miércoles, 14 de julio de 2010

Lo que nos dejan los Mundiales


“Ya no existe la bohemia de antes. Hoy el mensaje es más claro: si ganás, servís; si perdés, no.”
- Adolfo Pernera


Dicen los que saben, los memoriosos, los amantes del fútbol, gente con nombres raros como Barak y apellidos todavía más extravagantes, imposibles, arrevesados, como Fever, que el verdadero motivo por el cual el Mundial se juega cada cuatro años puede deberse a la existencia de pruebas que avalen que se trata del tiempo justo para que nuestro cerebro olvide que en realidad son aburrídisimos.

Y es que, desde que tengo uso de razón, me han dicho que cada cuatro años ocurre un evento que justifica nuestra presencia en este planeta. Una celebración que dura un mes y de la cual almaceno en mi desmemoriada memoria una serie de datos que avergonzarían a los apasionados del fútbol, señores que desde pequeñito me hablaron acerca de dioses terrenales llamados Puskás, Pelé, Didi, Di Stefano, Platini, Beckenbauer, Müller, Neeskens, Cruyff, Kempes y Maradona, a este último señalándolo con el dedo índice frente al televisor; “corre, gordo, corre”, decían y luego se desgañitaban al unísono en un grito histérico “¡gooooooooool!”, para luego darle paso a mi memoria a una habitación llena de niños desconocidos, todos idiotizados delante de una pantalla viendo la caricatura El último unicornio.

¿Por qué papá dejó que mamá me separara de su lado y de sus amigotes alcoholizados en esa primera comunión o bautizo del año ´86? Aquella fue mi última y única oportunidad de presenciar, formar parte de esa fiesta que decían era la justificación de que el hombre haya venido a la Tierra.

Cuatro años más tarde todo pareció haber cambiado. Terminado. La gran celebración a la que solo le permitían la entrada a señores en pantaloncillos cortos dispuestos a hacer gestas heroicas se convirtió en un mito delante de mis ojos.

En el ´90 me la pasé simulando alegría como una señora que simula orgasmos cuando su esposo gordo y calvo se digna a violarla en la cocina: “¡gooooooooool!”,  gritaba cada que marcaban los holandeses y los argentinos. A falta de emociones dentro de la cancha, mi cerebro empezó a almacenar recuerdos extrafutbolísticos o ligados al futbol pero que ocurrían en las inmediaciones de la cancha. Es decir, si algo me iba a quitar el sueño cada cuatro años tendría que ser algo tan monumental e inolvidable como ver por vez primera a una mujer desnuda, en este caso la delantera de una señorita llamada Cicciolina, mujer arriesgada, aguerrida, sin tapujos, que en mitad de una plaza pública se levantó la playera para que todos sus seguidores le estrujaran sus blancas carnes, (dato curioso: Ron Jeremy interpretó a Maradona en la porno del Mundial del ‘90 llamada Cicciolina e Moana ai mondiali que hizo Cicciolina) o presenciar por primera vez el insólito llanto de un adulto, desbordado, desmedido, casi infantil; el mismo señor al que cuatro años atrás papá le gritaba: “corre, gordo, corre”.

En el ´94 mi obsesión fue buscar en el graderío a mis amigos árabes y turcos, cuyos padres pudieron costear el viaje a los Estados Unidos gracias al agiotismo, la usura y la explotación de la clase obrera. Me ardió el hígado cuando las cámaras de TV Azteca y Televisa los enfocaron en butacas de primera fila. También recuerdo las estrafalarias melenas del Pibe Valderrama, René Higuita y Leonel Álvarez. Y cómo olvidar el rostro de muerto viviente de Andrés Escobar al empujar dramáticamente la pelota en su propia portería en aquel partido contra los gringos. Todos presagiamos que algo más terrible que la eliminación de Colombia sucedería.

Y así me podría ir Mundial tras Mundial. Citando mil y un anécdotas que vinieron a suplir el jogo bonito de Brasil o el fútbol total de Holanda de la que tanto me habló papá. Por ello doy un gran salto de 16 años en el tiempo (3 Copas del Mundo) para aterrizar en la recién clausurada Sudáfrica.      

¿Acaso me sorprendió que el 90% de los partidos de este Mundial fueran un autentico somnífero? ¡Por supuesto que no, faltaba más! Soy un hombre de mediana edad que se está quedando calvo. Sin embargo, no por ello dejé de madrugar. Todos los días. Durante un largo mes. Hice crónicas alrededor de los  partidos. Subí 51 posts mundialistas a mi blog. Me gané a pulso y bien merecido el repudio de mi chica por hacerle ver todos los resúmenes y análisis nocturnos, y luego, nada de nada, ella hirviendo y yo bien dormido para levantarme fresquecito por la mañana para ver otra soporífica jornada más.

¿Acaso soy un masoquista de hueso colorado, o quizás quiero volver a la empedernida soltería en plena edad otoñal? Dios me libre. La respuesta a mi obstinación a enfrascarme en un aburrimiento total se debió, tal vez, a lo que Juan Villoro dijo en su libro Dios es redondo: “El hincha puede pertenecer al género de los ardientes, los melancólicos, los cardiacos o los nostálgicos, pero ante todo y en forma sorprendente es alguien que se resigna”.


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A nadie en absoluto le importaba o robaba el sueño (literalmente) cada que la selección de Paraguay salía al campo en Sudáfrica, incluso muchos ni siquiera sabían de la existencia de este país pequeñito enclavado en el corazón de Sudamérica. La mayoría, si acaso, vieron a este equipo rojiblanco como una mera curiosidad, una escuadra que jugaba con el uniforme del Atlético de Madrid y cuyos jugadores en vez de hablar la castilla se comunicaban los unos a los otros en un idioma indescifrable (muy parecido al coreano) a pesar de ser latinoamericanos. Y finalmente, otros menos avezados tanto en geografía como en materia futbolística, pensaban que Paraguay en realidad era la selección B de Uruguay, así como Eslovaquia era el equipo de reservas de Eslovenia, y Sudáfrica un estado al sur de un país llamado África.

Sin embargo, si de algo puede servir una Copa del Mundo es para remover el velo de ignorancia que cubre a ciertos países. Tal fue el caso de Paraguay, que luego de 199 años fue registrado en el mapa mental de la gente cuando una mujer de nombre Larissa y de apellido Riquelme salió a la luz y dijo: “Si Paraguay califica a semis me empeloto en la Plaza de Asunción”.

