viernes, 25 de junio de 2010

Todos los caminos conducen a Alemania


“No nos une el amor sino el espanto.”
- Jorge Luis Borges


Papá fue un hombre con los pies en la tierra. Odiaba las supercherías, el cosmos, los horóscopos, y todo lo que oliera a esoterismo. Sin embargo, cada que se emborrachaba (lo que ocurría con frecuencia) aseguraba tener una relación paranormal con Alemania.

 -¿Te platiqué la vez que me fui a Alemania? –me decía con los ojos melancólicos, soñadores, nublados, parecidos a los de Borges cuando exigió como última voluntad que lo enterraran en Ginebra, lejos de casa.

Habré escuchado doscientas mil veces aquella historia: al graduarse del ITM, papá viajó con una veintena de estrenados ingenieros civiles al viejo continente. La idea: emborracharse todos los días; el pretexto: descubrir cómo le hicieron los alemanes para reconstruir su país luego de dos guerras mundiales.

Una noche, en una cantina, ebrios hasta el tuétano, los ingenieros civiles se sintieron insultados cuando un nativo los miró por debajo del hombro, ofensa frecuentísima desde su llegada, que desde luego no arguyeron a que el más alto del grupo era papá, que medía apenas 1.75.

-¿Qué? ¿Qué me ves? –dijo un ingeniero civil, increpando al parroquiano local que sin deberla ni temerla bebía un tarro de cerveza.

-Ich verstehe dich nicht –dijo el alemán mirando por debajo del hombro a la diminuta criatura morena que le hablaba.     

-Se me hace que nos está insultando este nazi –intervino otro ingeniero civil.

-Ich verstehe dich nicht –repitió el alemán.

Acto seguido, cual jauría de perros, los ingenieros civiles se abalanzaron sobre la torre teutona.

-Toma puto –dijo un ingeniero, de puntillas, encajando un puñetazo en el vientre de su víctima.      

Solidarios en la adversidad, innumerables torres alemanas se pusieron de pie desencadenando una batalla campal. Al llegar la policía, pese a pronóstico, hubo más alemanes que mexicanos en el piso.

-Mexican cheaters, mexican cheaters –repetían los alemanes retorciéndose de dolor en el suelo al tiempo que se sujetaban los genitales con ambas manos.

Este era el momento en que papá aprovechaba para explotar en una carcajada:

-Hasta para romper madres eran leales los alemanes –papá daba un sorbo enorme a su cerveza-, no como nosotros, a la primera de cambio les reventamos los huevos a patadas. 

Cada cuatro años me da por recordar esta historia. La gesta heroica de papá. Batalla espartana que viene en mi búsqueda cada Copa del Mundo, específicamente pasada la segunda semana del Mundial. Y más ahora. Cuando empiezo a sospechar que las tribulaciones etílicas esotéricas de papá embonan como piezas de rompecabezas.

Su primer viaje al extranjero no fue a Estados Unidos, tampoco a Centroamérica ni mucho menos a una isla del Caribe como marca la lógica geográfica y el presupuesto de un ciudadano tercermundista de clase media baja. Otro dato revelador fueron sus medios de transporte: el primero, un VW Safari con el cual enamoró a mamá; el último, un VW Sedan con el cual avergonzó y/o evidenció a mamá con sus amigas ricachonas. Más puntos esclarecedores: al casarse y mudarse de colonia, su vecino, nuevo compinche de borracheras y correrías (¿cuáles eran las probabilidades?) fue un alemán, quizás el primer y único alemán que brincó el charco para venirse a vivir a Mérida, mismo que mostró una habilidad sorprendente para aprender las costumbres mexicanas, o sea, formar otra familia a las espaldas de la comadre de mamá.

Pregunta: ¿Por qué estoy haciendo toda esta remembranza histórica? Respuesta: he llegado a la inequívoca e irrebatible conclusión, de que no solo papá tiene una relación mística con Alemania, sino también todo el pueblo mexicano amante del fútbol. Vínculo infranqueable. Insalvable. Inquebrantable. Indefectible. Ineludible. Inapelable. Inexcusable. Inexorable. Irreversible. Irrevocable. Irremediable. Cada cuatro años, quiéranlo o no, todos los caminos conducen a Alemania.

Todo comenzó en el año ´86, posiblemente la única vez en la historia del fútbol en que un equipo menor como México pudo salir campeón, de no ser, claro, por Alemania, que pese a ser visitante, estar deshidrata, fundida bajo el sol, no le temblaron las piernas, se amarró sus huevos teutones y nos ganaron en penaltis en cuartos de final.

En Italia ´90, al ser marginados del Mundial por ser los hombres más tramposos del mundo, mandamos a un señor a representarnos, a nombre de todo México, siempre vestido de negro para que quedara bien claro que estábamos de luto, tristísimos, inconsolables. ¿Qué hizo este señor? Le regaló la copa a Alemania en la final, inventándose un penal y rompiéndoles el corazón a nuestros hermanos argentinos.

En Estados Unidos ´94 volvimos a ser eliminados en penales, pero esta vez en octavos de final frente a Bulgaria. ¿Por qué? Miedo. Terror. Espanto. La santísima trinidad que todo mexicano carga en el pecho cuando sale de casa, sobre todo sabiendo que en cuartos de final nos esperaba Alemania, cansada, deshidrata, insolada, pero eso sí, con los huevos teutones bien amarrados, de acero.

En Francia ´98 la relación cósmica de la que tanto hablaba papá apareció, imposible escapar de ella estando en Europa. Sin embargo, como nunca se soñó ni en el más dulce de los sueños, teníamos a Alemania en el suelo, gimiendo de dolor, sujetándose sus huevotes alemanes, uno a cero abajo desde el minuto uno del segundo tiempo; entonces, faltando 30 para el final, Luis Hernández, alias, “el Matador”, indultó a los teutones luego de que Cuauhtémoc le diera un pase en el área chica que era más fácil meterla al fondo de las redes que sacar un calcetinazo a las manos del portero Andreas Köpke. Enmudecimos. Callamos. Palidecimos. Supimos nuestro cruel destino. Alemania se puso de pie, marcó el empate y los mexicanos (muy sensibles en eso de repetir el mismo dolor) se dejaron marcar otro gol para esquivar la tortura de los penaltis.

En Japón-Corea ´02 nos tocó en suerte Estados Unidos. Pan comido, pensamos. ¿Cuándo nos han ganado los gringos en fútbol? Lástima que pasamos por alto un detalle: Javier Aguirre. Javier, hombre traumatizado por la derrota del ´86 (al infeliz además de expulsarlo en tiempos extras por una falta contra Lothar Matthaeus, Harald Schumacher le atajó sobre la línea el gol de su vida, una espectacular media tijera, además de que falló en el área chica un gol clarísimo al rematar solo y su alma), vio el croquis del Mundial y ahí estaba, Alemania, meciendo sus huevotes como campanas doradas en lo alto de la Catedral de Colonia. ¿Qué hizo Aguirre? Dejarse perder. Descaradamente. A vista y paciencia de todos. Sacó a Ramón Morales. Metió a García Aspe. Desdibujó al equipo en la cancha. En fin, ciertos horrores son mejor olvidarlos, sepultarlos en el pasado, desmemoriarnos como los alemanes cuando se trata de genocidios. 

En Alemania ´06 la regla era enfrentar a Alemania. No había otro camino. O tal vez sí. Contratamos a un entrenador argentino, naturalizamos a un delantero argentino. Y enfrentamos a los argentinos en octavos. Nadie sospechó que los podíamos vencer. Pero el milagro ocurrió. Los teníamos. Y entonces… Talan, talan, talan. En las gradas del Leipzig sonaron los huevos alemanes como cencerros. Oswaldo Sánchez fingió volar como el hombre araña, puso carita de que hizo su mayor esfuerzo, de hombre liga que se estira desafiando las leyes de la anatomía humana por atajar la pelota, para yo sé bien lo que pasaba por la cabeza de Oswaldo si osaba desviar un centímetro el tiro de Maxi Rodríguez.

