miércoles, 9 de septiembre de 2009

El cazador de la beca perdida


El escritor, hombre infatigable en materia de rechazos (literarios y no literarios), se ha presentado en las oficinas del Instituto de Cultura a inscribirse a la convocatoria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico 2009, tal cual lo ha hecho año con año, religiosamente por estas fechas.

More...Con pasmo y horror, el escritor se entera de que debe presentarse el día siguiente a las 9 a.m., nuevamente en las oficinas del Instituto de Cultura, a tomar un curso de capacitación para la correcta elaboración de su proyecto cultural si es que pretende conseguir la esquiva beca que le permita terminar su interminable novela, para así evitar la penosa obligación de ganarse la vida vendiendo productos químicos de limpieza de puerta en puerta en la empresa de uno de sus acaudalados familiares.

-Qué raro -dice el escritor, cuidando cada una de las palabras que salen de su boca-, no sabía que se tenía que tomar cursos propedéuticos para solicitar una beca.

-Pues ya lo sabes -dice ufano el coordinador del curso-. Es obligatorio, este año todos los que soliciten la beca tienen que venir mañana.

-Y ojo –agrega el asistente del coordinador abriendo los ojos enormes-, venir al curso no te garantiza que te demos la beca.

-¿Seguro que es obligatorio venir? -pregunta el escritor, resistiéndose a la terrorífica idea de tener que levantarse a tan imprudentes horas de la mañana.

-Totalmente seguro -responde seguro de si mismo el coordinador y, levantando una arrogante ceja al estilo María Félix, agrega-: El curso es de nueve de la mañana a dos de la tarde.

El escritor se escandaliza. No puede creer que un curso para solicitar una beca dure 5 horas.

-¿Pues qué tanto nos tienen que explicar? –dice.

-Mañana te enterarás de todos los detalles –responde el asistente del coordinador mientras finge que redacta algo en su computadora-. Por favor, sé puntual.

El escritor abandona las oficinas del Instituto de Cultura, cabizbajo, preocupado, con un folleto de la Convocatoria 2009 entre manos. Odia verse obligado a salir de casa, desplazarse, moverse, muy a pesar que la ciudad a donde se mudó a vivir es una ciudad pequeñita donde las distancias son bastante cortas, ciudad de la que no se cansa de escribir semana a semana, crónicas, artículos, ensayos y cuentos; escritos que rara vez aparecen publicados en periódicos y revistas de prestigio, pero que sin embargo, cuando aparecen, generan gran repudio, escándalo e indignación en los ciudadanos de la ciudad minúscula.


* * *


El escritor ha decidido no escribir esta noche, pues de hacerlo corre el riesgo de no poder detenerse hasta muy entrada la madrugada, lo cual (es un hecho irrefutable) hará más que imposible la misión de levantarse a tiempo para asistir al obligatorio curso de capacitación mañana por la mañana.

Programa su despertador, o eso intenta, porque hace años que el escritor no programa un despertador. Está acostumbrado a levantarse cuando su cuerpo así lo desea, a su sagrada voluntad. Apaga la luz del cuarto, cierra los ojos, entrelaza las manos, reza un Padrenuestro para que el despertador, por obra y gracia divina, se haya activado correctamente. Sin embargo, no tarda en descubrir que ha olvidado cómo rezar el Padrenuestro. Prueba con el Ave María. Fracasa de peor forma. Presa del miedo, se encomienda a San Pafnuncio, santo muy milagrero al que le reza su madre todas las noches.

-San Pafnuncio, San Pafnuncio -dice en un susurro ardoroso-, haz que me levante temprano.

Terminada la plegaria, el escritor se siente un perfecto imbécil, y no precisamente por ser un ateo confeso, sino porque recuerda (tal como le comentó su mamá) San Pafnuncio sólo tiene los poderes mágicos de encontrar cosas perdidas, tal cual lo hizo intercediendo en el regreso de Bucky, el bebé de la casa, que se fugó durante una semana completa en busca de amores vedados, callejeros, caninos; aunque (y esto lo piensa el escritor más que nada para levantarse el ánimo) su vida está tan perdida y descarriada desde que dejó de trabajar para convertirse en un escritor, que el bueno de San Pafnuncio igual y obra el milagro de encontrarlo y encaminarlo a una vida responsable, hecha y derecha como la de sus hermanos y sus primos.


* * *


Ha ocurrido el milagro. Ojeroso, de mal humor, el escritor llega puntual al curso obligatorio del Instituto Cultura.

-Buenos días –dice al entrar a una oficina infestada de secretarias que comen tamales y sandwichones con ferocidad.

Las hambrientas secretarias no interrumpen sus sagrados alimentos. Le ignoran.

-Buenos días –insiste el escritor, temeroso de que una de esas elefantiásicas criaturas de oficina le confunda con un refrigerio y le de un mordisco mortal-. Disculpen, de casualidad…

-No han llegado los coordinadores –dice una señora desparramada en su silla, apiadándose del alma en pena.

Una hora después, el coordinador y su asistente aparecen.

-Buenos días –dice el coordinador-. Veo que nada más tú has llegado.

-Sí, hace una hora –dice el escritor con amargura.

-¿Qué te parece si esperamos media horita a que lleguen todos los demás artistas?

El escritor refunfuña. Se le avinagra la sangre. Es enviado a un auditorio para que espere en silencio mientras los coordinadores van a darse un banquete mañanero con las secretarias.

Uno, dos, tres… cuarenta y cinco sillas son las que ha contado el escritor. Nunca imaginó que existieran tantos artistas muertos de hambre en la ciudad.

-Quihúuuuuubole, carnalito –dice un hombre pelón de edad indescifrable que aparece en el auditorio, caminando con las piernas en paréntesis como si recién lo hubiera violado un negro.

El escritor voltea a todos lados para ver si hay otra persona dentro de la sala. Evidentemente no la hay. Él es el carnalito. El blanco del quihúuuuuubule. No le queda más remedio que saludar al pelón que le extiende la mano de un modo extraño, mientras menea la cabeza de arriba hacia abajo como un iguano en celo de las islas Galápagos.

-Hola –dice el escritor.

-Qué chiiiiiiido, carnalito –dice el pelón mirando la sala llena de sillas vacías.

El escritor no sabe qué hacer o qué decir. Detesta a los extraños. Sobre todo los que parecen salidos de algún programa “cómico” de Eugenio Derbez.

-Chidísimo –se aventura a decir, sin saber muy bien el significado de lo que ha dicho.

El pelón dice:

-La pura buena oooooonda, carnalito.

Afloran los instintos asesinos en el escritor, le entran unas ganas locas de cegar la vida del pelón, y cuando cree que tendrá que mancharse de sangre las manos, una voz se deja escuchar dentro de la sala:

-Creo que somos todos –dice el coordinador, mientras su asistente, con toda la pereza del Universo, prepara en la computadora una presentación en diapositivas de Power Point que se proyecta en una pantalla blanca.

El escritor levanta la mano para pedir la palabra como si estuviera en la primaria y dice:

-¿Somos todos?

-Sí.

-¿No que era obligatorio el curso?

-Sí.

El escritor guarda silencio. Se relame los bigotes. Por primera vez sabe que ganará una beca. Ninguno de los otros 43 artistas inscritos llegó al curso, lo que sólo puede significar (si es que las matemáticas siguen siendo una ciencia exacta) que una de las 14 becas a disputarse, por fuerza, tendrá que ser suya.


* * *


El coordinador ha leído durante casi una hora, una a una las diapositivas que se proyectan en la pantalla. Todas ellas, calcas del folleto de la convocatoria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico 2009 que le entregaron al escritor y a todos los demás artistas el día de ayer.

Transcurre otra soporífera hora de lectura, y en ese tiempo, llegan uno a uno otros artistas. Tres en total, cuenta mentalmente el escritor, en una franca batalla para no dormirse en su silla.

-Vamos a tomarnos un break –dice el coordinador.

-En la mesa del fondo hay sandwichitos y coca-colas –anuncia emocionado el asistente del coordinador.

Los artistas, todos ellos de vientres protuberantes, con una agilidad insospechada, se arremolinan alrededor de la mesa para devorar los sandwichitos.

-Licenciado, llega justo a tiempo –dice el coordinador sin poder reprimir una sonrisa de admiración.

El director del Instituto de Cultura, hombre de un vientre de considerable y llamativo tamaño, se relame el bigotito cano y se abalanza sin el menor pudor sobre los sandwichitos.

-Uy, qué rico, hay de jamón y queso.

-¿De jamón y queso? –pregunta un fotógrafo que aparece en escena, barrigón y con la lengua de fuera.


* * *


Una hora después, al borde de los eructos, el coordinador del curso reanuda trabajosamente la lectura de las diapositivas, fotocopias de las hojas de la convocatoria que el escritor ha leído mil y un veces cada que solicita la beca que le niegan sistemáticamente año con año.

El escritor se siente timado, utilizado, humillado. Pero no se queja. Guarda silencio. Estoico. Una hora más de este calvario y la beca será mía, piensa.

-Eso es todo muchachos –dice el director de cultura, para sorpresa de todos, interrumpiendo la lectura del coordinador, también sorprendido-. Vamos a tomarnos la foto oficial.

¿Foto oficial?, se pregunta en silencio el escritor, pero no dice nada y, al igual que el resto de los artistas de vientres abultados, rápidamente se para alrededor del director de cultura que no duda en regalarle una ancha y enorme sonrisa al fotógrafo, que diligente, les toma varias fotografías desde diversos ángulos.


* * *


El escritor llega a casa emocionado. Tiene la certeza de que este año es el año en que finalmente le otorgaran una beca. Redacta, imprime por triplicado y engargola su proyecto. Se siente un escritor de verdad.

Días después regresa al Instituto de Cultura para entregar el proyecto justo en la fecha límite. En un semáforo en rojo el escritor se topa con un enorme cartelón pegado en la parte trasera de un camión donde el Gobierno del Estado informa a sus contribuyentes y al público en general, que en su sexenio han cumplido con hechos y no con palabras en materia de cultura y educación:

“Alfabetización a más de 10,000 personas de escasos recursos”.