Dicho esto, todos consultaron la guía del Mundial en el apartado donde venía el rol de juego de los paraguayos, luego entraron a Wikipedia y descubrieron que Paraguay es un país bilingüe donde se habla español y guaraní; su bandera es de color rojo, blanco y azul, además de ser la única en el mundo que tiene dos escudos, uno en cada cara de la bandera; su capital se llama Asunción y colinda al sur, sudeste y sudoeste con Argentina, al este con Brasil y al noroeste con Bolivia; y, oh sorpresa, su presidente es un sacerdote picha loca que embaraza a toda las ciudadanas que se le acercan a pedirle la confesión o algún favor.

Frente al televisor todos vimos los insufribles partidos de este país pequeñito de 7 millones de habitantes con la esperanza de que los camarógrafos apuntaran a las tribunas y nos deleitaran con el verdadero espectáculo: Larissa Riquelme.

De ahí en adelante, no hubo vuelta atrás. Nos transformamos todos en paraguayos. Las alegrías de Larissa eran nuestras alegrías. Sus sueños de grandeza también. Su éxtasis, ni qué decir. Su angustia, igual. Nos cominos las uñas juntos. Sus mentadas de madre al árbitro también salían de nuestra boca. Igual los goles. Con el transcurso de los minutos sus palabras retumbaban distorsionadas, tergiversadas en nuestras calenturientas cabezas: “Empelotas”. “Paraguay”. “Desnuda”. “Tetas”. “Viva Paraguay”. “Métemela”. “Te la chupo”. “Arriba Paraguay”.

Para más referencias o datos más exactos, el 3 de julio traicionamos, vendimos el juego bonito, propositivo. Poco nos importó España, la Madre Patria, el espectáculo. Todas nuestras ardientes, lascivas y erectas vibraciones fueron a parar con los paraguayos. Por desgracia, todos sabemos que el fútbol es un deporte injusto. Nunca premia a quien lo merece y los paraguayos fueron eliminados por un gol cardiaco de los españoles que resquebrajó nuestros más húmedos sueños y enhiestas ilusiones.

Por fortuna, olvidamos un pequeño detalle. Larissa Riquelme es latinoamericana, y como buena hija de la conquista española, supo ser flexible, cariñosa, querendona, al mal tiempo buena cara. El 8 de julio despertamos con la buena noticia que nos dio SPORT.es: “Larissa posó para el diario Popular, que en su edición impresa ofrece un poster desplegable con la modelo desnuda posando sobre la bandera de Paraguay”.


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El Mundial tiene la capacidad de alienarnos, de meternos en una burbuja, hacernos imaginar que un huracán llamado Alex es obra de los efectos especiales producidos en los Estudios Churubusco, que las corrientes de agua que arrasan coches, casas y personas a su paso son mera escenografía de papel maché y grandes actuaciones de extras y dobles temerarios. ¿Alguien se acordó del secuestro del Jefe Diego? Me sorprendió no haberlo visto en el palco de lujo del Soccer City en Johannesburgo al estallar la trifulca protagonizada por el hasta ese momento director del FONATUR Miguel Gómez Mont cuando Argentina nos llenó la canasta de goles y en un recurso por demás primitivo agredió verbalmente a la esposa del Guille Franco recordándole el mal congénito de su marido, o sea, que es un tronco.

Otra característica peculiar que posee la Copa del Mundo es recubrirnos el corazón con un chaleco antibalas, es decir, hacernos inmunes al dolor de la muerte, mala suerte es dejar este mundo en fecha mundialista, tal fue el caso de dos monstruos de la literatura, Saramago y Monsiváis.


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Cosmopolitan, Vanidades y el resto del mundo materialista y superficial nos acostumbró a que los genios del balón debían ser modelos de Armani tipo Beckham y Cristiano Ronaldo, no es de sorprender que a falta de héroes sexys en la cancha centráramos las miradas en un pulpo. ¿Acaso hay alguna diferencia simétrica entre la cabeza del octópodo Paul y la del mediocampista Andrés Iniesta?

Quienes se preciaban de ser conocedores del fútbol, raudos y veloces, se decantaron en favor de los alemanes argumentando que su juego era muy generoso con la pupila humana. Mentira, no nos engañemos, la gente apoyó a Alemania solo porque en el fondo querían creer en algo, es bien sabido que los simples mortales nos gusta adorar a un ser Todopoderoso, infalible. Tal fue el caso el día 7 de julio, cuando misteriosamente todos los pro-juego espectacular, o sea, los teutones adoptivos, proclamaron a los cuatro vientos ser hijos de la Madre Patria, pero en sus adentros, fue porque en un pecera a miles de kilómetros de la sede mundialista al pulpo Paul se le hizo más apetitoso el mejillón que contenía la urna con la bandera española.   


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Nunca antes en la historia del fútbol el entrenador de una selección nacional reflejó con tanta vehemencia y translúcida claridad la cara dura y terquedad de sus gobernantes tal como lo hizo Javier Aguirre. El vasco, para los cuates, llegó a la selección por culpa del presidente de la República, Felipe Calderón, que temiendo la ausencia de la escuadra tricolor en Sudáfrica (alguien tenía que hacernos olvidar nuestras desgracias por un mes) le hizo firmar un contrato multimillonario para hacer lo que cualquier mexicano de a pie hubiera conseguido.

La función del director técnico nacional es simple y concreta: venderse a Televisa y TV Azteca, duopolio que te secuestrará para que filmes todo tipo de comerciales y spots publicitarios cargados de demagogia, luego, si hay tiempo, redactar una lista con 22 jugadores. Esta última tarea es sencillísima, no hay que romperse la cabeza, uno prende la televisión los sábados y domingos y descubre que en el fútbol mexicano existen, si acaso, entre 15 y 20 jugadores de calidad. Y aunque la mitad de ellos son extranjeros, no hay de que preocuparse, todos cuentan con carta de naturalización en mano, o sea, se saben el himno nacional mejor que nosotros.

