martes, 21 de septiembre de 2010

El aniversario



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Me resisto a creer en supercherías, pero desde que la bruja Betty me dijo en el año 2002 que me convertiría en un escritor best-seller cuando apareciera en mi vida una chica de nombre imposible y más loca que una cabra, no he dejado de involucrarme en relaciones peligrosas con mujeres de tornillos sueltos. No es de extrañar entonces que desde el 2002 decidiera de golpe y porrazo abandonar mi meteórica carrera como vendedor en un corporativo transnacional para dedicarme al poco glamoroso oficio de las letras y convertir en mi musa a cada mujer con la que me involucraba sentimentalmente, primero escribiéndoles los poemas más cursis y patéticos jamás creados, y después, convirtiéndolas en protagonistas de cada uno de mis fallidos intentos de novelas.

More...No hubo chica que no se emocionara al conocer la historia de la bruja Betty. El mejor afrodisíaco no son los mariscos, el alcohol o la yumbina, sino la inmortalidad que brinda un best-seller.

-¿Verdad que seré yo la mujer que te haga famoso? –preguntaban todas mis chicas con ojos soñadores, pero lo que en realidad querían decir era: más te vale que sea yo la protagonistas de todas tus novelas, ya me estoy hartando de que me vean mis amigas de la mano de un muerto de hambre.

Paulina, Martina, Valentina y otros nombres propios de mujer fueron los títulos de mis proyectos de novelas, todos ellos rechazados por el FONCA, Fundación para las Letras Mexicanas y otros organismos tanto privados como gubernamentales que dicen apoyar a los artistas torturados y desesperados por salir del anonimato y la hambruna.


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Selva Rodríguez es una superestrella de las redes sociales del ciberespacio. Sus casi cinco mil amigos en el Facebook y el más de un millón de visitantes en Myspace lo avalan. Mujer camaleónica en su aspecto, modo de hablar y comportarse. Artista, diva, estrella porno, groupie, casta, pura e hija de papá. Obsesiva compulsiva. Meta en la vida (por ahora): poseer el culo monumental de Ninel Conde.

En un día como hoy pero hace exactamente doce meses, sentada a horcajadas sobre mí, sus rodillas aplastándome las manos, me miró a los ojos y me dijo que fuera su novio. Dudé. Mi instinto de supervivencia me advirtió que era peligroso involucrarse con una perfecta desconocida, o mejor dicho, con una chica que había visto solo un par de veces en carne y hueso fuera del monitor de mi computadora.

-¿No quieres ser mi novio?

-Sí.

-¿Sí qué?

-Sí quiero ser tu novio.

Selva me liberó apartando sus rodillas de mis brazos. Me dio un beso y encendió un cigarro.


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Me prometí a mi mismo jamás volver a contar la historia de mi visita a la casa de la bruja Betty en el lejano 2002. No resistí, mi secreto permaneció oculto solo dos meses.

-Perfecto –dijo Selva colocando el enésimo cigarro de la noche en sus labios-, vas a escribir sobre mí, si te rechazan el proyecto, te dejo.

Todos los días Selva me platicaba una historia nueva sobre su vida, por ejemplo, que descubrió la fascinación de ser una exhibicionista desde el kinder, donde acorralaba al final de los recreos a su amiguito José y le decía “mira”, bajándose el calzón. O el día que su nana le descubrió tres remolinos en la cabeza y le advirtió a su mamá que ella sería una niña mala, que daría muchos problemas. O el día que asesinó y resucitó a 26 pollitos. O la vez que en clase de gimnasia se agarró a trompadas en los baños con una niña con síndrome de Down que le robó su mochila de Hello Kitty. O lo traumático que fue regresar a la secundaria luego de las vacaciones de verano en donde le brotaran de la noche a la mañana unas tetas supersónicas que solo pudieron ser contenidas por un brassiere talla 28 i. O cuando fue expulsada de todas las escuelas de monjas de la ciudad y en castigo sus papás la inscribieron en una escuela de poca monta donde sus compañeras le pedían autógrafos porque se pintó el pelo rubio platinado y se parecía a Cristina Aguilera y a Paris Hilton. O el día que su mejor amigo le dijo que se iba a matar si no le daba un beso y se convertía en su novia. O cuando las rezadoras amigas de su mamá expulsaron a 33 demonios que vivían en su cuarto. O la primera y única vez en su vida que se subió a un camión para salir de extra en la película Antes que anochezca y terminó enseñándole a jugar lotería a Javier Bardem en su camerino. O la primera vez que fue a la disco y un famoso cantante de canciones cursis le susurró al oído que quería darle un cojín marca diablo. O cuando su mamá la inscribió a la fuerza a un curso de etiqueta social llamado “Dale color a tu vida” impartido por una ex Señorita México donde todo el alumnado eran señoras desesperadas y golpeadas por sus maridos. O los celos incontrolables de su ex novio ex integrante de una banda de rock ex famosa. O sus peripecias para mantener oculto su pequeño secreto: ser la cantante travesti de rimas inflamadas de una banda de reggaetón. O ser la groupie favorita de cocainómanos consumados que aparecen en MTV. O la musa inspiradora (vía Skype) de las puñetas rabiosas y explosivas del máximo exponente musical chileno. O la amante del cosmopolita diseñador de productos afincado en la Gran Manzana. Y 349 etcéteras.


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Estamos en un restaurante italiano. Selva y yo cumplimos un año de estar juntos. Apenas hace unas horas logré escapar del infierno que es el DF. Selva levanta su coca-cola y brinda por nosotros. Me confiesa que tuvo terror que los jueces del FONCA rechazaran mi proyecto.

-Lo único realmente imperdonable en esta vida es tener una biografía aburrida –dice.

La miro y me pregunto qué habré hecho para merecer este regalo que apareció de la nada, o mejor dicho, de Internet. Una mezcla de Peggy Bundy y Penélope Cruz. Selva enciende su cigarro 23 de la noche.

-Mis tíos nos invitaron a almorzar mañana –dice.

-No, gracias.

-Tranquilo –Selva desliza unos billetes sobre la mesa.

Quedo pasmado. Nunca imaginé que llegaría el día en que mi chica tuviera que sobornarme para asistir a los almuerzos con su familia.

-Vamos a comer en un restaurante de la playa.

-…

-Quiero que vean que tú pagas la cuenta –Selva le da una calada al cigarro.

Vuelvo a quedar pasmado.

-Lo sé, es humillante –Selva succiona el cigarro.

La siguiente media hora Selva se dedica a explicarme que sus tíos, los únicos familiares que quiere de su familia, han empezado a cuestionarla, en especial su tío, General del heroico ejercito militar, quien aseguró que eso de escribir lo hace cualquiera, de hecho él podría escribir un libro si no estuviera tan ocupado confiscando cargamentos de cocaína.

-La cuenta, señorita –dice el mesero, entregándole a mi chica una pequeña carpeta de cuero; al parecer la vio deslizar unos billetes sobre la mesa, llevándolo a la conclusión de que soy un prostituto, un vividor o un mantenido.

Indignado, tomo la carpeta de cuero y pago la cuenta. El mesero se retira.

-Toma –dice Selva deslizando otros billetes sobre la mesa.

-No pienso aceptar tu dinero –digo enfadado.

-No estoy jugando –Selva se pone otro cigarro en la boca-. Mis tíos creen que ganas dinero escribiendo.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Nadie escapa del destino


“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.”
- Jean de la Fontaine



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Durante 6 larguísimo años, siempre lejos de casa, esperé ser despertado con la buena nueva de que la critica literaria nacional me acogía entre su selecto club de intelectuales. Traducción: recibir la noticia de ser un becario FONCA. Sin embargo, más que el dinero, lo que en verdad anhelaba yo era ver mi nombre impreso en los principales periódicos del país, o sea, darle una cachetada con guante blanco a todos mis enemigos, entiéndase por ellos, el licenciado Cara de Sapo, el círculo de cacatúas literarias de la Universidad Autónoma de Campeche y, en especial, al rey de los puteros.

