miércoles, 13 de julio de 2011

La prueba de fuego


1


Cada día me convenzo más de que no soy el escritor que pretendía ser, o mejor dicho, cada día descubro que no soy un escritor. Tan solo soy la tímida sombra de un impostor. Alguien que le gusta leer (no lo suficiente) y ver programas de televisión (en exceso) y que cree (erróneamente) poder imitar lo que sus ojos y cerebro procesan con gran satisfacción ante una hoja de papel o una pantalla.

Me distraigo con asombrosa facilidad. En especial cuando escribo, o intento escribir. Si logro encadenar un par de párrafos medianamente decentes, dignos de ser leídos, que no matarían del aburrimiento al incauto lector, los gritos de mamá hacen acto de presencia desde la cocina.

-¡Rodrigo! ¡Rodrigo! –grita hasta que yo le devuelvo el grito preguntándole qué quiere.

Siempre son nimiedades. Que cambie un foco, que voltee el garrafón de agua, que vaya por el periódico a la esquina, etcétera. Mamá hace caso omiso a mis súplicas de que mientras estoy escribiendo por favor no me interrumpa, que haga de cuenta que no existo, que se imagine por un instante que no he regresado (humillado) a vivir a su casa, que soy un fantasma, o en el peor de los casos, que piense que soy su hijo mayor, al cual jamás se le cruzaría por la cabeza llamar para que vaya a comprarle un kilo de tomates a El Osito.

-¡Rodrigo! ¡Rodrigo!

La sangre me hierve. Burbujea como agua mineral por mis venas. La sien me palpita. Intento respirar profundo, no quiero morir de un derrame cerebral como papá. Me concentro, o intento concentrarme en las palabras que voy agregando al párrafo, es decir, a la biografía de Selva Rodríguez, novela por la que el gobierno federal me está manteniendo, y por la que también, por obra y gracia divina mi chica permanece a mi lado.

-¡Rodrigo! ¡Rodrigo!

Doy un manotazo en la mesa. Salgo del cuarto dando un portazo. Bajo las escaleras, atravieso el pasillo de la sala y entro a la cocina aporreando los pies como si fuera un soldado norcoreano.

-¿Qué prefieres comer hoy bebé, lasaña o bistec empanizado?


2


Temo matar a alguien un día de estos. Mi lista la encabeza Jorge González. Pareciera que en el Universo se activa una alarma cuando la inspiración milagrosamente logra posarse sobre mi cabeza.

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!

Así suena la alarma del Universo. Igualito al ruido que hace el teléfono.

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!

¿Existe algo más molesto que los pitidos tradicionales del teléfono? ¿Por qué no he podido vencer a mi pereza y cambiar los infernales pitidos leyendo el manual del teléfono? Sigo adelante en la escritura. O eso intento. Empiezo a poner comas donde no deben ir. A utilizar gerundios, infinitivos. Diálogos inverosímiles. ¿Qué nadie piensa contestar el teléfono?

-¿Bueno?

-Buenas tardes, con el señor…

-Ya le dije que no vive aquí.

-Lo siento señor, tenemos registrado en este número al señor…

Me gusta colgarle el teléfono a Jorge González. Jorge González trabaja en HSBC. Su trabajo es recordarle a los deudores del banco que no olviden pagar sus deudas. Naturalmente yo no tengo deudas porque no poseo nada. O mejor dicho, porque no me he casado y comprado una casa para hospedar a una mujer neurótica con sus 3 hijos, tal como hizo mi hermano, que astuto, al pedir el crédito bancario dio como referencia no el número telefónico de su casa nueva sino el número de casa de mamá.

-¿Bueno?

-Buenas tardes, por favor no cuelgue…

-Ya le dije que no vive aquí.

-Entiendo, pero en el sistema tenemos este número registrado…

No me dolería colgarle el teléfono a Jorge González si no eligiera llamar justo cuando estoy escribiendo. Incluso, hay veces que he llegado a pensar que mi cuarto tiene un circuito cerrado de cámaras bien oculto desde donde Jorge Gonzáles me observa en su cubículo del banco, mirando cómo intento escribir, cómo me rasco la cabeza, cómo miro y miro la pantalla de la computadora sin animarme a teclear nada gracias a mi poca creatividad, hasta que de repente, cuando estiro las manos y empiezo a darle a las teclas, se le ilumina el rostro, dibuja una sonrisa demoníaca y coge el teléfono.

-¿Bueno?

-Buenos días, Jorge González, de nuevo…

-Ya le dije que mi hermano no vive aquí.

-Lo siento señor, mientras tengamos registrado en el sistema este número…

Hay días que en vez de escribir, me quedo sentado, pensativo frente al monitor, sin mover un solo músculo, temeroso de que al estirar la mano, Jorge González haga acto de presencia. En mi mente lo he amenazado de muerte, le he dicho que si vuelva a llamar le voy a caer a trompadas, que voy a ir directamente a su oficina a reventarle el teléfono en la cabeza. De hecho, una tarde de inusitada inspiración, pude cumplir mi sanguinaria fantasía.

-Señor, tranquilícese.

-Ya me escuchó, Jorge. ¿Estamos claros?

-Clarísimos, señor, el problema es que las oficinas centrales de HSBC están en el DF y usted vive en Mérida.