México siempre se ha preciado de ser un país rebosante de jóvenes. Jóvenes que significan un estorbo y carga para quienes gobiernan, dinosaurios que se eternizan en las esferas del poder ejecutivo, judicial, legislativo y empresarial. Javier Aguirre no podía ser la excepción como el jerarca del deporte más popular del país, así que en vez de seguir el ejemplo de los alemanes, tan revolucionarios a la hora de diseñar y confeccionar sus uniformes como para plantear las estrategias de un partido con un equipo con el promedio de edad más bajo del Mundial (no cuento a Ghana, sus jugadores menores de 18 años tienen barba y bíceps de hombres de 30), decidió marginar del equipo a Jonathan Dos Santos (20 años), jugador del F.C. Barcelona, el mejor club del mundo, y en cambio llevó a su compadre el Bofo Bautista, un señor de 31 años que era banca en un poderosísimo equipo llamada Jaguares de Chiapas. Mismo caso de Guillermo Ochoa (25 años), quien fue enviado a calentar la banca por segundo Mundial consecutivo, ahora por culpa del Conejo Pérez, venerable anciano que ni siquiera tiene equipo donde jugar.

Y así podría seguir dando nombres, refrescando la memoria para que a los mexicanos nos dure la gastritis hasta septiembre, como fue el caso de dejar en la banca a nuestro goleador Javier Hernández (22 años), fichado por el Manchester United (que algo saben de fútbol los ingleses), y meter en su lugar a Guillermo Franco, 33 años, sin club donde jugar, siendo esta la muestra más evidente y palpable de mexicanidad, es decir, la de no reconocer nuestros errores bajo ningún término, por más evidente y transparente que estos sean.

El desenlace lo conocíamos todos de antemano, no hacía falta la ayuda del pulpo pitoniso. Y quizás, lo único rescatable de todo este desastre fue que por vez primera en la historia de nuestro país, un diputado abrió la boca para decir algo sensato, expresar la voz del pueblo, que Javier Aguirre debía comparecer ante la Gran Cámara de Diputados: "Puede ser una propuesta 'folclórica', pero a alguien tiene que responderle ese señor (Aguirre) en un asunto que interesa a todos los mexicanos… Deberá responder por qué alineó a su consentido Blanco, por qué sacó de la cancha a Guardado y no metió como titular al Chicharito Hernández".


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Repito, lo que más me gusta de los Mundiales es su periferia, los alrededores, las cosas que ocurren afuera de la cancha. Si algo tendré que contarle a mis sobrinos pequeños es que en la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010 no hubo magia, tal como viene sucediendo desde Italia ´90. Pero eso sí, hubo mucho color, actos vergonzosos, patéticos, mucha tela de donde cortar, por ejemplo, antes de que rodara el balón en la inauguración, todos estábamos confiadísimos del papelón de nuestra selección, pero más seguros de esta tragedia deportiva estaban los norteamericanos, que vienen burlándose de nosotros desde Corea-Japón ´02, y para muestra Sam´s Club ofreció la siguiente irresistible oferta: “Tu PANTALLA ES GRATIS si México gana el 5to partido”.

No en balde, conciente del capitalismo feroz que reina en nuestro país, el arzobispo primado de México, Norberto Rivera, alias, el vocero oficial de Dios en la Tierra, pidió en la homilía del domingo que la selección mexicana ganara.     

Otro dato curioso: siguiendo la tradición delictiva de Francia ´98 cuando a uno de los nuestros se le ocurrió que era una buena idea apagar con su orín la llama eterna que descansa en la Tumba del Soldado Desconocido bajo el Arco del Triunfo, y a otro paisano en Corea-Japón ´02 detener el imparable tren bala de Japón, arrestaron a uno más de los nuestros por pensar que era muy patriótico colocarle un sombrero charro en la cabeza a la estatua de Nelson Mandela.

Miércoles 23 de junio. Eslovenia, emulando a México, calificaba a los octavos de final perdiendo 1 a 0 en su último partido de primera fase. Eran las 10:01 a.m. y mi mañana se iluminaba por primera vez en la Copa del Mundo, y no precisamente por tener algún ancestro esloveno, no, sino por una vieja, añeja relación de amor-odio con los norteamericanos. Donovan y compañía se irían a casa antes que nosotros. Agridulce consuelo. Entonces, justo cuando el árbitro silbó el final del partido entre Eslovenia e Inglaterra y los 22 jugadores dentro de la cancha levantaron las manos al aire, reparé en algo: ¿acaso la camiseta de los eslovenos no es sospechosamente parecida a la de Charlie Brown, el dibujo animado con la peor mala suerte del mundo? Terminado mi pensamiento, ocurrió lo siguiente: los eslovenos escuchan el sonido local, bajan los brazos victoriosos, se miran los unos a los otros el rostro desencajado, se ven haciendo las maletas en el hotel y tomando un vuelo de regreso a casa. Por su parte, los ingleses no bajan los brazos por mero orgullo inglés, para no mostrar ante millones de teleespectadores que se están cagando en las patas de miedo de saber que enfrentarán en octavos de final a los alemanes y que están viendo su futuro idéntico al de los eslovenos, haciendo las maletas y tomando el avión de regreso a casa. Landon Donovan, el Capitán América, había hecho el milagro, un gol en tiempo de compensación frente a los argelinos que les dio la calificación como primeros de grupo, algo que, gracias a la terquedad de Javier Aguirre, México fue incapaz de hacer.

Dos maldiciones ocurrieron en Sudáfrica. Uno fue el comercial de Nike, donde fracasaron rotundamente cada una de las estrellas que aparecieron en él (incluso el gran Roger Federer, que ni vela tenía en el entierro), salvo los españoles, pero eso se debió a que el periódico que arrugaron, hicieron bolita y luego aventaron fúricos tanto Iniesta, Fábregas y Piqué fue por leer una predicción de Walter Mercado donde auguraba que uno de ellos se lesionaría en el primer partido, el otro calentaría la banca y al último le romperían la ceja y luego la boca, dejándolo vendado como una momia de Guanajuato; la otra maldición fue obra de Shakira, que molesta por la ausencia de Colombia en el Mundial, decidió vengarse de los africanos. “Shakira, échate una canción para que los negritos bailen”, le dijo Joseph Blatter, cargando un maletín lleno de euros. Shakira meneó afirmativamente su melena peliteñida de Carlitos Valderrama aceptando el maletín que le entregó el suizo muy a pesar de que pocas ganas tenía de ponerse a escribir una canción que hablara de fútbol. “¿Qué hago?”, pensó tamborileando los dedos sobre la mesa durante unos segundos, luego, exclamó: “¡Lo tengo!”. Shakira desempolvó la BETAMAX del armario de sus papás y puso el video El negro no puede de Las Chicas del Can. Semanas después el tema Waka Waka le dio la vuelta al mundo, comenzó el Mundial y nunca antes una canción mundialista tuvo tanta verdad en su letra, tanto presagio, tanta profecía, tanta mala leche.