Ahora, en Sudáfrica ´10 no hay camino a donde correr más que a casa. Aguirre lo sabe. Es un hombre traumado, trastornado, trasnochado, testarudo, terco, tonto redomado. El domingo se dejará perder tal cual lo hizo hace 8 años, con descaro, desparpajo, alineando gente que no sería titular ni en una cascarita callejera, jugadores que serían los últimos en ser elegidos a la hora del recreo, en fin, repetirá la historia porque en México tenemos la insana costumbre de tropezar con la misma piedra, reproducir el mismo error hasta el infinito y más allá.  

Conclusión: ¿Antes del domingo tendré que viajar a Alemania, meterme a un bar y darle una patada en los huevos a un nativo, o acaso debo buscar a un alemán perdido en México (tal vez mi antiguo vecino) y dejar que me rompa los huevos de una patada para cortar la relación sobrenatural con Alemania?

lunes, 21 de junio de 2010

La maldición de Nike


“Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas.”
- Howard Carter (egiptólogo que descubrió la tumba del faraón Tutankamón) en referencia a la maldición de los faraones


Hasta hace poco más de semana y media, a mi chica ni le daba ni le quitaba el fútbol. Me importa una miarda, decía. Pobre ingenua. Entonces comenzó la Copa del Mundo y no para de repetir todos los días que no le hago caso, que no le meto mano, que me importa más el Mundial que su compañía, bla, bla, bla.

Dejo a mi chica en su casa a las 12 de la noche. Debo descansar, dormir al menos 6 horas y media para poder ver con los ojos a media asta el Portugal contra Corea del Norte. Al regresar a casa recuerdo que el partido es en exclusiva por SKY. Me echo una rabieta estilo Dunga que me espanta el sueño. Abro mi laptop. Entro a FutbolSapiens para ver las reflexiones del día 10 del Mundial. Grave error: el corazón se me paraliza, la sangre se me hiela, los ojos se me ponen como huevos duros al leer el último post que subió Barak Fever:


La maldición del comercial de Nike no deja títere con cabeza: Ronaldinho marginado, Drogba lesionado, Rooney apagado, Ribery deprimido y Cannavaro arrastrando el prestigio. Vamos: ¡hasta Federer perdió prematuramente en un Grand Slam por primera vez en 700 años! Yo que Cristiano ni salía a jugar mañana.


¿Qué? ¿Federer perdió? ¿En primera ronda? ¿En el césped sagrado de Wimbledon? ¿Lo eliminó el colombiano Alejandro Falla? ¿Acaso en Colombia juegan tenis?

-¡No puede ser, noooooooooo! –grito poniéndome de pie y me sujeto la cabeza como Delfín Quishpe en el video Torres Gemelas- ¡Por el amor de Dios, pero si el único colombiano que juega tenis es mi amigo Juan Carlos Cuenca, que acabó su carrera antes de ser profesional al destrozarse los ligamentos cruzados de la rodilla en una cascarita de fútbol, y de eso hace más de una década!

Corro al baño y del puro coraje cago cien mil litros de diarrea. Al borde del desmayo por deshidratación, pienso: un momento, ¿no será que Barak se refiere a la eliminación “prematura” de Federer en los cuartos de final de Roland Garros frente al sueco Soderling?

-¡Síííííííííí! –exclamó de placer con el puño levantado a lo Rafael Nadal al tiempo que me pico el culo con singular alegría (también a lo Rafa Nadal) porque recuerdo que Wimbledon comienza hoy a las 7 de la mañana.

Voy a la cocina, me preparo dos litros de café, espero paciente la salida del sol y el inicio del torneo más bonito del mundo, claro, solo por detrás del Mundial, la Euro y la Champions.

Mis ojos vuelven a quedar como huevos duros. En pantalla Roger juega como nunca. O sea, comete doscientas mil dobles faltas, le rompen el servicio en dos ocasiones, la gordita de su esposa se come las uñas en la tribuna y en la cancha un colombiano le gana los dos primeros sets.

Enseguida, es inevitable, me vienen a la cabeza las palabras de Barak, la maldición del nuevo comercial de Nike. Mientras se juega el tercer set, pienso en Drogba cuchareando la pelota sobre el arquero italiano (un tal Palermo, no Bufón, presagio de que Bufón solo vería 45 minutos de acción en el Mundial), el carnaval que se gesta en las calles de Yamusukro, los negritos bebiéndose hasta la última gota de cerveza de las cantinas en Abiyán, disparando al cielo ráfagas de fuego con sus cuernos de chivo (eso no sale en el comercial pero en la vida real estoy seguro que así celebran en Costa de Marfil), y luego, un japonés tirándole una patada voladora y rompiéndole el cúbito del brazo derecho al pobre de Didier a una semana del Mundial.

0 - 40 abajo Roger Federer en el noveno juego del tercer set, todo parece indicar que el colombiano se llevará el partido en sets corridos, los narradores están estupefactos, es inminente la caída del suizo, aparece en pantalla una estadística donde muestran a los campeones de un Grand Slam que al año siguiente han sido eliminados en la primera ronda: ¡Solo cinco! (Rafter, Hewitt, Becker, y dos gringos que no recuerdo sus apellidos).

-¡No puede ser, noooooooooo! –vuelvo a gritar como Delfín Quishpe, me sujeto la cabeza con ambas manos y pienso en Cannavaro rescatando el balón de la línea de gol como si sus piernas fueran las mismas de Alemania 2006, su risa de golfo irresponsable, de rey de los puteros mientras unas bailarinas flotan sobre su cabeza abriéndole las piernas, luego, veo al pobre de Fabio, reducido a un hombrecillo junto a las torres Neocelandesas, entregando la bola para que fusilen no a Bufón ni a Palermo pero sí a Marchetti, el portero italiano que tiene tatuada a la Virgen María en el torso luego de sobrevivir a un accidente de tránsito en el 2005 que cegó la vida de dos amigos.         

Fin del tercer set. La Virgen María parece tener clara predilección por los europeos, la sangre llama, ella es blanca y de cabellos dorados, podría pasar por helvética. De milagro veremos un cuarto set y entonces pienso en Rooney, minuto 89 con 17 segundos, tremenda gambeta que desparrama a un franchute, pase largo, flotado, Ribéry lo intercepta de pecho, llenándose de gloria, desparramando ingleses en el césped, uno, dos, tres, uno, dos, pero goles los que el Chicharito y un jorobado como el que habitaba en la Catedral de Notre Dame de la novela de Victor Hugo, también amante de las bailarinas exóticas, les clavan en el segundo tiempo desencadenando una telenovela en la selección francesa donde terminan por expulsar al goleador Anelka gracias a su “Domenech: vete a tomar por culo, sucio hijo de puta” y por renunciar el director delegado de los franceses, además de los jaloneos y gritos por parte del preparador físico y el capitán Evra, o sea, un desmadre total, muy a la mexicana.

Cuarto set. Primer juego. Rompimiento de servicio a favor del sudamericano.

-¡No puede ser, noooooooooo! –grito por tercera vez en la mañana.

Barak Fever tenía razón. La maldición de Nike existe. Puedo olerla, palparla. Pienso de nuevo en Wayne, ese Cuasimodo inglés, barriéndose como loco, siga siga, dice el arbitro al ver caer al césped a Ribéry, Rooney es nombrado Sir por la Reina, cientos de niños, futuras basuras blancas, son bautizadas bajo su nombre, cientos de tocayos tendrá Wayne mientras Iniesta, Fábregas y Piqué avientan furiosos los periódico donde relatan las hazañas de Sir Rooney, ¿o es que acaso el periódico que arrugaron, hicieron bolita y luego aventaron fúricos los seleccionados españoles decía que enfrentarían a los amigos poco famosos de Ronaldinho en octavos de final, o acaso es porque leyeron alguna predicción de Walter Mercado donde auguraba que uno de ellos se lesionaría en el primer partido, el otro calentaría la banca y al último le romperían la ceja y luego la boca, dejándolo vendado como una momia de Guanajuato?

