viernes, 5 de diciembre de 2008

El clásico de clásicos


“El fútbol es la última representación sacra de nuestros tiempos.”
 - Pier Paolo Pasolini


La semana pasada se jugó una edición más del clásico del fútbol mexicano: Chivas del Guadalajara vs Águilas del América. Hago la puntual aclaración de los equipos so pena de correr el riesgo de que el lector aventajado en materia de fútbol insulte a mi santa madre por tomarlo por un tonto que no sabe distinguir qué dos equipos de entre los 18 existentes en la primera división juegan entre sí el llamado “clásico” de fútbol en México. Sin embargo, en mi defensa diré que este asunto del clásico se presta a muchas confusiones.

Los “especialistas” de fútbol (suena ridículo, pero así se llaman entre ellos los señores que salen con un micrófono en la televisión narrando los partidos de este deporte) cada semana anuncian con bombo y platillo que se jugará el clásico: “El clásico tapatío”. “El clásico del bajío”. “El clásico regiomontano”. “El clásico capitalino”. “El clásico joven”. “El clásico más joven”. “El clásico súper joven”.

Sobra decir que los tres últimos clásicos de la lista son una contradicción, o mejor dicho, una estupidez, ya que un clásico o algo clásico, como la mayoría de nosotros sabemos, es algo viejo. Pero en fin, no nos tiraremos de los cabellos o de las vestiduras o de los balcones de nuestras casas por esto, al fin y al cabo estamos hablando sólo de fútbol, un espectáculo tan trascendente como la telenovela de las ocho de la noche, y no del Octavo Arte como quieren hacernos creer los “especialistas” al poner en pantalla diagramas de flujo y trescientas repeticiones en cámara hiperlenta al estilo Matrix sólo para comprobar que un delantero estaba en fuera de lugar al momento de mandar la pelota a las tribunas.   

Otro dato curioso e igualmente confuso en relación a los clásicos es que los equipos involucrados en ellos tienen como quince nombres cada uno. El Cruz Azul, por citar un ejemplo, es conocido como los cementeros, la maquina, la maquina azul, la maquina celeste, los celestes, los conejos, etcétera. Quienes juegan para la UNAM son los pumas, los felinos, los universitarios, los galácticos del pedregal, etcétera. Incluso (lo diré pese a granjearme la ira de sus tres aficionados, si es que por obra y gracia divina leen esto) un equipo tan gris como el Puebla, que va y viene de una división a otra con la misma frecuencia con que las actrices de las telenovelas entran y salen del quirófano, tiene una decena nombres: los camoteros, la franja, los ejecutivos, etcétera.

Total que el clásico, por esas extrañas razones que existen en el mundo pero sobre todo en México, sigue paralizando al país entero muy a pesar de que todos sabemos de antemano que los próximos 90 minutos que pasaremos frente al televisor serán los 90 minutos más aburridos de nuestra semana. Mismos que, sin embargo, vemos íntegros, de principio a fin. Aburridísimos, independientemente del resultado, no importa si caen muchos o pocos goles, o ninguno, como en la mayoría de los casos.

Yo creo que no podemos dejar de ver el “clásico de clásicos” (sospecho que así lo llamaron los “especialistas” para que sepamos que éste sí que es el verdadero clásico o al menos el que más dinero deja) porque es un evento que nos lo han vendido como algo muy familiar y como un pretexto perfecto para convivir y conocernos más los unos a los otros. Sobra decir que esto es bastante extraño, ya que nuestra convivencia depende de y es provocada por veintidós hombres en pantaloncillos cortos y medias larguísimas que no cesan de mentarse la madre, escupir, sacarse los mocos, rascarse la entrepierna y demás linduras y ritos que acostumbran hacer dentro y fuera de la cancha los futbolistas, quienes, está de más aclararlo, son unos caballeros en toda la extensión, significado y magnificencia de la palabra. Es decir, los modelos a seguir por las futuras generaciones de México.

Toda esta algarabía (me imagino) se originó de la siguiente forma: un grupo de importantísimos mercadólogos y un grupo de respetadísimos señores de la asociación Padres de Familia Responsables por el Bien de México decidieron unir fuerzas e intelectos para que las familias no se desintegraran por culpa de la malvada pero necesaria televisión, así que se sentaron alrededor de una mesa redonda para dilucidar la formula secreta que lograra unir nuevamente a las familias sin dañar los intereses creados por las grandes corporaciones. Así fue como, después de horas y horas de romperse las neuronas y de acalorados debates, alguien dijo:

-¡Eureka, el fútbol!

Y vaya que fue una buena elección, ya que los partidos de fútbol en México son tan aburridos que los espectadores del clásico para llenar los espacios donde nada ocurre, es decir, durante todo el partido, gracias a que los jugadores se pasan unos a otros el balón sin cruzar de su mitad de la cancha como si la pelota fuera a detonar de un momento a otro como una granda sin seguro, o por el infalible futbolista que es rodeado y contemplado con miradas atónitas por un sequito de paramédicos que por causas o motivos que todo el mundo ignora llegaron trepados en un carrito de golf a observar al herido de muerte retorcerse sobre el césped como si fuera una babosa a la que acaban de echar sal en la espalda, las personas aprovechan para interactuar entre sí más allá de los monosílabos de costumbre:

-¿Y qué me cuentas?

-Nada. Todo bien.

-¿Y la familia?

-Bien.

-¿Y el trabajo?

-Bien.

-¿Quieres otra cerveza?

-Bueno.

Las cervezas llegan seguidas de un silencio y un aburrimiento insoportable hasta que el futbolista es resucitado y levantado como Lázaro gracias al agua milagrosa de los paramédicos.

Así se vive el “clásico de clásicos” en México hasta que se ven agotados en su totalidad los 90 minutos, que para colmo siempre son más de 90 minutos ya que el árbitro (persona grave, aburrida y rencorosísima) decide agregar otro cuarto de hora al partido bajo el pretexto de la compensación de tiempo perdido por los muchos moribundos que hubo en la cancha, cuando todos sabemos perfectamente que es su venganza por las mentadas de madre que recibió durante el soporífero encuentro.

La solución a todo esto sería sintonizar otro canal, sin embargo, esto es imposible de hacer ya que en casa o fuera de ella siempre habrá alguien viendo el clásico, y si pretendes encerrarte en tu cuarto, por arte de magia aparece un familiar o un amigo dispuesto a secuestrarte para ir a ver el clásico a un bar o a un restaurante o a su casa o tomarte de rehén en tu propia casa, lo cual es la peor de todas las tragedias que te pueda llegar a ocurrir ya que ni modo de decirle:

-Perdona, tuve que desaparecer noventa minutos porque tuve una emergencia en mi cuarto.

Aunque pensándolo bien, esa debería ser una excusa perfectamente valida y clásica para no ver el clásico. 

jueves, 4 de diciembre de 2008

Preludio de un viaje de trabajo


“Cuando se viaja en avión solamente existen dos clases de emociones: el aburrimiento y el terror.”
- Orson Welles



La semana pasada me invitaron al DF a presentar la revista Tierra Adentro. “Gracias, pero no gracias”, pensé, porque una de mis mayores pesadillas es estar delante de un micrófono hablando a un salón lleno de gente, sin embargo no dije que no. Horas más tarde estaba siendo despojado de mis tijeritas para cortar uñas en la sala de espera del aeropuerto.

More...-Lo siento señor, no puede abordar con armas punzocortantes –me dijo una señorita de espeso bigote, parecido al de Sam Bigotes, que al parecer era la encargada de despojar de sus mortíferas armas a los terroristas.

-Son sólo unas tijeritas para cortar uñas –le expliqué con la firme determinación de no presentarme a la presentación de la revista con unas garras de gato.

-Lo siento, no puede pasar con las tijeritas, son consideradas un arma –respondió la señorita con el rostro y el mostacho imperturbables.

-Oiga, mis tijeritas para cortar uñas no son un arma, mírelas, son tan viejas que ya ni filo tienen –le dije.

-Entonces cómprese unas nuevas y deje estas aquí porque como ya le expliqué las tijeritas como las suyas son consideradas un arma mortal –me dijo la señorita del bigote.

-Muy bien señorita... –le dije dispuesto a dar batalla-, dígame dónde venden tijeritas para cortar uñas como éstas y con gusto se las dejo -agregué blandiendo por todo lo alto mis tijeritas para cortar uñas.

Silencio. Una densa atmósfera de incomodad envolvió el ambiente (ni mis tijeritas para cortar uñas hubieran podido cortar la tensión).

-Si quiere abordar el avión tiene que dejar sus tijeritas, señor. Así que decídase por favor que está entorpeciendo la fila –dijo la señorita intentando no perder la paciencia.

Sin embargo, la bigotona antiterrorista mentía, aunque sólo en lo de estar entorpeciendo el paso, porque al voltear observé que era la única persona formada en la presunta fila.

-Puedes documentar tus tijeritas con tu equipaje –intervino una señorita de mirada confianzuda y cómplice que hasta ese momento había estado en silencio entretenida mirando la maquina de rayos X.

-No llevo equipaje, mañana estoy de regreso en Campeche –le dije a la señorita de rayos X con mi mejor cara de sufrimiento para que se compadeciera de mí.