Sí, me quedo con todo eso y más, con el vómito atorado en la garganta al ver que Joachim Löw, técnico de Alemania, es un apasionado tanto del buen fútbol como de sus propios mocos, que saborea sin pudor y complejos en el banquillo. Con ver que los seleccionados españoles se pasan la Corona (literalmente) por los huevos, al menos Carles Puyol, que aparece desnudo en el vestidor para saludar a la Reina de España, lo cual me lleva a la siguiente conclusión: o la Corona ya no significa nada en España o la Reina Sofía es una mujer ávida de carne joven.

Y por último, como en un final de película hollywoodense, me llevo en el corazón y en la mente las lágrimas de Iker Casillas al levantar la Copa y el beso que le estampó a su novia reportera en mitad de una entrevista, pero sobre todo, el triunfo del fútbol, ese deporte tan bonito que intentaron practicar los españoles y que justifica la presencia del hombre en la Tierra, la fiesta de la que tanto me platicó papá         

viernes, 25 de junio de 2010

Todos los caminos conducen a Alemania


“No nos une el amor sino el espanto.”
- Jorge Luis Borges


Papá fue un hombre con los pies en la tierra. Odiaba las supercherías, el cosmos, los horóscopos, y todo lo que oliera a esoterismo. Sin embargo, cada que se emborrachaba (lo que ocurría con frecuencia) aseguraba tener una relación paranormal con Alemania.

 -¿Te platiqué la vez que me fui a Alemania? –me decía con los ojos melancólicos, soñadores, nublados, parecidos a los de Borges cuando exigió como última voluntad que lo enterraran en Ginebra, lejos de casa.

Habré escuchado doscientas mil veces aquella historia: al graduarse del ITM, papá viajó con una veintena de estrenados ingenieros civiles al viejo continente. La idea: emborracharse todos los días; el pretexto: descubrir cómo le hicieron los alemanes para reconstruir su país luego de dos guerras mundiales.

Una noche, en una cantina, ebrios hasta el tuétano, los ingenieros civiles se sintieron insultados cuando un nativo los miró por debajo del hombro, ofensa frecuentísima desde su llegada, que desde luego no arguyeron a que el más alto del grupo era papá, que medía apenas 1.75.

-¿Qué? ¿Qué me ves? –dijo un ingeniero civil, increpando al parroquiano local que sin deberla ni temerla bebía un tarro de cerveza.

-Ich verstehe dich nicht –dijo el alemán mirando por debajo del hombro a la diminuta criatura morena que le hablaba.     

-Se me hace que nos está insultando este nazi –intervino otro ingeniero civil.

-Ich verstehe dich nicht –repitió el alemán.

Acto seguido, cual jauría de perros, los ingenieros civiles se abalanzaron sobre la torre teutona.

-Toma puto –dijo un ingeniero, de puntillas, encajando un puñetazo en el vientre de su víctima.      

Solidarios en la adversidad, innumerables torres alemanas se pusieron de pie desencadenando una batalla campal. Al llegar la policía, pese a pronóstico, hubo más alemanes que mexicanos en el piso.

-Mexican cheaters, mexican cheaters –repetían los alemanes retorciéndose de dolor en el suelo al tiempo que se sujetaban los genitales con ambas manos.

Este era el momento en que papá aprovechaba para explotar en una carcajada:

-Hasta para romper madres eran leales los alemanes –papá daba un sorbo enorme a su cerveza-, no como nosotros, a la primera de cambio les reventamos los huevos a patadas. 

Cada cuatro años me da por recordar esta historia. La gesta heroica de papá. Batalla espartana que viene en mi búsqueda cada Copa del Mundo, específicamente pasada la segunda semana del Mundial. Y más ahora. Cuando empiezo a sospechar que las tribulaciones etílicas esotéricas de papá embonan como piezas de rompecabezas.

Su primer viaje al extranjero no fue a Estados Unidos, tampoco a Centroamérica ni mucho menos a una isla del Caribe como marca la lógica geográfica y el presupuesto de un ciudadano tercermundista de clase media baja. Otro dato revelador fueron sus medios de transporte: el primero, un VW Safari con el cual enamoró a mamá; el último, un VW Sedan con el cual avergonzó y/o evidenció a mamá con sus amigas ricachonas. Más puntos esclarecedores: al casarse y mudarse de colonia, su vecino, nuevo compinche de borracheras y correrías (¿cuáles eran las probabilidades?) fue un alemán, quizás el primer y único alemán que brincó el charco para venirse a vivir a Mérida, mismo que mostró una habilidad sorprendente para aprender las costumbres mexicanas, o sea, formar otra familia a las espaldas de la comadre de mamá.

Pregunta: ¿Por qué estoy haciendo toda esta remembranza histórica? Respuesta: he llegado a la inequívoca e irrebatible conclusión, de que no solo papá tiene una relación mística con Alemania, sino también todo el pueblo mexicano amante del fútbol. Vínculo infranqueable. Insalvable. Inquebrantable. Indefectible. Ineludible. Inapelable. Inexcusable. Inexorable. Irreversible. Irrevocable. Irremediable. Cada cuatro años, quiéranlo o no, todos los caminos conducen a Alemania.

Todo comenzó en el año ´86, posiblemente la única vez en la historia del fútbol en que un equipo menor como México pudo salir campeón, de no ser, claro, por Alemania, que pese a ser visitante, estar deshidrata, fundida bajo el sol, no le temblaron las piernas, se amarró sus huevos teutones y nos ganaron en penaltis en cuartos de final.

En Italia ´90, al ser marginados del Mundial por ser los hombres más tramposos del mundo, mandamos a un señor a representarnos, a nombre de todo México, siempre vestido de negro para que quedara bien claro que estábamos de luto, tristísimos, inconsolables. ¿Qué hizo este señor? Le regaló la copa a Alemania en la final, inventándose un penal y rompiéndoles el corazón a nuestros hermanos argentinos.