He intentado ponerle rostro a Jorge González. Indagué por varias horas en Facebook pero existen más Jorges González que Juanes Pérez. Fue como buscar una aguja en un pajar. Mi intención era dar con la esposa, novia, o algún pariente cercano, alguien que viviera en Mérida y amenazarlo de muerte, decirle al amigo o pariente cercano mediante una carta anónima que si Jorge González volvía a llamarme por teléfono, lo destazaría como a una res.

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!

La mayoría de las veces, tengo que ser sincero, mamá es la que contesta. Se enfrasca en batallas telefónicas por horas. Ignoro qué sea más molesto, si los gritos de mamá o los pitidos del teléfono.


3


¡Ding dong!

Esa es otra modalidad de alarma que tiene el Universo al activarse al descubrir que la inspiración me ha abordado ante la computadora.

¡Ding dong!

También así suena el timbre de casa de mamá. El clásico timbre de puerta de las caricaturas y/o tiras cómicas. Nada molesto, pero lo suficientemente irritante cuando se repite muchas veces y te obliga a levantarte de tu silla, bajar las escaleras y atender a la puerta.

-¿Tiene diez pesos que me regale? –dice un hombre mugroso con barba de chivo.

Me dan ganas de arrojarle objetos punzocortantes a la pantalla del televisor cuando aparece el presidente diciendo que el país va por buen camino, que en ningún sexenio como éste se generó tanto empleo, que vamos en vías de desarrollo, del primer mundo.

-Disculpe, no tengo ni un peso –digo, enfundado en ropa mugrosa, pelos disparejos por toda la cara.

-Gracias, perdone por las molestias –el vagabundo se disculpa, incluso se compadece de mí.

Regreso a la computadora. De ahí en adelante, no puedo escribir ni una sola palabra más. ¿Qué será de mí cuando expire mi beca y nadie quiera publicar mi novela? La ropa y la mugre no son problemas, lo único que debo perfeccionar es el gesto de dolor en el rostro para poder ganar unos cuantos centavos a costa de inspirar lástima en mis vecinos.


4


Pese a mi carácter cada vez más huraño y explosivo, Bucky me ha elegido como su amo y señor todopoderoso cuando su ama y señora todopoderosa, alias, Bicho, emigró a la gran ciudad en busca de fama, fortuna y reflectores.

Bucky es el perro más cariñoso que he conocido jamás. Si entrara un ladrón a casa de mamá (acto altamente probable de seguir la crisis económica), no dudaría en darle la bienvenida con cabriolas. Sería el perro perfecto, de no ser por dos motivos: uno, cada que empiezo a escribir (a escribir de verdad, o sea, con puntos y comas donde deben ir) se pone a gimotear, a mirarme con ojitos tristes para que lo saque a pasear, ya que su ex dueña tenía la sana costumbre de pasearlo todas las noches cuando ella salía a ejercitarse para mantener un cuerpo espectacular, digno de los certámenes de belleza; dos, cuando me digno a sacarlo a la calle (esto es después de leer los dos o tres párrafos que he escrito y descubro que no tienen pies ni cabeza) se vuelve loco, pone mirada de Jack Nicholson en El resplandor al ver que estoy yendo por su correa.

Bucky ama la calle tanto como un negro. Se emociona muchísimo al escapar de la monotonía de casa de mamá, a tal grado que es el único perro en el mundo (o que yo haya visto) en hacer recorridos de varias cuadras rebotando en dos patas, como un canguro pequeño.

He intentado seguir todos los consejos de Cesar Millan, alias, El Encantador de Perros, para que Bucky se comporte como todos los perros normales que salen a pasear en cuatro patas. Fracasé. Esto lo atribuyo a que no he tenía corazón para ahorcarlo con su correa de castigo. Por eso le compré una pechera. Para no partirle el cuello y para que sea precisamente él quien me pasee a mí. Al salir a la calle dejo que Bucky elija el camino que más le apetezca. Que se deje guiar por su olfato y sus deseos caninos.

Me da gracia ver que todas las noches Bucky elige ir rebotando en dos patas hasta el mismo lugar: NUERÓTICOS ANÓNIMOS A.C. Grupo: SERENIDAD ES BINESTAR. En un principio atribuí esto a una señal divina. Por un momento pensé que Bucky quería mostrarme la luz, el camino verdadero para ser una mejor persona, quizá un mejor escritor, un intelectual en paz. No fue así, pronto descubrí la verdad: a Bucky poco le importa tener un amo y señor todopoderosos capaz de sobreponerse a los ruidos e interrupciones del mundo exterior a la hora de crear obras de arte.

Bucky es un perro sabio: ve el bosque completo y no solo los árboles que tiene enfrente.

Su olfato canino le dice que ser neurótico es cosa seria. Significa ir al trabajo y contar hasta diez para evitar ahorcar con el cable del teléfono al explotador de tu jefe; llegar a casa y contar hasta diez para no acuchillar a la gorda y fodonga de tu mujer que ve las telenovelas cual Jabba the Hutt desparramada en el sofá; entrar al cuarto de tu hija y contar hasta diez para no romperle el hocico a la muy zorra que ya le salieron las tetitas y desde la webcam se las presume al novio (seguramente un sexagenario pedófilo usurpando la identidad de su hijo adolescente); salir a la puerta de casa y contar hasta diez para no partirle la boca a tu vecino que se estacionó en la entrada de tu cochera; dar volantazos y frenazos y contar hasta diez para no atropellar a los transeúntes que se atraviesan imprudentes por la calle; respirar profundo y contar hasta diez antes de bajarte del coche para que otros neuróticos crean que eres una persona sana, normal, es decir, el afable moderador de las sesiones; y finalmente (esta es la prueba de fuego) contar hasta diez para no pegar de gritos y mentar madres como el demente que en efecto eres y mostrar tu verdadero y horrible rostro al pisar un pedazo de mierda de perro en la entrada de NUERÓTICOS ANÓNIMOS A.C. Grupo: SERENIDAD ES BINESTAR.

