lunes, 13 de julio de 2009

El oscuro placer de los deportes


“El deporte gusta porque halaga la avaricia, es decir, la esperanza de poseer más.”
- Montesquieu


Si analizamos con la sesera bien helada y objetivamente el placer que los deportes causan en nosotros, es decir, en quienes tenemos el vientre voluminoso y observamos acostados en el sofá cómo dan piruetas en el aire los atletas que participan en las olimpiadas, puede ser que nos llevemos una sorpresa.

Elijamos un deporte al azar, digamos, lanzamiento de bala. ¿Qué placer puede generarle a un ser humano el arrojar con una mano una bala de cañón a más de diez metros de distancia?

Domingo. Medio día. Brunswick, Maine. Las puertas de la taberna se abren de par en par. 

-Muchachos, ¿a que no adivinan? Hoy logré lanzar una bala a más de diez metros de distancia –dice un sujeto barbado con espalda, hombros y antebrazos de leñador.

En su semblante hay tanta felicidad que al parecer cree ser el primer hombre sobre la faz de la Tierra en lograr arrojar con la mano desnuda una bala de cañón a más de diez metros de distancia.

-Bah, gran cosa. Yo te apuesto veinte jarras de cerveza a que logro lanzar esa misma bala de cañón a más de quince metros –dice otro sujeto barbado con espalda, hombros y antebrazos de leñador, acodado en la barra de la taberna.

Ambos leñadores (uno ebrio y otro no, aunque este último piensa embriagarse terminada la apuesta) se internan en el espeso bosque de coníferas seguidos por una multitud de leñadores ebrios para ver si el leñador que dijo lanzaría la bala de cañón a más de quince metros de distancia logra cumplir con su palabra.

Quitando el oficio de leñadores de estos dos hombres (y uno que otro detalle más de la historia), supongo que más o menos de esa forma fue como se inició la primera competencia de bala. Y si nos dejamos guiar por el sentido común, por esas mismas fechas pero a miles de kilómetros de distancia, digamos, en Oslo, Noruega, un hombre de dos metros de altura, cabellera revuelta y manos tiznadas de óxido abre las puertas de una taberna para anunciar a sus amigos:

-Muchachos, ¿a que no adivinan…?

Sospecho así fue como se puso la primera piedra para crear las olimpiadas modernas. Y para que no se ofendan los puristas del deporte, podemos decir que en vez de una bala de cañón, lo que se arrojó fue una jabalina, o en vez de una jabalina un disco o un martillo. El meollo del asunto es que si el ser humano tiene algo en común, sin importar su raza y credo religioso, es la competitividad, o mejor dicho, la necesidad de demostrar que uno es mejor que todos los demás. Ojo, sin importar en qué se esté compitiendo. 

-Chicos, ¿a que no adivinan? Me acabo de lanzar a la piscina desde el quinto piso del hotel.

-Bah, yo también he hecho eso.

-¿Dando tres giros y medio en el aire?

Quienes le tenían miedo al agua o eran lo suficientemente sensatos para no arriesgar el pellejo retando al lunático acróbata, habrán dicho:

-Pues yo soy juez, y propongo calificar los clavados según ecuaciones algebraicas complicadísimas que nadie más que yo sea capaz de descifrar.

De esta manera, imagino, fue que lanzarse dando giros en el aire se convirtió en una profesión respetada en todas las sociedades del mundo, incluso en China.

-Empeladol, en Italia hay unos locos tilándose clavados al agua desde diez metlos de altula.

-¡Malditos occidentales! Lápido, ponga a cien mil chinos a plactical ese loco depolte, que nosotlos tenemos que sel los númelo uno en todo.

Visto desde esta óptica chapucera y simplista, puede que sea comprensible al raciocinio humano el placer que pueden experimentar los clavadistas de diez metros de altura o los lanzadores de bala, jabalina, disco, martillo, etcétera, al ser reconocidos local o mundialmente como los hombres que mejor saben dar vueltas en el aire antes de zambullirse en una piscina o ser los hombres que más lejos lanzan una bala, jabalina, disco, martillo, etcétera, pues incluso lo dijo Maslow en su pirámide de necesidades, el ser humano está en la constante búsqueda del reconocimiento por parte de la sociedad, sin importar cuál sea el móvil para lograr dicho reconocimiento.

Ahora bien, este chiflado comportamiento lo podemos entender en los competidores (y quizás en los jueces), pero, ¿acaso será posible dar una explicación lógica a ese oscuro placer que sentimos los espectadores, es decir, los millones de mexicanos que seguimos a nuestros compatriotas anhelando logren el milagro de ser los deportistas número uno en disciplinas que jamás vemos (salvo cada cuatro años) para que nuestra bandera tricolor se ondee en todo lo alto en un país remoto para así poder corear el himno nacional?

Conclusión: si de lo que se trata es de ver ondear la bandera tricolor y cantar el himno, ¿no sería más fácil quedarnos todos los lunes a los honores a la bandera en la escuela de nuestros hijos? Ahora que si de lo que se trata es de restregarle al mundo entero que poseemos a los mejores hombres dando piruetas en el aire o lanzando objetos a larga distancia o tirando patadas voladoras, etcétera, sospecho que el diagnóstico sería que estamos enfermos de la cabeza.

domingo, 12 de julio de 2009

Como juegas vives


“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.”
- Albert Camus


Hoy es la final de la Eurocopa: buenas noticias para los que odian el fútbol y se verán librados (¡finalmente!) del tormento de encender el televisor (sea la hora que sea) y toparte en pantalla con hombres en pantaloncillos cortos, ya sea rascándose la entrepierna, sacándose los mocos de las fosas nasales como torpedos y/o escupiendo sobre el césped cual camellos con un grave problema de reflujo salival; también, buenas noticias para los que gustan ver Fútbol (así, con mayúscula, no se espanten), porque independientemente del resultado entre los equipos finalistas, en términos generales podemos afirmar que estas últimas tres semanas hemos estado en presencia (gracias, Europa) de un espectáculo a la premier monde.

Al fútbol, si se le ve bien (o sea, por cualquier ángulo que se le vea), es el vivo reflejo de la organización y maneras de comportarse de una nación, o mejor dicho, de un grupo de naciones; en este caso, Europa y Latinoamérica. Si uno presencia un partido de fútbol latinoamericano pareciera que juegan bajo otro tipo de reglamento; incluso hasta el aficionado más experimentado llega a preguntarse al ver el partido entre Santos y Cruz Azul si se trata del mismo deporte que juegan Chelsea y Manchester United, porque en México, al igual que en el resto del continente, pareciera que los jugadores serán amonestados por el árbitro si se atreven a rebasar cierto límite de velocidad al correr, o bien, que serán expulsados si cada que los roza un rival no salen catapultados por los aires como si hubiesen pisado una mina terrestre, para luego gesticular, retorcerse y gritar en el césped como si los 7 demonios que se le metieron a Emily Rose los tuviesen ellos dentro. Ah, y no olvidar que luego tienen que mentarle la madre al árbitro en cuatro diferentes lenguas autóctonas por no haber marcado la criminal falta.

A continuación presentaré unos ejemplos entre los dos continentes que bien son el reflejo de una y otra sociedad:

En Europa los estadios parecen naves espaciales, y sus palcos hoteles de cinco estrellas. En Latinoamérica los estadios parecen ruinas prehispánicas, y sus palcos (si es que los tienen) cuartitos como los cubículos de maestros de escuela pública.

En Europa tienen una liga de campeones que se llama Liga de Campeones, y haciendo honor a su nombre, participan los campeones y subcampeones de todos los países del continente. En Latinoamérica también tenemos una liga de campeones, excepto que los equipos participantes son los que batallan por el descenso, o dicho en castellano, participan los equipos que fueron campeones hace un lustro y que ahora son los últimos lugares en sus respectivas ligas. Otro dato curioso es que el nombre del torneo era Copa Libertadores de América, ahora no, ahora tiene el nombre de un banco español, y antes tuvo el nombre de una marca de automóviles japonés, y tengo la ligera sospecha que dentro de un par de años su nuevo nombre será Liga Facebook Santander Toyota y Helados la Brocha Libertadores de América S.A. de C.V.

En Europa los dueños de los clubes son concientes que los espectadores son seres humanos, por eso en sus estadios existen las butacas, mismas que están numeradas. En Latinoamérica los dueños de los clubes son concientes que los espectadores son animales salvajes, por eso las gradas son hileras de concreto y el campo esta cercado por rejas con púas como los zoológicos del tercer mundo. Desafortunadamente el campo es tan grande que no lo pueden cercar con una cúpula de hierro como la que salía en la película Mad Max 3, y siempre hay jugadores descalabrados por algún proyectil punzocortante arrojado desde las tribunas.

En Europa existe un Presidente por cada club, que es elegido democráticamente mediante elecciones por un consejo de expertos, socios y accionistas. En Latinoamérica el dueño es un señor de vientre tan amplio como su cuenta bancaria pero de estrecho conocimiento en todo lo relacionado en materia futbolística, por eso, él mismo se autoproclama Presidente y Vicepresidente del club como ciertos dictadores de ciertos países tropicales del continente. 

