domingo, 20 de junio de 2010

México: melodrama impredecible


¿Qué pasaría si el Mundial de Sudáfrica fuera un corporativo televisivo como la NBC o ABC o Showtime o HBO o BBC y cada Selección nacional fuera una sitcom o melodrama o miniserie histórica o de suspense y cada partido de fútbol fuera un capítulo que pudiéramos descargar del Torrent o del RapidShare?

Hernán Casciari se hizo esta pregunta en Espoiler, su blog de reseñas y descargas de series televisivas, y por lo pronto él, argentino hasta la médula pero afincado en Barcelona desde hace algunos años, dijo que seguirá y recomendará las series más exquisitas del Mundial, o sea, solo dos: una se llama Argentina Campeón, remake de otra muy parecida emitida en el año ´86, que con suerte (augura el crítico mercedino) contará con siete episodios trepidantes; y la otra, un drama español de cinco episodios llamado Siempre caemos en Cuartos

Humildemente, además de seguir las series recomendadas por Casciari, apunté en mi agenda Soñando con el quinto partido, un melodrama mexicano producido y transmitido por dos cadenas: Televisa y TV Azteca.

El 11 de junio fue emitido el episodio piloto, S01E01: Papelón Inaugural. Los primeros minutos de la emisión nos ilusionaron, nos hicieron soñar, pudimos ver gran producción, bonito vestuario e incluso filmación en exteriores que nos recordaron grandes series del pasado como lo fueron Senda de Gloria y La antorcha encendida; sin embargo, pasados tres cuartos de hora, fiel a una añeja tradición mexicana en el drama, hubo falta de consistencia, de cohesión, poca química entre personajes secundarios y protagónicos, aparecieron las infalibles vedettes, actores mostrando más piel de la necesaria, actuaciones tan acartonadas como los sets que pretendían simular haciendas del siglo antepasado, y como cereza del pastel, la insufrible voz grave en off del narrador con su clásico “vamos muchachos” y “tirititito”.

También podemos achacarle a este desangelado debut un punto que criticó Hernán Casciari sobre el piloto Siempre caemos en Cuartos. Repasemos: El problema de la serie —sospecho— es que sus guionistas nunca lograron llegar muy lejos en el prime-time. Tienen buena audiencia en cadenas regionales, en amistosos autonómicos, pero cuando de verdad entran a competir con las grandes series de siempre, se nota.

Pese a todo pronóstico, o sea, al finísimo paladar de los televidentes mexicanos, el 17 de junio, luego del fiasco inicial, las dos poderosas cadenas televisivas (mejor conocidas por AMLO como el Duopolio), para el S01E02: Ribéry no espanta a nadie, nosotros tenemos la joroba de Cuauhtémoc, contrataron a guionistas serios, magníficos, de la escuela Cuna de Lobos y Mirada de Mujer.

El resultado, damas y caballeros, fue de obra maestra.

Vale ilusionarse. Por ello, el martes 22 de junio, 9:00 a.m. en punto, los amantes de los melodramas estaremos pegados al televisor viendo el S01E03 de Soñando con el quinto partido, y preguntándonos si el villano de Javier Aguirre seguirá confabulado con su compinche Guille Franco para hacerles la vida miserable al muy sufrido del Chicharito Hernández y al pobrecito de Andrés Guardado, o si finalmente aparecerá en escena el galán de Memo Ochoa para robar suspiros de toda la audiencia femenina (y también masculina).

Por desgracia aún no tenemos avances del tercer capítulo, pero se corre fuerte el rumor en Ventaneando y en La Oreja, que en caso de ser flojito como lo fue el episodio piloto, Televisa y TV Azteca aceptarán una propuesta que formalmente les ha extendido la televisora argentina TyC Sports para aparecer como invitados especiales en Argentina Campeón: S02E01.

De corazón, esperamos que el Duopolio rechace la oferta albiceleste y retenga a los mismos guionistas del S01E02: Ribéry no espanta a nadie, nosotros tenemos la joroba de Cuauhtémoc, de lo contrario, el melodrama mexicano corre el riesgo de convertirse en un remake de una serie tristísima emitida en el año 2006 llamada La maldición de los Octavos, que a su vez es un refrito de un drama transmitido en el 2002 titulado Malditos gringos, que a su vez es un refrito de otro drama televisado en el ´98 llamado La maldición germana, que a su vez es un refrito de un dramón (todo un clásico) emitido en el año ´94 titulado Malditos penales.   

domingo, 6 de junio de 2010

Las noticias de hoy día


“Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad.”
- Oscar Wilde


En la computadora tengo una carpeta de varios gigabytes donde almaceno noticias inverosímiles. Y no me refiero a noticias con encabezados tipo “Reaparece el chupacabras” o “Filipino ve nave espacial sobre el techo de su casa”. No. Hablo de noticias publicadas en la red por periódicos serios. Periódicos donde publican sus columnas señores respetables con caras de perros tristes que todos los días dan las noticias en los noticieros más importantes del país y les entregan el Premio Nacional de Periodismo. Periódicos que se anuncian en la televisión y en donde en teoría le pagan un sueldo decente a sus corresponsales, fotógrafos, editores, etcétera.

Para más INRI, la carpeta de mi computadora lleva por título Noticias chifladas, y en ella atesoro encabezados como “Organizan una boda perrona”, donde el periódico Excelsior nos cuenta que en el Perú, Puki y Dana se convirtieron en la primera feliz pareja canina en contraer matrimonio. Ojo al dato, cita textual: “La novia, una perrita shitsu, llegó en el coche de su propietaria vestida con un velo blanco, en tanto que su pareja, un perro cruzado (traducción: un malix), lucía un clásico minisombrero hongo”.

En lo personal, más que asaltarme la certeza de que el mundo pronto va a arder en llamas al ritmo de los trompetazos de los jinetes del Apocalipsis, me entran muchas dudas sobre el rumbo que ha tomado el periodismo hoy día. Los periodistas no profundizan en sus notas, dejan cabos sueltos, preguntas al aire, dejan huérfano, desamparado, al lector; por ejemplo, siendo yo un lector curioso, me pregunto si los invitados a la boda perrona fueron todos perros o también hubo humanos, y cuando el sacerdote o juez le preguntó a la pareja si aceptaba tomar como esposa o esposo al otro, cómo habrá sabido que el ladrido era una afirmación o una negación, y otra duda más: ¿en el matrimonio de perros estará permitida la poligamia y el incesto?

Aquí les va otro caso que demuestra que el periodismo ya no es lo que era. El 15 de agosto del 2008, el periódico El Universal, publicó esto: “Dan a pingüino coronel grado de Caballero Real en Reino Unido”.

¿A poco la nota no es para quitarnos el sueño? Lo más que nos dicen los periodistas de El Universal es que los señores de la BBC Mundo dicen, cito textual: “el pingüino coronel anteriormente había recibido medallas por la longevidad de su servicio e incluso se le ha construido una estatua de bronce”

Eso es todo. Para caerle a trompadas a los señores reporteros. Lo más que hacen es adornar la nota con una foto donde aparece Nils Olav (así se llama el recién condecorado) marchando con mucho garbo, las aletas abiertas, mientras unos militares vestidos pulcramente, formados en fila y armados con mosquetes, saludan al nuevo Caballero Real tal cual lo hacíamos nosotros todos los lunes en el patio del colegio cuando pasaba ante nuestros ojos el lábaro patrio en los honores a la bandera.

Muchas preguntas quedan en el aire: ¿Nils Olav es un agente secreto más astuto que James Bond, o acaso Nils compone música más bonita que la de Elton John, o quizás es que Olav mete goles más espectaculares que los de David Beckham? Un misterio. De sus habilidades y el porqué del nombramiento nobiliario y de la construcción de una estatua de bronce que solo unos pocos privilegiados en el Reino Unido gozan, ni coma. Lo más que nos dicen en la noticia (incluida la BBC Mundo, no crean que no investigué en su página oficial) es que Nils Olav es miembro honorario de la Guardia del rey de Noruega, o sea, miembro de la unidad de élite encargada de proteger a la familia real.

Entonces vemos la imagen que nos presenta la BBC Mundo y en ella descubrimos como el Comandante Olav supervisa con altivez a sus subalternos. Y a falta de información, podemos inferir cuatro cosas (nada más cuatro, para empezar): 1. La palabra “élite” significa cosas diferentes para Noruega y el resto del mundo; 2. La familia real noruega tiene muy pocas cosas de qué preocuparse; 3. El resto de la Guardia del rey de Noruega deben tener muy baja autoestima, pues su situación laboral es de las más humillantes del mundo; 4. Nils es uno de los animales que con mayor éxito ha incursionado en el mundo de la política y el servicio público, solo superado por Incitatus, el célebre caballo-senador-amante de Calígula. 