Ver cagar a Bucky me relaja, me hace sentir una mejor persona, en comunión conmigo mismo. Me recuerda que Selva es la única mujer (por no decir ser humano) a quien le gusta que sea un hombre de muchos odios; que si dependiera de mi persona oprimir el botón para acabar con la raza humana no dudaría un segundo en apretarlo con todas mis fuerzas.

lunes, 11 de julio de 2011

Los culpables


“Los periodistas deben criticar, pero no azotar a nadie.”
- Luis Herrero


Por primera vez en la historia, México está virtualmente eliminado de la Copa América en la primera ronda. Sin embargo, algunos soñadores (los analistas de TvAzteca y Televisa) creen que los astros se alinearán para que la selección mexicana califique. Traducción: el camión de la selección uruguaya arderá en llamas minutos antes de llegar al estadio Ciudad de La Plata.

-Debido a este horrible accidente –dirá con rostro de luto el presidente de la Conmebol en rueda de prensa-, sumado a la explosión de los camiones de Chile y Perú, México avanza a cuartos de final como líder absoluto del grupo C con cero puntos.

Naturalmente este perverso sueño no es exclusivo de los achichincles del duopolio que controla al país y al fútbol nacional, sospecho que más de un directivo argentino también fantasea con autobuses en llamas para sortear el ridículo y el desprestigio histórico en casa.

Pero el mundo no está hecho de sueños o deseos, sino de hechos. Y los hechos son que a los jugadores de la selección mexicana de fútbol (como al resto de la población mexicana heterosexual y lésbica) les encantan las mujeres y/o los hombres disfrazados de mujeres (el y/o es un porcentaje mayor del que todos piensan o sospechan).

Otro hecho (o alta probabilidad) es que en el grupo C calificarán Chile, Uruguay y Perú. Mi humilde pronóstico es que estas tres selecciones sumarán 5 puntos. Es decir, no habrá camiones calcinando a jugadores y cuerpo técnico de tres naciones diferentes. Traducción: el duopolio se indignará a través de sus merolicos por el fracaso de la selección (o sea, por menguar sus arcas al no poder televisar más que 3 míseros partidos de México) culpando a los 8 jugadores que fueron separados del equipo días antes de arrancar la Copa América por andar de calientes pidiendo putas luego de un partido amistoso contra Ecuador (ojo, sabias lenguas aseguran que los jugadores también se fueron de putas durante toda la gira de preparación por Sudamérica).

¿Acaso este escrito busca la justificación o defensa de los 8 seleccionados libidinosos?

Levanten la mano los que no sean libidinosos. Levanten la mano los que no sean calientes. Levanten la mano los que no piensan en sexo cada media hora, es decir, en horas de oficina. Levanten la mano los que no vean televisión. Los que no lean los periódicos, los que no miran las revistas del corazón. Los que no tienen Internet.

Es curioso ver los golpes de pecho que se dan las marionetas de las televisoras exigiendo profesionalismo, rectitud, pero en especial, respeto por la camiseta verde.

-Qué vergüenza, los futbolistas son un ejemplo para la niñez –dicen con el rostro compungido, con un par de buenas tetas a un costado-. ¿No te parece abominable el comportamiento de los jugadores, Marigol?

Pfizer me libre de tener hijos, pero si Pfizer falla, tendría que ser un retrasado mental para poner en manos de un futbolista la educación de mis hijos: el piso de la casa (que no tengo) estaría llena de escupitajos y de mocos. O tendría que ser un reverendo imbécil para creer que mis hijos no van a ser educados (o altamente influenciados) por los medios de comunicación. 

¿Acaso no es Televisa quién tiene un programa familiar donde se busca explotar el talento infantil conducido por una presunta ex teibolera y una ex presidiaria sentenciada bajo el cargo de corrupción de menores?

¿Acaso el duopolio no tiene revistas donde expone semidesnudas a sus luminarias de la televisión?

¿Acaso los periódicos y páginas web deportivas (traducción: de fútbol) no tienen una (o varias) secciones donde aparecen mujeres mostrando piel cual suripantas?

¿Acaso el duopolio no se ha cansado de rebajar a la mujer a categoría de objeto cada que la lleva a conducir algún evento deportivo para subir el rating?

¿A caso el rating no es el número de personas que miran la televisión?

-El problema con los futbolistas es que se creen semidioses –dicen indignadísimos los analistas deportivos.

Más preguntas: ¿Quiénes son las personas que se la pasan cacareando el día entero que no nos perdamos los partidos de la selección? ¿Quiénes son los encargados de poner a los jugadores en las tapas de las revistas, periódicos y comerciales de televisión? ¿Qué diferencia existe entonces entre una luminaria de la farándula con un jugador de fútbol?

