domingo, 25 de enero de 2009

No es ciudad para hombres culpables


“Resulta de todo tipo monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy en día criticándote a tus espaldas por cosas que son absolutamente y completamente ciertas.”
 - Oscar Wilde


En realidad el tema a tocar el día de hoy era otro, como siempre. Pero es que a uno le dan material de último minuto. Así, gratis, te lo arrojan en la cara. Y es que yo pensaba escribir sobre lo bonito que amaneció el día y de la enternecedora estampa que fue vernos a todos nosotros besándonos nuestras bocas el día de San Valentín, cuando me ha llegado un mail bastante conmovedor, o quizás no tan conmovedor como persistente, pues el mensaje en cuestión apareció unas 35 veces en mi bandeja de entrada.

Como era de esperarse, el mail fue escrito por un filántropo, demócrata y maestro de la gramática y ortografía. Muy conmovedora carta. En ella desglosa mediante una serie de ejemplos (en realidad se basa en un único argumento) que la honorable y tradicionalista ciudad de Mérida fue la segunda ciudad más segura del país en otros tiempos, pero que sin embargo gracias a los gobernantes del sexenio pasado dejó de serlo, cayendo en la categoría de ciudad no segura, como bien dijo en su famoso noticiero nocturno el señor Lopéz-Dóriga. La carta, muy conmovedora como ya les había dicho, está plagada de una serie de “abre los ojos” y “no te dejes engañar”, para cerrar con broche de oro con eso de que deberíamos estar agradecidos de que los gobernantes de antaño hayan vuelto al poder para traer de nuevo la seguridad. Traducción: enjugar los ojos al borde de las lágrimas en agradecimiento porque el sheriff Luis Felipe Saidén ha regresado a Mérida a meter orden.

Sin embargo, hay un pequeño detalle. Si bien nadie duda de la capacidad del sheriff en eso de meter orden, el problema radica en que hace un par de meses el retoño del sheriff fue a un bar, se le pasaron las copas (y las rayas de coca), y en un acto totalmente irresponsable se subió a su coche y arrolló a un par de ciudadanos dejándolos descuartizados en mitad de la calle. Por obvias razones el hijo del sheriff no pisó la cárcel, así que anda libre y a sus anchas por la ciudad. “A cualquiera le puede pasar”, declaró el Sheriff. Y los ciudadanos de Mérida (al menos los que poseen un gramo de sentido común) están de acuerdo con él, que a cualquiera le puede pasar, a cualquiera que esté en estado de ebriedad y decida manejar a toda velocidad su automóvil de mil caballos de fuerza.

Lamentablemente la ciudad de Mérida no es ciudad para hombres culpables. Desde pequeños los ciudadanos son educados para no saber hacerse responsables de sus actos. “Se rompió el jarrón”. “Perdimos porque el árbitro estaba comprado”. “Me reprobó la maestra”. “La contrataron a ella porque tiene las tetas más grandes”. “Me despidió el desgraciado de mi jefe”. “Tuve un accidente en la calle”. Nadie es culpable. Nadie se atreve a corregir a las personas desde niños diciéndoles que un jarrón no se rompe por arte de magia; o que perdieron el partido de fútbol porque el equipo contrario era mejor, y en vez de buscar excusas debería ponerse a entrenar más duro; o que si pusiera el mismo ímpetu a las matemáticas que a jugar videojuegos la maestra no tendría inconveniente en aprobarlo en los exámenes; o que si hubiera prestado atención en las clases de la facultad en vez de andar soñando con querer ser una actriz de Televisa quizás le hubieran dado el trabajo a ella en lugar de a la tetona bilingüe; o que si no hubiera sido un haragán conformista, el jefe en vez de haberlo puesto de patitas en la calle lo hubiera promovido para un ascenso; y por último, aclararle que un automóvil es un medio de transporte, y para manejarlo hay que tener una licencia, y si tienes licencia aceptas ciertas responsabilidades, como por ejemplo que si bebes alcohol no debes conducir bajo ningún concepto, de lo contrario el automóvil pasa a ser de medio de transporte a un arma mortal, por consiguiente, si atropellas a alguien bajo el influjo del alcohol, no es un accidente, es un asesinato.   

En fin, aquí nadie es culpable.  

sábado, 24 de enero de 2009

Con todo respeto


“Hacemos las reglas para los demás y las excepciones para nosotros.”
 - Charle Lemesle


El mexicano (por no decir el latinoamericano) funciona y reacciona de formas muy extrañas. Nuestro tercermundismo continental lo atribuyo a tres factores claves: tiempo, respeto a la propiedad ajena y resignación.

Tiempo: los gringos, por poner un ejemplo de su idiosincrasia, funcionan bajo la premisa de que el tiempo es igual a dinero. De ahí que sean tan puntuales. Sin embargo, en México el tiempo es igual a una larga espera. Para nosotros, el tiempo es relativo; una medida no funcional que jamás se respeta y que cada quien mide según su antojo. Incluso cada Estado de la república se jacta de poseer la hora más larga, que no es otra cosa que (como se le conoce en el primer mundo), impuntualidad. Agravio y falta de respeto hacia el prójimo que los campechanos tomamos con mucho humor y bautizamos como “hora campechana”. Traducción: pactar una cita a una hora determinada y llegar a ella tan tarde como nos sea humanamente posible.

Respeto a la propiedad ajena: básicamente hay dos propiedades que al mexicano le fascina no respetar: la cochera del vecino y el dinero del pueblo. En ambos casos el agraviado ha terminado por resignarse o acostumbrarse, o mejor dicho, el infractor ha descubierto el método perfecto para que el agraviado no se enfade demasiado. En lo que respecta a las entradas de las cocheras y las franjas amarillas pintadas en la acera, tierra fértil para los automóviles, es que la persona que no debe estacionarse ahí enciende sus luces intermitentes, lo cual significa que el infractor está consciente de que está infringiendo la ley, pero que, sin embargo, como es un caballero al volante tiene intenciones de moverse, ¿en cuánto tiempo?, he ahí la incógnita, pues como sabemos, el tiempo para el mexicano es algo relativo, ya lo dijo Einstein. Ahora bien, en cuanto a no respetar el dinero del pueblo, esta actividad es exclusiva de los políticos y de sus achichincles, mismos que, no hay que olvidar, son tan mexicanos como nosotros. Los políticos y sus gatos han logrado encontrar el método perfecto para que los perjudicados (todos nosotros) no nos enfademos por sus desfalcos. El método que aplican es el de demostrar que sus adversarios son aún más ladrones que ellos, es decir, aceptan que roban, pero no tanto como sus contrincantes.

-Señor gobernador, ¿por qué costó 20 millones este monumento tan feo?

-Eso pregúnteselo a mis adversarios que construyeron un monumento todavía más feo y más caro que el mío.

Resignación: “podríamos estar peor”, frase sin duda muy mexicana. Así que nos resignamos a vivir en un tercermundismo impune. Aunque claro, tenemos formas de capotear las adversidades, como en mi caso, que en vez de morir de un derrame de bilis he aceptado a cohabitar con la realidad, así que cargo con un libro a todas partes para que las horas campechanas de mis amigos sean más cortas y amenas a la hora de esperarlos en el café, o en vez de pincharle las llantas al auto del vecino que le fascina estacionarse en la entrada de mi cochera, mejor le regalo una sonrisa y le pido prestadas las llaves de su auto para moverlo yo mismo, y finalmente, en vez de causarle un disgusto a mamá (que además de ser una señora es una santa) contradiciéndola con pruebas materiales cuando me dice que sus amigos los políticos son muy buenos, mejor guardo silencio, medito unos días sus palabras y luego voy a la computadora y tecleo un escrito que a la mañana siguiente aparecerá en los periódicos donde pueda decirle a todos ellos que son unos grandísimos hijos de puta, con todo respeto. 



jueves, 22 de enero de 2009

Qué bien nos conocen


“Puedes darte cuenta de los ideales de una nación por lo que publicita.”
 - Norman Douglas


Algunos lectores que se toman la molestia de escribirme e-mails o dejar sus comentar en el blog dicen que soy un pesado. Y utilizo este calificativo porque en esta página editorial están prohibidos los insultos. Palabrotas que seguro harán sangrar sus castos ojos, mismos que sospechosamente ni se inmutan cuando al pasar la página o al abrir su cuenta de correo electrónico se topan con fotografías de mujeres desnudas y/o seres humanos descuartizados (ni siquiera en una guerra) en algún accidente automovilístico.