El semáforo cambia a verde y se deja sentir una lluvia de cláxones, que indignados, exigen al auto de enfrente se mueva. Pero el escritor, absorto, impávido, no puede dejar de mirar el monumental cartelón pegado en el camión donde descubre su propio rostro sonriente (y el del pelón de edad indescifrable) repetido cientos de veces, que se pierde en una de las avenidas principales.


miércoles, 2 de septiembre de 2009

La mala racha


Un día, me prometieron que ganaría el premio estatal de periodismo luego de que, en el certamen donde me ignoraron y humillaron, le entregaran el jugoso cheque a un periodista de verdad, de esos que escriben en los periódicos y aparecen en la televisión diciendo que nuestros políticos (dueños de todos los periódicos y canales de televisión) hacen muy bien su trabajo, pero que, sin embargo, por causas misteriosas seguimos hundidos y condenados a vivir en la pobreza.

More...-El próximo año tienes mi voto –me dijo uno de los tres jueces del jurado, alentándome a no desfallecer en mis intentos por ser un escritor respetado.


Un día, en un bar del malecón me topé con otro juez del jurado del premio estatal de periodismo, premio donde me humillan e ignoran sistemáticamente. Éste señor, cerveza en mano, me dijo, guiñándome un ojo (lo que interpreté como una clara e irrefutable señal de que contaría con su voto):

-Este año seguro ganas.

Pensé: si las matemáticas son una ciencia exacta, es imposible perder este año el jugoso cheque que me otorgará la tan anhelada, efímera y engañosa respetabilidad en el medio de los intelectuales.


Un día (fecha límite y faltando una hora para el cierre de inscripciones al premio estatal de periodismo), camino a la Notaría Pública No. 2, tuve un impredecible y sorpresivo ataque de diarrea que abordó mis intestinos en mitad de la calle 61 del centro histórico de la ciudad. Pegado a la pared de una casona, bañado en sudor frío y presa de escalofríos, sopesé las únicas dos posibilidades que tenía: correr en dirección a la notaría y registrar mi escrito y ser de ahora en adelante un escritor respetado que se caga en sus pantalones frente a las secretarias y a los notarios públicos, o, acción por la que me incliné, correr en dirección contraria a la notaría y seguir siendo el pobre diablo que soy pero que llega justo a tiempo al estacionamiento para cagarse en sus pantalones en la privacidad de su coche.


* * *


Un día, uno de mis mejores amigos no pudo asistir a un encuentro de escritores en Villahermosa debido a que en su trabajo no le dieron licencia para ausentarse tantos días, así que el gobierno del Estado no tuvo más remedio que enviar a tan magno evento a un forastero impresentable como yo a que dejara muy en alto el nombre de la ciudad amurallada.


Un día (el del magno evento), para mitigar mis nervios y evitar que se durmiera el teatro entero, atiborrado hasta la última butaca de intelectuales y gente respetable de la política villahermosina, hablé de casi todos los lupanares, adefesios arquitectónicos, personajes rocambolescos e imposibles que aparecen en la televisión y/o en las calles de la ciudad donde vivo, ciudad que, dicho sea de paso, es Patrimonio Cultural de la Humanidad, galardón internacional obtenido a pulso, tal vez, precisamente por esconderle en sus guías turísticas a la UNESCO dichos lupanares, adefesios arquitectónicos y personajes rocambolescos e imposibles.


Un día, en un bar del centro de Villahermosa, borracho hasta el tuétano gracias a los viáticos que generosamente me brindó el gobierno del Estado, el director de una revista de fama nacional (o mejor dicho, conocida sólo por cierto círculo de intelectuales) tuvo la disparatada idea de sacarme del anonimato al querer publicar un escrito mío en su famosa revista.

-Tengo el título perfecto para tú escrito –me dijo muy orgulloso de él mismo.


Un día, la revista de fama nacional apareció y circuló sin pena ni gloria como lo hace cada dos meses en algunas pocas librerías del país, salvo en la ciudad amurallada, donde el gobernador del Estado, al enterarse de la existencia de una revista (subsidiada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes) que tuvo la osadía de promocionar en su portada una guía turística para NUNCA (con mayúsculas y en negritas) visitar el Patrimonio Cultural de la Humanidad que él gobierna, montó en cólera y ordenó a sus esbirros de arte, cultura y turismo que retiraran inmediatamente la insidiosa, perversa y maligna revista de todos los anaqueles de las librerías (que en realidad sólo era un anaquel).


Un día, un misterioso señor, ferviente y ardoroso admirador de su ciudad, logró hacerse de la revista censurada y no dudó en mandarme a un mensajero para decirme lo siguiente:

-Tienes 48 horas para abandonar la ciudad o atente a las consecuencias.


* * *


Un día, en un bar que está frente al Teatro Juárez de Guanajuato, en un encuentro de escritores al que me invitaron por equivocación, la directora de una editorial donde publican a las máximas promesas jóvenes de la literatura mexicana me miró con cierto ardor en las pupilas y, acariciando mi pierna por debajo de la mesa, dijo:

-Dame el borrador de tu novela para que te la publique.

Para celebrar fuimos a La Dama de las Camelias, bar donde tuve la imprudencia o mal tino de hablar con una bella chica que se me acercó y me aseguró que además de tener afición por la actuación se dedicaba todos los días (sin excepción) a leer mi blog. No pude o no tuve más remedio que coquetearle y emborracharme toda la noche con ella, pues sólo las grandes actrices pueden mentirle y subirle la autoestima a la estratósfera a un pobre diablo con tan singular maestría.


Un día le entregué el borrador de mi novela a la directora de la editorial de jóvenes promesas de la literatura mexicana. La directora, con las pupilas aún ardorosas (pero desgraciadamente con un ardor muy distinto al del otro día) dijo que lo leería con calma llegando al DF.


Un día (el último día del encuentro de escritores), encontré en el basurero del lobby del hotel una carpeta con las hojas del borrador de una novela.


* * *


Un día, mis famosos, galardonados y cosmopolitas amigos escritores, ebrios y eufóricos, me llamaron al celular requiriendo mi presencia en un encuentro de escritores en Mérida, o mejor dicho, en un bar de la ciudad de Mérida. Obediente, manejé como un suicida por la carretera de la muerte rebasando camiones de doble remolque en un tiempo récord. Al calor de las copas la organizadora del encuentro de escritores se disculpó por no haberme invitado al evento.

-Te prometo que el próximo año serás mi invitado de honor en Xalapa –dijo y furtivamente acarició mi pierna por debajo la mesa.

Esta vez no pensaba desperdiciar mi oportunidad. Al precio que fuera llegaría a ser un escritor famoso, galardonado y cosmopolita como mis amigos escritores. Deslicé mi mano por debajo de la mesa: agarré una pierna firme, tersa, atlética, que contradecía por completo el rostro lacerado por las arrugas y el traqueteo de los años de la organizadora del encuentro de escritores; sólo entonces descubrí mi fatídico error: una jovencita aspirante a escritora, para mi sorpresa (supongo estaba borracha) en vez de ofenderse, entrelazó su mano con mi mano traviesa.


Un día entré al blog de uno de mis famosos, galardonados y cosmopolitas amigos escritores. Con horror descubrí las fotos de todos mis demás famosos, galardonados y cosmopolitas amigos emborrachándose en un bar de Xalapa.


* * *


Un día, una fantástica escritora me invitó a un bautizo. Al calor de las copas le insinué que una buena idea sería escabullirnos de la fiesta y pasar la tarde en un lugar más privado. Animada por los casquivanos efectos del alcohol aceptó, aunque eso sí, me aclaró que no le gustaba hacerlo con hombres.

-Pero bueno, siendo gay como eres –dijo- supongo será como acostarme con una mujer.

-¿Cómo sabes que soy gay? –le pregunté estupefacto.

-Por tu blog –dijo muy segura de sí misma-, es lo más gay que he visto.


Un día, en un bar lleno de hombres de dudosa heterosexualidad, una escritora alcoholizada me dijo que tenía curiosidad de hacerlo con un gay.

-Falta de confianza –me aventuré a decirle.

Metidos en mi volcho, sacó unas bocinas que conectó a su celular.

-Escucha esto –dijo-. ¿A poco no es lo máximo?

-Sí, es lo máximo –dije sin entender una sola palabra de lo que cantaba el grupo mexicano.

-Canta conmigo –dijo la escritora.

Estaba atrapado, mi mentira saldría a flote, sin embargo, la suerte del borracho apareció: balbuceé palabras inexistentes que bien podrían ser tomadas del esperanto, y la afiebrada escritora, excitada y equivocada al creer en mi fanatismo por el grupo que ella admiraba, me pidió que la llevara a un motel.


Un día, en una conocida disco de la ciudad, se me acercó un intelectual, hijo de un respetado político, y me metió la lengua en el oído. Por reflejo, lo empujé. El intelectual, indignado, humillado, herido su honor, me miró con rencor y me dijo que se vengaría de mí.


Un día, una escritora que admiro mucho, fanática de las mujeres, de buenas a primeras me retiró el habla. Dos horas después, otra escritora, fanática de cierto grupo mexicano que odio, me dijo que era un hijo de mil putas. Tres horas después todas mis furtivas amigas negaron conocerme. Al final del día el editor del periódico para el que trabajaba me dio la noticia de que debía prescindir de mis servicios por ciertas aficiones mías que iban en contracorriente de la moral y valores del periódico.


miércoles, 26 de agosto de 2009

Despedida entre nubes


Llego a Mérida. Fatigado. Los nervios despedazados. La carretera Campeche-Mérida (si es que a esa pista de la muerte se le puede llamar carretera) estuvo infestada de camiones con doble remolque que le obligan a uno a jugarse la vida en cada rebase si pretende llegar a buen tiempo a su destino.

More...Para mi sorpresa la casa de mamá es un hervidero de desconocidos, un ir y venir de personas que cargan vestidos, zapatos, collares, maletines, accesorios y demás artículos de belleza. Un sujeto de pelos parados, erizados, bien pistoleados, se indigna al verme inmóvil al pie de la puerta.

-¿Qué haces ahí parado? –dice-. Sube esa maleta, rapidito.

Diligente, obedezco. Subo las escaleras, entro al cuarto de mamá. Un batallón de mujeres (y de hombres que confundo con mujeres) cuelgan y descuelgan elegantes vestidos de noche de varias perchas.

-Pon la maleta ahí –dice una mujer (o tal vez un hombre, no estoy seguro) señalando el único espacio libre que queda en el suelo.

Vuelvo a obedecer con diligencia. Coloco mi maleta de viaje en el suelo. Suena el timbre de la casa. Intento encontrar a mamá y a Bicho en mitad de todas esas cabezas de peinados estrafalarios. Fracaso. El timbre de la casa insiste con sus pitidos.

-¿Qué haces ahí parado? –me dice una voz aflauta (no descifro el género)-. Abre la puerta, qué no oyes.