En Europa los torneos están perfectamente calendarizados. En Latinoamérica también, por eso hay fines de semana en que un mismo equipo tiene que jugar dos partidos a la misma hora pero en diferente ciudad o país.

En Europa existen casos de corrupción, o sea, partidos arreglados por casas de apuestas. En Latinoamérica están prohibidas las casas de apuestas, no hacen falta, una misma persona pueda ser dueño de dos, tres, cuatro o el número de equipos que quiera y le alcance para mantener dentro de una misma liga.              

En Europa, cuando sus mejores jugadores se vuelven viejos y ya no pueden competir al más alto nivel, son vendidos a los equipos adinerados de Latinoamérica. En Latinoamérica los jugadores más talentosos y que juegan más bonito se van a Europa porque les pagan más dinero.

Para cerrar, una anécdota personal: un día fui a entrenar con un equipo profesional. “¿Estás loco, muchacho? Tranquilo, es solo un entrenamiento”, me regañaron los jugadores y también el entrenador. Nunca entrené en Europa, pero sospecho que de haberlo hecho, el entrenador y los jugadores también me hubieran regañado: “Oye, tú, no seas marica, si quieres jugar aquí mete más fuerte la pierna”.  

Acaba de comenzar la final, con su permiso, me voy a ver Fútbol con mayúscula.  

sábado, 11 de julio de 2009

Jóvenes Emprendedores


“Nunca es tarde para no hacer nada.”
- Jacques Prévert


Todo lo que sé, lo aprendí de mi alma máter, el Instituto Tecnológico de Mérida (ITM), un microcosmo de México: sindicatos, huelgas, acosos sexuales, vendedores ambulantes, perros sarnosos, planillas estudiantiles, sociedades de alumnos, corrupción y cualquier otro cáncer social que pueda existir en un país tercermundista que se dé a respetar.

More...El ITM era tan genial (bueno, es tan genial, pues dudo que haya cambiado desde mi graduación), que en un mismo salón de clase podías estar flanqueado, a un lado, por el sobrino de Carlos Slim, y al otro, del hijo del campesino más pobre del Estado; y por si esto no fuera suficiente, cuando una persona foránea te preguntaba dónde estudiabas, podías responder inflamando el pecho de orgullo que en el Tec, y de esta forma lo engañabas haciéndole creer que estabas matriculado en algún campus del Tecnológico de Monterrey, de esos que hay regados por todo el país cuan largo y ancho es.

Una de mis grandes enseñanzas de vida para triunfar en la vida fue en el programa de Jóvenes Emprendedores que cursé en la licenciatura de administración de empresas, en el penúltimo semestre. Tiempos en los que uno daba por sentado que ya era un “lic”, gracias a que los bien intencionados catedráticos te ponían por trabajo de final de semestre la gran responsabilidad de crear una empresa. Pero no cualquier empresa, sino una hecha y derecha, con todo lo que debe llevar una organización à la primer mundo: acciones, estudios de mercado, análisis de marketing, análisis financiero, puntos de venta y todas esas cosas que en el papel lo van a convertir a uno en alguien más emprendedor y rico que Bill Gates. Claro que todo eso es sólo en papel, porque del dicho al hecho, hay varios mexicanos en el trecho.

El profesor dijo que los equipos de trabajo (futuras corporaciones), debían estar conformados por doce personas (ni uno más, ni uno menos). En mi caso, yo pertenecía a una corporación integrada por tres personas, es decir, tres directores generales, contándome a mí como uno de ellos. Sentados en un oscuro aposento (el cual era uno de los rincones del fondo del aula, lugar que por indefinidas fuerzas cósmicas ocupábamos desde el primer semestre de la carrera), en un hermetismo equiparable al del cuerpo de inteligencia de la CIA, fraguábamos lo que teóricamente sería la corporación más rentable desde la invención de Microsoft.

Las tuercas de nuestra gran maquinaria se iban engrasando poco a poco, no así las del resto de nuestros compañeros, que para su mala fortuna y poca creatividad, invertían todo su tiempo creando empresas enfocadas en el consumo alimenticio: paletas, frituras, dulcecitos y todo tipo de comida chatarra que al parecer habría de convertirse en la competencia directa del hombre gordo del puesto de kibes que todas las mañanas se paraba frente la puerta principal de la universidad a deleitar a todo aquel miembro del cuerpo estudiantil y docente que quisiera elevar sus niveles de colesterol.

Sobra decir, que aquellos compañeros emprendedores eran unos pobres ingenuos, pues ninguna generación del ITM había podido robarle mercado al kibero, alias el gurú de la mercadotecnia, quien aplicaba un método infalible de venta: “el volado”. Traducción: apostar pagar el importe del kibe al doble o llevártelo gratis dependiendo si la moneda arrojada al aire al caer al suelo caía con la cara en águila o con la cara en sol; está de sobra aclarar que la inmensa mayoría de los clientes perdían la apuesta, y ahí es cuando venía la segunda ronda de apuestas que consistía en el infalible “doble o nada”, donde también sobra mencionar que el kibero tampoco perdía, sin embargo, al estudiantado le gustaba las emociones fuertes y terminaba apostando y pagando un dineral por no comer ni un solo kibe.

En el aula de los emprendedores el tiempo apremiaba, y nadie lograba ponerse de acuerdo. Gritos de protesta estallaban en todos los rincones del salón de clase, la Cámara de Diputados no era nada en comparación al bochornoso espectáculo de desorganización suscitado entre mis compañeros: integrantes cambiaban de un equipo a otro con la misma facilidad con la que los políticos cambian de partido, todo en pro de que su idea de comida chatarra fuese aprobada a como diese lugar. En vista del desastre inminente, el profesor optó por la sana medida (muy salomónica y mexicana) de decirnos que conformásemos los equipos de trabajo con el número de integrantes que nos diera la regalada gana.

Por fortuna la corporación a la que pertenecía estaba más que lista para salir al mercado, excepto por un pequeño detalle: financiamiento. Pequeño obstáculo que estábamos seguros de sortear, pues como era bien sabido toda gran idea siempre es respaldada por algún millonario capitalista interesado en incrementar sus utilidades.

Éramos el equipo ideal. El más inteligente de nosotros tres, era un joven apasionado y maniático de los números, él se encargaría del engorroso menester de llevar a buen puerto la contabilidad y el papeleo legal de la corporación, en pocas palabras, en sus manos estaba que no nos metieran en la cárcel, o lo que es lo mismo, dependíamos de su inteligencia para evitar que el profesor nos pusiera un espantoso NA (No Aprobatorio).

El otro socio o “director general” (así le gustaba que lo llamáramos), de números, aspectos legales o cualquier otra responsabilidad que se asemejara a manejar una compañía, sabía lo mismo que pudiese saber un niño de kinder acerca de física cuántica. De responsabilidades administrativas no sabía ni coma, pero eso sí, nuestro socio tenía a su favor que era guapísimo (al menos eso decía él mismo de su persona cuando veía su rostro reflejado en los cristales del salón de clase), belleza que le había granjeado ser Top Model de panfletos publicitarios que te regalan en las esquinas con semáforo.

Y finalmente, yo era el tercer socio, un tipo carente de todo talento numérico, legal, corporativo y pasareríl; lo que me dejaba con mucho tiempo libre para meditar y escribir banalidades acerca de mi mismo y del ser humano en general, talento que me convertía en el candidato perfecto para ocupar el puesto vacante de Director General de Creatividad.

Los tres flamantes directores irradiábamos tanta seguridad en nosotros mismos que pronto se corrió el rumor en la escuela que a nuestra corporación le auguraba un tremendo éxito, así fue que no se hicieron esperar las largas filas de compañeros que intentaban ingresar su currículo para laborar con nosotros, muy a pesar de que a ciencia cierta ninguno de ellos tuviera la más remota idea de qué producto o qué servicio vendería nuestra corporación.

Fue el discípulo adelantado de Versace (sin duda, el más extrovertido de los tres, y por tal motivo, vocero oficial y Director General de la corporación), quien se animó a decir a la multitud que se aglutinaba alrededor nuestro que lo que realmente requeríamos en esos momentos eran los servicios de alguien que tuviera los conocimientos y la valentía suficiente para hacerse cargo de la Dirección General de Recursos Humanos (RH). La función del Director de RH (que en realidad resultó ser directora, ya que fue una mujer a la que elegimos por cargar con dos bellas y poderosas razones por delante), era la de seleccionar al candidato idóneo para cada puesto de la corporación. Traducción: contratar muchos obreros.

La tetona directora de RH en cuestión de minutos contrató a un equipo de trabajo conformado por dieciséis personas (todos ellos sus mejores amigos). Conformado el equipo de trabajo, nosotros, los tres emprendedores directores de la corporación nos dimos a la tarea de ir en busca de empresarios que quisieran invertir en nuestro proyecto, mismo proyecto que fue rechazado por cada uno de los empresarios que visitamos (en realidad sólo visitamos a un empresario).