More...La segunda quincena del mes de agosto es marcado en el calendario con rojo azabache o con un color fosforescente por todo escritor serie B, o de segunda o tercera división. El escritor serie B, mejor conocido por publicar en periódicos, pasquines y revistas de cotilleo (todos de provincia), es un sujeto soñador, amante de las proezas deportivas y/o gestas bélicas hollywoodenses. No es de extrañar que antes de irse a dormir, en especial la segunda quincena del mes de agosto, sus fantasías giren en torno a él, la nariz rozando el periódico y/o la pantalla de la computadora, las lágrimas desbordadas de los lagrimales, los puños al aire, al encontrar su nombre finalmente publicado después de tantos años de rechazo.

En mis afiebrados sueños de verano, lo mío era correr cuan largo es el malecón hasta el bar La Tasca, a lo Marco Tardelli en la final de España ´82, meneando la cabeza enloquecida de lado a lado, los puños apretados, y Pedro, Eutimio Estrella, Juanito, William, Hortensia y toda la movida campechana, tirándome de la camiseta a mis espaldas para derribarme y hacerme bolita en una celebración multitudinaria.


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Todo comenzó una inusual, fría y nublada mañana de diciembre del año 2002. Juan Camilo, Brito y yo estábamos decididos a conocer nuestro destino.

-Los estaba esperando –dice doña Betty con aire misterioso al abrir la puerta de latón de su casa.

-Asu, esta bruja sí que ha de ser buena –dice Juan Camilo en un susurro.

-Sí, buenísima –dice Brito-, justo ayer hice la cita para hoy.

La casa de doña Betty, alias, la bruja Betty, está en las afueras de la ciudad, zona mejor conocida por el INEGI como los cinturones de pobreza del Estado. No en balde Juan Camilo, hijo del secretario de gobierno, le dijo a Lucas, su chofer, que llevara el cuerno de chivo por si las flies.

-Gracias, Juanito, pero a mí esas cosas de brujería me dan cosa –dijo Lucas quedándose dentro de la camioneta cuando el hijo del patrón lo invitó a entrar a casa de doña Betty para que le leyeran su futuro.

-Ándale Lucas, no seas culero –insistió Juan Camilo-, yo te disparo la sesión.

-Gracias, Juanito –se resistió Lucas a salir de la camioneta-. Yo sí sé bien clarito cuál es mi futuro en la vida.

En el patio, infestado de bichos y yerbajos, un pato persigue a una gallina.

-Mira, sexo interracial –dice Brito.

-Asu –exclama Juan Camilo-, qué miedo da este lugar.

Seguimos a doña Betty hasta un cobertizo al fondo del patio. Ella se voltea y nos dice:

-Solo puede entrar uno a la vez.

-¿Y cuánto cobra? –pregunta Juan Camilo.

-Cincuenta pesos –responde doña Betty.

-¿Segura que sí es buena, señora? –dice Juan Camilo.

Los pelos se me ponen de punta. Una cosa es que sea ateo y no crea en dioses, brujas, supercherías y otros tipos de timos, pero una muy distinta es encontrarme en los requintos infiernos en la casa de una señora con el físico de Martha Villalobos donde se pone en entredicho la credibilidad del oficio que le da de comer.

Doña Betty se nos queda mirando. Pone cara sombría, peligrosa. Rompe el silencio (para sorpresa de todos) soltando la barbaridad de que ha nacido con ropa.

-¿Cómo qué con ropa? –dice Juan Camilo, los ojos redondos como ciruelas-. O sea, ¿nació usted vestida?

La bruja asiente satisfecha.

Reprimo una carcajada, más me vale, a un costado mío un pato copula con una gallina.

-¿Con calzón y toda la cosa? –prosigue Juan Camilo con su interrogatorio.

-No –dice la bruja visiblemente indignada-. Solo con un ropón.

-¿Y dónde está el ropón? –dice Juan Camilo.

-Se lo comió la serpiente.

-¿Una serpiente?

-Sí –dice la bruja señalando nuestros pies-. La que apareció justo ahí.

Con la coordinación de una barrera de fútbol, Juan Camilo, Brito y yo pegamos un brinco.

La bruja se ríe de nuestro patetismo. Luego agrega:

-Era una serpiente con cuernos de chivo.

Pienso: el único cuerno de chivo que quiero ver a estas alturas es el que Lucas esconde debajo del siento de la camioneta para matar zetas y/o indios revoltosos. Imagino a Lucas, mi héroe, abriendo fuego y rescatándonos del surrealista patio trasero de la bruja.

Entonces, antes de que Juan Camilo pudiera preguntar dónde está la serpiente de los cuernos de chivo, doña Betty explica que la serpiente después de comerse su ropa de nacimiento, se le cayeron los cuernos de chivo y también se los comió, y luego se comió su cola hasta devorarse a si misma y despareció en la espesura de la noche.

-La típica señal de que yo había nacido con el don –dice la bruja.

-Asu –dice Juan Camilo, la boca abierta.


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-Y qué, ¿cómo les fue, Juanito? –dice Lucas al vernos subir a la camioneta.

-Puras mamadas –dice Juan Camilo.

-Sí, puras mamadas –secunda Brito a Juan Camilo.

Lo que ocurrió fue lo siguiente. Juan Camilo fue el primero en entrar al cobertizo, pues Juan Camilo siempre tiene que ser el primero en todo, el número uno, no por nada su papá fue el único secretario de gobierno en toda la historia del Estado en aventarse tres sexenios.

-Pinche bruja se me queda viendo con unos ojos de loca… –dice Juan Camilo desde el asiento del copiloto girando la cuello 180 grados como Linda Blair en El Exorcista- y que me dice: “a ti ni como ayudarte, vas a fracasar en todo lo que hagas en la vida”. –Juan Camilo finge una carcajada-. Y como soy reputo le dije que no mame, que tire las cartas otra vez y que me diga cosas buenas como todas las brujas buenas que te dicen que vas a ser rico y famoso.

-¿Y qué pasó, Juanito? –pregunta Lucas intrigado-. ¿Volvió a tirar las cartas?

-Sí, me dijo que estoy peleado con el Universo –dice Juan Camilo-. Tuve que pagarle el doble para que me dijera que voy a ser un chingón.


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Nota informativa: en el año 2010, año del bicentenario, en 80 años de historia que tiene el Partido Oficial gobernando el Estado, nunca jamás había perdido unas elecciones municipales, hasta que Juan Camilo coordinó la campaña de su papá, el ex secretario de gobierno, recibiendo una paliza nunca antes vista en las elecciones que ni siquiera pudieron paliar los mapaches que robaron las urnas llenas de votos en las colonias populares donde se sabía la oposición arrasaría.


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-¿Y a ti cómo te fue, güero? –pregunta Lucas, chofer curioso, el cuello torcido desde el asiento del piloto.

Brito y Juan Camilo me miran expectantes.

-Igual, puras mamadas –digo nervioso, mirando los agujeros de mi camiseta deshilachada.

-Pero qué te dijo la bruja –insiste Lucas.

-Lo que a todos, que voy a tener fama y fortuna –digo.

-¿Nada más eso? –dice Juan Camilo mirándome inquisitoriamente.

Ni loco pienso confesar la barbaridad que me dijo la bruja Betty, o sea, que soy un ser iluminado que conseguirá todo cuanto desea, pero eso sí, esto será hasta que aparezca en mi vida una mujer con un nombre insospechado, más loca que una cabra y de la cual me enamoraré como solo se enamoran los dementes.

-Sí, solo eso dijo –miento.

-Ay, no mames –dice Juan Camilo.


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Estoy más lejos que nunca de casa. En el DF, ciudad inmensa, monstruosa, que tanto me aterra y saca mi peor versión de provinciano asustadizo. Capital a la que me recomiendan emigrar mis amigos literatos si es que deseo ser algún día un escritor de primera línea, ascender a la primera división o premier league.