Y así, el curioso lector puede seguir ad infinitum, al menos en noticias relacionadas con animales, como la nota de Tabasco Hoy del 30 de julio del 2008, donde Pequeño (un perro) compareció ante los tribunales de la India al ser acusado por alterar el orden público. O la noticia de BBC Mundo del 13 de noviembre del 2007, cuando P. Selvakumar (humano de 33 años) contrajo matrimonio en el templo hindú del estado de Tamil Nadu con una perra llamada Selvi. O la publicada por El Universal el 7 de junio del 2008, donde nos informaban de lo siguiente: “Designa universidad de India rector a dios mono”.

Como era de esperarse, ninguna de las tres casas informativas dieron seguimiento a las inquietudes obvias del lector curioso: ¿Pequeño habrá comparecido en el tribunal vestido con traje y corbata?, ¿los padres de Selvi eran racistas o aceptaron de buena gana en su seno familiar al humano P. Selvakumar?, ¿cuáles fueron las primeras medidas académicas del nuevo rector dios mono de la Universidad Sardar Bhagat Singh de Tecnología y Administración para que el alumnado obtenga buenos trabajos al graduarse?    

Desde luego que no todas las noticias dignas de una película protagonizada por Rob Schneider tienen como figura principal a un animal, también las hay como la que apareció el 30 de mayo del 2008, cuando El Universal publicó esto: “Vive japonesa un año en un armario sin ser detectada”. Naturalmente el lector se quedó con mil y un interrogantes, pues la nota fue parca y no ahondó en la historia más que para decir lo siguiente, o sea, para dejarnos picadísimos: “el propietario de la vivienda empezó a sospechar que algo pasaba cuando comenzó a desaparecer la comida”.

Hace un par de semanas, para ser exactos el 10 de Mayo del 2010, Día de la Madres, apareció una noticia digna de engordar aún más mi carpeta de Noticias chifladas, el encabezado era el siguiente: “Queda embaraza tras ver film para adultos en 3D”. Sin embargo, luego de una tarde entera de cavilación, decidí que la nota no era tan chiflada después de todo.

Pensé: si hace poco más de dos milenios y una década una adolescente virgen en Nazaret aseguró quedar embarazada sin que el novio la tocase, ¿por qué ahora, en pleno siglo XXI, no debería creerle a Jennifer Stewart quien asegura que dio a luz nueve meses después de ver una película porno en 3D?

-Es un milagro que haya quedado embarazada –dijo incrédula la buena de Jennifer–. Mi esposo hace meses que no pisa la casa, está combatiendo en Irak.

Palabra, yo le creo a Jen. ¿Quién soy yo para contradecirla si su mismísimo esposo le cree tal cual lo hizo un carpintero a su novia en Nazaret hace poco más de dos milenios y una década?

-Las pelis en 3D son muy reales –dijo Erick Jhonson, esposo de Jennifer–. Con la tecnología de la actualidad todo es posible.

Ahí lo tienen, caso cerrado. Verdad pura y dura como una catedral.

Y como última prueba de que Jen no miente, estas fueron sus últimas declaraciones sobre el tema:

-Él sabe que soy fiel –Jennifer sonríe, deja que el fotógrafo la retrate  cargando a su criatura morena, la cabeza llena de rizos–. Un mes después de ver la película comencé a sentir mareos y los resultados fueron positivos. El padre de mi hijo es el negro protagonista de la porno, no me cabe la menor duda, mi esposo y yo somos blancos.

Digerida la nota, he decidido cambiarle el nombre a la carpeta de Noticias chifladas. De ahora en adelante se llamará Noticias de todos los días



viernes, 21 de mayo de 2010

Secuestros VIP


“Si lo secuestraron de a de veras, en este momento estará deseando haber aprovechado su oportunidad de hacer de este un país menos mierdero.”
- P (filósofo moderno)


No nos engañemos, dejemos de fingir, de ser políticamente correctos (que no somos políticos y no nos pagan por simular) la gente de a pie, los que pagamos nuestros impuestos (yo no, porque estoy desempleado y tristemente vivo en casa de mamá a mis treinta), la noticia bomba de que un político de primera línea haya sido privado de su libertad por una banda de secuestradores o terroristas o narcotraficantes nos impacta, sí, pero luego, aceptémoslo (y repito, dejemos de engañarnos, de fingir, de ser políticamente correctos, fuera máscaras), nos da mucho, pero mucho gusto.

Son breves segundos, incluso minutos, de gran satisfacción. Como cuando echan al América de la Liguilla y en pantalla ves a sus aficionados con los ojitos de Bambi en las tribunas, a sus altos directivos en los palcos con ojos redondos como platos, incrédulos, al comprobar que los estafaron, que sus multimillonarias contrataciones para una maldita cosa sirvieron.

Finalmente los políticos están a nuestro nivel, pensamos, cagándose en la patas de miedo. Pero luego viene el bajón, el golpe de realidad: los avispados, los enterados, los lúcidos, los que no se chupan el dedo, los que aun no han perdido el sentido común, les toma entre cinco a diez minutos volver a la realidad, poner los pies en el suelo; los otros, la escandalosa mayoría, los que no se pierden La Familia P. Luche y las telenovelas de las 7, 8 y 9 de la noche, los que pusieron los ojos como huevos fritos al enterarse que se estrelló el avión del sexy secretario de gobierno, los asnos redomados, no huelen que hay gato encerrado, ni siquiera cuando Joaquín López-Dóriga, titular de noticieros Televisa dijo en mitad de una serie de balbuceos (¿por qué será?) “por el respeto a la vida de Diego, noticieros Televisa ha tomado la decisión editorial de no volver a informar de este caso -ojo al dato- hasta su desenlace. Es una decisión de anteponer una vida humana, la de Diego, a este el nuestro que es el ejercicio periodístico, no ha sido no, una decisión fácil, pero es sí, una decisión firme”.

Y es que, si pensábamos que no se podía ser más cínico que el presidente de la república con eso de “en México actuamos muy a tiempo para evitar que las circunstancias del crimen organizado que se viven en México tuvieran un escalamiento como el que llegaron a tener desafortunadamente en países hermanos como Colombia, bla, bla, bla…”, Televisa nos ha dado una lección no solo de cinismo, sino de hipocresía y desvergüenza (santísima trinidad que conocíamos en ellos, pero no a estos niveles de desfachatez), al pregonar a los cuatro vientos, o sea, en sus dos frentes más mediáticos, pues horas después, Carlitos Loret de Mola, el hombre que calienta a nuestras mamás, repitió el mismo comunicado que su colega López-Dóriga, traducción: decirnos que no harán más su trabajo, porque su verdadero trabajo (no nos lo tenían que decir, ya lo sabíamos) es el de proteger, con uñas y dientes, los intereses de las familias más poderosas y ricas del país.

¿Sentimos placer de que hayan secuestrado a un candidato a la presidencia? ¿Sentimos regocijo de que hayan secuestrado a un senador? ¿Nos regodeamos de que hayan secuestrado al abogado de banqueros y empresarios multimillonarios de dudosa reputación y presuntos nexos con cárteles del narcotráfico? ¿Sentimos satisfacción de que alguien intocable finalmente sea amordazado, cacheteado, vejado, humillado?

Por supuesto que sí, por desgracia es un placer que dura cinco minutos, o cuando mucho, diez. El mismo tiempo que cuando echan al América de la Liguilla y en seguida en pantalla ponen un Realty Show. Luego todo vuelve a la normalidad. El sentido común nos susurra con su condenada vocecilla. Nos recuerda que empresarios, políticos y narcotraficantes no son más que un Cancerbero. Bestia de tres cabezas unidas por el mismo cuerpo, por la misma sangre, latiendo con el mismo corazón. Hermanos trillizos. Incapaces de morderse una pata o el hocico los unos a los otros porque son uno mismo. La misma criatura horrenda.

El secuestro de un pez gordo no pone a los políticos a nuestro nivel. Menos a los pesos pesados como ballenas. Ellos no conocen el miedo. A ellos no los abofetean, mutilan, privan de la libertad, exponen en las noticias del canal más poderoso del país; no, a ellos los internan en un spa, almuerzan langosta con cubertería de plata, arropan con batas de seda y en la noche se sientan a jugar Monopoly con sus “secuestradores” en un tablero llamado México.

Si acaso, para no levantar suspicacias, los bárbaros desalmados los ponen a dieta de brócoli, lechuga y tomate y les dejan crecer el pelo y la barba, para que no se diga que el cautiverio no fue horrible.

Y si me equivoco, lo dudo mucho, y el pez gordo amanece tieso y lleno moscas (algún pacto habrá roto el servidor público), sus restos serán escondidos, esfumados, desaparecidos por los medios de comunicación “responsables” para no perturbar o traumatizar a su familia, no así los secuestrados y decapitados de a pie, que pagan (o pagaban) sus impuestos, que sistemáticamente, como animales, aparecen en los noticieros del señor López-Dóriga y Loret de Mola, eso sí, bajo la sentencia de, damas y caballeros, niños y niñas, por favor, tápense sus ojitos, las imágenes que verán a continuación son muy fuertes, pero es nuestro deber y trabajo informar.

Actualización:




domingo, 16 de mayo de 2010

En el peor de los casos



1


Selva ama a un grupo argentino de rock pop alternativo. Más específicamente a su vocalista.