Dicen que soy un pesado porque no le veo lo bonito a lo bonito al mundo. Que debería cambiar de carácter y ver un poquitito más de televisión para que de ese modo se me endulce el ánimo. Pues bien, buenas nuevas: seguí su consejo y ahora soy un hombre diferente. Prendí el televisor y pasé delante de ella una hora viendo la telenovela de las diez de la noche. Menudo actor el señor Colunga, y yo que pensaba que no podría superar su gloriosa actuación en Maria la del barrio. Sebastián Rulli también es un gran actor, si me permiten decirlo. Nunca imaginé que los piratas también le entraran a la metrosexualidad como los repollos metrosexuales de hoy día.

En fin, les cuento que me la pasé de perlas pegado frente al televisor, aunque debo reconocer que mis lapsos favoritos fueron en los comerciales, en especial dos de ellos, mismos que no dejaron de repetirse una y otra vez durante la emisión. Uno es de una telefonía celular y otro de una bebida alcohólica. Si comento lo de los comerciales es porque es precisamente en los comerciales donde se puede ver retratada la sociedad a la perfección, no así en la insufrible telenovela “histórica” en la que ciertos productores creen que por disfrazar a un puñado de vedettes y de modelos con ropa del siglo XVII están retratando a la perfección la vida de nuestros tatarabuelos.

Volviendo a los anuncios, el de celulares me pareció genial. Una compañía transnacional de teléfonos celulares decidió hacerle la competencia al señor Slim lanzando una agresiva promoción en la cual puedes elegir dos números celulares, a uno de los cuales puedes mandar mensajes ilimitados de forma gratuita, y al otro llamarle directamente sin costo alguno. Y para ilustrar lo fascinante que es este plan, un mozalbete sale en la pantalla diciendo: “ahora puedo mandarle mensajes ilimitados a Perenganita, y a Zutanita puedo llamarle las veces que quiera”, y todo esto lo dice con una sonrisota de oreja a oreja, para luego poner al garañón y bígamo adolescente primero mandándole mensajes a la tierna de Perenganita que pone los ojitos redondos y llenos de ilusión al recibir los mensajes de su príncipe azul, y luego cortan la escena para mostrarnos a la dulce de Zutanita también con los ojitos redondos y llenos de ilusión platicando con su príncipe azul, mismo que no para de reír mientras nos guiña un ojo en plan de todo-lo-tengo-bajo-control.

El otro anuncio que me pareció una joya debido a su grado de realismo fue el de una marca de tequila. Todo se desarrolla en un bar atestado de hombres y mujeres hermosos. La toma se eleva y nos muestra a todos ellos pasándoselo de lo lindo. La toma enfoca a una pareja. “Fulanito quiere con Menganita”, dice una voz en off, y al decirlo la toma se acerca hasta Fulanito que entorna los ojos llenos de deseo por Menganita. Luego la toma sigue a Menganita que está al otro extremo del bar, y la voz en off dice: “Menganita quiere con Perenganito”, y Menganita entorna los ojos libidinosos. Y así hasta recorrer a casi todos los parroquianos excitados del bar, que curiosamente cada uno de ellos está muy bien acompañado de su pareja. “Porque todos estamos cazando algo. Tequila Venaditos, el tequila de los cazadores como tú”, dice la voz en off y finaliza el comercial.         

Tenían razón mis amiwis, el mundo es súper cute.   

martes, 20 de enero de 2009

Un compromiso impostergable



1


A través de mi vida adulta he perdido a buenas amigas adultas por resistirme a comportarme y/o aceptar que soy un adulto. No hay nada que más me angustie en la vida que recibir un sobre blanco envuelto en celofán transparente en cuyo interior aparezca el nombre de una amiga que piensa enlazar su vida con un hombre hasta que la muerte los separe. Ser partícipe y testigo de este absurdo me provoca una agonía lenta. Dolorosa. Cruel.

More...Genéticamente aborrezco ir a bodas, primeras comuniones, bautizos y todo tipo de festejos semejantes, es decir, eventos que involucren a un cura y a una mujer (sea de la edad que sea) vestida de blanco. Mi ADN repele la idea de sentarse en una mesa circular rodeado de perfectos extraños a los cuales hay que regalarles sonrisas y fingir interés por sus vidas. Desde luego, todo esto es del pleno conocimiento de mis amigas. Por ello no dudan en enviarme e-mails y marcarme al celular advirtiéndome que estarán al pendiente de que mi humanidad (disfrazada con riguroso traje de Frankenstein) esté presente en el día más importante de sus vidas (según ellas), de lo contrario, me retirarán su amistad.


2


Violeta dejó de hablarme (incluso ni siquiera me dice “hola” en el Messenger) a raíz de que brillé por mi ausencia en su boda. Antes de casarse, Violeta era mi confidente en el trabajo. Ambos cursábamos el penúltimo semestre de la carrera universitaria. Ella pudo ser mi compañera de salón de clase de no ser porque reprobé el examen de admisión en esa universidad tan exigente a la que ella iba y donde era el mejor promedio de su licenciatura. Naturalmente nunca le confesé mi fracaso. Preferí decirle que los mercadólogos eran unos charlatanes y que por eso decidí enrolarme a estudiar administración de empresas en una universidad que en realidad era un tecnológico, donde la mayoría de los profesores eran ingenieros (como lo fue papá) que no cesaban de mofarse de nosotros porque aseguraban que los administradores eran personas que no tenían la menor pista de qué hacer con sus vidas, argumento totalmente cierto, pero no por ello dejaba de provocar mucha indignación en el alumnado.

Durante un mes íntegro fingí ser un empleado modelo en el corporativo en el que hacía mis prácticas profesionales. Violeta desde su primer día en el trabajo demostró ser una empleada modelo por naturaleza. Siendo así, con la guerra perdida, decidí confesarle que odiaba mi vida. Odiaba el trabajo, odiaba la escuela, pero sobre todas las cosas me odiaba a mí mismo por haberme convertido en un hombre miserable.

Para mi sorpresa Violeta me dijo que ella sentía exactamente lo mismo: tenía terror de despertar un día convertida en una señora que había vivido una vida que no le apetecía. Automáticamente dejó de irritarme su maldita eficiencia y su perfecto inglés y su conocimiento en todos los programas de Windows y la desenvoltura con la que atendía a los ejecutivos por el teléfono. Violeta era infeliz, pero sabía ocultarlo. Incluso más que yo. Imposible no quererla.

Revitalizados y más libres por retirarnos las máscaras de hipocresía, en un acto de independencia decidimos pasar nuestras jornadas laborales invirtiéndolas (casi integras) en el estimulante arte de criticar a todos los empleados adultos que tuvieron que resignarse a vivir una vida ausente de brío; también a contarnos una y otra vez nuestras historias de amores fallidos y fantasear con la idea de que un buen día encontraríamos el arrojo suficiente para mandar al diablo el rimbombante trabajo que tanto odiábamos y buscar la felicidad en un oficio (ignorábamos cuál) que nos hiciera sentir vivos.

Meses más tarde, a primera hora, vestido como un mamarracho me presenté a las oficinas de la planta embotelladora a donde me habían ascendido y le dije al gerente que renunciaba a mi trabajo porque quería escribir un libro. El gerente llamó por teléfono a la oficina de Violeta y le dijo que me había vuelto loco. Cuando llegué a la oficina de Violeta para darle la noticia, con los ojos vidriosos me abrazó y me dijo que estaba orgullosa de mí. “Estás loco”, me dijo segundos después. Yo le dije que ella estaba loca por quedarse en un trabajo que odiaba.

-Te voy a extrañar –me dijo-. Mucho.

-Yo también –le dije y descubrí un anillo que antes no existía en su dedo anular de la mano izquierda.

-Me voy a casar –me dijo levantando la mano, con los ojos apunto de estallar en lágrimas-. Iba a darte la noticia en el almuerzo.

-Muchas felicidades –fingí emoción.

-Tonto –me dijo sonriendo al descubrir mi falsa felicidad-. Más te vale ir a la boda.

-Ahí estaré –le dije-. En primera fila. Te lo prometo.


3


Mariana fingió no verme, luego saludarme y después disculparse al chocar conmigo cuando íbamos caminando en direcciones opuestas sobre el malecón. Mi pecado: no asistí a su boda.

A Mariana la conocí en Cancún. Me dijo que ella era campechana y yo le dije que nunca la había visto en mi vida a pesar de mis múltiples visitas a Campeche. Ella se sorprendió al igual que yo de que no nos hubiéramos conocido antes, esto debido a que dijo ser muy amiga de cada una de las personas que le fui nombrando, del mismo modo en el que yo dije conocer a cada uno de las personas que ella nombró como sus familiares y amigos.

En la piscina del hotel, Mariana me platicó que tenía un novio de toda la vida. Avalentonado por las cervezas que había ingerido y la brisa del mar Caribe le confesé que no creía en las relaciones que duran muchos años de noviazgo; esto (y esto desde luego no se lo dije a Mariana) porque una vez tuve su misma mirada de cachorro enamorado hasta que un buen día el amor de mi vida me abandonó y dejé de creer en todo tipo de relación amorosa. No obstante, Mariana decidió no profundizar en el tema del amor. Su mirada hablaba por ella. Era una chica sabia y curtida por la vida, era huérfana de ambos padres y en vez amargarse la vida exhalaba una paz indescriptiblemente contagiosa.

