lunes, 11 de abril de 2011

Me quedaré solo


“La soledad es muy hermosa… cuando se tiene a alguien a quién decírselo.”
- Gustavo Adolfo Bécquer


Lo que más amo (o me gusta, tampoco hay que exagerar) de ser escritor es que estoy solo. Completamente solo. Yo y mis pensamientos encerrados en un cuarto. Creando y moldeando historias a mi antojo. Jugando a ser dios, a veces bondadoso, la mayoría del tiempo cruel, tal como se comportan los dioses verdaderos (si es que existen, aunque lo dudo).

La paga es poca, el escarnio público mucho. No importa. La soledad de un escritor no tiene precio. No lo puedo suscribir, pero sospecho que Carlos Slim y Emilio Azcárraga cambiarían sus fortunas mal habidas por escapar del batallón de ejecutivos que les susurran las 24 horas del día a los oídos. Sus pensamientos no son propios, sino un avispero de voces, todas ellas pagadas, condicionadas, externas, fuera de sus mentes, de sus multimillonarias cabezas.

Cada día que escribo es un éxito personal. Un triunfo minúsculo. Pequeñito. Insignificante. Mío. Propio. Es verdad que los escritores somos egocéntricos, pero más que eso, somos egoístas. Recelosos de nuestro tiempo. De nuestro espacio. De la soledad. Por eso escapamos de la gente. Del ruido que son sus conversaciones inútiles, chillonas, estridentes, intrascendentes, molestas.

Un escritor no busca la grandeza (o fantasía) de cambiar el mundo. Se conforma con crear mundos paralelos. Dimensiones artificiales que son espejos del mundo real. Tan exactos, tan iguales, que se confunden. Y la gente que habita en el mundo real se maravilla o se irrita al verlos: se maravilla si no descubre su reflejo en la realidad falsa; se irrita si al mirar la realidad falsa descubre su reflejo.

Sumando y restando la escritura te dejará en bancarrota. Sumido en deudas. Y solo. Completamente solo. Pero como se sabe, un escritor valora y aprecia más que nada la soledad. Entonces, se podría decir que el escritor es un masoquista, un ser torturado, asiduo a la derrota. Un perdedor feliz.

Mamá me pregunta, ahora que he regresado a casa, derrotado, humillado, un hombre de 31 años, que por qué no le hablo a mis amigos del colegio con los que crecí. Que por qué no salgo con ellos. Porque no me interesa, respondo. Mamá se entristece, siempre se ha entristecido por no tener un hijo popular y ganador como ella. Mis aspiraciones son ridículas: me conformo con leer libros, ellos nunca me defraudan, siempre tienen algo interesante y horrible que decir. No me obligan a salir de casa, menos a ir a restaurantes, a reuniones, a conocer a sus hijos, presumirme lo maravillosa que son sus vidas.

Deberías salir con tus amigos, insiste mamá, infatigable, insaciable, no se conforma con tener una hija famosa, futura estrella de portadas de revistas de cotilleo. No, respondo. Hago oídos sordos, me concentro en no perder el hilo de los diálogos que aparecen en la pantalla. Mi amigo escritor gordo argentino, famoso por sus blogs, no miente al decir que hoy día la literatura está en la televisión (en la televisión gringa e inglesa, naturalmente).

¿Te gustaría colaborar en el nuevo guión de un amigo que trabaja en la televisión?, me pregunta Bicho, mi hermanita famosa, ex reina de belleza. Mi oportunidad soñada, pienso. Sí, accedo con timidez. Leo el guión. Un espanto. Un horror. Un esperpento. No se ha inventado aún un calificativo que pueda expresar, encapsular en una sola palabra el estiércol que tienen en la cabeza los guionistas de programas de televisión en México. No me sorprende que le den luz verde al nuevo show, que logre los índices más altos de rating.

Jamás seré un guionista como Larry David, Jerry Seinfeld, Ricky Gervais, pienso con amargura. Los mexicanos nacimos huérfanos del gen del humor para la televisión. Que no los engañen, los mexicanos no somos graciosos. Creemos serlo, pero no lo somos. El primer paso para ser graciosos, graciosos de verdad, es reírse de uno mismo. Aceptarnos como las criaturas desagradables que somos. Y con ello que no se entienda salir en pantalla disfrazado de vieja chancluda, policía corrupto, lavandera vulgar, etcétera, y hacer lo que siempre se ha hecho desde que existe la televisión en México: lobotomía nacional.

Mi prima hermana que vive en Estados Unidos, desde el otro lado de la frontera me ha insultado vía Facebook. Me ha llamado cabrón por burlarme de su papá, él, que siempre ha ayudado a mamá cada que lo ha necesitado. Tomo nota mental,  agrego a lista a otro familiar que me odia. Es una constante, por ende estoy acostumbrado, es un efecto dominó desde el día que se inventaron los blogs y aficionados a las letras como yo pueden hacer del dominio público sus dislates y delirios de grandeza.

Yo amo a mi prima hermana, o eso creo. Me recuerda a las fotografías de mi abuela cuando era joven. No importa que nunca la vea. O casi nunca. Nos vemos en promedio cada cuatro años: como los Mundiales. Quizá por eso creemos que nos queremos, nos amamos. Cuando ella viene a visitarnos todo es fiesta, alegría: como en los Mundiales.

¿Por qué la gente (en especial mi familia) cuando se molesta por algo que público, lo primero que hacen es meter a mamá? Un misterio, aunque tengo algunas teorías. Desde el día que empecé a escribir descubrí que la mejor forma de hacerlo era desnudo, sin uniforme, sin disfraz de intelectual, a pelo, en primera persona, o sea, firmar con mi nombre y apellido.

No me da vergüenza (aunque debería darme) decir quién soy, compartir mis debilidades, deslices, incontables fracasos, deslealtades, defectos físicos, ventilar mis traumas, exponer mi alma cochambrosa, mutilada, rota. Y no es que vaya de puerta en puerta y me meta en la habitación de gente que no conozco y les diga: “hey, dejen de hacer lo que están haciendo y mírenme, soy un monstruo”.

Tengo Facebook, Twitter, dos blogs y me publican en algunas revistas, periódicos y páginas de Internet en México y en el extranjero, no obstante, no se ilusione el aprendiz de escritor, soy un hombre pobre. En todos los espacios que poseo (o me poseen), por voluntad propia, la gente torcida, herida, enferma, los bichos raros se sumergen en mis textos, algunos regresan por más, la mayoría no. Juro que jamás le he puesto una pistola en la cabeza a alguien para que me lea. En cambio, yo sí que he tenido una pistola entre ceja y ceja por escribir lo que escribo.

¿Por qué publiqué en mi blog un twit del papá de mi prima, mi tío, el hermano de mamá? Respuesta: porque es gracioso. Demencial. Material de Curb Your Enthusiasm, Seinfeld, Extras. Pero en especial, porque me siento orgulloso de pertenecer a una familia tan loca. Tan poco convencional. A mi tío lo quiero mucho, no digo que lo amo porque sería mentir, lo veo en promedio cada cuatro años, pero no por eso me voy a reservar sus comentarios para mí solo, eso sería egoísmo, un crimen contra la humanidad, o mejor dicho, para los dos o tres lectores que me siguen.

¿Acaso es algo gracioso, chistoso, hilarante que mi tío asegure tener la cura del Sida? ¿Soy un cabrón por sugerir que el descubrimiento científico del siglo pierde credibilidad al ser confesado no a la Secretaría de Salud de los Estados Unidos sino a la actual Miss Universo vía Twitter? Me asumo como un cabrón, pero no por todo lo que pueda publicar en mis blogs y futuras novelas. Tampoco creo que sea un crimen recordar que mi tío quiso secuestrar a mi hámster Hashish para inyectarle hormonas de crecimiento y convertirlo en un koala, o, la vez que aseguró haber creado en su laboratorio a un pegaso. Por Dios, esas historias marcaron mi niñez. Hicieron mi vida soportable. Evitaron que me arrojara desde la azotea de casa. Pintaron de color mi existencia gris. Me quitaron la venda de los ojos: los adultos podían ser niños. Por eso, cuando recuerdo y comparto estas historias con los dos o tres lectores que tengo (si tuviera más, Alfaguara o alguna editorial de primera división ya me hubiera reclutado y sacado de la pobreza) siento que amo a mi tío. Que tenemos un vínculo verdadero: que su sangre corre por mis venas.

Repito: ¿Por qué será que mis lectores (curiosamente casi siempre es algún familiar) cuando se indignan por mis publicaciones, lo primero que hacen es arremeter contra mamá? Quizás sea por que decirle pobre diablo a un pobre diablo que sabe y se asume como un pobre diablo no es hiriente. Entonces hay que recurrir al origen: a la mamá que parió al pobre diablo. Mi prima, acuchillado su honor (justificadamente), me recuerda que su papá ha ayudado a mamá cada que se ha visto metida en algún problema. ¿Acaso es una virtud que un hermano le tienda la mano a su hermana menor cuando se ve sumergida en alguna dificultad? Desde luego que sí. Del mismo modo como una hermana menor se ha desvivido en ayudar a su hermano mayor cada que éste se mete en problemas. Y no voy a caer en el más gusto de hacer un recuento puntual de quién ha tenido más problemas en la vida.

Conclusión: mi prima (por poner un ejemplo) nunca escatimó en halagos: siempre alabó mis escritos, dijo que era yo un genio incomprendido de las letras. Sin embargo, ahora me odia, o me guardará rencor por lo escrito, o puede que me sigue amando como siempre (su corazón es igual de grande que el de mi abuela y el de mamá); en adelante estará alerta, en guardia, esperando una nueva indiscreción de mi parte. Y así los poquitos lectores que me quieren o creen quererme irán cambiando de parecer cuando el día de mañana descubran sus rostros reflejados en mis letras.

Moriré solo. O tal vez no. Quizá algún familiar se apiade de mí y envenene el café con leche que tomo por las mañanas mientras escribo.

Actualización:





Éste escrito tuvo fatídicas consecuencias. AQUÍ puedes ver el horror.

martes, 5 de abril de 2011

Porfis, páguenles


“Los músicos son terriblemente irrazonables. Siempre quieren que uno sea totalmente mudo en el preciso momento que uno desea ser completamente sordo.”
- Oscar Wilde


Horrorizada (en realidad, fascinada), mi chica nos mostró con ojos enormes a P y a mí un video del YouTube. Por favor, quiero saber qué opinan, nos dijo. El video, que seguramente ya lo han visto pues tiene dos años de antigüedad en la red (o sea, es una pieza prehistórica), es una queja formal (y con todas las de la ley, véase los artículos 200 y 202 de la ley federal de derechos de autor) por parte de varios “artistas” en contra nuestra, los masoquistas voluntarios e involuntarios que escuchamos su música sin desembolsar un centavo en establecimientos a los que no fuimos a escuchar música.

Dos son los cantautores que se ponen como punta de lanza de una campaña donde nos exigen que les paguemos por el privilegio de escucharlos. Incluso, estos dos personajes se toman la molestia de hacer un sketch al puro estilo de los programuchos de Televisa con el objetivo de concienciar a la población. Alex Lora aparece interpretando a un taquero y Aleks Syntek (retomando su faceta de actor de la época de Chiquilladas) se mete en la piel de un doctor (de hospital particular, eso sí).

-Si fuera taquero me pagarías, ¿no? –nos pregunta un consternado Alex Lora.

No saben cómo me alegro de que mi chica me haya enseñado esta joya del mal gusto. Por eso la amo. No importa que el comercial (o reclamo público) sea de hace dos años y que no pueda expulsar de mi cabeza la voz aguardentosa del vocalista de El Tri: el placer culpable es infinito. Es la prueba irrefutable de que Alex Lora es una señora (con el respeto que me merecen las señoras) hecha y derecha.

Sé que no soy el más avezado en materia musical (lo sabrán de sobra mis compañeros de borrachera del FONCA), pero yo no me trago eso de que la señora Lora es una leyenda del rock nacional, una institución, el Benito Juárez de la música, alguien al que se le deba perdonar todo lo que haga por su interminable (e insufrible) trayectoria. Niet, ni que fuera Bob Dylan, Sabina o Woody Allen. Además, ¿de qué trayectoria estamos hablando? Desde que tengo uso de razón la gente lo viene solapando por las horrendas canciones que compone. Si por mí fuera, lo mandaba lapidar en el Zócalo luego de escuchar La raza indocumentada por crímenes contra la humanidad. ¿Creen que exagero? ¿Que no debemos importar prácticas bárbaras de Medio Oriente?