Obedezco. Bajo las escaleras. Abro la puerta.

-Venimos a filmar –me dice un sujeto acompañado de otro tipo que carga una cámara de video.

No tengo que enseñarles el camino. Suben de prisa saltando de dos en dos los peldaños de las escaleras cual reporteros de guerra.

Escapo a la cocina. Estoy hambriento. Abro el refrigerador. Lechugas, zanahorias y otras verduras y legumbres me matan el apetito apenas verlas inertes y muy saludables en los estantes. El timbre de la casa vuelve a sonar, decido que es momento de escapar de este manicomio. Me encamino a mi antigua habitación pero enseguida recuerdo que la han convertido en un cuarto de gimnasio. Dirijo mis pasos al cuarto de visitas, habitación donde murieron mis dos abuelos, lugar que Nelia, la muchacha de la casa, asegura está habitado por ánimas que espantan por las noches. Un escalofrío me recorre la espalda, me paraliza. Suena el timbre por enésima vez. Abren la puerta. Me sobrepongo a mi cobardía al ver que unos fotógrafos entran en casa. Corro al cuarto de visitas.

Grave error.

-Hola.

-Hola.

-Hola.

Tres adolescentes (dos chicos y una chica, creo) vestidos de menonitas me saludan.

Aterrorizado, cierra la puerta de un portazo sin devolver el triple saludo. Debo haberme vuelto loco, pienso. Respiro profundo. Vuelvo a abrir la puerta lentamente.

-Hola.

-Hola.

-Hola.

Los tres menonitas levantan la mano muy sonrientes. Era cuestión de tiempo, lo sabía, estoy loco. Escapo corriendo de casa atropellando a toda la gente que se arremolina en la sala.

Llaman a mi celular. Detengo mi carrera enloquecida en mitad de la calle. Es mamá. Contesto. Pregunta si fui yo el que salió corriendo como un demente de la casa sin saludarla. Le explico que me he vuelto loco o quizás he viajado a una dimensión paralela donde su casa es un refugio de menonitas fantasmagóricos y de plumíferos perfumados que entran y salen de su habitación cargando maletas llenas de vestidos. Mamá me pregunta si estoy borracho o peor aún, si mi ex novia me dio alguna droga poderosa de las que tanto le gusta ingerir por la boca o la nariz. Le digo que no, que estoy sobrio y me confieso demasiado cobarde y aburrido para empezar a tomar drogas divertidas. Me ordena regresar a casa. Obedezco.

Mamá me explica que debido a la crisis económica mundial está rentando el cuarto de visitas a estudiantes extranjeros que vienen a aprender español al centro de idiomas que está a unas cuadras de casa.

-Ven, vas a quedarte aquí –me dice ocultándome en el cuarto de Bicho.

-¿Quiénes son todas esas personas? –pregunto intrigado.

-Van a hacerle un reportaje a tu hermanita antes de que se vaya al DF.

-¿De qué?

-De su familia.

Mamá cierra la puerta. Me parece escuchar cómo le pone llave a la puerta.

Caigo dormido. Tengo una horrible pesadilla: Bicho es coronada Nuestra Belleza México. El público grita eufórico. Mamá grita eufórica. Incluso yo grito eufórico. Cientos de fotógrafos (también eufóricos) la retratan mil y un veces desde todos los ángulos y posiciones imaginables. El auditorio entero corea su nombre. Endiosados. Todos corren hacia el escenario y empiezan a querer tocarla. A palpar su belleza. La acarician. La besan. Pero no es suficiente. El público necesita más. Un fanático hambriento se aventura a darle un mordisco en el brazo. Quiere probarla. Saber a qué sabe la belleza. Saborearla. Y otro, y luego otro. Todos se abalanzan sobre Bicho y la devoran hasta el último hueso como a Jean-Baptiste Grenouille al final de El perfume.

Abro los ojos sobresaltado.

-Que bueno que viniste –dice Bicho, sentada al filo de la cama, tecleando algo en su Mac. Me da un par de besos y me abraza.

Me fundo en su abrazo y en vez de darle un beso le muerdo una mejilla.

-Auch, bobo.

-Quería saber si estaba soñando.

Bicho sonríe. Su sonrisa se ilumina al acercarse la pantalla de su Mac al rostro.

-Tengo que hacer un ensayo –dice.

-¿Qué hora es? –digo frotándome los ojos.

-La una.

-¿A qué hora tenemos que estar en el aeropuerto?

-A las seis.

-Ve a dormir.

-No puedo. Tengo que terminar el ensayo.

Se abre la puerta del cuarto.

-Bicho, ven a dormir –dice mamá.

-Ahora que termine mi ensayo.

-Rodrigo, deberías hacerle el ensayo a tu hermanita.

-Mamá, déjalo dormir.

-Tú eres la que tiene que dormir, no quiero que llegues al DF con bolsas en los ojos.

-¿De qué es el ensayo? –pregunto.

-No tienes que hacer mi ensayo.

-Sí que lo tiene que hacer, a eso se dedica.

-¡Mamá!

-Es la verdad, hijita.

-¿De qué es el ensayo? –pregunto de nuevo.

-Del por qué elegí mi carrera.

-…

-¿Qué? –se indigna mamá- ¿No me digas que no sabes qué carrera está estudiando tu hermanita?

-Sí sé, lo que no sé es por qué eligió estudiar esa carrera.

-Pues porque le gusta, por qué más va a ser.

-Mamá, ve a dormir –dice Bicho-, al ratito te alcanzo.

A regañadientes mamá se va a dormir. O mejor dicho, a fingir que duerme. Bicho me dice que eligió su carrera después de leer un escrito mío. Su confesión me horroriza. Le digo que está loca. Que es un grave error creer algo de lo que escribo. Todo son mentiras. Es de locos dejarse influenciar por un perdedor de casi 30 años desempleado, incapaz de ganarse la vida por si mismo y de redactar un proyecto literario lo suficientemente verosímil o intelectual para que los jurados intelectuales de todas y cada una de las becas que he solicitado dejen de rechazarlo.

-Para mí siempre serás el mejor escritor del mundo.

-¿Cuántos libros has leído este año?

-Bobo.

Bicho bosteza. Se frota los ojos con la elegancia que sólo poseen las criaturas hermosas, etéreas como ella.

-Vete a dormir –le digo-, ahora te invento algo.

Bicho se va flotando al cuarto de mamá, confiada en mis capacidades poco confiables de escriba.

Grave error.

Son las cuatro de la mañana, soy incapaz de inventar algo que inspire a un jurado de belleza, o mejor dicho, a cualquier tipo de jurado. Decido cerrar los ojos un rato, y más tardo en cerrarlos cuando mamá me despierta.

-Ya es hora.

Llegamos al aeropuerto. Arrastro una maleta del tamaño del féretro de un basquetbolista. Mi figura maltrecha, funeraria, se refleja en las puertas de cristal corredizas. Tengo bolsas en lo ojos. Ojeras. El pelo enmarañado. Un niño se acerca a pedir un autógrafo.

-¿Me firmas mi camisa? –dice.

Por un instante pienso que me ha confundido con uno de los muchos mamarrachos de la mediana edad que conducen los programas de Telehit para aferrarse a la juventud esquiva.

-Claro –dice Bicho, rozagante, los ojos enormes, brillantes, el pelo frondoso, sedoso, peinado de una forma imposible. Firma con ternura la camisa del niño.

Dos viejos libidinosos se acercan, piden tomarse una foto. Bicho sonríe. La gente en la sala de espera murmura. Cuchichea. Aparece un alux, o para ser más precisos, el maestro Yoda en persona.

-Mucho gusto –dice.

-Mucho gusto –dice Bicho.

-¡Oh, por Dios! –exclama mamá emocionada-. Es Armando Manzanero.

La esposa o novia o amiga de Armando Manzanero no parece compartir el gusto de su esposo, novio o amigo, le regala una gélida sonrisa a Bicho y se lleva al maestro a abordar el avión.

Bicho se despide de nosotros. Abraza y besa a mi hermano. Abraza y besa a mamá. Abraza y besa a su novio que tiene que contenerse cuando dos hombres pasan y clavan la mirada ardorosa en la retaguardia de Nuestra Belleza Yucatán. Bicho me abraza y me besa y tengo que confesarle que no pude escribir ni una sola palabra de su ensayo.

-No te preocupes, nada más no le digas a mamá –me dice en un susurro.

El avión despega, se pierde entre las nubes. Bicho finalmente está en donde merece.


lunes, 17 de agosto de 2009

Prólogos



Prólogo No. 11


Quería inmortalizar su nombre después de muerto, tanto, que por ello se dedicó de tiempo completo, con todo su empeño y furia, a tratar de convertirse en un escritor. O mejor dicho, de que la gente al verlo en la calle o fotografiado en alguna revista o en algún periódico o pasquín lo reconociese como una persona que se ganaba la vida en el oficio de la escritura. Vertiendo sobre una hoja en blanco todas las calamidades, indignidades y vergüenzas de las cuales debía avergonzarse el ser humano.

More...No era un hombre creyente. De hecho, no creía en nada. Ni en Dios, ni en el Cielo, ni en el Infierno. En lo único que creía era en lo despreciable que podían ser los seres humanos. Incluso él mismo. O mejor dicho, sobre todo él mismo y sus allegados más cercanos.

De ese modo fingía ganarse la vida, contándole a sus lectores y a todo aquel que apeteciera leerlo por vez primera, los secretos más íntimos y sórdidos de su vida privada y la de sus familiares y amigos. Nunca se preocupó de llegar a herir a alguien con sus letras, todo estaba dentro del marco de la ley y de las buenas maneras de la decencia: si Jorge era homosexual, publicaba que José era homosexual; si Mariana se acostaba con medio mundo y luego se daba aires de mujer casta y pura, al día siguiente aparecía en el periódico la historia de Marina, la devota de la Virgen de Guadalupe, revolcándose como una fierecilla indomable con hombres de los cuales ni siquiera sabía el nombre.

Esa era su vida y así se la ganaba, o fingía ganársela. En resumidas cuentas se podía decir que era una persona afortunada. Y lo sabía. Pero no por ello le agradecía a Dios todas las noches antes de dormir.

-La Virgencita te va a ayudar siempre que la necesites -le decía mamá, y con la mano lo persignaba poniéndole los dedos índice y pulgar en forma de cruz sobre la boca para que los besase-. Buenas noches bebé, que sueñes con los angelitos.