-¡Perfecto!, entonces déjale encargadas tus tijeritas a la vendedora de boletos, es bien buena onda, cuando regreses segurito ella te las devuelve –dijo la señorita de los rayos X.

Silencio. Observé a la señorita que vendía los boletos de avión y de sólo imaginarme la escena pidiéndole de favor que salvaguardara en el mostrador mis tijeritas para cortar uñas hasta mi regreso porque la bigotona antiterrorista pensaba que degollaría con ellas al piloto para después inmolarme sobre las Torres de Cristal me hizo sentir ridículo. Además, quién me garantizaba que a mi retorno la señorita que vendía los boletos de avión me regresaría mis tijeritas para cortar uñas, o peor aún, tal vez pudiera pasar que al regresar al día siguiente al aeropuerto otra señorita estuviera detrás del mostrador y cómo explicarle que las tijeritas para cortar uñas que están ocultas en el mostrador son de mi propiedad ya que las dejé encargadas a su compañera gracias a que la bigotona sospechaba que yo era un loco asesino.

-Ándele, joven, es de confianza la chica del mostrador. Además si no sé apura va a perder el avión –dijo la chica de los rayos X al ver mi mirada llena de dudas.

-No gracias, tenga –dije abriendo mi maleta de mano y entregándole las tijeras a la señorita de los rayos X, y al hacerlo casi me gana el impulso de abalanzarme sobre la bigotuda para rasurarle el asqueroso mostacho peludo de un tajo con mis (bien afiladas) tijeritas.

No lo hice. Minutos más tarde estaba a bordo del avión a miles de metros de altura escuchando a la azafata decir cómo debíamos ponernos las mascarillas de oxigeno en caso de ser necesario. Las palmas de mis manos empezaron a sudar. Decidí no mirar a la azafata. Por desgracia no habían tapones para los oídos y tuve que seguir escuchando el audio del avión que decía con una voz masculina y sensual de anuncio de Bacardí: “en caso de una descompresión todos vamos a.... (“morir”, pensé e imaginé cómo mi cabeza se inflaba como un globo y luego como reventaba en mil pedazos de una manera terrible y asquerosa) guardar la calma y ponernos las mascarillas”.

Nunca me había puesto tan nervioso en un avión, quizás porque nunca había viajado en un ADO con alas. Al observar desde las alturas la ciudad de Campeche comprendí por qué el avión era tan pequeño (Google Earth no me había mentido meses atrás cuando desde las alturas de su modernísimo satélite me mostró un inmenso mar con una interminable costa poblada de cientos de pequeños cerros selváticos donde apenas se alcanzaba a percibir una diminuta extensión de asfalto y techos de casas) e incluso tuve que cuestionarme cómo era posible que salieran vuelos de Campeche hacia el DF o hacia a cualquier otro punto del país. Sin embargo, al instante entendí el porqué. La mayoría de los asientos del avión estaban ocupados por funcionarios públicos. Por desgracia mi compañero de asiento era una señora, y no lo digo porque me apeteciera estar sentado a lado de un político o de los dos hombres de mediana edad aspirantes a políticos que no cerraron el pico todo el trayecto dándose (en voz altísima) mutuos consejos de lo que aprendieron en el Tec de Monterrey acerca de cómo ser unos ganadores, sino porque la señora a un costado mío se encargó de incrementar la transpiración de mis manos gracias a que se persignaba nerviosamente con un rosario gigantesco y metálico que llevaba enroscado en el cuello cada que el avión se agitaba al pasar por las nubes, es decir, cada cinco segundos durante todo el viaje: Turbulencia. Señora persignándose. “Wey, el truco es ser aferrado, creer en uno mismo...”. Político durmiendo como un angelito. Turbulencia. Señora persignándose. “En el Tec nada que ver con lo que te enseñan aquí, porque en el Tec...”. Político durmiendo como un angelito. Turbulencia. Señora persignándose. “Si quieres tener éxito en la vida tienes que...”. Político durmiendo como un angelito.

A la mitad del viaje empecé a recapitular lo que tenía que hacer: noquear de un codazo en la nariz a la señora, robarle el crucifijo gigantesco y metálico, clavar la cruz del crucifijo gigantesco y metálico en la yugular de uno de los dos hombres de mediana edad graduados del Tec de Monterrey, ahorcar con las cuentas del crucifijo gigantesco y metálico al otro hombre de mediana edad graduado del Tec de Monterrey, caminar por el pasillo y quitarle a todos los políticos dormidos sus plumas de oro de los bolsillos de sus camisas, entrar a la cabina y clavar las plumas de oro en la espalda, nuca, y oído de la azafata, del copiloto y del piloto (en ese riguroso orden), tomar los controles y estrellar el avión en la Gran Cámara de Diputados y Senadores.

No lo hice. Horas después estaba aterrado frente a un micrófono presentando la revista Tierra Adentro en un auditorio semivacío (nota: jamás organizar un evento el mismo día y a la misma hora que los Premios MTV Latinos); en la revista aparecía un escrito mío dedicado a Campeche: Crónica de una aldea amurallada que por desgracia los editores decidieron publicar bajo el siguiente título: Crónica de una muerte amurallada: CLAVES PARA NUNCA VISITAR CAMPECHE, lo cual sospecho me augurará el nunca más poder volver a pisar mi querida ciudad amurallada sin que un campechano intente asesinarme.


miércoles, 3 de diciembre de 2008

El barómetro de la soledad


“Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!”
- Pablo Neruda


Cuando "Internet" era una palabra nueva en nuestro vocabulario, P y yo, además de pasar interminables horas frente al monitor de la computadora en espera de que bajara la fotografía en que Amy Jo Johnson (la Power Ranger rosa) aparecía desnuda más allá de los hombros (evento que nunca sucedió, pues mamá o la mamá de P siempre necesitaban hablar por teléfono y cortaban la conexión justo en el momento en que veríamos rota la inocencia de la actriz), también invertíamos nuestro tiempo en culturizarnos, es decir, aprendiendo insultos de otras latitudes de América. Esto era posible gracias al chat, una herramienta de intercambio cultural invaluable que en dos minutos te hacía descubrir que en Argentina “la concha de tu madre” no significa “el pan dulce de tu mamá”. Y tal como se puede apreciar en la actualidad, las cosas no han cambiado mucho desde aquellos remotos tiempos, los foros para conocer personas aún siguen sirviendo para lo que en teoría fueron creados: mentarle la madre a los argentinos y/o sacar a la mujer que todos llevamos dentro.

Nuestra mujer interior no fue la clásica rubia despampanante, sino una chica de barrio aspirante a modelo, larguirucha y de facciones finas. Unas veces se hacía llamar Vane, en otras ocasiones Paty, pero por lo general decía ser Kathy. Nunca utilizábamos nickname; poner los nombres de pila arriba mencionados facilitaba más las cosas. En cuestión de segundos teníamos a decenas de interesados, lo que provocó que aprendiéramos lo que no pudo enseñarnos la maestra de mecanografía en la escuela: escribir sin ver el teclado y a la misma velocidad que una secretaria titulada.

En las charlas nuestros galanes siempre mostraban gran interés por nuestra nacionalidad (siempre éramos argentinas) y nuestro apellido (siempre era el de un ex seleccionado argentino: Olarticoechea, Burruchaga, Ruggeri, Borghi, etcétera); eso facilitaba el trámite porque decíamos ser sobrina lejana del futbolista en cuestión y el interesado babeaba en el teclado de su computadora al creer haber encontrado a la mujer perfecta: guapa y amante del fútbol. Para evitar sospechas decíamos no ser modelos profesionales sino aspirante a modelos, llevábamos viviendo en México algunos años (así teníamos justificado utilizar el tú en vez del vos) y trabajábamos de edecanes para poder pagar las clases en el CEA, escuela de actuación de Televisa. Como era de esperarse, todos pedían pruebas. Sin embargo, en aquellos días anteriores al Facebook o Myspace e incluso a las cámaras digitales, no era tan fácil obtener la fotografía de una desconocida guapa, así que les dábamos largas a nuestros galanes hasta que empezaban a sospechar que en realidad a quien estaban cortejando era a un hombre (o dos  hombres, como era nuestro caso).

Eventualmente perfeccionamos nuestra estrategia: escaneamos de mi anuario escolar la fotografía de mi amor platónico y voilá. El primer incauto no tardó en llegar. Fue un peruano que a los pocos días nos llenó la bandeja del correo electrónico (creado ex profeso para nuestros novios virtuales) con poemas y todo tipo de declaraciones amorosas. Un buen día nos mandó su fotografía, que resultó ser tan horrenda como sus poemas, y dijo querer viajar a México para conocer a Kathy, y luego quién sabe, tal vez incluso llegar hasta el altar. Entonces P tuvo una idea: decirle a todos nuestros novios de Latinoamérica que nos viéramos el mismo día y a la misma hora en Cancún (lugar donde Kathy estaría modelando y a donde iríamos con cámara en mano a registrar el bello momento en el aeropuerto); así serían varios los timados en vez de sólo uno. La teoría de P era que el dolor no sería tanto porque se repartiría entre toda la comitiva de pobres diablos. Por desgracia nunca llevamos a cabo nuestro plan. Kathy resultó ser una chica de nobles sentimientos después de todo. A lo más que llegó su maldad fue a improvisar una página de Internet y subir todas las fotografías y poemas de sus novios y luego mandarles por e-mail la dirección de la página para que abrieran los ojos y se concentraran en cortejar a mujeres de su ciudad, de preferencia de carne y hueso.