Con la moral baja y las manos vacías por no haber podido explicar con elocuencia de qué se trataba nuestro proyecto, regresamos con los obreros a informarles la mala noticia. Noticia que para nada fue de su agrado, provocando que en cuestión de minutos nos topáramos con un sindicato, y luego, rodaron las cabezas de los altos mandos (nuestras cabezas) y el líder sindical terminó convirtiendo nuestra corporación en una empresa dedicada a la venta de dulcecitos de amaranto.

Los tres directores fuimos degradados al puesto de obreros, o lo que es lo mismo a cocineros de dulcecitos de amaranto. Y nuestra promoción de ventas era la siguiente: si encuentras en tu dulcecito de amaranto un cabello humano (o de alguna otra especie viva), te regalamos otro dulcecito de amaranto.

La compañía quebró a la semana, sin embargo, todos nos graduamos con honores.


viernes, 10 de julio de 2009

Los misterios de la niñez


“Los cuentos infantiles son juguetes filosóficos.”
- Juan Villoro


Las luces del cine se encienden, caminamos por el pasillo, luego por la acera y luego entre algunos automóviles estacionados para poder llegar al coche. Un par de niños me flanquean a los costados. Uno tiene siete y el otro ocho años. Son mis sobrinos. He decidido que guarden algún recuerdo bonito de su tío estas vacaciones de verano.

More...La película ha sido una obra maestra. Y no lo digo por el derroche tecnológico y la espectacular animación que tiene, no señor, sino por la trama. Tiene que ser una obra maestra una película donde el protagonista es un robot y en donde casi no existen diálogos y aun así logra tener al filo de la butaca por hora y media tanto a niños, adolescentes y adultos.

-¿A dónde vamos cuando morimos, tío? –me pregunta el menor de mis sobrinos.

Sabrá Dios qué pensamientos habrán cruzado por su mente al ver la película, pero algo es seguro, le tocó las fibras más sensibles. Esa es una pregunta que con seguridad un tío no está capacitado para responderle a su sobrino de siete años, no sí sus papás están a varios kilómetros de distancia.

-¿Que a dónde vamos cuando morimos? –respondo con una pregunta para ganar tiempo.

Nunca he sido niñero. Carezco de esa capacidad que tienen los adultos para comportarse como unos perfectos imbéciles cuando están delante de un niño, ya saben, haciendo esas vocecitas de niños y tratando a los niños como si fueran unos bebés toda la vida.

-Sí, tío. ¿A dónde vamos cuando morimos? –vuelve a la carga.

Una cosa es llevar a tus sobrinos al cine y otra muy distinta que al llegar a casa su mamá les pregunte cómo estuvo la película y uno de sus hijos le salga con la buena nueva de que al morir te apagas como un televisor.

-No tengo la menor idea de a dónde vamos cuando morimos –digo.

Mi sobrino abre los ojos tan grandes como los de un sapo; todo parece apuntar a que es la primera vez que un adulto no sabe darle una respuesta.

-En mi escuela dicen que cuando mueres te vas al Cielo –dice.

En mi escuela también solían decirme eso, pienso, entre otras muchas cosas que nunca pudieron comprobar mediante una explicación que tuviera sentido.

-Pues ahí lo tienes, el Cielo es un bonito lugar para ir –digo.

-¿Pero tú qué crees tío? –me pregunta.

Los focos de alarma se encienden.

-¿Que qué creo yo? –respondo con otra pregunta para ganar tiempo. Maldito robot, pienso, bonito lío en el que me ha metido.

-Sí, ¿qué piensas tú del Cielo? –me pregunta el niño abriendo nuevamente sus enormes y redondos ojos.

Al diablo, cuando era un niño y le hacía preguntas de ese estilo a los adultos ellos me mandaban a jugar con mi hermano y mis primos, y luego me decían que fuera un niño bueno para que al morir pudiera ir a un lugar del cual nadie quería hablarme.

-No creo en el Cielo, yo creo que cuando mueres te apagas como un televisor –respondo.

Mi sobrino, lejos de sorprenderse, sigue caminando tranquilo y me dice:

-Para Navidad pienso pedirle a Santa Claus que me traiga a Papá Abu. ¿Crees que me lo traiga del Cielo? –pregunta.

-Lo dudo –digo-, pero pídeselo de todos modos, uno nunca sabe.

Subimos al auto.

-Tío, ¿Wall-E era un robot mujer, verdad, si no por qué se enamoró de ese otro robot que disparaba? –pregunta mi sobrino mayor.

Antes de responder acelero a toda velocidad para llegar a casa lo más rápido posible. Tengo la ligera sospecha de que mi hermano y mi cuñada en su vida me volverán a dejar pasear con mis sobrinos sin la supervisión de un adulto.


jueves, 9 de julio de 2009

Somos chatarra


“Un conservador es un hombre demasiado cobarde para luchar y demasiado gordo para huir.”
- Elbert Hubbard
             

Justo ahora que han dado inicio los Juegos Olímpicos (tomen nota), nuestros astutos mandatarios han lanzado al aire una campaña para combatir la obesidad. Por favor, un aplauso para ellos, que al parecer alguien ya les ha informado que somos el país más obeso del mundo luego de Estados Unidos.

El comercial que vi ayer fue muy conmovedor. Palabra que hasta se me escurrieron unos lagrimones por las mejillas. Era uno (con seguridad lo habrán visto ya) en el que aparece una señora dándole de comer a sus retoños unas manzanas. “No quiero heredarles la diabetes, por eso los acostumbro a comer sanamente”, dice la señora (o alguna ridiculez por el estilo).

Quién diría que a estas alturas de la evolución humana los políticos ya ni siquiera tienen tacto para darnos atole con el dedo. No señor. Ahora nos dan cucharadas. Y bien grandotas. ¿Acaso el gobierno creerá que con una campaña tan tontorrona como “Vivir Mejor” vamos a dejar de ser unos gordos despreciables? ¿Pensarán que con contratar artistuchos de quinta (que para colmo están pasados de peso) que nos aconsejen subir las escaleras en vez de utilizar los ascensores del trabajo mágicamente vamos a dejar de costarle millones de pesos al Seguro Social porque nuestras venas tienen más azúcar que los ríos de chocolate de Willy Wonka?

Ahora si me disculpan, les voy a platicar una parte de mi infancia y mi adolescencia, mismas con las que sospecho (sin temor a equivocarme), cada uno de ustedes se identificará, sin importar a qué escuela hayan asistido, sea pública o privada, religiosa o laica. 

Riiiiiiiing. Esa es la campana que nos avisa que es la hora del descanso. Salgo disparado del salón de clase y me formo detrás de una interminable fila de niños que hacen cola para comprar un refrigerio en la tiendita. Ni siquiera es medio día y mis tripas chillan de hambre muy a pesar de que en el desayuno comí un cereal azucarado y de muchos colores que decía tener 7 vitaminas y hierro. Para apaciguar el hambre tengo muchas opciones a escoger: todas ellas son refrescos embotellados, pastelillos y frituras de diversas marcas. Chomp, chomp. Slurp, slurp.

Las dos últimas horas de clase intento prestar atención a lo que dice la maestra pero no puedo porque tengo mucho sueño, y también mucha hambre. Riiiiiiiing. Esa es la campana que nos informa que es la hora de la salida. Salgo disparado del salón de clase y vuelvo a formarme en otra interminable fila de niños detrás de un carrito donde un señor nos vende golosinas como las que venden en la tiendita del colegio.

Ahora, viéndonos primermundistas, digamos que el calendario escolar tiene 200 días de clases efectivas. Multiplique esos 200 días por 12, que son los años que dura la primaria, la secundaria y la preparatoria juntas.

¿Ustedes creen que un ser humano que creció durante 12 años de su vida consumiendo comida chatarra de buenas a primeras va a dejar de consumirlas, en su casa y en su trabajo, ahora que es un adulto y tiene poder adquisitivo?

No nos hagamos tontos. Si tuviéramos un gobierno responsable que quisiera ayudar en verdad, simplemente prohibiría la chatarra envenenada que entra tan campante a todas las escuelas del país, pues a diferencia de los adultos, los niños no saben discernir qué alimentos son los adecuados para su organismo. Pero, adivinen qué: ¿sabían que los mayores ingresos que tienen las escuelas luego de las colegiaturas los obtienen de lo que venden en las tienditas? ¿Y sabían que los emporios de comida chatarra obtienen sus mayores ganancias de lo que venden en las escuelas? ¿Y sabían que esos emporios de comida chatarra, cada que hay elecciones, filtran parte de sus utilidades para apoyar las campañas de los políticos que nos gobiernan? ¿Y sabían que esos emporios le dan empleo a cientos de miles de trabajadores mexicanos? ¿Se imaginan qué ocurriría si los emporios dejaran de vender su chatarra a nuestros hijos por culpa de un testarudo político al que se le ocurriese, no sé, digamos, hacer una reforma alimenticia? ¿Quién es el valiente de los políticos que dice “yo”?