-¡Qué desfachatez! –exclaman acalorados-. Los futbolistas deben entender que jugar fútbol es como cualquier otro trabajo del mundo.

Francamente no conozco a ni un solo abogado o licenciado o doctor que luego de trabajar lo encierren en un hotel y le prohíban tener visitas durante un mes.

-¡Estaban concentrados! –siguen su perorata interminable-. ¡Representando a México!

Si ese el meollo del asunto, yo felicitaría a los jugadores castigados, vaya que nos representaron, y muy bien. No tengo un solo amigo o conocido que no se haya ido (y se siga yendo) de putas.




miércoles, 6 de julio de 2011

Un día en la plaza


1


El hombre de moda es Thor y Selva quiere verlo. Todas sus amigas (y amigos) le han dicho que tiene que ver con sus propios ojos (y, de ser posible, con la ayuda de unos lentes 3D) al rubio fortachón. Pese a las creencias bien fundamentadas (aunque erróneas) en relación a mi bisexualidad de mi amigo Juanito, el caricaturista profético, yo no tengo ánimo de ver a una masa de músculos que lucha por la justicia y el honor en el Universo.

-Anda, vamos, yo invito –insiste Selva, conocedora de mi hombría y de mi pobreza-. Quiero que los pezones de Thor me saquen los ojos.

La muchacha de la taquilla nos dice que hay boletos disponibles pero solo para la última función.

-¿Solo hay boletos para las diez treinta? –pregunto lo que me acaban de informar.

-Así es señor –responde la muchacha con fastidio.

-No seas pesado –Selva paga con su tarjeta de crédito-. Vamos a dar una vuelta por la plaza para hacer tiempo.

Paseamos por la plaza para hacer tiempo. O mejor dicho, me la paso escondido tras las puertas de todas las tiendas para que ningún ex compañero del colegio me reconozca y me saque plática y tenga que verme en la bochornosa necesidad de decirle que vivo en casa de mamá a mis imberbes 31 años.


2


-¡Mira, una juguetería! –Selva me jala del brazo, está empecinada en comprarle un regalo a mi sobrino aunque falten dos semanas para su cumpleaños.

-No tienes que regalarle nada –sugiero.

Mi chica odia que sea un hombre tacaño, poco detallista. Frunce el ceño y dice:

-Llevo meses esperando su cumpleaños, quiero regalarle un Buzz Lightyear.

-Ya tiene como veinte Buzz Lightyear.

-¿Vas a entrar, sí o no?

Entramos a la juguetería. Caminamos entre los estantes. Me alegra que Selva no quiera tener hijos. Todos los juguetes, además de ser una porquería, están carísimos.

-Yo le voy a comprar esta pelota –digo, blandiendo por todo lo alto el juguete más barato que encontré luego de una exhaustiva búsqueda.

-¿Una pelota de plástico?

-Sí, una pelota plástico –me desmarco astutamente de compartir los gastos de un Buzz Lightyear karateka.


3


Selva se desquita de mi tacañería diciendo que faltan dos horas para la función. Que debemos seguir dando vueltas por la plaza para hacer más tiempo.

Miro la hora en mi celular.

-¿Qué? –pregunta.

-Nada –respondo.

Sigo expuesto a toparme con algún ex compañero de la escuela y tener que saludarlo, ponerlo al corriente de mi insípida y patética vida.

Dicho y hecho: veo a un ex compañero de la universidad. Dos niños tiran de sus bazos. Mi amigo tiene la mirada muerta, perdida, extraviada. Igual la gorda de su mujer. Mi ex compañero no es ni la sombra de lo que fue en el colegio. Pareciera que una bola de manteca lo devoró y sus facciones quedaron impresas en ella.

Abrazo a mi chica, le zampo un beso de lengua.

-¿Qué haces? –Selva se despega de mí.

-¿Está prohibido besarte?

-Nunca me besas en la boca, menos en público.

-Me dieron ganas –digo.

Con el rabillo del ojo veo a mi ex compañero y a su elefantiásica mujer perderse por los pasillos de la plaza.

-Bueno, ya que estás tan romántico –Selva jala de mi brazo-, acompáñame a Zara, solo será un segundito.


4


Ni soñando ha sido un segundito. Miro mi celular: han pasado tres cuartos de hora. Selva entra por enésima vez al guardarropa cargando media docena de vestidos.

-Quédate aquí afuera para que veas cómo me quedan –ordena.

Lejos estoy de ser Richard Gere en Mujer bonita. Soy un hombre de mediana edad con un conato de panza que agradecería al alma que le salieran canas en vez de estar perdiendo todo el pelo de la cabeza. En cambio, mi chica sí que es Julia Roberts. Pero no la Julia Roberts de Mujer bonita, sino la Julia Roberts de Erin Brockovich. Ayer pasaron la película en TNT y poco me importó que estuviera traducida y que ya la hubiera visto una decena de veces. No puedo evitar caer hechizado cada que la pasan en la tele. Julia sale con unas tetas enormes, minifalda de cuero y una melena de leona. “¿No se parece a Selva?” preguntó mamá al entrar a mi habitación.


5


Tengo las piernas entumidas. Pero no me importa. Pienso en lo afortunado que soy de tener por novia a Erin Brockovich. Podría esperar dos horas más de pie con tal de llegar a casa lo antes posible (o mejor dicho, hasta que mamá se duerma) para saciar una de las innumerables fantasía eróticas que tengo con gente famosa de Hollywood.