De niño creía en la Virgen (en cualquiera de sus múltiples versiones y manifestaciones) fervorosa y ciegamente, cual monaguillo aventajado, porque la Virgen era una mujer, como mamá. Y mamá era una mujer buena. Lo cuidaba y lo quería más que a nada en el mundo.

-Te quiero más que a nada en el mundo -le decía antes de abandonar la habitación-. Si te pasara algo, me moriría.

Al cerrarse la puerta de la habitación y quedar todo en penumbras, se imaginaba muerto, luego, podía ver como mamá se moría al instante de verlo muerto. Por eso entrelazaba piadosamente los dedos de las manos y rezaba todas las noches sin falta para no morirse nunca, o mejor dicho, para que mamá no se muriera nunca.

Pero su día había llegado. Cerró los ojos y descubrió que había olvidado cómo rezar.


Prólogo No. 21

Su mente se difuminó como las luces del cine antes de dar inicio una función. Pensó en arrepentirse de muchas cosas, pero ni una de ellas valía la pena como para arrepentirse de verdad. Quizás de lo único que se sentía culpable era haber olvidado que moriría de aquella forma. También de que sus últimas palabras, tal vez, serían recordadas como palabras huecas y vanas.

Antes del aliento final, cruzó por su mente la posibilidad de que si en vez de haber pasado tantas horas frente al televisor hubiera dedicado más tiempo a leer (tal como mamá se lo sugirió cuando era niño), incluso hasta una frase célebre hubiese inventado, o al menos se hubiera ahorrado la vergüenza y el cinismo de asentir con la cabeza todo el tiempo cuando otros escritores le hablaban de autores y de libros que en su vida había escuchado (menos leído).

Claro que nada de esto importaba, el truco era tener cara de intelectual. Y él la tenía. Gafas y cabellera larga. Los pantalones raídos también ayudan. Igual decir:

-Genial.

-Maravilloso.

-Una gloria.

O:

-Insufrible.

-Un bodrio.

-Muy comercial.

Palabras igualmente efectivas en el caso de que estuvieran descuartizando una novela.

En su caso, ignoraba cómo habían calificado su última novela. Evitaba enterarse de la crítica, o mejor dicho, de la crítica negativa. Sólo cuando no tenía más remedio que escucharla se enteraba de ella. Y eso, porque hubiera sido muy poco ético (o creíble) fingir ceguera y/o sordera cuando el sujeto de la butaca de la décima fila que venía con el kit completo de intelectual, o sea, cabellera pulcramente despeinada, lentes de pasta ancha, camisa de manta, jeans deslavados y rotos de fábrica y chancletas (aunque no pudo verle los pies, estaba en un 99% seguro de que las traía) dijo que los personajes de su novela estaban hechos de paja, que sus emociones y sentimientos no eran reales sino más bien de personajes salidos de alguna telenovela o, en el mejor de los casos, de un sit-com de esas que tienen risas enlatadas de fondo. Todo eso lo dijo en su cara (y en la cara de todos los que llenaron el teatro) con aplomo y con una seguridad bárbara en si mismo que sólo poseen los intelectuales, sin omitir detalle alguno al aderezar, hacer énfasis y magnificar el sinfín de errores sintácticos, gramaticales y de contenido de la novela, los cuales, huelga decir, el propio autor ignoraba por completo hasta ese momento. Terminada la feroz crítica, no pudo evitar poner la cara roja como un tomate. Después maldijo mentalmente a su editor, y luego, también maldijo mentalmente al intelectual de las chancletas, a quien le dio por respuesta lo siguiente:

-Te prometo que a la salida te firmo la novela.

Nunca fallaba. Presentación tras presentación. Un chascarrillo en el momento oportuno además de salvarte el pellejo tenía la virtud de que el teatro repleto de gente rompiera en risas (risas reales, no enlatadas). Además, una de las ventajas más grandes que tiene un escritor que vende libros y llena teatros es que los listillos nunca tienen derecho a replica, lo único que pueden hacer es dibujar una mueca furibunda en el rostro cuando la linda edecán de falda corta les aparta el micrófono de enfrente para entregárselo a la mujer gorda de mediana edad que lleva la mano levantada en el aire (y entumida también) desde que la ronda de preguntas del público hacia el escritor da inicio, es decir, desde una hora atrás. Y eso era lo que precisamente agradecía de las mujeres gordas de mediana edad, que además de comprar sus libros a la par de los de Paulo Coehlo, casi nunca preguntaban algo específico. Más bien solían descoserse en halagos tal y como lo hizo la mujer gorda de mediana edad que dijo estar en total desacuerdo con el payaso disfrazado de intelectual, ya que ella sí que se había identificado por completo con la protagonista de su novela, tanto, que apostaba su vida a que existía en la vida real.

Al escuchar esta declaración, una sonrisa se dibujo en su rostro, que en realidad era el fino disfraz de una mueca de horror por la patética existencia de una lunática dispuesta a apostar su vida así como así. Así que decidió ensanchar más la sonrisa para no evidenciar su espanto, pero justo cuando sus muelas empezaban a verse a través de su boca de lo grande y falsa que era la sonrisa, descubrió que a dos lugares de donde se encontraba la gorda de mediana edad aferrada con ambas manos al micrófono como si en ellas cargara una malteada de chocolate, estaba sentada la mujer que pensó nunca más volvería a ver en su vida, dueña del mismo rostro endiabladamente angelical y la mirada de hielo que tenía el día que por culpa suya la internaron en una clínica de rehabilitación.


Prólogo No. 34

Antes de relatar el asesinato que para su desgracia le tocó interpretar en el papel protagónico de víctima es necesario agregar aspectos fundamentales en la historia. Los focos, por ejemplo. Los focos en el teatro (o de cualquier teatro) eran de cien mil voltios o alguna cifra similar con varios ceros, eso lo sabe todo aquel que ha estado alguna vez sobre el entarimado de un teatro.

Los flashes de las cámaras fotográficas también hicieron su parte. Eran tantas las lucecitas que se dispararon cuando el moderador de la mesa informó que se venía la última pregunta de la noche, que al observar por última vez la butaca donde estaba sentada aquella mujer de su pasado y encontrarla vacía pensó que su presencia había sido producto tanto de su imaginación como del calcinamiento de sus retinas.

Lo que ocurrió a continuación fue tal cual ocurre en las películas de acción de Hollywood cuando viene la escena final y todo se torna en cámara lenta para que el espectador, cómodamente sentado en su butaca con bote gigantesco de palomitas en una mano y el refresco jumbo en la otra, no pierda detalle alguno. Por desgracia, su vida lejos estaba de parecerse a las películas de Hollywood, al menos en las que el héroe de acción salva el día en un acto heroico.

Un pequeño pasillo alfombrado, cinco escalones de madera para subir al escenario y una larga mesa de dos metros de largo por treinta centímetros de diámetro cubierta con un mantel color verde aceituna donde tenía apoyados los codos, al igual que el moderador y su representante, era lo único que les separaba de las butacas ocupadas por el público.

En el remoto caso de que en vez de ser escritor hubiera decidido ser una estrella de pop rock a los que les programan sus videos musicales en MTV quizás hubiera tenido derecho al menos a un par de mastodontes de seguridad que custodiaran las escaleras del escenario para que ningún fanático tuvieran la brillante osadía de subir a abrazarle o a pedirle un autógrafo. Sin embargo, siendo escritor y tratándose por consiguiente de la presentación de un libro y no de un concierto para mozalbetes, no hubo guardias en el teatro custodiando su seguridad.

Ni siquiera porque su libro trataba sobre la vida de una adolescente flacucha como un fideo atrapada en el mundo de las drogas, cuyo novio (un ilustre escritor desconocido), en un ataque de celos al ser abandonado y cambiado por un junior repartidor de ácidos y estupefacientes, decide denunciar la adicción de la chica ante sus padres, teniendo por consecuencia que la madre de la protagonista la encerrara en una clínica de rehabilitación, de donde después de muchas vejaciones y peripecias (y capítulos) finalmente escapa para cobrar venganza apuñalando en repetidas ocasiones con un picahielo a su ex novio justo el día en que éste alcanza el éxito gracias a la publicación de una novela donde narra la vida de una drogadicta adolescente idéntica a ella; teniendo lugar el asesinato en un teatro abarrotado de espectadores que impávidos sólo alcanzan a horrorizarse ante la increíble escena, para después abalanzarse a las librerías a comprar la novela del fallecido autor hasta convertirlo en un best-seller.


Prólogo No. 40

Ocurrió tal y como lo viste decenas de veces en el YouTube desde la tranquilidad de tu hogar o en clandestinidad de tu lugar de trabajo. Los aplausos cesaron de repente y en su lugar entró un silencio ensordecedor seguido de un grito generalizado de “¡oooooooooh!”, propio de las corridas de toros cuando el torero es cogido por el pitón del toro.

Como habrás notado en la pantalla de tu computadora, puso cara de imbécil. Y no tienes por que ocultar que reíste al repetir una y cien veces el video. En efecto, puso la típica cara del imbécil sorprendido que sabe que va a morir, aunque en su defensa se puede decir que será la misma cara de imbécil que pondrás cuando un automóvil venga en sentido contrario y te atropelle al cruzar la calle o cuando resbales del tejado de tu casa al revisar el tinaco o cuando una ex novia te apuñale por la espalda con un picahielo.

No fue una muerte digna. Nadie en su sano juicio hubiera deseado ser grabado en video por las decenas de teléfonos celulares que cargaban consigo los presentes, y en vez de eso, que alguno de ellos se le hubiera ocurrido auxiliarle para que el número de puñaladas no llegara a los dos dígitos. Incluso hubo morbosos que se acercaron tanto al escenario a grabar la escena que fue precisamente gracias a estos aprendices de paparazzi que pudiste escuchar los huesos crujir cuando el punzón de acero entraba y salía dentro y fuera del cuerpo.

Crac, crac. Así sonaron los huesos.

Crac, crac. Otras dos puñaladas antes de que el representante literario chillara como una hiena asustadiza, primero levantándose y después apartándose lejos de la mesa para salvar su propio pellejo.

Crac, crac. Dos puñaladas más. Iban seis y nadie tuvo intenciones de detener las que vinieron después. Ni siquiera él, cuyos brazos los tenía engarrotados y sólo alcanzó a agitarlos torpemente cual pato herido de muerte que intenta emprender de nuevo el errante vuelo luego de un escopetazo.