En Estados Unidos ´94 volvimos a ser eliminados en penales, pero esta vez en octavos de final frente a Bulgaria. ¿Por qué? Miedo. Terror. Espanto. La santísima trinidad que todo mexicano carga en el pecho cuando sale de casa, sobre todo sabiendo que en cuartos de final nos esperaba Alemania, cansada, deshidrata, insolada, pero eso sí, con los huevos teutones bien amarrados, de acero.

En Francia ´98 la relación cósmica de la que tanto hablaba papá apareció, imposible escapar de ella estando en Europa. Sin embargo, como nunca se soñó ni en el más dulce de los sueños, teníamos a Alemania en el suelo, gimiendo de dolor, sujetándose sus huevotes alemanes, uno a cero abajo desde el minuto uno del segundo tiempo; entonces, faltando 30 para el final, Luis Hernández, alias, “el Matador”, indultó a los teutones luego de que Cuauhtémoc le diera un pase en el área chica que era más fácil meterla al fondo de las redes que sacar un calcetinazo a las manos del portero Andreas Köpke. Enmudecimos. Callamos. Palidecimos. Supimos nuestro cruel destino. Alemania se puso de pie, marcó el empate y los mexicanos (muy sensibles en eso de repetir el mismo dolor) se dejaron marcar otro gol para esquivar la tortura de los penaltis.

En Japón-Corea ´02 nos tocó en suerte Estados Unidos. Pan comido, pensamos. ¿Cuándo nos han ganado los gringos en fútbol? Lástima que pasamos por alto un detalle: Javier Aguirre. Javier, hombre traumatizado por la derrota del ´86 (al infeliz además de expulsarlo en tiempos extras por una falta contra Lothar Matthaeus, Harald Schumacher le atajó sobre la línea el gol de su vida, una espectacular media tijera, además de que falló en el área chica un gol clarísimo al rematar solo y su alma), vio el croquis del Mundial y ahí estaba, Alemania, meciendo sus huevotes como campanas doradas en lo alto de la Catedral de Colonia. ¿Qué hizo Aguirre? Dejarse perder. Descaradamente. A vista y paciencia de todos. Sacó a Ramón Morales. Metió a García Aspe. Desdibujó al equipo en la cancha. En fin, ciertos horrores son mejor olvidarlos, sepultarlos en el pasado, desmemoriarnos como los alemanes cuando se trata de genocidios. 

En Alemania ´06 la regla era enfrentar a Alemania. No había otro camino. O tal vez sí. Contratamos a un entrenador argentino, naturalizamos a un delantero argentino. Y enfrentamos a los argentinos en octavos. Nadie sospechó que los podíamos vencer. Pero el milagro ocurrió. Los teníamos. Y entonces… Talan, talan, talan. En las gradas del Leipzig sonaron los huevos alemanes como cencerros. Oswaldo Sánchez fingió volar como el hombre araña, puso carita de que hizo su mayor esfuerzo, de hombre liga que se estira desafiando las leyes de la anatomía humana por atajar la pelota, para yo sé bien lo que pasaba por la cabeza de Oswaldo si osaba desviar un centímetro el tiro de Maxi Rodríguez.

Ahora, en Sudáfrica ´10 no hay camino a donde correr más que a casa. Aguirre lo sabe. Es un hombre traumado, trastornado, trasnochado, testarudo, terco, tonto redomado. El domingo se dejará perder tal cual lo hizo hace 8 años, con descaro, desparpajo, alineando gente que no sería titular ni en una cascarita callejera, jugadores que serían los últimos en ser elegidos a la hora del recreo, en fin, repetirá la historia porque en México tenemos la insana costumbre de tropezar con la misma piedra, reproducir el mismo error hasta el infinito y más allá.  

Conclusión: ¿Antes del domingo tendré que viajar a Alemania, meterme a un bar y darle una patada en los huevos a un nativo, o acaso debo buscar a un alemán perdido en México (tal vez mi antiguo vecino) y dejar que me rompa los huevos de una patada para cortar la relación sobrenatural con Alemania?

lunes, 21 de junio de 2010

La maldición de Nike


“Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas.”
- Howard Carter (egiptólogo que descubrió la tumba del faraón Tutankamón) en referencia a la maldición de los faraones


Hasta hace poco más de semana y media, a mi chica ni le daba ni le quitaba el fútbol. Me importa una miarda, decía. Pobre ingenua. Entonces comenzó la Copa del Mundo y no para de repetir todos los días que no le hago caso, que no le meto mano, que me importa más el Mundial que su compañía, bla, bla, bla.

Dejo a mi chica en su casa a las 12 de la noche. Debo descansar, dormir al menos 6 horas y media para poder ver con los ojos a media asta el Portugal contra Corea del Norte. Al regresar a casa recuerdo que el partido es en exclusiva por SKY. Me echo una rabieta estilo Dunga que me espanta el sueño. Abro mi laptop. Entro a FutbolSapiens para ver las reflexiones del día 10 del Mundial. Grave error: el corazón se me paraliza, la sangre se me hiela, los ojos se me ponen como huevos duros al leer el último post que subió Barak Fever:


La maldición del comercial de Nike no deja títere con cabeza: Ronaldinho marginado, Drogba lesionado, Rooney apagado, Ribery deprimido y Cannavaro arrastrando el prestigio. Vamos: ¡hasta Federer perdió prematuramente en un Grand Slam por primera vez en 700 años! Yo que Cristiano ni salía a jugar mañana.


¿Qué? ¿Federer perdió? ¿En primera ronda? ¿En el césped sagrado de Wimbledon? ¿Lo eliminó el colombiano Alejandro Falla? ¿Acaso en Colombia juegan tenis?

-¡No puede ser, noooooooooo! –grito poniéndome de pie y me sujeto la cabeza como Delfín Quishpe en el video Torres Gemelas- ¡Por el amor de Dios, pero si el único colombiano que juega tenis es mi amigo Juan Carlos Cuenca, que acabó su carrera antes de ser profesional al destrozarse los ligamentos cruzados de la rodilla en una cascarita de fútbol, y de eso hace más de una década!

Corro al baño y del puro coraje cago cien mil litros de diarrea. Al borde del desmayo por deshidratación, pienso: un momento, ¿no será que Barak se refiere a la eliminación “prematura” de Federer en los cuartos de final de Roland Garros frente al sueco Soderling?