La zona de probadores de Zara es un cuarto rectangular largo, donde a los costados están unos cuartitos para que las mujeres puedan cambiarse de ropa y luego tengan que salir a mirarse a un espejo enorme empotrado al fondo del pasillo.

Dos novios torturados como yo esperan pacientes a que sus chicas salgan de los probadores y se miren en el espejo comunitario para luego darse la vuelta y hacerles la infalible pregunta: ¿cómo me veo?

La primera en salir es una mujer chaparrita disfrazada con un vestido café con unos alerones de tela que le cuelgan de los brazos. ¿Realmente a una mujer le importará la opinión de su novio? El novio menea de arriba abajo la cabeza en signo de aprobación, poco importa que su chica esté disfrazada de ardilla voladora, su instinto de supervivencia lo mantiene a flote.

Aparece la segunda chica, es una mujer insípida, de rostro perfectamente olvidable, enfundada en un camisón de dormir. El novio está pensando lo mismo que yo, pero hay que ser un tonto redomado para decirle a tu novia que su vestido de verano en realidad es un baby doll. El instinto de supervivencia se activa en el acto: mi compañero de tortura menea de modo afirmativo la cabeza.

Llega mi turno.

Selva sale del probador. Se mira en el espejo, se da la vuelta. Desapareció Erin Brockovich, ahora es Julia Roberts en Mujer bonita, pero a la inversa, es decir, antes de que Richard Gere la llevara a las tiendas de ropa de marca, antes de convertirla en una mujer sofisticada, en una dama de alta sociedad respetable.

-¿Cómo me veo? –pregunta.

Para un hombre como yo, de la generación en donde tenías que pescar tetas en mitad de la madrugada en el Golden Choice o en la estática de los canales porno bloqueados del cable, estoy más que encantado de que los diseñadores insistan en disfrazar de callejeras a las mujeres.


6


En la cola de la caja, Selva me dice que está feliz porque el vestido está en oferta.

-Me alegro de no ser mujer –digo-, ni loco pagaría quinientos pesos por un pedacito de tela.

-¿Eso quiere decir que nunca me vas a comparar vestidos?

La señorita de la caja se nos queda mirando.

Es nuestro turno, o mejor dicho, el turno de mi chica en pagar.

-Te toca –digo.

-Ash –Selva abre su bolsa.

-Te prometo que cuando gane el premio Alfaguara te compro los vestidos que quieras –miento.

Selva saca su tarjeta de crédito, mientras paga observo unas fotografías sobre la cabeza de la cajera: una modelo, o mejor dicho, un alambre humano viste unos jeans y una blusa blanca.

-Están locos los diseñadores –apunto-. Ni en los campamentos nazis las judías estaban tan flacas.

-Pues me encantaría estar así de flaca.

La señorita de la caja le devuelve la tarjeta de crédito a mi chica. También le entrega una bolsa enorme de plástico en cuyo interior está un diminuto pedacito de tela.

Salimos de la tienda.

Selva me toma de la mano.

Las compras liberan endorfina en las mujeres.
-¿Qué? –pregunta.

-Nada –respondo.

Ni loco pienso decirle que al paso que va mi carrera literaria, su deseo de ser una calavera ambulante va que vuela en convertirse en una realidad.


7


Finalmente es hora de entrar al cine.

-Uy –Selva se muerde los labios al mirar los boletos-, la peli está en español.

-Ahora mismo vamos a la taquilla a que nos devuelvan tu dinero –digo indignadísimo.

-No, por fa –suplica Selva-, en verdad quiero verla.

-Pero está en español, seguro Eugenio Derbez hizo el doblaje –me quejo con amargura.

Mi chica me abraza, me acaricia, me hace mimos y me dice que haga un esfuerzo por ella. Le explico que por ella hago lo que sea, pero en esta ocasión no se trata de un esfuerzo, menos de un sacrificio, sino de dignidad, que si colaboramos comprando boletos para películas dobladas al español, los imbéciles empresarios de los cines van a creer erróneamente que todos los mexicanos somos unos analfabetos, y en cosa de nada, al igual que pasa en los cines de Campeche, o mejor dicho, en el único cine que hay en Campeche, todas las películas vendrán dobladas.

-Cállate y entra a la sala –ordena Selva.


8


Thor no es la gran cosa. No sé por qué tanto alboroto. He visto a hombres más fuertes en la lucha libre gringa (y además, de cara se parece al león de El Mago de Oz). No creo que valga la pena pagar un boleto de 70 pesos para verle los chuchos al Dios del Trueno por 5 míseros segundos.

-¿Eso es todo? –a diferencia mía Selva externa su indignación-. ¡Gran cosa!

-Baja la voz, no estás en tu casa –me escondo tras mi butaca.

-Pues para que lo sepas, yo he estado con hombres más fuertes.

-Deja de avergonzarme –me hago bolita en mi asiento-. Y te prohíbo terminantemente que en mi presencia hables de tus conquistas pasadas, al menos de los hombres que estén más musculosos que yo.

-Faltaba más –Selva resopla mirando de reojo mi panza y puedo sentir que la mitad del cine está más pendiente en nuestra discusión que en las heroicas hazañas del Dios del Trueno.

-Sht –digo.