5 juegos a 4 en el cuarto set. El colombiano saca para partido. Eso es todo. La confirmación rotunda, absoluta, inobjetable de que la teoría de Barak es cierta. El comercial de Nike está maldito. Todos los involucrados están destinados al fracaso en Sudáfrica 2010. Incluso Wayne, el goleador infalible de la Premier League, autentico fantasma ante los gringos y argelinos.

-¡No puede ser, noooooooooo! –gritó como un desadaptado, cuarta vez- ¿Por qué Federer aceptó dejarse perder en un partidito de ping pong contra Wayne Rooney? ¿Por qué? –me pregunto sujetándome la nuca- ¿Qué no ve que igualito lo trae el colombiano, de un lado para el otro de la cancha, como autentico calzón de puta?

Pero entonces, en mitad de mis enloquecidos reclamos de subnormal, ocurre algo. En el cintillo al fondo de la pantalla del televisor, los chicos de ESPN informan que Portugal acaba de marcar una de las mayores goleadas de los Mundiales: 7 a 0. Me callo la boca y pienso: ¿acaso Cristiano Ronaldo no salía en el comercial de Nike?

Quinto y último set. Roger ha emparejado el partido. Pienso: ¿no fue Gael García el único mexicano en aparecer en el comercial? ¿No fue el director mexicano González Iñárritu quien filmó la supuesta maldición? ¿No está México con pie y medio en los octavos de final?          

6 a 0. Federer barre el quinto y último set. El mundo ha vuelto a la normalidad. Suspiro exhausto. Voy a la cama, cierro los ojos y en mis sueños aparece Lionel Messi con sus flamantes y ultraligeros zapatos Adidas metiéndole cuatro goles al Conejo Pérez.  

domingo, 20 de junio de 2010

México: melodrama impredecible


¿Qué pasaría si el Mundial de Sudáfrica fuera un corporativo televisivo como la NBC o ABC o Showtime o HBO o BBC y cada Selección nacional fuera una sitcom o melodrama o miniserie histórica o de suspense y cada partido de fútbol fuera un capítulo que pudiéramos descargar del Torrent o del RapidShare?

Hernán Casciari se hizo esta pregunta en Espoiler, su blog de reseñas y descargas de series televisivas, y por lo pronto él, argentino hasta la médula pero afincado en Barcelona desde hace algunos años, dijo que seguirá y recomendará las series más exquisitas del Mundial, o sea, solo dos: una se llama Argentina Campeón, remake de otra muy parecida emitida en el año ´86, que con suerte (augura el crítico mercedino) contará con siete episodios trepidantes; y la otra, un drama español de cinco episodios llamado Siempre caemos en Cuartos

Humildemente, además de seguir las series recomendadas por Casciari, apunté en mi agenda Soñando con el quinto partido, un melodrama mexicano producido y transmitido por dos cadenas: Televisa y TV Azteca.

El 11 de junio fue emitido el episodio piloto, S01E01: Papelón Inaugural. Los primeros minutos de la emisión nos ilusionaron, nos hicieron soñar, pudimos ver gran producción, bonito vestuario e incluso filmación en exteriores que nos recordaron grandes series del pasado como lo fueron Senda de Gloria y La antorcha encendida; sin embargo, pasados tres cuartos de hora, fiel a una añeja tradición mexicana en el drama, hubo falta de consistencia, de cohesión, poca química entre personajes secundarios y protagónicos, aparecieron las infalibles vedettes, actores mostrando más piel de la necesaria, actuaciones tan acartonadas como los sets que pretendían simular haciendas del siglo antepasado, y como cereza del pastel, la insufrible voz grave en off del narrador con su clásico “vamos muchachos” y “tirititito”.

También podemos achacarle a este desangelado debut un punto que criticó Hernán Casciari sobre el piloto Siempre caemos en Cuartos. Repasemos: El problema de la serie —sospecho— es que sus guionistas nunca lograron llegar muy lejos en el prime-time. Tienen buena audiencia en cadenas regionales, en amistosos autonómicos, pero cuando de verdad entran a competir con las grandes series de siempre, se nota.

Pese a todo pronóstico, o sea, al finísimo paladar de los televidentes mexicanos, el 17 de junio, luego del fiasco inicial, las dos poderosas cadenas televisivas (mejor conocidas por AMLO como el Duopolio), para el S01E02: Ribéry no espanta a nadie, nosotros tenemos la joroba de Cuauhtémoc, contrataron a guionistas serios, magníficos, de la escuela Cuna de Lobos y Mirada de Mujer.

El resultado, damas y caballeros, fue de obra maestra.

Vale ilusionarse. Por ello, el martes 22 de junio, 9:00 a.m. en punto, los amantes de los melodramas estaremos pegados al televisor viendo el S01E03 de Soñando con el quinto partido, y preguntándonos si el villano de Javier Aguirre seguirá confabulado con su compinche Guille Franco para hacerles la vida miserable al muy sufrido del Chicharito Hernández y al pobrecito de Andrés Guardado, o si finalmente aparecerá en escena el galán de Memo Ochoa para robar suspiros de toda la audiencia femenina (y también masculina).

Por desgracia aún no tenemos avances del tercer capítulo, pero se corre fuerte el rumor en Ventaneando y en La Oreja, que en caso de ser flojito como lo fue el episodio piloto, Televisa y TV Azteca aceptarán una propuesta que formalmente les ha extendido la televisora argentina TyC Sports para aparecer como invitados especiales en Argentina Campeón: S02E01.

De corazón, esperamos que el Duopolio rechace la oferta albiceleste y retenga a los mismos guionistas del S01E02: Ribéry no espanta a nadie, nosotros tenemos la joroba de Cuauhtémoc, de lo contrario, el melodrama mexicano corre el riesgo de convertirse en un remake de una serie tristísima emitida en el año 2006 llamada La maldición de los Octavos, que a su vez es un refrito de un drama transmitido en el 2002 titulado Malditos gringos, que a su vez es un refrito de otro drama televisado en el ´98 llamado La maldición germana, que a su vez es un refrito de un dramón (todo un clásico) emitido en el año ´94 titulado Malditos penales.   

domingo, 6 de junio de 2010

Las noticias de hoy día


“Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad.”
- Oscar Wilde


En la computadora tengo una carpeta de varios gigabytes donde almaceno noticias inverosímiles. Y no me refiero a noticias con encabezados tipo “Reaparece el chupacabras” o “Filipino ve nave espacial sobre el techo de su casa”. No. Hablo de noticias publicadas en la red por periódicos serios. Periódicos donde publican sus columnas señores respetables con caras de perros tristes que todos los días dan las noticias en los noticieros más importantes del país y les entregan el Premio Nacional de Periodismo. Periódicos que se anuncian en la televisión y en donde en teoría le pagan un sueldo decente a sus corresponsales, fotógrafos, editores, etcétera.

Para más INRI, la carpeta de mi computadora lleva por título Noticias chifladas, y en ella atesoro encabezados como “Organizan una boda perrona”, donde el periódico Excelsior nos cuenta que en el Perú, Puki y Dana se convirtieron en la primera feliz pareja canina en contraer matrimonio. Ojo al dato, cita textual: “La novia, una perrita shitsu, llegó en el coche de su propietaria vestida con un velo blanco, en tanto que su pareja, un perro cruzado (traducción: un malix), lucía un clásico minisombrero hongo”.

En lo personal, más que asaltarme la certeza de que el mundo pronto va a arder en llamas al ritmo de los trompetazos de los jinetes del Apocalipsis, me entran muchas dudas sobre el rumbo que ha tomado el periodismo hoy día. Los periodistas no profundizan en sus notas, dejan cabos sueltos, preguntas al aire, dejan huérfano, desamparado, al lector; por ejemplo, siendo yo un lector curioso, me pregunto si los invitados a la boda perrona fueron todos perros o también hubo humanos, y cuando el sacerdote o juez le preguntó a la pareja si aceptaba tomar como esposa o esposo al otro, cómo habrá sabido que el ladrido era una afirmación o una negación, y otra duda más: ¿en el matrimonio de perros estará permitida la poligamia y el incesto?