-Si lo piensas un poco, lo que hicimos fue una buena obra –dijo P tocándose el pecho con una mano cual libertador de país sudamericano-. No mentiré diciendo que nuestros motivos no eran perversos, pero al final del día… creo que beneficiamos a esos idiotas.

Hoy día, ya adultos, P y yo decidimos recordar viejos tiempos y revivir a Kathy, pero con fines más nobles, es decir, con fines científicos. Era imposible no hacerlo. Los avances de la tecnología nos dejaron la mesa puesta y me aventuro en afirmar que en Internet, después de las páginas pornográficas, le siguen en número y en audiencia los foros para encontrar a tu media naranja. Elegimos un sitio que se llama sexymetro. Google nos abasteció de una incontable cantidad de fotografías de mujeres guapas pero no tan guapas para que el margen de credibilidad fuera elevado. Escogimos a la mujer con el busto más pronunciado y le creamos un perfil (esta vez Kathy fue campechana). Dos horas después una carretada de posibles novios nos inundaron de mensajes que exigían conocernos. Por unanimidad seleccionamos al sujeto con cara de más desesperado (al que de ahora en adelante llamaré Señor X), que además incluía su número de celular en el mensaje.

En un arrebato etílico de fin de semana, Kathy llamó al celular del Señor X, y el resto se dio solito como en toda bonita historia de amor verdadero. Al Señor X le fue suficiente aquella llamada telefónica con Kathy para enamorarse. Amor a primera llamada. Una llamada que en realidad tan sólo duró 5 segundos porque P al intentar impostar su mejor voz de mujer explotó en una carcajada y colgó. Como era de esperarse, así es el amor, en el transcurso de esa misma tarde llegaron ocho llamadas a mi celular, naturalmente no atendí ni una sola. Sin embargo, no contamos con un pequeño detalle: el Señor X era un enamorado persistente. Durante una semana completa llamó en promedio 30 veces al día, muy a pesar de que Kathy le dijo mediante un mensaje de texto que no podía contestar debido a su carácter huraño y poco sociable con desconocidos, a lo que el Señor X respondió el siguiente mensaje de texto:

Averiguare dnde vives tngo amigos en Telcel ellos me diran la direcion d tu ksa con darles tu # de cel pd t extraño bb bsos =)

Kathy, aunque ahora teme por su vida, acepta con buena cara las consecuencias que podrían llegar. Gajes del oficio. La mayoría pensará que esto fue una maldad, pero no lo es: en realidad se trata de un simple ejercicio para demostrar cuan solitarias e ingenuas se han convertido las personas que viven su vida detrás de un monitor navegando en Internet. 

P.D. Si ahora estás emocionadísimo haciendo las maletas para conocer en vivo y a todo color a la mujer de tu vida que conociste por Internet, yo me lo pensaría dos veces.

a) Puede ser una broma (en caso de que tu chica se llame Kathy).

b) Puedes amanecer descuartizado en la nevera (en caso de que tu chica en realidad sea un psicópata).


lunes, 1 de diciembre de 2008

La llave maestra


“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mi todos los demonios.”
- Gilbert Keith Chesterton



El cerebro humano es como un hotel en temporada alta. Tras cada puerta habita toda suerte de huéspedes: el caballero, el arrogante, el emprendedor, el perezoso, el valiente, el cobarde, el dadivoso, el tacaño, el prócer, el corrupto, el buen samaritano, el asesino, el casto, el follador, el gentilhombre, el pirata, el liberal, el retrógrada, el demócrata, el dictador, el cosmopolita, el ermitaño, el creyente, el ateo, el inteligente, el estúpido, etcétera, cuestión de animarse a sacar la llave maestra del bolsillo y abrir la puerta de cada cuarto para conocerles.

More...Eso es lo que pienso del ser humano, humildemente. Así que, camino por los pasillos alfombrados de mi mente, saco la llave maestra de mi bolsillo y abro un par de puertas: de la primera puerta sale un anciano de abundante barba cana que dedica lo poco que le resta de vida al silencioso arte de la contemplación; de la segunda puerta sale un señor bajito, de fino bigote y bastante ceremonioso en sus ademanes que dice ganarse la vida dando discursos. Con la ayuda de estos dos personajes que me he tomado la molestia de conocer desde tiempo atrás, recito con elocuencia mis pensamientos en voz alta.

Dolores, que es una estudiante de letras, está recostada a mi lado en un sofá, me mira con un poco de admiración y otro poco como si se me hubiera zafado un tornillo. Ella dice:

-Pues mi hotel debe estar lleno de huéspedes buenos. Yo soy buena, todo gracias a mi papá que me inculcó desde niña buenos valores para hacer el bien y nunca herir los sentimientos de otras personas.

Detesto a las personas que se jactan de ser buenos. Para proclamarse bueno, hay que ser, o un mentiroso, o tener muy poco kilometraje recorrido en la vida. Sin embargo, sospecho, Dolores es buena, precisamente porque tiene a su favor la juventud. Ella es buena de dientes para afuera y buena de dientes para adentro. O al menos, así lo aparenta. Así que, mitad la envidio, mitad la deseo: envidio ser una buena persona como ella y al mismo tiempo deseo estrujarle sus buenas nalgas y su buen par de tetas.

-Mi hotel está infestado de inquilinos indeseables –le digo.

-Calla, bobo, tú también eres bueno –dice Dolores.

Intento sacarla de su error abriéndole la puerta a un huésped pichaloca que se hospeda en un cuarto que tiene espejos en el techo. Fracaso. Ella retira mis manos de sus nalgas. Me sonríe. No se enoja. Dolores cree fervientemente que soy una buena persona. Ignoro por qué. Quizás, arguyo que su juicio está sesgado por el hecho de que llevamos dos semanas de conocernos.

-Eres un buen tipo –dice Dolores-. Tu problema es que eres un caliente.

-No, no lo soy –miento.

-Sí, sí lo eres –dice ella.

-Bueno, sí, lo soy, pero todos los hombres lo son.

Dolores sonríe, me mira con ojos traviesos y me dice:

-No, no todos.

-Te juntarás con puros amigos impotentes -digo.

Dolores ahoga una risita y recuesta su cabeza en mi pecho. Tengo una poderosa erección. Para apagar el fuego que arde en mi entrepierna recurro a un truco muy efectivo: pienso en el primer perro callejero al que le saqué las tripas por el culo al atropellarlo en la carretera, y luego, en mi abuela desnuda (que en paz descanse), cagando en la bañero cuando gracias a su senilidad dejó la puerta del baño sin seguro.

La erección desaparece, sin embargo, Dolores mueve la cabeza y su larga, sedosa y brillante cabellera Pantene roza mi brazo. Mis repugnantes recuerdos se desvanecen y estoy tentado en abrir la puerta de una habitación que, sé, generaría desastrosas consecuencias.

-Mis amigos no son impotentes, bobis –dice Dolores-. Son sólo mis amigos, y mis amigos nunca andan queriendo tocarme.

-Por cobardes, ganas no les faltarán –digo y pienso en la puerta que por cobarde temo abrir.

-Calla, estás loquito.

-No, esa es la verdad –digo-. No existe amistad pura y bienintencionada entre hombres y mujeres.

Dolores retira su cabeza de mi pecho y me mira con sus ojazos bien abiertos. Ella dice:

-Eso es mentira.

-Es la verdad –me defiendo.

-¿Acaso yo no soy tu amiga? –pregunta Dolores con mirada de cachorrito huérfano.

Con la llave maestra en la mano, tengo dos opciones: abrir la puerta de la habitación del huésped que sé no debo dejar salir o abrirle la puerta al huésped con cara de sacerdote buen mozo que parece no romper un plato pero que está relamiéndose los labios en el umbral de la puerta esperando salir a decir una retahíla de mentiras.

-Lo eres, te acabo de conocer, pero ya eres mi mejor amiga –digo, abriendo la puerta del huésped número dos, mismo que me obliga a evitar reprimir el impulso de deslizar furtivamente mi mano debajo de la blusa de mi nueva mejor amiga.

-Espera, no puedo, tengo novio -dice Dolores sacando mi mano de su blusa.

Nos quedamos mirando a los ojos en silencio. Nadie dice nada.

Dolores vuelve a recostar su cabeza en mi pecho. Vuelvo a tener otra poderosa erección.

-Soy buena –dice Dolores.

-Estás buena –digo yo.

Para evitar abrir la puerta que tengo miedo abrir, le digo a Dolores que ser bueno es relativo. Le confieso que mi ex novia decía que su papá era el hombre más bueno del mundo, por eso les prestaba su BMW y Mercedes Benz último modelo a los criados de su casa. Naturalmente, le hice ver (aunque ella se negó a verlo) que su papá no era un hombre bueno, sino todo lo contrario, porque esos automóviles lujosos los compró a expensas de la confianza e ignorancia que el pueblo depositó en él al elegirlo senador.