Tras la segunda puñalada cayó de su silla al suelo. Tenía la espalda apoyada sobre el entarimado. A cada movimiento en su patética defensa sentía como la espalda patinaba sobre un líquido caliente y espeso. Sangre que manaba de dos agujeros que tenía en la espalda. La garganta se le cerró y le costaba respirar. Tampoco podía ver nada por las luces del techo que le cegaban. También por los flashes de las cámaras, ya que la gente empezó a tomar fotos como si estuvieran en un coliseo viendo la lucha libre.

Luego, una silueta apareció delante de él para montarlo a horcajadas. Unos cabellos largos, lacios y castaños flotaron en delgadas hebras luminosas sobre su cabeza al tiempo que dos manos empuñaban en todo lo alto un picahielo que terminó aterrizando primero en su hombro izquierdo y después en su clavícula izquierda.

Crac, crac (puñalada número tres y puñalada número cuatro).

Las puñaladas venían en oferta, al 2 x 1. De par en par. Una después de la otra, con la misma furia y con la misma saña. Así llegaron las puñaladas número cinco y número seis. Luego las puñaladas número siete y número ocho. Eran tan veloces que parecían una misma, desde luego sólo en el sentido metafórico, porque en realidad el dolor que sentía era por partida doble.

Crac, crac.

Cuando llegaron las últimas dos puñaladas (puñalada número nueve y puñalada número diez) tenía la vista completamente nublada y borrosa por las lágrimas que le empañaban los ojos.

El último crac en realidad no sonó crac, sino más bien fue un sonido seco producto del agujero que se hizo en la duela del escenario al ser atravesada con la punta del arma, no sin antes traspasarle primero el lóbulo de la oreja derecha.

Si le subes el volumen a tus bocinas (checa que sea el video que yo subí) podrás escuchar el grito de un valiente que desde las butacas traseras, cuando la victima dejó de ser agujereada como un muñeco de vudú, dijo:

-¡Alguien llame a los paramédicos!

Por desgracia en México los paramédicos pueden llegar al lugar del siniestro cuando la última gota de sangre ha abandonado el cuerpo del herido. Siendo esto del conocimiento de los presentes, no faltaron las manos voluntariosas que se dispusieron a sacar al paramédico que llevaban dentro. Enjundiosos, cargaron al moribundo para poder trasladarlo al hospital más cercano.

-¡Ahhhh! –aulló de dolor la victima.

Ante esta inesperada situación los buenos samaritanos se enfrascaron en una acalorada y nerviosa discusión.

-Arráncaselo.

-No, arráncaselo tú.

-No, no. Mejor tú.

Y así debatieron durante segundos vitales, hasta que alguien (seguramente un carnicero) decidió arrancar de un tirón el picahielo de la oreja del moribundo, no sin antes dejarse escuchar la advertencia de rigor que suele ocurrir en estos casos donde sobra el nerviosismo y la estupidez:

-Pero con cuidado, no vaya a desangrarse.

Finalmente lograron levantarlo del piso entre varias personas y lo condujeron por uno de los corredores del teatro rumbo a la salida. Al atravesar el pasillo, entre todos los rostros del público que seguían abarrotando las localidades, sentada en una de las butacas, pudo verla, muerta de la risa.

De no ser porque tenía los brazos y las manos bañadas en sangre, Valentina hubiera pasado inadvertida e inocente como el resto de la gente que no cesaban de tomar fotos desde sus celulares y cámaras fotográficas.


Prólogo No. 58

Al despertar en la mañana, frente al espejo, mientras se pasaba el rastrillo de rasurar sobre el mentón de una barba crecida, supo exactamente las palabras que tenía que decir antes de morir.

lunes, 10 de agosto de 2009

Historia de un blog rosa


“El lector es completamente distinto al lector de hace 50 años; el lector de hoy está con un monitor enfrente tratando que no venga el jefe, y para minimizar lo que está leyendo sea información sea ficción o lo que fuere, pero está preocupadísimo porque está ocupando horas de trabajo en el entretenimiento, y entonces hay que atrapar (la información) con muchísima más rapidez.”
- Hernán Casciari



P y yo nos conocimos desde la cuna por nexos inquebrantables que une la sangre, al igual que un amargado abuelo en común. En una fotografía que podría servir como evidencia de que P y yo estábamos destinados para la grandeza, la imagen se ve arruinada por la horrenda cara de un anciano que hace un vano intento por sonreír y al mismo tiempo concentrarse en sujetarme con una mano y con la otra a P. Al final sólo salió la cara de Papá Abu con un rictus de dolor donde parece estar levantando a un par de cochinitos de sus cuartos traseros.

More...Pese a vivir en ciudades distintas, P y yo nos visitábamos con relativa frecuencia. Ya sea en temporadas vacacionales, puentes y/o fines de semana. En esencia nos reuníamos para desperdiciar gloriosamente nuestros días. Y fue justo en uno de esos gloriosos días desperdiciados de nuestra tierna infancia cuando apareció el primer destello de lo que ocurriría muchos años después.

-Deberíamos comercializar estas caricaturas -le dije a P enseñándole muy orgulloso un dibujo.

El dibujo era el de un pato pintado con trazos deformes en una libreta Scribe a cuadros. El pato tenía un disfraz sospechosamente parecido al de Superman (con capa y botas rojas incluidas) que se encargaba de sembrar el terror en Ciudad Muralla en compañía de sus secuaces, otros animales de granja enfundados en trajes también sospechosamente parecidos a los de Flash, Linterna Verde, El Hombre Araña, Batman, etcétera.

-Creo que tienes razón –sentenció P con justo tino observando la libreta-. Hay que comercializarlos.

Meditabundo, asomé la cabeza por la ventana para aspirar la fragancia del jardín de mi tía Nena en busca de un poco de más de inspiración.

-Ya lo tengo –dije frotando mi barbilla con el dedo índice y pulgar de la mano cual intelectual que era en esos días-. Hagamos cientos de copias del Súper Pato Asesino y luego las repartimos en todos los buzones de las casas del vecindario. De esta forma, si a los vecinos les gustan las aventuras del Súper Pato Asesino, en el próximo número les cobramos un peso a cada uno, así como hacen los repartidores del periódico –agregué sin tener muy claro el sistema de cobro de los repartidores de periódico.

-¡Asu, vamos a ser multimillonarios! –exclamó P arrojándose sobre una hoja en blanco para dibujar a un Súper Pato Asesino con una metralleta entre sus manos.

Minutos después nos encontrábamos frente al televisor jugando Nintendo. Súper Pato Asesino y La Liga de Secuaces Asesinos jamás vieron la luz pública; con calambres en las manos descubrimos que nuestra ambiciosa creación de proyecto literario-empresarial no era tan sencillo como creíamos: a la quinta copia el Súper Pato Asesino parecía un garabato.

Llegó la adolescencia y el sendero artístico que compartíamos P y yo se bifurcó. P se recluyó leyendo libros y viendo películas. Libros y películas extrañas y horribles. Yo en cambio utilicé hasta la última de mis neuronas para almacenar en mi cerebro los datos más inútiles, como por ejemplo, saber de memoria el nombre del líder de goleo en el Mundial de Uruguay 1930 o recordar a la perfección los nombres de los suplentes y cuerpo técnico del equipo campeón de los Pumas en la temporada 90-91.

De ahí que no fuera de extrañar que los dos primeros libros que leyera de cabo a rabo fueran Un grito desesperado de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (mamá me sonsacó a leerlo bajo la promesa de que sería un adolescente inteligentísimo) y El Alquimista de Paulo Coelho (regalo de mi primera novia).

Saco a relucir estas dos obras maestras de la literatura porque en aquella época, joven y enamorado como un becerro, me sentía el pináculo de la inteligencia humana. Y siendo yo o creyendo ser la parte más sublime de la intelectualidad de mi tiempo, decidí escribir una novela de mi puño y letra a la mujer que amaba.

Me tomó una semana entera terminar mi debut literario. Justo dos días antes de navidad. Casi 50 hojas de una libreta Scribe a rayas.

Sin embargo, como todos saben, un libro no es un libro si no es del mismo grosor que los libros motivacionales y/o de autoayuda y/o de Paulo Coelho. Así que para engordar mi novela me tomé la libertad de anexarle algunas canciones de Fernando Delgadillo (cantante favorito de mi amada y por ende mío también, porque era, como ya mencioné, un becerro enamorado).

Mandé la novela a la imprenta (una tienda de fotocopias frente a mi escuela) girando instrucciones precisas a los empleados de que imprimieran las hojas con letras tipo arial de 16 puntos para que mi ópera prima quedara de un grosor aceptable, es decir, digno de un autor que se de a respetar en los círculos más exquisitos; también, como todo gran novelista, le agregué en la solapa una fotografía mía donde salgo muy sonriente, justo arriba de una pequeña biografía donde le explicaba al público en general que era yo un genio nacido bajo el signo de Acuario, que amaba la vida y que invitaba a todos los hombres y mujeres del Universo a amar y disfrutar la vida como becerros enamorados.

Naturalmente, antes de todo este bello proceso de impresión, alguien tuvo que realizar el tortuoso trámite de transcribir las casi 50 páginas de la libreta Scribe a la computadora. Y justo ahí fue cuando el sendero bifurcado volvió a unirse en uno solo. P no durmió durante toda la noche mientras yo soñaba plácidamente con el rostro de mi amada dándome besos y rindiéndose a mis pies cuando le entregara una novela dedicada única y exclusivamente a su persona (o casi).

La novela me salió muy chula, según yo, así que decidí sacar varios ejemplares, mismos que repartí entre familiares y amigos, acto que desencadenó que de ahí en adelante nadie me volviera a mirar con los mismos ojos. Era yo un autor publicado. Publicado y costeado por sí mismo. Dato irrelevante para mamá cuando presumía con sus amistades la fortuna que era tener un hijo intelectual (pobre ingenua).

Pero como todo el mundo sabe (al menos 2 de cada 3 intelectuales lo sabe), la literatura no tarda en mostrar su peor rostro: mi amada y esotérica novia me mandó al diablo, teniendo el buen tino de cambiarme ni más ni menos que por su mejor amigo, un sujeto de barbita que decía tocar primorosamente el piano y que conocí en unas vacaciones de verano, dándome muy mala espina al descubrirlo en más de una ocasión mirándole a mi novia el culo enfundado en un diminuto bikini negro.

Amargado, triste y rabioso saqué al poeta que todos los intelectuales llevamos dentro, así que me regalé el gusto de torturarme escribiendo durante navidades consecutivas un par de libros de poemas, todos ellos cargados de odio y bilis. P una vez más se quemó las pestañas transcribiendo los iracundos poemas de la libreta Scribe a la computadora. Todos en una noche, porque a mí me gustaba dejarlo todo para el último momento.