Ya me lo imaginaba. Por eso somos y seguiremos siendo, por los siglos de los siglos, o hasta que el mundo reviente en mil cachitos (lo cual espero ocurra pronto), la medalla de plata en la carrera de gordos, y eso solo porque en Estados Unidos ocurre exactamente lo mismo que aquí.

Ven, somos chatarra, o mejor dicho, peores que la chatarra.                

Actualización:





Dirán misa, en las calles yo sigo viendo más gordos que nunca.

miércoles, 8 de julio de 2009

Los nuevos sastres del emperador


“Es un error creer que uno está rodeado de tontos, aunque sea verdad.”
- Noel Clarasó
             

No creo que exista en toda la literatura cuan larga y ancha es, y lo digo so riesgo de quedar como un perfecto imbécil, un cuento que defina tan exacta y justamente a la sociedad moderna y virtual en la que vivimos hoy día como El nuevo traje del emperador, escrito por el danés Hans Christian Andersen. Habrá otros cuentos igual de proféticos, pero ninguno que nos calce tan bien y tan cómodamente, cual zapatilla de cristal al pie de Cenicienta.

Para el que no recuerde el cuento de El nuevo traje del emperador, era ese en el que un par de truhanes, haciéndose pasar por sastres, le confeccionaron un traje al emperador advirtiéndole a él y a toda su corte que las telas eran muy finas y que poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a los ojos de toda persona no apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida. Naturalmente, como es de esperarse en un emperador y en su corte, todos alabaron las maravillosas telas inexistentes que los sastres les enseñaron, y solo un niño fue capaz durante un desfile al que asistió todo el pueblo (incluido el emperador engalanado con su traje nuevo) de decir que el emperador estaba desfilando en pelotas; dicho esto, por arte de magia los ciudadanos empezaron a murmurar de boca en boca que el emperador en realidad estaba desnudo, y el emperador al darse color de los murmullos generalizados levantó muy ufano la cabeza y siguió adelante en su caminata triunfal con más garbo que nunca. Fin.

Moraleja: la imbecilidad de la sociedad es un pozo sin fondo.

Casi dos siglos después de la publicación del cuento, descubrimos que el pozo, efectivamente, no tiene fondo. Y miren, les apuesto este par de manos con las que tecleo esta columna cada semana a que si ustedes salen un día a la calle verdaderamente convencidos de que la gente que los rodea son unos perfectos imbéciles, les aseguro (no en balde me estoy jugando las manos) que se pueden hacer de muy buen dinero. Y cuando les hablo de muy buen dinero me refiero a cifras que les darán para vivir como hombres respetables y admirados por la sociedad.

Lo que tienen que hacer es lo siguiente, tomen nota:

1. Nunca sobreestimen a la sociedad. Los grupos de personas siempre pueden ser más imbéciles de lo que ustedes creen. 

2. Nunca sobreestimen a un individuo. Un individuo siempre puede ser más imbécil de lo que ustedes creen.

3. Piensen en una idea, la que sea, les aseguro que es factible y redituable de generarles cientos de miles de pesos.

4. Crean en ustedes mismos. No piensen que ustedes son unos imbéciles porque sus ideas son una completa idiotez.

5. Las ideas por si mismas nunca son idiotas, por más idiotas que parezcan.

6. Salgan a la calle y aparezcan en televisión e Internet y vendan sus ideas.

Ahora saquen otra hoja y tomen nota del siguiente consejo para que sus ideas se vendan como Dios manda:

Sus ideas tienen que cubrir al menos uno de los tres elementos básicos que padece el ser humano moderno:

A) Soledad.

B) Vanidad.

C) Curiosidad.

Listo. Si ustedes son pobres y rechazados socialmente es porque así lo desean. Hoy hasta el más tonto puede hacerse millonario, y ojo, no les estoy diciendo que se enrolen en la política. Lo único que tienen que hacer es abrir los ojos e imitar a los cientos de miles de sastres modernos que aparecen en la televisión, el Internet e hinchándoles las pelotas por el celular vendiéndoles algo completamente inútil para su vida cotidiana.

Si no me creen, sigan la lista de consejos que les di y ya verán, es más fácil de lo que ustedes cree. Cuestión de tenerse fe, o mejor dicho, de dejar de tenerle fe a la raza humana. Y si siguen sin creerme, échenle una hojeada al genio que no hace mucho le ató una correa a una piedra y le dijo al mundo que lo que él tenía no era una piedra, sino una mascota. 





Gary Dahl se volvió millonario al vender en Febrero de 1976 la módica cantidad de 1.5 millones de mascotas-piedras.

Les digo, cuestión de dejar de ser tan modestos. Libérense y conviértanse en un capitán que navega por el interminable océano de la desvergüenza, charlatanería e imbecilidad humana. 

martes, 7 de julio de 2009

El votante dubitativo


“Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione.”


Enciendo la televisión y un periodista gordo (gordo como todos los periodistas campechanos que aparecen en la televisión y que no cesan de humillarme año tras año al vencerme en el premio estatal de periodismo) condena a todos los votantes que piensan votar en blanco.

-El voto es una obligación –dice otro periodista mofletudo y dueño de un vientre de dimensiones escandalosas.

Entro a Internet y en el Facebook y en el Messenger cientos de cibernautas que creen ser mis amigos (nunca imaginé ser tan popular) me animan a votar mediante frases del tipo “¡VOTA azul, rojo, amarillo, verde, morado o cualquier  color, pero vota!”

En la radio, consumados analistas políticos arengan a los radioescuchas a votar, sus palabras son tan profundas y sus voces tan graves que me hacen sentir culpable por el deseo que tengo de quedarme durmiendo en casa todo el domingo cuan largo es.

Llega el domingo. Pese a pronóstico, despierto temprano. Groseramente temprano gracias a un misterioso número que me envía un mensaje de texto al celular donde dice que hoy es día de elecciones y tengo que salir a votar. ¿Acaso para eso quería el Presidente de la República que registráramos todos nuestros números de celular ante gobernación, para recordarnos como niños de kinder que tenemos que salir a ejercer un derecho opcional que durante meses vienen diciéndonos por todos los medios de comunicación posibles que si no votamos somos unos ciudadanos desnaturalizados?

Andy Roddick y Roger Federer se van a un quinto y último set y llega otro mensaje de texto de otro número misterioso que me invita a votar, tal cual si intuyera que mi deseo es el de quedarme en casa toda la mañana viendo probablemente uno de los partidos más dramáticos y emocionantes de la historia de Wimbledon. Entonces imagino que soy Roger Federer, espigado, delgado, sobrio, un caballero, es decir, Roger Feder en toda la extensión de la palabra, no yo, porque ni en mis fantasías más osadas puedo imaginarme a la persona impresentable y mamarracha que soy sosteniendo un trofeo que me acredite como el número uno. Mi mente sabe la clase de buhardilla donde habita, un cuchitril oscuro, lleno de temores y de dudas. Un lugar poco fértil para la luz y la gloria.

Aparece una estadística en pantalla y descubro que Roger es un año menor que yo. Entonces, mi mente que es malvada, se pregunta qué hubiera pasado si desde pequeño me hubiera gustado el tenis tanto como ahora. ¿Acaso hubiera entrenado las horas que fueran necesarias hasta perfeccionar mi juego como el de Federer? Imposible, pienso, como Roger solo hay uno. Federer gana su decimoquinto título de Grand Slam y Woody Allen lo observa extasiado desde las butacas del graderío. Me imagino (con el cuerpo de Roger) dedicándole el triunfo a mi máximo ídolo, diciendo micrófono en mano:

-Señor Allen, este trofeo es para usted, gracias por regalarnos las películas más hermosas y divertidas del mundo. Por favor, no se muera nunca. 

Otro mensaje de texto de otro número misterioso me saca de mis ensoñaciones. Vuelve a incitarme a votar. ¿Acaso debo votar?, me pregunto sin salir de mi hamaca. Y de hacerlo, ¿por quién debería votar? Lo ignoro, pero debo hacerlo por alguien, por quien sea, tal como me dijeron mis amigos cibernautas, los pantagruélicos periodistas de la televisión, los renombrados analistas políticos de la radio y los propios políticos aspirantes a algún escaño, de lo contario, sería yo una persona antidemocrática, funesta e inservible para mi patria.

Permanezco en posición horizontal y una interrogante asalta mi mente: ¿Debo votar por el partido perpetrado en el poder por casi una centuria, entregarles mi voto a esos señores que me han amenazado, censurado y negado sistemáticamente todo tipo de becas para dedicarme al desdichado oficio de las letras de tiempo completo; o quizás deba votar por el partido de ultraderecha cuyos acaudalados y empresarios seguidores un día (destilando alcohol en una fiesta) me ofrecieron una cuantiosa suma económica (y luego sabiamente olvidaron llamarme) para escribir los discursos de su candidato; o puede que deba votar por el partido ecológico (entiéndase el partido de las luminarias de Televisa) que aboga por la pena de muerte al animal más peligroso que habita en la Tierra (entiéndase el ser humano) y que entierra vivos a sus candidatos como semillas humanas en terrenos baldíos para que estos resuciten al tercer día cual Jesucristo convertidos en la mejor opción política; o por último, en los partidos de izquierda cuyos candidatos son empresarios o en su defecto unos indios analfabetos con machetes?