More...-Ay, no sabes como me encanta –dice-, uf, si lo pudiera conocer, te pongo el cuerno.

Me escandalizo en silencio, no por la latente y abierta advertencia de infidelidad de mi chica, sino por su terrorífico gusto.

En el escenario, bajo el calor de las luces, un tipo chaparrito, de uno cincuenta, ojos separados, cuello casi inexistente, encorvado, espalda pequeña, traducción: un guiñapo con cara de perro Chihuahua, salvo que, es una estrella consumada, un artista de verdad, el flautista de Hamelín enfundado en unos escandalosos pantalones azul celeste que hace gritar, bailar y corear sus magníficas canciones a miles de enardecidos fans.

-Uy, ponte unos pantaloncitos así, porfa –dice Selva-, te vas a ver mariconcísimo en la presentación de tu libro.

Le digo que no, ni loco, bajo ningún concepto.

-Anda, anda –insiste- yo te los compro, pleeeease.

En silencio, sin atreverme a abrir el pico, empiezo a creer que fue un error haber asistido al concierto, una broma macabra del destino para sacarme de casa un viernes por la noche y hacerme enormemente infeliz.


2


Cuatro noches atrás, la escritura de mi novela fue interrumpida al aparecer en la pantalla de mi laptop una ventanita al costado inferior derecho. Vía Messenger Selva me apuraba a responderle. Abrí la ventana y respondí el mensaje. En pocos segundos mi chica me dio una serie de instrucciones detalladas de los pasos que debía seguir en el acto. Es decir, la página de Internet a la que debía accesar, las respuestas que debía elegir en la trivia, etcétera.

-Están sorteando boletos VIP –escribió Selva-, estoy segura que vamos a ganarlos.

Al no llevarme más de un par de minutos el llenado del formulario, no me quejé con mis habituales rabietas y pataleos, tampoco me tomé la molestia de desgastarme en explicaciones de que aquello era un absurdo, una pérdida de tiempo inscribirse en un concurso con miles de participantes, pues en lo que a mi respecta, jamás en la vida he ganado nada, si acaso una gorra de albañil con el logotipo de Comex que aventaron hacia el público en mitad de un concierto gratuito de los Enanitos Verdes en la Feria de X´matkuil por ahí del año ´95, souvenir que me costó arañazos, codazos, rodillazos y puntapiés de la finísima concurrencia.


3


Para mi sorpresa, 24 horas después de inscribirme en el concurso, al revisar mi bandeja de entrada de Hotmail, el grupo cervecero encargado de montar la rifa de boletos y auspiciador oficial del concierto de la banda argentina de rock pop alternativo, me informó que era yo uno de los cinco exclusivísimos ganadores de pases dobles VIP.

Estupefacto, guardé silencio. No dije una sola palabra. Los días transcurrieron.

-Pensé que ganaría –dijo Selva desilusionada-, me vi saludándolo, dándole un beso.

¿Acaso me apiadé de mi chica vidente? En lo absoluto. Permanecí en silencio. Impertérrito. Cerré el pico. Fingí demencia. Agradecí no verme envuelto entre un mar de gente sudorosa y borracha. Salvaguardando la retaguardia de Selva de lascivas caricias, manos traviesas, ardorosas. Abriéndome paso a empellones y codazos por una cerveza para no morir de sed. Mil veces prefería quedarme encerrado en casa delante de un insufrible partido cero a cero entre México y Ecuador.

Entonces ocurrió. La mano del destino que todo lo puede y tuerce. Resignada a no asistir al concierto, al verme entrar al baño, Selva agarró mi laptop para cambiar su estatus de Facebook y poner algo así como “triste por no asistir al concierto”, sin embargo, la tentación fue demasiada: delante de sus ojos, resplandeciente, estaba mi bandeja de entrada de Hotmail, llamándole particularmente la atención un e-mail titulado “Felicidades, has ganado boletos VIP”.

Su primera reacción no fue mentarme la madre o arañarme la cara, pues mi chica cree (erróneamente) que siendo yo escritor, soy un tipo muy creativo para las sorpresas.

-Gracias, papi –dijo Selva abalanzándose sobre mí-, sabía que me llevarías al concierto.

-Ya ves, de último minuto te quería dar la sorpresa –mentí mientras visualizaba el horror que me esperaba en unos minutos.


4


Dicha sea la verdad, nunca imaginé que mis boletos VIP fueran hacerle honor a su nombre. Los chicos de la cervecera nos metieron a una carpa, nos dieron lugares donde sentarnos, cervezas gratis, botanas, pizza, y lo más importante, montaron una valla metálica que nos mantenía alejados de la turba de miles de fanáticos sudorosos y alcoholizados que brincaban y se pisoteaban unos contra otros. Por primera vez en mi vida me sentí una persona verdaderamente muy importante.

-Ash, no veo nada desde aquí –dice Selva.

-Hubieras traído tus lentes –le reprocho, sentado en mi asiento de lujo, intocable, cerveza y cacahuates enchilados en mano, cual dictador tropical que contempla la belleza del caos.

Entonces ocurre. El flautista de Hamelín porteño toca el tema musical del momento, se zangolotea cual epiléptico en el escenario y los miles de asistentes se vuelven aún más locos. Selva también.

-Lo tengo que conocer –dice-, está en mi destino.

Le hago ver que está loca, que es imposible conocer, estrechar la mano de su amor platónico. Bajo ningún concepto pienso salir de mi burbuja protectora para mezclarme con la muchedumbre sudorosa. Selva me deja con el discurso en la boca, me toma de la mano, tira de ella y me arrastra entre la turba iracunda abriéndose paso a codazos, empellones, me grita que la siga, que no sea maricón, que la ayude a tirar manotazos, a abrirse paso.

-Con permiso, con permiso –le grita a la gente cual Moisés partiendo las aguas.

Cuando me doy cuenta eludimos a los guardias de seguridad y estamos en el backstage.

-Aquí no pueden pasar –dice el custodio de los camerinos-, solo prensa.

-Yo y mis amigas venimos de parte de la prensa –dice Selva mostrando un peligroso escote que deja ver unas tetas altivas, divinas.

-Adelante –dice el guardia de los camerinos.

Pasamos.


5


-Qué vergüenza saludarlo –dice Selva.

La empujo hacia el artista, le digo que está en su destino conocerlo. Entonces comprendo el error que he cometido. El hombrecillo mira a mi chica y se le ilumina la cara, como si hubiera descubierto la rima a una canción imposible.

-Me gustas mucho –dice Selva.

-Gracias –dice el artista sin despegar los ojos de sus tetas.

-Él es mi novio –dice Selva jalándome del brazo.

-Mucho gusto –digo y estrecho la mano del artista.

-Sólo quería saludarte, decirte hola… –dice Selva- y decirte lo mucho que me gusta tu música.

-Gracias –dice el artista aún hipnotizado por la delantera de lujo de mi chica.

-Bueno, un placer conocerte –se despide Selva.

-Pará –dice el artista-, mi hermano me dijo mientras tocábamos: mirá que buena que está esa mina de allá… –el artista levanta las palmas de las manos como un futbolista alegando inocencia luego de cometer un flagrante penalty- con el debido respeto de tu novio.

-No te preocupes –digo fingiendo seguridad en mi mismo-, comparto la opinión de tu hermano.

Entonces, Selva baja la mirada y descubre algo en el artista.

-¿Y tus pantalones? –dice-, ¿dónde están tus pantalones azules?

El artista (ahora vestido con unos jeans como los míos) explica que esos pantalones son una mariconada, vestuario del show, ropa que le compra su mujer cada que va a Europa o a tiendas de disfraces en Buenos Aires.

-Ash –Selva pone los ojos en blanco-, pleeeease, dile a mi novio que se ponga unos así para la presentación de su libro.

-¿Escribís? –se sorprende el artista-, ¿vos qué escribís?

-Novelas –responde Selva por mí-, escribe novelas, me enamoré de él leyéndolo.

El artista se emociona, sonríe, me da una palmada en la espalda y le pide unas cervezas a un chico guapo de su banda.

-Un artista de verdad –dice-, escribe para enamorar a las chicas.


6


Hablamos largo y tendido de literatura. No me sorprende verme sorprendido al no conocer a ni uno solo de los autores que me menciona el artista. Decido no mentir, ser yo mismo, al fin y al cabo no me encuentro en un encuentro de escritores donde tengo que asentir a todo momento con mi mejor cara de intelectual cada que me preguntan si he leído a tal o cual escritor que en mi vida he escuchado de su existencia.

-Tenés que leer Martín Fierro –dice el artista.

Le digo que sí, que lo leeré, Martín Fierro y los otros treinta y tantos libros de la literatura gauchesca que me resume de una manera formidable. Entonces, como ya estamos en confianza, en una plática entre amigos, o al menos así lo creo yo, pues solo los amigos de verdad te invitan cerveza y te hablan de literatura sin reservas, cometo el error de recomendarle leer a mis héroes literarios.

-Sí, esta bien, ya he leído algo, me entrevistó recién –dice el artista-, el problema con Bayly es que hace literatura menor.