-¿Y que pasó con tu ex? –pregunta Dolores.

-La enterré viva en el jardín de mamá –digo señalando el jardín.

Dolores se ríe.

-Pues yo sí soy una buena persona -dice.

-Lo dudo.

-¿Por qué lo dudas?

-No creo que a tu novio le haga mucha gracia que estés acostada en un sofá con un hombre que apenas conoces.

-Claro que te conozco, eres escritor, tienes un blog chistoso y los escritores chistosos son buenas personas.

-¿Segura? –pregunto.

Mi mano mete la llave maestra en la cerradura de esa puerta que por tanto tiempo he estado tentado en abrir.

-¿Segura que los escritores chistosos somos buenas personas?

Dolores me mira a los ojos y parece descubrir algo. Abre sus ojos enormes dejando al descubierto un hilo de terror, y justo y precisamente en ese hermoso y peligroso instante, es distraída por su celular que emite la canción Baila mi corazón de Belanova.

-Hola, chiquito hermoso –dice Dolores contestando su celular-. Aquí, con unas amigas en el café.

Mi mano se queda firme con la llave maestra metida en la cerradura de esa puerta que tanto deseo y temo abrir. Dolores me mira de reojo, ve que no le he quitado la mirada de encima.

-Bye, bye, bebito –dice Dolores dándole dos besos al celular-. Te amo.

Dolores guardar el celular en su bolso. Vuelve a clavar sus ojos en los míos y me pregunta:

-¿Me vas a coger o vas a seguir mirándome con esa cara de depravado sexual asesino?

Retiro la llave maestra de la cerradura y le agarró las tetas y el culo a Dolores, que esta vez, no opone resistencia.


viernes, 28 de noviembre de 2008

La hija de la dama de la fotografía


“La mano que mece la cuna rige el mundo.”
- Peter de Vries



No me lo ha dicho, pero en sus silencios puedo sentir sus reclamos por no escribir sobre ella, sobre todo cuando he escrito sobre casi todos los integrantes de mi familia.

More...De mamá, tanto sus más allegados como los que la conocen sólo de hola, concuerdan en que es una dama. Esto es por la manera tan recatada que tiene de comportarse para con ellos, aunque la realidad de las cosas (sospecho) es por la manera en que se deja ver vestida y arreglada por la calle, en mutualistas, en eventos de caridad y/o de sociedad, en el supermercado o hasta en su propia casa. “Tu mamá siempre está súper arreglada”, me dicen. Y es verdad. Mamá incluso a la hora de irse a dormir parece estar yéndose a alguna fiesta de sus amigas cacatúas y copetudas.

Durante la secundaria (etapa en que más odié la escuela) mamá tenía por costumbre levantarme una hora antes de las siete de la mañana, que era la hora de entrada al colegio, muy a pesar de que el instituto estaba a diez minutos de distancia de casa (Mérida no era lo que es ahora: una plancha de cemento llena de avenidas, semáforos y mini centros comerciales); los cincuenta minutos que tenía para alistarme los invertía frente a un tazón de Zucaritas intentando resignarme a la idea de que me quedaban muchísimos años por delante por ir todas las mañanas a la escuela, aunque también hubo días (cuando me levantaba de buen humor) en que le rezaba a Dios Todopoderoso para que me cumpliera el milagro de que cuando mamá encendiera el automóvil voláramos en mil pedazos, o por que al llegar a la escuela ésta estuviera ardiendo en llamas con todos los profesores dentro pegando de gritos frente a las ventas al tiempo que se derretían como conejitos de chocolate al sol. Desde luego Dios nunca cumplía el milagro que con tanto fervor y ahínco le pedía (quizás fuera porque estudiaba en una escuela católica), y el resultado era el mismo de todas las mañanas: yo sentado en mi pupitre y alguna de mis compañeras diciéndome: “oye, tu mamá siempre está súper arreglada”. Era obvio que mamá invertía mejor su tiempo que yo antes de ir a dejarme a la escuela.

De eso hace muchísimos años y en la actualidad me convertí en uno de los peores hijos del mundo, al menos eso es lo que secretamente piensa mamá desde que me mudé de su casa, pues ahora para poder verme la cara la pobrecilla tiene que viajar dos horas y media a la ciudad de Campeche, en vez de que su pequeño retoño monte el culo en esos incomodísimos camiones de ADO para ir a visitarla a Mérida. Mi justificación a esto, aunque cruel, es sincera: “mamá, es mejor así, mientras menos nos veamos cada instante que pasemos juntos será invaluable”. Sí, lo acepto, soy una basura. Mamá me dice: “Parezco Scarface”, mostrándome con el dedo índice una casi imperceptible cicatriz entre ceja y ceja (ignoro si lo dice con el motivo de hacerme sentir culpable por no haber estado a su lado cuando salió proyectada por los aires en casa de una de sus amigas para aterrizar su vuelo con la frente en una pared). “Gracias al maquillaje casi ni se ve”, recompone su argumento con una sonrisa, adivinando mis pensamientos.

Como dije, mamá es de esas señoras elegantes y copetudas que derrochan clase, la típica que aparenta ser insoportable pero al minuto de tratarla es imposible no amarla, y tengo que confesar que cada día me divierte más escucharle hablar, sobre todo cuando está de visita en su natal Campeche, aunque no estoy seguro si Campeche sea en realidad el lugar donde nació pues dependiendo el lugar donde se encuentre, sea Veracruz, Mérida, DF, Timbuctú o el Congo irremediablemente termina por afirmar ser oriunda de allí, y sus amistades terminan creyéndole.

Mamá es dueña de un baúl de insospechadas anécdotas ocurridas en esta ciudad (Campeche) que pareciera ser infinito. Siempre tiene una nueva vieja historia que contar. Sobre todo las ocurridas en su desenfrenada juventud, donde irremediablemente terminan por hacer acto de presencia sus viejos amigos, esos que hoy día además de ser viejos (en el más estricto sentido de la palabra) son altos funcionarios públicos o poderosos empresarios, cosa que en México viene por añadidura una con la otra. Me divierte como cuenta las historias. Saca los dientes como un caballo, mueve rápido las manos y gesticula como si fuera una chiquilla traviesa de quince años. Algo de artista corre por sus venas. También me fascina el contenido de sus historias, porque mamá es una gran y buena señora que lo relata todo con una catadura y una fineza que logra transportarte a los años sesentas como pocas. Si hubo drogas, dice que hubo drogas. Si hubo sexo, dice que hubo sexo. No omite nada, siempre y cuando sean sus amigos los involucrados y no ella.

“El pastel de chocolote con marihuana no era para nosotros, se lo dábamos a comer a las señoras para ver que tal se ponían, a ver si dejaban de ser tan estiradas...”, nos explica a mi primo Pepe y a mí con ojos cómplices y traviesos. “Ah, y ay de ustedes que publiquen alguna de mis historias. Cuidadito mencionan algún nombre de los que les he dicho”, sentencia convirtiéndose por arte de magia en una señora regia e imponente, toda una dama, tal y como lo fue mi abuela.

Sí, mientras menos veo a mamá más la disfruto.


jueves, 27 de noviembre de 2008

El maestro del terror


 “No hay que tener miedo de los muertos, sino de los vivos.”


Mi hermano mayor debió ser escritor. O productor de cine o guionista de series televisivas, o algo relacionado con el mundo del entretenimiento. Sin embargo decidió, mitad por voluntad propia y mitad por un derrame cerebral que mandó al otro barrio a papá, hacerse cargo del negocio familiar, para años más tarde entregarle un anillo de compromiso a la sociópata de su novia y pasar a formar parte de su disfuncional familia.

Viéndolo así, un hombre de treinta años que todas las mañanas se monta en una camioneta verde botella para ir a trabajar a su taller mecánico, ante la mirada de cualquiera pasaría por otro aburrido ciudadano laborioso; y aquí, en vez de haber un punto y coma, hubiera aparecido un punto y final para dar por terminado el escrito de esta semana si la personalidad e imaginación de mi hermano mayor fueran en realidad las del dueño de un taller mecánico.

“Eres un marica”, me dice amparado en sus entrenados nervios de acero mientras observa de reojo como oculto el rostro entre mis temblorosas manos para no presenciar cómo un muerto viviente, o Jason, o un muñeco de ventrílocuo poseso por Satanás descuartiza a otra tetona de curvas peligrosas y apetecibles.

En resumidas cuentas, esa es la historia de mis visitas a Mérida: pasar largas horas frente a un televisor de cien mil pulgadas presenciando maratones televisivos al borde de la epilepsia y/o del infarto. Porque mi hermano, alias, “Coco” (apodo que le endilgaron desde niño y ahora más que nunca le va como anillo al dedo, pues de colocarse una bolsa de papel estraza en la cabeza mataría de un infarto por igual a niños y adultos del vecindario) es un fanático de la televisión. Al menos así lo prueban las paredes de su sala que están tapizadas de DVDs con todas las temporadas de las series televisivas imaginadas, de la A a la Z. Sin embargo, su colección más preciada es la de películas de terror, “su pequeño tesoro”, que resguarda en decenas de carpetas y observa con ojos igualitos a los de Gollum cuando miraba con oscuro deseo el anillo en el dedo chato de Frodo.