-Sht, tú –Selva se pone de pie, explota a lo Dolby Surround-. Lo que es una verdadera vergüenza es que tú hayas andado con mujeres más gordas que yo, y todavía tengas la desvergüenza de regodearte publicándolo en tu blog. Por eso ninguna editorial quiso publicar tu primera novela.

sábado, 2 de julio de 2011

Sentimientos encontrados


“Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo.”
- William Shakespeare


Me dan mala espina y pena las personas que les gusta jugar a lo seguro, que aseguran su felicidad de antemano. Sujetos que, por ejemplo, si van camino al trabajo y se topan con una pelea callejera entre un señor con la complexión de un gorila y un tipo con cuerpo de mono saraguato, no dudan en relamerse los bigotes y oprimir los puños al ver al gorila dándole una paliza al escuálido hombrecillo hasta que yace en el suelo, ensangrentado.

Estas personas amantes de Goliat, por lo general le van al Real Madrid (o le iban, ahora se proclaman culés), a los Yankees de Nueva York (aunque en su vida hayan visto tres entradas seguidas, ni siquiera en la Serie Mundial), a los Lakers de Los Ángeles (antes le iban a los Bulls de Michael Jordan), y, en materia nacional, sacan el pecho y se dicen chivas o americanistas (aunque estos últimos desde hace más de década y media se mantienen ocultos y cambiando de playera semestre tras semestre).

La semana pasada le dio la vuelta al mundo la noticia de que el River Plate podía irse a la segunda división.

-¿No el River es el mejor equipo de Argentina? –me pregunta mi chica, que no tiene idea de fútbol.

-Era –intento contener mis pulsaciones, que no se note la euforia que siento por el fútbol cuando desperdicio los fines de semana frente al televisor, mientras en mi cabeza trato de armar un rompecabezas donde aparece la historia del River, las reglas del descenso en el fútbol argentino, igual de incomprensibles que las del fútbol mexicano, donde se tiene que ser un genio matemático para sacar porcentajes y cocientes-, mira, lo que pasa es que el River hizo una temporada aceptable, terminó noveno, con veintiséis puntos, incluso con derecho a Copa Sudamericana, pero en Argentina descienden cuatro equipos a segunda división, o mejor dicho, dos directo y dos a promoción, no como aquí, que solo se va uno, el caso es que en Argentina, al igual que en la liga de México, existe algo que se llama porcentaje, y el River hace varias temporadas que…

Descubro que estoy hablando solo, mi chica abandonó la habitación hace varios minutos.

Enciendo mi computadora. En pantalla aparece el Monumental. Sobrecupo. La gente grita, canta, brinca. Puedo oler la pólvora de las bengalas. También el desastre. La sangre. El dolor. Hay que estar muy loco para meterse por voluntad propia (y feliz) a ese manicomio de miles de personas. Me pregunto, si en México existiera la promoción, o sea, la final de los perdedores, y el América se encontrara en la misma situación que el River, ¿estaría lleno el Azteca? Por supuesto que no, los mexicanos no somos tan subnormales como los argentinos. O mejor dicho, los americanistas estarían cómoda y tranquilamente sentados en sus casas, viendo el Canal de las Estrellas, con la seguridad que les brindan sus narradores y el rival (Gallos Blancos o San Luis o Necaxa u otro equipucho de poca monta), observando las gradas semivacías (o sea, viendo el logotipo de Coca-Cola que forman las butacas), mientras sus delanteros marcan goles a placer, o quizás un gol de último minuto (no vaya a pensarse que el juego estaba arreglado).

Gol de Belgrano. ¿Estaré soñando? No, claro que no. El abanderado levanta la bandera. El árbitro central anula el gol. Bien invalidado, sin embargo, no nos engañemos, el River es lo mismo que el América. El equipo odiado, petulante, millonario, plagado de estrellas, de las grandes contrataciones cada seis meses.

Gol de Pavone. River uno, Belgrano cero. Solo han pasado 5 minutos. Restan 85 para marcar otro tanto y salvarse. Imposible que el River pueda irse a la segunda. Los argentinos son igual (o peor) de corruptos que nosotros. Hay demasiados intereses de por medio. Además, qué clase de temporada sería el próximo año sin River en la liga. Sería como leer Alatriste sin encontrar a Malatesta en sus páginas, o Harry Potter sin Voldemort.

Caruso conduce el balón. Penalti a favor de River. El árbitro milagrosamente no lo marca. Me entran dudas en el medio tiempo. Asomo la cabeza por la ventana para ver si no descubro a los Jinetes del Apocalipsis. Tengo que estar soñando. El mundo no funciona así. Luego recuerdo que la Juventus descendió a segunda división hace poco tiempo, apenas en el 2006. ¡Juventus! Aunque aquello fue extra cancha. Por partidos arreglados. Y con el pequeño detalle de que ocurrió en el primer mundo, por más que los italianos parezcan unos salvajes sudamericanos. Imposible que el River descienda.

Segundo tiempo. Gol de Belgrano. Minuto 16. Escucho unos trompetazos. Me tiemblan las piernas. Trastabillo hasta la ventana para ver ahora sí a los Jinetes del Apocalipsis. Solo se trata del camión del gas. ¿De cuándo a aquí me importa tanto el fútbol argentino?