Pese a lo que puedan pensar y creer mis enemigos, no estoy buscando fortuna o salir de mi provincianismo o convertirme en un hombre cosmopolita que se pasea enfundado con sacos de parches en los codos por las colonias Condesa y Polanco. No. Muy a mi pesar, estoy por asuntos familiares. Apagando fuegos. Documentándome, o sea, leyendo revistuchas y horrorosos libros autobiográficos escritos por una Miss Universo y viendo programas de cotilleo donde insectos rastreros difaman a mi pequeña hermana Bicho, la reina de belleza. Así que todos los días, sin excepción, lleno mi cabeza con más basura de lo que acostumbro. Tomo nota. Palabra por palabra. O sea, todas las palabras dichas o escritas por sabandijas. Animalejos sin escrúpulo alguno.

Al llegar la noche caigo rendido. Con los ojos hinchados por el smog y por la radiación excesiva de la televisión. Pensando en cada una de las palabras que le diré a Rosita Stewart, la ex Miss Universo, jefa de Bicho, para que ella, señora magnánima, no le quite la corona a mi hermana basándose en los chismeríos que le cuentan sus amigos y que luego aparecen publicados en revistas de cotilleo, como por ejemplo, que mi hermana padece bulimia, entre otras cosas horribles.

En eso están centradas todas mis fuerzas. Y en nada más. No tengo más cabeza que para pensar en la defensa de Bicho. Paliar su sufrimiento y angustia. Demostrar su inocencia, clamar justicia y hacer que se traguen todo su veneno las alimañas ponzoñosas. Dejar en claro que un escritor mediocre y muerto de hambre también sabe defender con uñas y dientes a sus seres queridos. Ese es ahora mi mundo. Mi único panorama. No es de extrañar que haya olvidado en la calurosa provincia, a cientos de kilómetros, mi enorme calendario, es decir, la hoja de la segunda quincena del mes de agosto marcada con color rojo.


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Son las cuatro y media de la madrugada. Suena mi celular. Me pregunto quién podrá ser el subnormal que llama a estas horas.

-¿Bueno? –digo, aún dormido.

Del otro lado de la línea escucho gritos, música. Belinda o tal vez Miley Cyrus.

-Papi, estoy bailando de felicidad, como loca. Te dije que te cambiaría la vida.

Aún dormido, le digo a Selva, mi chica, que no sé de qué diablos me está hablando, que es una inconciente, una borracha desconsiderada por despertarme a tan imprudentes horas.

-Chinga tu madre –dice Selva-, ganaste el FONCA.

martes, 24 de agosto de 2010

Reinas fuera de este Universo



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A pocos días de que un país surrealista e imposible como México celebre su tan cacareado bicentenario de Independencia, y su no menos cacareado centenario de la Revolución, los mexicanos, místicos y amantes de la superchería, esperábamos que este 2010 fuera digno de quedar grabado con letras doradas en los anales de nuestra historia, ya fuera por una hazaña épica o por un memorable baño de sangre.

More...La hazaña épica puede esperar otros 100 años, muy a pesar de que Javier Aguirre, cual héroe patrio (elija el de su preferencia), en pleno Paseo de Reforma, el dorado Ángel de la Independencia a sus espaldas, nos arengara a dejar el sarape y el sombrero, o sea, el tercermundismo, y salir a las calles como guerreros emplumados aztecas a bebernos hasta la última gota de cerveza de los bares, pues él, símbolo patrio de carne hueso, escoltado por 22 machos mexicanos, conquistarían la Copa del Mundo.

Dato curioso: si hace 200 años hubiéramos hecho oídos sordos al cura pelón, al hombre de la pañoleta y a otros señores de bigotes y patillas largas, ahora mismo seríamos los borrachos más felices del mundo.

En cuanto al baño de sangre, para tranquilidad de mamá y otras señoras recatadas, sólo ocurre cuando llegan tarde a casa luego de alguna mutualista, y en pantalla en vez de aparecer el cuarentón de Colunga y la cuarentona ardiente de Lucerito, ambos fingiendo ser unos acaramelados adolescentes, Lopéz-Dóriga presenta gente decapitada o destripada en la chulísima guerra que sostienen los carteles de la droga con el ejército.

Dato curioso o dato para tranquilidad de todas las señoras con peinados de periquito australiano: AMLO en vez de comandar una turba iracunda de indiarracos muertos de hambre a tomar las casas residenciales de los barrios bonitos del la ciudad, publicó un libro desenmascarando a los hombres más ricos de México en sus turbios negocios con el gobierno. Libro que como era de esperarse en un país analfabeto, ha pasado sin pena ni gloria.

Conclusión: si no ganamos la Copa del Mundo y no nos descuartizamos los unos a los otros en nombre de la igualdad, ¿qué evento nos queda por recordar y celebrar por los siglos de los siglos, ebrios y gritando “México, México, México” al pie del Ángel de la Independencia en este cabalístico 2010?


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En cuestión de una semana (¿acaso será el aura cósmica del bicentenario?) ocurrieron dos eventos que parecían imposibles de suceder, al menos en lo que me resta de vida: uno, luego de más de un lustro de intentar sin éxito sangrar al gobierno estatal, federal y/o algún otro incauto, a CONACULTA (benditos sean, de ahora en adelante creeré en las instituciones) le pareció una buena idea subsidiar por un año mi subversivo y haragán estilo de vida, siempre y cuando les entregue una novela de 400 páginas donde descargue mi odio hacia todos mis enemigos; dos, una mujer que quiero mucho, una amiga de verdad, de carne y hueso, fue coronada el día de ayer la mujer más hermosa del Universo, con el perdón de las damas de la Vía Láctea y otras señoritas extraterrestres.


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Dejando a un lado la tradición muy mexicana de colgarme del éxito ajeno, de subirme al carro de la victoria y/o de salir rodeado de plumíferos blandiendo por los aires pistolas de pelo y banderas de México a gritar al Ángel de la Independencia que somos guapísimos y no uno de los países más peligrosamente gordos del mundo, evitaré de hoy en adelante regodearme y restregarle a los dos o tres que leen esta columna que fui yo quien pronosticó en mi blog rosa que Ximena se levantaría con la corona de Miss Universo luego de hacer el paso del robot como Dios manda.

Tampoco caeré en el patetismo de repetir hasta el hartazgo que una Miss Universo durmió en mi casa. O tal vez sí.


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Jueves en la noche, terminada la pasarela a beneficio de la Cruz Roja en el hotel Hyatt, y luego de ser rodeados por una cantidad grosera de pajarracos donde Ximena y Bicho complacieron con todo suerte de sonrisas y poses a los seres alados de peinados estrafalarios hasta que las memorias de sus cámaras digitales se rebosaron de fotografías, salimos huyendo del hotel con las tripas chillando hambre.

-¿A dónde quieres ir a cenar, mi vida? –dijo mamá.

-A donde ustedes quieran, tía –dijo Ximena.

Estando yo al volante, en la cartera el sueldo de un escritor desempleado, dirigí el coche de mamá a los tacos de la esquina de la casa.

Sin apartar los tacos al pastor de sus fauces, los pantagruélicos comensales, al ver llegar a dos mujerones enfundadas en trajes de noche, se miraron los unos a los otros.

-¿No es esa Miss México? –le susurró un hipopótamo a un elefante.

-Hasta crees –respondió el elefante poniendo los ojos en blanco; ignoro si por el placer de succionar un taco de costilla entero o como muestra de incredulidad por la estúpida pregunta de su rotundo compañero.


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Todos creen que una Miss Universo es un ser intergaláctico, habitante de otro sistema solar, un alienígena de curvas cósmicas, siderales. No es así. O al menos, las mexicanas sí que son de carne y hueso. O eso sospecho de una de ellas. La que se coronó hace 19 años tiene una mirada oscura, tan oscura y peligrosa como los agujeros negros que tanto miedo le daban al Capitán Kirk y al vulcano de Spock. Cuando te mira, sientes que quiere tragarte, aplastarte como el insecto insignificante que eres. La otra, es un sol. Inmenso. Lleno de luz. Una mujer real. De la misma cepa que Bicho, mujeres que no presumen su belleza o hacen de ella su único atributo. Chicas con el sentido del humor bien afilado, cual navaja. Capaces de disfrutar de igual forma una velada en compañía de amigos sea en un hotel de cinco estrellas o en una fonda rodeada de perros pulguientos. Sabedoras que detrás de la parafernalia de la belleza existe una vida, una vida cotidiana y monótona.