Pudo más el sentimiento de culpa. Un sentimiento de culpa del cual me arrepiento al verme flanqueado por gente sudorosa que ingenuamente creyó que nadie iría a las casillas de votación a la hora de más calor de la tarde. Media hora después, entro goteando a la casilla. En un arrebato de irresponsabilidad ciudadana, anulo mi voto. Escribo en la boleta de gobernador, de diputado local y de diputado federal el nombre de mi candidato preferido, es decir, Don Perro. Simpático, sátiro y truhán canino de caricatura que inventó mi amigo escritor y caricaturista Juanito Magaña para satirizar y denunciar masivamente los usos y costumbres de la política campechana con una maestría propia de los genios.




En la última boleta, decido no ser del todo un ciudadano irresponsable. Para el puesto de presidente municipal voto por el papá de un buen amigo con el que me he emborrachado hasta el amanecer, intercambiado libros y compartido los mismos gustos en mujeres. Voto por ese señor de cabellera cana no porque haya ido a su casa a emborracharme y abusado de su hospitalidad, sino porque creo que es el candidato idóneo para gobernar una ciudad ingobernable. Además de que me prometí a mi mismo que votaría por el primer político que en sus cartelones que inundan los postes de las calles apareciera sin sonreír como un imbécil profesional. Sí, así de fácil puede ganarse mi voto un candidato.


Tacho con orgullo el nombre del papá de mi amigo y al salir de la casilla sospecho que lo he sentenciado a una derrota avasalladora porque es bien sabido que sobre mi cabeza pende una nube negra que suele ser contagiosa.

Regreso a casa. Para disipar mis malos presagios le pregunto a la muchacha si votó por el papá de mi amigo.

-El voto es secreto –dice.

-Anda, dime –suplico con ojos de cachorro-.  No se lo voy a decir a nadie.

-Ay, Rodri, la verdad la verdad… –dice la muchacha haciendo una pausa telenovelesca- no voté por el papá de ese su amigo.

-¿Por qué? –pregunto escandalizado.

-Pues la verdad la verdad, pues por pesado. Fue a mi colonia y fue el único que no quiso bailar reggaetón como los otros candidatos bien buenas gentes. 


lunes, 6 de julio de 2009

Con su permiso, somos unos idiotas


“Idiota: Del griego idotés, utilizado para referirse para quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás.”
- Fernando Savater
             

Lo más lindo que le pude ocurrir a un escritor es que lo lean, pero lo más lindo lindo es que le escriban, o sea, que un lector después de leerle, alegre o furioso con las barbaridades que el destino y editorialistas chiflados pusieron delante de sus ojos, contento o con la vena palpitándole rabiosa en la frente se arroje al teclado de la computadora y le escriba las cosas más dulces y tiernas o en su defecto los insultos más terribles y crueles haciendo énfasis en la madre que le parió.

En fin, para qué le doy vueltas al asunto, las cartas o e-mails más divertidos son los que provienen de los lectores que no saben leer entre líneas. Que tal o cual cosa que publica un escritor se lo toman como algo personal, es decir, como una afrenta que hay que lavar (de ser posible) con sangre. Es por ello que este tipo de lector es el más apreciado. Porque uno se los imagina desde el otro lado de la computadora como unos trogloditas con mazo en mano como el Capitán Cavernícola tecleando con sus dedos chatos una serie de atrocidades dignas de ponerle los pelos de punta incluso al psicópata más aventajado; pero luego resulta que los capitanes cavernícolas en realidad son respetables amas de casa o pulcros contadores de oficinas que tuvieron un mal día con el jefe.

Por eso, una vez más, y no es que me guste meter el pulgar enterito en la herida, repito, los mexicanos somos unos idiotas y unos ingenuos y unos tramposos, o sea, para los que no captan todavía, la peor calaña de este continente. Y óigame, dirán algunos (los más espabilados), eso no es noticia, todos lo sabemos. Pero no, palabra que no todos se han dado por enterados, aún.

La mayoría nos seguimos chupamos el dedo, y bien sabroso. Chup, chup. Como recién nacidos sorprendidos e incapaces de hacer algo (ni siquiera patalear o llorar) cuando algo “inverosímil” ocurre delante de nuestros castos ojos.

No voy a nombrar nombres, faltaba más, pues no hace falta; en materia política uno dispara al aire y mata diez patos, mínimo. Digamos que Clodomiro H. Pérez fue gobernador del Estado de Ayucatitlán y en su sexenio se cansó de talar hectáreas infestadas de molestos árboles y selvas bajo la obligación moral de que México es un país pujante y en vías de desarrollo y por tal motivo construyó sobre estas zonas vírgenes y protegidas planchas de concreto que ahora sirven de estacionamiento para centros comerciales y demás lugares de esparcimiento para la sociedad, como pueden ser ferias ganaderas que solo duran tres semanas al año, ya saben, porque México es, como les dije, un país pujante y en vías de desarrollo. Y en nuestras narices. Ojo. Entonces no es hasta que el gobernador pujante Clodomiro H. Pérez termina su gestión cuando los ecologistas muy indignados publican artículos iracundos en los periódicos alarmando a la sociedad de que nos estamos quedando sin zonas verdes, y la sociedad (muy ecologistas ellos y ellas) se indigna con el ex mandatario Clodomiro H. Pérez diciendo que es un inconciente y un bandido porque los estacionamientos fueron construidos por las constructoras de su familia, entonces, el nuevo mandatario que en realidad es mandataria porque en el Estado de Ayucatitlán hay igualdad de género hasta en la política, como primera medida decide colocar al ex mandatario Clodomiro H. Pérez como encargado de proteger las áreas verdes, mares y toda la fauna marina y terrestre del Estado, y todos los ciudadanos que poseen un civismo escandinavo a la décima potencia, fruncen el seño a manera de indignación y se van, unos a los gélidos aires acondicionados de los centros comerciales, y los otros, a rostizarse a las playas (faltaba más, es verano) porque el calor es insoportable y le pone de muy mal humor a cualquiera. Y luego, los unos y los otros, miran unas amenazadoras nubes negras en el cielo, y los unos cruzan los dedos, y los otros chocan tres veces sus talones uno con otro deseando que este verano no entre un huracán como Katrina y nos mande a tomar por culo a todos.                

domingo, 5 de julio de 2009

Maldito gringo


“Mentiroso: alguien que dice una verdad poco agradable.”
- Anónimo


El otro día llegó un e-mail a mi bandeja de entrada que llevaba por título, “Maldito gringo”. Mandé el e-mail a mi bandeja de correo no deseado. Dos horas después me llegó otro e-mail con el mismo título, “Maldito gringo”. Mandé el e-mail a mi bandeja de correo no deseado. Luego, me fui a bañar, me lavé los dientes y salí a la calle. De vuelta en casa fui a la computadora abrí mi correo y tenía cuatro e-mails con el título (a que no adivinan), “Maldito gringo”. Me dispuse a sentenciar a los e-mails nuevos con la misma suerte que corrieron los e-mails antiguos, pero una vocecilla interior me animó a arriesgarme a conocer quién era ese maldito gringo sin importar que la computadora quedara infestada con un malévolo virus llamado “Maldito gringo”.

More...Abrí el correo. Hubo suerte. Nada de virus. Solo un video donde aparecía un señor que decía unas cosas bastante comprometedoras de los mexicanos que están de ilegales en Estados Unidos. “Maldito gringo”, pensé. Volví a ver el video. “Maldito gringo”, volví a pensar. Así que me dispuse a reenviar el e-mail tanto a mis amistades como a las personas con las cuales no he cruzado palabra alguna en la vida pero que por azares del destino y de la tecnología tengo entre mis contactos. “Un momento”, pensé. Y volví a ver el video. El maldito gringo decía que el medio millón de mexicanos que cruza al año de manera ilegal a Estados Unidos, son todos unos criminales y una coladera para los recursos de su país, y luego se burlaba de las palabras que dijo nuestro presidente en una conferencia (en México, desde luego), donde se quejaba (con su respectiva bandera de México a sus espaldas) y externaba nuevamente a nombre del gobierno de México una enérgica protesta por las “medidas unilaterales tomadas por el Congreso y el gobierno de Estados Unidos que exacerban la persecución y el trato vejatorio en contra de los trabajadores mexicanos no documentados”. Glenn Beck, que es el nombre del maldito gringo, desde su noticiero en CNN finalizó la nota diciendo que nuestro presidente es un flojo y un líder que no vale nada (y un interesado que solo le importa el dinero), de lo contrario estaría más tiempo preocupado en mejorar nuestro país en lugar de estar hablando mal de Estados Unidos, luego entonces, tal vez la mayor exportación de México dejarían de ser… los mexicanos, que dicho sea de paso aportan 20 mil millones de dólares a la economía de México cada año.