Aquí les va otro caso que demuestra que el periodismo ya no es lo que era. El 15 de agosto del 2008, el periódico El Universal, publicó esto: “Dan a pingüino coronel grado de Caballero Real en Reino Unido”.

¿A poco la nota no es para quitarnos el sueño? Lo más que nos dicen los periodistas de El Universal es que los señores de la BBC Mundo dicen, cito textual: “el pingüino coronel anteriormente había recibido medallas por la longevidad de su servicio e incluso se le ha construido una estatua de bronce”

Eso es todo. Para caerle a trompadas a los señores reporteros. Lo más que hacen es adornar la nota con una foto donde aparece Nils Olav (así se llama el recién condecorado) marchando con mucho garbo, las aletas abiertas, mientras unos militares vestidos pulcramente, formados en fila y armados con mosquetes, saludan al nuevo Caballero Real tal cual lo hacíamos nosotros todos los lunes en el patio del colegio cuando pasaba ante nuestros ojos el lábaro patrio en los honores a la bandera.

Muchas preguntas quedan en el aire: ¿Nils Olav es un agente secreto más astuto que James Bond, o acaso Nils compone música más bonita que la de Elton John, o quizás es que Olav mete goles más espectaculares que los de David Beckham? Un misterio. De sus habilidades y el porqué del nombramiento nobiliario y de la construcción de una estatua de bronce que solo unos pocos privilegiados en el Reino Unido gozan, ni coma. Lo más que nos dicen en la noticia (incluida la BBC Mundo, no crean que no investigué en su página oficial) es que Nils Olav es miembro honorario de la Guardia del rey de Noruega, o sea, miembro de la unidad de élite encargada de proteger a la familia real.

Entonces vemos la imagen que nos presenta la BBC Mundo y en ella descubrimos como el Comandante Olav supervisa con altivez a sus subalternos. Y a falta de información, podemos inferir cuatro cosas (nada más cuatro, para empezar): 1. La palabra “élite” significa cosas diferentes para Noruega y el resto del mundo; 2. La familia real noruega tiene muy pocas cosas de qué preocuparse; 3. El resto de la Guardia del rey de Noruega deben tener muy baja autoestima, pues su situación laboral es de las más humillantes del mundo; 4. Nils es uno de los animales que con mayor éxito ha incursionado en el mundo de la política y el servicio público, solo superado por Incitatus, el célebre caballo-senador-amante de Calígula. 

Y así, el curioso lector puede seguir ad infinitum, al menos en noticias relacionadas con animales, como la nota de Tabasco Hoy del 30 de julio del 2008, donde Pequeño (un perro) compareció ante los tribunales de la India al ser acusado por alterar el orden público. O la noticia de BBC Mundo del 13 de noviembre del 2007, cuando P. Selvakumar (humano de 33 años) contrajo matrimonio en el templo hindú del estado de Tamil Nadu con una perra llamada Selvi. O la publicada por El Universal el 7 de junio del 2008, donde nos informaban de lo siguiente: “Designa universidad de India rector a dios mono”.

Como era de esperarse, ninguna de las tres casas informativas dieron seguimiento a las inquietudes obvias del lector curioso: ¿Pequeño habrá comparecido en el tribunal vestido con traje y corbata?, ¿los padres de Selvi eran racistas o aceptaron de buena gana en su seno familiar al humano P. Selvakumar?, ¿cuáles fueron las primeras medidas académicas del nuevo rector dios mono de la Universidad Sardar Bhagat Singh de Tecnología y Administración para que el alumnado obtenga buenos trabajos al graduarse?    

Desde luego que no todas las noticias dignas de una película protagonizada por Rob Schneider tienen como figura principal a un animal, también las hay como la que apareció el 30 de mayo del 2008, cuando El Universal publicó esto: “Vive japonesa un año en un armario sin ser detectada”. Naturalmente el lector se quedó con mil y un interrogantes, pues la nota fue parca y no ahondó en la historia más que para decir lo siguiente, o sea, para dejarnos picadísimos: “el propietario de la vivienda empezó a sospechar que algo pasaba cuando comenzó a desaparecer la comida”.

Hace un par de semanas, para ser exactos el 10 de Mayo del 2010, Día de la Madres, apareció una noticia digna de engordar aún más mi carpeta de Noticias chifladas, el encabezado era el siguiente: “Queda embaraza tras ver film para adultos en 3D”. Sin embargo, luego de una tarde entera de cavilación, decidí que la nota no era tan chiflada después de todo.

Pensé: si hace poco más de dos milenios y una década una adolescente virgen en Nazaret aseguró quedar embarazada sin que el novio la tocase, ¿por qué ahora, en pleno siglo XXI, no debería creerle a Jennifer Stewart quien asegura que dio a luz nueve meses después de ver una película porno en 3D?

-Es un milagro que haya quedado embarazada –dijo incrédula la buena de Jennifer–. Mi esposo hace meses que no pisa la casa, está combatiendo en Irak.

Palabra, yo le creo a Jen. ¿Quién soy yo para contradecirla si su mismísimo esposo le cree tal cual lo hizo un carpintero a su novia en Nazaret hace poco más de dos milenios y una década?

-Las pelis en 3D son muy reales –dijo Erick Jhonson, esposo de Jennifer–. Con la tecnología de la actualidad todo es posible.

Ahí lo tienen, caso cerrado. Verdad pura y dura como una catedral.

Y como última prueba de que Jen no miente, estas fueron sus últimas declaraciones sobre el tema:

-Él sabe que soy fiel –Jennifer sonríe, deja que el fotógrafo la retrate  cargando a su criatura morena, la cabeza llena de rizos–. Un mes después de ver la película comencé a sentir mareos y los resultados fueron positivos. El padre de mi hijo es el negro protagonista de la porno, no me cabe la menor duda, mi esposo y yo somos blancos.

Digerida la nota, he decidido cambiarle el nombre a la carpeta de Noticias chifladas. De ahora en adelante se llamará Noticias de todos los días



viernes, 21 de mayo de 2010

Secuestros VIP


“Si lo secuestraron de a de veras, en este momento estará deseando haber aprovechado su oportunidad de hacer de este un país menos mierdero.”
- P (filósofo moderno)


No nos engañemos, dejemos de fingir, de ser políticamente correctos (que no somos políticos y no nos pagan por simular) la gente de a pie, los que pagamos nuestros impuestos (yo no, porque estoy desempleado y tristemente vivo en casa de mamá a mis treinta), la noticia bomba de que un político de primera línea haya sido privado de su libertad por una banda de secuestradores o terroristas o narcotraficantes nos impacta, sí, pero luego, aceptémoslo (y repito, dejemos de engañarnos, de fingir, de ser políticamente correctos, fuera máscaras), nos da mucho, pero mucho gusto.

Son breves segundos, incluso minutos, de gran satisfacción. Como cuando echan al América de la Liguilla y en pantalla ves a sus aficionados con los ojitos de Bambi en las tribunas, a sus altos directivos en los palcos con ojos redondos como platos, incrédulos, al comprobar que los estafaron, que sus multimillonarias contrataciones para una maldita cosa sirvieron.

Finalmente los políticos están a nuestro nivel, pensamos, cagándose en la patas de miedo. Pero luego viene el bajón, el golpe de realidad: los avispados, los enterados, los lúcidos, los que no se chupan el dedo, los que aun no han perdido el sentido común, les toma entre cinco a diez minutos volver a la realidad, poner los pies en el suelo; los otros, la escandalosa mayoría, los que no se pierden La Familia P. Luche y las telenovelas de las 7, 8 y 9 de la noche, los que pusieron los ojos como huevos fritos al enterarse que se estrelló el avión del sexy secretario de gobierno, los asnos redomados, no huelen que hay gato encerrado, ni siquiera cuando Joaquín López-Dóriga, titular de noticieros Televisa dijo en mitad de una serie de balbuceos (¿por qué será?) “por el respeto a la vida de Diego, noticieros Televisa ha tomado la decisión editorial de no volver a informar de este caso -ojo al dato- hasta su desenlace. Es una decisión de anteponer una vida humana, la de Diego, a este el nuestro que es el ejercicio periodístico, no ha sido no, una decisión fácil, pero es sí, una decisión firme”.