Quedo estupefacto. Saco un as bajo la manga y le recomiendo leer a mi amado Arturo Pérez-Reverte, y tal como me ocurre en los encuentros de escritores, el artista me dice que no lo conoce. Siendo así, hago lo que hago siempre con los amigos de verdad (traducción: personas que han leídos cien veces más que yo), con sutileza aborto el tema de la literatura para embarcarme en el terreno de la televisión, que es una forma más divertida de hacer literatura.

-¿Curb your Enthusiasm? –dice el artista con un renovado brillo en los ojos-, un monstruo Larry David, un fenómeno.

Rememoramos capítulos. Recordamos chistes. Viajamos al mundo de Seinfeld. Me siento como pez en el agua.

-Pasáme otras birras –le dice el artista a su hermano, que también es el guitarrista de su banda.

Entonces, cruel destino, me entran unas ganas locas por ir al baño. Tiemblo. Sé lo que ocurrirá cuando vaya al baño. Por eso me aguanto dos horas más hasta que mi vejiga está a punto de explotar.

-Tienes cinco minutos –le susurro al oído a Selva.


7


Voy al baño, o mejor dicho, finjo ir al baño. Me escondo entre unos matorrales como un animalejo menor. Asustadizo. Temeroso. El artista le sonríe con coquetería a Selva.

-Si no estuviera aquí tu novio –dice-, te diría racimos de frases que te ruborizaran.

Selva sonríe.

-Mejor no –dice.

-Si no regresa en dos minutos –amenaza coqueto el artista-, te juro que te doy un beso.

Selva sonríe.

-Mejor no –dice.

Me bajo la bragueta, expulso a propulsión a chorro un litro de orín sobre unos yerbajos. Me siento invencible, el hombre más poderoso del mundo, pero al mismo tiempo, me invade la duda corrosiva, sombría: de haber tenido yo la oportunidad franca y abierta, ¿me habría negado a gozar de las caderas que nunca mienten de Shakira? ¿O a los labios calientes y fríos de Katy Perry? ¿Acaso estaré a la altura de mi chica, de sus expectativas, de sus ex novios (todos ellos artistas talentosos), de sus visiones de bruja consumada donde asegura que la publicación de mi novela me colocará en el mapa literario, o sea, en un artista de verdad?

-Ya nos tenemos que ir al hotel –dice el artista-, veníte.

-No –dice Selva-, mejor no.

El artista, mago de las letras, hechicero de la música, genio moderno, sonríe y en un último intento por lograr hacerse de una chica memorable, de nombre imposible, dice:

-En el peor de los casos… –el artista duda un momento- traéte a tu novio.


8


Una hora después, desnudos en la cama, Selva dice que me ama, y yo no puedo más que besarla y poseerla como nunca antes y decirle que la amo también. De fondo, de banda sonora de una cópula rabiosa, el artista porteño, nuestro nuevo gran amigo, nos deleita con un repertorio de canciones enloquecidas e inolvidables.


domingo, 9 de mayo de 2010

La invasión


Una mañana estás sentado en la mesa tomando café con leche cuando llaman a la puerta. Ding. Dong.

More...-¿Le gustaría que le corte el jardín? –dice lo que parece ser un jardinero.

-No, gracias, ya tengo jardinero –dices mirando con desconfianza al zarrapastroso que está ofreciendo sus servicios.

-Ándele, se lo corto bien barato –insiste el jardinero.

Niegas con la cabeza, en mente sólo tienes el café con leche enfriándose sobre la mesa. Entonces, el jardinero, al ver que estás apunto de cerrarle la puerta en las narices, dice una cantidad irrisoria a cobrar por pasarse medio día cortando, desyerbando y dándole forma de animalitos a tu jardín.

-¿Cuánto dijo usted que me cobrará, buen señor? –dices con los ojos redondos como platos.

El jardinero repite la cifra, te metes los dedos en los oídos para limpiártelos y asegurarte que escuchaste bien. El jardinero se impacienta e interpreta tu silencio como una negativa más y para incrementar tu sorpresa reduce más el precio de su trabajo. Entonces tú, apunto de irte de espaldas, guardas la compostura, pones los ojos dubitativos, te cuentas los dedos de la mano sacando cuentas, tuerces la boca, te sabes un actor consumado porque en mente sabes que te has sacado la lotería, hace tiempo que querías correr a tu antiguo jardinero que te cobra una pequeña fortuna por acicalar el jardín de casa.

-Hecho –dice y todavía te das licencia para poner cara de enfado, qué remedio, ni manera, está carísimo el servicio que me estás dando, hombre.

A la semana siguiente, llaman a la puerta. Ding. Dong.

-Bueno días, señor –te saluda el jardinero-. Mire, le traigo a mi primo, es buenísimo reparando tuberías y cualquier desperfecto de la casa.

-No, gracias –dices con cara de pocos amigos, dispuesto a cerrarles la puerta en las narices-, contigo ya tengo gastos suficientes, me estás llevando a la ruina.

Entonces, el primo del jardinero dice el sueldo que pretende ganar. Guardas las compostura, trabajo dificilísimo porque a punto estás de irte de espaldas, te preguntas de dónde diablos sale esta gente que te cobra una miseria por su trabajo, seguro que es Dios que te está premiando por lo buen samaritano que eres. Repites el ritual de actor consumado: pones los ojos dubitativos, te cuentas los dedos de la mano sacando cuentas, tuerces la boca, etcétera.

A los tres días el jardinero y el plomero aparecen en tu cocina, en mitad del desayuno.

-Buenos días, señor –dicen-. Provecho.

Abres la boca redonda, incrédulo.

-Déjalos, mi vida –dice tu esposa, sonriéndote de manera angelical-. Yo les dije que trajeran a sus mujeres, planchan y limpian divino.

Un mes después, lo que habías creído una bendición del Cielo, no es más que una pesadilla, un tormento. En la televisión han dejado de pasar tus programas favoritos, la mayoría de ellos han sido sustituidos por telenovelas. En la sala de casa, las sirvientas no se despegan del televisor, y para peor, tu esposa les acompaña, los puños apretados y maldiciendo al villano fortachón.

Pones los ojos dubitativos, te cuentas los dedos de la mano sacando cuentas, tuerces la boca (ahora ya no estás utilizando tus dotes histriónicos) y descubres que los integrantes de tu familia son los menos dentro de la casa. Incluso tu hija, sospechas, qué vergüenza, se ha liado con el hijo del jardinero.

En la parrillada del domingo ya no hace falta contarte los dedos de la mano y sacar cuentas: en el jardín, en la piscina, en la cocina, en el cuarto de huéspedes, en todas partes están los familiares y amigos del jardinero. Esto tiene que parar, piensas, dándole la vuelta a la hamburguesa para que no se te queme.

-Todos formen una fila –gritas enérgico, voz de padre de familia que busca respetabilidad-. Todos, hasta ustedes.

Tu propia familia te mira raro, pero sin chistar se forman en la fila y te muestran sus identificaciones para que veas que llevan tu apellido.

El resto de los indeseables invitados, o sea, el batallón de jardineros, plomeros y sirvientas (excepto el noviecito jardinero, que para tu sorpresa te mostró una identificación con tu apellido, pues el muy zorro se casó ayer con tu hija) protestan enardecidos y te llaman dictador, inhumano, nazi, etcétera.

Intentas calmar a la turba iracunda. Les dices que sólo necesitas un jardinero, un plomero y una sirvienta. El resto pude marcharse por donde vino. La turba iracunda protesta, patalea y no tienes más remedio que sacarlos a patadas, con lujo de violencia. Pero es inútil, como cucarachas se descuelgan por las ventanas, se filtran por las rendijas de la reja, se te meten por las tuberías.

Tomas cartas en el asunto: los gaseas, machacas, aplastas.

Aterrada, de a poco, la plaga regresa a casa. O sea, a La Alcantarilla. Lugar fétido, húmedo y sucio. Gobernado por los reyes ratas. Roedores pulguientos, voraces e insaciables que no dudan en recibir a sus lacayos como se merecen: explotarlos, humillarlos, sangrarlos, sobajarlos, exprimirlos, llamarlos indios de mierda, es decir, tratarlo peor que a insectos rastreros.

Ding. Dong. Abres la puerta.

-Buenos días –dice Adelina Micha, Carmen Aristegui, Carlitos Loret de Mola, etcétera.

Antes que puedas cerrarles la puerta en las narices, cámara en mano te bombardean con mil y un preguntas.

-Es mi casa y yo invito al que yo quiera –dices indignado-, y si se meten por la ventana mientras duermo, les meto un tiro.

-¡Asesino! –claman justicia a los cuatro vientos los reyes ratas desde sus jardines muy bien podados en La Alcantarilla.


miércoles, 13 de enero de 2010

La finísima anfitriona


No nos engañemos, la Navidad y demás fiestas decembrinas no son fiestas de amor y paz, sino todo lo contrario, es la época perfecta para sincerarnos, es decir, sacar el cobre, mostrar las garras, develar nuestro verdadero rostro.