“Caramba, este maldito gringo tiene razón”, pensé, incluso olvidando el tono burlón y retador con el que suelen expresarse los periodistas en los países del primer mundo, donde no te meten una bala entre ceja y ceja por decir lo que piensas. Así fue que en vez de reenviar el e-mail del “Maldito gringo” decidí que algo más productivo sería realizar una encuesta entre los lectores del blog, y esta fue la pregunta que formulé con mi malvado editor, P:

Si los mexicanos no fuéramos tan corruptos, haraganes y tramposos, es decir, si México fuera un país del primer mundo, ¿qué crees que ocurriría con nuestra frontera?

Opciones de respuesta:

a) Siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, construiríamos un muro que no dejara pasar a la chusma.

b) Dejaríamos pasar a cuanto bueno-para-nada quisiera, hasta que en México hubiera 300 millones de habitantes y más del 30% del crecimiento anual de población se debiera a los inmigrantes.

c) Los culparíamos de la inseguridad, y en vez de luchar contra el narco nuestra principal preocupación sería crear una reforma migratoria para expulsarlos a todos.

d) Nuestras chachas y jardineros serían nicaragüenses y salvadoreños, y podríamos abusar de ellos pagándoles sueldos de hambre (como hacemos con nuestras chachas y jardineros mayas, olmecas o de donde sean).

e) A los campechanos nos pagarían 50 pesos por cada indocumentado que matemos con nuestro rifle de copitas.

f) Arjona sería proclamado profeta por su canción “Si el norte fuera el sur”.*

Al día siguiente de haber realizado la encuesta, me bañé, me lavé los dientes y salí a la calle. Al volver a casa encendí la computadora, entré a mi correo y al abrir los e-mails muchas personas me decían cosas horrendas de mi santa madre y que yo era un antipatriota y otras lindezas de grueso calibre que por respeto a sus puros y castos ojos, queridos lectores, no reproduciré en esta página tan pura y casta.

Sospecho que la verdad duele como un puñetazo cuando te la aporrean en el rostro. Y tal vez, por obra y gracia divina, el día que reconozcamos que somos unos chupamedias, tramposos, haraganes, ladrones y evasores de impuestos, ese día (muy divino y lleno de gracia), queridos amigos, quizás nos avergoncemos de nosotros mismos y hagamos algo para mejorar como individuos y como sociedad; solo entonces quitarán el muro de la infamia que nos separa como a unos animales salvajes de los Estados Unidos (cuyos habitantes, dicho sea de paso, también son unos animales salvajes), y cuando ese milagroso día llegue, ya verán como los inmigrantes de los países del centro y sur de América, en vez de irse a Gringolandía o a Europa, preferirán quedarse en México, y ya verán cómo construiremos un muro gigante como el de los gringos para que los escorias foráneos no vengan a quitarnos nuestro empleo.


*Es sarcasmo, es una mierda su canción, como todas las de su repertorio musical.


sábado, 4 de julio de 2009

Solo pasa en las películas


A estas alturas del verano, supongo que todos habrán visto la nueva película de Batman, El caballero de la noche. Los que no, pues no sé que esperan, dejen de leer esta columna y vayan corriendo al cine a verla, es de esas películas que bien valen la pena verla en pantalla gigante acompañada de un descomunal vaso de refresco para hidratarte, digo, casi tres horas sentado sin beber líquido puede ser peligroso para la salud.

More...La verdad es que nunca me han gustado las películas de superhéroes, sin embargo, ésta de Batman, debo admitir, le quedó bastante chula a Christopher Nolan y a todos los involucrados. Y más allá de la genial actuación de Heath Ledger interpretando al Guasón, tres fueron los puntos que llamaron poderosamente mi atención, los cuales enumero a continuación:

1. El gordito de la séptima fila: En la fila de adelante, un gordito como de diez u once años, no más, le explicaba a sus otros amiguitos que ya existía otra película de Batman. “Una en la que el Guasón es un viejito, el viejito que sale haciéndole de viejito loco en esa película de Adam Sandler… Locos de ira”, decía feliz de recordar el nombre de la película el gordito cinéfilo. Admito haberme horrorizado. Primero, porque fue hace casi dos décadas cuando fui con mis amigos al cine a ver Batman (tenía casi la misma edad del gordito y sus amiguitos), la que dirigió Tim Burton; y segundo, porque las nuevas generaciones de niños ven a la leyenda viviente Jack Nicholson como un viejito alocado. Y, ¿saben algo?, tienen todo el derecho de verlo como un viejito alocado. Digo, no sé si fue la huelga de escritores o el calentamiento global o los huecos de la capa de ozono, pero todos los grandes actores (o casi todos) se han dedicado a hacer las peores películas del universo, o sea, vayan a la sección de estrenos del videoclub y le darán la razón al gordito en vez de reprimir el impulso de saltar a la butaca de enfrente y reventarle un par de cachetadas por llamar viejito alocado a Jack Nicholson.

2. Batman está loco: Repito. Nunca me han gustado las películas de superhéroes. Llámame amargado o di que no tengo ese niño interior que supuestamente todos llevamos dentro, pero no me trago a un hombre disfrazado en pijama combatiendo al crimen organizado, que ignoro por qué, también se empeña en usar pijamas. Sin embargo, como bien dice mi buen amigo y gran caricaturista Juanito Magaña, Batman está loco. Completamente loco, incluso más loco que el más loco de sus adversarios. Bruno Díaz (para mí siempre será Bruno Díaz) es un chiflado multimillonario que nunca superó el asesinato de sus padres y que en vez de disfrutar a lo grande la fortuna que heredó (no sé, tal vez yéndose a las Bahamas igual y supera sus traumas el pobre hombre), prefiere ahogar sus penas empijamándose y aniquilando a todos los malhechores que las corruptas e ineficientes autoridades de ciudad Gótica no pueden arrestar. Quizás por eso me ha gustado mucho esta última película de Batman. Es un duelo encarnizado para definir quién está más chiflado: él o el Guasón, o sea, el bien o el mal.

3. Las bromas del Guasón: Imagina que estás tranquilamente veraneando con tu familia en un crucero rodeado de honorables familias mexicanas, y en eso, escuchas una voz extraña por el altavoz del navío. La voz es la de un lunático que asegura ha puesto una bomba en el barco. También, explica el loco, ha colocado otra bomba en un crucero donde viajan otras honorables familias mexicanas, que navegan a pocas leguas de distancia de donde viajas con tu familia. El chiflado los reta a un juego. “La regla es simple, señores. Los capitanes de ambos barcos encontrarán debajo del timón un control remoto que activa la bomba de la embarcación que no comandan. El primero en oprimir el botón evidentemente se salvará. Si ninguno de los capitanes o tripulantes se anima a oprimir el botón en exactamente una hora, ambas embarca…”. ¡Kablaaaaaaam!

Sospecho que si el Guasón existiera en la vida real, no se divertiría mucho haciendo sus bromas en México.


viernes, 3 de julio de 2009

Llamadas de larga distancia


“Las madres perdonan siempre: han venido al mundo para eso.”
- Alejandro Dumas



Cuando mi teléfono celular suena y veo en la pantalla que es mamá quien llama, no puedo evitar ponerme tenso. Tengo pocos segundos para decidir si contesto o no antes de que se corte la llamada.

More...-¿Por qué nunca contestas cuando te llamo? -me reprocha mamá con voz entremezclada con tristeza y alegría cuando finalmente contesto a su tercera llamada del día.

Le explico que mi nuevo celular es una baratija, que cuando me llaman en vez de tocar un vertiginoso reggaetón como todos los teléfonos celulares del mundo que se dan a respetar, el mío vibra ligeramente y luego de medio minuto se digna a emitir una musiquilla (aun no logro descifrar el género al que pertenece) casi imperceptible para el oído humano.

Mamá de inmediato pregunta por el celular tan bonito que me regaló para mi cumpleaños.

Le respondo que lo perdí.

-¿Dónde? -pregunta ella.

Me arrepiento de haber contestado su llamada. Evado la pregunta preguntándole cómo va Bicho en la universidad, porque de confesarle cómo y dónde perdí el celular que me regaló hace cinco años (un milagro de la tecnología moderna que funcionase hasta antes de perderlo) conllevaría a un interrogatorio con un desenlace turbio y vergonzoso que prefiero evitarle.

-Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos -dice mamá orgullosa como si ella hubiese bajado los tres kilos.

Luego me reclama que por qué publiqué en el periódico ese escrito tan feo acerca de las modelos.

-¿Cuál, en el que le aconsejo a las adolescentes invertir su tiempo en los libros en vez de glorificar su cuerpo? -le pregunto.

-Sí -responde mamá y me confiesa que tuvo que esconder el periódico para que mi hermana no leyera esas cosas horripilantes que escribí.