Y es que, si pensábamos que no se podía ser más cínico que el presidente de la república con eso de “en México actuamos muy a tiempo para evitar que las circunstancias del crimen organizado que se viven en México tuvieran un escalamiento como el que llegaron a tener desafortunadamente en países hermanos como Colombia, bla, bla, bla…”, Televisa nos ha dado una lección no solo de cinismo, sino de hipocresía y desvergüenza (santísima trinidad que conocíamos en ellos, pero no a estos niveles de desfachatez), al pregonar a los cuatro vientos, o sea, en sus dos frentes más mediáticos, pues horas después, Carlitos Loret de Mola, el hombre que calienta a nuestras mamás, repitió el mismo comunicado que su colega López-Dóriga, traducción: decirnos que no harán más su trabajo, porque su verdadero trabajo (no nos lo tenían que decir, ya lo sabíamos) es el de proteger, con uñas y dientes, los intereses de las familias más poderosas y ricas del país.

¿Sentimos placer de que hayan secuestrado a un candidato a la presidencia? ¿Sentimos regocijo de que hayan secuestrado a un senador? ¿Nos regodeamos de que hayan secuestrado al abogado de banqueros y empresarios multimillonarios de dudosa reputación y presuntos nexos con cárteles del narcotráfico? ¿Sentimos satisfacción de que alguien intocable finalmente sea amordazado, cacheteado, vejado, humillado?

Por supuesto que sí, por desgracia es un placer que dura cinco minutos, o cuando mucho, diez. El mismo tiempo que cuando echan al América de la Liguilla y en seguida en pantalla ponen un Realty Show. Luego todo vuelve a la normalidad. El sentido común nos susurra con su condenada vocecilla. Nos recuerda que empresarios, políticos y narcotraficantes no son más que un Cancerbero. Bestia de tres cabezas unidas por el mismo cuerpo, por la misma sangre, latiendo con el mismo corazón. Hermanos trillizos. Incapaces de morderse una pata o el hocico los unos a los otros porque son uno mismo. La misma criatura horrenda.

El secuestro de un pez gordo no pone a los políticos a nuestro nivel. Menos a los pesos pesados como ballenas. Ellos no conocen el miedo. A ellos no los abofetean, mutilan, privan de la libertad, exponen en las noticias del canal más poderoso del país; no, a ellos los internan en un spa, almuerzan langosta con cubertería de plata, arropan con batas de seda y en la noche se sientan a jugar Monopoly con sus “secuestradores” en un tablero llamado México.

Si acaso, para no levantar suspicacias, los bárbaros desalmados los ponen a dieta de brócoli, lechuga y tomate y les dejan crecer el pelo y la barba, para que no se diga que el cautiverio no fue horrible.

Y si me equivoco, lo dudo mucho, y el pez gordo amanece tieso y lleno moscas (algún pacto habrá roto el servidor público), sus restos serán escondidos, esfumados, desaparecidos por los medios de comunicación “responsables” para no perturbar o traumatizar a su familia, no así los secuestrados y decapitados de a pie, que pagan (o pagaban) sus impuestos, que sistemáticamente, como animales, aparecen en los noticieros del señor López-Dóriga y Loret de Mola, eso sí, bajo la sentencia de, damas y caballeros, niños y niñas, por favor, tápense sus ojitos, las imágenes que verán a continuación son muy fuertes, pero es nuestro deber y trabajo informar.

Actualización:




domingo, 16 de mayo de 2010

En el peor de los casos



1


Selva ama a un grupo argentino de rock pop alternativo. Más específicamente a su vocalista.

More...-Ay, no sabes como me encanta –dice-, uf, si lo pudiera conocer, te pongo el cuerno.

Me escandalizo en silencio, no por la latente y abierta advertencia de infidelidad de mi chica, sino por su terrorífico gusto.

En el escenario, bajo el calor de las luces, un tipo chaparrito, de uno cincuenta, ojos separados, cuello casi inexistente, encorvado, espalda pequeña, traducción: un guiñapo con cara de perro Chihuahua, salvo que, es una estrella consumada, un artista de verdad, el flautista de Hamelín enfundado en unos escandalosos pantalones azul celeste que hace gritar, bailar y corear sus magníficas canciones a miles de enardecidos fans.

-Uy, ponte unos pantaloncitos así, porfa –dice Selva-, te vas a ver mariconcísimo en la presentación de tu libro.

Le digo que no, ni loco, bajo ningún concepto.

-Anda, anda –insiste- yo te los compro, pleeeease.

En silencio, sin atreverme a abrir el pico, empiezo a creer que fue un error haber asistido al concierto, una broma macabra del destino para sacarme de casa un viernes por la noche y hacerme enormemente infeliz.


2


Cuatro noches atrás, la escritura de mi novela fue interrumpida al aparecer en la pantalla de mi laptop una ventanita al costado inferior derecho. Vía Messenger Selva me apuraba a responderle. Abrí la ventana y respondí el mensaje. En pocos segundos mi chica me dio una serie de instrucciones detalladas de los pasos que debía seguir en el acto. Es decir, la página de Internet a la que debía accesar, las respuestas que debía elegir en la trivia, etcétera.

-Están sorteando boletos VIP –escribió Selva-, estoy segura que vamos a ganarlos.

Al no llevarme más de un par de minutos el llenado del formulario, no me quejé con mis habituales rabietas y pataleos, tampoco me tomé la molestia de desgastarme en explicaciones de que aquello era un absurdo, una pérdida de tiempo inscribirse en un concurso con miles de participantes, pues en lo que a mi respecta, jamás en la vida he ganado nada, si acaso una gorra de albañil con el logotipo de Comex que aventaron hacia el público en mitad de un concierto gratuito de los Enanitos Verdes en la Feria de X´matkuil por ahí del año ´95, souvenir que me costó arañazos, codazos, rodillazos y puntapiés de la finísima concurrencia.


3


Para mi sorpresa, 24 horas después de inscribirme en el concurso, al revisar mi bandeja de entrada de Hotmail, el grupo cervecero encargado de montar la rifa de boletos y auspiciador oficial del concierto de la banda argentina de rock pop alternativo, me informó que era yo uno de los cinco exclusivísimos ganadores de pases dobles VIP.

Estupefacto, guardé silencio. No dije una sola palabra. Los días transcurrieron.

-Pensé que ganaría –dijo Selva desilusionada-, me vi saludándolo, dándole un beso.

¿Acaso me apiadé de mi chica vidente? En lo absoluto. Permanecí en silencio. Impertérrito. Cerré el pico. Fingí demencia. Agradecí no verme envuelto entre un mar de gente sudorosa y borracha. Salvaguardando la retaguardia de Selva de lascivas caricias, manos traviesas, ardorosas. Abriéndome paso a empellones y codazos por una cerveza para no morir de sed. Mil veces prefería quedarme encerrado en casa delante de un insufrible partido cero a cero entre México y Ecuador.

Entonces ocurrió. La mano del destino que todo lo puede y tuerce. Resignada a no asistir al concierto, al verme entrar al baño, Selva agarró mi laptop para cambiar su estatus de Facebook y poner algo así como “triste por no asistir al concierto”, sin embargo, la tentación fue demasiada: delante de sus ojos, resplandeciente, estaba mi bandeja de entrada de Hotmail, llamándole particularmente la atención un e-mail titulado “Felicidades, has ganado boletos VIP”.

Su primera reacción no fue mentarme la madre o arañarme la cara, pues mi chica cree (erróneamente) que siendo yo escritor, soy un tipo muy creativo para las sorpresas.

-Gracias, papi –dijo Selva abalanzándose sobre mí-, sabía que me llevarías al concierto.

-Ya ves, de último minuto te quería dar la sorpresa –mentí mientras visualizaba el horror que me esperaba en unos minutos.