Su casa es el cine de terror más genial de la ciudad, al cual he cogido cariño, muy a pesar de que sólo asista para pegar de gritos que superan por mucho en sonoridad y terror a los de las victimas devoradas por criaturas demoníacas. Y si al principio de este escrito mencioné que mi hermano debió dedicarse al mundo del entretenimiento es porque su imaginación es infinitamente superior a la de cualquier escritor de espectáculos: “¿Te imaginas que los monstruos existieran en la vida real?”, dice evadiendo la pregunta que le hice acerca de qué opinaba sobre la aprobación de los diputados al aumento del precio de la gasolina. “Pues que las mejores noticias estarían en la sección de Terror”, agrega al ver la cara de incredulidad que puse, y enseguida suelta una retahíla de encabezados de noticias de primera plana en la sección que acaba de inventarse:


“Banda de Hombres Lobo aterrorizan la colonia Prado Norte”.


“Decenas de atractivos adolescentes de la universidad Anahuac mueren mientras dormían: Freddy Krueger principal sospechoso”.


“Festín de cerebros en el zócalo capitalino el día del grito de independencia por ataque zombi: el Presidente Calderón sigue ejerciendo su cargo a pesar de ser una de las victimas”.


“Matel retira del mercado muñecos defectuosos: llevaban incluida el alma de asesinos seriales”.


“Fidel Velásquez, líder del PMV (Partido de Muertos Vivientes) exige ante tribunales tomar nuevamente las riendas del CTM (Confederación de Trabajadores  de México)”.


“El pueblo exige al gobierno viviendas dignas: dos de cada tres casas del INFONAVIT vienen con al menos un alma en pena”.


“México líder en deforestación, tala de árboles y exportador de estacas a nivel mundial”.


No me cabe la menor duda que mi hermano cuenta con una de las mentes más imaginativas de este mundo, y que el escritor de la familia debió ser él y no yo, sin embargo creo que el mundo real todavía se mantiene como el lugar más terrorífico de todos, pues ni el monstruo más espeluznante de John Carpenter le gana en fealdad a Elba Esther Gordillo y ninguna película de Alfred Hitchcock o Sam Raimi nos paralizaría tanto el corazón como las leyes que aprueban todos los días nuestros brillantísimos políticos. 




miércoles, 26 de noviembre de 2008

Carta al mejor escritor del mundo


“La embriaguez daña la salud, desorganiza la mente y castra a los hombres. Revela secretos, es pendenciera, lasciva, desvergonzada, peligrosa y enloquecedora.”
- William Penn


Caramba, Pepito, qué te puedo decir. Tan formal que te veías en la mañana, con tus jeans y tu camiseta azul cielo bien planchada. Regio. Súper guapote. Tenías un aire a Juan Camilo Mouriño. Te presentaste solo. Me extendiste la mano firme y segura tal como la ofrece un candidato a la prole en campaña electoral. “Soy Pepe”, me dijiste. “Hola. Rodrigo”, respondí un poco intimidado por la mirada penetrante que me clavaste. Te digo, tenías el aire y la pinta de buen tipo, de esos que exageran sus maneras y formas para demostrar a los demás que se sienten seguros de sí mismos. “Finalmente nos conocemos”, agregaste sin dejar de mirarme a los ojos. “Sí, finalmente”, atiné a responder con timidez. Y es que así de inverosímil es la vida, Pepito; vivimos en una aldea donde todos nos conocemos aunque sea de vista y nosotros nos venimos a topar cara a cara en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, en el Primer Encuentro de Jóvenes Escritores del Sureste Mexicano, en el que, para serte sincero, me sorprendió verte. No me malinterpretes, no es que me molestara tu presencia en el evento, lo que pasa es que te hacía en encuentros internacionales organizados por Alfaguara o Planeta, además de que si nos ponemos un poquitín quisquillosos, de joven lo único que tienes es la camisita planchada, pero no hay que darle importancia a tales nimiedades, tú eres grande, Pepito, y mereces invitarte a cualquier evento donde no figure tu nombre en el programa.

More...Estaba nervioso, lo admito. Eso de los encuentros de escritores me sienta fatal. Siento que todos me escudriñan con la mirada. Como si me encontrara en las mutualistas que organizan las amigas de mamá donde cada que te levantas por el café o para ir al baño te despedazan a tus espaldas con mordaces y viperinos chismes. Tenía miedo, Pepito, mucho miedo. Quería ser tú. Tan seguro. Envidiaba tu trayectoria. Tus aires de gran escritor. Tu andar. Tu mandíbula protuberante. Tu forma de plantarte y sacar el pecho, gallardo como el Presidente Calderón cuando saluda al lábaro patrio. Tu forma tan osada pero a la vez sutil de enumerar todos los libros y los autores que te has leído, tantos que, tras sacar cuentas mentales, debo confesarte no me explico cómo te sobra tiempo para planchar tan lindamente tus camisetas azules. Pero sobre todo envidiaba tu retórica, esa forma de enumerar todos los atributos que te hacen único como escritor y que indudablemente te llevarán a inscribir tu nombre con letras doradas en las páginas de la Historia de la Literatura.

Inaugurado el evento, al llegar al hotel los organizadores nos agasajaron como todo escritor desea ser agasajado: con raudales de cerveza, vino y Comiteco, poderosísima bebida alcohólica local que algunos invitados rebajaron con cerveza para no vomitarse al probarla. Bebimos. Todos bebimos, unos más que otros, Pepito, ¿recuerdas? En lo personal, el momento más emotivo del encuentro me pareció esa misma noche, cuando te sentaste a un lado mío y no te me despegaste. ¡Qué honor! Estabas inspirado. No cabe duda que las musas se posaron sobre cada una de las incontables botellas de cerveza que ingeriste y sobre los cigarros que te fumaste en la clandestinidad, que te hicieron retornar a la mesa con renovados bríos y los ojos inyectados de sangre. No paraste de deslumbrarnos cuan larga fue la velada. Pum, pam. Disparabas frases, comentarios, citas, autores, reflexiones. Filosofía pura. Eras un monstruo. Imparable. Tan grande eras que te transformaste en juez y parte de la literatura, sobre todo cuando decidiste dar tu opinión sobre la vida y obra del genial escritor campechano Eduardo Huchín.

“Una lástima que no esté Eduardo aquí”, dijiste. “Sí, ¿verdad? Es buenísimo”, apunté, orgulloso de mi amigo. “¡Qué va!”, refunfuñaste, y acto seguido, soltaste una retahíla de lindezas sobre Eduardo. “Debe reconocer sus orígenes, debe reconocerlos...”, repetías una y otra vez como si fueras un disco rayado. A decir verdad, nadie entendía a qué rayos te referías con eso de los orígenes, pero todos hicimos como que te entendíamos de maravilla. Sin embargo, para que nos quedara bien claro tu punto, arremetiste diciendo que Eduardo no merecía ninguna beca porque era un escritor mediocre, además de un desgraciado. Te veías furioso. Intenté calmarte, pero mis intentos fueron inútiles y una vena palpitante surcó tu cráneo enrojecido al tiempo que me decías que yo era un sirviente de Eduardo, que debería ponerle velas a su estatua y adorarlo. “No es para tanto, Pepito”, dije intentando calmarte, pero todo esfuerzo estaba de más. La suerte estaba echada. Tu cólera era como una pequeña bola de nieva que va incrementando su fuerza y tamaño conforme avanza por la pendiente de una montaña. Nos confesaste que tenías conversaciones grabadas donde Eduardo te difamaba una y otra vez, y para rematar me miraste con una mirada grave y tenebrosa y, después de una pausa interminable, me dijiste: “Tengo también intervenido tu celular”.

Ahí sí me asustaste. “¿Cómo podías tener intervenido mi celular? ¿Acaso trabajas para el gobierno?”, pensé, y antes de que pudiera preguntártelo, sin apartar tu virulenta mirada de mi rostro, respondiste: “No me conoces, soy burócrata”. De ahí que, sin que nadie te lo preguntara y sólo para que quedara claro que eres una persona de completo éxito, nos confesaste que ganabas más de veinte mil pesos al mes asesorando al PAN y al PRI, y que no tenías ninguna necesidad de ir a mendigar becas a la capital como el pobre diablo de Eduardo, quien es el vivo retrato del pueblerino que añora salir de su aldea.

“Pero si Eduardo no se cansa de escribir sobre Campeche”, te dije. Y no debí decirlo porque al instante me relataste toda la historia de la beca Fundación de Letras Mexicanas que había solicitado Eduardo, donde detallabas con pelos y señales que Octavio Paz le había dado el culo al entonces Presidente de México Ernesto Zedillo, para así poder abrir esa fundación de burgueses de la gran mierda (historia que, para serte franco, no me parece del todo verosímil; uno pensaría que el Presidente de México tiene acceso a carnes más apetitosas que las de un anciano de ochenta años, pero si lo dices tú, que estás tan metido en el medio político, probablemente sea cierto); en fin, detalles que todos ignorábamos y te agradecemos al alma habernos revelado, tú, que lo sabes todo. Tanto sabes que no tuviste reparo en contarnos de todas las becas que te han otorgado, para luego decirme que yo no tenía nada que hacer en el encuentro de jóvenes escritores, pues no soy más que un vil periodista.