Mariana era hermosa con bikini y por un instante sentí celos de ese novio alto, fuerte y bien parecido que la esperaba en una ciudad pequeñita, costumbrista y machista, confiando plenamente en ella, acto que contradecía por completo las buenas maneras de los campechanos.

Al despedirme le prometí que cuando visitara Campeche le llamaría. Y así fue. Lo primero que hice al llegar a Campeche fue llamarle. Me dijo que estaba en el malecón con su novio y unos amigos. Que fuera a verlos. Y eso fue lo que hice.

Cual fue mi sorpresa al llegar al malecón que toparme a Mariana, radiante, espléndida, recibiéndome con una enorme sonrisa blanquísima mientras abrazaba a un sujeto chaparrito, calvo y de ojos saltones.

-Te presento a Darío –me dijo Mariana-. Mi novio.

No pude menos que amar un poco más a Mariana. Mujeres como ella nacen una cada dos milenios. Darío resultó ser un comediante por naturaleza. Y Mariana su musa inspiradora que no cesaba de reír y bailar con él cada que un coche se estacionaba con música estruendosa. Al ver cómo se miraban, estaba claro que habían nacido el uno para el otro.

Al mudarme a vivir a Campeche los frecuenté a la fuerza. No había bar o antro (sólo hay cinco o seis en la ciudad) donde no me los topara. Mariana siempre me preguntaba si ya tenía novia y yo le respondía lo mismo, que no. Ella se reía y me decía que nunca iba a conseguir novia porque yo era un hombre horrible que no creía en el amor. Yo también me reía y le decía que me ayudara a ponerle remedio a mi situación dejándome salir con su hermanita menor que era su réplica sólo que en un envase sellado con una etiqueta que decía “menor de edad”.

-Primero te mato –me decía muy seria-. Me oíste, te mato.

Darío se reía y me decía que no me preocupara, que él me daría el número de celular de su cuñadita y Mariana lo miraba muy seria y terminaba también amenizándolo de muerte.

Los sábados en la noche, en la disco, cuando me aburría de ver los mismos rostros ocupando las mismas mesas, fingiendo ser todos unos ganadores, como un oasis en mitad del desierto, me refrescaba observando a Mariana y a Darío, cada quien con sus amigos, tomando y bailando, y cuando ponían una música norteña atravesaban la pista de baile de punta a punta, se encontraban en el centro, en mitad de la gente que bailaba, se tomaban de las manos y las caderas y sin decirse palabra alguna sabían que lo suyo era lo más cercano a lo que los poetas llaman amor.

Una noche ocurrió lo inevitable.

-Tenga –me dijo la sirvienta entregándome un sobre blanco envuelto en celofán transparente-, se lo trajo una muchacha bien bonita.


4


Vicky es la hermana mayor que nunca tuve. Mi confidente. Conoce todos mis secretos y por ende todas mis debilidades. La amo como amo pocas cosas en la vida. De jóvenes casi nunca nos veíamos porque su papá era marino y siempre tenía que mudarse a puertos exóticos e insospechados. Su mamá es la mejor amiga de mamá y por añadidura es como si fuera mi madre. Vicky también tiene un hermano menor que es de mi misma edad, tiene mi mismo nombre y durante toda la vida fuimos más que hermanos gemelos, inseparables incluso en la distancia, sin embargo, hace cosa de dos años que no nos dirigimos la palabra por una insignificancia que no vale la pena mencionar pero que, no obstante, enfrió mi relación con toda esa familia que tanto me quiere, incluso como si fuera uno de los suyos, a tal grado que tiempo atrás me mantuvieron, cuidaron y hospedaron en una maravillosa casa con playa privada frente al mar por una larga temporada cuando decidí renunciar a mi trabajo de oficina para dedicarme de tiempo completo a escribir una novela que jamás logré terminar por falta de talento.

Mamá, con ese carácter infatigable que posee y procura explotar, me ha llamado todos los días durante un mes entero preguntándome si voy a ir al bautizo de la hija de Vicky. Le digo que tengo que revisar mi agenda. Mamá me dice que no sabía que yo tenía una agenda. Le digo que sí, que tengo mucho trabajo últimamente. Mamá me dice que haga espació en mi agenda porque todos esperan que yo vaya al bautizo. Le digo a mamá que tal vez se me complique ir al bautizo, que un escritor fracasado y no publicado como yo no puede darse el lujo de costearse un viaje a Cancún que incluye pasaje, hotel y todos los gastos que conlleva visitar la pequeña Gomorra del Caribe. Mamá me dice que mi hermano viajará en su camioneta, que no tengo que pagar boletos de camión excepto mis pasajes de Campeche a Mérida y de vuelta. Le digo a Mamá que no tengo dónde hospedarme. Mamá me dice que no sea tonto, que mis tíos, los papás de Vicky me han hecho un espacio (como siempre) en el cuarto de Rodrigo. Se hace un silencio oscuro, prolongado. Le digo a mamá que tengo que pensarlo, pues debo terminar mi novela. Se hace otro silencio, interminable. Para mi sorpresa mamá lo rompe diciendo que me deje de pendejadas, que llevo años escribiendo una novela que nunca finalizaré (pero que no por ello deja de no quererme y de creer que tengo un talento insospechado, muy a pesar de que nunca me lea). Se instala otro silencio. Mamá lo vuelve a interrumpir diciendo que empaque mis cosas, que me espera en Mérida y que no parte rumbo a Cancún si no es conmigo a su lado. Otro silencio más, el último.

-Interpreto tu silencio como un sí –dice mamá y sin esperar respuesta corta la llamada.

Un sacerdote vierte agua sobre los ralos cabellos dorados de una primorosa bebé de ojos verdes (o quizás azules) que llora justo cuando el señor de la túnica dice que la ha exorcizado del demonio.

Desde las primeras sillas de la Iglesia no puedo reprimir una risotada al dudar que una criatura tan dócil e indefensa pueda albergar algún tipo de criatura del Infierno en su interior. Algunas señoras con cara de buitre me miran reprobatoriamente. Nadie se ha sorprendido de verme. Menos Vicky. Dan por un hecho que era mi obligación estar allí (incluidas mis blasfemias). Y tienen razón.


sábado, 17 de enero de 2009

Aprendiz de modelo


“La belleza del cuerpo es un viajero que pasa; pero la del alma es un amigo que queda.”
 - Saavedra Fajardo


Un pajarito me ha contado que te aburres horrores en casa y como no sabes qué hacer con tu tiempo libre quieres inscribirte a una agencia de modelaje para ser modelo. Ese pajarito es un pajarito que quiero y respeto mucho. Tú también quieres y respetas mucho a ese pajarito, e incluso lo respetas y quieres más que yo; sin embargo, dadas las circunstancias actuales, de que estás a punto de romper el capullo para salir convertida en una hermosa y multicolor mariposa, las palabras y consejos que te pueda dar el pajarito las tomarás como un ataque personal, por más que el pajarito cuidadosa y amorosamente seleccione cada una de esas palabras para intentar hacerte ver que el mundo es un lugar hostil y lleno de espejismos.

En cuanto a mí, francamente me agrada la idea de que estés creciendo. Ahora tú y yo podremos ser muy buenos amigos, ya que hablaremos en el mismo idioma. Y prueba de ello es este escrito, que estoy seguro entenderás de cabo a rabo, pues ni te creas que no sé que eres una pilluela que se desliza a la computadora cuando nadie te ve y entras a leer esas cosillas prohibidas por la moral cristiana que escribo en mi blog que tanto incomodan a ciertos pajarillos poderosos y sinvergüenzas.

Ahora bien, dejaré a un lado eso de los pajarillos y las mariposas y las metáforas pues sospecho que de seguir con ese lenguaje, además de quedar como un perfecto imbécil ante tus ojos, empezarás a despreciarme, tanto o más que a la mayoría de los adultos que te quieren seguir tratando como si fueras una niña de brazos.

Si te soy sincero, ni me va ni me viene que quieras inscribirte a una agencia de modelaje. Si quieres ser modelo, adelante. Eres muy bonita y no dudo ni un segundo que logres serlo en corto tiempo. Sólo quiero que sepas que tienes y tendrás mi apoyo incondicional. También mi más grande sonrisa y mis más calurosos halagos cuando te vea caminar en los huesos y semidesnuda sobre una pasarela o retratada con los pechos rellenos de silicona en la portada de una revista de cotilleo. De igual forma tendrás mi hombro para derramar una que otra lágrima cuando antes de que seas famosa tengas que soportar estoica y con tu mejor cara las vulgares proposiciones de hombres soeces y repugnantes que pensaste el mundo no podría engendrar, o cuando tengas que entubar tu flacucho cuerpecito en nylon, licra o el material que esté de moda para edecanear en las esquinas, supermercados y carnavales, contoneándote al ritmo de aplausos y de vertiginosas canciones de reggaetón; pues palabra, ese será el vía crucis que tendrás que recorrer antes de llegar a la cima donde pretenden llegar tus más fervorosos sueños.