4


Dicha sea la verdad, nunca imaginé que mis boletos VIP fueran hacerle honor a su nombre. Los chicos de la cervecera nos metieron a una carpa, nos dieron lugares donde sentarnos, cervezas gratis, botanas, pizza, y lo más importante, montaron una valla metálica que nos mantenía alejados de la turba de miles de fanáticos sudorosos y alcoholizados que brincaban y se pisoteaban unos contra otros. Por primera vez en mi vida me sentí una persona verdaderamente muy importante.

-Ash, no veo nada desde aquí –dice Selva.

-Hubieras traído tus lentes –le reprocho, sentado en mi asiento de lujo, intocable, cerveza y cacahuates enchilados en mano, cual dictador tropical que contempla la belleza del caos.

Entonces ocurre. El flautista de Hamelín porteño toca el tema musical del momento, se zangolotea cual epiléptico en el escenario y los miles de asistentes se vuelven aún más locos. Selva también.

-Lo tengo que conocer –dice-, está en mi destino.

Le hago ver que está loca, que es imposible conocer, estrechar la mano de su amor platónico. Bajo ningún concepto pienso salir de mi burbuja protectora para mezclarme con la muchedumbre sudorosa. Selva me deja con el discurso en la boca, me toma de la mano, tira de ella y me arrastra entre la turba iracunda abriéndose paso a codazos, empellones, me grita que la siga, que no sea maricón, que la ayude a tirar manotazos, a abrirse paso.

-Con permiso, con permiso –le grita a la gente cual Moisés partiendo las aguas.

Cuando me doy cuenta eludimos a los guardias de seguridad y estamos en el backstage.

-Aquí no pueden pasar –dice el custodio de los camerinos-, solo prensa.

-Yo y mis amigas venimos de parte de la prensa –dice Selva mostrando un peligroso escote que deja ver unas tetas altivas, divinas.

-Adelante –dice el guardia de los camerinos.

Pasamos.


5


-Qué vergüenza saludarlo –dice Selva.

La empujo hacia el artista, le digo que está en su destino conocerlo. Entonces comprendo el error que he cometido. El hombrecillo mira a mi chica y se le ilumina la cara, como si hubiera descubierto la rima a una canción imposible.

-Me gustas mucho –dice Selva.

-Gracias –dice el artista sin despegar los ojos de sus tetas.

-Él es mi novio –dice Selva jalándome del brazo.

-Mucho gusto –digo y estrecho la mano del artista.

-Sólo quería saludarte, decirte hola… –dice Selva- y decirte lo mucho que me gusta tu música.

-Gracias –dice el artista aún hipnotizado por la delantera de lujo de mi chica.

-Bueno, un placer conocerte –se despide Selva.

-Pará –dice el artista-, mi hermano me dijo mientras tocábamos: mirá que buena que está esa mina de allá… –el artista levanta las palmas de las manos como un futbolista alegando inocencia luego de cometer un flagrante penalty- con el debido respeto de tu novio.

-No te preocupes –digo fingiendo seguridad en mi mismo-, comparto la opinión de tu hermano.

Entonces, Selva baja la mirada y descubre algo en el artista.

-¿Y tus pantalones? –dice-, ¿dónde están tus pantalones azules?

El artista (ahora vestido con unos jeans como los míos) explica que esos pantalones son una mariconada, vestuario del show, ropa que le compra su mujer cada que va a Europa o a tiendas de disfraces en Buenos Aires.

-Ash –Selva pone los ojos en blanco-, pleeeease, dile a mi novio que se ponga unos así para la presentación de su libro.

-¿Escribís? –se sorprende el artista-, ¿vos qué escribís?

-Novelas –responde Selva por mí-, escribe novelas, me enamoré de él leyéndolo.

El artista se emociona, sonríe, me da una palmada en la espalda y le pide unas cervezas a un chico guapo de su banda.

-Un artista de verdad –dice-, escribe para enamorar a las chicas.


6


Hablamos largo y tendido de literatura. No me sorprende verme sorprendido al no conocer a ni uno solo de los autores que me menciona el artista. Decido no mentir, ser yo mismo, al fin y al cabo no me encuentro en un encuentro de escritores donde tengo que asentir a todo momento con mi mejor cara de intelectual cada que me preguntan si he leído a tal o cual escritor que en mi vida he escuchado de su existencia.

-Tenés que leer Martín Fierro –dice el artista.

Le digo que sí, que lo leeré, Martín Fierro y los otros treinta y tantos libros de la literatura gauchesca que me resume de una manera formidable. Entonces, como ya estamos en confianza, en una plática entre amigos, o al menos así lo creo yo, pues solo los amigos de verdad te invitan cerveza y te hablan de literatura sin reservas, cometo el error de recomendarle leer a mis héroes literarios.

-Sí, esta bien, ya he leído algo, me entrevistó recién –dice el artista-, el problema con Bayly es que hace literatura menor.

Quedo estupefacto. Saco un as bajo la manga y le recomiendo leer a mi amado Arturo Pérez-Reverte, y tal como me ocurre en los encuentros de escritores, el artista me dice que no lo conoce. Siendo así, hago lo que hago siempre con los amigos de verdad (traducción: personas que han leídos cien veces más que yo), con sutileza aborto el tema de la literatura para embarcarme en el terreno de la televisión, que es una forma más divertida de hacer literatura.

-¿Curb your Enthusiasm? –dice el artista con un renovado brillo en los ojos-, un monstruo Larry David, un fenómeno.

Rememoramos capítulos. Recordamos chistes. Viajamos al mundo de Seinfeld. Me siento como pez en el agua.

-Pasáme otras birras –le dice el artista a su hermano, que también es el guitarrista de su banda.

Entonces, cruel destino, me entran unas ganas locas por ir al baño. Tiemblo. Sé lo que ocurrirá cuando vaya al baño. Por eso me aguanto dos horas más hasta que mi vejiga está a punto de explotar.

-Tienes cinco minutos –le susurro al oído a Selva.


7


Voy al baño, o mejor dicho, finjo ir al baño. Me escondo entre unos matorrales como un animalejo menor. Asustadizo. Temeroso. El artista le sonríe con coquetería a Selva.

-Si no estuviera aquí tu novio –dice-, te diría racimos de frases que te ruborizaran.

Selva sonríe.

-Mejor no –dice.

-Si no regresa en dos minutos –amenaza coqueto el artista-, te juro que te doy un beso.

Selva sonríe.

-Mejor no –dice.

Me bajo la bragueta, expulso a propulsión a chorro un litro de orín sobre unos yerbajos. Me siento invencible, el hombre más poderoso del mundo, pero al mismo tiempo, me invade la duda corrosiva, sombría: de haber tenido yo la oportunidad franca y abierta, ¿me habría negado a gozar de las caderas que nunca mienten de Shakira? ¿O a los labios calientes y fríos de Katy Perry? ¿Acaso estaré a la altura de mi chica, de sus expectativas, de sus ex novios (todos ellos artistas talentosos), de sus visiones de bruja consumada donde asegura que la publicación de mi novela me colocará en el mapa literario, o sea, en un artista de verdad?

-Ya nos tenemos que ir al hotel –dice el artista-, veníte.

-No –dice Selva-, mejor no.

El artista, mago de las letras, hechicero de la música, genio moderno, sonríe y en un último intento por lograr hacerse de una chica memorable, de nombre imposible, dice:

-En el peor de los casos… –el artista duda un momento- traéte a tu novio.


8


Una hora después, desnudos en la cama, Selva dice que me ama, y yo no puedo más que besarla y poseerla como nunca antes y decirle que la amo también. De fondo, de banda sonora de una cópula rabiosa, el artista porteño, nuestro nuevo gran amigo, nos deleita con un repertorio de canciones enloquecidas e inolvidables.


domingo, 9 de mayo de 2010

La invasión


Una mañana estás sentado en la mesa tomando café con leche cuando llaman a la puerta. Ding. Dong.

More...-¿Le gustaría que le corte el jardín? –dice lo que parece ser un jardinero.

-No, gracias, ya tengo jardinero –dices mirando con desconfianza al zarrapastroso que está ofreciendo sus servicios.

-Ándele, se lo corto bien barato –insiste el jardinero.