-¡Síííííííííí! –exclamó de placer con el puño levantado a lo Rafael Nadal al tiempo que me pico el culo con singular alegría (también a lo Rafa Nadal) porque recuerdo que Wimbledon comienza hoy a las 7 de la mañana.

Voy a la cocina, me preparo dos litros de café, espero paciente la salida del sol y el inicio del torneo más bonito del mundo, claro, solo por detrás del Mundial, la Euro y la Champions.

Mis ojos vuelven a quedar como huevos duros. En pantalla Roger juega como nunca. O sea, comete doscientas mil dobles faltas, le rompen el servicio en dos ocasiones, la gordita de su esposa se come las uñas en la tribuna y en la cancha un colombiano le gana los dos primeros sets.

Enseguida, es inevitable, me vienen a la cabeza las palabras de Barak, la maldición del nuevo comercial de Nike. Mientras se juega el tercer set, pienso en Drogba cuchareando la pelota sobre el arquero italiano (un tal Palermo, no Bufón, presagio de que Bufón solo vería 45 minutos de acción en el Mundial), el carnaval que se gesta en las calles de Yamusukro, los negritos bebiéndose hasta la última gota de cerveza de las cantinas en Abiyán, disparando al cielo ráfagas de fuego con sus cuernos de chivo (eso no sale en el comercial pero en la vida real estoy seguro que así celebran en Costa de Marfil), y luego, un japonés tirándole una patada voladora y rompiéndole el cúbito del brazo derecho al pobre de Didier a una semana del Mundial.

0 - 40 abajo Roger Federer en el noveno juego del tercer set, todo parece indicar que el colombiano se llevará el partido en sets corridos, los narradores están estupefactos, es inminente la caída del suizo, aparece en pantalla una estadística donde muestran a los campeones de un Grand Slam que al año siguiente han sido eliminados en la primera ronda: ¡Solo cinco! (Rafter, Hewitt, Becker, y dos gringos que no recuerdo sus apellidos).

-¡No puede ser, noooooooooo! –vuelvo a gritar como Delfín Quishpe, me sujeto la cabeza con ambas manos y pienso en Cannavaro rescatando el balón de la línea de gol como si sus piernas fueran las mismas de Alemania 2006, su risa de golfo irresponsable, de rey de los puteros mientras unas bailarinas flotan sobre su cabeza abriéndole las piernas, luego, veo al pobre de Fabio, reducido a un hombrecillo junto a las torres Neocelandesas, entregando la bola para que fusilen no a Bufón ni a Palermo pero sí a Marchetti, el portero italiano que tiene tatuada a la Virgen María en el torso luego de sobrevivir a un accidente de tránsito en el 2005 que cegó la vida de dos amigos.         

Fin del tercer set. La Virgen María parece tener clara predilección por los europeos, la sangre llama, ella es blanca y de cabellos dorados, podría pasar por helvética. De milagro veremos un cuarto set y entonces pienso en Rooney, minuto 89 con 17 segundos, tremenda gambeta que desparrama a un franchute, pase largo, flotado, Ribéry lo intercepta de pecho, llenándose de gloria, desparramando ingleses en el césped, uno, dos, tres, uno, dos, pero goles los que el Chicharito y un jorobado como el que habitaba en la Catedral de Notre Dame de la novela de Victor Hugo, también amante de las bailarinas exóticas, les clavan en el segundo tiempo desencadenando una telenovela en la selección francesa donde terminan por expulsar al goleador Anelka gracias a su “Domenech: vete a tomar por culo, sucio hijo de puta” y por renunciar el director delegado de los franceses, además de los jaloneos y gritos por parte del preparador físico y el capitán Evra, o sea, un desmadre total, muy a la mexicana.

Cuarto set. Primer juego. Rompimiento de servicio a favor del sudamericano.

-¡No puede ser, noooooooooo! –grito por tercera vez en la mañana.

Barak Fever tenía razón. La maldición de Nike existe. Puedo olerla, palparla. Pienso de nuevo en Wayne, ese Cuasimodo inglés, barriéndose como loco, siga siga, dice el arbitro al ver caer al césped a Ribéry, Rooney es nombrado Sir por la Reina, cientos de niños, futuras basuras blancas, son bautizadas bajo su nombre, cientos de tocayos tendrá Wayne mientras Iniesta, Fábregas y Piqué avientan furiosos los periódico donde relatan las hazañas de Sir Rooney, ¿o es que acaso el periódico que arrugaron, hicieron bolita y luego aventaron fúricos los seleccionados españoles decía que enfrentarían a los amigos poco famosos de Ronaldinho en octavos de final, o acaso es porque leyeron alguna predicción de Walter Mercado donde auguraba que uno de ellos se lesionaría en el primer partido, el otro calentaría la banca y al último le romperían la ceja y luego la boca, dejándolo vendado como una momia de Guanajuato?

5 juegos a 4 en el cuarto set. El colombiano saca para partido. Eso es todo. La confirmación rotunda, absoluta, inobjetable de que la teoría de Barak es cierta. El comercial de Nike está maldito. Todos los involucrados están destinados al fracaso en Sudáfrica 2010. Incluso Wayne, el goleador infalible de la Premier League, autentico fantasma ante los gringos y argelinos.

-¡No puede ser, noooooooooo! –gritó como un desadaptado, cuarta vez- ¿Por qué Federer aceptó dejarse perder en un partidito de ping pong contra Wayne Rooney? ¿Por qué? –me pregunto sujetándome la nuca- ¿Qué no ve que igualito lo trae el colombiano, de un lado para el otro de la cancha, como autentico calzón de puta?

Pero entonces, en mitad de mis enloquecidos reclamos de subnormal, ocurre algo. En el cintillo al fondo de la pantalla del televisor, los chicos de ESPN informan que Portugal acaba de marcar una de las mayores goleadas de los Mundiales: 7 a 0. Me callo la boca y pienso: ¿acaso Cristiano Ronaldo no salía en el comercial de Nike?

Quinto y último set. Roger ha emparejado el partido. Pienso: ¿no fue Gael García el único mexicano en aparecer en el comercial? ¿No fue el director mexicano González Iñárritu quien filmó la supuesta maldición? ¿No está México con pie y medio en los octavos de final?          

