida. “Puedes tomarte todo tu tiempo, señor Solís”, decía la impaciente mirada de la maestra al observar con sus redondos ojos de sapo cómo me levantaba lentamente del asiento después de cerrar un libro que fingía leer. La maestra de español era una mujer de carnes infladas y duras como las de un berraco; una mujer que en otros tiempos estuvo encerrada en un convento de monjas o algo por el estilo, según nos confesó un día el maestro de artísticas para luego hacernos jurar por nuestras santas madres que nunca revelaríamos lo que acababa de confiarnos. “Que tonta, allí encerrada no iba faltarle cura (o monja) desesperado que le hiciera el favor”, agregó el maestro mientras le calificaba a Miguel un dibujo francamente espantoso de algo que parecía ser una maceta llena de flores al tiempo que se le escapaba una mirada furtiva a la entrepierna de su alumno. “Hermoso Miguel, hermoso”, dijo el profesor.

-Puedes tomarte todo tu tiempo, señor Solís –dijo la maestra de español, esta vez asegurándose de que sus pensamientos se escucharan hasta el fondo del salón, lugar desde donde intentaba paralizar el tiempo con la mente, para no tener que pasar al frente a recitar una estúpida poesía que nos había marcado de tarea.

Con pasos perezosos, como si tuviese grilletes amarrados a ambos tobillos, me deslicé lo más lento que pude entre dos filas de pupitres ocupados por alumnos que no se tomaban ni siquiera la molestia de mirarme. En ese entonces era un joven intrascendente, de los que ni siquiera llegan al grado de ser calificados como perdedores. Era de esos personajes silenciosos e invisibles que intentaban mimetizarse con las paredes para pasar inadvertidos. De esos alumnos por quienes al profesor no le tiembla la mano a la hora de asentar un siete u ocho, es decir, una nota ni buena ni mala, porque sabe de antemano que el alumno no irá a lloriquearle a su cubículo para que le suba la calificación y sus padres puedan sentirse orgullosos del pobre infeliz. En todo eso pensaba de camino al frente del salón, sobre todo en el dolor que debía sentir mamá (sus ojos eran demasiado transparentes) al mirarme cada mañana de soslayo en el asiento de copiloto de su automóvil cuando me llevaba al colegio y se preguntaba secretamente qué le había ocurrido a su pequeño retoño en el proceso de la adolescencia que esfumó todo su talento y sus blondos rizos para dejar al final del camino a un larguirucho cuatro ojos adicto al Clearasil.

Fue entonces, justo en ese instante, delante de todos mis compañeros de clase, que decidí mandar al diablo la poesía que tenía prevista, El Seminarista de los ojos negros, para recurrir a uno de mis clásicos que tanto llenaron de gloria mis días pasados. Así que, respiré profundo en busca de algún residuo de gallardía muerta hacía muchos años y dije:

-“El borrico flautista”.

Un ataque de risa invadió a tres señoritas de la primera fila que se habían dignado a escuchar las peripecias de un simpático burrito que un día por accidente tocó una flauta. Por fortuna, el resto de la clase estuvo más preocupado en recuperar las horas de sueño perdidas la noche anterior. Incluso la maestra puso más interés a lo que leía en una revista de cotilleo, porque no sé percató siquiera cuando escapé a la seguridad de mi pupitre al fondo del salón sin haber declamado el desenlace de la historia del burrico. El último clavo al ataúd del hombre de la gran elocuencia había sido martillado.

Los años pasaron fugaces al igual que todos mis sueños. Las clases se convirtieron en el perfecto refugio para dejar mi mente en blanco. Al igual que la mayoría de mis compañeros, desarrollé una técnica infalible para convertirme en zombi. Traducción: dormir con los ojos abiertos. Mi vocabulario sólo dejaba lugar a monosílabos, excepto cuando los profesores pasaban lista y había que decir la palabra presente para que se dieran por enterados de que no eran los únicos seres vivos dentro del salón de clase. Y así, siguieron pasando los años hasta que llegó el segundo semestre del tercero grado de preparatoria, cuando conocí al hombre que cambiaría el rumbo de mi vida: el maestro de griego.

El maestro de griego era un joven alto, desgarbado, católico, idealista y presunto homosexual; sin duda, estos dos últimos, los dos peores enemigos de un ser humano, al menos si impartes clase en una escuela católica. Aquel maestro fue (nunca lo hubiera sospechado cuando lo vi cruzar por vez primera el umbral de la puerta de salón como un flamenco danzarín de ballet) el mejor maestro que he tenido; sin embargo, su problema (además de los dos antes mencionados) fue ser un apasionado amante de la oratoria, afición que por desgracia nada tenía que ver con la materia que impartía.