More...Mi familia (al igual que todas las familias que conozco, sin excepción) tiene la afanosa y desagradable costumbre de hacinarse en una casa. Allí dentro, encerrados, conmemorando el natalicio del niño Jesús, sin rincones donde escondernos, parapetados tras cuatro paredes, esperamos un motivo, una justificación, la chispa que detone la bomba de un nuevo escándalo familiar.

Por ello, esta Navidad había pensando vestir mis mejores harapos y quedarme encerrado en mi cuarto viendo una maratónica jornada de House M.D., por desgracia, el hermano de P, hombre sabio, se me adelantó fingiendo padecer una extraña, contagiosa y nunca antes vista enfermedad invernal.

-¿Así vas a ir vestido? –dice mamá escandalizada al entrar a mi cuarto.

Oficialmente las hostilidades dan inicio. Simulando gallardía, aparentando no estar herido mi honor, inflamo el pecho y busco en mi arsenal de verdades hirientes algo que pueda hacer correr el maquillaje del rostro a mamá, pero mi mejor amiga (y hasta ese instante cómplice), me apuñala por la espalda.

-Ro, dame tu camisa, yo te la plancho.

Mamá abraza a mi ex mejor amiga y le da un sonoro beso. Mi ex mejor amiga pone cara de niña buena, inocente, de perita en dulce; no sospecha mi venganza.

-La quiero bien planchadita –digo desabrochándome mi camisa arrugadísima.

-Aquí está el burro de planchar –me secunda P, mi fiel escudero, anticipándose a cualquier movimiento de retirada de mi ex mejor amiga.

Descamisado, cerveza en mano, cual albañil feliz y rozagante, contemplo mi primera victoria de la noche y pienso (pobre ingenuo de mí) que quizás esta Navidad puede ser la oportunidad perfecta para reconciliarme con el Universo.

Por desgracia he olvidado un pequeño detalle: la fiesta de Navidad es en casa de la finísima anfitriona. Grave error aceptar la invitación. Ella es descendiente directa de la monarquía sueca o de algún reinado escandinavo donde la gente lee en promedio 80 libros al año. No en balde, al verme llegar a su casa, simple lacayo harapiento, me ignora olímpicamente, no así a mi hermana, actual monarca de la belleza de México, a la cual no duda en llenar de zalamerías, abrazar y estrujar como una muñeca de trapo al tiempo que grita:

-Ay, que bueno que vinistes, te hubieras traído tu corona y tu banda puestas –dice, muy juguetona ella, con su risilla estridente, taladrante.

Mamá, otra ignorada de la noche, cual malabarista de circo, pregunta dónde puede colocar la enorme pierna y el suflé de arroz que con tanto amor y cariño ha preparado para la cena. La finísima anfitriona con un ademán desdeñoso señala la cocina. Mamá, mártir de corazón y convicción no tiene empacho en soportar metralla. Humillación tras humillación. Día tras día, estoica, impertérrita, hace oídos sordos, se hace de la vista gorda, aguanta berrinches, gritos, desplantes y groserías. En pocas palabras, es una dama de buena cuna que está dispuesta a soportarlo todo, todo sea por mantener la armonía ficticia de la familia, pues para la finísima anfitriona (sus ojos no mienten) mi familia no es más que una manada de salvajes y arribistas. Neandertales con ropa (en mi caso, ropa arrugada y vieja).

-Ay, Monina, este año ojala que Santa Clause te traiga un tanque de gasolina interminable para que puedas llevar y traer a los niños al colegio y no te quedes sin los pocos pesos que te quedan –dice la finísima anfitriona, mujer de cultura inconmensurable que le hace tener un tacto para decir las cosas en el momento justo, o sea, en mitad de la cena.

Desde mi lugar puedo oír perfecto el crujir de la mandíbula de mamá, pero ella no dice nada, guarda silencio, prefiere fingir demencia, besar a uno de sus nietos y perder la mirada en el arbolito de Navidad platinado giratorio.

Algunos primos nos vamos al fondo del jardín a emborracharnos. A rememorar anécdotas del pasado contadas una y mil veces. A reírnos de nuestras patéticas y desperdiciadas vidas. A celebrar nuestros contados triunfos, los pequeños golpes de suerte.

-Miren lo que tengo aquí –susurra L.

Debajo de su chamarra, cual terrorista de Al Qaeda hay un arsenal de petardos, voladores y otras pirotecnias de grueso calibre.

Como niños, los rostros redondos de alegría, salimos presurosos a reventar el armamento ilegal a la calle. De igual forma que papá y mis tíos nos enseñaron de pequeños a maravillarnos en Navidad y Año Nuevo con las explosiones estruendosas y multicolores en el cielo, llamamos a nuestros sobrinos para continuar con la tradición.

-¡Locos, son unos locos! –grita la finísima anfitriona arrebatándome de las manos a mis dos sobrinos.

Intento explicarle a la finísima anfitriona que sus nietos no corren peligro, que es poco probable que un volador los haga volar en mil pedazos como a los niños iraquíes. La finísima anfitriona no se toma la molestia de responderme. Me da la espalda refunfuñando que soy un salvaje. Una pésima influencia.

Entrada la madrugada aparecen algunos amigos y otros primos a felicitarnos. Nos fundimos en abrazos. Les invitamos cervezas y tragos para que se embriaguen con nosotros. Cuchicheamos, reímos, chismorreamos. La finísima anfitriona nos espía desde la ventana de la sala. Nadie ha venido a felicitarla. Por eso nos espía. Con el ceño fruncido. No puede comprender cómo una mujer tan fina como ella puede estar sola. Por eso le ha comprado a sus nietos una cantidad grosera de regalos, para ver si ellos le hacen fiesta. Pero sus nietos hace horas que se fueron a dormir. Ahora su único pasatiempo es vernos en el fondo de su jardín tomando y hablando.

Y allí esta ella, con sus ojillos envenenados, observando, o mejor dicho, observándome. Amargada de estar alimentando por una noche a un muerto de hambre, un paria. Y mientras me observa con evidente repugnancia mi venganza silenciosa es rememorar sus desplantes más pintorescos y chispeantes. Sus aires de grandeza, de alcurnia comprada. De gran dama falsa. Su operación facial que lejos de arreglarle el rostro le dejó unos cachetitos plastilizados igualitos a los de Kiko. Su penosa autoproclamación como “la abuelita más divertida del mundo”, esto por el afanoso y arduo trabajo de pasar maratónicas jornadas delante del televisor en compañía de sus nietos viendo La familia Peluche, Big Brother, Muévete y demás programas educativos y finísimos como ella.

Entonces recuerdo que es Navidad, que no debo hacerme mala sangre con nadie, menos con un integrante de la familia. Así que me uno al jolgorio con mis primos y amigos en el jardín, donde todos parecen estar felices. Pasándosela de lo lindo. Como el niño Jesús hubiera querido que uno se la pasara el día de su alumbramiento. Es quizás, pienso, alcoholizado, una de las mejores Navidades que he pasado en años. Tal vez la última Navidad que pase a lado de mi hermana que en pocos días emigrará a vivir al DF. Por eso todos bebemos en su honor. A su belleza. Y por qué no, mentalmente decido brindar por el patetismo de la finísima anfitriona que en un arrebato de amargura, no aguanta ni un segundo más, sale al jardín pegando de gritos, diciendo que no son horas de estar en una casa tan decente.

Para mi sorpresa, en un acto de civismo que merece un monumento, nadie de los invitados se indigna. Envidio ese temple. Con pasos jacarandosos todos abandonan la casa. Los sigo, no sin poder ocultar una sonrisa, admito estar orgulloso y más que satisfecho de que la finísima anfitriona revelara delante de toda la familia su verdadero rostro.

-¡Los vasos, devuelvan los vasos, ladrones! –grita.

Obedientes los invitados vierten sus bebidas en el jardín y entregan con toda delicadeza los costosísimos vasos navideños desechables a la finísima anfitriona.

-¡Largo, lárguense de mi casa! –grita.

Decido ignorar sus gritos, su actitud agresiva, pues siendo una fecha de amor y paz, me aventuro en desearle feliz Navidad, y ella, no podía esperar menos, me revienta la puerta en las narices. Los invitados no se dejan amedrentar y proponen ir a tomar al terreno baldío de enfrente. Sacamos las cervezas y ahora sí decido brindar a los cuatro vientos y a todo pulmón por la finísima anfitriona que nos observa desde detrás de las cortinas de su habitación en el segundo piso.

Lleno de gallardía, con un valor nunca antes visto en mí, juro por el pequeño niño Jesús de Nazaret que en mi mugrosa vida volveré a pisar la casa de la finísima anfitriona. Otros, sin embargo, menos rencorosos y más sabios, piensan que la familia es la familia. Hay tiempos y momentos en que hay que enrollar la cola, perder la poca dignidad que queda y seguir soportando los desplantes y groserías de la finísima anfitriona por los años que le resten de vida.

-Pues yo soy un hombre de palabra y pienso cumplir mi promesa –digo, ufano, terco, con la camisa arrugada de tantos abrazos navideños.

De pronto, cruel destino, mi estomago emite un ruido horripilante.