6 a 0. Federer barre el quinto y último set. El mundo ha vuelto a la normalidad. Suspiro exhausto. Voy a la cama, cierro los ojos y en mis sueños aparece Lionel Messi con sus flamantes y ultraligeros zapatos Adidas metiéndole cuatro goles al Conejo Pérez.  

domingo, 20 de junio de 2010

México: melodrama impredecible


¿Qué pasaría si el Mundial de Sudáfrica fuera un corporativo televisivo como la NBC o ABC o Showtime o HBO o BBC y cada Selección nacional fuera una sitcom o melodrama o miniserie histórica o de suspense y cada partido de fútbol fuera un capítulo que pudiéramos descargar del Torrent o del RapidShare?

Hernán Casciari se hizo esta pregunta en Espoiler, su blog de reseñas y descargas de series televisivas, y por lo pronto él, argentino hasta la médula pero afincado en Barcelona desde hace algunos años, dijo que seguirá y recomendará las series más exquisitas del Mundial, o sea, solo dos: una se llama Argentina Campeón, remake de otra muy parecida emitida en el año ´86, que con suerte (augura el crítico mercedino) contará con siete episodios trepidantes; y la otra, un drama español de cinco episodios llamado Siempre caemos en Cuartos

Humildemente, además de seguir las series recomendadas por Casciari, apunté en mi agenda Soñando con el quinto partido, un melodrama mexicano producido y transmitido por dos cadenas: Televisa y TV Azteca.

El 11 de junio fue emitido el episodio piloto, S01E01: Papelón Inaugural. Los primeros minutos de la emisión nos ilusionaron, nos hicieron soñar, pudimos ver gran producción, bonito vestuario e incluso filmación en exteriores que nos recordaron grandes series del pasado como lo fueron Senda de Gloria y La antorcha encendida; sin embargo, pasados tres cuartos de hora, fiel a una añeja tradición mexicana en el drama, hubo falta de consistencia, de cohesión, poca química entre personajes secundarios y protagónicos, aparecieron las infalibles vedettes, actores mostrando más piel de la necesaria, actuaciones tan acartonadas como los sets que pretendían simular haciendas del siglo antepasado, y como cereza del pastel, la insufrible voz grave en off del narrador con su clásico “vamos muchachos” y “tirititito”.

También podemos achacarle a este desangelado debut un punto que criticó Hernán Casciari sobre el piloto Siempre caemos en Cuartos. Repasemos: El problema de la serie —sospecho— es que sus guionistas nunca lograron llegar muy lejos en el prime-time. Tienen buena audiencia en cadenas regionales, en amistosos autonómicos, pero cuando de verdad entran a competir con las grandes series de siempre, se nota.

Pese a todo pronóstico, o sea, al finísimo paladar de los televidentes mexicanos, el 17 de junio, luego del fiasco inicial, las dos poderosas cadenas televisivas (mejor conocidas por AMLO como el Duopolio), para el S01E02: Ribéry no espanta a nadie, nosotros tenemos la joroba de Cuauhtémoc, contrataron a guionistas serios, magníficos, de la escuela Cuna de Lobos y Mirada de Mujer.

El resultado, damas y caballeros, fue de obra maestra.

Vale ilusionarse. Por ello, el martes 22 de junio, 9:00 a.m. en punto, los amantes de los melodramas estaremos pegados al televisor viendo el S01E03 de Soñando con el quinto partido, y preguntándonos si el villano de Javier Aguirre seguirá confabulado con su compinche Guille Franco para hacerles la vida miserable al muy sufrido del Chicharito Hernández y al pobrecito de Andrés Guardado, o si finalmente aparecerá en escena el galán de Memo Ochoa para robar suspiros de toda la audiencia femenina (y también masculina).

Por desgracia aún no tenemos avances del tercer capítulo, pero se corre fuerte el rumor en Ventaneando y en La Oreja, que en caso de ser flojito como lo fue el episodio piloto, Televisa y TV Azteca aceptarán una propuesta que formalmente les ha extendido la televisora argentina TyC Sports para aparecer como invitados especiales en Argentina Campeón: S02E01.

De corazón, esperamos que el Duopolio rechace la oferta albiceleste y retenga a los mismos guionistas del S01E02: Ribéry no espanta a nadie, nosotros tenemos la joroba de Cuauhtémoc, de lo contrario, el melodrama mexicano corre el riesgo de convertirse en un remake de una serie tristísima emitida en el año 2006 llamada La maldición de los Octavos, que a su vez es un refrito de un drama transmitido en el 2002 titulado Malditos gringos, que a su vez es un refrito de otro drama televisado en el ´98 llamado La maldición germana, que a su vez es un refrito de un dramón (todo un clásico) emitido en el año ´94 titulado Malditos penales.   

domingo, 6 de junio de 2010

Las noticias de hoy día


“Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad.”
- Oscar Wilde


En la computadora tengo una carpeta de varios gigabytes donde almaceno noticias inverosímiles. Y no me refiero a noticias con encabezados tipo “Reaparece el chupacabras” o “Filipino ve nave espacial sobre el techo de su casa”. No. Hablo de noticias publicadas en la red por periódicos serios. Periódicos donde publican sus columnas señores respetables con caras de perros tristes que todos los días dan las noticias en los noticieros más importantes del país y les entregan el Premio Nacional de Periodismo. Periódicos que se anuncian en la televisión y en donde en teoría le pagan un sueldo decente a sus corresponsales, fotógrafos, editores, etcétera.

Para más INRI, la carpeta de mi computadora lleva por título Noticias chifladas, y en ella atesoro encabezados como “Organizan una boda perrona”, donde el periódico Excelsior nos cuenta que en el Perú, Puki y Dana se convirtieron en la primera feliz pareja canina en contraer matrimonio. Ojo al dato, cita textual: “La novia, una perrita shitsu, llegó en el coche de su propietaria vestida con un velo blanco, en tanto que su pareja, un perro cruzado (traducción: un malix), lucía un clásico minisombrero hongo”.

En lo personal, más que asaltarme la certeza de que el mundo pronto va a arder en llamas al ritmo de los trompetazos de los jinetes del Apocalipsis, me entran muchas dudas sobre el rumbo que ha tomado el periodismo hoy día. Los periodistas no profundizan en sus notas, dejan cabos sueltos, preguntas al aire, dejan huérfano, desamparado, al lector; por ejemplo, siendo yo un lector curioso, me pregunto si los invitados a la boda perrona fueron todos perros o también hubo humanos, y cuando el sacerdote o juez le preguntó a la pareja si aceptaba tomar como esposa o esposo al otro, cómo habrá sabido que el ladrido era una afirmación o una negación, y otra duda más: ¿en el matrimonio de perros estará permitida la poligamia y el incesto?