Estos bonitos libros de poemas se los envié a mi antigua novia justo el día de navidad, pero como me parecieron que los poemas también me salieron bien chulos (qué podía hacer yo, era un autor prolífico), imprimí varios ejemplares que repartí entre amigos y familiares. Mamá no cabía de felicidad, su hijo era un intelectual probado con varios libros publicados (y sin novia).

Los años pasaron y me enrolé en un importante corporativo; mamá fue la mamá más feliz del mundo. Luego renuncié a ese importante corporativo porque decidí que había llegado el momento de ser un escritor profesional; mamá dejó de ser la mamá más feliz del mundo y nunca más volvió a mencionar en sus mutualistas y reuniones con señoras importantes e influyentes que tenía un hijo escritor.

P por su parte fue el único que me palmoteó la espalda y me dijo que él me ayudaría a mejorar mi estilo como escritor. Empecé a leer algunos de los libros horribles que leyó P en su adolescencia y descubrí que no era tan sencillo escribir una novela como yo pensaba, y esto tal vez se debía a que ya no era más un becerro enamorado.

Probé escribir cuentos cortos y artículos de opinión donde despotricaba contra el mundo horrible y tenebroso. Y como los cuentos y los artículos donde despotricaba contra el mundo horrible y tenebroso me salieron bastante chulos (ni manera, ese es el drama que padecemos los intelectuales), aproveché las bondades tecnológicas del mundo horrible y tenebroso del cual despotricaba y lanzaba insidias y me dediqué a robar las direcciones de todas las cadenas que llegaban a diario a mi correo electrónico con pornografía infantil, fotos de gatitos, frases de Paulo Coelho e imágenes de Jesucristo, etcétera, con el fin de iniciar mi propia cadena de correos.

Las cadenas-artículos empezaron a llegar hasta las computadoras de personas que vivían en latitudes insospechadas, y muchos de ellos se tomaron la molestia de reenviarlos de vuelta agregándole una serie de palabrotas que ofendían seriamente a mi progenitora (entre ellos mis ex novias y mis más queridos amigos que aparecían en mis cuentos disfrazados con otros nombres).

-Le veo bastante futuro a esto -dijo P leyendo los correos.

De inmediato P montó un blog en el ciberespacio con todos los escritos que habíamos hecho y que él había corregido de garrafales faltas ortográficas y sintácticas. Por azares del destino gente de diferentes puntos del país y de otras latitudes continentales empezaron a visitar el blog, y el comentario general de los lectores fue que el blog era muy aburrido porque solo había letras, que era necesario que en el blog hubiesen dibujitos, videos y de ser necesario escritos de calidad, porque los míos eran una bazofia.

En junta directiva, P y yo llegamos a la conclusión de que los comentarios de esos bondadosos extraños eran desinteresados y cargados de una verdad apabullante. Tomamos la decisión de mudamos a otro blog donde podíamos meter videos, dibujitos y otras funciones que fueran del agrado de la gente que no conocíamos. P se encargó de crear y embellecer el nuevo blog con tonos color rosa que desde su primer día en el ciberespacio generaron gran controversia y escándalo en los no pocos lectores viriles y seguros de su sexualidad que lo visitaron. Todo estaba listo para que el blog fuese un éxito, sin embargo faltaba lo más importante: los videos, los dibujitos y los escritos con contenido.

Se me ocurrió que si yo era un pésimo caricaturista y un pésimo escritor y un pésimo buscador de videos chistosos, debía encontrar a profesionales que supieran hacer caricaturas, escribir historias y buscar videos graciosos.

No tuve que buscar mucho. En las reuniones del café de los martes en la noche descubrí que mis mejores amigos se dedicaban básicamente a lo que estaba buscando. Uno dibujaba dibujitos bien bonitos, otro escribía escritos bien profundos y el otro era un experto en buscar videos muy divertidos en el YouTube.

A dos años de la fundación del blog rosa que titulamos Pildorita de la Felicidad (nombre que surgió en honor a un libro que nunca le entregué a una amiga de la cual estaba perdidamente enamorado en la universidad y que desde luego jamás me hizo caso), P y yo básicamente seguimos haciendo lo mismo que cuando teníamos seis años: ver televisión mientras buscamos el mejor medio de cómo comercializar ideas (propias y ajenas) que puedan ser del agrado o repulsión en la vida cotidiana de amigos y desconocidos que buscan matar las horas de aburrimiento en sus trabajos que secretamente aborrecen.

No sé por qué, pero luego de ver que podríamos llenar el Estadio Azteca con los más de 150 mil extraños que nos han visitado (y amenazado de muerte), tengo la ligera sospecha de que por primera vez estamos haciendo algo de provecho con nuestras desperdiciadas y vacías vidas.


martes, 4 de agosto de 2009

Héroes no reconocidos


“El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo.”
- Gabriel García Márquez


Ayer en mitad de la madrugada tocaron insistentemente a la puerta de mi cuarto, a eso de las cuatro, cuatro y media, hora en la que sólo pueden sacarte de la hamaca para darte la peor de las noticias.

Aturdido y con los presagios más terribles espabilándome el sueño, abrí la puerta. En mitad de la penumbra del corredor apareció el rostro de P. Sus ojos estaban rojos y cristalinos; ojos parecidos (aunque ausentes de lágrimas) a los que me topé una idéntica madrugada del fatídico verano del ´96, cuando mamá me sacó de la hamaca para decirme como un zombi que el papá de uno de mis mejores amigos se había matado en un accidente automovilístico.

-Perdón por despertarte –dijo P-. Vinieron los fontaneros.

¿Quién hubiera imaginado que aquel hondo y profundo respiro de alivio que di al saber que ningún familiar había estirado la pata sería el último del día?

Cuatro hombres morenos, enchancletados, de vientres abultados y brazos de luchadores, que bien podrían pasar por albañiles, irrumpieron en casa.

-Jefe, voy a necesitar que esté pendiente de la cifa de su baño –me dijo uno de ellos.

Sin comprender bien qué ocurría, por instinto de supervivencia dije que sí, que estaría pendiente de la cifa del baño, mirando de reojo mi hamaca que se mecía de modo seductor.

-Vamos a bombear la fosa séptica –me explicó el hombre, y al intuir que yo no estaba tomando con la debida seriedad sus palabras, agregó-: Es importante que esté pendiente de la cifa, eche un grito si se rebosa.

No pasaron ni dos minutos cuando hice acto de presencia en el patio delantero de la casa gritando y agitando las manos como un loco para hacerme escuchar sobre una maquina que hacía un ruido infernal.

-¡Apaguen la maquina, apaguen la maquina!

Los fontaneros apagaron la maquina y dos de ellos me escoltaron hasta el baño de mi cuarto.

-¡Uy, papá, mira esta belleza! –exclamó uno de ellos entre extasiado y realmente sorprendido.

-¡Asúmecha! –exclama el otro.

Cubriéndome nariz y boca con mi camiseta escuché la conversación de los dos hombres sin atreverme a entrar al baño.

-Voy por la pala –dijo uno de los fontaneros, y al verme de pie junto a la puerta me miró con ojos redondos, cómplices; incluso me aventuraría en afirmar que su mirada era de una rendida admiración.

-No es lo que parece –mascullé entre dientes bajo mi camisa, pero era demasiado tarde e incluso bastante estúpida mi justificación (léase el párrafo 15 de Un castigo muy original).

Cuando era pequeño, en las vacaciones de verano, para matar el tiempo tenía por costumbre plantearme toda suerte de teorías económicas, sociales y laborales. A los 8 años estaba convencido que los hombres mugrientos y apestosos que recogían la basura los sábados por la mañana en la colonia eran tipos inmensamente ricos.

-No bebé, tú vas a ser abogado, o ingeniero como tu papá –me decía mamá  con el dedo índice recriminador-. Los hombres de la basura son señores muy pero muy pobres.

Al escuchar esto, no me lo podía creer. ¿Cómo podían ser pobres esos señores si hacían el trabajo más asqueroso que había visto en mi vida? En mi lógica de niño de 8 años los señores de la basura debían ser multimillonarios, pues cualquier persona en su sano juicio estaría dispuesta a pagar el dinero que fuese necesario con tal de librarse de sus propios desperdicios orgánicos e inorgánicos. El mismo caso con las sirvientas que le sacaban brillo a los inodoros de nuestros baños.

-Mi vida, ve a jugar Nintendo con tu hermano –decía mamá para deshacerme de mí.

En la actualidad ya no soy tan ingenuo como en mi niñez, aunque no por ello dejo de plantearme interrogantes en materia social, económica y laboral; y con esto no me refiero al típico caso de creer que es una locura que Cristiano Ronaldo gane más dinero por pararse un segundo en una cancha de fútbol (o en un camerino) que una cuadrilla completa de albañiles que trabajan de sol a sol durante un mes. O que un dentista gane más en una consulta por blanquearle los dientes a un cliente que un barrendero por una semana entera de trabajo.

No señor, a lo que yo me refiero es al impacto social (o injusticia social) que tienen los oficios. Por ejemplo, en México decir que eres escritor en el acto te convierte en un valiente. Y como todos saben, ser un valiente tiene su encanto en toda sociedad civilizada. Para ponernos prácticos y realistas, le reto a usted, querido lector, que vaya a un bar o a una disco y entable conversación con una perfecta desconocida (de preferencia tetona) y cuando llegue al tema del oficio que desempeña para ganarse la vida, suelte sin miedo y sin pudor la mentira de que es escritor.

-¡Wow, increíble! –exclamará la tetona en cuestión.

Si tiene suerte podrá sacarle su e-mail. Nada más. Tampoco hay que exagerar y decir que esa misma noche (o cualquier otra noche) se la va a llevar a la cama; incluso las tetonas (independientemente que sean analfabetas o no) saben de sobra que un escritor es un muerto de hambre sin futuro.

Sin embargo, ahí está el encanto injustificado de la profesión artística: ser actor de teatro o pintor o poeta o cantante, sin importar el género o corriente que se desempeñe, da lo mismo si se sale al escenario desnudo y pegando de gritos interpretando al dios Eolo en una obra experimental o pinta cuadros de caimitos y pitahayas o escribe poemas endecasílabos que hablen de la menopausia (ojo al dato, amigo artista), nunca faltará la mujer descerebrada que ponga los ojitos redondos de erudita y le tenga en suma estima. Incluso hasta puede que le llamen genio y se vuelva famoso como Ricardo Arjona. Nunca se sabe.