Le digo a mamá que no debería tomarse esas molestias, que mi hermana, a diferencia de algunos de sus compañeros de escuela, es lo suficientemente inteligente para llenar las horas de su día en actividades más productivas que leer mi columna en el periódico y/o entrar a mi página de Internet a leer todos esos escritos indignos para los ojos de una estudiante de ciencias de la comunicación. También le agradecí su diligente esfuerzo por impedir a toda costa (en la medida de sus posibilidades) que su querido hermano la mal aconsejara con sus ideas disipadas, al punto de casi convencerla de que querer ser la futura Reina de Belleza de México es la meta más superficial y vacía a la que puede aspirar una mujer.

-Rodrigo, ahora sí me has metido en un buen lío -me dice mamá cambiando diametralmente de tema con una frialdad que logra helarme la sangre.

Su voz es tan seria que se le quiebra al hablar. Me contagia su seriedad y el corazón se me estruja y hago un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma, o al menos para aparentarla.

-¿Ahora qué hice? -pregunto con resignación, porque cada vez es más rutinaria esta pregunta.

Mamá me explica que sus amigas (muy consternadas) le han contado que en Internet anda circulando un escrito mío donde pongo cosas terribles de un sacerdote muy amigo suyo.

-No sé de qué escrito me hablas -le digo.

-Uno que dice cosas muy feas -dice mamá.

Le explico que todos mis escritos son muy feos, al menos para el recatado y católico paladar de sus amigas. Ella de inmediato se molesta porque no le gusta que hable mal de sus amigas, y me pide por favor que borre ese mail de Internet porque puedo meterla en muchos problemas.

Respiro profundo e intento explicarle que es imposible borrar algo que se haya subido a Internet.

-¿Qué es eso de subir? -pregunta mamá totalmente confundida.

Recuerdo que mamá en su vida ha tocado una computadora, así que la salida más coherente es decirle que la próxima vez que una de sus amigas o el obispo o el sacerdote que tanto la frecuenta le hable de uno de mis escritos, por favor les diga que su segundo hijo falleció hace algunos años. Que murió en la carretera el día que abandonó su casa para irse a vivir a otra ciudad, y que quien escribe esos pecaminosos y traviesos escritos es un escritor con el mismo nombre y apellido que el de su fallecido hijo. Coincidencias de la vida.

-No mi vida, no digas esas cosas horribles -me dice mamá con ternura.

Luego, como por arte de magia su voz se vuelve dulce y alegre y me pide que le cuente los detalles de la vida que llevo en esa ciudad tan bonita donde vivo y donde ella vivió en su infancia.

Le platico que mi vida es muy aburrida porque todo el día me la paso escribiendo. Ella me felicita y me dice que mis esfuerzos pronto rendirán sus frutos cuando los jueces me den alguno de los premios que cada año se ganan mis famosos amigos escritores. Le digo que tengo que colgar porque le va a salir en un ojo de la cara la llamada. Ella me dice que no me preocupe, que sus ojos se quedan en su sitio, pues gracias al maravilloso plan telefónico que contrató le salen gratis las llamadas a mi número.

Ambos nos quedamos en silencio.

Los segundos se vuelven interminables.

-Te quiero mucho, bebé -rompe el silencio mamá.

-Yo también -le digo.

-Adiós -dice ella.

-Adiós -digo yo y cuelgo.


jueves, 2 de julio de 2009

Hasta cuándo


“Estaban todos lo que tenían que estar: es decir, las 20 personas que prestan cada mes sus rostros para todas las fotos del Magazine Universitario.”
- Eduardo Huchín



Hay dos cosas en la vida, al menos para mí, que no tienen explicación: que la gente ampare su fe en un Dios que aparece en un mamotreto que jamás han leído excepto por el Génesis, el Éxodo y el Apocalipsis (y eso porque se los leyó la maestra de catecismo o se los contaron en una película), y que Magazine Universitario tenga un éxito desmedido en la ciudad de Campeche.

More...Lo primero puedo entenderlo; lo segundo, por Dios y por sus arcángeles de espadas flamígeras que no.

-Cuando aparezca en Campeche una revista que se tome en serio su trabajo, te acordarás de mis palabras, Ernesto –le digo a Mario Ernesto.

-Lo dudo. Cinco años, mañana –me desarma Mario Ernesto, el creador de la revista más leída (o mejor dicho, vista) de Campeche, al tiempo que con ojos vivaces mira a sus dos eternos colaboradores: Eduardo y yo.

Eduardo por un momento pareciera mantenerse ajeno a la charla, limitándose a sorber a intervalos regulares su café y a observar atento, pues bien sabe hacia qué rumbos sinuosos dirijo la conversación, ya que a fuerza de ser sincero he de confesarles que antes de que llegara Mario Ernesto, Eduardo y yo llevábamos media docena de cafés y Coca-Colas encima, urdiendo un plan de cómo podíamos cobrarle de una maldita vez al Rey Midas de las revistas basura por nuestros años de leal y fiel servicio.

-Aquí están sus invitaciones, colegas –nos dice Mario Ernesto con una sonrisa lobuna igualita a la del sinvergüenza Lucas Corso de El Club Dumas.

¿Colegas?, nos atraviesa el mismo pensamiento a Eduardo y a mí, y antes de que podamos intercambiar miradas de desconcierto, Mario Ernesto nos da la primicia de que a partir de la semana próxima comenzará a colaborar con una columna en el periódico donde trabaja Eduardo.

Supongo que Eduardo tuvo que asirse con fuerza de la mesa tanto o más fuerte como yo lo hice para no irme de espaldas; una cosa es que un dentista logre colocar una revista de cotilleo en la cúspide y otra muy distinta que se aventure a publicar una columna semanal en el periódico y tenga la osadía de llamarnos colegas de oficio, teniendo en consideración que Mario Ernesto es tan bueno escribiendo (artículos o lo que sea) como nosotros extirpando muelas del juicio (o cualquier diente).

-Ernesto, ¿sabes qué le caería de perlas a la revista? –le digo a Mario Ernesto-. Un par de editores.

-¿Por qué dices eso? –pregunta sorprendido el dentista literario como si le acabara de diagnosticar cáncer en las encías.

-Por nada, mera ocurrencia nuestra –le digo a Mario Ernesto.

En el acto Eduardo le extiende el último ejemplar de Magazine Universitario que anuncia con bombos y platillos la celebración de la magna fiesta del quinto aniversario de la revista con una fecha que pasó hace un par de semanas.

-Bah, error de imprenta –dice Mario Ernesto.

-Deberías cambiar de imprenta –apunta Eduardo-, al parecer toda la revista esta llena de errores, incluso mi artículo.

Mario Ernesto finge no escuchar a Eduardo y mira la portada de la revista meticulosamente y dice:

-No es para tanto, ¿a poco no les parece pintoresca la portada? Es bonita, miren cuantos colores y fotos, muy ad hoc con el Carnaval.

-Preciosa –le digo a Mario Ernesto-. ¿Alguna vez has revisado tu carta editorial?

-¿Qué hay con ella? –pregunta Mario Ernesto abriendo los ojos y posándolos en la primera página de la publicación.

-Nada, una belleza –comenta Eduardo.

-Tan bella como el diputado que se te ocurrió poner en la portada en lugar de las guapas jovencitas universitarias que siempre pones –le digo.

Mario Ernesto finge nuevamente no haber escuchado y clava los ojos en su carta editorial como si la estuviese leyendo en silencio, luego se aclara la voz carraspeando la garganta y dice:

-Voy a leérselas para que vean lo equivocados que están.

Eduardo y yo nos miramos incrédulos, como si de repente estuviésemos en algún programete de Jorge Ortiz de Pinedo donde insertan risas enlatadas de fondo cuando el personaje chusco va a hacer alguna indignidad.

Por fortuna Mario Ernesto no puede llegar ni a la segunda línea de su propia carta editorial sin trabarse leyendo como un niño de kinder, luego nuestro nuevo colega suelta una risotada y nos dice:

-Chinga, suena extraño.

¡Aleluya!, pensamos. Finalmente Mario Ernesto reconocerá que la gente que sabe escribir puede servir para algo en las revistas. Eduardo y yo empezamos a hacer cuentas mentales en la cabeza. ¿Cuánto sería bueno cobrarle por exorcizar de una vez por todas las aberraciones semánticas, sintácticas y ortográficas con los que carga mes con mes la revista?

-Mi suegra me dijo que ella me ayuda a corregir esos errores –dice Mario Ernesto-. Desde luego, rechacé su oferta. Por si no lo habían notado, el éxito de la revista radica en ese concepto.

-¡¿Concepto?! –exclamamos escandalizados Eduardo y yo al unísono.

-Sí –responde Mario Ernesto inflamando el pecho lleno de orgullo-. El concepto de la revista está fríamente calculado.

Dos horas después de que Mario Ernesto se ha marchado, Eduardo y yo llegamos a la conclusión de que el concepto fríamente calculado de la revista es creer que las comillas, los signos de puntuación, las citas, y las cursivas son viles caprichos del autor, los cuales bien vale la pena omitir con tal de que el anuncio de una peluquería o bisutería o la propaganda de un político alcance en la página.