Paren oreja:

Tu ru ru ru ru / Les voy a contar la historia de doña Lupita / Tu ru ru ru ru / una señora chilanga que anda en el gabacho ahorita (nótese la rima Lupita-ahorita) / Tu ru ru ru ru / no sabe hablar inglés y es indocumentada / Tu ru ru ru ru / pero es la cocinera de la Casa Blanca / Tu ru ru ru ru / y ella le prepara sus huevos a Bush / Tu ru ru ru ru / ella le prepara sus hamburgers y sus hot dogs / Tu ru ru ru ru / su chili con carne, sus… (perdonen, no entendí, ojalá fuera bilingüe como la señora Lora) y sus nachos / Tu ru ru ru ru / sus rollos de sushi, su barbecue y sus guau guau (?) / Tu ru ru ru ru / y todo lo que comen en la Casa Blanca / Tu ru ru ru ru / tiene el sazón chilango y el sabor a fritanga…

No hay pudor. Si yo fuera Obama levanto más alto el muro.

Repito: Alex Lora es una señora. Según él, muy transgresor con su música de dos pesos, exige justicia social al gobierno fascista, pero a la mera hora de demostrar que es un ciudadano responsable, o ya ni eso, una persona jodida como cualquiera, usa sus influencias para sacar de la cárcel a su hijita alcohólica y drogadicta que atropelló (y de paso asesinó) con su coche a un mexicano jodido de los que tanto habla en sus pésimas letras. Y por si fuera poco, el retoño de Alex, nada más al verse en libertad, volvió a las andadas al salir de un bar ahogada en alcohol (eso sí, responsable la mujer, su chofer y amigo iba igual de incróspito que ella) como bien documentó en video y en su portada y páginas la revista Nueva (demostrando que en ocasiones el amarillismo puede ser periodismo legítimo).

Y en cuanto a la señorita Syntek, “el genio de la música” como lo conocen en Televisa, le haría un bien a la sociedad si en vez de torturarnos con su música (tal como lo hizo subsidiado por nuestros impuestos con la esperpéntica canción El futuro es milenario, compuesta para conmemorar las festividades del bicentenario del país) nos tasajeara como reses en el Seguro Social. Y no me voy una por una con las ignominias que escupen en el comercial los demás “famosos”, salvo por las dichas por otro “genio”, el mayate de Camila (que, dicho sea de paso, no escatima en parafernalia para tratar de hacernos creer que está guapo; piensa que nadie va a darse cuenta de lo que habita entre su peinado estrambótico y su camisetita brillosa, pero el ojo entrenado para ignorar esas cosas puede ver con claridad a uno de los indios más espantosos que jamás han caminado sobre la faz de la Tierra): “es que piensan que la música es gratis”, y la que dijo el pigmeo ex Microchips: “eso es igual a pensar que la música no cuesta y no vale”, de lo contrario, este escrito además de infinito, sería reiterativo en adjetivos hirientes e insultos.

Lo único que me resta decir al respecto de esta ley (o sea: “lo que tu pagas por un disco no cubre la ejecución pública en tu negocio, es solamente para uso privado”) es que me alegra que ningún comerciante haya sido tan estúpido para pagar ni medio centavo a estas personas. Además de que queda en evidencia que las marionetas de las disqueras no les interesa un carajo la música, solo el dinero. Componen pensando en signos de pesos, no porque hacerlo les produzca algún tipo de satisfacción. Y al vernos desde lo alto de los escenarios nos miran con desprecio: una masa amorfa de carne que les debe dinero para poder comprarse sus consoladores extra grandes.

En conclusión, los negocios la tienen fácil: dejen de poner la pésima música de esos pobres diablos y dense a la tarea de escuchar las propuestas musicales de verdaderos artistas, desde los nativos de su propio barrio hasta los que viven en los confines más recónditos del planeta, que los van a encontrar a todos, y gratis, en Internet. Eso de “revolución informática” no es un término que se haya creado a la ligera; el mundo y todos los aspectos de nuestra vida cotidiana realmente han cambiado, pero estos tarados quieren que el panorama musical se conserve como hace quince años. Yo también desearía que la industria editorial fuera un negocio pujante, lleno de vida, pleno de oportunidades, y no un cadáver putrefacto del que algunos gusanos seguimos alimentándonos simplemente porque no podemos imaginarnos comiendo otra cosa. Las taquerías no están lucrando con la música, sino con los tacos. Si de repente tienen que pagarle a los músicos para poner un disco en su establecimiento, ahora también los “artistas” estarían lucrando con los tacos. Me jodí. Solo resta esperar dentro de dos años el anuncio en el que Lou Bega, Caballo Dorado y la alineación original de Mestizzo, nos pidan que les paguemos regalías por tocar en nuestras bodas o graduaciones su propiedad intelectual. Digo, es lo justo: ¿a poco no estaría aburridísima tu boda sin el “Mambo #5”?

Si a los “artistas” (pobrecitos de ellos) nos les deja dinero la música, pues que se vuelvan taqueros o doctores (si les da el cerebro). Ahí es donde está la lana. Les prometemos que sí les vamos a pagar por sus servicios. Y también les damos nuestra palabra de que no regresaremos a comer a su changarro pulguiento o a consultar con ellos porque al igual que en la música, son nocivos para nuestra salud.

P.D. Si tienes un disco de El Tri (vergüenza te debería dar) no se lo prestes a nadie, menos lo pongas en una borrachera con los nacos de tus amigos, recuerda que es un delito, a menos claro, que le pagues a la SACM.

martes, 8 de marzo de 2011

Los justos de Sodoma y una entrevista con una mujer muy, muy vieja


El escrito que tienen ante ustedes es largo, más de lo necesario, así que pueden ahorrarse una buena parte (solo el preámbulo o introducción interminable) y bajar la mirada hasta donde aparecen las letras en cursiva.

More...A mediados del año 2005 me vi con todas mis pertenencias (muy pocas: una computadora que me regaló mi tía, unas cuantas mudas de ropa y una docena de libros) en mitad de la carretera entre Playa Bonita y Campeche, sin un lugar a donde ir, con una novela inconclusa en el disco duro de la computadora y sin un peso en los bolsillos. Un año antes, en 2004, me había marchado de casa con la firme convicción de escribir una novela. Mamá casi muere del infarto: primero, porque su retoño se iba de casa; segundo, porque renuncié a un trabajo en un corporativo transnacional que me aseguraba una vida hecha y derecha y que le daba licencia a mamá para presumirle a sus amigas cacatúas de las mutualista que ella también tenía a un hijo ganador como los hijos ganadores de sus amigas cacatúas de las mutualistas.

A bordo de mi volcho blanco destartalado (mi fiel Rocinante) estacionado en el acotamiento de la carretera, observé la inmensidad de las aguas del Golfo y me sorprendí de no echarme a llorar. Por primera vez en mi vida no tenía un plan, o mejor dicho, el único plan que tenía en mente era no volver a casa de mamá en muchos años, los que tuvieran que pasar hasta que mi hermano mayor emigrara de la casa de la que entonces era el amo y señor, ya que al morir papá, asumió el rol de gran patriarca y, al enterarse de que me había quedado sin un lugar donde vivir (los tíos que tan generosamente me dieron asilo y cobijo durante un año se mudaron a otra ciudad), le dijo a mamá que bajo ningún término iba a mantener a un bueno para nada, y en vista de que mi tía me había regalado una computadora antes de mudarse, ¿quién iba a pagar la cuenta de luz que consumiera esa computadora dentro de su casa? Por supuesto, él no.

En realidad, tampoco era tan dramática mi situación. Un par de días atrás, P, uno de los pocos que me felicitó por abandonar mi vida hecha y derecha de gran ejecutivo de ventas, me invitó a quedarme en su casa de Campeche. Al tocar a la puerta le prometí a mis padrinos, los papás de P, que solo estaría una semana; ellos me dijeron que no fuera ridículo, que podía quedarme en su casa el tiempo que quisiera. Naturalmente nunca imaginaron que eso de “el tiempo que yo quisiera” serían cinco años.

A las dos horas de estar en casa de mis padrinos, P me preguntó si podía acompañarlo a pagar su inscripción semestral en la universidad. Por extraño que pareciera (P es solo un año menor que yo) seguía estudiando la carrera, y no porque fuera un vago cabeza de chorlito. Todo lo contrario; es de esas poquísimas personas que son bendecidas con la maldición de ser buenos para todo. En el kinder le daban una barra de plastilina y a los dos minutos hacía una escultura. Mientras los niños aprendían el abecedario P podía escribir cuentos larguísimos. Sin embargo, algo en su cabeza andaba mal. Creía fervientemente que era un inútil. Que los halagos de sus profesores eran mentiras. Penosos consuelos para paliar su estupidez. No es de extrañar entonces que al llegar a la universidad, P probara media docena de carreras diferentes y las abandonara todas al primero o segundo semestre. Excepto una.

-Mira, ese es mi salón de clase –señaló un cuarto donde el pizarrón era flanqueado por una estufa y una alacena.

-Buenos días –nos saludó una señora enfundada en una bata de baño, con una toalla enrollada en la cabeza al cruzar la cocina-salón para meterse a otro cuarto donde me pareció ver una hamaca colgada entre pupitres.

P me explicó que aquella señora no era la casera sino la directora de la universidad. De ahí que no fuera sorpresa que al entrar al salón de cobros (que en realidad era una habitación matrimonial), un joven de mediana edad (P me susurró que era el subdirector) me preguntara:

-¿Te interesaría dar clases?

-…

-Ahora mismo tenemos falta de maestros en… –el subdirector le echó una hojeada a unas carpetas que tenía sobre su escritorio (que en realidad era una mesita de noche)- ingeniería electrónica.

-¿Imparten ingeniería electrónica? –pregunté horrorizado.

-Así es, lo malo es que ya busqué hasta debajo de las piedras y no encuentro maestros. ¿Te interesaría dar robótica?

P tuvo que darme un disimulado codazo en las costillas para que reaccionara. Dicen que para entender el desarrollo o subdesarrollo de una sociedad hay que internarse en las tripas de su sistema educativo; esa mañana finalmente comprendí muchas cosas sobre Campeche.

-Lo siento, no soy ingeniero –me excusé sobándome las costillas.

-Ah –exclamó el subdirector sin un ápice de sorpresa-, pero supongo tienes alguna licenciatura.

-Sí.

-¡Perfecto! –el subdirector se frotó las manos y empezó a revolver unas hojas de su carpeta-. ¿Eres licenciado en…?

-Administración de empresas –intervino P, que había permanecido mudo hasta ese momento, y acto seguido, recitó mi biografía empresarial inventándose galardones que jamás había obtenido en el corporativo transnacional al que había renunciado, y no solo eso, también dijo que era yo un gran escritor, futuro ganador del permio Alfaguara.

Al regresar a casa de mis padrinos, caí en cuenta que en menos de cinco minutos mi vida había dado un giro de 180 grados. De indigente pasé a ser maestro. De vergüenza familiar a prócer ciudadano (“mi hijo es catedrático universitario”, cacarearía mamá a los cuatro vientos los próximos 365 días del año). De escritor de novelas pasé a merolico que le hacía creer a sujetos de casi mi edad que era yo un gran profesor de ciencias de la comunicación, administración de empresas, diseño, ingeniería electrónica, mecánica e industrial.

Durante dos semestres (la segunda mitad del año 2005 y la primera mitad del año 2006) probablemente infringí todas las reglas de la docencia. Colaboré con mi granito de arena para sepultar en el subdesarrollo a Campeche. Eran mis alumnos o yo. Y bajo ningún concepto iba a regresar a casa de mamá con el rabo entre las patas, a vivir y soportar una dictadura chavista a la cual corría el riesgo de llegar a acostumbrarme y a nunca levantarme en armas. Sin embargo, si algo puede ser dicho en mi favor o usado en mi defensa, intenté hacer reformas dentro de la universidad. Por ejemplo, abogué para que el salón de televisión y radio en vez de tener regaderas y lavabos tuvieran cámaras de televisión y micrófonos. O que el examen de admisión consistiera en preguntas relacionadas y/o enfocadas a carreras universitarias en vez de ser un test de personalidad y/o conocimientos del mundo de la farándula copiado de algún TvyNovelas.