Te repito, si quieres ser modelo, adelante. Las recompensas son muy tentadoras. Amigos, novios, excesos, halagos, viajes. A mayor o menor escala, según sea tu fama. Aprenderás a obedecer, y descubrirás que tu cuerpo será tu templo y tu belleza tu medio de subsistencia. Eso es lo que sabrás al final del camino. Eso es lo que tu papá, perdón, cierto pajarillo, quiere decirte pero no puede, porque sabe que lo ignorarás e incluso te enojarás con él. Yo no soy quién para andar dándote consejos y diciéndote como debes vivir tu vida; lo único que puedo decirte es que le des una oportunidad a tus horas de aburrición en casa. Aprende a disfrutar tu tedio. A saborear los silencios. A escuchar cada uno de tus pensamientos. Te sorprenderá descubrir que tienes una vocecilla interior que te impulsará a cuestionar el mundo. A plantearte cientos de interrogantes. A buscar respuestas. A tropezarte con los libros y descubrir un nuevo mundo en ellos. Un nuevo lenguaje. Pero, y si después de todo ello terminas llegando a la conclusión de que tu misión en la vida es invertir tu existencia en la glorificación de tu cuerpo, adelante, inscríbete a la agencia de modelaje, que yo seré el primero en aplaudirte y apoyarte, y luego, el primero en romperle el hocico al primer animal que alabe y se babee por tus curvas en el carnaval.

jueves, 15 de enero de 2009

Un castigo muy original


“Quédate siempre detrás del hombre que dispara y delante del hombre que está cagando. Así estás a salvo de las balas y de la mierda.”
- Ernest Hemingway





1




La Biblia es un compendio de chifladuras. La más chiflada de todas, es esa donde se afirma que el castigo que Dios le dio a Adán y a Eva por comer el Fruto Prohibido fue la del exilio del Paraíso Terrenal, o sea, tener que ganarse el pan con el sudor de su frente y la tontería esa de que sus hijos nacerían con el Pecado Original.


More...De original no tiene nada esta historia. De verídica, menos. Lo que yo creo (lo cual es una verdad absoluta y apabullante si le echamos una ojeada al modus operandi de Dios a través de la historia; véase las lluvias de fuego, los maremotos, las plagas, los muchos infanticidios, las úlceras, las órdenes y amagos de infanticidio a Abraham, etcétera) es que el Creador, soberbio y rencoroso como el que más, al ver que sus mascotas favoritas habían comido una manzana de su árbol exótico, montó en cólera y, con esa mente retorcida y perversa que posee, se le ocurrió el peor de los castigos: el culo.

El hombre moderno, civilizado y metrosexual de hoy día subestima este castigo, es decir, ven con indiferencia que tanto hembras como machos deban expulsar de su cuerpo kilos y kilos de mierda por los siglos de los siglos, amén; pecata minuta, todo por créenos muy listos porque salimos de las cavernas, abolimos la esclavitud, dejamos de darle cicuta a los filósofos, de prenderle fuego a los científicos y astrónomos, sobrevivimos al baño de sangre de la Revolución Francesa, creamos constituciones, la democracia, la Ley Federal del Trabajo, inventamos la televisión, el Internet, el YouTube y un santuario para cagar a gusto llamado “baño” donde están los tres mejores inventos de la humanidad: el bacín, el Charmín y el destapacaños.

Incluso (cumbre de la civilización humana), le pagamos carretadas de dinero, dejamos que se reproduzcan y se casen con nuestras madres, hermanas e hijas, y (¡esto es el colmo!) les llamamos doctores a los enfermos que sienten infinito placer por meternos el dedo en el culo cuando cumplimos 40 años.

A mi me disculparán, pero tener culo y todo la parafernalia que conlleva poseer ese oscuro orificio entre las nalgas, es un asco. El culo es un invento demoníaco. Dantesco. Horripilante. Y las personas que dicen que cagar es un placer, en realidad no son más que unos enfermos. Todos ellos. O lo que es lo mismo: los curas, los descendientes directos del imbécil que se inventó en la Biblia el Pecado Original, aquel pervertido (me niego a llamarlo atleta) que se cagó en mitad de la calle en la prueba de caminata en la Olimpíada de Seúl ‘88 teniendo el pésimo gusto de finalizar la prueba sin limpiarse el culo (orillándome a ver todas las Olimpíadas venideras con el alma en vilo y con una cubeta de plástico a mi lado por si tengo que vomitar por culpa de otro “atleta” que piense que cagar vía satélite es algo bonito), mi amigo Paco y mi hermano.


2


Mi amigo Paco era un joven con cuerpo de linebacker, o lo que es lo mismo en castellano: un apacible gordito con fuerza de oso.

-Ayer me eché una cagada patriótica –me dijo.

Según Paco la cagada patriótica es cuando tu mierda tiene tres diferentes colores: los colores de la bandera nacional.

En resumen, esa fue mi vida durante toda la secundaria. Paco platicándome a la primera hora de cada mañana las múltiples cagadas que existían en el mundo.

Lo que más me gusta del día no es rezarle a Dios sino contemplar todas las mañanas mi cagada en el bacín –me confesó Paco muy contento-. Es algo hermoso. Sublime.

Como en la secundaria fui un adolescente muy solitario, tímido y enclenque, mi único amigo fue Paco, y para no perder su amistad (y sobretodo su protección) tomé la personalidad de mi hermano. Así fue como sobreviví a la cruel y agreste secundaria: hablando ocho horas al día durante tres años consecutivos de las obras de arte que me salían del culo, o mejor dicho, que le salían del culo a mi hermano.


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Si uno es observador termina por descubrir (un consuelo devastador) que siempre hay un enfermo en cada familia. No hay pierde. Estos enfermos aseguran que no hay mayor placer en esta vida terrenal que cagar.

Durante muchos años mi hermano fue feliz. Obviamente les estoy hablando de tiempos hasta minutos antes del día que se mudó a vivir bajo el mismo techo que su mujer. Mi hermano era Adán antes de conocer a Eva. Iba a su aire. Inmortal. Invencible. Un semidios. Además era un tipo cultísimo. Un sabio. Casi un filósofo. Pasaba horas encerrado en el baño leyendo. Desde luego, mamá y la sirvienta pagaron el abominable costo de esta educación sui géneris. Durante fragorosas horas, mamá y la sirvienta, armadas con guantes de goma, destapacaños, ácido muriático y otros menjurjes tóxicos, combatían las gigantescas y variopintas bestias que se resistían a irse de este mundo por el caño.

Al cumplir la mayoría de edad, mi hermano (ignoro si por creerse un hombre de verdad o porque mamá sufrió escoliosis) empezó a hacerse cargo por propia mano de sus monstruosas creaciones. Recuerdo que la primera vez que salió del baño tenía la cara pálida y devastada como la de las adolescentes cuando salen de una clínica de abortos clandestina. Sin embargo, a la semana empezó a agarrarle el gusto al destapacaños. Incluso se alimentaba con raciones dobles de comida no por ser un gordito sino para buscar un rival digno que le diera batalla y del cual pudiera sentirse orgulloso.

-¡Ven a ver esto, te lo ruego, no te lo puedes perder! –exclamó un día para que lo acompañase al baño; sus ojos eran los de un padre orgulloso que apunta tras el cristal de la sala de maternidad la incubadora de su primogénito macho.

Existen registros fotográficos. Cantidad. Les digo que mi hermano es un enfermo. O tal vez sea que yo soy un ignorante.

-Eres un ignorante, se llama arte moderno –me dijo indignadísimo P (otro enfermo) al ver que casi me vomito al sacar de su librero un inmenso y gordísimo libro de pastas acolchonaditas blancas, de lo que ingenuamente creí eran varios cientos de páginas con pinturas hermosas, pero que en realidad eran carpetas, todas ellas ilustradas con fotografías enormes y panorámicas de trozos de mierda flotando en retretes, que a su vez, contenían dentro de cada carpeta, decenas y decenas de fotografías pequeñas de otros trozos de mierda de diversas formas, colores y texturas.