-Al menos pagó la cuenta… –dice Eduardo, aventando un Magazine Universitario donde aparece en portada una coqueta y guapísima chica que me conoce de hace años pero finge no conocerme cuando me ve en la disco y pasa de largo sin siquiera dignarse a decirme “hola”- Sin lugar a dudas, un avance en nuestra carrera literaria.


miércoles, 1 de julio de 2009

Mi caballo Diesel (o Los Mandamientos del terror de mamá)


“El miedo crece en la oscuridad; si piensas que el Coco te está esperando, encienda la luz.”
- Dorothy Thompson



Mamá por naturaleza tiene la capacidad sobrenatural de transferirme sus más terribles miedos. Ella nunca fue una de esas mamás católicas recalcitrantes que te hacían memorizar los evangelios y los diez mandamientos; no, ella prefirió hacerme aprender, al grado de heredármelos, sus siete mayores miedos, mismos que como monaguillo aventajado adopté sin mayor empacho como propios.

More...1. No te subirás a juegos mecánicos. Una vez en la feria ganadera de Xmatkuil mi hermano, el hombre del buen gusto, llegó con los ojos inyectados de emoción: “¡Finalmente sucedió, fue increíble!”. Todos en la mesa le preguntamos qué ocurría, a lo que él respondió sin borrar de su rostro la fascinación: “Ahí estuve, casi casi me cae encima el tipo”.

Las noticias del periódico luego explicaron, con menos excitación y, aunque sea difícil de creer, con más objetividad, lo acontecido aquella noche en la feria: uno de los juegos mecánicos, en el que unos avioncitos daban vuelas en círculo subiendo y bajando a una velocidad más allá de lo permitido por la gravedad y la física, salió disparado por los aires. Para colmo de males el piloto, al parecer, no cargaba con paracaídas, y murió al instante al impactarse contra el suelo. Al no existir en aquellos días periódicos como La i o De a Peso, mi hermano se encargó de colocar un encabezado digno del acontecimiento: “Kamikaze revienta su cabeza como sandía al impactarse en el pavimento”.

2. No viajarás en avión. “Hagamos una excepción”, dijo mamá, dándonos a mi hermano y a mí la bendición antes de abordar el avión que nos conduciría a Disneylandia en compañía de mis tíos y primos. “En cualquier momento esta cosa se convierte en una bola de fuego”, me susurraba mi hermano durante todo el trayecto de Mérida a Miami, avivando todas las historias que mamá me contaba por las noches antes de dormir acerca de los accidentes aéreos que había visto en los noticieros.

Años después papá me confesó que mamá viajó totalmente ebria a su luna de miel en España, pues esa fue la única manera de someter a una joven histérica que gritaba sin que el avión hubiese despegado: “¡Nos vamos a hacer miarda contra el Atlánticooooooo!”

Superado el segundo miedo de mamá, el primero vino a suplantarlo en automático, atormentándome durante toda mi estancia en Disney. Mientras mi hermano y mis primos se divertían en las montañas rusas, yo en cambio me la pasé arriesgando el pellejo en un carrusel con las figuras de los personajes más famosos de Walt Disney, con los brazos aferrados con toda la fuerza que podía caber en un infante a las orejotas de Dumbo. Mi preferencia por el paquidermo no fue casual, y un gringuito sufrió las consecuencias de mi histeria: un certero gancho a la zona hepática a la Julio César Chávez le hizo retroceder para agenciarme el elefante, pues ni en broma pensaba subirme al lomo de Bambi; uno nunca sabe, en caso de que el juego mecánico saliera disparado por los aires, qué Pato Donald ni la pata que lo parió, el trompudo barrigón con seguridad me salvaría.

3. No conducirás antes de los dieciocho, y de preferencia nunca. Tomé por costumbre maldecir a mamá cada que mi volcho se apagaba gracias a mi destreza al sacar el embrague sin cambiar de velocidad justo en la única entrada de la universidad, que casualmente tenía la mayor afluencia de vehículos de la ciudad, ocasionando un embotellamiento digno del periférico del D.F.

Mi poca pericia y nervios despedazados cuando estoy al volante lo debo al haber acompañado a mamá a sus clases de manejo cuando era pequeño, en especial al elegir los días en que se le ocurría colisionar con otros automóviles. Como aquel día en que terminé impactado en el parabrisas trasero del auto, cual Garfield de peluche pegado en un taxi.

4. No tendrás sexo sino hasta el matrimonio. De este horror no puedo culpar del todo a mi progenitora: mis probabilidades de perder la virginidad eran bajísimas gracias al costal de huesos que me cargaba por cuerpo; por desgracia, en mi juventud, parecer top model anoréxica definitivamente no era nada atractivo como hoy día, cuando mientras mayor sea tu parecido con una criatura bulímica andrógina, mayor será tu éxito con las chicas.

“El sexo es algo que debe aguardar hasta el matrimonio; pues es algo mágico y maravilloso…”, me dice mamá aun hasta la fecha viéndome con ojos llenos de esperanza, para luego rematar: “Rodri, ¿tú aun eres virgen, verdad?”.

5. No te emborracharás antes de la mayoría de edad. Omitiendo el vergonzoso espectáculo cometido en el avión, que bien puede pasarse por alto gracias a que mamá tenía la mayoría de edad, ella siempre recomendó prudencia en cuanto al consumo de cervezas o cualquier otro tipo de bebida alcohólica, asegurándose de privarme de tales placeres mediante un efectivísimo método: “Eres libre de tomar todo lo que quieras y puedas”.

Brillante. Nada como ofrecerme licencia para cometer actos ilícitos, a diferencia de los padres de mis amigos, que les negaban todo cuanto podían. De ahí que no me naciera compartir el mismo placer clandestino de mis adolescentes amigos al comprar de contrabando Ron Comodín a quince pesos la garrafa. Sin embargo, fue hasta que los vi (con mis cuatro ojos sobrios) vomitando el intestino grueso en la piscina del Club de Playa Cococoteros y derribando el pastel de quince años de la festejada (la niña más ñoña del salón) y corriendo en zigzag a toda velocidad para salvar sus vidas de un seguro linchamiento, cuando me percaté de todos los momentos mágicos de los que me estaba perdiendo.

6. No fumarás marihuana, ni siquiera un churro. Creerle a mamá (de joven se lo creí) que no tocó, como ella asegura hasta fecha, ni un churro, es pretender creer que Santa Claus baja por la chimenea de todas las casas del mundo en Navidad.

Mamá vivió su desenfrenada juventud en los años setentas. Sus mejores amigas (influencia total en ella) fueron jovencitas mayores y rebeldes que tuvieron la fortuna de experimentar las mieles de los sesentas. Sus ídolos fueron Jimmy Hendrix, Janis Joplin, The Who, Led Zeppelin y los Beatles; de ahí que mamá tuviera que hacer un esfuerzo inhumano por contener la risa al observarme intentando amedrentarla cuando me vestía de adolescente rudo, o sea, cuando salía disfrazado con pulseras metálicas, camisa negra de los Guns n´ Roses y cargando una guitarra que jamás aprendí a tocar.

7. No montarás a caballo, nunca en tu santa vida, por lo que más quieras. Cuando en todos los noticieros anunciaron que el actor Christopher Reeve (mejor conocido como Superman) quedó cuadriplégico al caer de un caballo, mamá meció la cabeza y dijo: “Esos animales no nacieron para ser domados”.

Años atrás, cuando vivía, papá, que era un hombre de grandes ideas, decidió que había llegado el momento de hacerse de un caballo, pues por aquellos remotos tiempos le sobraba plata. Sin embargo, esta no era tanta como para comprarse un rancho, así que se conformó solo con el caballo. “Desgraciada cantina donde se lo habrá ofrecido alguno de sus amigotes borrachos”, decía mamá con amargura cada que podía; argumento que al instante refutaba papá con una infalible justificación: “El caballo es para mis hijos”.

El equino resultó ser un bello ejemplar albino de crines dorados como el trigo. “Anda, acarícialo”, me dijo papá con una sonrisa cómplice, “no le tengas miedo, que pueden olerlo”.

Demasiado tarde, yo le tenía terror a esa bestia del infierno, y cómo no, cada que me acercaba, el cuadrúpedo de cascos amenazantes me miraba con ojos enloquecidos, producto de mi miedo o tal vez por que sus compañeros de estancia eran maquinas, motores y bombas de diesel.

Mamá a menudo me contaba que la única vez que estuvo segura de que iba a morir fue gracias a un caballo que se desbocó, y de no ser por que era una jovencita robusta con fuerza de hombre hubiera salido disparada contra las rocas del rancho de su tío. “Ese caballo, que sabrá Dios de dónde y a que precio lo obtuvo tu papá, me lo recuerda mucho”, decía mamá.

Por fortuna papá jamás me obligó a montar el misterioso caballo blanco, o tal vez fuera que no le dio tiempo de volver de una vez por todas hombrecito a su retoño gracias a que a las dos semanas de su nueva adquisición amaneció tan tiesa como una barra de acero. Al parecer su dieta consistió en tuercas y una buena dosis de diesel que los mecánicos vertían en su bebedero para darle más caballos de fuerza al infeliz animal.