Pero también hubo justos en Sodoma. Y uno de ellos compartía habitación conmigo. Más de un suspicaz suscribió la teoría de que P sacaba puro diez de calificación gracias a este pequeño detalle de alcoba. Comentario que en lo absoluto estaba errado y hubiera causado gran revuelo y descontento en el alumnado de no ser porque P sacaba calificaciones perfectas en todas sus demás materias, convirtiéndolo en el alumno con mejor promedio en la universidad.

Lo que ignoraban los suspicaces más allá de las conjeturas de que mi compañero de habitación pudiera espiar los exámenes mientras yo dormía, fue que P no solo era el encargado de formular las preguntas de mis exámenes sino también fue el artífice de preparar todas mis cátedras. De no ser por él, me hubiera convertido en otra lámpara o ropero dentro de la universidad. Y hubiera tenido que verme en la penosa necesidad de regresar a casa, justo desde donde ahora mismo escribo estas líneas cinco años después (mi hermano ya no vive en casa de mamá).

La entrevista que leerán a continuación, es una tarea que le marqué a P cuando fui su maestro, el único vestigio que existe en la actualidad de un mano a mano entre dos de las mentes más brillantes que ha dado Campeche. Se han cambiado los nombres para preservar el anonimato de los involucrados.


Mi tía abuela Charito es la persona más vieja que conozco. A sus más de noventa años preserva sus facultades intelectuales en condiciones casi perfectas, y aunque haya perdido algunas de las funciones motoras básicas (como la capacidad de caminar, o el dominio de los movimientos ocasionales de sus manos), aun es tan capaz de mantener una conversación sin ningún problema, escuchando y respondiendo con una asombrosa facilidad a cualquier cosa que se le pregunte. He procurado incluir en la entrevista los tres aspectos que ésta puede cubrir: que sea informativa, si no de acontecimientos de actualidad, sí de cómo eran las cosas hace años, cuando ella era joven; que cree un retrato de la persona que está siendo entrevistada, alguien que lleva casi un siglo viviendo en este mundo; y finalmente, que presente las opiniones personales de una persona de edad avanzada con respecto a aspectos de nuestro mundo y nuestra vida actuales.

Bueno, primero lo primero. ¿Puedes decirme tu nombre completo?
Rosario Eugenia Roche de Cebada… Roche Canto de Cebada.

¿Cuándo naciste, tía?
El 16 de abril de 1913

O sea que tienes 92 años.
Así es, efectivamente. Creo (risas), ya perdí la cuenta… por ahí del 2000, por culpa del malvado milenio se me olvidó todo (risas).

Entonces eres como esas computadoras que se echaron a perder con el milenio, ¿no? ¿Te afectó el virus Y2K?
Ni idea de qué estás hablando. De virus creo que me afectaron todos menos el SIDA (risas) ya ves que hasta cáncer tuve y mal que mal pero lo superé… ¿Cuál es ese que dices del “Y no sé que tanto”? ¿Lo acaban de inventar?

No, es un problema que tuvieron las computadoras, o que supuestamente iban a tener cuando los números que marcan las fechas en los calendarios cambiaran de “99” a “00”.
Ahh… mira nada más, que interesante.

Bueno ya, dime, ¿es muy difícil tener tu edad?
Yo creo que lo más difícil es llegar a mi edad. Pero sí, ya sabes, como saben todos ustedes, es muy difícil tener esta edad. Te pasa de todo, desde que se te olvidan las cosas hasta que hay días en que de plano sientes que no, tu cuerpo no responde… que no vas a poder hacer las cosas que tienes que hacer.

A tu edad, ¿todavía hay cosas que tengas que hacer?
Claro que sí, cómo no: tengo que comer, tengo que dormir, tengo que bañarme… todavía no estoy desahuciada, todavía estoy más o menos lúcida, y sé cómo debo comportarme.

Retomando las dificultades de tener la edad que tienes, ¿hay alguna cosa que extrañes más que ninguna otra?
Más que una cosa en particular, extrañas a la gente. Ya sabes que yo nunca fui como otras abuelas o mamás que se quedan solo en su casa y todo su mundo está en su casa. Yo los tengo a todos ustedes, la familia, que son mi bendición y lo mejor que me queda en esta vida, pero de verdad extraño a toda la gente con la que crecí, a mis hermanos, soy la última de nosotros que queda, ya ves que hasta tu tío abuelito que era más chico que yo ya se fue, y ni hablar de mis amigas, que ya ves, ahora si veo a doña Consuelito o a tu tía Sarah, o a Mechita, si veo a alguna de ellas una vez cada dos o tres meses me doy por bien servida. Y a tu abuelita ya ni la veo, ¿cómo? Viviendo tan lejos, y estando las dos como estamos.

Si dejamos de lado a las personas, y pudieras hacer lo que quisieras de las cosas que antes podías hacer con más libertad ¿qué sería lo que harías?
Nada, la verdad no lo sé. Me conformaría con poder levantarme de la cama sola, poder ir y venir como yo quisiera. Ya ves, quién sabe que haría si no tuviera a Manuelito al lado cuidándome. Lo primero que haría si pudiera sería subirme a un árbol, tal vez. Me acuerdo que todavía a los sesenta o más años me encaramaba de repente a bajar mangos o naranjas en el de la casa. Es más, todavía el día que nació Caro y me hice bisabuela me subí a la naranja agria para hacer refresco para cuando fueran todos a presentar armas.

¿Cuál es el recuerdo más antiguo que tienes? De tu niñez, o algo así.
Tengo muchos de cuando era niña. Me acuerdo que mi papá tocaba el violín, y me decía que cantara… no recuerdo qué canción, pero yo apenas estaba aprendiendo a hablar, y pues inventaba, decía cualquier cosa aunque no significara nada para seguir el juego

¿Cuántos eran en tu casa en esa época?
Si yo apenas estaba aprendiendo a hablar, seguro éramos cinco o seis. Yo soy la quinta; antes que yo estuvieron Argelia, Alfredo, Felipe y Miriam, pero seguro que ya existía Agustín, seguro era bebé de brazos. Todos los recuerdos que tengo de mi mamá, en todos siempre tenía algún bebé cargado.

¿Y ya vivían aquí en Campeche?
La verdad no estoy segura. No, creo que estábamos en Mérida, porque ahí fue donde nacimos yo, Yolanda, Elina y tu abuelita, en ese orden, y Agustín, que fue el que nació enseguidita de mí, nació en Nueva York, porque se adelantó. La época en que estuvimos en Mérida fue cuando mi papá estaba trabajando ahí, de ingeniero en no sé que edificios, nunca me enteré.

¿Y cómo es que no se fueron todos a vivir a Estados Unidos?
Ay, no, fo. ¿Para qué nos íbamos a ir a vivir allá? Aquí estaba toda la familia, la de mi mamá en Mérida y la de mi papá en Campeche, así que para qué complicarnos.

¿Y a Veracruz, cuándo se fueron?
Eso fue mucho después, como quince o más de quince años después. Era la época en que Yolanda estaba chamaca, de catorce o quince años, y diario tenía que traerla escoltada un policía porque había hecho alguna maldad (risas). Era cosa de todos los días, a la hora de comer tocaban a la puerta y ya sabíamos que era un policía que traía a tu tía, toda desarreglada y llorando porque la agarraron haciendo algo, peleándose con alguien o qué se yo. Así son todas las nacidas en Tizimín (risas).

¿A qué te refieres?
Nada, es algo con lo que siempre la molestábamos, porque ella y Elina nacieron en el mismo año, por ahí del ‘24 o ’25… espérate… yo soy siete años mayor que Yolanda, que es la más grande de las dos, así que… debe ser en el ’20, creo. Bueno, el caso es que nacieron en el mismo año, pero Elina nació en una casononona del Paseo de Montejo, de esas mansiones que hasta la fecha existen y ya son quién sabe qué, y Yolanda nació en una chocita de palos en Tizimín.

¿Cómo es posible?
Nada más, así era la cosa, nacías en donde podían atender a tu mamá; en el caso de Elina porque por ahí vivíamos, en el Paseo de Montejo, en una casa que me dijo tu tía Linín que ahora es el Consulado o la Embajada o algo así. Y Yolanda pues supongo que habrá estado mi mamá de visita por ahí y la agarró a medio camino el bebé. Habrá sentido que esa era su patria, y que ahí quería nacer, en Tizimín (risas). Y me imagino que la comadrona no hacía visitas a domicilio, porque tuvo que dar a luz tu pobre bisabuela en casa de la mujer. No estaba tu bisabuelo para cargarla y llevarla a la casa (risas). Eso tuvo que hacer cuando iba a nacer yo: la comadrona estaba atendiendo a otra señora y fue a buscarla mi papá; el otro esposo no quería dejar que se fuera pero lo convenció, porque yo ya era la quinta e iba a ser rápido, pero la otra señora estaba teniendo a su primer bebé y se iba a tardar mucho. El caso es que se llevó a la dama en medio de la lluvia a la casa a atender a tu abuelita, pero estaba inundado y no se podía pasar, así que tuvo que subírsela en la espalda y cargarla hasta la casa para que nos atendiera, pero pues ya cuando llegaron yo ya había nacido.

Aquí en Campeche se instalaron inmediatamente después de Veracruz, ¿no?
Sí, tus abuelitos vinieron después de Veracruz, y aquí fue que tu abuelita conoció a tu abuelito y se casaron. Yo estaba viviendo en Mérida para esa época; ya estaba casada con tu tío Rafael Antonio. Yo en Campeche viví hasta la época en que tu abuelita ya se había casado, yo ya tenía hijos para esa época, a tu tío Rafaelito. De eso hace como sesenta años.

¿Qué recuerdas de la ciudad en esa época?
Era precioso Campeche en esa época. Creo que disfruté más vivir aquí que en Mérida, porque aquí me tocó la mejor edad. De muy chiquita en Mérida era muy difícil la vida, sobre todo porque no estaba mi papá cerca, porque estaba trabajando allá lejos; después en Veracruz porque fue cuando tu bisabuelito ya se enfermó y empezó a tomar y tu abuelita también se enfermó de los nervios con lo de mi papá y lo del bebé que se murió, y ya el ambiente cambió mucho en la casa. Y luego en Mérida, cuando me fui a vivir de recién casada, mejor ni te cuento. Sí fue una época muy bonita, ¡pero era una de trabajo! Con decirte que primero vivimos en Izamal, porque ahí trabajaba tu tío, y no conocía a nadie, así que me la pasaba sola todo el tiempo esperando que regresara. La casa era una ruina, tuvimos que reconstruirla todita, y estaba en un lugar muy apartado, donde no había ni caminos ni tiendas ni nada, pura maleza, y yo me pasaba el día con el machete en una mano y una botella de alcohol y cerillos en la otra; el machete porque cada cinco minutos me asomaba una culebra, y el alcohol por las tarántulas, que había muchísimas.

¿Y qué tal Campeche? ¿Fueron las cosas más fáciles aquí?
Sí, definitivamente mucho más fáciles, y más felices. Fue la mejor época, porque ya estaba trabajando tu tío en el Ayuntamiento, y Rafaelito estaba chico, así que yo no podía estar más contenta. Lo peor que debe haber pasado por esos años fue que se murió mi mamá, tu bisabuela, pero ya estábamos grandes, afortunadamente, ya teníamos mucho en qué ocuparnos para que ese golpe nos hiciera daño, que nos perjudicara.

¿Quién era el gobernador en esos años?
No estoy segura, este Lavalle Urbina, o Trueba Urbina, alguno de los dos, creo. ¿Cómo iba a estar enterada de nada de política yo, con hijos chicos que cuidar?

¿La ciudad era muy diferente de como es ahora?
Sí, muchísimo, cambió mucho el tiempo que viví ahí, que fueron como 25 años o más. Deben haber sido más, porque no nos regresamos a Mérida sino hasta que tu tío ya se iba a casar Sarilú. Lo que más me gustaba de la casa y que sí llegué a ver que le dieran en la torre fue que antes salía a la puerta y veía el mar, y se sentía la brisa y hasta se olía el mar, pero luego levantaron esa cosa horrible de plaza (la Plaza del Mar) que no sé por qué lo permitieron, y nos dio en la torre a todos los que vivíamos ahí. Bueno, yo ya no vivía ahí para esa época, ya la casa era de tus abuelitos, pero de repente en una de las últimas veces que fui de visita y quise salir a la puerta de mi casa me topé con que ya no había mar.