Lo que es la vida, mi hermano, de haber nacido unos kilómetros al norte del Río Bravo hubiera corrido con mejor suerte. La gente valoraría lo que hace. Le aplaudirían. Y mucho. La clase alta e intelectual neoyorquina lo asediaría en mitad de la Quinta Avenida para pedirle autógrafos. Desgraciadamente, aquí, en el tercer mundo, tengo que almorzar con él. Y justo mientras comemos frijol con puerco, pozole, puchero, o cualquier otra comida mexicana que parezca salida del culo de un gigante con diarrea que cagó dentro de las ollas de mamá, dice lo siguiente:

-Que buena cagada me voy a echar al rato –y se acaricia el vientre de modo maternal.

Aquello es el prólogo del infierno.

Las dos horas siguientes son una remembranza y un conteo minucioso de sus mejores cagadas. Un especie de Top 10. O mejor dicho, un Top 50. O Top 100 si sale dadivoso y cuenta las cagadas más vergonzosas y espectaculares de familiares, amigos y amigos de sus amigos.

Imagino que mi hermano sólo almacena en su memoria las historias que más le impactaron o marcaron su vida para siempre.

-El otro día me topé en el hospital con un tipo que llevaba en brazos un frasco enorme de mayonesa –dijo con ojos resplandecientes-. Dentro había un cerote del tamaño de un león marino bebé.

-¡Coquito! –exclama mamá escandalizada.

-Ay, cagar es lo más natural del mundo –se defiende mi hermano tragando una enorme cucharada de fríjol con puerco.

Sin embargo, el horror muestra su verdadero rostro justo cuando tenemos invitados por cuyo torrente sanguíneo no corre sangre de nuestra familia. Un ejemplo muy ilustrativo fue una ex novia, la única mujer con la que tenía verdaderas intenciones de casarme y sentar cabeza.

-Mi vida, ¿te gusta el pescado? –le preguntó mamá a la mujer que no llegó a casarse conmigo.

-Amo el pescado, señora –dijo el amor de mi vida tomándome candorosamente de la mano por debajo de la mesa-, lástima que en el DF el pescado y los mariscos sean malísimos.

-Ay, mi cielo, eso es porque ustedes no tienen mar –dijo mamá con una sonrisa-, cuando pruebes mi comida ya verás como no paras de comer.

Todo marchó en orden hasta que llegó mi hermano y preguntó qué comeríamos y entonces se le iluminaron los ojos; síntoma ineludible de que un bello recuerdo le vino a la mente.

-Mamá, ¿tienes Pepto-Bismol?

-En la gaveta de las medicinas, Coquito, ¿por?

Hay días en los que sospecho que mamá no es que sea tonta, sino que está coludida con mi hermano para que yo nunca sea feliz con una mujer.

En un monologo irreproducible (no por falta de talento sino más bien para ahorrarles un trauma psicológico severo) mi hermano relató que algo que comió en la calle le cayó muy mal y estuvo en el baño por más de dos horas.

-Ya sabes de qué tipo de cagada te hablo, ¿verdad, Rodrigo? –me preguntó mi hermano.

Fingí no haberlo escuchado. La mujer que todavía era mi novia (aunque ahora tenía dudas) abrió los ojos sin dar crédito a lo que escuchaba en la mesa. Mi hermano, por su parte, relató con minuciosidad la consistencia de su mierda. Nos informó que al principio era un poco blanda.

-Al final fue como si estuviera orinando por el culo –dijo mi hermano con gestos y señas muy elocuentes.

Mamá llegó con la comida: pan de cazón.

-Toma, hijita –le dijo mamá a su nuera-, está riquísimo. Come.

Mi novia dudó y luego de unos segundos interminables se arriesgó a probar un pequeño bocado. Sus dedos de la mano presionaron con fuerza mi muslo. Masticó el alimento. La amaba con todas mis fuerzas porque nuestro amor era recíproco, ella tragó deprisa con los ojos cerrados mientras mi hermano relata que el otro día tuvo que parar en una gasolinera porque su estómago no aguantaba más y con horror y placer descubrió que el único bacín de la estación estaba lleno hasta el tope (perfectamente intercaladas) de varias capas de mierda y de papel higiénico.

-No había agua –dijo mi hermano-. La verdad sea dicha, yo colaboré con aquello, primero tapicé con papel de baño la última cagada, ya saben, para que no me vaya a salpicar…

Mi ex novia corrió al baño tapándose la boca con una servilleta.

-Ay, sí, que delicada tu novia –me dijo mi hermano muy indignado-. Por eso yo no confío en las extranjeras.


4


Pasados los años me mudé de casa para no tener que vivir con un enfermo que tapaba todos los días el caño del bacín con kilos de mierda. Sobra hacer la aclaración que la mujer de mi vida me abandonó porque dijo que yo era un enfermo por haber aguantado vivir tantos años de mi vida con una familia subnormal.

En mi exilio, alejado de eventos relacionados con la mierda, descubrí que el destapacaños es un invento subestimado por la humanidad, tanto o más como lo son los anteojos, el cepillo de dientes y el cortaúñas. Esto lo sé cada que me siento en el bacín de casa de mis ex novias, recordando una vieja historia que a mi hermano le gusta relatar con mucho ardor y añoranza.

A finales de los años setentas la hermana menor de papá estaba apunto de casarse. Evento inaudito y poco frecuente en su familia, ya que todas sus hermanas (seis o siete) eran unas solteronas amargadas, excepto la mayor, que logró reproducirse. Iris, la hermana menor, organizó una fiesta muy elegante e intima para darle la noticia a sus padres de que se casaría con Armando, su novio. Armando era un cuarentón viudo, bastante educado y sumamente penoso que apenas cruzó palabras con sus suegros y cuñadas durante la cena. Antes de que llegara el postre, Armando pidió permiso para utilizar el sanitario.

-Al fondo a la derecha –dijo una de sus cinco o seis cuñadas.

Los postres llegaron y Armando no aparecía.

-¿Por qué tardará tanto el novio? –preguntó al aire una de las cinco o seis hermanas de Iris.

Cuando Iris se puso de pie para ir a ver qué ocurría con su prometido, una sombra fugaz atravesó el comedor casi tan sigilosa como un fantasma, pero al mismo tiempo tan resbaladiza y babosa como la estela que deja un caracol en su andar. “Paf”, se escuchó el portazo de la puerta principal de la casa. Luego el rumor de un auto encenderse en la cochera y acelerar con un chirrido de llantas.

En la mesa todos quedaron con la boca abierta. La hermana menor de papá siguió el camino que había tomado la silueta fugitiva. Era un sendero húmedo que iba de la puerta principal de la casa hasta la puerta del baño de visitas. El baño estaba inundando. Del bacín salían borbotones de agua y pedazos machacados de mierda.

Armando Villamil Casares prefirió renunciar al amor de una mujer que al amor propio, es decir, regresar y dar la cara a una familia que tuvo que limpiar sus enormes cerotes por todo el corredor de la casa. Iris Solís Medina quedó soltera hasta la fecha porque su único prometido desapareció de la ciudad sin dejar rastro. O casi.


5


Mi hermano no se casó con una extranjera pero sí con una mujer que piensa (al igual que yo) que cagar es un asco.

-Por el amor de Dios, préstame tu baño –me dice mi hermano con ambas manos en el vientre corriendo rumbo al baño.

Vivimos en ciudades separadas por 193 kilómetros, y hay días en las que viaja dos horas a visitarme sólo para cagar como en sus viejas épocas de soltero, sin recriminaciones y sin ser desenmascarado por el amor de su vida como el enfermo que es.

Su matrimonio es un éxito porque está basado en un engaño monumental. Tras su candida apariencia de caballero esconde kilos y kilos de mierda que tiene que desalojar furtivamente lejísimos de su casa.


6


Desde las alturas (o quizás desde las profundidades), un ser Todopoderoso debe estar riéndose a mandíbula suelta. Nos castigaron con un orificio tenebroso y no veo a los premios Nobel de la ciencia trabajando en remediar esta situación. Hoy día el ser humano puede ser convertido de negro a blanco, de hombre a mujer (o viceversa, aunque con menos éxito) o aumentar de talla el busto o de tamaño el pene o modificar a su antojo cualquier parte del cuerpo que desee; sin embargo, con el tema del culo, no hay ni un solo avance.

En el mundo siguen existiendo los niños cuyos profesores no los dejan salir al baño y terminan por cagarse en sus pantalones mientras decenas de compañeros los señalan y se ríen y bautizan con sobrenombres inolvidablemente divertidos pero al mismo tiempo crueles. Para no ir más lejos yo podría nombrar a ciertos empresarios prominentes y respetables de la sociedad que se cagaron y lloraron como unos bellacos en la primaria. Naturalmente, estos jóvenes empresarios habrán borrado los penosos recuerdos de su memoria, pero por fortuna, aún existimos personas que no olvidamos y siempre estamos dispuestos a echar una mano al baúl de los recuerdos y en los reencuentros generacionales de la escuela siempre sacamos el tema en la mesa:

-Ey, Carlitos, ¿recuerdas cuando te cagaste mientras recitabas aquella poesía de Amado Nervo?