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Los ojos no mienten. O al menos, a mí no me engañan. No tengo que ser adivino para saber lo que allí hay dentro. Luego de un año duro de trabajo (por calificarlo de algún modo), lejos de la familia, de ese chico que le brillan los ojos de amor y que amas hasta la médula, lo último que deseas es seguir distante, a años luz, perdida en una nebulosa de luces brillantes, que te pongan otra corona en la cabeza, una más pesada y más reluciente, solo significa alejarte más, como un cometa, ver desaparecer enraizados en Tierra a los seres queridos, lo único que anhelas es escuchar el nombre de esa isla del Caribe, bajar a ras de suelo y fundirte en un abrazo con tu familia y estamparle un beso largo y puro de Reina de Disney al chico de los ojos soñadores que es tu Príncipe Azul y que aparezcan de una maldita vez los juegos pirotécnicos y la palabra FIN o Colorín colorado este cuento se ha acabado; pero entonces escuchas el nombre de tu país, México, todos te abrazan y desapareces escoltada por la guardia real Trump.

Y a mi lado, tu compañera de guerra, la Reina Amazona, la Diosa Griega, abandonada a su suerte, difamada y expuesta en un mugriento espectacular en Viaducto entronque Iztapalapa, olvida por un instante la tragedia en que se ha convertido su vida, y se le llenan los ojos de lágrimas de emoción, de orgullo.

-Lo hiciste, Xime –dice abrazando a mamá-, lo hiciste.

No soy quien para interrumpir la magia de la escena, así que me muerdo la lengua, perdiendo la mirada en la ventana del departamento. Lo hicieron, susurró viendo el corredor oscuro y desierto de la calle Amsterdam.

miércoles, 14 de julio de 2010

Lo que nos dejan los Mundiales


“Ya no existe la bohemia de antes. Hoy el mensaje es más claro: si ganás, servís; si perdés, no.”
- Adolfo Pernera


Dicen los que saben, los memoriosos, los amantes del fútbol, gente con nombres raros como Barak y apellidos todavía más extravagantes, imposibles, arrevesados, como Fever, que el verdadero motivo por el cual el Mundial se juega cada cuatro años puede deberse a la existencia de pruebas que avalen que se trata del tiempo justo para que nuestro cerebro olvide que en realidad son aburrídisimos.

Y es que, desde que tengo uso de razón, me han dicho que cada cuatro años ocurre un evento que justifica nuestra presencia en este planeta. Una celebración que dura un mes y de la cual almaceno en mi desmemoriada memoria una serie de datos que avergonzarían a los apasionados del fútbol, señores que desde pequeñito me hablaron acerca de dioses terrenales llamados Puskás, Pelé, Didi, Di Stefano, Platini, Beckenbauer, Müller, Neeskens, Cruyff, Kempes y Maradona, a este último señalándolo con el dedo índice frente al televisor; “corre, gordo, corre”, decían y luego se desgañitaban al unísono en un grito histérico “¡gooooooooool!”, para luego darle paso a mi memoria a una habitación llena de niños desconocidos, todos idiotizados delante de una pantalla viendo la caricatura El último unicornio.

¿Por qué papá dejó que mamá me separara de su lado y de sus amigotes alcoholizados en esa primera comunión o bautizo del año ´86? Aquella fue mi última y única oportunidad de presenciar, formar parte de esa fiesta que decían era la justificación de que el hombre haya venido a la Tierra.

Cuatro años más tarde todo pareció haber cambiado. Terminado. La gran celebración a la que solo le permitían la entrada a señores en pantaloncillos cortos dispuestos a hacer gestas heroicas se convirtió en un mito delante de mis ojos.

En el ´90 me la pasé simulando alegría como una señora que simula orgasmos cuando su esposo gordo y calvo se digna a violarla en la cocina: “¡gooooooooool!”,  gritaba cada que marcaban los holandeses y los argentinos. A falta de emociones dentro de la cancha, mi cerebro empezó a almacenar recuerdos extrafutbolísticos o ligados al futbol pero que ocurrían en las inmediaciones de la cancha. Es decir, si algo me iba a quitar el sueño cada cuatro años tendría que ser algo tan monumental e inolvidable como ver por vez primera a una mujer desnuda, en este caso la delantera de una señorita llamada Cicciolina, mujer arriesgada, aguerrida, sin tapujos, que en mitad de una plaza pública se levantó la playera para que todos sus seguidores le estrujaran sus blancas carnes, (dato curioso: Ron Jeremy interpretó a Maradona en la porno del Mundial del ‘90 llamada Cicciolina e Moana ai mondiali que hizo Cicciolina) o presenciar por primera vez el insólito llanto de un adulto, desbordado, desmedido, casi infantil; el mismo señor al que cuatro años atrás papá le gritaba: “corre, gordo, corre”.

En el ´94 mi obsesión fue buscar en el graderío a mis amigos árabes y turcos, cuyos padres pudieron costear el viaje a los Estados Unidos gracias al agiotismo, la usura y la explotación de la clase obrera. Me ardió el hígado cuando las cámaras de TV Azteca y Televisa los enfocaron en butacas de primera fila. También recuerdo las estrafalarias melenas del Pibe Valderrama, René Higuita y Leonel Álvarez. Y cómo olvidar el rostro de muerto viviente de Andrés Escobar al empujar dramáticamente la pelota en su propia portería en aquel partido contra los gringos. Todos presagiamos que algo más terrible que la eliminación de Colombia sucedería.

Y así me podría ir Mundial tras Mundial. Citando mil y un anécdotas que vinieron a suplir el jogo bonito de Brasil o el fútbol total de Holanda de la que tanto me habló papá. Por ello doy un gran salto de 16 años en el tiempo (3 Copas del Mundo) para aterrizar en la recién clausurada Sudáfrica.      

¿Acaso me sorprendió que el 90% de los partidos de este Mundial fueran un autentico somnífero? ¡Por supuesto que no, faltaba más! Soy un hombre de mediana edad que se está quedando calvo. Sin embargo, no por ello dejé de madrugar. Todos los días. Durante un largo mes. Hice crónicas alrededor de los  partidos. Subí 51 posts mundialistas a mi blog. Me gané a pulso y bien merecido el repudio de mi chica por hacerle ver todos los resúmenes y análisis nocturnos, y luego, nada de nada, ella hirviendo y yo bien dormido para levantarme fresquecito por la mañana para ver otra soporífica jornada más.

¿Acaso soy un masoquista de hueso colorado, o quizás quiero volver a la empedernida soltería en plena edad otoñal? Dios me libre. La respuesta a mi obstinación a enfrascarme en un aburrimiento total se debió, tal vez, a lo que Juan Villoro dijo en su libro Dios es redondo: “El hincha puede pertenecer al género de los ardientes, los melancólicos, los cardiacos o los nostálgicos, pero ante todo y en forma sorprendente es alguien que se resigna”.


* * *


A nadie en absoluto le importaba o robaba el sueño (literalmente) cada que la selección de Paraguay salía al campo en Sudáfrica, incluso muchos ni siquiera sabían de la existencia de este país pequeñito enclavado en el corazón de Sudamérica. La mayoría, si acaso, vieron a este equipo rojiblanco como una mera curiosidad, una escuadra que jugaba con el uniforme del Atlético de Madrid y cuyos jugadores en vez de hablar la castilla se comunicaban los unos a los otros en un idioma indescifrable (muy parecido al coreano) a pesar de ser latinoamericanos. Y finalmente, otros menos avezados tanto en geografía como en materia futbolística, pensaban que Paraguay en realidad era la selección B de Uruguay, así como Eslovaquia era el equipo de reservas de Eslovenia, y Sudáfrica un estado al sur de un país llamado África.