¿Y la gente? ¿Siempre ha sido igual de sórdida?
¿Cómo? ¿Igual de qué?

De sórdida. Ya sabes, que le gusta el chisme y los escándalos suenan muy fuerte.
¡Uy! ¡Uuuuuyuyuyuyuy! ¡Si te contara! (risas) La gente de ahorita cree que sabe lo que es ser chismosa, o que sabe lo que es un buen chisme y no tienen ni la menor idea. Antes era una cosa que… no sé, ni te la puedo describir. Impresionante. La gente vivía con el terror, pero era verdadero terror, pánico, de lo que dijeran de ella. De verdad, la que la hacía, la pagaba (risas). Se los devoraban vivos. NOS los devorábamos vivos, más bien (risas).

¿De ti nunca inventaron nada?
No, todo era cierto (risas). No, no es cierto, ¿cómo crees? De mi nada, ni tenía por qué preocuparme. No era como esas putas (risas), como la abuelita de estos… seguro que sí conoces a su familia… (risas) No, ni creas. No te voy a decir, estás muy chico para saber esas cosas de la vida.

¿Cuál dirías tú que fue la noticia del siglo aquí en Campeche? O bueno, de los veinte o treinta años que viviste aquí, ¿cuál fue el chisme que más te impresionó?
Hubo muchos, pero no te los puedo contar, porque todavía viven las personas, y seguro que conoces a sus hijos y a sus nietos, y la verdad ya no estoy para esas cosas. Ya hice todo el daño que me correspondía hacer (risas), cumplí mi misión en la vida en ese sentido. Y tal vez ni siquiera te van a impresionar tanto, porque la gente a la que conocí ya no son ni siquiera abuelos, sino bisabuelos, y de seguro no, lo más probable es que nadie de tu edad los haya conocido o los ubique. Y no creas, de seguro muchos ya te lo sabes; los chismes campechanos son muy buenos, traspasan las fronteras. Yo ya estaba en Mérida cuando pasó lo de este muchacho Alain, que lo mataron unos desgraciados, y me enteré. Y cuando pasó lo de los Guzmán, la balacera, que cosa tan horrible…

Además de los chismes, ¿qué cosa recuerdas que te haya impresionado? No sé, la televisión o algo así. No sé, alguna noticia internacional, o algo.
Todo eso de la televisión y el cine nunca me pareció impresionante. A lo mejor porque cuando llegaron todas esas cosas yo estaba muy ocupada con otras, así que nunca me di el tiempo de impresionarme.

¿Te acuerdas de cuando llegó el hombre a la Luna? ¿Lo pasaron por televisión?
Sí, cómo no, fue muy impresionante eso. O cuando lo del terremoto del 85, fue espantoso porque tu tío estaba en México para esas fechas, y cuando me enteré me puse a llorar desesperada, porque no había celulares ni qué, no había forma de comunicarte y saber si estaba bien. Igual tu tío Manuel estaba ahí, y es más, tu tía Yeya tuvo a su bebé, a Manuelito el mero día del temblor, ahí en México, pero estaban por otro rumbo, afortunadamente. Pero me dijo que sí lo sintió, con todo y que estaba dando a luz.

¿Y Tlatelolco, que tal? Cuando mataron a los estudiantes en el ’68.
Fue una cosa horrible, fue algo espantoso. Yo no lo podía creer, que pasara algo así en México. Aunque bueno, era lo que estaba pasando en todo el mundo. Eran días muy difíciles, de mucha agitación… diario veías en la televisión que había habido alguna revuelta de los estudiantes. Pasó en Francia, pasó en China, creo, o algún lugar de por allá. En Estados Unidos, por supuesto, pasaba a cada rato en Estados Unidos. Pero allá están locos, no es raro que pase una cosa así.

¿Te pareció impresionante el 11 de Septiembre, cuando se cayeron las Torres Gemelas?
No, eso ya ni lo sentí. Me enteré creo que una semana después (risas).

¿Y las Guerras Mundiales?
La primera no me tocó. O bueno, sí me tocó pero estaba muy chiquita para darme cuenta. Y de la segunda, ¿vieras que apenas y me enteraba de lo que estaba pasando? A lo mejor solo fui yo, pero no sentí algo tan impresionante, ninguna atmósfera extraña ni nada.

¿Qué opinas del cine actual?
Que es pura porquería, parece que ya se les olvidó cómo hacer una buena película. En mi época y hasta para la de tu mamá todavía se podía ir al cine y se veían preciosidades, unas maravillas, las películas bíblicas, Los Diez Mandamientos, Ben Hur, bueno, esa no es bíblica pero es de esas… Lawrence de Arabia. Había muchísimas películas, y te pasaban no una sino dos, y hasta tres por tu boleto.

¿No te gusta ninguno de los actores que hay ahorita?
La verdad es que ni los conozco, pero de todas formas no me gustan. ¿Qué es eso de que ahora todos los hombres se arreglen su pelito así, más que las mujeres? Ahora no hay nadie como Jimmy Stewart, o como Cary Grant, que era el amor de tu mamá, ya no hay verdaderas estrellas, que además eran magníficos actores y encima caballeros. Lo que ahora les gusta es ese Leonardo Di Caprio, que parece una niña, no sé qué le ven. Tiene cara de gordita ¡y es más vulgar! ¿Qué es eso de que le tomen fotos saliendo borracho de todos lados, como si fuera un chiste?

¿Es verdad que antes les llegaban las películas europeas y de todos lados del mundo?
Sí, esa es otra cosa. Ya nadie ve cine de ningún otro lado que no sea Estados Unidos. Antes llegaban todas las mexicanas, que eran verdaderas películas, con verdaderas estrellas, que además eran estrellas en todos lados del mundo, y además de esas todas las italianas, las francesas, de todas… y conocíamos a todos los actores, a Brigitte Bardot, a Sofía Loren, a Mastroianni, todos ellos eran igual que famosos que los americanos.

¿Te parece que el mundo de ahora esté dominado por Estados Unidos?
Ni siquiera me lo tienes que preguntar, es obvio. Ve de que marca es tu ropa, o tu tele o cualquier cosa que uses todos los días. Prende la tele y en seguida vas a ver algo de Estados Unidos. Y ni siquiera me molesta, se lo ganaron los condenados. Por ser inteligentes, y por ser trabajadores, y hasta por ser tramposos, pero si uno se dejó, pues que se chingue.

Finalmente, una última pregunta: ¿Cómo te gustaría ser recordada?
¡No! ¡No quiero ser recordada! ¡Quiero vivir! (risas) ¡Quiero enterrarlos a todos, ser la última en irme! (risas) No… de verdad, no tengo idea. Demasiado me conocen, nunca fui de guardarme nada, así que ya le di a cada quien lo necesario para que me recuerde como quiera.

¿Te sientes satisfecha?
Sí, creo que no me quedé con ganas de nada. Lo lamento por los que sí, que querían hacer algo y les dio miedo.

Eso es todo. Muchas gracias, tía.
Gracias a ti, hijito. Ojalá que te sirva.


lunes, 14 de febrero de 2011

El anillo Swarovski


“Yo no quiero catorce de febrero ni cumpleaños feliz.”
- Joaquín Sabina (
Contigo)


-Odio que me miren con esos ojos –dice mi chica al entrar al coche.

-¿Qué ojos? –pregunto.

-Ojos de que mi bolsa es pirata –mi chica pone los ojos en blanco y cruza los brazos.

-Pero si tu bolsa no es pirata –digo-. A tu mamá le costó una fortuna.

-¿Crees que la pendeja que me vio en la farmacia va a creer que una mujer que se sube a un volcho va a tener dinero para comprar una Louis Vuitton original?

More...No me animo a responder. Vivimos en el tercer mundo. El mundo de las apariencias. Donde las personas conducen Mercedes Benz y duermen bajo techos de láminas con goteras.

-Ven aquí Taquito –acaricio al perro de mi chica en un intento desesperado por cambiar el rumbo de la conversación. Taquito saca la cabeza por la ventanilla del volcho. El viento le revuelve la melena. Saca la lengua, sus ojitos como un par de botones negros resplandecen en la noche. Es feliz, pienso, los perros no discriminan, les da igual ir abordo de un volcho o de un Mercedes, ellos se conforman solo con salir a pasear y sacar la cabeza por la ventanilla para sentir el aire contra su cara peluda.

-¡Cállate Taco! –explota mi chica cuando Taquito empieza a ladrarle a una señora con reboso que vende flores en la esquina con semáforo. Taquito no cesa en sus ladridos hasta que su ama lo retira de mis piernas y lo arrulla como si fuera un bebé-. ¿Quién es mi bebé hermoso?

Le cambia el semblante a mi chica. Al parecer ha olvidado el desencuentro con la mujer de la farmacia que creyó que era una compradora de bolsas piratas. Unos metros más adelante, en un poste de luz, un cartel anuncia una recompensa a quien encuentre a Zuly, un perro yorkie, muy parecido al perro que arrulla mi chica.

-No puedo creer que ofrezcan esa cantidad de dinero por un perro –digo incrédulo.

-¿Sabes cuánto costó Taquito? –pregunta mi chica, el ceño fruncido.

Prefiero tampoco responder a esa pregunta. Piso el pedal del clutch. Meto primera. Acelero.

-Más que el volcho –dice mi chica-. De hecho, Taquito vale más que dos volchos.

Permanezco en silencio. El capitalismo me hace sentir avergonzado. Humillado. Algo debe andar mal en el mundo: los ojos de los transeúntes, de los comerciantes, de los meseros, de los amigos, de los conocidos, de los familiares muestran en sus pupilas ese error. Esa fisura. Ese imposible. El sinsentido. ¿Cómo un escritor impresentable, que se está quedando calvo, puede ser el dueño de las noches de una chica de grandes ligas, musa de estrellas de rock, delirio de luminarias hollywoodenses, perdición de diseñadores afincados en la Gran Manzana? ¿Qué carajo hace una mujer de ese nivel montada en un volcho destartalado? ¿Acaso el pobre diablo de su amante esconde una anaconda en sus pantalones? No hay otra explicación, si no, no cojearía de ese modo al caminar.

-Ya te compré tu regalo de San Valentín –dice mi chica; dibuja una sonrisa.

-No te hubieras molestado –digo-, San Valentín es un invento de los comerciantes para que gastemos dinero.

-Oye, te dije que ya te compré tu regalo –mi chica borra su sonrisa-. Me importa una miarda quién haya inventado San Valentín y con qué motivos, es lindo que tú y yo intercambiemos regalos.

-¿Y qué me compraste?

-Un perfume. Y una crema aftershave. Y una crema para después de bañarse. Y…

-No te hubieras molestado.

-Pues sí me molesto, es el colmo que uses perfume Fraiche.

-¿Qué tiene de malo usar perfume Fraiche?

-Hueles a piratería.

Con disimulo tuerzo el cuello y me huelo por encima del hombro. No huelo nada. Huelo a la nada. La fragancia del don nadie.

-¿Sabías que Lady Gaga sacó un perfume? –pregunta mi chica.

-No.

-¿Sabes a que huele?

-No.

-A sangre y semen.

-Qué asco.

-Pues eso quiero que me regales de día de San Valentín.

Quedo estupefacto. Perplejo. Mudo. Puedo escuchar los trompetazos de los Jinetes del Apocalipsis reventando contra el coche.

-Avanza, está en verde el semáforo.

Con dificultad piso el pedal del clutch. Una lluvia de cláxones suena a mis espaldas. Meto primera. Más cláxones. Acelero.

-¿Eso quieres de regalo? –pregunto.

-Claro que no, bobo.

Un alivio invade mi cuerpo. Recuerdo por qué soy tan feliz de tener a mi chica. Más allá del pensamiento superficial de tener a una mujer que bien pudo escapar de un calendario de taller mecánico, ella es sencilla, desinteresada. Nunca me ha exigido nada más que hacerla reír. Escribir cada semana su biografía. La vida novelesca que la persigue desde el día de su nacimiento. Retratar a manera de venganza a los personajes chiflados de su familia que tanto la agobian, y que a diario tiene que reprimir el impulso de bañarlos en gasolina y prenderles fuego.