Niegas con la cabeza, en mente sólo tienes el café con leche enfriándose sobre la mesa. Entonces, el jardinero, al ver que estás apunto de cerrarle la puerta en las narices, dice una cantidad irrisoria a cobrar por pasarse medio día cortando, desyerbando y dándole forma de animalitos a tu jardín.

-¿Cuánto dijo usted que me cobrará, buen señor? –dices con los ojos redondos como platos.

El jardinero repite la cifra, te metes los dedos en los oídos para limpiártelos y asegurarte que escuchaste bien. El jardinero se impacienta e interpreta tu silencio como una negativa más y para incrementar tu sorpresa reduce más el precio de su trabajo. Entonces tú, apunto de irte de espaldas, guardas la compostura, pones los ojos dubitativos, te cuentas los dedos de la mano sacando cuentas, tuerces la boca, te sabes un actor consumado porque en mente sabes que te has sacado la lotería, hace tiempo que querías correr a tu antiguo jardinero que te cobra una pequeña fortuna por acicalar el jardín de casa.

-Hecho –dice y todavía te das licencia para poner cara de enfado, qué remedio, ni manera, está carísimo el servicio que me estás dando, hombre.

A la semana siguiente, llaman a la puerta. Ding. Dong.

-Bueno días, señor –te saluda el jardinero-. Mire, le traigo a mi primo, es buenísimo reparando tuberías y cualquier desperfecto de la casa.

-No, gracias –dices con cara de pocos amigos, dispuesto a cerrarles la puerta en las narices-, contigo ya tengo gastos suficientes, me estás llevando a la ruina.

Entonces, el primo del jardinero dice el sueldo que pretende ganar. Guardas las compostura, trabajo dificilísimo porque a punto estás de irte de espaldas, te preguntas de dónde diablos sale esta gente que te cobra una miseria por su trabajo, seguro que es Dios que te está premiando por lo buen samaritano que eres. Repites el ritual de actor consumado: pones los ojos dubitativos, te cuentas los dedos de la mano sacando cuentas, tuerces la boca, etcétera.

A los tres días el jardinero y el plomero aparecen en tu cocina, en mitad del desayuno.

-Buenos días, señor –dicen-. Provecho.

Abres la boca redonda, incrédulo.

-Déjalos, mi vida –dice tu esposa, sonriéndote de manera angelical-. Yo les dije que trajeran a sus mujeres, planchan y limpian divino.

Un mes después, lo que habías creído una bendición del Cielo, no es más que una pesadilla, un tormento. En la televisión han dejado de pasar tus programas favoritos, la mayoría de ellos han sido sustituidos por telenovelas. En la sala de casa, las sirvientas no se despegan del televisor, y para peor, tu esposa les acompaña, los puños apretados y maldiciendo al villano fortachón.

Pones los ojos dubitativos, te cuentas los dedos de la mano sacando cuentas, tuerces la boca (ahora ya no estás utilizando tus dotes histriónicos) y descubres que los integrantes de tu familia son los menos dentro de la casa. Incluso tu hija, sospechas, qué vergüenza, se ha liado con el hijo del jardinero.

En la parrillada del domingo ya no hace falta contarte los dedos de la mano y sacar cuentas: en el jardín, en la piscina, en la cocina, en el cuarto de huéspedes, en todas partes están los familiares y amigos del jardinero. Esto tiene que parar, piensas, dándole la vuelta a la hamburguesa para que no se te queme.

-Todos formen una fila –gritas enérgico, voz de padre de familia que busca respetabilidad-. Todos, hasta ustedes.

Tu propia familia te mira raro, pero sin chistar se forman en la fila y te muestran sus identificaciones para que veas que llevan tu apellido.

El resto de los indeseables invitados, o sea, el batallón de jardineros, plomeros y sirvientas (excepto el noviecito jardinero, que para tu sorpresa te mostró una identificación con tu apellido, pues el muy zorro se casó ayer con tu hija) protestan enardecidos y te llaman dictador, inhumano, nazi, etcétera.

Intentas calmar a la turba iracunda. Les dices que sólo necesitas un jardinero, un plomero y una sirvienta. El resto pude marcharse por donde vino. La turba iracunda protesta, patalea y no tienes más remedio que sacarlos a patadas, con lujo de violencia. Pero es inútil, como cucarachas se descuelgan por las ventanas, se filtran por las rendijas de la reja, se te meten por las tuberías.

Tomas cartas en el asunto: los gaseas, machacas, aplastas.

Aterrada, de a poco, la plaga regresa a casa. O sea, a La Alcantarilla. Lugar fétido, húmedo y sucio. Gobernado por los reyes ratas. Roedores pulguientos, voraces e insaciables que no dudan en recibir a sus lacayos como se merecen: explotarlos, humillarlos, sangrarlos, sobajarlos, exprimirlos, llamarlos indios de mierda, es decir, tratarlo peor que a insectos rastreros.

Ding. Dong. Abres la puerta.

-Buenos días –dice Adelina Micha, Carmen Aristegui, Carlitos Loret de Mola, etcétera.

Antes que puedas cerrarles la puerta en las narices, cámara en mano te bombardean con mil y un preguntas.

-Es mi casa y yo invito al que yo quiera –dices indignado-, y si se meten por la ventana mientras duermo, les meto un tiro.

-¡Asesino! –claman justicia a los cuatro vientos los reyes ratas desde sus jardines muy bien podados en La Alcantarilla.


miércoles, 13 de enero de 2010

La finísima anfitriona


No nos engañemos, la Navidad y demás fiestas decembrinas no son fiestas de amor y paz, sino todo lo contrario, es la época perfecta para sincerarnos, es decir, sacar el cobre, mostrar las garras, develar nuestro verdadero rostro.

More...Mi familia (al igual que todas las familias que conozco, sin excepción) tiene la afanosa y desagradable costumbre de hacinarse en una casa. Allí dentro, encerrados, conmemorando el natalicio del niño Jesús, sin rincones donde escondernos, parapetados tras cuatro paredes, esperamos un motivo, una justificación, la chispa que detone la bomba de un nuevo escándalo familiar.

Por ello, esta Navidad había pensando vestir mis mejores harapos y quedarme encerrado en mi cuarto viendo una maratónica jornada de House M.D., por desgracia, el hermano de P, hombre sabio, se me adelantó fingiendo padecer una extraña, contagiosa y nunca antes vista enfermedad invernal.

-¿Así vas a ir vestido? –dice mamá escandalizada al entrar a mi cuarto.

Oficialmente las hostilidades dan inicio. Simulando gallardía, aparentando no estar herido mi honor, inflamo el pecho y busco en mi arsenal de verdades hirientes algo que pueda hacer correr el maquillaje del rostro a mamá, pero mi mejor amiga (y hasta ese instante cómplice), me apuñala por la espalda.

-Ro, dame tu camisa, yo te la plancho.

Mamá abraza a mi ex mejor amiga y le da un sonoro beso. Mi ex mejor amiga pone cara de niña buena, inocente, de perita en dulce; no sospecha mi venganza.

-La quiero bien planchadita –digo desabrochándome mi camisa arrugadísima.

-Aquí está el burro de planchar –me secunda P, mi fiel escudero, anticipándose a cualquier movimiento de retirada de mi ex mejor amiga.

Descamisado, cerveza en mano, cual albañil feliz y rozagante, contemplo mi primera victoria de la noche y pienso (pobre ingenuo de mí) que quizás esta Navidad puede ser la oportunidad perfecta para reconciliarme con el Universo.

Por desgracia he olvidado un pequeño detalle: la fiesta de Navidad es en casa de la finísima anfitriona. Grave error aceptar la invitación. Ella es descendiente directa de la monarquía sueca o de algún reinado escandinavo donde la gente lee en promedio 80 libros al año. No en balde, al verme llegar a su casa, simple lacayo harapiento, me ignora olímpicamente, no así a mi hermana, actual monarca de la belleza de México, a la cual no duda en llenar de zalamerías, abrazar y estrujar como una muñeca de trapo al tiempo que grita:

-Ay, que bueno que vinistes, te hubieras traído tu corona y tu banda puestas –dice, muy juguetona ella, con su risilla estridente, taladrante.