Sin embargo, si de algo puede servir una Copa del Mundo es para remover el velo de ignorancia que cubre a ciertos países. Tal fue el caso de Paraguay, que luego de 199 años fue registrado en el mapa mental de la gente cuando una mujer de nombre Larissa y de apellido Riquelme salió a la luz y dijo: “Si Paraguay califica a semis me empeloto en la Plaza de Asunción”.

Dicho esto, todos consultaron la guía del Mundial en el apartado donde venía el rol de juego de los paraguayos, luego entraron a Wikipedia y descubrieron que Paraguay es un país bilingüe donde se habla español y guaraní; su bandera es de color rojo, blanco y azul, además de ser la única en el mundo que tiene dos escudos, uno en cada cara de la bandera; su capital se llama Asunción y colinda al sur, sudeste y sudoeste con Argentina, al este con Brasil y al noroeste con Bolivia; y, oh sorpresa, su presidente es un sacerdote picha loca que embaraza a toda las ciudadanas que se le acercan a pedirle la confesión o algún favor.

Frente al televisor todos vimos los insufribles partidos de este país pequeñito de 7 millones de habitantes con la esperanza de que los camarógrafos apuntaran a las tribunas y nos deleitaran con el verdadero espectáculo: Larissa Riquelme.

De ahí en adelante, no hubo vuelta atrás. Nos transformamos todos en paraguayos. Las alegrías de Larissa eran nuestras alegrías. Sus sueños de grandeza también. Su éxtasis, ni qué decir. Su angustia, igual. Nos cominos las uñas juntos. Sus mentadas de madre al árbitro también salían de nuestra boca. Igual los goles. Con el transcurso de los minutos sus palabras retumbaban distorsionadas, tergiversadas en nuestras calenturientas cabezas: “Empelotas”. “Paraguay”. “Desnuda”. “Tetas”. “Viva Paraguay”. “Métemela”. “Te la chupo”. “Arriba Paraguay”.

Para más referencias o datos más exactos, el 3 de julio traicionamos, vendimos el juego bonito, propositivo. Poco nos importó España, la Madre Patria, el espectáculo. Todas nuestras ardientes, lascivas y erectas vibraciones fueron a parar con los paraguayos. Por desgracia, todos sabemos que el fútbol es un deporte injusto. Nunca premia a quien lo merece y los paraguayos fueron eliminados por un gol cardiaco de los españoles que resquebrajó nuestros más húmedos sueños y enhiestas ilusiones.

Por fortuna, olvidamos un pequeño detalle. Larissa Riquelme es latinoamericana, y como buena hija de la conquista española, supo ser flexible, cariñosa, querendona, al mal tiempo buena cara. El 8 de julio despertamos con la buena noticia que nos dio SPORT.es: “Larissa posó para el diario Popular, que en su edición impresa ofrece un poster desplegable con la modelo desnuda posando sobre la bandera de Paraguay”.


* * *

     
El Mundial tiene la capacidad de alienarnos, de meternos en una burbuja, hacernos imaginar que un huracán llamado Alex es obra de los efectos especiales producidos en los Estudios Churubusco, que las corrientes de agua que arrasan coches, casas y personas a su paso son mera escenografía de papel maché y grandes actuaciones de extras y dobles temerarios. ¿Alguien se acordó del secuestro del Jefe Diego? Me sorprendió no haberlo visto en el palco de lujo del Soccer City en Johannesburgo al estallar la trifulca protagonizada por el hasta ese momento director del FONATUR Miguel Gómez Mont cuando Argentina nos llenó la canasta de goles y en un recurso por demás primitivo agredió verbalmente a la esposa del Guille Franco recordándole el mal congénito de su marido, o sea, que es un tronco.

Otra característica peculiar que posee la Copa del Mundo es recubrirnos el corazón con un chaleco antibalas, es decir, hacernos inmunes al dolor de la muerte, mala suerte es dejar este mundo en fecha mundialista, tal fue el caso de dos monstruos de la literatura, Saramago y Monsiváis.


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Cosmopolitan, Vanidades y el resto del mundo materialista y superficial nos acostumbró a que los genios del balón debían ser modelos de Armani tipo Beckham y Cristiano Ronaldo, no es de sorprender que a falta de héroes sexys en la cancha centráramos las miradas en un pulpo. ¿Acaso hay alguna diferencia simétrica entre la cabeza del octópodo Paul y la del mediocampista Andrés Iniesta?

Quienes se preciaban de ser conocedores del fútbol, raudos y veloces, se decantaron en favor de los alemanes argumentando que su juego era muy generoso con la pupila humana. Mentira, no nos engañemos, la gente apoyó a Alemania solo porque en el fondo querían creer en algo, es bien sabido que los simples mortales nos gusta adorar a un ser Todopoderoso, infalible. Tal fue el caso el día 7 de julio, cuando misteriosamente todos los pro-juego espectacular, o sea, los teutones adoptivos, proclamaron a los cuatro vientos ser hijos de la Madre Patria, pero en sus adentros, fue porque en un pecera a miles de kilómetros de la sede mundialista al pulpo Paul se le hizo más apetitoso el mejillón que contenía la urna con la bandera española.   


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Nunca antes en la historia del fútbol el entrenador de una selección nacional reflejó con tanta vehemencia y translúcida claridad la cara dura y terquedad de sus gobernantes tal como lo hizo Javier Aguirre. El vasco, para los cuates, llegó a la selección por culpa del presidente de la República, Felipe Calderón, que temiendo la ausencia de la escuadra tricolor en Sudáfrica (alguien tenía que hacernos olvidar nuestras desgracias por un mes) le hizo firmar un contrato multimillonario para hacer lo que cualquier mexicano de a pie hubiera conseguido.

La función del director técnico nacional es simple y concreta: venderse a Televisa y TV Azteca, duopolio que te secuestrará para que filmes todo tipo de comerciales y spots publicitarios cargados de demagogia, luego, si hay tiempo, redactar una lista con 22 jugadores. Esta última tarea es sencillísima, no hay que romperse la cabeza, uno prende la televisión los sábados y domingos y descubre que en el fútbol mexicano existen, si acaso, entre 15 y 20 jugadores de calidad. Y aunque la mitad de ellos son extranjeros, no hay de que preocuparse, todos cuentan con carta de naturalización en mano, o sea, se saben el himno nacional mejor que nosotros.

México siempre se ha preciado de ser un país rebosante de jóvenes. Jóvenes que significan un estorbo y carga para quienes gobiernan, dinosaurios que se eternizan en las esferas del poder ejecutivo, judicial, legislativo y empresarial. Javier Aguirre no podía ser la excepción como el jerarca del deporte más popular del país, así que en vez de seguir el ejemplo de los alemanes, tan revolucionarios a la hora de diseñar y confeccionar sus uniformes como para plantear las estrategias de un partido con un equipo con el promedio de edad más bajo del Mundial (no cuento a Ghana, sus jugadores menores de 18 años tienen barba y bíceps de hombres de 30), decidió marginar del equipo a Jonathan Dos Santos (20 años), jugador del F.C. Barcelona, el mejor club del mundo, y en cambio llevó a su compadre el Bofo Bautista, un señor de 31 años que era banca en un poderosísimo equipo llamada Jaguares de Chiapas. Mismo caso de Guillermo Ochoa (25 años), quien fue enviado a calentar la banca por segundo Mundial consecutivo, ahora por culpa del Conejo Pérez, venerable anciano que ni siquiera tiene equipo donde jugar.

Y así podría seguir dando nombres, refrescando la memoria para que a los mexicanos nos dure la gastritis hasta septiembre, como fue el caso de dejar en la banca a nuestro goleador Javier Hernández (22 años), fichado por el Manchester United (que algo saben de fútbol los ingleses), y meter en su lugar a Guillermo Franco, 33 años, sin club donde jugar, siendo esta la muestra más evidente y palpable de mexicanidad, es decir, la de no reconocer nuestros errores bajo ningún término, por más evidente y transparente que estos sean.