-Quiero un anillo –dice mi chica.

-¿Cómo?

-Un anillo.

-Pensé que odiabas el catorce de febrero.

-Ya no.

-¿Y eso?

-Quiero un anillo.

-¿Por qué un anillo?

-Quiero un anillo Swarovski.

-¿Qué eso?

-Es un anillo de cristal, no te estoy pidiendo un diamante.

-Y aunque me lo pidieras, dudo poder…

-¿Me vas a regalar el anillo?

-Sabes lo que pienso de los anillos.

-Sé perfectamente lo que piensas de los anillos –mi chica me clava una mirada asesina y Taquito escapa al asiento trasero.

-Es la peor idiotez gastar dinero en anillos, creo que…

-Dije que sé perfectamente lo que piensas de los anillos.

-¿Entonces?

-Que quiero un anillo.

-¿Un anillo Saromy?

-Swarovski, no seas indio.

-¿Y para qué lo quieres?

-Para metérmelo en el culo, para qué más va a ser.

-Ja-ja. Te conozco, nunca me pides nada, hay un motivo oculto por el cual quieres un anillo, y quiero saber cuál es.

-Ese es el motivo, que nunca te pido nada. Quiero que me regales algo.

-No creo poder…

-Vale mil ochocientos pesos.

-¿¡Mil ochocientos!?

-Oye, a la puta prometida de tu primo le regalaron un anillo de treinta mil pesos.

-Pero yo no soy constructor. Soy escritor.

-Pues termina de construir tu novela a ver si me regalas un anillo.

-¿Es eso? ¿Se trata de una competencia? ¿A ver quién tiene el anillo más caro?

-No, no se trata de una competencia. Solo te estoy pidiendo un puto anillo de cristal. Un puto anillo de miarda, no un diamante. Un anillo de cristal para que mis putos tíos millonarios cuando me vean digan que soy una mujer digna de recibir anillos, que soy una puta mujer valiosa, por la que vale la pena hacer sacrificios y regalarle cosas.

La voz de mi chica se quiebra. Se le empañan los ojos. Taquito regresa al asiento de mi chica y se acuesta sobre sus piernas. Sus ojitos negros como botones me miran con desprecio, discriminatorios, acusativos por hacer sufrir a su ama que tanto ama. Piso el pedal del clutch. Meto cuarta. Acelero. El motor cascabelea. Parece que reventará en cualquier momento por falta de mantenimiento. Avanzo sobre toda la avenida hasta llegar a casa de mi chica. El reflejo de mis ojos en el cristal panorámico del coche me devuelve una mirada acusadora, desdeñosa, igualita a la mirada de toda esa gente que me observa en la calle cuando me ve de la mano de mi chica.

-¿Al menos puedes decirme algo lindo? –suplica mi chica al bajarse del volcho.

-Te quiero mucho –atino a decir. Es lo único que me viene a la mente. Soy un idiota.

Mi chica da media vuelta con los ojos arrasados en lágrimas. Es un valle de tristeza el porche de su casa. Abre la puerta de su casa. Veo su figura de espaldas desaparecer. No hubo beso volado de despedida. La puerta se cierra. Me lo merezco. Piso el pedal del clutch. ¿Por qué soy así? Meto primera. Increíble que no pueda decirle nada cursi, romántico, lindo. Acelero. ¿Por qué no puedo confesar lo que realmente siento por ella? Gritar a los cuatro vientos que es la mujer que más he amado en mi vida. Mi estación y mi tren. Mi trapecio y mi red. Que si ella se quemara provocando un incendio en su casa y quedara una masa amorfa de piel chamuscada y derretida aún así permanecería a su lado, besándola, amándola, cuidándola. Porque me importa una mierda si un día sus tetas de campeonato se le chorrean como calcetines hasta las rodillas, o si su abdomen queda flácido como gelatina o su cuerpo de conejita de Playboy se convierte en el de una gallina. No me importa. A mí lo que me vuelve loco es escuchar su risa de alarma de coche. Pi-pi-pi-pi-pi. Risa imposible. De sit-com. De la Nana Fine. Fumarme todos sus pedos de cloaca. Esos que se revienta en lugares públicos minando restaurantes, iglesias, cines, etcétera, y que nadie sospecharía fueron obra de una mujer hermosa, porque en este mundo consumista y de apariencias se tiene la falsa creencia de las chicas lindas se tiran pedos con olor a rosas. Yo lo que quiero es envejecer a su lado, aunque me pudra los pulmones con sus bombas lacrimógenas. Que me mate un pedo asesino. De un paro respiratorio. Ya no le temo a la vejez, a convertirme en un anciano horrible que se caga en sus pantalones, pues gustoso seré una desagradable carga para los demás con tal de tomar un día más las manos también arrugadas de mi chica. De igual forma moriría feliz en un avionazo, reventar en el aire como mi chica quiere, con la azafata corriendo como loca por el pasillo alfombrado y pidiendo a los gritos que nos abrochemos los cinturones de seguridad mientras las máscaras de oxígeno se precipitan sobre los asientos, como marionetas muertas sobre nuestras cabezas, tal cual lo muestran en las películas; morir juntos, pues mi chica (no puedo creer lo loca que está) dice no poder soportar un día de su vida sin mí. Y yo la verdad, tampoco.


martes, 11 de enero de 2011

Selva Rodríguez tendrá soundtrack


Hasta el día de ayer no tenía la menor idea de la existencia de cierto grupo musical mexicano, o más exacto sería decir, made in Condesa; de ellos lo ignoraba todo, desde el número de integrantes que conformaban la banda hasta el estilo de música en el que se desenvolvían. Lo desconocía todo, como por ejemplo que la agrupación está integrada por tan solo por dos artistas, un hombre y una mujer, y por tal motivo (es solo una humilde opinión) lo correcto sería llamarlos dúo en vez de banda o grupo; dúo de pseudo hippies made in Condesa que a diferencia del dúo argentino Pimpinela, cuyas letras se sumergen en el tenebroso mundo del incesto, ellos (los pseudo hippies) hacen del dominio público en sus letras el amor desmedido que sienten por los helados, en particular por los de una heladería mexicana extinta en los años noventas.

More...Hasta el día de ayer me desenvolvía con gustosa ignorancia en materia musical, ajeno a todas las corrientes y nuevas vertientes de la música nacional, hasta que apareció ante mi mirada absorta la mujer pseudo hippie made in Condesa que cree que es muy graciosa al imitar nuestro aporreado y horrendo acento yucateco cada dos por tres, hippie de mediana edad (si no lo es, lo parecía) que es una calaca en versión blanca y rubia de cierta amiga morena de pelo negro que participó el año pasado en cierto reality show musical de TvAzteca (amiga que, para más referencias, fue eliminada en la primera ronda).

El día de ayer, un amigo que tiene la particularidad de ser el vocalista de una banda de pop-rock-alternativo, cuya novia (ahora prometida) es la mejor amiga de mi chica, nos invitó a ambos a participar en el primer video musical de su banda, dirigido por un laureado director (para más referencias, ganó un premio Ariel en la categoría Mejor Fotografía por cierta película mexicana en blanco y negro cuya banda sonora fue hecha por cierta cantante mexicana que imita descaradamente a Lilly Allen), videoclip que si todo apunta a salir como parece, en breve podremos ver en la rotación regular de MTV (si es que todavía programan videos musicales) y/o Telehit. Video en el que espero noten los bonitos efectos naturales, como bien pueden ser unas gotas que vuelan por los aires, y hago énfasis en las gotas que vuelan por los aires porque esa fue toda mi participación en el video, chapotear rabiosamente junto con otros hombres panzones de mediana edad dentro de una piscina, pero eso sí, fuera de cuadro o cámara, sabia decisión del laureado director que en teoría había escrito en el libreto que hombres fornidos aparecieran rodeados de bellas chicas enbikinadas (para más referencia, con mi chica como la bikinuda principal) tal como lo hizo Cristian Castro en el videoclip Azul, sin embargo, partiendo de la premisa que la historia del video narra la vida de un hombre ganador, sería poco creíble que la reputación del hombre ganador se hubiera forjado por tener amigos con cuerpos de manatíes, pues como mencioné, se estaba filmando un video musical y no un programa del Discovery Channel.

En resumidas cuentas, y esto es lo que me tiene el día de hoy compartiendo con los dos o tres lectores que todavía me leen (espero), es que yo ignoraba la existencia de un dúo pseudo hippie made in Condesa, o mejor dicho, a la vocalista femenina, de no ser porque el día de ayer, en la filmación del video musical donde aparece mi chica en bikini, me vi enredado en una escena pesadillesca con la mentada cantante pseudo hippie amante de los helados, amiga del laureado director, de lo contrario no tiene explicación o lógica alguna que apareciera en primer plano una mujer de mediana edad que está a años luz de tener un cuerpo de calendario de taller mecánico como el de mi chica, más específicamente en una escena que por fortuna ustedes no van a tener el horror de presenciar y que muy probablemente haya sido la culpable del incremento en dos grados de la miopía que padezco, donde el laureado director le preguntó a su amiga cantante si no traía un bikini bajo sus ropas de pseudo hippie made in Condesa y la cantante desconocida (al menos para mí hasta esos momentos), respondió que no.

Entonces….

Sí, puntos suspensivos, lo hago por su bien. Lo juro. Confórmense con ver cierto video musical que aparecerá en breve en la pantalla de sus televisores, uno en el que podrán ver un derroche de gotas salpicando a la cámara (cortesía de su servidor, que se empeñó en chapotear incluso cuando gritaron corte, igual y el rabioso chapoteo ocultaba los melocotones de mi chica), o, si me tienen un poco de paciencia (espero la tenga al menos mi asesor de la beca del FONCA) prometo contarles con pelos y señales, pero sobretodo con pelos, la historia en que aparecí por primera vez en un video musical, o mejor dicho, la primera vez que apareció en un videoclip Selva Rodríguez, la protagonista de la novela por la que ahora mismo me están pagando por escribir, pero que sin embargo, me estoy haciendo bien tonto por el cosquilleo que me da mantener actualizada en la medida de lo posible esta columna que siguen dos o tres lectores que dudo hayan llegado hasta aquí, es decir, hasta el punto y final.


jueves, 16 de diciembre de 2010

El año que se fue como un suspiro


Solo al plasmar nuestros recuerdos en una hoja de papel podemos tener la capacidad de cobrar conciencia, de evitar sumergirnos en una depresión pasmosa, infranqueable, de creer que estamos envejeciendo a la velocidad del trueno, pues al despertar los días lunes, si nos descuidamos (que es casi siempre), aparecemos en un lejano día sábado o domingo sin saber a dónde diablos fue a esconderse el resto de la semana. Es por eso, sospecho, que a mediados del mes de diciembre, los medios de comunicación (sabedores de lo perezosos que somos para redactar nuestras propias nimiedades) gustan de bombardearnos con incontables recuentos o Tops de las mejores canciones, películas, noticias, proezas deportivas, tragedias, etcétera, del año que está por expirar, para de este modo recordarnos que estamos vivos, o cuando menos, que somos unos muertos vivientes que deambulan hipnotizados por la luz que emanan las pantallas de los televisores, celulares y computadoras.

More...En un ejercicio para evitar cortarme las venas (apenas ayer estaba recibiendo el 2010), enumeraré los momentos que debo prometerme nunca olvidar, tener a mano en el cajón de los recuerdos, para que no siendo un anciano, pague las facturas que le debo a ciertos personajes que quiero, admiro y respeto, pero también, cobre las que me deben algunos ponzoñosos animales rastreros.

1. Un señor al que todos odian pero que él cree que lo aman, renacuajo calculador y sociópata resentido, conociendo su condición de poco hombre, acostumbrado a resolver las diferencias en la sombra, escondido, parapetado en algún escondrijo inexpugnable y con matones de por medio que dan la cara por él (será porque la suya es horrenda y ni siquiera una cirugía plástica pudo borrar su fealdad), me declaró la guerra (entiéndase por guerra amenazar y causarle una crisis nerviosa a una señora sexagenaria que es mamá) por un escrito que publiqué haciendo legítima defensa de lo que me enseñó mi difunto padre desde que era un niño: lo único que no puede darse el lujo de perder un ser humano es su dignidad.