-Me estoy cagando –digo desesperado, el rostro descompuesto, las manos oprimiendo el vientre.

Mi hermano saca de los bolsillos de su pantalón las llaves de la casa de la finísima anfitriona y me apresura a correr al baño.

Para sorpresa y asco de todos, rechazo las llaves. En largas zancadas me interno en la maleza del terreno baldío, me bajo el pantalón y me inclino en cuclillas al tiempo que sonrío como un cavernícola travieso. A lo lejos de la avenida, cuando el cielo empieza a aclarar y los pájaros a trinar en las copas de los árboles, unas luces brillantes, rojas y azules se aproximan a toda velocidad.

Nunca en la vida me dio tanto gusto pisar la cárcel. Siempre supe que sería mi propia familia la que me privaría de la libertad.

Este año nuevo, a mi familia política, que de política no tiene nada, he decidido declararles la guerra, bajarme a su nivel y con gustosa alegría arañar, bramar, aullar y patalear igualito que ellos, y cuando me increpen y digan que he deshonrado y dividido a la familia, demostraré que soy un discípulo aventajado de mamá, es decir, fingiendo demencia diré que este escrito no es más que un fragmento de mi interminable novela, o sea, mera ficción, producto de mis dislates creativos, cosa que, dicho sea de paso, puede que sea la más absoluta de las verdades.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Esos payasos



1


No es secreto para ningún intelectual (o cualquier persona que se precie de serlo) que no soy un escritor de verdad. Sin embargo, los intelectuales, en un arrebato de magnanimidad o estupidez o quizás venganza, se empeñan en invitarme a los encuentros de intelectuales, mejor conocidos como encuentros de escritores o personas que aman escucharse a sí mismos delante de un micrófono.

More...El horror comienza días antes del encuentro.

-Buenos días, licenciado –digo, entrando a una de las oficinas del Instituto de Cultura.

El licenciado Cara de Sapo me mira de arriba a abajo como quien mira una enorme pila de basura, frunce el ceño y dice:

-¿Qué desea?

Le explico al licenciado Cara de Sapo (cuya obligación es la de apoyar económicamente a los intelectuales de la ciudad) que ciertos intelectuales de un Estado vecino del sur me han invitado a un encuentro de escritores.

-¿Cómo dijo que se llama? –pregunta el licenciado Cara de Sapo, utilizando sus mejores dotes histriónicos, fingiendo no conocerme, dándose aires de santo o acaso de ser un enfermo de Alzheimer; pues el señor Cara de Sapo (no nos engañemos, Ciudad Amurallada es un pueblo donde todo se sabe) confesó abiertamente que mientras la cultura recayera en sus manos, no importa que sea el segundo al mando, se encargaría de no darme un solo peso para subsidiar mi subversivo estilo de vida, pues según él va en contra de los intereses económicos, políticos y culturales de Ciudad Amurallada.

Digo mi nombre y vuelvo a explicar con detalle el motivo de mi visita:

-Yo y otros tres escritores hemos sido invitados a un encuentro de intelectuales.

El licenciado Cara de Sapo dice no conocerme a mí ni a los otros tres escritores que menciono.

-¿Seguro que ustedes son escritores? –pregunta.

Respondo que sí. Que he venido a solicitar un apoyo económico para poder realizar el viaje. El licenciado Cara de Sapo saca su batracia lengua, se relame los cachetes. “Finalmente te tengo donde quería, insecto, rogándome por unas migajas”, dicen sus ojos de sapo engreído.

-Mañana tienes el dinero –dice, conteniendo una sonrisa-. Regresa a esta misma hora.

Ingenuo, abandono la oficina. Llego a casa y confirmo vía mail la asistencia de la delegación de Ciudad Amurallada al encuentro de intelectuales del sureste.

A la mañana siguiente llego a la oficina del licenciado Cara de Sapo.

-Buenos días, licenciado –digo.

-¿Qué desea?

-Vengo por el apoyo para el encuentro de intelectuales.

-¿Quién es usted?

Este mismo diálogo se repite día tras día hasta que un día, mi paciencia tiene un límite, pregunto:

-Licenciado Cara de Sapo, ¿nos va a apoyar, sí o no?

-¿Cómo dijo?

-Que si nos va a poyar.

-No, no, repita lo primero que dijo.

-¿Qué cosa?

-Olvídelo. Vuelva mañana a esta misma hora.

Le doy las gracias al licenciado Cara de Sapo por hacerme perder el tiempo y voy directamente a la oficina de su jefe, el Director de Cultura. Dos minutos más tarde un contador me hace entrega oficial de un sobre color manila con el dinero para comprar los boletos de camión para el encuentro de intelectuales.

-El Director es un imbécil, un grandísimo imbécil –dice el licenciado Cara de Sapo cortándome el paso de la puerta de salida del instituto, dejando entrever en sus ojos hinchados que soñaba con ser la máxima autoridad de Cultura este nuevo sexenio; luego agrega, los ojos pantanosos, flamígeros: -Si yo fuera el Director de Cultura, jamás enviaría a unos payasos a representar la literatura del Estado.


2


San Cristóbal de las Casas se ha convertido en el epicentro de la cultura y sede del encuentro de los intelectuales del sureste. Quiero morirme. En la mesa inaugural un par de señores, uno con una bufanda enrollada al cuello en un nudo al estilo de los modelos italianos, el otro con un sombrero de ala ancha, se declaman mutuamente su amor, sin el menor pudor y compasión de los presentes que llevamos más de tres horas escuchándoles recitar poemas, leer reseñas literarias a sus libros hechas por grandes intelectuales como José Emilio Pacheco e historias melosas de su juventud.

-Aquí les tengo un breve poemario inédito –dice el intelectual de la bufanda enroscada en el pescuezo, levantando sobre sus hombros una pila de unas doscientas hojas-, pero no sé si están cansados.

-Para nada maestro, para nada –dice el intelectual del sombrero de ala ancha anticipándose a todo el público, que en unísono y soporífero lamento se resigna a pasar otras tres horas degustando las empalagosas mieles de la cultura del sureste.

De madrugada, ateridos de frío, nos reunimos en una posada para convivir todos los intelectuales. Es decir, emborracharnos e intercambiar puntos de vista culturales.

-Cuba y Fidel Castro son un ejemplo de soberanía y respetabilidad en América Latina –dice el intelectual del sombrero de ala ancha, mirándonos a la delegación de Ciudad Amurallada con ojos atravesados, inyectados de alcohol, arrinconándonos en una pared con su tufo de borracho incorregible.

Asentimos. No queremos problemas. Como alumnos descerebrados y obedientes decimos que sí, que Fidel es un santo, un ejemplo a seguir. El intelectual del sombrero de ala ancha, orgulloso de su perorata socialista nos relata la realidad de Chiapas y de México.

-El Subcomandante Marcos es un prócer, carajo –dice, y luego nos cuenta sus aventuras por la selva lacandona junto a su ídolo, por tres gélidas, largas e interminables horas más.


3


Naturalmente no todos los intelectuales del sureste son poetas socialistas y revolucionarios disfrazados con bufandas y sombreros de ala ancha que aman escucharse a si mismos.

En el segundo día de lecturas, un jovencito de mirada apática, patibularia, un tanto atormentada, mesándose los cabellos de un modo feroz, balancea su cuerpo encorvado sobre una silla cual enfermo mental al tiempo que explica a la concurrencia que para él la literatura es una cosa extraña, paranormal, fantasmagórica, que llega a su cabeza sin ninguna explicación o razón y tiene la necesidad de expulsarla, exorcizarla, pues entre otras cosas odia su vida, tanto o más que la vida de todos quienes lo rodean. Luego se suelta a leer una historia oscura, llena de alegorías y simbolismos. No entiendo una sola palabra. Sospecho que tampoco ni uno solo de los presentes. En especial H, poeta tzotzil, que para matar el tiempo, sabio y astuto como un zorro, retrata en su cámara digital las partes más íntimas de las estudiantes de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, que infatigables y estoicas, permanecen de pie como estatuas soportando las lecturas de los intelectuales y ayudando a servir bocadillos y bebidas, y (sin sospecharlo) siendo un distractor más que efectivo para el público.

Toca el turno de W. El primer representante de Ciudad Amurallada. Los intelectuales del sureste desean saber cuál es el tipo de literatura que se hace en esa ciudad pequeñita y costeña, ubicada en la península sur de la república. Menuda sorpresa. Se escuchan murmullos. Aparecen algunos rostros azorados. Risas contenidas. W lee un cuento pornográfico dedicado a su mejor amiga. La historia va de un pasante de medicina que un día se ve en la encrucijada de no cargar con un condón en la cartera justo el día en que una apetecible jovencita desea ser poseída en un cuarto de hospital al vertiginoso ritmo del baile de caderas de Shakira. Nuestro héroe, para sorpresa del auditorio, resuelve la faena (al menos en ese momento) improvisando un preservativo: corta el dedo más largo de un guante de látex que encuentra en un cajón.

-Es imposible engañar a una mujer de ese modo –dice un intelectual al terminar de escuchar la historia.