El desenlace lo conocíamos todos de antemano, no hacía falta la ayuda del pulpo pitoniso. Y quizás, lo único rescatable de todo este desastre fue que por vez primera en la historia de nuestro país, un diputado abrió la boca para decir algo sensato, expresar la voz del pueblo, que Javier Aguirre debía comparecer ante la Gran Cámara de Diputados: "Puede ser una propuesta 'folclórica', pero a alguien tiene que responderle ese señor (Aguirre) en un asunto que interesa a todos los mexicanos… Deberá responder por qué alineó a su consentido Blanco, por qué sacó de la cancha a Guardado y no metió como titular al Chicharito Hernández".


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Repito, lo que más me gusta de los Mundiales es su periferia, los alrededores, las cosas que ocurren afuera de la cancha. Si algo tendré que contarle a mis sobrinos pequeños es que en la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010 no hubo magia, tal como viene sucediendo desde Italia ´90. Pero eso sí, hubo mucho color, actos vergonzosos, patéticos, mucha tela de donde cortar, por ejemplo, antes de que rodara el balón en la inauguración, todos estábamos confiadísimos del papelón de nuestra selección, pero más seguros de esta tragedia deportiva estaban los norteamericanos, que vienen burlándose de nosotros desde Corea-Japón ´02, y para muestra Sam´s Club ofreció la siguiente irresistible oferta: “Tu PANTALLA ES GRATIS si México gana el 5to partido”.

No en balde, conciente del capitalismo feroz que reina en nuestro país, el arzobispo primado de México, Norberto Rivera, alias, el vocero oficial de Dios en la Tierra, pidió en la homilía del domingo que la selección mexicana ganara.     

Otro dato curioso: siguiendo la tradición delictiva de Francia ´98 cuando a uno de los nuestros se le ocurrió que era una buena idea apagar con su orín la llama eterna que descansa en la Tumba del Soldado Desconocido bajo el Arco del Triunfo, y a otro paisano en Corea-Japón ´02 detener el imparable tren bala de Japón, arrestaron a uno más de los nuestros por pensar que era muy patriótico colocarle un sombrero charro en la cabeza a la estatua de Nelson Mandela.

Miércoles 23 de junio. Eslovenia, emulando a México, calificaba a los octavos de final perdiendo 1 a 0 en su último partido de primera fase. Eran las 10:01 a.m. y mi mañana se iluminaba por primera vez en la Copa del Mundo, y no precisamente por tener algún ancestro esloveno, no, sino por una vieja, añeja relación de amor-odio con los norteamericanos. Donovan y compañía se irían a casa antes que nosotros. Agridulce consuelo. Entonces, justo cuando el árbitro silbó el final del partido entre Eslovenia e Inglaterra y los 22 jugadores dentro de la cancha levantaron las manos al aire, reparé en algo: ¿acaso la camiseta de los eslovenos no es sospechosamente parecida a la de Charlie Brown, el dibujo animado con la peor mala suerte del mundo? Terminado mi pensamiento, ocurrió lo siguiente: los eslovenos escuchan el sonido local, bajan los brazos victoriosos, se miran los unos a los otros el rostro desencajado, se ven haciendo las maletas en el hotel y tomando un vuelo de regreso a casa. Por su parte, los ingleses no bajan los brazos por mero orgullo inglés, para no mostrar ante millones de teleespectadores que se están cagando en las patas de miedo de saber que enfrentarán en octavos de final a los alemanes y que están viendo su futuro idéntico al de los eslovenos, haciendo las maletas y tomando el avión de regreso a casa. Landon Donovan, el Capitán América, había hecho el milagro, un gol en tiempo de compensación frente a los argelinos que les dio la calificación como primeros de grupo, algo que, gracias a la terquedad de Javier Aguirre, México fue incapaz de hacer.

Dos maldiciones ocurrieron en Sudáfrica. Uno fue el comercial de Nike, donde fracasaron rotundamente cada una de las estrellas que aparecieron en él (incluso el gran Roger Federer, que ni vela tenía en el entierro), salvo los españoles, pero eso se debió a que el periódico que arrugaron, hicieron bolita y luego aventaron fúricos tanto Iniesta, Fábregas y Piqué fue por leer una predicción de Walter Mercado donde auguraba que uno de ellos se lesionaría en el primer partido, el otro calentaría la banca y al último le romperían la ceja y luego la boca, dejándolo vendado como una momia de Guanajuato; la otra maldición fue obra de Shakira, que molesta por la ausencia de Colombia en el Mundial, decidió vengarse de los africanos. “Shakira, échate una canción para que los negritos bailen”, le dijo Joseph Blatter, cargando un maletín lleno de euros. Shakira meneó afirmativamente su melena peliteñida de Carlitos Valderrama aceptando el maletín que le entregó el suizo muy a pesar de que pocas ganas tenía de ponerse a escribir una canción que hablara de fútbol. “¿Qué hago?”, pensó tamborileando los dedos sobre la mesa durante unos segundos, luego, exclamó: “¡Lo tengo!”. Shakira desempolvó la BETAMAX del armario de sus papás y puso el video El negro no puede de Las Chicas del Can. Semanas después el tema Waka Waka le dio la vuelta al mundo, comenzó el Mundial y nunca antes una canción mundialista tuvo tanta verdad en su letra, tanto presagio, tanta profecía, tanta mala leche.

Sí, me quedo con todo eso y más, con el vómito atorado en la garganta al ver que Joachim Löw, técnico de Alemania, es un apasionado tanto del buen fútbol como de sus propios mocos, que saborea sin pudor y complejos en el banquillo. Con ver que los seleccionados españoles se pasan la Corona (literalmente) por los huevos, al menos Carles Puyol, que aparece desnudo en el vestidor para saludar a la Reina de España, lo cual me lleva a la siguiente conclusión: o la Corona ya no significa nada en España o la Reina Sofía es una mujer ávida de carne joven.

Y por último, como en un final de película hollywoodense, me llevo en el corazón y en la mente las lágrimas de Iker Casillas al levantar la Copa y el beso que le estampó a su novia reportera en mitad de una entrevista, pero sobre todo, el triunfo del fútbol, ese deporte tan bonito que intentaron practicar los españoles y que justifica la presencia del hombre en la Tierra, la fiesta de la que tanto me platicó papá         

viernes, 25 de junio de 2010

Todos los caminos conducen a Alemania


“No nos une el amor sino el espanto.”
- Jorge Luis Borges


Papá fue un hombre con los pies en la tierra. Odiaba las supercherías, el cosmos, los horóscopos, y todo lo que oliera a esoterismo. Sin embargo, cada que se emborrachaba (lo que ocurría con frecuencia) aseguraba tener una relación paranormal con Alemania.

 -¿Te platiqué la vez que me fui a Alemania? –me decía con los ojos melancólicos, soñadores, nublados, parecidos a los de Borges cuando exigió como última voluntad que lo enterraran en Ginebra, lejos de casa.

Habré escuchado doscientas mil veces aquella historia: al graduarse del ITM, papá viajó con una veintena de estrenados ingenieros civiles al viejo continente. La idea: emborracharse todos los días; el pretexto: descubrir cómo le hicieron los alemanes para reconstruir su país luego de dos guerras mundiales.

Una noche, en una cantina, ebrios hasta el tuétano, los ingenieros civiles se sintieron insultados cuando un nativo los miró por debajo del hombro, ofensa frecuentísima desde su llegada, que desde luego no arguyeron a que el más alto del grupo era papá, que medía apenas 1.75.

-¿Qué? ¿Qué me ves? –dijo un ingeniero civil, increpando al parroquiano local que sin deberla ni temerla bebía un tarro de cerveza.

-Ich verstehe dich nicht –dijo el alemán mirando por debajo del hombro a la diminuta criatura morena que le hablaba.     

-Se me hace que nos está insultando este nazi –intervino otro ingeniero civil.

-Ich verstehe dich nicht –repitió el alemán.

Acto seguido, cual jauría de perros, los ingenieros civiles se abalanzaron sobre la torre teutona.