2. A las puertas de un concurso de belleza internacional, una reina de belleza llamada Bicho, que bien sabe que su valor más preciado no radica en la envoltura con la que la bendijeron los dioses, al abrir la puerta de casa, se topó con un Pitbull American Stanford del tamaño de un toro (por algo se llama Thor), propiedad de nuestro vecino, un anciano octogenario, padre de un mofletudo político que no cesa de aparecer escupiendo mentiras en la televisión. Al ver a su enemigo, Bucky, el miembro más pequeño y peludo de la familia, pero que sin embargo cree ser tan feroz y peligroso que un Doberman, pensó que era una buena idea defender su territorio en vez de esconderse dentro de la casa como el perro faldero que en realidad es. Todo ocurrió en fracciones de segundo, ante mis ojos, como si estuviera trepado en un carrusel descompuesto que gira a toda velocidad: en mitad de la calle cual escarabajo patas arriba yacía el anciano (un milagro que no se rompiera todo los huesos y falleciera en ese preciso instante), mis manos abriendo las fauces del perro asesino, Bicho con las manos bañadas en sangre (su sangre) rescatando a Bucky y corriendo entre los coches como velocista de 100 metros planos, ganándole la carrera a la bestia enloquecida que le mordía los talones.

3. Me caben en los dedos de una mano los artistas que admiro con locura y con pasión cual groupie de Britney Spears de las primeras filas de un concierto en la época de Baby one more time, señores que pintan canas, leyendas vivientes (cruzo los dedos que muchos años más), que daba por sentado siendo un ermitaño provinciano pobretón nunca vería frente a frente, cara a cara. Sin embargo, para mi sorpresa, tal suposición se vino a bajo una fría mañana de finales de noviembre del 2007, en el aeropuerto internacional de la ciudad de México, mientras hacía el trasbordo que me llevaría a un encuentro de escritores de segunda división, pasmado, la boca abierta, divisé frente a mí, parado en un pasillo, al corsario literario, mi gran maestro, el autor del libro que cargaba bajo el brazo para matar el aburrimiento que me esperaba rodeado de tantos intelectuales, mirando la conexión de vuelos que lo llevaría a la Feria Internacional de Libros de Guadalajara o quizás el vuelo que lo regresaría a casa, del otro lado del Atlántico. La segunda vez que ocurrió un milagro de este calibre (aunque no tan azaroso), fue este año. Con mis 6.5 de astigmatismo y miopía, ahogado de borracho y desde la última fila, que es como debe verse el concierto de un pirata cojo para no brincar al escenario y arruinar el concierto, coreé las canciones, codo a codo, como un par de viejos marineros, con mi primo M, tal como lo hacíamos muchos años atrás, hasta el amanecer, cuando nos sentíamos jóvenes y vivos, pero a sabiendas el destino y los nubarrones grises que nos esperaban por delante.

4. Una noche me sentí particularmente chispeante, interesante, seductor y amigo de los famosos, en especial con el líder y vocalista de una banda argentina de rock pop alternativo. Lo que ignoré en ese momento es que si un artista de verdad se toma la molestia de platicar y emborracharse con un ilustre escritor desconocido después de un concierto, seguramente es porque la novia del ilustre escritor desconocido es una chica con una delantera más peligrosa y letal que la mancuerna Tévez-Messi.

5. La ex Miss Universo de cuerpo de hombre y mirada de basilisco intentó por todos los bajunos medios arrebatar la corona que había ganado a toda ley mi hermana Bicho, haciéndosele fácil destituir y difamar a una chica inocente en base a chismeríos que su ejército de arpías maliciosamente filtró a la prensa de cotilleos. Lo que no calculó la bruja musculosa, es que la chica provinciana que prometió “cuidar y proteger como a una hija” (esas fueron las palabras textuales que usó en mi presencia), fue que su nueva hija adoptiva tenía una familia que la ama y protege, además de buenos y queridos amigos que la respaldan a muerte, no como ella, bruja solitaria, que en vez de rodearse de amigos lo ha hecho de socios, empresarios que un día le darán la puñalada por la espalda porque en el fondo todas las personas (buenas y malas) odian y temen a las brujas.

6. Hace muchísimos años una bruja obesa de buen corazón me dijo que un día lejano conocería y me enamoraría de una mujer chiflada, y solo entonces (e hizo énfasis en la frase “y gracias a ella”) conseguiría todo con lo que soñara. Siendo uno de mis sueños obtener la beca que han ganado todos los jóvenes intelectuales de México, no con fines de pertenecer al círculo de hombres que usan suéteres de cuello de tortuga y lentes de pasta ancha, sino para restregársela en la cara a todos mis enemigos que me tildan de administrador de empresas jugando a escribir, inscribí mi proyecto de novela por enésima ocasión esperando el predecible rechazo por respuesta. Lo que yo ignoraba e incluso había olvidado eran las sabias y proféticas palabras de la bruja regordeta. Mi proyecto de novela fue aprobado y recibido con gran entusiasmo por el jurado: la biografía de una chica camaleónica en su aspecto, modo de hablar y comportarse. Artista, diva, estrella porno, groupie, casta, pura e hija de papá. Obsesiva compulsiva. Mujer que un día apareció en mi vida y dijo estar enamorada de mí.

7. Una chica encantadora, sencilla, humilde, endiabladamente hermosa, me demostró que la corona que le pusieron en la cabeza, lejos de inyectarle arrogancia y elevar su ego a la estratosfera, fuera de este Universo, le recordó quién es y de donde vino, jamás permitiéndose aires de grandeza, permaneciendo a ras de suelo para saltar con uñas y dientes a defender a su compañera de guerra cuando un nido de serpientes querían comerse viva a mi hermana Bicho.

8. Si llegué a albergar alguna duda de los poderes que ejercía mi chica en los designios y sueños de mi vida, estos quedaron esclarecidos al llegar el día que imaginé nunca llegaría, es decir, pulsar la tecla de punto final a la interminable novela que llevaba años escribiendo y consumiendo mi existencia. Mi chica, paciente y estoica, permaneció un año a mi lado obligándome a avanzar capítulo tras capítulo sin desfallecer, dándome por premio su voluptuoso cuerpo enfundado en lencería que haría enrojecer de pudor incluso el rostro de una actriz porno.

9. Un talentosísimo escritor argentino al que admiro y que ha sido una influencia bárbara en mi crecimiento como escritor me brindó su tiempo, amistad y confianza, además de una generosidad infinita al ayudar a colocar el manuscrito de mi novela en un par de editoriales transnacionales (donde estoy seguro me rechazarán). Y no solo eso, el escritor argentino, en el 2011 revolucionará el mercado editorial con un proyecto del cual tuve le privilegio de colaborar con microscópico granito de arena (mi máximo logro a la fecha en material literaria): ponerlo en contacto con uno de mis héroes literarios mexicanos (mismo que desconoce mi existencia).

10. Apareció en mi vida un medio que hizo realidad un sueño añejo y que en mi juventud creí imposible: sacar de quicio a todos los personajes que odio de la televisión, o sea, el 99% de los payasos y viejos ridículos que se creen muy talentosos e irreverentes pero que en realidad no son más que monitos cilindreros de dos señores multimillonarios cuyo negocio más lucrativo es hacerle una lobotomía masiva a la población mexicana.

11. Los amigos no son inmortales. P, mi corrector de estilo y cofundador de Pildorita de la Felicidad, cada que tomamos la carretera Campeche-Mérida o viceversa, se queda mirando con ojos melancólicos por la ventana, unas veces pensando y otras diciendo la suerte que tenemos, que en este preciso momento ya sea bajo nuestras narices o a cientos de miles de kilómetros, la estupidez de alguien o el macabro azar le cobra factura a personas inocentes. Mira a esos pobres infelices, dice señalando entre la maleza un coche deportivo destartalado, las ventanas echas añicos, las llantas reventadas y mirando hacia el cielo, nunca imaginaron que esta mañana su vida se convertiría en un horror, claro, suponiendo que hayan salido ilesos, agrega viendo un rastro sanguinolento en el pavimento. En todo esto pensé una tarde de domingo cuando mi celular sonó. Era P. Sobreexcitado me preguntó si escuchaba su voz. Le dije que sí. ¿Estás seguro?, insistió. Al volver a escuchar mi respuesta afirmativa me explicó que la camioneta en la que viajaba con nuestro primo L de regreso a Campeche, derrapó en una curva para luego salir dando tumbos como un barril entre la maleza y las rocas. Espérame un segundo, dijo. ¿Qué pasa?, pregunté angustiado. Nada, acabo de escupir un puñado de cristales del panorámico para dejar de hablar como el Pato Lucas.

12. El ser humano, además de tener el egocéntrico anhelo de querer reproducirse para dejar huella en el mundo, también desean dejar su marca indeleble en la memoria colectiva, es decir, publicar un libro. Véase a las editoriales (no importa si son chicas o grandes) que se niegan a aceptar más manuscritos pues argumentan estar saturados de los desvaríos impresos en papel de personas con demasiado tiempo libre y delirios de grandeza, tal como es mi caso. Pese a ello, no faltan los amigos soñadores que insisten día a día para que no desfallezca y baje el ánimo, que alguna editorial con nada que perder como nosotros se animará a darle vida a esa bestia amorfa y rabiosa que cargué en mi vientre por demasiados años.

13. El Rey de los Puteros cree que ganó la guerra al verme fuera de ciudad amurallada. El Licenciado Cara de Sapo también. Al igual que otros animalejos viperinos que viven a costa del erario público. Lo que ellos no saben es que cuando se quiere o ama algo de verdad, hasta las entrañas, basta con cerrar los ojos para que la brisa marina, con ese regusto a sargazo y sumidero, regrese a rozarme las mejillas, y toda esa fauna variopinta con exceso de peso vuelva a pasar delante de mí, ya sea sobre el malecón o en las adoquinadas calles del centro, y un caudal de historias sórdidas hagan eco en las murallas hasta llegar a mis oídos. Todo gracias a los pintorescos amigos campechanos que quiero como a hermanos (no exagero al calificarlos así), que durante un lustro me acogieron como a uno más de su manada. Y no tuvieron empacho en enseñarme todo lo que sabían. Y aunque uno a uno hemos ido emigrando fuera de las murallas por motivos diferentes, siempre aparece una nueva historia con personajes en común que nos unen como hermanos de sangre, tal como la que me contó J: en la biblioteca pública de ciudad amurallada (ahora dirigida por el Licenciado Cara de Sapo), iban a exponerse los cuadros de un viejito paisajista oriundo de Hecelchakan. El evento fue cubierto por un medio de comunicación donde trabaja el escritor W. Más que una exposición aquello fue un reencuentro. El viejito paisajista quedó arrobado al ver al reportero que cubría el evento. W, horrorizado de contemplar como lo veía un anciano con ojos que derramaban miel, quedó petrificado como una estatua. El pintor, en tono ceremonioso, le dijo: tienes los ojos de tu abuela. Esa mañana W se enteró que en su moza juventud el paisajista estuvo enamorado de su abuelita (también oriunda de Hecelchakan), y en su retorcida y suspicaz mente, develó de dónde había sacado la inclinación hacia las artes que lo hizo estudiar la licenciatura en letras. Punto y aparte, como en todo evento cultural campechano no apreció un alma en la biblioteca para ver la exposición del abuelito de W, perdón, del pintor. Raudo y veloz, el Licenciado Cara de Sapo tomó una decisión: llamó a su secretaria y le dijo: ve a buscar gente al parque. A los diez minutos la secretaria apareció con una decena de niños (incluido un bolerito). Estupefacto ante el ínfimo promedio de edad de la concurrencia, el pintor se quejó: ¿Qué es esto? A lo que el Licenciado Cara de Sapo salió del embrollo como solo un campechano puede salir: tranquilo maestro, ellos son el futuro del arte.