Mamá, otra ignorada de la noche, cual malabarista de circo, pregunta dónde puede colocar la enorme pierna y el suflé de arroz que con tanto amor y cariño ha preparado para la cena. La finísima anfitriona con un ademán desdeñoso señala la cocina. Mamá, mártir de corazón y convicción no tiene empacho en soportar metralla. Humillación tras humillación. Día tras día, estoica, impertérrita, hace oídos sordos, se hace de la vista gorda, aguanta berrinches, gritos, desplantes y groserías. En pocas palabras, es una dama de buena cuna que está dispuesta a soportarlo todo, todo sea por mantener la armonía ficticia de la familia, pues para la finísima anfitriona (sus ojos no mienten) mi familia no es más que una manada de salvajes y arribistas. Neandertales con ropa (en mi caso, ropa arrugada y vieja).

-Ay, Monina, este año ojala que Santa Clause te traiga un tanque de gasolina interminable para que puedas llevar y traer a los niños al colegio y no te quedes sin los pocos pesos que te quedan –dice la finísima anfitriona, mujer de cultura inconmensurable que le hace tener un tacto para decir las cosas en el momento justo, o sea, en mitad de la cena.

Desde mi lugar puedo oír perfecto el crujir de la mandíbula de mamá, pero ella no dice nada, guarda silencio, prefiere fingir demencia, besar a uno de sus nietos y perder la mirada en el arbolito de Navidad platinado giratorio.

Algunos primos nos vamos al fondo del jardín a emborracharnos. A rememorar anécdotas del pasado contadas una y mil veces. A reírnos de nuestras patéticas y desperdiciadas vidas. A celebrar nuestros contados triunfos, los pequeños golpes de suerte.

-Miren lo que tengo aquí –susurra L.

Debajo de su chamarra, cual terrorista de Al Qaeda hay un arsenal de petardos, voladores y otras pirotecnias de grueso calibre.

Como niños, los rostros redondos de alegría, salimos presurosos a reventar el armamento ilegal a la calle. De igual forma que papá y mis tíos nos enseñaron de pequeños a maravillarnos en Navidad y Año Nuevo con las explosiones estruendosas y multicolores en el cielo, llamamos a nuestros sobrinos para continuar con la tradición.

-¡Locos, son unos locos! –grita la finísima anfitriona arrebatándome de las manos a mis dos sobrinos.

Intento explicarle a la finísima anfitriona que sus nietos no corren peligro, que es poco probable que un volador los haga volar en mil pedazos como a los niños iraquíes. La finísima anfitriona no se toma la molestia de responderme. Me da la espalda refunfuñando que soy un salvaje. Una pésima influencia.

Entrada la madrugada aparecen algunos amigos y otros primos a felicitarnos. Nos fundimos en abrazos. Les invitamos cervezas y tragos para que se embriaguen con nosotros. Cuchicheamos, reímos, chismorreamos. La finísima anfitriona nos espía desde la ventana de la sala. Nadie ha venido a felicitarla. Por eso nos espía. Con el ceño fruncido. No puede comprender cómo una mujer tan fina como ella puede estar sola. Por eso le ha comprado a sus nietos una cantidad grosera de regalos, para ver si ellos le hacen fiesta. Pero sus nietos hace horas que se fueron a dormir. Ahora su único pasatiempo es vernos en el fondo de su jardín tomando y hablando.

Y allí esta ella, con sus ojillos envenenados, observando, o mejor dicho, observándome. Amargada de estar alimentando por una noche a un muerto de hambre, un paria. Y mientras me observa con evidente repugnancia mi venganza silenciosa es rememorar sus desplantes más pintorescos y chispeantes. Sus aires de grandeza, de alcurnia comprada. De gran dama falsa. Su operación facial que lejos de arreglarle el rostro le dejó unos cachetitos plastilizados igualitos a los de Kiko. Su penosa autoproclamación como “la abuelita más divertida del mundo”, esto por el afanoso y arduo trabajo de pasar maratónicas jornadas delante del televisor en compañía de sus nietos viendo La familia Peluche, Big Brother, Muévete y demás programas educativos y finísimos como ella.

Entonces recuerdo que es Navidad, que no debo hacerme mala sangre con nadie, menos con un integrante de la familia. Así que me uno al jolgorio con mis primos y amigos en el jardín, donde todos parecen estar felices. Pasándosela de lo lindo. Como el niño Jesús hubiera querido que uno se la pasara el día de su alumbramiento. Es quizás, pienso, alcoholizado, una de las mejores Navidades que he pasado en años. Tal vez la última Navidad que pase a lado de mi hermana que en pocos días emigrará a vivir al DF. Por eso todos bebemos en su honor. A su belleza. Y por qué no, mentalmente decido brindar por el patetismo de la finísima anfitriona que en un arrebato de amargura, no aguanta ni un segundo más, sale al jardín pegando de gritos, diciendo que no son horas de estar en una casa tan decente.

Para mi sorpresa, en un acto de civismo que merece un monumento, nadie de los invitados se indigna. Envidio ese temple. Con pasos jacarandosos todos abandonan la casa. Los sigo, no sin poder ocultar una sonrisa, admito estar orgulloso y más que satisfecho de que la finísima anfitriona revelara delante de toda la familia su verdadero rostro.

-¡Los vasos, devuelvan los vasos, ladrones! –grita.

Obedientes los invitados vierten sus bebidas en el jardín y entregan con toda delicadeza los costosísimos vasos navideños desechables a la finísima anfitriona.

-¡Largo, lárguense de mi casa! –grita.

Decido ignorar sus gritos, su actitud agresiva, pues siendo una fecha de amor y paz, me aventuro en desearle feliz Navidad, y ella, no podía esperar menos, me revienta la puerta en las narices. Los invitados no se dejan amedrentar y proponen ir a tomar al terreno baldío de enfrente. Sacamos las cervezas y ahora sí decido brindar a los cuatro vientos y a todo pulmón por la finísima anfitriona que nos observa desde detrás de las cortinas de su habitación en el segundo piso.

Lleno de gallardía, con un valor nunca antes visto en mí, juro por el pequeño niño Jesús de Nazaret que en mi mugrosa vida volveré a pisar la casa de la finísima anfitriona. Otros, sin embargo, menos rencorosos y más sabios, piensan que la familia es la familia. Hay tiempos y momentos en que hay que enrollar la cola, perder la poca dignidad que queda y seguir soportando los desplantes y groserías de la finísima anfitriona por los años que le resten de vida.

-Pues yo soy un hombre de palabra y pienso cumplir mi promesa –digo, ufano, terco, con la camisa arrugada de tantos abrazos navideños.

De pronto, cruel destino, mi estomago emite un ruido horripilante.

-Me estoy cagando –digo desesperado, el rostro descompuesto, las manos oprimiendo el vientre.

Mi hermano saca de los bolsillos de su pantalón las llaves de la casa de la finísima anfitriona y me apresura a correr al baño.

Para sorpresa y asco de todos, rechazo las llaves. En largas zancadas me interno en la maleza del terreno baldío, me bajo el pantalón y me inclino en cuclillas al tiempo que sonrío como un cavernícola travieso. A lo lejos de la avenida, cuando el cielo empieza a aclarar y los pájaros a trinar en las copas de los árboles, unas luces brillantes, rojas y azules se aproximan a toda velocidad.

Nunca en la vida me dio tanto gusto pisar la cárcel. Siempre supe que sería mi propia familia la que me privaría de la libertad.

Este año nuevo, a mi familia política, que de política no tiene nada, he decidido declararles la guerra, bajarme a su nivel y con gustosa alegría arañar, bramar, aullar y patalear igualito que ellos, y cuando me increpen y digan que he deshonrado y dividido a la familia, demostraré que soy un discípulo aventajado de mamá, es decir, fingiendo demencia diré que este escrito no es más que un fragmento de mi interminable novela, o sea, mera ficción, producto de mis dislates creativos, cosa que, dicho sea de paso, puede que sea la más absoluta de las verdades.