-Sí, es la historia más inverosímil y estúpida que he escuchado en mi vida –lo secunda otro intelectual bastante indignado.

En la posada, al calor de las cervezas, en un rincón, W es acorralado por un intelectual (antes indignado) que lo interroga con toda suerte de preguntas calenturientas (entre ellas las medidas anatómicas, aficiones, perversiones y tipo de lencería que le gusta utilizar la chica que se dejó poseer en el cuarto de hospital) al tiempo que empuña, frota y masajea sus partes nobles escondiendo ambas manos en los bolsillos del pantalón.

J es el segundo representante de Ciudad Amurallada en entrar en acción. Su historia va de un poeta que nació con un pene microscópico. Diminuta verruga que le acarrea toda suerte de infortunios amatorios, entre ellos el abandono de su esposa. Por ello, sediento de venganza, decide someterse a una operación experimental no probada en humanos, peligrosa pero confiable, que le daría una anhelada, briosa y sana banana entre las piernas. Sin embargo, el resultado de la operación resulta literalmente monstruoso.

-Qué vergüenza que la literatura del sureste haya caído en la vulgaridad de la risa fácil –dice en su conferencia magistral el intelectual que huyó a la selva para no convivir con los seres humanos, mirando con ojos amenazantes de Chanoc a la delegación de Ciudad Amurallada.

Minutos más tarde, en un rincón del salón de conferencias, la mujer del intelectual que huyó a la selva para no convivir con seres humanos (salvo con ella), le dice en secreto:

-Pero bien que te reíste de la historia.

En la posada, al calor de los tragos de Comiteco, un intelectual con bufanda y un gorrito como los que usaba Justin Timberlake en el 2004, le confiesa a J que él también tiene un secreto.

-Más que la poesía, lo mío lo mío es la salsa –le dice el intelectual salsero al oído de J y se suelta a cantarle casi en un susurro “Los versos más tristes” de Pablo Neruda en una versión tropical-. Anda chaparrito, agárrame de la cintura, duro, con confianza, que no muerdo.

El tercer representante de Ciudad Amurallada es E. E lee un ensayo sobre cómo ganar premios literarios, específicamente los premios Jaime Sabines y José Gorostiza. Algunos intelectuales, paisanos de los poetas muertos, se indignan al ver asociados los nombres de sus maestros en un escrito que ha generado risas en la concurrencia, aunque en el fondo un poco decepcionados de que no se haya mencionado en la lectura la longitud de los penes de sus ídolos literarios.

-Maestro, ya en confianza –le dice un intelectual a E, cerveza en mano, en un oscuro rincón de la posada, la mirada braguetera- ¿quién cree que la tenga más grandota, Gorostiza o Sabines?


4


Como era de esperarse, mi lectura fue un fiasco. Desangelada. Llena de errores. La lengua se me enredó. Trastabillé. Tartamudeé. Sudé frío. Mis intestinos aullaron. Tuve unos súbitos retortijones. Me brinqué palabras, líneas, párrafos enteros. Un desastre colosal que culminó con mi escape del salón de conferencias dejando mi lectura a medias para beneplácito del auditorio que me vio salir huyendo como un demente.

Horas más tarde, en el Bar Revolución, las estudiantes de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, infatigables, estoicas y un poco ebrias, deciden abrir sus corazones y revelarnos un secreto:

-Desde la primera lectura de su delegación el coordinador del evento nos ordenó envenenar sus alimentos.

-Tranquilos –interviene otra estudiante-, palabra que sólo les pusimos la mitad de la dosis.

-Eso sí –dice una estudiante de cabellos morados-, deben prometernos que no dirán nada, ustedes calladitos, y de preferencia no se aparezcan esta noche ni ninguna otra en la posada, oficialmente están muertos.

-Ahora si nos disculpan –las estudiantes se levantan de la mesa-, nosotras nos pasamos retirar, justo ahora están reinaugurando en la posada “El Segundo Encuentro de Intelectuales de casi todo el Sureste”.

Horrorizados, cada uno de los integrantes de la delegación de Ciudad Amurallada tomamos de las manos a la respectiva estudiante que nos había prometido dormir con nosotros esta noche.

-Discúlpenos –dice la estudiante que parece ser la cabecilla del grupo-, honestamente no nos gusta mezclarnos con payasos.


jueves, 26 de noviembre de 2009

Ahora la culpa es suya, mujeres


Dedicado con afecto a Lupita Jones, acepto mi derrota.

“La vieja de hoy es un monstruo alimentado por la televisión vespertina, y me temo que es poco lo que podemos hacer para salvar a nuestros hijos de su cercanía.”
- Hernán Casciari (La frente alta, la frente tersa)


Hubo un tiempo cuando los hombres lapidábamos a nuestras madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas por practicar el adulterio, es decir, con justicia y buen tino machacábamos a pedradas y/o estampábamos una letra escarlata con un hierro al rojo vivo en el seno de esas brujas casquivanas que nos seducían (inocentes de nosotros) hasta caer en el pecado de la carne.

Hubo un tiempo cuando los hombres achicharrábamos en la hoguera a nuestras madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas por practicar supuestas artes diabólicas, es decir, por andar mostrando la pantorrilla o el antebrazo en la vía pública a nuestros respetables congéneres del clero, política y otros oficios desinteresados y celestiales.

Hubo un tiempo cuando los hombres no le permitíamos a nuestras madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas ir a las urnas a elegir a los futuros mandatarios del país porque las considerábamos unas retrasadas mentales.

Hubo un tiempo, perdón, en estos tiempos, existen hombres en África y el Medio Oriente (donde la ley lo permite) que le amputan el clítoris a sus madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas pues creen son seres inferiores (por debajo incluso que las perras de la calle) que no tienen derecho a sentir placer.

Salvo por los casos de mutilación genital (y otras muchas atrocidades), podemos afirmar que hoy día vivimos en una sociedad civilizada y de igualdad, esto gracias a valientes, aguerridas e inteligentes mujeres que a través de la historia de la humanidad dejaron la piel en el camino para abrirnos los ojos (tanto a mujeres como a hombres) al hecho de que ellas debían tener los mismos derechos que los hombres, es decir, a ser tratadas como seres humanos, lo que les otorgaba (entre otras muchas cosas) la libertad de ir a votar, trabajar fuera de casa, coquetear, vestirse a placer y acostarse con los hombres y/o mujeres que mejor les salieran de los ovarios sin miedo a que sus vidas corrieran peligro por hacerlo.

Todo esto fue lo que en realidad quise decirle a mi hermana en un escrito que publiqué hace 15 días en mi blog personal y en otros medios de comunicación. Escrito que, tonto de mí, creí sería interpretado como la muestra más grande de amor hacia la mujer que más quiero en el mundo. Una declaración rendida e incondicional de afecto que pudiera hacerle notar que una mujer bajo ningún concepto, y menos de manera voluntaria, debe renunciar a su calidad de ser humano pensante para retroceder a los tiempos de tinieblas donde se les veía como simples objetos cuyo único valor eran sus curvas y no su cerebro. Naturalmente, como es de esperarse en un perdedor desempleado como yo, fracasé en mi intento al seleccionar las palabras adecuadas.

-Acaba de hablar furioso tu hermano –me dice mamá por celular-. Me dijo que un amigo suyo acaba de ver publicado en Internet una cosa horrible que escribiste de tu hermanita –mamá guarda silencio, me parece escucharla sollozar-. ¿Qué escribiste ahora, hijito?

-Nada –miento.

-Tu hermano tiene ganas de golpearte… –mamá hace una pausa para sorberse los mocos-. Dice que hiciste del dominio público que tu hermanita era bulímica y que se operó la panza.

-Sí, eso escribí –digo sorprendido-, pero no era mi intención que…

-¡Dios mío! ¡No te das cuenta de que le pueden quitar su corona! –mamá estalla en llanto y no entiendo ni una sola palabra de las que balbucea.

En mi bandeja de entrada una retahíla de mails. Sospecho lo peor. Los leo uno a uno. Salvo excepciones, la mayoría de ellos me conminan a rectificar, a escribir una carta donde pida disculpas públicas, y de ser posible, a decir que no soy más el hermano de la soberana de la belleza de México.

Cinco primas (salvo a una, las aborrezco a todas; que quede dicho) escriben que soy un sinvergüenza, un poco hombre y un escritor sin talento. Catorce tías y doce amigas de mamá aseguran que soy una deshonra para la familia por ventilar secretos familiares, que la ropa sucia debe lavarse en casa. Dieciocho amigas mías y cuarenta y cuatro de mi hermana dicen que soy un envidioso, que las cirugías plásticas son una bendición. Treinta y seis mujeres que no conozco redactan inflamados insultos irreproducibles, diciendo que no tengo perdón de Dios por haber afirmado que mi hermana carece de alma tan solo por querer pegarse las orejas y ponerse tetas de plástico, y que si las mujeres están traumadas por su aspecto físico es por culpa de gente como yo, hombres de vientres voluminosos que exigimos esos estándares de belleza a mujeres que desde luego nunca tendremos en nuestros brazos. Dos ex novias, una de Campeche y otra de Mérida, coinciden finalmente en algo: “Ro, no quiero volver a saber de ti”. Y para no ir tan lejos, mi propia chica me escribe lo siguiente: “Eres un fanático, radical y moralista. Te advierto que apenas junte el dinero que me falta (el supuesto dinero que te pagarán por tu novela maravillosa) me voy a operar las nalgas como Ninel Conde”.