“Pepito, favor que me haces, te juro que yo no soy periodista”, te dije. “Exacto, no eres nadie, yo sí que soy periodista”, dijiste, y te soltaste con otra interesantísima letanía donde prometiste darme consejos en la materia. Después, en otro arrebato de lucidez, te me quedaste mirando con esa mirada de gran intelectual que esconde perfecto los estragos del alcohol y otras substancias, para decir que te encargarías de que ningún medio de comunicación me publicara jamás. “Es más, ni tengo que hacer nada porque nadie te publica, nadie”, agregaste con una mueca burlona y orgullosa. Caramba, Pepito, ahí si que me dejaste helado. Yo que todo este tiempo había pensado que eras mi amigo. Tú, que sin conocernos te descosías en halagos en los correos electrónicos que me enviabas cada semana, e incluso me invitaste a la presentación de tu Best-Seller en una cafetería de la ciudad, a la que no pude asistir porque ya me conoces, la novela de las ocho no me la pierdo por nada de este mundo. En fin, pero de eso ya no te acordabas, y no te culpo. A los genios no hay que recordarles el pasado, además de que el nuevo blanco de tu ira ya no era yo, lo cual confieso me entristeció sobremanera.

“Mira Marco, yo me voy a encargar que Seix Barral jamás te publique”, le dijiste al pobre Tryno, que ni vela tenía en el entierro. “Ya me oíste, Marco”, sentenciaste. Y Tryno, no porque la editorial Planeta haya publicado su novela Viena Roja, misma que puedes encontrar en todos los Sanborn’s del país, iba a contradecirte, e incluso reconoció que eres el escritor más aventajado de Hispanoamérica, por no decir que del mundo, y sólo por eso permitió que lo llamaras Marco durante toda la noche, al igual que de buen modo recibió cada una de tus amenazas, pues él sabe que así es el medio, hay que aceptar las criticas constructivas de los escritores de verdad.

Te admiro, no sabes cuanto. Qué coraje el tuyo para sacar todo lo que sientes. Lo mejor fue cuando la mayoría de los invitados nos fuimos a dormir, y Tryno, el muy cabrón, le puso seguro a su habitación, o mejor dicho, a la habitación que para su buena fortuna le tocó compartir contigo. Sí, Pepito, el crimen confesado está: en la madrugada no pudiste abrir la puerta de tu habitación porque Marco, perdón, Tryno, le metió llave a la puerta porque tenía la loca y disparatada idea de que entrarías a sorrajarle la cabeza de un botellazo mientras dormía. ¿No es una locura? Más que justificado estás cuando en tu desesperación por no dormir en el piso como un perro partiste una botella por la mitad y, empuñándola, amenazaste con abrirle la garganta al insolente chico de la recepción que se negaba a darte por las buenas el duplicado de la llave.

Entraste a la habitación y como era de esperarse, encendiste las luces y te pusiste a fumar como un chacuaco. Tryno, que es un gran admirador tuyo, te dejó el cuarto para que durmieras a tus anchas; no vayas a creer que se fue porque temía por su vida. Fue por ello que mi paisano Pech, que iba en representación del Estado de Oaxaca, fue gustoso a hacerte compañía; lástima que lo hayas ignorado por completo y optado por encerrarte en el baño, donde pasaste en vela la madrugada gimoteando sin parar. Sí, Pepito, no tienes nada de que avergonzarte: sollozaste como la gran actriz que eres. “¡Mis amigos! ¿Dónde están mis amigos?”, te lamentabas, ahogado en un amargo mar de lágrimas.

El sol despuntó por el cristal que rompiste en medio de tus llantos y con él recogiste tus cosas y te marchaste. Una lástima que te fueras, Pepito. Todos éramos amigos. Nos privaste de tu grata presencia el resto de la semana, pero no te voy a reprochar nada, que aunque quisiera no podría, porque cuando llegó nuevamente la noche todo nos quedó claro. No sabes cuánta emoción sentimos cada uno de los invitados al evento cuando llegó tu mensaje al celular de los organizadores, donde anunciabas que te acababan de informar que el 12 de Septiembre te entregarían el Premio Internacional Quetzaltenango de Guatemala.

Uy, Pepito, hubieras visto la conmoción. Las fanfarrias que te echamos. Ahora mismo me tiemblan las manos y se me escurren las lágrimas por las mejillas de sólo recordarlo. Yo lo sabía. Todos los sabíamos: eres grande. Por eso es que te he escrito esta brevísima pero sincera carta. Para felicitarte, Pepito; para hacer de tu conocimiento que te admiro y que algún día quisiera ser como tú, aunque sé que me falta muchísimo y que al final no llegaré a ser ni la milésima parte de lo que eres.


lunes, 24 de noviembre de 2008

El reencuentro


“No creo que los amigos sean necesariamente la gente que más te gusta, son meramente la gente que estuvo allí primero.”
- Peter Alexander Ustinov



Vivir por más de un lustro en una ciudad pequeñita y amurallada, que en realidad es un pueblo, y añadirle a ello que uno es ermitaño, tiene sus inconvenientes cuando regresas a la ciudad que te vio nacer, en especial cuando ésta se ha convertido de la noche a la mañana en una gran urbe cosmopolita, pujante y en desarrollo, como dirían las personas que la gobiernan y asfaltan de punta a punta.

More...-Señor, ¿me presta sus llaves? –me dice el valet con el rostro contrariado al abordar el coche de mamá y descubrir que no tiene las llaves puestas.

La cara se me pone como un tomate. Qué vergüenza, pienso mientras meto la mano en el bolsillo de mis pantalones. Le entrego las llaves al joven disfrazado de crupier de casino de poca monta y entro al restaurante.

-¿Aquí es la fiesta de generación del Instituto Patria? –le pregunto a una jovencita parada detrás de un podio de madera que mira distraída una carta.

-La mesa del fondo, señor.

Dos de dos. Es un hecho irrefutable: soy un señor. Camino con pasos lentos y temerosos intentando descubrir rostros familiares en alguna de las mesas. Un terror hondo me invade al abordarme la idea de que tal vez haya pasado de largo la mesa donde están sentados esos amigos que no veo desde hace casi una década, todo por culpa de mi miopía y/o (posibilidad que me da escalofríos) por no reconocerlos gracias a las arrugas y los kilos en cachetes, papada y vientre que suelen acompañar a las personas casadas y con hijos al llegar a la frontera de los treinta años.

Mi terror se desvanece cuando una chica que no alcanzo a reconocer a la distancia agita la mano en el aire.

-¡Monono! –me llama desde su mesa.

Nadie me decía así desde la preparatoria. Sonrío. En realidad, finjo una enorme sonrisa mientras me aproximo a la mesa. El miedo vuelve a apoderase de mis pasos. ¿Reconoceré a todos? La idea es ridícula, en diez años la gente no puede cambiar tanto de aspecto.

De reojo miro a todas las personas sentadas en la mesa mientras pienso la estrategia a seguir. Le diré hola a todos, efusivamente, nada de nombres, así no será evidente si no reconozco algún rostro. “Hola Angélica, hola Andrés, hola Carolina, hola…”. Mi estrategia ha fallado. He comenzado a recitar los nombres de todos mis ex compañeros de preparatoria cada que los beso o estrecho sus manos. Claro, excepto el de una persona. La última chica que me falta por saludar de la mesa. Mientras me acerco a ella, su cara se me hace tremendamente familiar, sin embargo (cosa que me empapa de sudor frío la espalda), no recuerdo quién es, no logro descifrar sus rasgos, conectarlos con algún recuerdo del pasado, no puedo, sus facciones en realidad no son facciones porque su rostro está ausente de facciones; su cara es larga y plastilizada (si es que ese adjetivo existe) como la de una credencial de elector.

-Hola Rodrigo –me saluda de beso en la mejilla.

-Hola –le digo hola y en mi mente aparecen un millón de nombres propios pero ninguno que encaje con ese rostro-. Qué bárbara, qué cambiada estás –improviso, y desde luego, eso es un error porque ella me mira con recelo, así que a la desesperada agrego:- te ves guapísima.

La mujer cara de credencial de elector llena sus ojos de desprecio y yo sólo atino a sonreírle como un perfecto imbécil y le digo que está irreconocible (cosa que es mentira porque sigo sin saber quién es) y trato de justificarme agregando que no la reconocí porque ahora luce espectacular. Grave error, me mira con atizado odio porque mis palabras, ahora que lo pienso, más que un piropo vienen a ser un insulto, o mejor dicho, una confesión involuntaria tardía de que yo pensé durante muchos años, secretamente en la preparatoria, que ella era horrible.

-No te preocupes, yo tampoco la reconocí –me dice al oído Daniel, uno de mis mejores amigos de la preparatoria.