Tampoco veo avances en materia laboral. Uno puede justificarse con el jefe diciendo que tienes cáncer, calentura o hepatitis. No así si dices padecer diarrea.

-Véngase inmediatamente a la oficina, Gutiérrez –le dice indignadísimo el jefe a Gutiérrez que llama desde el baño.

¿Acaso una enfermedad que se manifiesta en el culo no es una enfermedad grave? ¿Acaso los jefes creen que cagarse en la oficina es algo que ocurre todos los días como puede ser estornudar en mitad de una junta?

Incluso Tuky, mi perro (que en paz descanse), en su senectud, sabía que cagar era algo malo. Vergonzoso. El pobrecillo avanzaba lentamente escaleras abajo y sin tiempo de salir a la terraza, en contra de su voluntad, dejaba un sendero de cerotes verdes, aguados y apestosísimos.

Abochornado, Tuky nos miraba de reojo con sus ojos de perro diciéndonos:

-Por el amor de Dios, un poco de privacidad no me vendría nada mal; cuando tengan mi edad, ya verán, humanos de mierda.

viernes, 9 de enero de 2009

Sólo un sueño


“La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada.”
 - George Duby


Lo que a continuación les voy a relatar ocurrió en un sueño que tuve hace no mucho tiempo, así que no vayan a creer que pasó en la vida real, queridos lectores y editorialistas. En mi sueño, una prestigiosa universidad llamada X de una ciudad llamada Y me invitó a dar una conferencia “motivacional” para sus alumnos de la carrera de mercadotecnia. En el sueño me encontraba delante de un auditorio lleno de estudiantes, que como era de esperarse en universitarios, la mayoría desconectó su cerebro por una hora y los otros pocos que permanecieron despiertos invirtieron su tiempo en clavar los ojos en el capuchino calientito que tenía en una de mis manos, preguntándose de qué privilegios gozaba yo para ser el único dentro de la sala que tomaba un capuchino calientito.

Durante una hora entera hablé y hablé, y terminado mi monólogo me dispuse a escapar del auditorio, sin embargo, la organizadora del evento de Jóvenes Emprendedores (porque en mi sueño fui invitado a un evento de Jóvenes Emprendedores muy a pesar de no ser joven ni emprendedor, y mucho menos creyente en los discursos motivacionales) me pidió de favor que me quedara a escuchar la siguiente conferencia. Lo natural en mí hubiera sido recurrir a la excusa de rigor, que es la de inventar una importantísima junta de trabajo con unos editorialistas extranjeros, viendo el reloj y poniendo cara de urgencia como si fuera a llegar tarde.

No lo hice. Lo que hice fue irme a sentar al fondo del auditorio y escuchar al próximo expositor, que según me habían dicho era un gurú de la mercadotecnia.

El gurú de la mercadotecnia en cuestión resultó ser el gerente de marca de una empresa muy prestigiosa y transnacional de refrescos embotellados. El gurú presentó una muy bonita conferencia, pues a diferencia de un servidor, él sí se tomó la molestia de preparar una presentación digna de alguien que pueda llamarse un conferenciante: gráficas, estadísticas, fotografías e incluso videos. Y cuando digo videos me refiero a los incontables anuncios comerciales de la bebida embotellada que pasan a todas horas en la televisión. El gurú cautivó a los alumnos de mercadotecnia diciéndoles que la empresa para la que él trabaja es la mejor del mundo, hoy más que nunca, gracias a la nueva marca de refresco embotellado que fue a promocionar, perdón, a presentar como el modelo máximo de una eficaz mercadotecnia, pues la nueva bebida gasificada había roto todos los récords de ventas como nos lo hizo constatar con las gráficas y estadísticas que ni uno de los presentes en la sala entendía pero que no por ello dejamos de asentir afirmativamente tras cada lámina que nos presentaba, donde decía que en Australia y el Congo el refresco había vendido mil chiliones de cajas. El gurú nos dijo que en México el éxito de la bebida fue incluso mayor, todo gracias a un buen marketing. Traducción: A) Tapizaron con espectaculares y mantas toda las ciudades del país e invadieron hasta el último medio de comunicación con anuncios de la marca del nuevo producto. B) Segmentaron a su mercado: jóvenes exclusivamente de entre 16 y 19 años, extrovertidos, irreverentes, seguros de si mismos, anarquistas, globalifóbicos y metrosexuales, es decir, el 99% de los jóvenes. C) A la bebida embotellada y gasificada exitosa de toda la vida le agregaron un ingrediente secreto que mágicamente lo convirtió en un nuevo producto saludable y dietético sin perder el delicioso sabor del refresco de siempre.

Cuando la conferencia del gurú de la mercadotecnia terminó, llegó la ronda de preguntas y respuestas del público, y como nadie se animó a preguntar nada (seguramente porque todos estaban en shock con tan magistral conferencia), me aventuré a preguntarle al gurú cuál era el ingrediente secreto que hacía diferente al fantástico nuevo refresco dietético y saludable del antiguo refresco embotellado de toda la vida.

-Se llama ingrediente Z –respondió amable el gurú.

-Y este ingrediente Z, ¿causa adicción o algún efecto secundario en el consumidor? –pregunté curioso.

-Para nada, el ingrediente Z es tan natural y saludable que al cliente no puede más que causarle bienestar a su salud –respondió amabilísimo el gurú.

-¿Eso quiere decir que si yo consumo la nueva bebida dietética y saludable voy a ser más saludable de lo que soy actualmente? –pregunté emocionado.

-Desde luego –respondió el gurú.

-¿Y no importa que yo no califique en el rango de edad que establecieron y que tampoco sea extrovertido, irreverente, seguro de mí mismo, anarquista, globalifóbico y metrosexual? –pregunté de nuevo.

-Para nada, no importa –respondió el gurú.

-¿Y esta nueva bebida es más saludable que el agua? –pregunté.

-Afirmativo –respondió el gurú.

-¿Eso quiere decir que puedo suplir el agua por la nueva bebida saludable en mi vida cotidiana? –pregunté.

-Claro, faltaba más –respondió sonriente el gurú y dio por terminada la ronda de preguntas y respuestas.

Al salir de la conferencia descubrí que casi en ningún restaurante y estanquillo vendían agua, y que todos los ciudadanos eran unos gordos diabéticos, y pronto caí en cuenta que mi sueño en realidad era una pesadilla, que por fortuna llegó a su fin al despertarme. Ya despierto y espabilado lo primero que hice fue salir a la calle para descubrir con alivio que en México todos sus habitantes son jóvenes saludables y metrosexuales con la estampa y garbo de David Beckham. 

miércoles, 7 de enero de 2009

Santos, Reyes y padres alcahuetes


“Más se estima lo que con más trabajo se gana.”
 - Aristóteles


Muchos de los escritores y columnistas que leo, en su mayoría, son señores que aventajan en edad a mamá y a mis tíos, y por lo general se quejan de que Santa Claus es un invento maligno y horripilante de los yanquis y del feroz capitalismo que ha venido a dejar desempleados a los Reyes Magos, quienes tradicionalmente montados en dromedarios y paquidermos se encargaban del noble y desinteresado oficio de repartir regalos a todos los niños “buenos” de occidente. No mentiré: concuerdo con ellos. Aunque si hablamos de tradiciones, las tradiciones para el ser humano son como las marcas olímpicas: se impusieron para romperse.

Entiendo que sea nostálgico y bonito añorar días pasados, cuando tres señores multirraciales (que decían ser reyes y también magos) monopolizaban el mercado de pintar sonrisas en el rostro de los niños. También comprendo que vapuleen en críticas al gordo del Polo Norte. Sin embargo, creo que da lo mismo quién traiga los regalos, e incluso (ahí les va mi predicción para dentro de dos décadas) puede que algún estudio de Hollywood o alguna firma de ropa inventen a un extraterrestre de actitud alocada y bonachona o a un plumífero metrosexual o una pajarraca anoréxica que en la navidad sean los encargados de robarle el mandado a Santa y a los Reyes Magos trayéndoles juguetes, ropitas y dietas bajas en calorías a los niños.

Lo que importa, o más bien, lo que debería importar en la navidad es saldar las deudas de una manera honorable. Me explico: la navidad es la oportunidad perfecta para que los adultos eduquen a sus hijos. Olviden al niño Jesús y toda la parafernalia que le cuentan en estas fechas a sus retoños para que sean buenos. Sus hijos (aunque a ustedes, señoras y señores muy católicos, les duela aceptarlo) jamás van a comprender que un niño que nació hace más de dos milenios vino al mundo a salvarlos y que por ende ellos deben ser buenos con los demás seres humanos de la Tierra. No señor. Un niño aprende a ser bueno, y ojo, esta es la palabra clave, “aprende”, mediante ejemplos y casos reales, es decir, experimentando ellos mismos en carne propia. Los Reyes Magos o Santa o un extraterrestre o un modelo anoréxico o quien sea el personaje en turno que traiga los regalos en el futuro debe ser una persona justa y no el alcahuete que ha sido siempre y es actualmente el encargado de dibujar sonrisas en los niños.