14. Durante un año, todas las noches que tengo la fortuna de dormir con mi chica, me quedo observándola en la oscuridad, pensando en la suerte que tienen los pobres diablos de vez en cuando, midiendo milimétricamente hasta el último poro de su cuerpo dormido, preguntándome si las 400 páginas que escribiré el próximo año estarán a la altura del personajes de carne y hueso más pintoresco y novelesco que he conocido en mi vida.


domingo, 5 de diciembre de 2010

Taquito



1


No planeo reproducirme. Es un hecho. Creo que el 90% de los embarazos que ocurren en la humanidad son eventos no deseados por los padres. Mientras que el irrisorio porcentaje de los que sí desean tener descendencia, o son unos valientes y/o unos inconcientes y/o unos padres aburridos de la monotonía de sus vidas, hartos de vivir en piloto automático los últimos años, hastiados de compartir la cama con el extraño que duerme a su lado por las noches, sujetos en un loco y desesperado intento de darle color a su existencia, de salir de la rutina, de ganarse el derecho a asistir a las fiestecitas infantiles de los hijos no deseados de sus amigos, de poseer nuevos temas de conversación, de transferir todos sus sueños de grandeza y frustraciones de una vida gris en las pequeñas criaturas que duermen tranquilas en una cuna sin sospechar el horror al que los han traído esos señores que los miran desde las alturas con un nudo en la garganta por poder soportar su propia existencia.

More...-No sabes lo que dices –me contradicen horrorizadas mis tías, primas y amigas-, dar vida es la experiencia más maravillosa de este mundo.

No lo dudo, pienso mientras veo a un batallón de niños correr, llorar y pintarrajear las paredes de la sala. Una experiencia maravillosa que te roba, succiona, absorbe la vida, para que al final, luego de una cita con el psicoanalista, los retoños convertidos en hombres, te señalen como el único responsable directo de la vida incolora e insípida (y llena de hijos) que les tocó en suerte vivir.


2


Me alegra que la familia de mi chica la considere un monstruo. Esto quiere decir que ella piensa lo mismo que yo. Y aunque es capaz de hacer morisquetas, poner los ojos bizcos, sacar la trompa para arrancarle la sonrisa a un niño, en el fondo desea estrangularlo, evitarle la pena de lo que se avecina en unos años cuando cobre conciencia de dónde está parado. Para no ir más lejos, su ídolo es Herodes. Cada que escucha que alguien tiene un hijo, se retuerce, aprieta los puños, pone los ojos en blanco, patalea y dice que esas criaturas le están robando el aire, la comida y el agua que le pertenecen por derecho de antigüedad. Y si se llega a enterar del nacimiento de unos gemelos o trillizos, entra en crisis, asegurando que los gemelos son aberraciones de la naturaleza, aunque esto, sospecho, solo lo dice porque mi ex novia tiene una gemela.

-Como nosotros no vamos a tener hijos –dice-, ya sé lo que quiero.

Selva se me queda mirando con ojos redondos. Luminosos. Con una media sonrisa enloquecida del guasón. En espera de que me sumerja en sus pensamientos y adivine lo que tiene adentro de la cabeza.

-Un mono –dice.

-…

-Un chimpancé –me aclara la especie-, sería nuestro bebé. Imagínatelo.

A mi mente lejos de venir una pintoresca imagen ochentera tipo la serie de televisión B.J. and the Bear, me viene una espeluznante imagen parecida a la escena final de El bebé de Rosemary: en una cuna cubierta por velos negros, descansa una criatura semihumana, peluda, de ojos brillosos color escarlata.

-Anda, di que sí –me ruega Selva al ver mi estupor.

Me niego rotundamente. Le explico que los chimpancés son todavía peores que los bebés humanos. Estos tienen la capacidad o habilidad innata de arrojar con suma precisión su mierda por los aires. Además de encapricharse con su dueña, mostrando los colmillos a quien ose siquiera tocarla.

-Te prometo que yo cuidaré de Alejandro –insiste.

-¿Alejandro?

-Sí, nuestro bebé –me aclara-. El chimpancé.

Le digo que está completamente loca. Que bajo ningún concepto pienso vivir bajo el mismo techo que un mono cagón y masturbador.

-Imagínate que bonito sería –Selva expone su argumento con la mirada perdida, alunada, haciendo oídos sordos a mis negativas-. Alejandro tendría su propio cuarto, yo misma lo decoraría y pintaría. Le compraría su ropita y lo vestiría todos los días diferente. ¿Te imaginas que bonito se vería vestidito, bañadito, con el pelo bien peinado? Además lo inscribiría al kinder para que vaya a jugar con los hijos de tus primos.

-Selva.

-Dime.

-No vamos a tener un mono.

Incrédula, Selva abre la boca. Sin embargo, no se rinde: me abraza, me besa el cuello, me embarra sus descomunales tetas, me dice al oído que lo mejor de un mono es que no viven tanto tiempo como los humanos, así que no habrá que cuidarlo toda la vida.

-Los monos viven más de treinta años –le aclaro-, ¿te parecen pocos?

-En comparación a los humanos, sí –Selva me mira a los ojos-. Tú llevas treinta años jodiendo a tu mamá, y los que te faltan.


3


Alejandro ha quedado en el olvido, por el momento. Un nuevo rayo de luz apareció en la vida de Selva, ennegreciendo mi existencia.

-Se llama Taquito –dice estrujando entre sus brazos lo que en primera instancia me pareció ser una trozo mugroso y maloliente de felpa.

Taquito es un perro de raza Yorkie, recién liberado del cautiverio de lujo donde estuvo confinado los últimos seis meses, es decir, casi toda su vida: el cuarto de baño de la servidumbre en el penthouse ubicado en la zona hotelera de Cancún, residencia de los tíos de Selva.

-¿Quién es mi bebé precioso? –dice Selva llenando de besos al famélico animal.

Los antecedentes son los siguientes: Fausta y Agustina, las primitas de 12 y 9 años de Selva, fueron enviadas hace un par de meses a Lakewood Academy, internado en Irlanda bajo la tutela de los Legionarios de Cristo. Desde esa fecha, al parecer, olvidaron que tenían encerrado en un baño a un perro Yorkie llamado Taquito, mismo que costó la módica cantidad de 17 mil pesos, obsequio de su padre, famoso empresario y político de la sociedad quintanarroense, quien adquirió al fino animal para sosegar el trauma de las niñas de sus ojos quienes una tarde de verano, en la piscina del hotel, vieron salir volando a sus dos mascotas desde lo más alto de la torre de los departamentos. Claro que, utilizar la palabra volando, es un eufemismo. La Chihuahua, llamada Paris (q.e.p.d.), y el loro, llamado Qué-bonito-qué-bonito-qué-bonito, se precipitaron desde varios metros de altura, teniendo mejor suerte el loro, que gracias a sus alas amputadas pudo planear y tener un forzoso aterrizaje que tuvo como consecuencia un erizamiento perpetuo de su plumaje y la rotura de sus dos patas, dejándolo inválido, no así la Chihuahua Paris, quien reventó como un globo lleno de agua al contacto con el suelo.

Como es natural en el comportamiento de los seres humanos, mientras Taquito fue un adorable cachorro, se erigió como el amo y señor del penthouse, pero nada más pasó su etapa de bebé, acto seguido fue confinado al cuarto de baño de la servidumbre, donde permaneció varios meses olvidado hasta que sus amas Fausta y Agustina emigraron a purificar sus almas a remotas tierras irlandesas.

Aprovechando esta doble ausencia, Selva, en contubernio con su tía Cayetana, secuestraron a Taquito, quien se encontraba en las mismas o peores condiciones que un judío encerrado en Auschwitz.


4


Me negué enfáticamente a adoptar a otro perro. En especial uno que requiere de alimentación más elaborada y costosa que la mía.

-Solo serán unos días –intentó tranquilizarme Selva-. Mi tía Cayetana se lo llevará apenas regrese de su viaje.

Tal como imaginé, los dos o tres días que pidió Selva de tolerancia hacia Taquito, el trapeador de cuatro patas, se transformaron en una semana. Y no es que tenga antipatía hacia los perros, todo lo contrario, en casa vive Bucky, el perro que abandonó mi hermana Bicho a su suerte, y la hija de Bucky, Mía, producto de la calentura, pues en uno de los paseos nocturnos que di por la colonia con Bucky, éste, raudo y veloz, poseyó de manera rabiosa a una inocente perrita de raza Schnauzer quien tranquila y quitada de la pena era guiada por la mano herméticamente ebria de su cuidador, el mozo de mi nuevo vecino, quien no advirtió o sospechó que la perra de su jefe estaba en celo, momento que no desaprovechó el lujurioso Bucky.

Para evitar malos entendidos y problemas con mi nuevo vecino, hombre de nombre imposible, recién divorciado y cantante de música vernácula que se gana la vida en el casino de donde no salen mis tías, decidí hacerme cargo del cuidado y el parto de su perrita violada, labor con la que conté con el apoyo de Selva, quien al ver nacer a los cachorros me hizo jurarle que reclamaría el cachorrito que por derecho me tocaba exigir, para que así pudiera regalárselo, ya que extrañaba mucho a su perro Chihuahua (q.e.p.d.), llamado Pelota, alias, bebé, hijo, nené, criatura, amante de los fochitos de Tere Cazola y toda golosina que fuese puesta a su alcance por la golosa de mi suegra, amante de los fochitos de Tere Cazola y toda golosina que quedase a dos kilómetros a la redonda de su casa; no en balde Pelota, alias, bebé, hijo, nené, criatura, con el paso de los meses adquirió dimensiones amorfas dignas de ser registradas por los anales del libro de Ripley, imposibilitando incluso al más avezado de los expertos en materia canina en adivinar qué raza era aquel perro con el cuerpo adiposo y en forma de almohadón que un día murió de un paro cardíaco.


5


Tía Cayetana es una mujer que siempre soñó con tener hijos. Por ello, cada que tiene ocasión, le pide a Selva, su sobrina preferida, que se embarace, y no una sino dos veces para que le regale a sus hijos, de ser posible un varón y una niña. Por desgracia (la vida suele burlarse de nosotros) la tía Cayetana nació imposibilitada para procrear. Y no conforme con esta desgracia (la vida suele ensañarse con nosotros), Cayetana conoció a un hombre maravilloso que la ama y daría la vida por ella, pero que bajo ningún concepto piensa adoptar a una criatura desamparada, ya que él tiene 2 hijos de su anterior matrimonio y ni loco piensa repetir una vez más (ahora estrenándose en la edad sexagenaria) el infierno de ser despertado en mitad de las madrugadas por los berridos de una bestiezuela.

Es en ella, en la tía Cayetana, en quien pienso todas las madrugadas al ser despertado por un concierto de gruñidos y ladridos cortesía de Taquito, el estropajo viviente, quien no conforme con hacer del conocimiento público su insomnio, se pasea por el cuarto, levanta la pata y marca cada rincón y sitio de su preferencia con su orín apestosísimo, que para colmo de males es secundado por Bucky, quien ofendido, exige respeto de jerarquías y levanta la pata para sacar chorros de orín donde ha sido profanado su territorio.

-No le pegues, pobrecito –sale en su defensa Selva-, qué no ves que está flaquito.

Le explico que es un animal, que los animales solo a base de castigos y mano dura aprenden a acatar órdenes.

-No, a mi Taquito no me lo tocas –dice Selva abrazando a la rata peluda, quien me observa bajo el confort y seguridad de los brazos de su salvadora, con ojos llenos de magnificencia, negros y redondos como un par de pequeñas canicas.

Impotente, aprieto entre manos el TvyNovelas enrollado con el que pensaba descargar toda mi furia.

-Pues no te olvides que tienes una hija –señalo a Mía, quien duerme a sus anchas, abierta de patas, sobre la cama.

-No me he olvidado de ella –se defiende Selva-, ¿verdad, mi vida?

Mía, perra astuta, se desentiende de la discusión, fingiendo estar en su cuarto sueño; sin embargo, Selva, acusada de mala madre, intenta reivindicarse, demostrar lo buena que es, así que, abraza a su adormilada hija, quien como ya se dijo, es una perra astuta que sabe cómo comportarse: Mía escapa de las caricias de su dueña, haciéndole ver que está ofendida por la inesperada presencia del intruso peludo, quien, para colmo de males, está recién estrenado en la pubertad, y cada que se descuida intenta poseerla de una manera rabiosa y feroz, tal y como fue poseída su madre biológica.

-Te dije, los perros no mienten –me regodeo-. Además, ni te encariñes con él, mañana llega tu tía de viaje y se lo va a llevar.

Selva pone los ojos como un par de huevos fritos. Estruja a Taquito. Le acaricia su prominente joroba, malformación producto de horas y horas de intentar poseer almohadas y sabanas.