Mis pensamientos me transportan a la final entre América y Necaxa en el verano del 2002. Final de alarido. Gol de oro en tiempos extras. América sale campeón luego de 13 años de sequía al remontar un marcador adverso de dos goles. Digna final de dos clubes propiedad de la misma televisora. “¡América campeón, de película!”, gritaron los narradores. Y por primera vez en la historia, los comentaristas de Televisa tenían razón: los 22 jugadores interpretaron con maestría un guión escrito y ensayado en los jardines de Chapultepec (naturalmente esto no puedo probarlo, es solo producto de mi suspicacia y experiencia televisiva).

Penalti a favor de River. La gente explota de emoción. Se abrazan. Se besan. La historia de River es demasiado grande, no así la fuerza de Caruso que sale volando por los aires como si el defensor de Belgrano fuera Hulk. El árbitro esta vez no dudó. Ahora todos sabemos lo que va a pasar a continuación: gol de River. La oleada del River. Belgrano temblará nervioso. Otro gol de River que los mantiene en la categoría. El árbitro silba. Pavone cobra. El portero vuela. Lagrimas. Gritos de dolor. Miles de bocas abiertas de incredulidad. Me pellizco las mejillas. No estoy soñando. Decido entregarle mi corazón a Belgrano. Así es mi naturaleza. Siempre puja, late por el débil. Viene escrito en mi código genético, o mejor dicho, es un mal congénito que traigo de nacimiento: me identifico con los deportistas y equipos mediocres. Si televisan un partido entre Brasil contra Madagascar, mi apoyo incondicional lo tiene Madagascar. No es nada personal contra la gente del River que empieza a arrojar objetos punzocortantes hacia la cancha.

A quién quiero engañar, claro que es personal. Detesto a las personas que les gusta jugar a lo seguro, que aseguran su felicidad de fin de semana de antemano. Gente que va al estadio con planes hechos e irrevocables para irse a celebrar antes de que el balón haya rodado en el círculo central. Entonces imagino a la gente del Boca. Igualmente despreciables que los del River. Celebrando. Cantando. Mofándose de su acérrimo rival en las calles. Blandiendo orgullosos sus camisetas auriazules. Del mismo repugnante color que el uniforme del América. Y siento lástima por ellos… de hoy en adelante sentirán lo mismo que siento en el pecho todos los domingos: desazón.

Naturalmente la diferencia estriba en que a los aficionados del Boca este sentimiento les durará cuando mucho un año (dudo que River permanezca más tiempo en segunda), no como a mí, que llevo más de una década (y contando) alejado del fútbol nacional desde que el América dejó de ser el América, es decir, desde que el América cambió su uniforme de mangas de tres cuartos y de V en el pecho, traducción: desde que Chabelo dejó de emular con asombrosa perfección en su programa lo que ocurría horas más tarde en el Azteca, es decir, poner a dos niños a jugar futbolito de mesa, y cada que metía gol el niño que le iba a las Chivas, lo anulaba alegando una infracción inverosímil, hasta que el niño del América marcara los goles suficientes para ganar y luego gritaba:

-¡Arriba el América, señores!

miércoles, 29 de junio de 2011

Daños colaterales de una boda real


1


4:30 p.m.

Suena el timbre.

Bajo las escaleras.

Antes de abrir la puerta de casa de mamá, escucho una conversación en el garaje.

-No mames, no mames –dice una voz de niña-. ¿De quién es ese volcho, wey?

-De mi novio –contesta Selva, no sin tomarse largos segundos de duda.

-Nooooooooo –exclama la niña-. No es cierto, wey.

-Sí –dice Selva, resignada.

-Qué asco, wey.

Abro la puerta.

La cara de Selva está roja como un tomate. Bucky, Taquito y Mía dan brincos alrededor de ella para recibirla. La niña, la prima más pequeña de mi chica, intenta acariciar a su ex mascota: Taquito suelta una dentellada, al parecer guarda fresco en su memoria los días de confinamiento en el cuarto de baño de la servidumbre en el penthouse donde era un rehén del olvido.

-Ay, me mordió –la niña se chupa un dedo de la mano.

Sonrío.

Confieso que he colaborado con mi granito de carbón en avivar las llamas del resentimiento en Taquito: cuando Selva tiene muchos clientes en su salón de belleza y me lo deja en casa para que lo cuide, lo que hago es poner delante de sus pequeños ojos de canica una fotografía de su ex dueña y asestarle cinturonzazos.

-Ay, ¿qué le pasa? –grita la niña y se echa a correr a una lujosa camioneta Escalade donde la espera un chofer.


2


6 p.m.

Endiosada, Selva mira la pantalla de mi computadora.

-A esta clínica voy a ir para que me operen la nariz –dice.

Me acerco a la laptop. En pantalla veo la imagen de una mujer donde comparan el antes y después de la operación.

-Se veía mucho mejor antes de la operación –apunto.

-Solo lo dices porque no quieres que me opere –Selva se cruza de brazos-, mírala bien, checa cómo le perfilaron la nariz, es una operación sutil, muy discreta, casi ni se nota.

¿Por qué las mujeres siempre justifican las operaciones? ¿Si las cirugías son tan sutiles, tan discretas, entonces, para qué gastar miles de pesos en algo que nadie notará?

Observo una vez más la imagen.

Es un hecho: no existen operaciones sutiles, discretas, la mujer de la fotografía era mucho más hermosa antes, antes de que le dejaran una nariz respingada y larga como Pinocho, un ojo rojo de boxeador y unas ojeras de mapache.