-Chicos, vayan preparando sus oratorias –dijo feliz el maestro dos semanas antes de concluir el curso-, es obligatorio, vale la mitad de su calificación final.

Desde luego, no se hicieron esperar las quejas, chiflidos e improperios por lo bajo que inundaron de murmullos ahogados las cuatro paredes del aula.

-Silencio –dijo el maestro llevándose el fino dedo índice de la mano a los labios-. Alguien que no puede pararse en público y expresar una idea, no debiera existir en este mundo –agregó tajante sin borrar la felicidad de su rostro-. Les doy libertad de escoger el tema que quieran. No hay nada más poderoso que la palabra; pregúntenle a los alemanes cuando escucharon a un señor llamado Adolfo… –el profesor al ver nuestros rostros inexpresivos puso los ojos en blanco- aunque claro, dudo que alguno de ustedes sepa que Hitler triunfó limpia y legalmente en unas elecciones democráticas.

El día de exponer las oratorias llegó y uno a uno fueron pasando (muy a su pesar) los alumnos. Por vez primera todos prestaron atención al exponente, pues no todos los días se tenía el privilegio de ver hacer el ridículo a un compañero. Y quizás, ahora que lo pienso, esa sea la principal razón de que a uno se le dificulte hablar en público. El mexicano tiene la maquiavélica habilidad natural de humillar con la mirada.

-Sé que voy a hacer el ridículo… –me susurró al oído uno de los tantos filósofos que abundaban en el salón, conteniendo la risa mientras escuchaba la oratoria de un pobre infeliz que hacía esfuerzos inhumanos por no desbaratarse en nervios mientras hablaba cual vendedor de bibliotecas a domicilio acerca de la importancia de los libros que documentaban los Records de Guiness en el mundo- pero, ¿sabes una cosa? No me voy sin el privilegio de humillar al idiota que vaya antes que yo.

Y todos fueron humillados, uno a uno, tanto por las miradas de los espectadores como por la del maestro que ponía los ojos en blanco después de escuchar por enésima vez a una jovencita (y uno que otro jovencito) que condenaba el uso de anticonceptivos, la practica del sexo prematrimonial y el aborto. Todo aquel tinglado resultaba tan patético que por un instante olvidé que pronto tocaría mi turno. Y sólo fue hasta que el maestro pronunció mi apellido con ese seseo tan peculiar en su pronunciación que me di por enterado de que el siguiente que pasaría al frente era yo. Finalmente el momento que tanto había temido había llegado, y en ese instante me percaté de algo: no tenía nada interesante que decirle al mundo. Nada. Absolutamente nada. Esa era la triste y horrible verdad. Había venido a este mundo para ser una cigarra.

Con un movimiento torpe me levanté de mi pupitre que estaba al fondo del salón y la vieja escena de la secundaria sacudió el archivero viejo de mis recuerdos. Sin embargo, había aprendido mi lección. Nada de heroísmos absurdos. De glorias podridas. Si la naturaleza me había dotado de hermosas y resplandecientes alas multicolores en mi inocencia para luego convertirlas en la madurez en un asqueroso y repugnante capullo, aceptado estaba mi cruel destino. Subí al estrado, observé a todos mis compañeros con sus ojos rebosantes de burla y filosa maldad y tomé la única salida que podía tomar una cigarra: reprobar la materia de griego.

-¿A dónde crees que vas? –dijo el maestro anticipándose a mis movimientos de furtiva huida-. ¿Acaso no tienes nada que decir, ni siquiera algo para salvar tu pellejo?

Tal vez fueran los cuarenta grados centígrados que había en el salón de clase, o quizá adivinar a mis compañeros afilando la lengua para proferir sus más mordaces comentarios de burla en mi contra, o a lo mejor fue observar tras una de las ventanas del salón como el Director-Sacerdote del colegio abordaba muy ufano su Cadillac del año equipado con aire acondicionado, pero una chispa se encendió en mí cual león Lamberto, aquel cobarde león al que un buen día le salió lo valiente y enfrentó a los lobos que intentaban devorar al rebaño de ovejas que lo habían adoptado desde pequeño. La llamarada fue tan intensa que quemó mis entrañas y surgió en mí el arma más letal del ser humano: la improvisación.