Todo lo contrario ocurre con ciertos oficios de verdad. Por poner otro ejemplo práctico, imagínese un sábado por la noche abordando a una tetona con el siguiente discurso:

-Soy fontanero.

-¡Wow, increíble! –exclamará la tetona en cuestión, rascándose la cabeza-. ¿Y eso como qué es?

-Pues básicamente cuando vas al baño a cagar llega un buen día en que tu fosa séptica llega a un límite de mierda, ahí es cuando yo me encargo de chapotear entre tus cerotes y llevármelos en un pipa para que no te ahogues en ellos un sábado por la noche.

Como es de suponer, la tetona se vomitará en tus pies en vez de comerte la boca a besos y decirte que eres su héroe.

Retornando a la historia de los fontaneros que llegaron a casa en plena madrugada, luego de 8 horas de arduo y feroz trabajo, al verlos partir en su pipa oxidada, me pregunté qué sería de todos nosotros sin esos valientes de heroica vocación hacia la mierda. Imaginé un escenario terrorífico. El peor de todos. La Estatua de la Libertad, la Opera House, la Torre Eiffel, la Muralla China y otros típicos y famosos escenarios apocalípticos de Hollywood sumergidos entre toneladas de excremento humano. El fin de la civilización.

Esta tragedia es posible. Un meteorito gigante o una invasión extraterrestre, no. Y todo gracias a nosotros mismos, a nuestra arrogancia, superficialidad y propia mierda que no nos da cuartel. Día a día. Imaginemos por un momento una huelga mundial de fontaneros. Ya quisiera ver yo ese momento. Ojalá y llegue. Sólo así respetaríamos a estos héroes no reconocidos.

Actualización:



Queda comprobado que no todas las tetonas son tontas, en especial Fiera Rodríguez

miércoles, 29 de julio de 2009

Secuelas de la crisis



1


Más que un alivio, es peligrosísimo tener buenos amigos en los tiempos difíciles. Sobre todo cuando cometes el error de hacer público que te acaban de echar de tu trabajo sin ninguna justificación aparente.

More...-¿Tienes experiencia en ventas? –me pregunta una chica menor que yo al leer mi currículum vitae.

Permanezco en silencio. Mi silencio me incrimina. Soy un mentiroso profesional, pienso, no debo tener problema para vender lo que sea.

-¿Qué sería exactamente lo que vendería? –pregunto (el dedo índice y pulgar de la mano derecha frotando el mentón) para hacerme el interesante.

La chica no se sorprende por mi pregunta. Sabe que el trabajo es mío si así lo deseo, pues fui enviado a la entrevista por su jefe, es decir, un buen amigo que en un intento por sacarme del desempleo me dijo que fuera a solicitar un puesto vacante en una de sus múltiples empresas.

Quince minutos después abandono las oficinas con la promesa de llamar en dos días a la chica de recursos humanos para confirmar si pienso ser de ahora en adelante empleado de mi amigo. La idea, naturalmente, me aterra, no porque mi amigo tenga que verse en la penosa necesidad de despedirme al cabo de un par de meses al descubrir que soy el vendedor más incompetente sobre la faz de la Tierra, sino por tener que tomar un curso de inducción de ventas durante quince días, vestir a diario un uniforme de la compañía y luego memorizar toda suerte de productos de limpieza, sus propiedades, bondades y beneficios, y finalmente salir a la calle a tocar de puerta en puerta y mentirle y/o rogarle a otros empresarios para que por favor compren unos productos químicos los cuales estoy casi seguro no necesitan.


2


Juanito, mi talentoso y aclamado amigo caricaturista, me conoce muy bien, por eso, en un restaurante de comida italiana donde celebramos su cumpleaños, me dice:

-Te tiene que haber dolido.

-No, para nada, estoy de maravilla –miento-. Ya surgirá algo –vuelvo a mentir.

-Te tiene que haber dolido.

-No, en serio, no es el fin del mundo –sigo mintiendo.

-Admiro tu aplomo –me palmotea la espalda-. Es un nuevo inicio en tu carrera.

-Sí, un nuevo inicio –digo una mentira más para evitar romper en llanto.


3


Una amiga me escribe un e-mail diciéndome que soy un hombre valiente al publicar la historia de mi despido injustificado, no como los intelectuales que cuentan este tipo de anécdotas cuando han pasado muchos años y son ya autores renombrados, esto con el fin (sospecha ella) de que los lectores nos enteremos de las penurias que pasaron los pobrecitos antes de convertirse en ricos y famosos.

Pienso (no lo digo, menos lo escribo) que sin dudarlo vendería mi alma al diablo por ser uno de esos pudorosos best-sellers que aparecen en la televisión dándose aires de semidioses, que en sus inicios en vez de andar lloriqueando lograron guardar silencio cuando fueron echados a patadas de los periódicos.


4


Una chica venezolana, un encanto de mujer y por añadidura mi nueva amiga, pide hacerme una entrevista. Accedo, no porque me haya confesado que es activista, periodista y escritora sino porque en sus ratos libres es modelo, pues así lo confirma una pasarela de sensuales fotografías que desfilan en la pantalla del Messenger a sugerencia mía.

A cada una de sus preguntas respondo un disparate. No veo el momento de que se dé color que ha sido un error y una pérdida de tiempo entrevistarme. Sin embargo ella, estoica, imagino que por lástima, continúa haciéndome preguntas sobre el uso y manejo de la lengua española, y yo, un pobre diablo de nacimiento que reprobó redacción en la preparatoria, continúo respondiendo absurdos a diestra y siniestra.

Finalizada la entrevista, en un arranque de egolatría, me aventuro a preguntarle cada cuándo entra a leer mi blog.

-Nunca, te leo en un periódico venezolano –responde para mi sorpresa.

Acto seguido me sumerjo en la red. Dos y no uno son los periódicos venezolanos que me publican. Ambos imagino han de ser antichavistas, de lo contrario tendrían plata suficiente para pagar por mis colaboraciones.


5


Un amigo de izquierda se congratula por mi despido pues gracias a ello, asegura, ahora me publican en La Jornada.

Incrédulo de verme publicado en un medio de fama nacional, entro a la página de Internet del periódico y tal como sospechaba no encuentro ni un solo escrito mío. Investigo un poco más en el ciberespacio y descubro dos cosas: la primera, en Nicaragua (como en el resto de Latinoamérica) no son muy creativos a la hora de bautizar sus periódicos; y la segunda, las historias de Campeche gustan más a los editores fuera que dentro de Campeche.


6


Mi amigo científico, maravilloso articulista y maestro, dice que no debo preocuparme, pues no tardaré en conseguir otro espacio igual o mejor donde publiquen mis desvaríos.

Inspirado por sus palabras, le escribo un brevísimo correo al famosísimo director del periódico donde publica mi amigo, preguntándole a quién tengo que chupársela para que me publiquen.

Al instante me arrepiento, pues mis palabras pueden malinterpretarse. Traducción: que todos los escritores que han logrado ser publicados en el prestigioso periódico no lo han hecho gracias a sus conocimientos y arduos años de labor académica y periodística sino a sus dotes en el arte del fellatio.

Pese a pronóstico, el carismático director del periódico, más que escandalizarse por mi impertinente y desesperado correo, ríe y me conmina a tener paciencia pues hay una larga lista de aspirantes a ser publicados. Su breve y concisa respuesta más que entristecerme me alegra el día, pues siento haber obtenido un triunfo personal al lograr hacerlo reír, tal como el me hace reír cuando aparece en la televisión sacando de quicio a encumbrados y estirados periodistas todos los miércoles en la noche.


7


Otro amigo escritor me dice que no claudique en mis intentos de buscar trabajo en otro periódico. Me sugiere ir a hablar personalmente con todos los editores de los periódicos campechanos.

Le digo que sí, que eso haré. Sin embargo, a mi mente vienen todas esas infructuosas entrevistas que tuve en el pasado con cada uno de los editores campechanos.

Uno me citó en un café y luego de alabar mis escritos (mismos que llevaba tiempo publicando en su periódico) al llegar al tema de lo monetario, es decir, la tarifa que cobro por cada escrito publicado, dijo:

-Lo siento, en el periódico tenemos la política de no pagarle a nuestros colaboradores.

Otro editor me citó en su oficina.

-Un momentito, el licenciado está en una junta –dijo la secretaria-. En un minuto le atiende.

Pasada una hora en la recepción del periódico la secretaria me informó que el licenciado estaba ocupado, que dejara mis datos y que luego se comunicaría conmigo.

El último editor que visité también me recibió en su oficina. Muy amable dijo conocer mi trabajo.

-Muy divertidos escritos, de todos modos mándame a mi mail todos los que tengas, quiero revisarlos detalladamente con el director.

Nunca más volví a saber del editor, ni de él ni de ningún otro, sobre todo cuando publiqué un pasaje del borrador de la novela que prometí enviar a un gran y laureado amigo escritor conectado con una editorial internacional (novela que sospecho nunca terminaré) donde describía a los directores editoriales de todos los periódicos campechanos como alimañas rastreras de dedos entintados que viven de leer y censurar a periodistas y/o columnistas que no alaben al partido político en el poder.


8


-Hola bebé.

-Hola mamá.

-Oye, acabo de comprar el periódico y no veo tu columna.

-¿En serio?

-Sí, en serio.

-¿Revisaste bien?

-Sí, no aparece tu columna.

-Qué raro.

-Sí, rarísimo, ahora mismo voy a marcarles por teléfono para pedirles una explicación.

-No mamá, no es necesario, lo que pasa es que ahora van a publicarme todos los días, excepto los domingos.

-¿En verdad, mi vida?

-Sí.

-¡Felicidades bebé!

-Gracias.

-Siempre supe que triunfarías como escritor.

-Bueno mamá, te dejo, que México le acaba de meter otro gol a los gringos.


martes, 21 de julio de 2009

La crisis


Los economistas, gobernantes, empresarios y demás especialistas encargados de mover el dinero alrededor del mundo, hace unos meses vaticinaron que la crisis económica mundial mostraría su rostro más perverso en el mes de Julio.