Daniel y yo nos ponemos al corriente de nuestras vidas, cosa que, tristemente, nos llevó menos de dos minutos, reloj en mano. Se crea un silencio incómodo. Intercambiamos números de celular aunque sabemos perfectamente que no nos llamaremos nunca.

-Anotado, aunque nunca nos llamemos –le digo a Daniel haciéndole un guiño cómplice.

-¿Cómo? –pregunta Daniel consternado-. Ahora regreso, voy al baño.

Daniel se marcha al baño y cuando regresa se sienta en el otro extremo de la mesa.

-¿Me veo gorda? –me pregunta Samanta.

-No, no, eh… no –balbuceo monosílabos e intento desviar la mirada de Samanta, aquella adolescente flaca como un palillo que ahora luce tan gorda como una morsa embarazada.

-Sabes, bajé veinte kilos –me confiesa Samanta con un toque de coquetería.

-Felicidades –digo, en realidad sin saber muy bien qué decir-. Dicen que bajar de peso luego del embarazo es muy difícil.

-No tengo hijos –dice Samanta y se levanta furiosa de la mesa.

Pido un vodka y decido que la mejor opción es emborracharme y quedarme callado.

-Monono, ven aquí –me llama Lorena.

Me siento a un lado de Lorena y a los cinco minutos estoy en medio de una plática de Babyshowers y mirando fotografías de los hijos de Carolina, Analía y Lorena. Me preguntan si estoy casado y les respondo que no. Me preguntan si tengo novia y les respondo que no. Me preguntan que cuándo pienso casarme y les digo que no creo en el matrimonio porque nosotros los hombres somos muy calenturientos y en la primera oportunidad (casados o no, comprometidos o no, con novia o sin novia) salimos babeando tras la primera mujer que nos abra o no las piernas. Todos se horrorizan y como he bebido dos vodkas en menos de cinco minutos me tomo la libertad de decirles que la monogamia no existe, que todos, hombres y mujeres, tarde o temprano terminamos engañando y haciendo sufrir a nuestras parejas e hijos. Se hace un silencio incómodo y me excuso para ir la baño. Al regresar mi silla ha desaparecido.

-Rodrigo, qué gustazo verte, mi hermano –me saluda Rogelio con un efusivo abrazo-. No te había visto, Tania me acaba de platicar que eres escritor.

En el acto saco de su error a Rogelio. Como Rogelio era uno de mis mejores amigos desde sexto año de primaria (y como también me he tomado otros dos vodkas en menos de cinco minutos) le confieso con el corazón en una mano que me dedico a la escritura no por pasión a las letras sino porque no tengo otra opción, es decir, soy un completo inútil y un peligro para la sociedad desempeñando cualquier oficio fuera de una hoja en blanco. Rogelio se ríe porque cree que estoy bromeando. Le digo que no sea ría, que mis palabras son verdaderas, que me titulé de la licenciatura en administración de empresas pero que si me dieran la responsabilidad de administrar una empresa la quebraría antes de la primera quincena. Rogelio vuelve a reír y me palmotea la espalda. Dice que soy muy ocurrente. En eso Saúl se una a la conversación y me pregunta qué tan redituable es tener un blog.

-Muy redituable –miento.

Miento porque el papá de Saúl fue quién me contrató en uno de los corporativos más importantes de la ciudad hace muchos años.

-¿Qué tan redituable? –pregunta Saúl.

-Como no tienes idea –vuelvo a mentir.

No quiero que Saúl le cuente a su papá que yo dejé el maravilloso trabajo redituable que tenía por culpa de un oficio que me tiene hundido en la más apremiante de las miserias.

-Francamente no entiendo cómo funciono un blog –dice Saúl-, digo, no me explico cómo le haces para cobrarle a esas personas que te leen gratis todos los días.

-Olvídate de eso –interrumpe Tania que aparece a nuestras espaldas-, lo increíble es que periódicos serios tengan la osadía de publicarlo.

Tania sonríe maliciosamente y logra llamar la atención de dos o tres ex compañeros que se unen a la plática. Tania me dice que soy un criticón. Que sólo vengo a Mérida a cirticar las obras de arte que hay en el Paseo de Montejo y a burlarme de los políticos y de la pobre de mi mamá y del digno oficio de modelo que ejerce mi hermana. Tania afirma (y no carecen de verdad sus palabras) que en realidad a mi no me pagan por escribir sino por criticar.

-Pues a mí ya me dio curiosidad leerte –dice Paula-. Aunque en realidad desde la prepa no leo nada.

Le digo a Paula, por favor, que este domingo compre el periódico Milenio, más que para saciar su curiosidad, para ayudar a un amigo, cuyos editores están tentados a despedirme ya que nadie lee mi columna.

-¿Publicas en Milenio? –pregunta Rogelio bastante impresionado.

-Milenio Novedades –dice Tania.

-Ah –exclama desilusionado Rogelio.

-Pero no te desilusiones –dice Tania mirando a Rogelio y a Paula- compren el periódico mañana y ya verán cómo nuestro amigo Rodrigo hace una crónica criticándonos a todos nosotros.

-¿En verdad escribirás sobre nosotros? –pregunta emocionada Paula.

-No podría no hacerlo –respondo.

Pido otro vodka y brindo en silencio por todos los amigos que no volveré a ver nunca más. Dudo que vuelvan a invitarme a la próxima fiesta de generación.


sábado, 22 de noviembre de 2008

Rebelde moderno

 
“El revolucionario es el que quiere cambiarlo todo menos a sí mismo.”
- Vittorio Messor


Temblé. No te miento, desde el pulgar del pie derecho hasta el último de mis rizos. Te veías tan seguro de ti mismo que en el fondo, más que miedo, sentí envidia. Y cómo no sentirla. Eres único. Diferente. La originalidad personificada. La rebeldía hecha hombre. Nunca imaginé que ser un mamarracho podía ser tan sensual. Y no te hago mofa, hablo en serio. Eres guapo. Tu mirada de cachorro así lo confirma. Turbas hasta el último de mis sentidos con el contraste de tus ojitos suplicantes con las rudísimas arracadas y tatuajes que llevas en el cuerpo. Antes de seguir, tengo que preguntártelo: ¿En que estética compras tu shampoo y acondicionador? Mi hermana (que es modelo), por más que intenta que su cabellera brille como la de sus colegas famosas de los comerciales de Pantene, no lo logra. Tú, en cambio, refulges como si en la cabeza llevaras un millón de estrellas. Tu cabello, pese a aparentar que un huracán pasó sobre él, luce genial, como si el furibundo meteoro de manera deliberada lo hubiera peinado de forma escrupulosa, sistemática y milimétrica para darte un aire atrevido pero al mismo tiempo desaliñado, como quien se levanta por la mañana y sale a la calle sin detenerse a contemplar su apariencia frente al espejo.  

De ideologías ni hablamos. A un kilómetro de distancia se nota que eres radical. Nacionalista. Idealista. Demócrata. Anarquista. Globalifóbico. Y también de izquierda. Llevas enfundada la camisa con la fotografía del Che Guevara. Conoces su vida al derecho y al revés, tanto como tu cerebro pudo digerirla en dos horas frente a una pantalla de cine mientras Gael García intentaba impostar su mejor acento chilangoargentino. Aseguras ser comunista. Te indigna cómo se ha comercializado el mundo. Te sientes traicionado. Incluso Avril Lavigne (tu secreta heroína), que era la máxima exponente de la rebeldía moderna, ahora baila coreografías. Ya no hay dignidad. Estás furioso. La manera de expresar tu rabia es colgarte unos lentes oscuros en el cuello de la camisa y llenar tus antebrazos con pulseras de cuero y banditas multicolores. Todos tus pantalones están rotos en protesta al consumismo, aunque los hayas comprado rotos de fábrica. Desprecias al capitalismo. Odias a los Estados Unidos. Tienes la certeza de todo y por eso eres un ferviente admirador de Cuba y de la China comunista. Fidel Castro es el único Dios al que rindes tributo. Para ti el mundo es una mierda. Y lo es tanto que merecemos morir. Si en tus manos estuviera oprimir el botón del fin del mundo (que aseguras está en la Casa Blanca), lo oprimirías sin chistar. No merecemos vivir. Somos bestias. Animales. Tantas guerras, tantos siglos y siglos de vida humana y de historia no han valido la pena en absoluto. Estamos como en la época de las cavernas. Tus argumentos son totalmente convincentes y tu percepción de la vida es única y absoluta, y por eso nos asombra tu sentido común y sapiencia infinita. A veces me sorprende que nadie te haya postulado como gobernador, presidente de tu país o incluso de la ONU. Pero claro, nos recuerdas que no crees en las instituciones. Que hay que ser trasgresor. Un irreverente. Mandar al diablo todo. A la Iglesia (sólo mencionas a la Iglesia católica, pero sospecho que te refieres a todas las religiones del mundo), al gobierno, a los políticos, y a toda institución educativa.