Tengo amigos y conocidos y amigos de amigos que serían personas totalmente distintas de los despreciables seres humanos que son en la actualidad de haber recibido de pequeños lo que merecían, y cuando utilizo el calificativo despreciable me refiero a seres humanos sin ningún valor crítico acerca de qué es el bien y qué es el mal. Estas personillas despreciables (actualmente políticos) fueron niños cuyos padres (muy católicos ellos) les repetían la cantaleta de siempre cada principio de año: “Hijo, este año debes portarte bien o Santa te va a traer carbón en vez de esta tonelada de regalos que no te merecías”.

Este es el círculo vicioso que se repite y se ha repetido generación tras generación, sin importar quién haya sido el imbécil encargado de traer los regalos y pintar la sonrisa a todos esos niños desalmados que sacaban malas notas en el colegio y le hacían la vida miserable a niños inocentes e introvertidos.

Si en mis manos estuviera crear a un personaje navideño, elegiría a uno igualito a mi abuelo: un anciano horrible, calvo y amargado; mismo anciano que a mediados de año, usurpando la identidad de Santa Claus, le escribió una cartita a su pequeña hija explicándole que se había llevado al Polo Norte su muñeca preferida ya que las niñas desobedientes que no cumplían con sus deberes no merecían tener regalos. Y con esto no estoy diciendo que mamá sea una santa, pero por las barbas de Melchor, Gaspar y Baltazar, cuando veo a los esposos (y también a los retoños) de sus amigas despilfarrar el erario público en mujerzuelas y viajes al extranjero y encima te echan en cara que son hombres de bien comprendo por qué este país y el mundo entero se está yendo al diablo. 

lunes, 5 de enero de 2009

Apropósito del Año Nuevo


“Ojalá todos tus problemas duren tanto como tus propósitos de Año Nuevo.”
- El tipo más optimista de la Tierra



11:59 p.m.

Dejar un año atrás o darle la bienvenida a uno nuevo resulta cada vez más dramático. O escandaloso. Enfundarse en provocativa ropa interior roja, correr como desquiciado por el vecindario con equipaje vacío a cuestas, tragar doce uvas y cerrar los ojos invocando a todos los dioses, santos, constelaciones y a Walter Mercado para que se cumplan nuestros deseos, se ha vuelto una costumbre tan normal para el ser humano como para Santa Claus prostituir su imagen de octubre a enero en todos los espectaculares y anuncios de televisión, radio y prensa, anunciando desde celulares hasta píldoras para una actividad sexual más potente.

More...12:00 a.m.

-¡Feliz año! -grita eufórico el locutor de la radio.

Quisiera compartir la euforia de ese señor, pero al mirar a mi alrededor, observo a mi hermano que cada vez adquiere más responsabilidades y menos pelo, a mi hermana que cada vez invierte más en sus curvas y menos en sueños imposibles, a mamá que cada vez descubre más arrugas en el rostro y menos sonrisas en la boca.

-Te deseo salud –me dice mi tía, y descubro que su deseo es de corazón porque bien sabe que no poseo Seguro Social.

-Quiero ver la hoja que diga Fin –me dice otra tía, a sabiendas que llevo varios años escribiendo una novela que tantas angustias le ha causado a la familia.

-Siempre apoyaré la decisión que has tomado –me dice mamá, la última de la fila.

Una buena madre solo utilizará esa frase en dos ocasiones: si te has declarado gay o si has dicho que quieres ganarte la vida como escritor.

2:25 a.m.

Súper modelos desfilan despampanantes por la Quinta Avenida de Playa del Carmen. Nunca se vieron tantas mujeres hermosas reunidas en un mismo tiempo y espacio. Las probabilidades de que se cumpla mi primer y principal propósito del año son altísimas. Por desgracia, mis únicos dos acompañantes son un sujeto que modifica su corte de cabello cada que Ricky Martin lo hace y que me dice al oído que el próximo Año Nuevo tenemos que pasarlo sí o sí en Cuba antes de que muera Fidel Castro llevando maletas repletas de sabritas, chocolates y sándwiches para tener mejor suerte con las mujeres; y el otro, un tipo dedicado a la patética afición de fotografiarse posando junto a automóviles de lujo que jamás tendrá y que me confiesa que robar un Aston Martin es la única opción que se tiene en esta vida terrenal si se desea la compañía de un par de angelitos de Victoria´s Secret a tu lado, y no de dos borrachos descamisados.

11:50 a.m.

Camino por la playa. Pareciera estar sumergido en una película de horror de George Romero. Una mano emerge por sorpresa de las profundidades de la tierra y sujeta mi tobillo. Casi muero de un infarto. Me repongo del susto y mi corazón y mis testículos vuelven a ocupar el sitio que les corresponden en mi cuerpo al descubrir que el montículo de arena sobre el que estoy en pie es en realidad un hombre que dice ser una tortuga de carey. A mi costado, con pasos errantes, dos tipos empanizados en arena aseguran ser la osa mayor y la osa menor. A la distancia un DJ mezcla música en una tornamesa que desmontaron hace horas. Y, pasándome con movimientos que envidiaría cualquier aspirante a extra de una película de zombies, decenas de jovencitos rojos como tomates intentan emprender la graciosa huida al ver que una camioneta de la AFI se vacía de agentes antinarcóticos.

-A mí hágame el antidoping, oficial –le digo a uno de los oficiales de la AFI.

-No somos la FIFA –me dice el oficial malencarado-. Las manos sobre la nuca y dése vuelta.

Conozco a la perfección el procedimiento. Coopero con maestría. No es la primera vez que me confunden con un dealer. Mi primera ex novia campechana terminó conmigo porque su peluquero le dijo que yo me ganaba la vida traficando droga. El agente vacía mis bolsillos. Desilusionado de no encontrar el cargamento esperado de éxtasis, LSD, o mínimo un churro de mariguana, el agente antinarcóticos me recomienda una crema contra quemaduras de tercer grado y me devuelve el único objeto hallado en mis pantalones.

Lista de propósitos de Año Nuevo.

1. Acostarme con una
Top Model el primer día del año, o cualquier día de mi vida.

2. Hipotecar mi alma al Diablo para que la selección mexicana de fútbol
derrote finalmente a los Estados Unidos, de tal suerte y para que una vez por todas la vida de más de cien millones de mexicanos cobre sentido.

3. Dejar de pagar inútiles mensualidades en el gimnasio donde me dedico a observar furtivamente a los gordos y/o enclenques mirarse por hora y media en el espejo creyendo que sus bíceps cobraron mágicamente dimensiones a la Arnold Schwarzenegger después de una superserie.

4. Preguntarle a
Patricia Mercado Castro (ex candidata a la presidencia de la República y ex presidenta del Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina) si al menos sembró las semillas de los rosales del jardín de su mansión.

5. Felicitar personalmente a Felipe Calderón Hinojosa por su apabullante triunfo en contra del narcotráfico. Los más de
5,400 muertos del año 2008 se lo agradecen.

6. Preguntarle al Papa Benedicto XVI por qué no cambia la sede del Vaticano a Somalia.

7. Exigirle a Ivonne Ortega que le regale un auto más rápido y más furioso al Secretario de Seguridad Publica de Mérida, Luis Felipe Saidén Ojeda para que su retoño Luisito Omar pueda
una vez más (a sus anchas, drogado, alcoholizado y a 200 km/hr) despedazar en cachitos a todo imprudente transeúnte que se le atraviese por la avenida de Prolongación del Paseo de Montejo.

8. Sugerirle a los chicos del PRD que le paguen a
Lucía Morett una maestría en teatro experimental de creación colectiva en la selva del Congo para que los negritos comandados por el general rebelde Laurent Nkunda le enseñen a derramar lagrimones más reales que los de Thalia en María Mercedes y Televisa la contrate de protagonista en su nueva telenovela.

9. Comprarle al dictador Hugo Chávez Frías una Constitución más grande que
una habichuela para que pueda anexar, borrar, modificar y/o inventar nuevos y divertidos artículos que lo ratifiquen y perpetren en el poder hasta su muerte y más allá.

10. Preguntarle a Barack Obama si en su agenda está enjuiciar a George W. Bush por sus crímenes contra la humanidad.

11. Publicar un libro de ensayos, artículos, cuentos y/o novela para que todo el tiraje se pudra en los estantes de las bodegas de las librerías y el gobierno de Campeche pueda justificar el envío de mi novel persona a los encuentros de escritores y así pueda cacarear en todos los rincones de la república que soy un escritor publicado y los periódicos se asombren de mi grandeza literaria y empiecen a tomarme en serio y a pagarme por cada uno de los escritos que toman prestados (traducción: colaboraciones) de mi blog.