Sin darme cuenta comencé a hablar sin detenerme, como un perico deschavetado, como si el salón fuese un estudio de televisión y mi oratoria improvisada un monólogo más largo y aún más estúpido que los monólogos del descerebrado Adal Ramones. Despotriqué en contra de todo y de todos, en especial en contra del maestro de griego. Mi discurso arremetía sobre lo absurdo de que una materia como Etimologías Grecolatinas tuviese que ser evaluada con una oratoria y no en lo que estipulaba el temario de la materia, por ello bajo ningún motivo estaba dispuesto a ser calificado, al menos el 50% de mi calificación, en base a mi elocuencia. Encarrilada la mula, tuve la osadía también de decir que la materia de griego nada tenía que hacer en una escuela católica, por ende la chiflada asignatura debería desaparecer de la currícula de la escuela, de inmediato. Y, por si esto no fuera suficiente, mis palabras fueron decoradas con una serie de aspavientos, ademanes, muecas y un inesperado desfajamiento de camiseta fuera del pantalón (comportamiento que estaba prohibidísimo en el reglamento de la escuela); y como cereza del pastel uno de mis zapatos voló sobre las cabezas de mis compañeros hasta impactarse con sonoro estruendo sobre el periódico mural que estaba colgado al fondo del salón de clase, muestra innegable de mi indignación.

Los aplausos no se hicieron esperar. Un nuevo héroe había nacido.

-¡Solís para Presidente, Solís para Presidente…! -gritaban eufóricos unos, y otros más se unían a mi discurso de: “no a la oratoria, no a la oratoria…”

El pandemonio sólo pudo ser silenciado por el director de la escuela quien se hizo presente en el salón de clase acompañado del patronato de la escuela que no podían ocultar en sus rostros el horror que les causaba la desquiciada escena. El maestro, por su parte, no pudo más que ponerme diez de calificación, no sin antes decirme al oído la frase que cambiaría el rumbo de mi vida, dándole finalmente sentido a ésta: “querido, los mexicanos somos expertos en adorar a los imbéciles, nunca lo olvides”.

Y nunca lo olvidé.


9 comentarios:

Rodrigo Solís dijo...

Curiosamente este escrito solo lo comentaron dos personas. Dos famosos caricaturistas: el primero el creador de Don Perro; el segundo, el creador de Cerdotado.
Con eso me di por bien servido para subir mi autoestima a la estratosfera, sobretodo por el primer comentario, quien es mi compañero de página virtual en el blog rosa y asiduo detractor en cada uno de mis escritos. Supongo que se habrá identificado con la historia.

JM. Garcíamagaña dijo...
jajaja...
Buen final mi querido Rodro.
9 de junio de 2008 10:31 AM

POLO JASSO dijo...
Muchas veces me he preguntado como es posible que sigan publicando las chingaderas que escribo y dibujo y más aún que mucha gente las lea. La frase que su maestro de griego le dijo al oído me ha respondido ambas preguntas.
17 de junio de 2008 06:49 PM

Marit dijo...

chin.... esa fue buena
ese maestro de griego se me hace conocido, a lo mejor y es el mismo
el final fue lo mejor de la vida
saludos

Marit dijo...

chin.... esa fue buena
ese maestro de griego se me hace conocido, a lo mejor y es el mismo
el final fue lo mejor de la vida
saludos

Rodrigo Solís dijo...

Marit: puede ser, el mundo es un pañuelo, sobre todo Mérida.

Lusitana dijo...

Nunca falta aquel maestro que te regala una gran leccion de vida, o que por medio de su persona descubres cada vez algo de ti mismo. enhorabuena por tu maestro de griego, pues parte de su enseñanza sigue transmitiendose a traves de ti. exelente escrito. mis cordiales saludos.

y aprovecho para hacerme publicidad, espero me leas alguna vez. http://ventanitaalmundo.blogspot.com/

Rodrigo Solís dijo...

Leída, querida Lusitana, gracias por tu comentario. Un beso grande.

Gabriela dijo...

Me encanto, casi te pude imaginar...de buenas no fue en la clase de español, la maestra te hubiera fundido :)

Rodrigo Solís dijo...

Gabriela: o simplemente ignorado.

La Jornada (Nicaragua) dijo...

Publicado en:

http://www.lajornadanet.com/diario/opinion/2008/junio/181.html