Por eso, te repito, nos matas de miedo a nosotros los imperialistas cuando caminas por las calles con tu rostro adusto y tu inagotable repertorio de mohines. Ojalá algún día todos lleguemos a ser como tú. Un ser que busca la igualdad. Que todos seamos idénticos. Igualitos a ti. Vivamos en tu mundo. Creamos en lo que tú crees, claro, si es que crees en algo. Nos vistamos como unos pordioseros para estar al último alarido de la moda, porque si no lo habías notado, toda la ropa que vistes es de marca. Escuchemos tu música. Leamos tus libros. Nos alimentemos de tu odio hacia el mundo y cualquier tipo de regla o ley impuesta por las instituciones. Seamos trasgresores, irreverentes y rebeldes como tú. En verdad, ese sería el mundo perfecto. No existiría la envidia. No pulularían los payasos que sueñan con salir en telenovelas y en revistas de cotilleo. Nadie soñaría despierto con ganar el Oscar, el premio Nobel o ser una estrella de rock. Ni uno sólo de nosotros tendría alguna aspiración en la vida más que ser como tú. Un rebelde. Un rebelde moderno.  

viernes, 21 de noviembre de 2008

Síndrome de los viejos ridículos

 
“El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente.”
- Susan Sontag


Los psicólogos le han llamado Crisis de la edad, yo lo llamo Síndrome de los viejos ridículos. Desde luego, esta denominación en días tan políticamente correctos no es políticamente correcta, pero al menos sí es lingüísticamente correcta, además de sincera, directa e hiriente, como debería ser para que de esta manera dejara de haber tanto viejo dedicado a hacer el ridículo en este mundo moderno.

La gama de los viejos ridículos es sumamente amplia, y aquí presentaré una selección de los más representativos, que son los más recurrentes entre las señoras y los señores sin importar su status social o económico, o su afiliación política.

Viejo ridículo obstinado o necio: Es aquella señora o señor que en otros tiempos (sus tiempos) gozó de gran popularidad entre los jóvenes como él gracias a su atractivo físico, pero que en la actualidad, ya con hijos e incluso nietos, cree que puede seguir compitiendo con los galanes de nuevas generaciones (los amigos de sus hijos) y con el inclemente paso del tiempo, así que ilusamente buscan ganar la batalla con la ayuda de cirugías, liposucciones, implantes de cabello, estiramientos de piel, inyecciones de botox, tintes de cejas, barba, cabello y cualquier otra nueva invención disparatada que se les ocurra a los doctores Frankenstein, que inevitablemente los deja luciendo como figuras de cera (en el mejor de los casos).


Viejo ridículo camaleónico o tránsfuga: Este espécimen es muy semejante al arriba mencionado, salvo que este viejo ridículo, además de caracterizarse por su juvenil aspecto físico, lo hace también por su comportamiento, que emula al de los jóvenes en sus maneras, formas, lenguaje y guardarropa. Estos vejestorios anhelan reencontrarse con las viejas glorias del pasado, es decir, ser el chico o chica popular gracias a su actitud desenfrenada y rebelde ante la vida, así que intentan desempeñar entre los jóvenes actuales un doble rol contradictorio: uno, pasar desapercibidos entre ellos, o sea, hacerse pasar por uno más del grupo sin que nadie se percate de que en realidad está tratando con un señor que podría ser su padre; dos, hacerse notar por su comportamiento chiflado y transgresor, valiéndose de la ayuda de cachuchas, aretes, tatuajes, peinados estrafalarios y pantalones raídos.

Entre los más representativos: Lupita D´Alessio, Adal Ramones, Fher del grupo Maná (el único Fernando con una h intermedia), Ricardo Montaner, Franco DeVita, Tom Cruise, Harrison Ford, David Hasselhoff, Fergie, Jennifer López, Gwen Stefani y en general todos los payasos que salen en MTV y en los programas de televisión, que, por si no lo habían notado, son unos viejos ridículos que hacen las delicias de la juventud.

Viejo ridículo enamoradizo: No confundir con el famoso viejo rabo verde. Este viejo ridículo es un caballero que se caracteriza porque de buenas a primeras empieza a preocuparse por su apariencia y por sus kilos de más, así que para ponerle remedio a esta situación empieza a acicalarse y a hacer ejercicio (o tomar pastillas para defecar su grasa corporal y así bajar de peso mágicamente). Sus renovados bríos tienen una causa: su amante. A diferencia del viejo rabo verde, especializado en perseguir a jovencitas (que bien podrían ser las amigas de su hija) con intenciones estrictamente sexuales, el viejo ridículo enamoradizo suele entablar relaciones duraderas con mujeres de mediana o casi mediana edad (eso sí, más jóvenes que su esposa), con la que por lo regular inicia una segunda familia. El viejo ridículo de esta especie es en realidad un señor como cualquier otro, tiene familia, va al trabajo, va a la Iglesia y es un ser que en apariencia es perfectamente normal, excepto que tras la estampa de señor respetable que vive sólo para ir del trabajo a la casa para aplastarse frente al televisor a esperar con mediana dignidad el final de su vida, mantiene un tórrido romance con una suripanta más joven, a la cual corteja y enamora como si estuviera en sus años de mocedad, es decir, con las mañas patéticas y cursis propias de la adolescencia, intercambiando regalitos como pueden ser peluches y apodos melosos y vomitivos (como “B.B. pexoxa”) que sin lugar a dudas convierten a este tipo de viejo ridículo en (quizás) la categoría de viejo ridículo más despreciable.

Entre los más representativos: tu papá.

Viejo ridículo amiguero o en onda o moderno: Esta clase de viejo ridículo por lo general no busca pasar desapercibido entre la juventud y se caracteriza por una cosa: además de sentirse la modernidad ambulante, mantiene una relación casi incestuosa con sus hijos varones, con quienes se tutea y se trata de igual a igual en plan somos-una-pandilla-súper-prendida. Se identifica con facilidad porque “la checa” con su hijo y cree que éste es su mejor amigo, al punto que intercambian experiencias, tips y direcciones de moteles para cortejar y acostarse con sus amantes.

Entre los más representativos: Andrés García, tu papá y tus tíos.

Viejo ridículo patético: Este es el peor de todos y se da exclusivamente en el medio ambiente de la política. El viejo ridículo patético es la señora o señor que, si la aburrición pudiera personificarse, tomaría inmediatamente su forma física; son los típicos sujetos que cuando fueron jóvenes eran tachados de nerds o bobos pero, sin embargo, piensan que nunca es tarde para hacer cambiar de parecer a los jóvenes (aunque sean veinte generaciones menores que ellos) respecto a la percepción que de ellos tienen, por lo que deciden volverse locos y transformarse de señores respetables a viejos ridículos patéticos. Como todo viejo ridículo tienen un móvil: la juventud, pero no de la juventud en sí, sino los votos de la juventud. A cambio de ganar estos últimos, deciden sepultar la poca dignidad que les queda y empiezan a comportarse como unos perfectos imbéciles.

Entre los más representativos: todos los políticos mayores de cuarenta años que estén en campaña electoral.

Vieja ridícula cacatúa: Este tipo de vieja ridícula es fácilmente localizable. Habita en tu propia casa. Se pinta el cabello de los colores más chiflados y estrambóticos, y en la estética elige los cortes de pelo más similares a los de una cacatúa, cotorro o periquito australiano. Viste de pies a cabeza como un arlequín y diariamente se embalsama en cremas antiarrugas. Se pinta toda la cara como un payaso, y no conforme con ello se depila las cejas para tatuárselos permanentemente para lucir idéntica a uno de los Polivoces.

Entre las más representativas: tu mamá y todas tus tías.

Vieja ridícula Posh Spice: Sin duda esta es una de las categorías más terribles y deleznables. Está conformada por la legión de mamás jóvenes que pese a su relativa juventud son unas viejas ridículas de corazón, y de la peor calaña. Las caracteriza su fobia a la gordura y la vejez, por lo que a cualquier hora del día puedes encontrarlas en clase de pilates, tae bo, o cualquier ejercicio aeróbico que esté de moda; su apariencia física suele ser la de esqueletos con lentes de sol gigantes, y su vehículo de elección son camionetas que ya de por sí son bastante grandes, pero con conductoras tan escuálidas al volante se convierten en verdaderos tráileres. Su única misión en la vida es la de ir a desayunar con sus amigas, ir a buscar a sus hijos a la escuela, y darle sexo mediocre a sus jóvenes y triunfadores esposos, pese a haber pasado todo el desayuno intercambiando tips sexuales con sus amigas. Se sienten en la cima del mundo pero no se dan cuenta de que su único logro en la vida ha sido casarse con un joven de éxito.

Entre las más representativas: El 99% de las mamás jóvenes de clase media-alta y clase alta.

Viejo ridículo frustrado: Esta última categoría de viejo ridículo quizá en apariencia no sea el más ridículo, pero estoy seguro de que la inmensa mayoría concordará en que es la especie más dañina. Este tipo de viejo ridículo es el que vive a través de sus hijos, es decir, los obligan a hacer todo lo que ellos hubieran deseado hacer con su propia juventud pero nunca se animaron o eran demasiado gordos para hacerlo.

Entre los más representativos: …………………………………….

(Ahórrate la sesión con el psicólogo y escribe sobre los puntos suspensivos el nombre de tus padres).