-Toma puto –dijo un ingeniero, de puntillas, encajando un puñetazo en el vientre de su víctima.      

Solidarios en la adversidad, innumerables torres alemanas se pusieron de pie desencadenando una batalla campal. Al llegar la policía, pese a pronóstico, hubo más alemanes que mexicanos en el piso.

-Mexican cheaters, mexican cheaters –repetían los alemanes retorciéndose de dolor en el suelo al tiempo que se sujetaban los genitales con ambas manos.

Este era el momento en que papá aprovechaba para explotar en una carcajada:

-Hasta para romper madres eran leales los alemanes –papá daba un sorbo enorme a su cerveza-, no como nosotros, a la primera de cambio les reventamos los huevos a patadas. 

Cada cuatro años me da por recordar esta historia. La gesta heroica de papá. Batalla espartana que viene en mi búsqueda cada Copa del Mundo, específicamente pasada la segunda semana del Mundial. Y más ahora. Cuando empiezo a sospechar que las tribulaciones etílicas esotéricas de papá embonan como piezas de rompecabezas.

Su primer viaje al extranjero no fue a Estados Unidos, tampoco a Centroamérica ni mucho menos a una isla del Caribe como marca la lógica geográfica y el presupuesto de un ciudadano tercermundista de clase media baja. Otro dato revelador fueron sus medios de transporte: el primero, un VW Safari con el cual enamoró a mamá; el último, un VW Sedan con el cual avergonzó y/o evidenció a mamá con sus amigas ricachonas. Más puntos esclarecedores: al casarse y mudarse de colonia, su vecino, nuevo compinche de borracheras y correrías (¿cuáles eran las probabilidades?) fue un alemán, quizás el primer y único alemán que brincó el charco para venirse a vivir a Mérida, mismo que mostró una habilidad sorprendente para aprender las costumbres mexicanas, o sea, formar otra familia a las espaldas de la comadre de mamá.

Pregunta: ¿Por qué estoy haciendo toda esta remembranza histórica? Respuesta: he llegado a la inequívoca e irrebatible conclusión, de que no solo papá tiene una relación mística con Alemania, sino también todo el pueblo mexicano amante del fútbol. Vínculo infranqueable. Insalvable. Inquebrantable. Indefectible. Ineludible. Inapelable. Inexcusable. Inexorable. Irreversible. Irrevocable. Irremediable. Cada cuatro años, quiéranlo o no, todos los caminos conducen a Alemania.

Todo comenzó en el año ´86, posiblemente la única vez en la historia del fútbol en que un equipo menor como México pudo salir campeón, de no ser, claro, por Alemania, que pese a ser visitante, estar deshidrata, fundida bajo el sol, no le temblaron las piernas, se amarró sus huevos teutones y nos ganaron en penaltis en cuartos de final.

En Italia ´90, al ser marginados del Mundial por ser los hombres más tramposos del mundo, mandamos a un señor a representarnos, a nombre de todo México, siempre vestido de negro para que quedara bien claro que estábamos de luto, tristísimos, inconsolables. ¿Qué hizo este señor? Le regaló la copa a Alemania en la final, inventándose un penal y rompiéndoles el corazón a nuestros hermanos argentinos.

En Estados Unidos ´94 volvimos a ser eliminados en penales, pero esta vez en octavos de final frente a Bulgaria. ¿Por qué? Miedo. Terror. Espanto. La santísima trinidad que todo mexicano carga en el pecho cuando sale de casa, sobre todo sabiendo que en cuartos de final nos esperaba Alemania, cansada, deshidrata, insolada, pero eso sí, con los huevos teutones bien amarrados, de acero.

En Francia ´98 la relación cósmica de la que tanto hablaba papá apareció, imposible escapar de ella estando en Europa. Sin embargo, como nunca se soñó ni en el más dulce de los sueños, teníamos a Alemania en el suelo, gimiendo de dolor, sujetándose sus huevotes alemanes, uno a cero abajo desde el minuto uno del segundo tiempo; entonces, faltando 30 para el final, Luis Hernández, alias, “el Matador”, indultó a los teutones luego de que Cuauhtémoc le diera un pase en el área chica que era más fácil meterla al fondo de las redes que sacar un calcetinazo a las manos del portero Andreas Köpke. Enmudecimos. Callamos. Palidecimos. Supimos nuestro cruel destino. Alemania se puso de pie, marcó el empate y los mexicanos (muy sensibles en eso de repetir el mismo dolor) se dejaron marcar otro gol para esquivar la tortura de los penaltis.

En Japón-Corea ´02 nos tocó en suerte Estados Unidos. Pan comido, pensamos. ¿Cuándo nos han ganado los gringos en fútbol? Lástima que pasamos por alto un detalle: Javier Aguirre. Javier, hombre traumatizado por la derrota del ´86 (al infeliz además de expulsarlo en tiempos extras por una falta contra Lothar Matthaeus, Harald Schumacher le atajó sobre la línea el gol de su vida, una espectacular media tijera, además de que falló en el área chica un gol clarísimo al rematar solo y su alma), vio el croquis del Mundial y ahí estaba, Alemania, meciendo sus huevotes como campanas doradas en lo alto de la Catedral de Colonia. ¿Qué hizo Aguirre? Dejarse perder. Descaradamente. A vista y paciencia de todos. Sacó a Ramón Morales. Metió a García Aspe. Desdibujó al equipo en la cancha. En fin, ciertos horrores son mejor olvidarlos, sepultarlos en el pasado, desmemoriarnos como los alemanes cuando se trata de genocidios. 

En Alemania ´06 la regla era enfrentar a Alemania. No había otro camino. O tal vez sí. Contratamos a un entrenador argentino, naturalizamos a un delantero argentino. Y enfrentamos a los argentinos en octavos. Nadie sospechó que los podíamos vencer. Pero el milagro ocurrió. Los teníamos. Y entonces… Talan, talan, talan. En las gradas del Leipzig sonaron los huevos alemanes como cencerros. Oswaldo Sánchez fingió volar como el hombre araña, puso carita de que hizo su mayor esfuerzo, de hombre liga que se estira desafiando las leyes de la anatomía humana por atajar la pelota, para yo sé bien lo que pasaba por la cabeza de Oswaldo si osaba desviar un centímetro el tiro de Maxi Rodríguez.

Ahora, en Sudáfrica ´10 no hay camino a donde correr más que a casa. Aguirre lo sabe. Es un hombre traumado, trastornado, trasnochado, testarudo, terco, tonto redomado. El domingo se dejará perder tal cual lo hizo hace 8 años, con descaro, desparpajo, alineando gente que no sería titular ni en una cascarita callejera, jugadores que serían los últimos en ser elegidos a la hora del recreo, en fin, repetirá la historia porque en México tenemos la insana costumbre de tropezar con la misma piedra, reproducir el mismo error hasta el infinito y más allá.  

Conclusión: ¿Antes del domingo tendré que viajar a Alemania, meterme a un bar y darle una patada en los huevos a un nativo, o acaso debo buscar a un alemán perdido en México (tal vez mi antiguo vecino) y dejar que me rompa los huevos de una patada para cortar la relación sobrenatural con Alemania?

lunes, 21 de junio de 2010

La maldición de Nike


“Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas.”
- Howard Carter (egiptólogo que descubrió la tumba del faraón Tutankamón) en referencia a la maldición de los faraones


Hasta hace poco más de semana y media, a mi chica ni le daba ni le quitaba el fútbol. Me importa una miarda, decía. Pobre ingenua. Entonces comenzó la Copa del Mundo y no para de repetir todos los días que no le hago caso, que no le meto mano, que me importa más el Mundial que su compañía, bla, bla, bla.