Asustado, releí el escrito publicado. Incluso P, mi corrector de estilo, lo releyó diez veces seguidas para encontrar el porqué de tan encarnizadas injurias a raíz de un texto que sólo buscaba hacer entrar en razón a mi hermana; de que revalorara su situación y se diera cuenta de que es la mujer más hermosa del mundo sin tener que ser tasajeada como una res en la plancha metálica de un hospital, y ambos, luego de afanosas y repetitivas lecturas, llegamos a la siguiente conclusión, con el perdón de las mujeres que tienen más de dos neuronas en la cabeza: la culpa es de ustedes, mujeres.

Sospechamos que David Beckham no amenaza con lapidar o quemar en la chimenea de su mansión a Victoria si no luce como un cadáver ambulante cada que van a salir a la calle. También sospechamos que tampoco somos los hombres barrigones los que le exigimos a las mujeres cada que hay alguna boda o evento especial desangrarse los pies por usar zapatos que no le entrarían en una pata a un perro Chihuahua, como tampoco somos los hombres orgullosos de los genitales que nos campanean entre las piernas quienes dictamos la rocambolesca moda que deben vestir las modelos (mujeres que parecen recién rescatadas de un campo de concentración nazi) que aparecen en las pasarelas europeas y revistas de moda. Tampoco somos nosotros quienes nos sentamos a ver las telenovelas donde incluso las abuelitas de las cándidas protagonistas son señoras con cabellos fosforescentes, los rostros de plastilina y las tetas como sandías de goma. Y mucho menos somos los hombres quienes orquestamos campañas publicitarias que le dicen a las mujeres que deben “elegir estar bien consigo mismas”, cuyas voceras curiosamente resultan ser mujeres de pechos operados, cocainómanas, anoréxicas, etcétera. 

Hoy jueves, en unas pocas horas, a las 10 a.m. en punto, mi hermana entrará al quirófano porque una mujer musculosa e insatisfecha consigo misma (al igual que todas esas amigas, primas, tías y mujeres anónimas que ven con muy buenos ojos ser un plasticote) la convenció de que todo el esfuerzo hecho por mujeres valientes, aguerridas e inteligentes por darle al sexo femenino el lugar que se merece en la sociedad de nada vale, pues en este mundo tan moderno y tan fashion sólo hay que ampararse en el más vil, vulgar y corriente de todos los dichos populares: jalan más un par de tetas que cien carretas. 

Por lo anterior, disculparán mi aventurada sospecha, pero presiento que detrás de la mano masculina que en tiempos oscuros prendió fuego a la hoguera usada para imprimir hierros incandescentes sobre la carne humana, que arrojó piedras filosas y letales, que cerró bajo llave las rejas de cárceles y conventos, estaban ustedes, conspiradores, envidiosos e insatisfechos seres de cabellos largos e ideas cortas, deleitándose en señalar con el dedo acusador a sus propias madres, hermanas, hijas, amigas y vecinas que decidieron ir en contracorriente a ustedes, mujeres.    

martes, 10 de noviembre de 2009

Defiende tu nariz


“Las  mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo, y se lastiman.”
 - Victor Hugo


Muy campante, como que si de ir al supermercado se tratara, me has informado en la sobremesa que a finales de este mes te vas al DF para que te operen.

-Sólo le van a pegar sus orejotas, reafirmar el busto y corregir la nariz, que tiene chueca –ha dicho mamá al ver mi cara de espanto.

Naturalmente me han pedido discreción en el asunto. Me dijiste: 

-Por favor, no vayas a contar nada en ninguno de tus escritos.

Y mamá ha dicho lo siguiente, con ojos adustos, amenazantes, sabedora de sobra que cada que alguien me hace prometer que no escribiré sobre tal o cual asunto delicado u oscuro secreto familiar, lo que hago es tratar de publicarlo a la brevedad posible.

-Es en serio, Rodrigo, si escribes algo de esto puede tener problemas tu hermanita.

¿Acaso estoy traicionando tu confianza al redactar este escrito? Aquí otra interrogante: ¿Quién soy yo para contradecirte y romper mi palabra de silencio? Respuesta: Tu hermano, el mismo personaje vergonzoso y deleznable que escapó de casa hace algunos años y a quien en alguna ocasión recurriste bañada en lágrimas porque no querías morir por culpa de provocarte el vómito cada que comías.

-No quiero morirme –dijiste, sollozando, tiritando de miedo. Tres palabras que hasta la fecha no he olvidado.

Meses atrás de esa confesión, ocurrió algo. Un evento que, como era de esperarse, toda la familia me ocultó. Te metieron a un quirófano para sacarte grasa. Grasa incómoda, horrenda, asquerosa, acumulada año tras año por comer deliciosas golosinas que robabas furtivamente de la alacena, frituras crujientes que llenaban de felicidad tus días de niña, pero que sin embargo al comerlas mamá se encargaba de hacerte sentir culpable, como si de un delito imperdonable se tratara, del mismo modo en que su papá la hacía sentir una vaca rolliza frente a sus amigas, avergonzándola, humillándola cada que osaba comer de más.   

En esta ocasión, cosa que agradezco profundamente, has tenido la delicadeza de informarme que entrarás de nuevo al quirófano. Cosa de nada, te han dicho. Gajes del oficio. Reafirmaciones, reacomodos estéticos. ¿Y luego qué? Te pregunto. ¿Acaso serás tan tonta para tropezar con la misma piedra? ¿No te has detenido a pensar que luego de corregir esas “imperfecciones” surgirán otras, y luego otras, y muchas más hasta que te mires en el espejo y de ti no encuentres más nada que un nebuloso recuerdo de la hermosa niña de carne y hueso que un día fuiste detrás de ese Frankenstein de silicona superestrella de revista de cotilleo?

Podrás pensar que exagero. Pero piensa en tu cara como en una bolsa llena de Sabritas. Una vez que le metas mano no podrás parar. Primero será la nariz, luego las orejas, luego los labios, luego los pómulos, y así hasta que tu rostro sea como el de esa señora famosa y tía tuya que no voy a decir su nombre pero que parece la mascara de retazos de carne de Masacre en Texas.

Dudo que te hayas percatado de ello, pero estás ante una posibilidad única. De ir contracorriente. Ser la primera Reina de Belleza (o de las primeras) en mostrarse en un evento internacional, ante los ojos del mundo, tal como es. Con la nariz desviada, herencia de papá, ese extinto señor al que le diste las gracias sobre el escenario en un gesto bellísimo elevando las manos al Cielo cuando te pusieron la corona en la cabeza. Operarte no sólo significa renunciar a esa herencia, a ese regalo torcido que te hace única, hermosa, bella, sino darle la razón a todos tus detractores, es decir, a esos plumíferos amantes de los foros de belleza que no tienen vida propia y que tanto criticaron tu triunfo argumentando que el concurso fue un fraude. Ingresar al quirófano es decirle a los jueces que te creyeron merecedora de la corona que equivocaron su voto, que en realidad eres una mujer con el autoestima tan baja que necesita enderezar su nariz, pegarse las orejas de Dumbo y pararse las tetas, porque su personalidad y carisma son tan minúsculos que bien sabe que el cuerpo vale más que la sabiduría que irradia el alma y el aprendizaje de los golpes de la vida.

De negarte a amputar tu belleza natural, te aseguro, no cambiará el mundo, pero al menos dos o tres mujeres con un par de neuronas en la cabeza te lo agradecerán. Y con esto no quiero decir que bajes el listón de la belleza, todo lo contrario. Sé como Susan Sarandon que defiende a muerte sus arrugas en los afiches de cine cuando los descerebrados mercadólogos intentan borrárselas con Photoshop para que luzca como una quinceañera.

Atrinchérate, pon el cuchillo entre los dientes y defiende tu nariz de esa señora musculosa que se cree tu dueña y que año con año mete al cirujano a las chicas más lindas de México porque la ingenua cree que la belleza es algo inalcanzable, una quimera. Saca el pecho, orgullosa y defiende a tu género, tu integridad, tu inteligencia, la educación que se te ha dado, a todos esos escritores de libros que has leído. Dales la cachetada con guante blanco a todos esos idiotas que proyectan sus inseguridades en ti. ¿Cuál es la nariz perfecta? ¿Cuáles son las orejas perfectas? ¿Cuáles son los pechos perfectos? Pregúntate eso. Y abre los ojos.

Si eres supuestamente la embajadora de la belleza, al operarte serás la embajadora de la inconformidad. De la hipocresía.

Ahora bien, si después de leer todo esto, querida hermana, te miras al espejo y crees que tu nariz es fea, te tengo noticias frescas, no heredaste los 4.5 de miopía que padezco, sino una ceguera peor: la del alma.