6


-Estoy feliz –me informa de su alegría Selva a primera hora de la mañana-. Mi tía Cayetana me dijo que no puede quedarse con Taquito.

-¿Cómo? ¿Por qué? –reclamo de manera airada, dando aspavientos.

-Mi tío Roberto se negó a aceptar a Taquito cuando se enteró de su raza.

-¿Cómo? ¿Por qué? –repito como un autómata.

-Le mandé una foto a su celular y dijo que Taquito es perro de maricones.

Quedo mudo, perplejo ante la sabiduría de mi chica, conocedora de la psique humana, bien sabía que el esposo de su tía, General del heroico ejército militar, jamás se permitiría la vergüenza de dejarse ver por sus subordinados paseando a un perro faldero, pues es bien sabido que un militar, si acaso abre su corazón para adoptar a una mascota, esta debe ser feroz como un Doberman o un Pitbull.


7


Mía, la hija de Bucky, fue castrada el día de ayer. Su primer celo estaba próximo, así que quisimos evitar el incesto, o mejor dicho, una orgía. La joroba o malformación en la columna vertebral de Taquito da fe de sus arrebatos de calentura.

-Dicen que existen siete perros por cada humano –dice Selva acariciando a Mía, dopada por los analgésicos-. Eso quiere decir que nos falta adoptar cuatro perros más.

Le digo a Selva que está loca. Que precisamente para no traer más perros a este mundo accedí a castrar a Mía.

-Pero todavía quiero a un Pomerano –dice Selva explicándome que un Pomerano es el perro como el que tenía la nana Fine-, y un Chihuahua peludo, como el que tiene Belinda, y un…

La lista de perros maricones que enumera Selva es intempestivamente interrumpida gracias a un arrebato de calentura que Taquito trata de saciar en un peluche de los Aristogatos (propiedad de Mía).

-¡No, Taquito! ¡Deja ese pelu…!

La reprimenda queda cortada a la mitad por la súbita aparición de un personaje hasta ese momento desconocido para nosotros: una especie de banana inflable se deja ver entre las cuatro patas de Taquito, que, al intentar morder el cuello del peluche Aristogato, su monstruosa masculinidad lo hace salir catapultado por los aires hasta proyectarse de espaldas, sobre su joroba, exponiendo en todo su esplendor la interminable salchicha que se columpia de arriba hacia abajo al grado de abofetearle su peludo hocico.


8


Selva lleva una semana inconsolable, sin dirigirme la palabra más que para recriminarme por las escandalosas fotografías que tomé desde mi celular.

-No puedo creer que lo hayas hecho –son sus únicas y repetitivas palabras.

¡Oh, bendita tecnología!, pienso en mis adentros.

Taquito ahora es el orgullo del heroico ejército militar de México, base sureste, quienes finalmente pueden presumir de una artillería larga y pesada.


jueves, 25 de noviembre de 2010

La mirada de los otros



1


Mi amigo Eutimio Estrella, el escritor que más admiro y respeto, me ha dicho que no debo sentirme un fracasado, o mejor dicho, un perdedor solitario; que para estas fiestas decembrinas planea visitarme en Mérida, para que juntos imprimamos una foto de John Kennedy Toole, le pongamos unas veladoras y le recemos al santo patrono de los escritores rechazados, ya que él mismo ha sido rechazado esta semana por una editorial bajo el pretexto de “no sabían si mi libro iba a vender o no”.

More...Mi amiga Elsa Covarrubias, magistral ensayista y virtuosa músico, me ha regañado en no pocos correos electrónicos diciendo que deje de sentir lástima por mí mismo, que deje de lloriquear y quejarme cómo una niña, que si me decepciono por el primer rechazo editorial en mi primer intento de publicar una novela entonces no estoy hecho para ser escritor. En respuesta le he dicho que bueno sería si me hubieran rechazado solo una vez, ya que la realidad es otra: las editoriales que me han rechazado no podrían contarlas con los dedos de las manos y los pies ni los hermanos siameses Ronnie y Donnie. Mi amiga me consuela diciéndome que tiene un amigo en una editorial muy buena, pero que, a fuerza de ser sincera (Elsa es de las pocas que ha leído mi novela, o al menos, gran parte de ella), cree que también me rechazarán, ya que la editorial publica solo dos libros al año, y no solo eso, también cree que me darán negativas en todas las editoriales de las ligas mayores, porque hasta donde ha avanzado en mi novela, cree que la primera parte, donde relato toda mi infancia, es genial, que no debo cambiarle ni una coma, sin embargo, a raíz de cierto punto, decidí meter mucha paja, es decir, contarlo todo, en especial una horrenda historia donde tengo, o mejor dicho, el personaje tiene relaciones carnales con una gorda, lo cual hace de la novela, además de repugnante, demasiado larga. También cree que el título que elegí es insípido, bien haría cambiándolo.

Mi chica cada vez está más triste de ver el panorama tan negro que se cierne sobre mí. Sin embargo, la percepción que tiene sobre mi persona permanece intacta. Ella tiene la disparatada idea de que soy su príncipe azul que la rescatará de su enloquecida familia. Que seré un gran y famoso escritor, y que a punta de vender libros voy a costear y sostener su elevado ritmo de vida (incluida su operación de culo como el de Ninel Conde), que por el momento, ella costea de su propio bolsillo llevándome a cenar a mis restaurantes favoritos, pagando las entradas del cine a todas las películas que quiero ver, etcétera.


2


Elsa, mi amiga escritora y músico, me ha pedido una ficha biográfica. Me ha dicho en tono de urgencia (al parecer verá a su amigo editor) que no me demore en enviársela, que no finja demencia o ignorancia argumentando que no sé qué es eso, por ello, ha tenido el detalle de decirme todos los puntos que debe llevar una ficha biográfica, para más referencias, abrir cualquier novela que esté leyendo ahora y mire en la solapa del libro donde vienen los datos del autor.

Reviso algunos libros que tengo a la mano, por suerte Pedro dejó varios olvidados en casa el fin de semana pasado, de lo contrario, tendría que echar mano a los libros Deseo, Bianca, Jazmín y demás revistuchas seudo eróticas que esconde mamá en su buró. Con horror descubro que todas las biografías, además de ser impresionantes (todas enumeran una serie interminable de galardones), están escritas en tercera persona. ¿Acaso debería ser yo quién escriba mi propia ficha biográfica? La respuesta es un no rotundo, a menos que quiera alzarme con el trofeo al Hombre Patético del Año. Entonces pienso: ¿Acaso mi novela no es una autobiografía de más de 400 páginas? La respuesta es un sí contundente, lo que me lleva a pensar que en realidad soy un hombre afortunado, pues gracias a las editoriales nadie más que unos pocos verán el patetismo de un escritor tratando de salir del anonimato.


3


Lo único que vale la pena en mi vida es mi chica. Eso lo tengo clarísimo. No en balde, a partir de diciembre o enero, empezaré a recibir dinero (más que el que he recibido en ningún otro trabajo) por escribir su biografía. Lo que deja claro que solo un gobierno irresponsable como el que tenemos habría subsidiado con el dinero de los contribuyentes este absurdo.

Un capítulo de la novela, pienso mientras Selva se monta a horcajadas aprisionándome con sus rodillas las manos, será lo que está ocurriendo en estos momentos delante de mis ojos.

-No puedo creer que te hayas masturbado –dice.

Me excuso diciendo que fue la calentura del momento. Que soy victima de la inmediatez, de la tecnología. De los piratas cibernéticos que filtran sus páginas lascivas cada que quiero investigar o corroborar algún dato en Google mientras escribo.

-Esa leche me pertenece –dice y se toca entre las piernas-, va aquí.

Con la boca abierta pienso que mi mayor fantasía de adolescente se ha cumplido. Vivir perpetuamente en una película porno. Incluidos los diálogos.

-Para eso tienes vieja –dice-, ¿me oyes?, prohibido andar viendo putas en la computadora. ¿Acaso este par de tetas no son iguales a las tetas que ves en las pornos?

Como un becerrito muevo la cabeza de arriba hacia abajo mientras Selva me reclama, me saca cuentas.

-Andas muy masturbador últimamente –dice-, la semana pasada también te la jalaste, y hace dos cogimos viendo una porno.

Mi chica se me queda mirando, me aprieta con una mano la entrepierna.

-Que no se te olvide quien es la dueña –dice.

Mientras ahogo un grito pienso que cualquier sacrificio es necesario para no perderla.


4


Rodrigo Solís nació el 28 de Enero de 1980. Se licenció en Administración de Empresas en el Instituto Tecnológico de Mérida por 3 razones: uno, porque le dijeron que era una carrera fácil (mentira) y porque era la carrera por excelencia para las personas que no sabían qué hacer con su vida (verdad); dos, para evitarle un paro cardíaco a su papá con más gastos que hicieran aun más evidente su bancarrota (en mitad de la carrera su papá murió fulminado por un derrame cerebral, nunca supo que su hijo era escritor); tres, para ir en contracorriente de su mamá que quería que se enrolara en la universidad Marista con los hijos de sus amigas de la Cruz Roja y/o cacatúas de las mutualistas quincenales, y de tal suerte volverse una viuda feliz.

Durante poco más de 3 años trabajó en un corporativo transnacional, los 3 años más horribles de su vida. Renunció a su glamoroso puesto de gerente de ventas (puesto que obtuvo no a su habilidad en los negocios sino a su amistad con el hijo del dueño, quien veía con fascinación que su empleado escribiera en horas de trabajo) argumentando que necesitaba escribir una novela de lo contrario temía terminar aventándose dentro de un molino triturador de envases de plástico PET. Novela que lo llevó al exilio y le tomó más de 5 años escribir y que ahora ninguna editorial se anima a publicar.

Antes de ser escritor intentó ser futbolista profesional. Fracasó en tres ocasiones, dejando en evidencia que el dicho “la tercera es la vencida”, es una reverenda mentira. Y que las proezas a la persistencia solo ocurren en películas americanas tipo Rudy e Invincible.

Para ganarse la vida mientras escribía su interminable novela fue maestro de una universidad, sin duda (palabras del autor), la universidad más mediocre de México, pues solo la universidad más mediocre de México le daría trabajo y la responsabilidad de enseñar en más de tres licenciaturas. Dato curioso o para pagar sus deudas: también fue entrenador del equipo de fútbol de la universidad (en su curriculum mintió diciendo que había jugado profesionalmente), equipo que nunca llegó a disputar un solo partido en la liga ya que jamás logró reunir a más de 8 elementos sobre la cancha los sábados por las mañanas.

En materia literaria ha colaborado en periódicos, revistas, pasquines y blogs de poca monta y/o dudosa reputación, todas ediciones de provincia y sin cobrar un centavo. La única vez que apareció un texto suyo en un medio nacional recibió amenazas de muerte y/o rotura de madre por parte del gobierno y ciudadanos campechanos amantes de sus tradiciones y costumbres. También ha publicado en periódicos, revistas y páginas de Internet en España y toda Latinoamérica (excepto Brasil, Chile y Uruguay).

La escritura no le ha granjeado fama y fortuna, y por obvias razones nunca ha ganado ningún premio literario, salvo el valioso precio a su cabeza que puso el club de fans de Michael Jackson más rocambolesco de Latinoamérica, el veto a toda beca y/o premio literario que le impuso el licenciado Cara de Sapo (achichincle del Instituto de Cultura de Campeche), la expulsión de la ciudad amurallada provocada por los matones del Rey de los Puteros, etcétera.

Obtuvo la beca PECDA 2007 y Mención Honorífica en los VI Juegos Literarios Nacionales Universitarios (el jurado quedó sorprendido por el cuento que leyeron, pero a su juicio, un mejor premio que los 20 mil pesos del primer lugar era una dotación de libros de la historia del achiote y el chile habanero). Luego de cinco intentos fallidos, el FONCA se apiadó de él becándolo para que escriba su segunda novela.

Por el momento tiene una novela llamada Con pena y sin gloria (ahora llamada La mala racha) y un libro recopilatorio de artículos y ensayos llamado Pildorita de la Felicidad LADO B, donde lo único valioso es el magnífico prólogo de Eutimio Estrella. Ambos libros permanecen sabiamente sin editorial que se anime a publicarlos, aunque algunas editoriales aseguran estar dictaminándolos. Si estás leyendo esto, en unos minutos te unirás a otras tantas editoriales que se negarán a publicar la novela del autor.