Dejo a mi chica en su casa a las 12 de la noche. Debo descansar, dormir al menos 6 horas y media para poder ver con los ojos a media asta el Portugal contra Corea del Norte. Al regresar a casa recuerdo que el partido es en exclusiva por SKY. Me echo una rabieta estilo Dunga que me espanta el sueño. Abro mi laptop. Entro a FutbolSapiens para ver las reflexiones del día 10 del Mundial. Grave error: el corazón se me paraliza, la sangre se me hiela, los ojos se me ponen como huevos duros al leer el último post que subió Barak Fever:


La maldición del comercial de Nike no deja títere con cabeza: Ronaldinho marginado, Drogba lesionado, Rooney apagado, Ribery deprimido y Cannavaro arrastrando el prestigio. Vamos: ¡hasta Federer perdió prematuramente en un Grand Slam por primera vez en 700 años! Yo que Cristiano ni salía a jugar mañana.


¿Qué? ¿Federer perdió? ¿En primera ronda? ¿En el césped sagrado de Wimbledon? ¿Lo eliminó el colombiano Alejandro Falla? ¿Acaso en Colombia juegan tenis?

-¡No puede ser, noooooooooo! –grito poniéndome de pie y me sujeto la cabeza como Delfín Quishpe en el video Torres Gemelas- ¡Por el amor de Dios, pero si el único colombiano que juega tenis es mi amigo Juan Carlos Cuenca, que acabó su carrera antes de ser profesional al destrozarse los ligamentos cruzados de la rodilla en una cascarita de fútbol, y de eso hace más de una década!

Corro al baño y del puro coraje cago cien mil litros de diarrea. Al borde del desmayo por deshidratación, pienso: un momento, ¿no será que Barak se refiere a la eliminación “prematura” de Federer en los cuartos de final de Roland Garros frente al sueco Soderling?

-¡Síííííííííí! –exclamó de placer con el puño levantado a lo Rafael Nadal al tiempo que me pico el culo con singular alegría (también a lo Rafa Nadal) porque recuerdo que Wimbledon comienza hoy a las 7 de la mañana.

Voy a la cocina, me preparo dos litros de café, espero paciente la salida del sol y el inicio del torneo más bonito del mundo, claro, solo por detrás del Mundial, la Euro y la Champions.

Mis ojos vuelven a quedar como huevos duros. En pantalla Roger juega como nunca. O sea, comete doscientas mil dobles faltas, le rompen el servicio en dos ocasiones, la gordita de su esposa se come las uñas en la tribuna y en la cancha un colombiano le gana los dos primeros sets.

Enseguida, es inevitable, me vienen a la cabeza las palabras de Barak, la maldición del nuevo comercial de Nike. Mientras se juega el tercer set, pienso en Drogba cuchareando la pelota sobre el arquero italiano (un tal Palermo, no Bufón, presagio de que Bufón solo vería 45 minutos de acción en el Mundial), el carnaval que se gesta en las calles de Yamusukro, los negritos bebiéndose hasta la última gota de cerveza de las cantinas en Abiyán, disparando al cielo ráfagas de fuego con sus cuernos de chivo (eso no sale en el comercial pero en la vida real estoy seguro que así celebran en Costa de Marfil), y luego, un japonés tirándole una patada voladora y rompiéndole el cúbito del brazo derecho al pobre de Didier a una semana del Mundial.

0 - 40 abajo Roger Federer en el noveno juego del tercer set, todo parece indicar que el colombiano se llevará el partido en sets corridos, los narradores están estupefactos, es inminente la caída del suizo, aparece en pantalla una estadística donde muestran a los campeones de un Grand Slam que al año siguiente han sido eliminados en la primera ronda: ¡Solo cinco! (Rafter, Hewitt, Becker, y dos gringos que no recuerdo sus apellidos).

-¡No puede ser, noooooooooo! –vuelvo a gritar como Delfín Quishpe, me sujeto la cabeza con ambas manos y pienso en Cannavaro rescatando el balón de la línea de gol como si sus piernas fueran las mismas de Alemania 2006, su risa de golfo irresponsable, de rey de los puteros mientras unas bailarinas flotan sobre su cabeza abriéndole las piernas, luego, veo al pobre de Fabio, reducido a un hombrecillo junto a las torres Neocelandesas, entregando la bola para que fusilen no a Bufón ni a Palermo pero sí a Marchetti, el portero italiano que tiene tatuada a la Virgen María en el torso luego de sobrevivir a un accidente de tránsito en el 2005 que cegó la vida de dos amigos.         

Fin del tercer set. La Virgen María parece tener clara predilección por los europeos, la sangre llama, ella es blanca y de cabellos dorados, podría pasar por helvética. De milagro veremos un cuarto set y entonces pienso en Rooney, minuto 89 con 17 segundos, tremenda gambeta que desparrama a un franchute, pase largo, flotado, Ribéry lo intercepta de pecho, llenándose de gloria, desparramando ingleses en el césped, uno, dos, tres, uno, dos, pero goles los que el Chicharito y un jorobado como el que habitaba en la Catedral de Notre Dame de la novela de Victor Hugo, también amante de las bailarinas exóticas, les clavan en el segundo tiempo desencadenando una telenovela en la selección francesa donde terminan por expulsar al goleador Anelka gracias a su “Domenech: vete a tomar por culo, sucio hijo de puta” y por renunciar el director delegado de los franceses, además de los jaloneos y gritos por parte del preparador físico y el capitán Evra, o sea, un desmadre total, muy a la mexicana.

Cuarto set. Primer juego. Rompimiento de servicio a favor del sudamericano.

-¡No puede ser, noooooooooo! –grito por tercera vez en la mañana.

Barak Fever tenía razón. La maldición de Nike existe. Puedo olerla, palparla. Pienso de nuevo en Wayne, ese Cuasimodo inglés, barriéndose como loco, siga siga, dice el arbitro al ver caer al césped a Ribéry, Rooney es nombrado Sir por la Reina, cientos de niños, futuras basuras blancas, son bautizadas bajo su nombre, cientos de tocayos tendrá Wayne mientras Iniesta, Fábregas y Piqué avientan furiosos los periódico donde relatan las hazañas de Sir Rooney, ¿o es que acaso el periódico que arrugaron, hicieron bolita y luego aventaron fúricos los seleccionados españoles decía que enfrentarían a los amigos poco famosos de Ronaldinho en octavos de final, o acaso es porque leyeron alguna predicción de Walter Mercado donde auguraba que uno de ellos se lesionaría en el primer partido, el otro calentaría la banca y al último le romperían la ceja y luego la boca, dejándolo vendado como una momia de Guanajuato?

5 juegos a 4 en el cuarto set. El colombiano saca para partido. Eso es todo. La confirmación rotunda, absoluta, inobjetable de que la teoría de Barak es cierta. El comercial de Nike está maldito. Todos los involucrados están destinados al fracaso en Sudáfrica 2010. Incluso Wayne, el goleador infalible de la Premier League, autentico fantasma ante los gringos y argelinos.

-¡No puede ser, noooooooooo! –gritó como un desadaptado, cuarta vez- ¿Por qué Federer aceptó dejarse perder en un partidito de ping pong contra Wayne Rooney? ¿Por qué? –me pregunto sujetándome la nuca- ¿Qué no ve que igualito lo trae el colombiano, de un lado para el otro de la cancha, como autentico calzón de puta?

Pero entonces, en mitad de mis enloquecidos reclamos de subnormal, ocurre algo. En el cintillo al fondo de la pantalla del televisor, los chicos de ESPN informan que Portugal acaba de marcar una de las mayores goleadas de los Mundiales: 7 a 0. Me callo la boca y pienso: ¿acaso Cristiano Ronaldo no salía en el comercial de Nike?

Quinto y último set. Roger ha emparejado el partido. Pienso: ¿no fue Gael García el único mexicano en aparecer en el comercial? ¿No fue el director mexicano González Iñárritu quien filmó la supuesta maldición? ¿No está México con pie y medio en los octavos de final?          

6 a 0. Federer barre el quinto y último set. El mundo ha vuelto a la normalidad. Suspiro exhausto. Voy a la cama, cierro los ojos y en mis sueños aparece Lionel Messi con sus flamantes y ultraligeros zapatos Adidas metiéndole cuatro goles al Conejo Pérez.