More...Estimado Sr. Solís,
De acuerdo con nuestra plática por teléfono, le confirmo que a partir del próximo 1ro de julio damos por cancelado el servicio editorial que tan amablemente nos proporciona.
Me despido enviándole un cordial saludo y al mismo tiempo me reitero a sus distinguidas órdenes.
Atentamente,
Gerente General


Pese a lo que pueda creer o suponer el lector suspicaz, nunca antes en mi vida adulta me habían botado de un trabajo. Paradójicamente todos mis demás trabajos (sin excepción) los odiaba, y mientras más los odiaba, los encargados de pagarme, de rodillas (o casi) me pedían que permaneciera en mi puesto cuando les informaba de mi renuncia con carácter de irrevocable.

Imagino también que el lector suspicaz querrá saber o conocer a fondo los detalles y/o el significado de “de acuerdo con nuestra plática por teléfono”.

-Bueno –yo (celular en mano) siendo despertado de mi siesta de la tarde.

-Le comunico con el Gerente General –la secretaria del Gerente General.

-Okey –yo, pasmado de que el Gerente General quisiera hablar conmigo.

-Señor Solís, le hablo para comunicarle personalmente que a partir del próximo primero de Julio damos por cancelado el servicio editorial que tan amablemente nos proporciona –el Gerente General.

-Okey –yo, en estado de shock, viendo pasar delante de mis ojos en fracciones de segundo los momentos más memorables de mi vida como escritor, es decir, abriendo mi cartera y encontrando en ella dinero suficiente para pagar por las cervezas en el estanquillo de la esquina.

-¿Quiere que le envíe un e-mail notificándole la noticia? –el Gerente General.

-Okey –yo, aún en estado de shock, sin reflejos de pedir a tiempo una explicación de mi despido del periódico que por causas misteriosos me depositaba puntualmente la primera semana de cada mes un sueldo en el banco por publicarme todos los domingos del año, sin excepción, salvo en un par de ocasiones cuando osé tocar el tema de la impunidad en la que vive el hijo del jefe de la policía de Mérida, que en total estado de ebriedad y a exceso de velocidad descuartizó a dos jóvenes inocentes que cruzaban la calle un fatídico 30 de diciembre del año 2007.

La horripilante anécdota de mi despido ha comprobado dos cosas obvias: la primera, los economistas tenían razón; la segunda, mamá (señora recatada que vive advirtiéndome que es imposible para un ser humano vivir con dignidad -o sin ella- de las letras) también.

En un acto desesperado, decido camuflar la realidad: corro al estanquillo de la esquina y compro un sixpack de cerveza que bebo con ferocidad. Ebrio, respondo (lo más distinguidamente que puedo) al e-mail del Gerente General ordenándole (por no decir rogándole) que por favor siga publicando mis escritos, que de ahora en adelante escribiré gratis, y de ser negativa su respuesta, estoy dispuesto a pagar de mi propio bolsillo para que mi columna siga apareciendo todos los domingos en ese prestigioso periódico que tan magnánimo se ha portado conmigo por dos años.

Fiel a mi naturaleza de pobre diablo, apenas envío el e-mail, me arrepiento. Me invade una cruda moral.

¿A qué se deberá que sea infatigable en el arte de la autohumillación?

1. Que mamá siga creyendo que soy un faro de luz, un hombre productivo para la sociedad, o lo que es lo mismo, que bajo ningún motivo se entere que nuevamente soy un adulto desempleado, un paria, una carga social.

2. Evitar darles una tarde redonda de placer a las cacatúas amigas de mamá que con seguridad serán inmensamente felices de enterarse que soy (una vez más) un escritor no publicado.

3. Descubrir cuál ha sido la causa real de mi despido, la cual, sospecho, no es una, sino varias:

Primera causa: El Gerente General me ha corrido al percatarse que soy un escritor mediocre, sin el talento suficiente para convencer a la gente que compre el periódico y lea mi desangelada columna.

Segunda causa: La crisis económica mundial orilló a los patrocinadores del periódico a no invertir tanta plata en anuncios, acción que provocó que la primera medida que los directivos del periódico tomaran al ver mermadas sus arcas fuera la de suspender mi exiguo salario de articulista.

Tercera causa: El consejo editorial tiene la errónea creencia de que soy un buen escritor, aunque claro, no lo suficiente como para desembolsar un peso para publicar mis delirios de grandeza.

Cuarta causa: Alguna de las amigas cacatúas de mamá (seguramente esposa de algún poderoso político), indignada por mis escritos, tomó el teléfono y giró instrucciones para que me despidieran del periódico.

Quinta causa: Los sagaces encuestadores del periódico finalmente le pasaron el reporte de sus encuestas al Gerente General, que a groso modo fue el siguiente:

Encuestador: ¿Conoce usted el periódico?

Encuestado: Sí.

Encuestador: ¿Cada cuando lo compra?

Encuestado: Nunca, la cacatúa de mi esposa es quien lo lleva a casa todos los domingos.

Encuestador: ¿Lee usted el periódico?

Encuestado: A veces.

Encuestador: ¿Qué sección es su favorita?

Encuestado: Deportes.

Encuestador: De casualidad, ¿usted lee la sección de nuestros articulistas?

Encuestado: ¿Articulistas? ¿Tienen ustedes articulistas?


jueves, 16 de julio de 2009

No es tan secreto


“La política es el arte de los incapaces de triunfar en privado.”
- Jose Luis de Villalonga.


Las semanas subsiguientes a las elecciones en México (y sospecho ocurre lo mismo en el resto de Latinoamérica y países aledaños del tercer mundo) son terreno fértil para todo tipo de conjeturas, insultos y chismeríos. Los candidatos derrotados, en caso de no lograr el cargo público por culpa de un insignificante margen de votos, recurren indignadísimos a los medios de comunicación para exigir un recuento de votos casilla por casilla. Del mismo modo, si la derrota fue por una diferencia estratosférica, los candidatos, muy dignos, asegurarán por la vida de las santas madres que los parieron que hubo un complot de todos los demás partidos políticos en su contra.

Traducción: el político vencido tiene por vicio nunca echarle la culpa al ciudadano, que finalmente es el que vota y decide su suerte, del mismo modo que el futbolista mediocre siempre declarará que la derrota de su equipo fue gracias al ciego del árbitro y no a la falta de puntería de sus compañeros.

-Sí, un partido muy complicado, muy trabado, pero que perdimos porque fallé un penalti y porque durante la semana en vez de entrenar como los profesionales que somos, mis compañeros y yo nos fuimos de putas.

Declaración que por razones obvias (véase la tabla de posiciones rumbo a Sudáfrica 2010) nunca escucharemos de un flamante seleccionado tricolor.

-Perdí la presidencia municipal por que nací con cara de perro triste y porque el grueso de la población son unos indios analfabetos que quedaron fascinados de ver bailar reggaetón a mi adversario.

Naturalmente otra declaración que jamás oiremos salir de la boca de un político. Y claro, es duro aceptar la derrota, en especial en el terreno de la política. Por eso, los políticos derrotados, pobrecitos de ellos, una vez terminadas las elecciones se van de vacaciones a las Bahamas u otros puertos cosmopolitas de veraneo para olvidar que tienen caras de perros tristes.

Sin embargo, este escrito no trata de los políticos impresentables que a pesar de sacar un montón de votos perdieron, y ven conspiraciones, complots y traiciones dentro de su mismo partido. No señor. Este escrito va de otra cosa. Así que por favor, amable lector, preste mucha atención. O mejor dicho, ponga mucha, mucha imaginación. Imagínese usted como candidato de un partido político. Lo sé, qué asco, pero imagínese por un instante que es un candidato. Digamos que usted será candidato a una diputación en un municipio pequeñito con unas 6000 personas con derecho a voto. Tampoco se ilusione, usted pertenece al partido menos popular del país. Apenas ha tenido dinero para invertir en su campaña, es decir, su presupuesto alcanzó tan solo para adornar con su cara de perro melancólico los postes de luz de tres o cuatro colonias aledañas al parque principal.

Sobra decir que su derrota es inminente. Segura. No existe margen para el milagro. Así que su campaña consistió básicamente en ir a casa de todos sus familiares y conocidos y exigirles por el lazo de sangre y amistad que los une que por favor voten por usted.

-Gordo, soy tu esposa; tus hijos y yo te apoyamos –le dice la gorda y fea de su esposa, rodeada de sus gordos y feos hijos.

-Yerno, tienes mi voto, a ver si sacas de una vez por todas de la pobreza a la pobre de mi hija –le dice la amargada, rolliza y bruja de su suegra.

-Compadre, faltaba más, salud por el futuro diputado –le dice su ebrio compadre en la cantina, flanqueado de todos sus alcoholizados amigotes.

-Hijito lindo, sabes que tu madre que te parió con tanto esfuerzo y dolor a este mundo, votará por ti, e igual tus hermanos –le dice su anciana madre.

-Compañero, el partido cada día está más fuerte y unido, mañana ganaremos –le dice el presidente de su partido rodeado de no pocos achichincles.

-Vecino, tiene mi voto, a ver si usted arregla las calles de la colonia, ya ve la vergüenza que son –le dice su acomedido vecino.   

-Claro que voy a votar por ti, mi amorcito precioso –le dice su adolescente querida en la cama de un motel.

Llega el día de la elección. Como es de esperarse, mamá, papá, hermanos, esposa, hijos, amigos, compadres, queridas y vecinos le muestran el pulgar entintado que dan fe y legalidad de que votaron por usted.

Mientras se realiza el conteo, usted se va a la cama, tranquilo, en espera de lograr unas decenas de votos que lo acrediten como un político competente y le aseguren un sueldo dentro de un partido político por al menos unos años más.

Se realiza el conteo final, y se anuncia al ganador. No es usted, pero eso ya lo sabía, por eso no se entristece. Va a la computadora, lleno de curiosidad entra a la página del Prep (www.prep.com.mx) para ver cuántos votos conquistó con el sudor de su frente.

El horror se materializa delante de sus ojos.

¿Será posible ser tan poco popular, tan poco convincente y tan poco fiable que ni sus propios hijos, hermanos, padres, esposa, amigos y demás familiares le dieron su voto?, se pregunta incrédulo, sin dar crédito a la imagen que resplandece en el monitor de la computadora.





Juro sobre las cenizas de papá que durante largos años esperé este momento. Del mismo modo como “El hombre de vidrio” (Samuel L. Jackson) esperó paciente y provocando toda suerte de horrendas catástrofes en diferentes ciudades hasta descubrir a “El hombre irrompible” (Bruce Willis) en la magnifica película Unbreakable. 


Sí, gracias a la política, finalmente quedó al descubierto el pobre diablo más grande de la Tierra. Y sí, tal como sospeché, es campechano.