-¿Y bien? –me interroga Selva-. ¿Verdad que ni se nota la operación?

Debo ser cuidadoso en mis palabras. Los últimos días mi chica ha estado irascible, esto lo atribuyo a la visita de sus tíos multimillonarios, quienes la pasean en sus autos de lujo, le presumen sus compras en Nueva York y Londres, la llevan a comer a restaurantes finos y caros.

-La verdad –digo- me gusta tu nariz tal y como está.

-No es verdad.

-Que sí.

-Que no.

-Que sí.

-Claro que no, la otra vez dijiste que mi nariz parecía una berenjena.

-…

-Y tienes razón, parece una berenjena –Selva se levanta la nariz con el dedo pulgar-, por eso quiero retocármela.

-Bueno, acepto que sí parece una berenjena, pero una berenjena bonita.

-Eres un idiota.


3


8:05 p.m.

Selva y yo estamos tumbados en la cama. Llevamos hora y media (reloj en mano) sin decir una palabra. Debo hacer algo.

-¿Qué te pasa? –pregunto.

-Nada –Selva sigue mirando al vacío.

-¿Qué te pasa?

-Nada.

Podríamos pasar dos horas más repitiendo los mismos diálogos. Sé perfecto qué le pasa a mi chica. He aprendido a leer sus ojos. A interpretar sus silencios. A descifrar cada uno de sus movimientos y muecas. Incluso a identificar el olor de sus pedos. Es lo mínimo que puedo hacer. La amo. Es la mujer de mi vida. Sus ojos me dicen que ella está triste. Está triste porque tengo un volcho que en realidad es un horno de microondas que nos derrite y hace sudar como marranos cada que salimos a la calle, y nos seguirá haciendo sudar por muchos años más porque el sueldo de un escritor no alcanza para comprar coches último modelo (o de medio uso) con clima. Está triste porque en vez de comprarle el anillo Swarovski que quería solo me alcanzó para regalarle unos jeans en rebaja. Está triste porque no puedo costearle ni una sola de las operaciones que quiere hacerse, en especial la cirugía de nalgas para tener un culo tan grande y monumental como el de su ídola Ninel Conde.

-¿Estás así por lo que dijo tu prima, verdad? –pregunto.

-Sí –Selva sigue mirando al vacío.

-¿Te da vergüenza estar conmigo?

-No seas idiota.

-¿Entonces?

-No quiero ser pobre.

-No somos pobres.

-Pero lo seremos.

-…

-¿Ves? Sabes que lo seremos. Y odio que no me apoyes en mis proyectos. En algo que me hará feliz.

-¿De qué hablas?

-De mi nariz. La odio.

-Está perfecta.

-No está perfecta, y lo sabes.

-Tú eres perfecta. Me encantas. Te amo tal y como estás.

-Pues yo no. Y voy a operarme la nariz. Y quiero que me apoyes, así como yo apoyo todas tus pendejadas.

-¿Qué pendejadas?

-La pinche revista esa en la que colaboras. El puto gordo argentino es un soñador igual que tú. Los argentinos son unos ladrones. No confío en ellos, menos en los gordos. ¿Cuántas más revistas piensan vender? Todas las que has vendido te las han comprado tus primos por lástima. Y por si fuera poco las vendes a lo que te costaron. ¿Dónde está el negocio? Exijo que las vendas más caras o no vuelvo a prestarte mi tarjeta de crédito para que hagas tus pedidos.


4


2:30 a.m.

Me despiertan unos sollozos.

-¿Por qué lloras? –pregunto sorprendido al ver a Selva mirando el televisor-. Pensé que odiabas a las monarquías.

-No odio a las monarquías –Selva se limpia las lágrimas-, odio no pertenecer a las monarquías.

En pantalla, la boda real. Aparece David y Victoria Beckham. Elton John y su esposo, David Furnish. El príncipe Alberto II de Mónaco y su barba “novia” Charlene Wittstock. La princesa Victoria de Suecia y su marido, el príncipe Daniel. La princesa Beatriz de York. La reina Sofía, el príncipe Felipe y la princesa Letizia. Camila Parker y el príncipe Carlos. El príncipe Alejandro II de Serbia y la princesa Katherine. La reina Isabel II.

Debo dejar de leer los Vanidades y los ¡Hola! de mamá.

-¿Viste esos vestidos, esos anillos, esas cirugías? –Selva se muerde las uñas.

Escapo al baño a enjugarme la cara.


5


2:45 a.m.

Regreso a la cama.

Kate Middleton y el príncipe William entran a la abadía de Westminster.

-No lo puedo creer –me indigno.

-¿Y ahora qué no puedes creer? –Selva se cruza de brazos.

-Lo que le preguntó el Padre a Kate.

-¿Qué tiene, qué le preguntó?

-Que si acepta a William como su esposo tanto en la riqueza como en la pobreza.

-¿Y?

-¿No es bastante obvio que nunca serán pobres?

-…

-Dime un personaje de la realeza que sea pobre.

-Elena Poniatowska.

-Poniatowska no es pobre.

-Claro que sí.

-Qué no.

-Qué sí.

-Qué no.

-Poniatowska no vive en un palacio.

-Bueno, eso es porque ella es escritora.

-…

-¿Qué? ¿Por qué me miras con esos ojos? ¿Estás llorando?