12. Suplantar por cianuro las aspirinas de la bolsa de mamá si vuelve a preguntarme si pienso salir a la calle con esa camisa llena de hoyos y/o si mantener un blog es un trabajo de verdad.


sábado, 3 de enero de 2009

Hijos de mami


“Hasta para asesinar hay que tener decencia.”
 - Mi tía Nena (o algún otro filósofo)


Menudo maricón se ha vuelto el mundo. Extraño la época en la que los rufianes se daban a respetar. Ni siquiera fue en mi época (para que luego no digan que creo que todo lo mejor ocurrió en mi tiempo), sino unas generaciones atrás, en la época de mi hermano y primos mayores, cuando los bravucones todavía eran sujetos que conocían bien su oficio, es decir, estaban concientes de las consecuencias que traerían sus actos y, por ende, eran meticulosos a la hora de realizar sus fechorías y maldades.

Mi hermano y mis primos estudiaron en una escuela laica, particular y sólo para varones; la escuela más antigua de la ciudad de Mérida, y por añadidura, la escuela con más historias e historia del sureste. Yo en cambio estudié en una escuela recién fundada, católica, particular y sólo para varones ricos (muy maricona si me permiten la acotación). Mi escuela jamás me pareció interesante. Todo lo que hacían los sacerdotes y las misses era decirnos que Dios era lo máximo y que debíamos ser buenos y más ganadores que los ganadores y acaudalados de nuestros padres para que Dios y el Papa de Roma estuvieran orgullosos de nosotros. En cambio, todo lo contrario ocurría en el colegio de mi hermano y mis primos, donde más que estudiar en una escuela parecía que asistían todos los días a una cárcel: robos de exámenes, fugas masivas del colegio, amotinamientos, golpes a la hora del recreo, graffitis obscenos en pupitres, bancas y paredes de los baños y una que otra explosión de retrete. En esa escuela-reclusorio también se impartían clases, y de muy alto nivel, no vaya usted a pensar que no, y el encargado del orden era un señor gordo y barbado, amante de la literatura y de la mitología griega, que además de educar a los niños también era el verdugo de los rufianes cuyos planes delictivos eran descubiertos. Los castigos variaban en intensidad según la diablura cometida, y sobra decir que los castigos eran físicos (usen su imaginación).

A mi primo Mauricio aún le brillan los ojos cuando se remonta a aquellos días. Les relataría con gran placer alguna de sus miles de anécdotas si el espacio de esta columna me lo permitiera, pero como no es así, sólo les voy a contar el diálogo final que sostuvo con sus amigos antes de que el retrete del baño volara en mil pedazos.

-¿Y si nos descubre el prefecto?

-Pues qué más. Estamos adentro.

Traducción: expulsados sin derecho a llanto.

Les digo, esa fue la última generación de chicos malos de verdad. De rigor. De oficio. Chicos descarriados que vivían pisando a fondo el acelerador y sin póliza de seguro. Seguros de sí mismos y de las consecuencias de sus actos. Sujetos que a la hora del recuento de los daños sacaban de la chistera una historia inverosímil de su inocencia, y de no morder el anzuelo el prefecto, los papás, el gendarme o la autoridad que fuese, asentían con la cabeza y se resignaban al peor de los castigos, fuese la expulsión irrevocable y definitiva de la escuela o de la casa o al confinamiento una buena temporada a la sombra.

Repito, el mundo se ha vuelto un maricón. Y no es que este escrito haya sido una oda a los irresponsables de antaño, no, es sólo que los malos de mi generación y de las generaciones posteriores, antes de realizar alguna triquiñuela dicen lo siguiente:

-¿Y si nos descubre el prefecto?

-Pues que más. No pasa nada. 

Traducción: papá y mamá lo solucionan.

Y si no lo creen, vean cómo se pavonea libre como un ave Luis Omar Saidén Quiroz, el hijo del secretario de Seguridad Pública de Mérida (Luis Felipe Saidén Ojeda) luego de cegar un par de jóvenes vidas humanas por conducir a exceso de velocidad en estado de ……………………. (llene los puntos suspensivos con las drogas de su preferencia, a fin de cuentas en Mérida no hay reactivos pero sí mucha imaginación e impunidad).

jueves, 1 de enero de 2009

Tu inconformidad me tiene sin cuidado


“Es un accidente que a cualquiera le puede pasar.”

- Luis Felipe Saidén Ojeda (Secretario de Seguridad Pública de Mérida)



Mérida, Yucatán. 30 de diciembre. Año 2007. 3:30 a.m.

Prolongación del Paseo de Montejo.

Honda Accord. Placas YXG2322.

Pierde el control. 


* * *


Dos muertos.

Testigos del accidente aseguran que el conductor iba a exceso de velocidad y en estado de ebriedad.

Patrulla de Seguridad Pública ayuda a escapar al conductor.

Conductor evade estudios toxicológicos.

Reactivos agotados para marihuana y cocaína.

Conductor queda en libertad.


* * *


Éste es tu brazo.

Ésta es tu pierna.

Éste es tu cuerpo.

Éste también.


* * *


No vales nada. Si no fuera por ojos indiscretos, eso es lo que valdrías: nada. Ni un centavo. Con gusto te empujaría a un costado de la calle y dejaría que los perros te comieran la carne y los gusanos las vísceras. Las moscas beberían tu sangre y nadie te extrañaría después de un tiempo.


* * *


Ahora estás indignado, lo entiendo. Aúllas como un perro aúlla en medio de la noche cuando tiene rabia. Tus ojos inyectados de sangre crecen y explota en tu interior una impotencia tan grande que lo único que puedes hacer es seguir mirando el monitor donde aparece el cuerpo descuartizado de una mujer que hasta hace unos segundos no existía. Pero ahora, existe. Tiene nombre, apellidos y está muerta. Muerta sobre el asfalto, al igual que su hermano muerto.


* * *


No intentes conmoverte. No sientes nada. Absolutamente nada. Nunca has sentido nada, y ahora menos. Ni aún con tu imaginación tan grande y poderosa con la que crees poder imaginarme arrogante y poderoso detrás del volante. Con la cabellera engominada. Dueño del mundo y con la mirada nublada por los excesos de la noche. Con la música a todo volumen y con el pie pegado al fondo del pedal del acelerador. Crees poder ver un brazo, una pierna volar por los aires. La sangre salpicar contra el pavimento y el panorámico del coche. Crees poder observarme. Impune. Intocable. Sin un cabello fuera de su lugar. Mirando la escena sin el menor remordimiento. Sin dolor. Sin lástima. Sin mirar atrás. Con la conciencia tranquila y segura de que no fue mi culpa. Estas cosas pasan. Pasan todos los días. Vételo sabiendo, accidentes que a cualquiera (como yo) le pueden pasar.


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Tú no eres nadie. Eres más insignificante que un grano de arena en la inmensidad del desierto. Por eso ardes en fiebre de coraje. Porque esa pierna, ese brazo, ese rostro muerto y transfigurado serán los tuyos un día. Dame tiempo y lo verás. Por eso, más que rabia sientes miedo. El día que el destino nos cruce por el mismo camino lo verás. Te haré polvo como a una hoja seca. Nadie escuchará tus lamentos. Tus gritos.


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¿Crees que le importas a alguien? No le importas a nadie. A nadie le importa tu futuro y tu presente. Y lo sabes. Por eso tus días de cólera menguarán. Mañana serás el mismo insecto repugnante e insignificante. Saldrás a la calle a vivir tu misma patética y miserable vida de siempre. Iras al cine, tomarás un refresco dulce y burbujeante y te arrullarás con la oscuridad. Conversarás con tus amigos (si es que los tienes) de temas intrascendentes como tu existencia misma y lentamente te irás consumiendo en medio del tedio y el hastío. Prenderás la televisión y verás los mismos programas de siempre. Una y otra vez. Saldrás a la calle y comprarás los productos que te dijeron que compres. Irás al trabajo y harás el trabajo que te dijeron que hagas. Llegarás a casa y dormirás. Y así, uno tras otro serán tus días. Día tras día. Y un día, una mañana radiante y pletórica, me verás al rostro, y no tendré este rostro, seré otro, con otra carne y otra piel, otros ojos y otra boca, y sin que puedas decir nada, cegaré tu vida. Y si alguien se indigna, le pondremos precio a su indignación. Y lo pagaremos. 150 mil 416 pesos. Porque eso es lo que vale la conciencia de la gente. La conciencia de la sociedad. Tú, en cambio, no vales nada.


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Niega que no nos parecemos. En esencia somos iguales. Todos olvidamos.


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Me llamo Luis Omar Saidén Quiroz. Y soy inocente.