Aquí les va otro caso que demuestra que el periodismo ya no es lo que era. El 15 de agosto del 2008, el periódico El Universal, publicó esto: “Dan a pingüino coronel grado de Caballero Real en Reino Unido”.

¿A poco la nota no es para quitarnos el sueño? Lo más que nos dicen los periodistas de El Universal es que los señores de la BBC Mundo dicen, cito textual: “el pingüino coronel anteriormente había recibido medallas por la longevidad de su servicio e incluso se le ha construido una estatua de bronce”

Eso es todo. Para caerle a trompadas a los señores reporteros. Lo más que hacen es adornar la nota con una foto donde aparece Nils Olav (así se llama el recién condecorado) marchando con mucho garbo, las aletas abiertas, mientras unos militares vestidos pulcramente, formados en fila y armados con mosquetes, saludan al nuevo Caballero Real tal cual lo hacíamos nosotros todos los lunes en el patio del colegio cuando pasaba ante nuestros ojos el lábaro patrio en los honores a la bandera.

Muchas preguntas quedan en el aire: ¿Nils Olav es un agente secreto más astuto que James Bond, o acaso Nils compone música más bonita que la de Elton John, o quizás es que Olav mete goles más espectaculares que los de David Beckham? Un misterio. De sus habilidades y el porqué del nombramiento nobiliario y de la construcción de una estatua de bronce que solo unos pocos privilegiados en el Reino Unido gozan, ni coma. Lo más que nos dicen en la noticia (incluida la BBC Mundo, no crean que no investigué en su página oficial) es que Nils Olav es miembro honorario de la Guardia del rey de Noruega, o sea, miembro de la unidad de élite encargada de proteger a la familia real.

Entonces vemos la imagen que nos presenta la BBC Mundo y en ella descubrimos como el Comandante Olav supervisa con altivez a sus subalternos. Y a falta de información, podemos inferir cuatro cosas (nada más cuatro, para empezar): 1. La palabra “élite” significa cosas diferentes para Noruega y el resto del mundo; 2. La familia real noruega tiene muy pocas cosas de qué preocuparse; 3. El resto de la Guardia del rey de Noruega deben tener muy baja autoestima, pues su situación laboral es de las más humillantes del mundo; 4. Nils es uno de los animales que con mayor éxito ha incursionado en el mundo de la política y el servicio público, solo superado por Incitatus, el célebre caballo-senador-amante de Calígula. 

Y así, el curioso lector puede seguir ad infinitum, al menos en noticias relacionadas con animales, como la nota de Tabasco Hoy del 30 de julio del 2008, donde Pequeño (un perro) compareció ante los tribunales de la India al ser acusado por alterar el orden público. O la noticia de BBC Mundo del 13 de noviembre del 2007, cuando P. Selvakumar (humano de 33 años) contrajo matrimonio en el templo hindú del estado de Tamil Nadu con una perra llamada Selvi. O la publicada por El Universal el 7 de junio del 2008, donde nos informaban de lo siguiente: “Designa universidad de India rector a dios mono”.

Como era de esperarse, ninguna de las tres casas informativas dieron seguimiento a las inquietudes obvias del lector curioso: ¿Pequeño habrá comparecido en el tribunal vestido con traje y corbata?, ¿los padres de Selvi eran racistas o aceptaron de buena gana en su seno familiar al humano P. Selvakumar?, ¿cuáles fueron las primeras medidas académicas del nuevo rector dios mono de la Universidad Sardar Bhagat Singh de Tecnología y Administración para que el alumnado obtenga buenos trabajos al graduarse?    

Desde luego que no todas las noticias dignas de una película protagonizada por Rob Schneider tienen como figura principal a un animal, también las hay como la que apareció el 30 de mayo del 2008, cuando El Universal publicó esto: “Vive japonesa un año en un armario sin ser detectada”. Naturalmente el lector se quedó con mil y un interrogantes, pues la nota fue parca y no ahondó en la historia más que para decir lo siguiente, o sea, para dejarnos picadísimos: “el propietario de la vivienda empezó a sospechar que algo pasaba cuando comenzó a desaparecer la comida”.

Hace un par de semanas, para ser exactos el 10 de Mayo del 2010, Día de la Madres, apareció una noticia digna de engordar aún más mi carpeta de Noticias chifladas, el encabezado era el siguiente: “Queda embaraza tras ver film para adultos en 3D”. Sin embargo, luego de una tarde entera de cavilación, decidí que la nota no era tan chiflada después de todo.

Pensé: si hace poco más de dos milenios y una década una adolescente virgen en Nazaret aseguró quedar embarazada sin que el novio la tocase, ¿por qué ahora, en pleno siglo XXI, no debería creerle a Jennifer Stewart quien asegura que dio a luz nueve meses después de ver una película porno en 3D?

-Es un milagro que haya quedado embarazada –dijo incrédula la buena de Jennifer–. Mi esposo hace meses que no pisa la casa, está combatiendo en Irak.

Palabra, yo le creo a Jen. ¿Quién soy yo para contradecirla si su mismísimo esposo le cree tal cual lo hizo un carpintero a su novia en Nazaret hace poco más de dos milenios y una década?

-Las pelis en 3D son muy reales –dijo Erick Jhonson, esposo de Jennifer–. Con la tecnología de la actualidad todo es posible.

Ahí lo tienen, caso cerrado. Verdad pura y dura como una catedral.

Y como última prueba de que Jen no miente, estas fueron sus últimas declaraciones sobre el tema:

-Él sabe que soy fiel –Jennifer sonríe, deja que el fotógrafo la retrate  cargando a su criatura morena, la cabeza llena de rizos–. Un mes después de ver la película comencé a sentir mareos y los resultados fueron positivos. El padre de mi hijo es el negro protagonista de la porno, no me cabe la menor duda, mi esposo y yo somos blancos.

Digerida la nota, he decidido cambiarle el nombre a la carpeta de Noticias chifladas. De ahora en adelante se llamará Noticias de todos los días